MISTICA CIUDAD DE DIOS - PDF Free Download (2022)

MISTICA CIUDAD DE DIOS - VIDA DE LA VIRGEN MARIA - PARTE 2

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MISTICA CIUDAD DE DIOS VIDA DE LA VIRGEN MARIA María de Jesús Agreda

LIBRO III CAPITULO 1 Comienza el Altísimo a disponer; en María Santísima el misterio de la Encarnación y su ejecución por nueve días antecedentes. Se declare lo que sucedió en el primero. CAPITULO 2 Continúa el Señor el día segundo los favores y disposición para la Encarnación del Verbo en María Santísima. CAPITULO 3 Se continúa lo que el Altísimo concedió a María Santísima en el día tercero de los nueve antes de la Encarnación. CAPITULO 4 Continúa el Altísimo los beneficios de María Santísima en el día cuarto. CAPITULO 5 Manifiesta el Altísimo a María Santísima nuevos misterios CAPITULO 6 Manifiesta el Altísimo a María Señora nuestra otros misterios con las obras del día sexto de la creación. CAPITULO 7 Celebra el Altísimo con la Princesa del cielo nuevo desposorio para las bodas de la Encarnación yla adorna para ellas. CAPITULO 8 Pide nuestra gran Reina en la presencia del Señor la ejecución de la Encarnación y Redención humana y concede Su Majestad la petición. CAPITULO 9 Renueva el Altísimo los favores y beneficios en María Santísima y dale de nuevo la posesión de Reina de todo lo criado por última disposición para la Encarnación. CAPITULO 10 Despacha la beatísima Trinidad al santo arcángel Gabriel que anuncie y evangelice a María Santísima cómo es elegida para Madre de Dios. CAPITULO 11 Oye María Santísima la embajada del santo ángel; se ejecuta el misterio de la Encarnación, concibiendo al Verbo eterno en su vientre. CAPITULO 12 De las operaciones que hizo el alma santísima de Cristo Señor nuestro en el primer instante de su concepción, y lo que obró entonces su Madre purísima. CAPITULO 13 Declárese el estado en que quedó María Santísima después de la Encarnación del Verbo divino en su virginal

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vientre. CAPITULO 14 De la atención y cuidado que María Santísima tenía con su embarazo y algunas cosas que le sucedieron con él. CAPITULO 15 Conoció María Santísima la voluntad del Señor para visitar a Santa 1sabel; pide licencia a San José, sin manifestarle otra cosa. CAPITULO 16 La jornada de María Santísima a visitar a Santa Isabel y la entrada en casa de Zacarías. CAPITULO 17 La salutación que hizo la Reina del cielo a Santa Isabel y la santificación de Juan. CAPITULO 18 Ordena María Santísima sus ejercicios en casa de Zacarías, y algunos sucesos con Santa Isabel. CAPITULO 19 Algunas conferencias que tenía María Santísima con sus santos ángeles en casa de Santa Isabel y otras con ella misma. CAPITULO 20 Algunos beneficios singulares que hizo Maria Santísima en casa de Zacarías a particulares personas. CAPITULO 21 Pide Santa Isabel a la Reina del cielo la asista a su parto y tiene luz del nacimiento de Juan. CAPITULO 22 La natividad del precursor de Cristo y lo que hizo en su nacimiento la soberana Señora María Santísima. CAPITULO 23 Las advertencias y doctrina que dio María Santísima a Santa 1sabel por petición suya; circuncidan y le ponen nombre a su hijo y profetiza Zacarías. CAPITULO 24 Se despide María Santísima de casa de Zacarías para volverse a la suya propia en Nazaret. CAPITULO 25 La jornada de María Santísima de casa de Zacarías a Nazaret. CAPITULO 26 Hacen los demonios un conciliábulo en el infierno contra María Santísima. CAPITULO 27 Previene el Señor a María Santísima para entrar en la batalla con Lucifer y comienza el dragón a perseguirla. APITULO 28 Persevera Lucifer con sus siete legiones en tentar a María Santísima; queda vencido y quebrantada la cabeza de este dragón.

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CONTIENE LA ALTÍSIMA DISPOSICIÓN QUE EL TODOPODEROSO OBRÓ EN MARÍA SANTÍSIMA PARA LA ENCARNACIÓN DEL VERBO, LO TOCANTE A ESTE MISTERIO, EL EMINENTÍSIMO ESTADO EN QUE QUEDÓ LA FELIZ MADRE, LA VISITACIÓN A SANTA ISABEL Y SANTIFICACIÓN DEL BAUTISTA, LA VUELTA A NAZARET Y UNA MEMORABLE BATALLA QUE TUVO CON LUCIFER. CAPITULO 1 Comienza el Altísimo a disponer; en María Santísima el misterio de la Encarnación y su ejecución por nueve días antecedentes. Se declare lo que sucedió en el primero. 1. Puso el Muy Alto a nuestra Reina y Señora en las obligaciones de esposa del Santo José y en ocasión de conversar más con los prójimos, para que su vida inculpable fuese a todos ejemplar de suma santidad. Hallándose la divina Señora en este nuevo estado, pensó y discurrió tan altamente y ordenó las operaciones de su vida con tal sabiduría, que fue admirable emulación para la angélica naturaleza y magisterio nunca visto para la humana. Pocos la conocían, y menos la comunicaban; pero éstos, más dichosos, recibían todos tan divinos influjos de aquel cielo de María, que con admirable júbilo y conceptos peregrinos querían dar voces y publicar la lumbre que les encendía los corazones, conociendo se derivaba de la presencia de María purísima. No ignoraba la prudentísima Reina estos efectos de la mano del Altísimo, pero ni era tiempo de fiárselos al mundo, ni su profundísima humildad lo consentía. Pedía al Señor continuamente la ocultase de los hombres y que todos los favores de su diestra redundasen en sola su alabanza y permitiese que fuese ella ignorada y despreciada de todos los mortales, porque no fuese ofendida su bondad infinita. 2. Estas peticiones de su Esposa admitía el Señor en grande parte y disponía su providencia que la misma luz enmudeciese a los que con ella se inclinaban a engrandecerla, y movidos de la virtud divina se dejaban y se convertían al interior, alabando al Señor por la luz que en él sentían, y con una preñez de admiración suspendían el juicio y dejando la criatura se volvían al Criador. Muchos salían de pecado sólo con haberla mirado y otros mejoraban sus vidas y todos se componían a su vista, porque recibían celestiales influencias en sus almas; pero luego se olvidaban del mismo original de donde se copiaba, porque si le tuvieran presente o conservaran su imagen, nadie sufriera el alejarse de ella y todos la buscaran desalados, si Dios no lo impidiera con misterio. 3. En obras de donde tales frutos se cogían y en aumentar los méritos y gracias de donde todo procedía, se ocupó nuestra Reina, esposa de José, por seis meses y diecisiete días, que pasaron de su desposorio hasta la Encarnación del Verbo. Y no puedo detenerme en referir por menor los actos tan heroicos como hizo de todas las virtudes interiores y exteriores, de caridad, humildad, religión, limosnas, beneficios y otras obras de misericordia; porque todo esto excede a la pluma y a la capacidad. Con lo que más se manifestará es con decir que halló el Altísimo en María Santísima la plenitud de su agrado y el lleno de su deseo y la correspondencia de pura criatura debida a su Criador. Con esta santidad y merecimientos se halló Dios como obligado y, a nuestro entender, compelido, para apresurar el paso y extender el brazo de su omnipotencia a la mayor de las maravillas que antes ni después se conocerá, tomando carne humana el Unigénito del Padre en las entrañas virginales de esta Señora. 4. Para ejecutar esta obra con la decencia digna del mismo Dios, previno singularmente a María Santísima por nueve días que inmediatamente precedieron al misterio, y soltando el ímpetu del río (Sal 45,5) de la divinidad, para que inundase con sus influjos a esta ciudad de Dios, le comunicó tantos dones, gracias y favores, que yo enmudezco en el conocimiento que de esta maravilla se me ha dado y se acobarda mi bajeza para referir lo que entiendo; porque la lengua, la pluma y todas las potencias de las criaturas son instrumentos improporcionados para revelar tan encumbrados sacramentos. Y así quiero que se entienda que cuanto aquí dijere es una oscura sombra de la menor parte de esta maravilla y prodigio inexplicable, que no se ha de medir con nuestros limitados términos, mas con el poder divino que no los tiene. 5. El primero día de esta felicísima novena sucedió que la divina princesa María, después de algún pequeño alivio que recibía, se levantó a media noche a imitación de su padre David (Sal 118,62) que éste era el orden y concierto que le había dado el Señor y postrada en la presencia del Altísimo comenzó su acostumbrada oración y santos ejercicios. La hablaron los santos ángeles que la asistían, y la dijeron: “Esposa de nuestro Rey y Señor, levantaos, que Su Majestad os llama.” Se levantó con fervoroso afecto, y respondió: “El Señor manda que del polvo se levante el polvo.” Y

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convertida a la cara del mismo Señor que la llamaba, continuó diciendo: “Altísimo y poderoso Dueño mío, ¿qué queréis hacer de mí?” En estas palabras su alma santísima fue en espíritu elevada a otra nueva y más alta habitación, más inmediata al mismo Señor y más remota de todo lo terreno y momentáneo. 6. Sintió luego que allí la disponían con aquellas iluminaciones y purificaciones que recibía otras veces para alguna más alta visión de la divinidad. Y no me detengo en referirlas, porque lo hice en la primera parte (Cf supra p.I n.623-629,632). Con esto se le manifestó la divinidad por visión, no intuitiva, sino abstractiva; pero con tanta evidencia y claridad, que de aquel objeto incomprensible comprendió más esta Señora por este modo que los bienaventurados con el que intuitivamente le conocen y le gozan. Fue esta visión más alta y más profunda que otras de este género; porque cada día la divina Señora se hacía más idónea y unos beneficios, usando tan perfectamente de ellos, la disponían para otros y las repetidas noticias y visiones de la divinidad la hacían más robusta para obrar con mayor fuerza cerca de aquel objeto infinito. 7. Conoció en esta visión nuestra princesa María altísimos secretos de la divinidad y de sus perfecciones, y especialmente de su comunicación ad extra por la obra de la creación; y cómo procedió de la bondad y liberalidad de Dios y cómo para su ser divino y su infinita gloria no había menester las criaturas, porque sin ellas estaba glorioso en sus interminables eternidades, antes de la creación del mundo. Muchos sacramentos y secretos se le comunicaron a nuestra Reina que ni se pueden ni deben manifestar a todos, porque sola ella fue la única y electa (Cant 6,8) para estas delicias (Cant 7,6) del sumo Rey y Señor de lo criado. Pero conociendo Su Alteza en esta visión aquel peso e inclinación de la divinidad para comunicarse ad extra, mayor que le tienen todos los elementos cada uno a su centro, y como estaba tan entrañada en la esfera de aquel fuego del divino amor, enardecida en él pidió al Padre eterno enviase al mundo a su Unigénito y diese a los hombres su remedio y a su misma divinidad y perfecciones diese a nuestro entender la satisfacción y ejecución que pedían. 8. Eran para el Señor muy dulces estas palabras de su Esposa, eran la purpúrea venda (Cant 4,3 (A.)) con que ligaba y compelía su amor. Y para venir a la ejecución de sus deseos, quiso prevenir de cerca el tabernáculo o el templo a donde quería descender desde el pecho de su eterno Padre. Determinó darle a su amada y escogida para madre noticia clara de todas las obras ad extra, como las había su omnipotencia fabricado. Y este día en la misma visión le manifestó todo lo que hizo en el día primero de la creación del mundo, que se refiere en el Génesis (Gen 1,1-5 (A.)) y las conoció todas con más claridad y comprensión que si las tuviera presentes a los ojos corporales, porque las conoció primero en el mismo Dios y después en sí mismas. 9. Entendió y conoció cómo en el principio crió el Señor el cielo y la tierra, cuánto y cómo estuvo vacía y las tinieblas sobre la cara del abismo, cómo el espíritu del Señor era llevado sobre las aguas y cómo al divino mandato fue hecha la luz y su condición, y que dividiendo las tinieblas, ellas se llamaron noche y la luz día; y en esto se gastó el primero. Conoció la grandeza de la tierra, su longitud, latitud y profundidad, sus cavernas, infierno, limbo y purgatorio con sus habitadores, las regiones, climas, meridianos y división en las cuatro partes del mundo y todos los que las ocupan y habitan. Conoció con la misma claridad los orbes inferiores y cielo empíreo, y cuándo fueron criados los ángeles en el día primero, y entendió su naturaleza y condiciones, diferencias, jerarquías, oficios, grados y virtudes. Le fue manifestada la rebeldía de los ángeles malos y su caída, con las causas y ocasiones que tuvo - le ocultaba siempre el Señor lo que a ella le tocaba -. Entendió el castigo y efectos del pecado en los demonios, conociéndolos como ellos en sí mismos son; y para fin de este favor del primer día le manifestó de nuevo el Señor, cómo ella era formada de aquella baja materia de la tierra y de la naturaleza de todos los que se convierten en polvo; y no le dijo que sería ella convertida en él, pero le dio tan alto conocimiento del ser terreno, que se humilló la gran Reina hasta el profundo de la nada y siendo inculpable se abatió más que todos los hijos de Adán juntos y llenos de miserias. 10. Toda esta visión y sus efectos ordenaba el Altísimo para abrir en el corazón de María las zanjas tan profundas como pedía el edificio que en ella quería edificar, que tocase hasta la unión sustancial e hipostática de la misma divinidad. Y como la dignidad de Madre de Dios era sin término y de alguna infinidad, convenía que se fundase en una humildad proporcionada y que fuese ilimitada sin pasar los límites de la razón; pero llegando a lo supremo de la virtud, tanto se humilló la Bendita entre las mujeres que la Santísima Trinidad quedó como pagada y satisfecha y -a nuestro modo de entender - obligada a levantarla al grado y dignidad más eminente entre las criaturas y más inmediato a la divinidad; y con este beneplácito la habló Su Majestad y la dijo:

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11. “Esposa y paloma mía, grandes son mis deseos de redimir al hombre del pecado, y mi piedad inmensa está como violentada mientras no desciendo a reparar el mundo; pídeme continuamente estos días con grande afecto la ejecución de estos deseos y, postrada en mi real presencia, no cesen tus peticiones y clamores, para que con efecto descienda el Unigénito del Padre a unirse con la humana naturaleza.” A este mandato respondió la divina Princesa, y dijo: “Señor y Dios eterno, cuyo es todo el poder y sabiduría, a cuya voluntad nadie puede resistir (Est 13,9) ¿quién impide vuestra omnipotencia?, ¿quién detiene el corriente impetuoso de vuestra divinidad, para no ejecutar vuestro beneplácito en beneficio de todo el linaje humano? Si acaso, amado mío, soy yo el óbice de este impedimento para beneficio tan inmenso, muera primero que yo resista a vuestro gusto; no puede caer este favor en merecimiento de ninguna criatura, pues no queráis, Dueño y Señor mío, aguardar a que más lo vengamos a desmerecer. Los pecados de los hombres se multiplican y crecen más vuestras ofensas, pues ¿cómo llegaremos a merecer el mismo bien de que nos hacemos cada día más indignos? En vos mismo está, Señor mío, la razón y el motivo de nuestro remedio: vuestra bondad infinita, vuestras misericordias sin número os obligan, los gemidos de los profetas y padres de vuestro pueblo os solicitan, los santos os desean, los pecadores aguardan y todos juntos claman; y si yo vil gusanillo no desmerezco vuestra dignación con mis ingratitudes, os suplico con lo íntimo de mi alma aceleréis el paso y lleguéis a nuestro remedio por vuestra misma gloria.” 12. Acabó esta oración la Princesa del cielo y volvió luego a su ordinario y más natural estado; pero con el nuevo mandato que tenía del Señor fue continuando todo aquel día las peticiones por la Encarnación del Verbo y con profundísima humildad repitió los ejercicios de postrarse en la tierra y orar en forma de cruz; porque el Espíritu Santo que la gobernaba le había enseñado esta postura, de que tanto se había de complacer la Beatísima Trinidad, y como si de su real trono en el cuerpo de la futura Madre del Verbo mirara crucificada la persona de Cristo, así recibía aquel matutino sacrificio de la purísima Virgen, en que prevenía el de su Hijo Santísimo. Doctrina que me dio la Reina del cielo. 13. “Hija mía, no son capaces los mortales para entender las obras indecibles que el brazo de la Omnipotencia obró en mí, disponiéndome para la Encarnación del Verbo Eterno; señaladamente los nueve días que precedieron a tan alto sacramento fue mi espíritu elevado y unido con el ser inmutable de la divinidad y quedó anegado en aquel piélago de infinitas perfecciones, participando de todas ellas eminentes y divinos efectos que no pueden venir en corazón humano. La ciencia que me comunicó de las criaturas penetraba hasta lo íntimo de todas ellas, con mayor claridad y privilegios que la de todos los espíritus angélicos, siendo ellos tan admirables en este conocimiento de todo lo criado, después de ver a Dios, y las especies de todo lo que entendí me quedaron impresas, para usar de ellas después a mi voluntad. 14. “Lo que de ti quiero ahora ha de ser que, atenta a lo que yo hice con esta ciencia, me imites según tus fuerzas con la luz infusa que para esto has recibido; aprovecha la ciencia de las criaturas, formando de ellas una escala que te encamine a tu Criador, de suerte que en todas busques su principio de donde se originan y su fin a donde se ordenan; de todas te sirve para espejo en que reverbere su divinidad, para recuerdo de su omnipotencia y para incentivos del amor que de ti quiere. Admírate con alabanza de la grandeza y magnificencia del Criador y en su presencia te humilla a lo ínfimo del polvo y nada dificultes de hacer ni padecer para llegar a ser mansa y humilde de corazón. Atiende, carísima, cómo esta virtud fue el fundamento firmísimo de todas las maravillas que obró el Altísimo conmigo; y para que aprecies esta virtud, advierte que entre todas, así como es tan preciosa, también es delicada y peligrosa, y si en alguna cosa la pierdes y no eres humilde en todas sin diferencia, no lo serás con verdad en alguna. Reconoce el ser terreno y corruptible que tienes. y no ignores que el Altísimo con grande providencia formó al hombre de manera que su mismo ser y formación le intimase, le enseñase y repitiese la importante lección de la humildad y que jamás le faltase este magisterio; por esto no le formó de más noble materia y le dejó el peso del santuario (Ex 30,24) en su interior, para que en una balanza ponga el ser infinito y eterno del Señor, y en otra el de su vilísima materia; y con esto le dé a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21) y a sí mismo se dé lo que le toca. 15. Yo hice con perfección este juicio para ejemplo y doctrina de los mortales, y quiero que tú le hagas a mi imitación y que tu desvelo y estudio sea en ser humilde, con que darás gusto al Altísimo y a mí, que quiero tu verdadera perfección, y que se funde sobre las zanjas profundísimas de tu conocimiento, y cuanto más las profundes más alto y encumbrado subirá el edificio de la virtud y tu voluntad hallará lugar más íntimo en la del Señor; porque mira desde la altura de su solio a los humildes de la tierra.”(Sal 112,6).

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CAPITULO 2 Regresar al Principio Continúa el Señor el día segundo los favores y disposición para la Encarnación del Verbo en María Santísima. 16. En la primera parte de esta divina Historia dije (Cf. supra p.I n.219) cómo el cuerpo purísimo de María Santísima fue concebido y formado en toda perfección en espacio de siete días, obrando el Altísimo este milagro para que aquella alma santísima no aguardase el tiempo ordinario de los demás nacidos, pero que se criase y se infundiese anticipadamente, como de hecho sucedió, para que este principio de la reparación del mundo tuviese debida correspondencia al de su creación. Se repitió otra vez la consonancia de estas obras al inmediato tiempo de bajar al mundo su Reparador, para que formado el nuevo Adán, Cristo, descansara Dios, como quien había estrenado todas las fuerzas de su omnipotencia en la mayor de las hazañas y en este descanso se celebrase el sábado delicado de todas sus delicias. Y como para estas maravillas había de intervenir la Madre del divino Verbo, dándole forma humana visible, era necesario que mediando entre los dos extremos de Dios y de los hombres tocase en entrambos, quedando en dignidad inferior a solo Dios y superior a todo lo demás que no era Dios; y a esta dignidad pertenecía la ciencia y conocimiento proporcionado, así de la misma divinidad suprema como de todas las criaturas inferiores. 17. En prosecución de este intento fue continuando el supremo Señor los favores con que dispuso a María Santísima los nueve días que voy declarando, inmediatos a la Encarnación; y llegando el día segundo, a la misma hora de media noche fue visitada Su Alteza en la misma forma que dije en el capítulo pasado, elevándola el poder divino con aquellas disposiciones, cualidades o iluminaciones que la preparaban para las visiones de la divinidad. Se le manifestó este día abstractivamente, como en el primero, y vio las obras que tocaban al día segundo de la creación del mundo: conoció cuándo y cómo hizo Dios la división de las aguas, unas sobre el firmamento y otras debajo, formando en medio el firmamento (Gen 1,6-7) y de las superiores el cielo cristalino que llaman ácueo. Penetró la grandeza, orden, condiciones, movimientos y todas las cualidades y condiciones de los cielos. 18. No era ociosa esta ciencia ni estéril en la prudentísima Virgen, porque redundaban en ella casi inmediatamente de la clarísima luz de la divinidad, y así la inflamaba y enardecía en la admiración, alabanza y amor de la bondad y poder divino, y transformada en el mismo Dios hacía heroicos actos de todas las virtudes, complaciendo a Su Majestad con plenitud de su agrado. Y como el día primero precedente la hizo Dios participante del atributo de su sabiduría, así este segundo día le comunicó en su modo el de la omnipotencia y la dio potestad sobre las influencias de los cielos y planetas y elementos, y mandó que todos la obedeciesen. Quedó esta gran Reina con imperio y dominio sobre el mar, tierra, elementos y orbes celestes, con todas las criaturas que en ellos se contienen. 19. Este dominio y potestad pertenecía también a la dignidad de María Santísima por la razón que arriba he dicho y, a más de esto, por otras dos especiales: la una, porque esta Señora era Reina privilegiada y exenta de la ley común del pecado original y sus efectos; y por esto no debía ser encartada en el padrón universal de los insensatos hijos de Adán, contra quienes dio armas (Sab 5,18 (A.)) el Omnipotente a las criaturas, para vengar sus injurias y castigar la locura de los mortales; porque si ellos no se hubieran convertido inobedientes contra su Criador, tampoco los elementos y sus criaturas les fueran inobedientes ni molestos, ni convirtieran contra ellos el rigor de su actividad e inclemencias; y si esta rebelión de las criaturas fue castigo del pecado, no se había de entender con María Santísima inmaculada e inculpable; ni tampoco en este privilegio debía de ser inferior a la naturaleza angélica, a quien ni alcanza esta pena del pecado ni tiene jurisdicción sobre ella la virtud elemental. Aunque María Santísima era de naturaleza corpórea y terrena, pero en ella fue más estimable, como más peregrino y costoso, el subir a la altura de todas las criaturas terrenas y espirituales y hacerse con sus méritos con digna Reina y Señora de todo lo criado; y más se le debía conceder a la Reina que a los vasallos, más a la Señora que a los siervos. 20. La segunda razón era, porque a esta divina Reina había de obedecer su Hijo Santísimo como a Madre, y pues él era Criador de los elementos y de todas las cosas, estaba puesto en razón que todas ellas obedeciesen a quien el mismo Criador debía su obediencia, y que ella las mandase a todas, pues la persona de Cristo en cuanto hombre había de ser gobernada por su Madre, por obligación y ley de la naturaleza. Y tenía este privilegio grande conveniencia para realzar las virtudes y méritos de María Santísima; porque en ella venía a ser voluntario y meritorio lo que en nosotros es forzoso, y de ordinario contra nuestra voluntad. No usaba la prudentísima Reina de este imperio sobre los elementos y

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criaturas indistintamente y en obsequio de su propio sentido y alivio; antes mandó a todas las criaturas que con ella ejercitasen las operaciones y acciones que le podían ser penales y molestas naturalmente, porque en esto había de ser semejante a su Hijo Santísimo y padecer con él. Y no sufriría el amor y humildad de esta gran Señora que las inclemencias de las criaturas se detuvieran y suspendieran privándola del aprecio del padecer, que conocía tan estimable en los ojos del Señor. 21. Sólo en algunas ocasiones, que conocía no ser en obsequio suyo, sino de su Hijo y Criador, imperaba la dulce Madre sobre la fuerza de los elementos y sus operaciones, como veremos adelante (Cf. infra n.543,590,633) en las peregrinaciones de Egipto y en otras ocasiones, donde prudentísimamente juzgaba que convenía, para que las criaturas reconociesen a su Criador y le hiciesen reverencia (Cf. infra 185,485,636; p.III n.471) o le abrigasen y sirviesen en alguna necesidad. ¿Quién de los mortales no se admira en el conocimiento de tan nueva maravilla? Ver una criatura pura y terrena y mujer con el imperio y dominio de todo lo criado, y que en su estimación y en sus ojos se reputase por la más indigna y vil de todas ellas, y con esta consideración mande a las iras de los vientos y al rigor de sus operaciones que se conviertan contra ella, y que por obedientes lo cumplan; pero como temerosos y corteses a tal Señora, obraban más en obsequio de su rendimiento que por vengar la causa de su Criador, como lo hacen con los demás hijos de Adán. 22. En presencia de esta humildad de nuestra invicta Reina, no podemos negar los mortales nuestra vanísima arrogancia, si no le llamo atrevimiento, pues cuando merecíamos que todos los elementos y las fuerzas ofensivas de todo el universo se rebelen contra nuestras insanias, así nos querellamos de su rigor, como si el molestarnos fuera agravio. Condenamos el rigor del frío, no queremos sufrir que nos fatigue el calor, todo lo penoso aborrecemos, y todo el estudio ponemos en culpar estos ministros de la divina justicia y buscar a nuestros sentidos el sagrado de las comodidades y deleites, como si nos hubiera de valer para siempre, y no fuera cierto que nos sacarán de él para más duro castigo de nuestras culpas. 23. Volviendo a estos dones de ciencia y potencia que se le dieron a la Princesa del cielo, y a los demás que la disponían para digna Madre del Unigénito del Eterno Padre, se entenderá su excelencia, considerando en ellos un linaje de infinidad o comprensión participada de la del mismo Dios y semejante a la que después tuvo el alma santísima de Cristo; porque no sólo conoció todas las criaturas con el mismo Dios, pero las comprendía de suerte que las encerraba en su capacidad y pudiera extenderse a conocer otras muchas si hubiera que conocer. Y llamo yo infinidad a esto, porque parece a la condición de la ciencia infinita, y porque juntamente sin sucesión miraba y conocía el número de los cielos, su latitud, profundidad, orden, movimientos, cualidades, materia y forma, los elementos con todas sus condiciones y accidentes, todo lo conocía junto; y sólo ignoraba la Virgen sapientísima el fin próximo de todos estos favores, hasta que llegase la hora de su consentimiento y de la inefable misericordia del Altísimo; pero continuaba estos días sus peticiones fervorosas por la venida del Mesías, porque se lo mandaba el mismo Señor, y le daba a conocer que no se tardaría, porque se llegaba el tiempo destinado. Doctrina que me dio la Reina del cielo. 24. “Hija mía, por lo que vas entendiendo de mis favores y beneficios para ponerme en la dignidad de Madre del Altísimo, quiero que conozcas el orden admirable de su sabiduría en la creación del hombre. Advierte, pues, cómo su Criador le hizo de nada, no para que fuese siervo, mas para rey y señor de todas las cosas (Gen 1,26) y que de ellas se sirviese con imperio, mando y señorío; pero reconociéndose juntamente por hechura y por imagen de su mismo Hacedor y estando más rendido a él y más atento a su voluntad que las criaturas a la del mismo hombre, porque así lo pide. él, orden de la razón. Y para que no le faltase al hombre la noticia y conocimiento del Criador y de los medios para saber y ejecutar su voluntad, le dio sobre la luz natural otra mayor, más breve, más fácil, más cierta y más sin costa y general para todos, que fue la lumbre de la fe divina, con que conociese el ser de Dios y sus perfecciones y con ellas juntamente sus obras. Con esta ciencia y señorío quedó el hombre bien ordenado, honrado y enriquecido, sin excusa para dedicarse todo a la divina voluntad. 25. “Pero la estulticia de los mortales turba todo este orden y destruye esta divina armonía, cuando el que fue criado para señor y rey de las criaturas se hace vil esclavo de ellas mismas y se sujeta a su servidumbre, deshonrando su dignidad y usando de las cosas visibles, no como señor prudente, pero como inferior indigno, y no reconociéndose superior cuando se constituye y se hace inferiorísimo a lo más ínfimo de las criaturas. Toda esta perversidad nace de

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usar de las cosas visibles, no para obsequio del Criador ordenándolas a él con la fe, sino de usar mal de todo, sólo para saciar las pasiones y sentidos con lo deleitable de las criaturas, y por esto aborrecen tanto a las que no lo son. 26. Tú, carísima, mira con la fe a tu Señor y Criador, y en tu alma procura copiar la imagen de sus divinas perfecciones; no pierdas el imperio y el dominio de las criaturas para que ninguna sea superior a tu libertad, antes quiero que de todas triunfes y nada se interponga entre tu alma y tu Dios. Sólo te has de sujetar con alegría, no a lo deleitable de las criaturas, porque se oscurecerá tu entendimiento y enflaquecerá tu voluntad, pero a lo molesto y penoso de sus inclemencias y operaciones, padeciéndolo con alegre voluntad, pues yo lo hice por imitar a mi Hijo Santísimo, aunque tuve potestad para elegir el descanso y no tenía pecados que satisfacer.” CAPITULO 3 Regresar al Principio Se continúa lo que el Altísimo concedió a María Santísima en el día tercero de los nueve antes de la Encarnación. 27. La diestra del omnipotente Dios, que a María Santísima hizo franca la entrada de su divinidad, iba enriqueciendo y adornando con las expensas de sus infinitos atributos aquel purísimo espíritu y cuerpo virginal que había escogido para tabernáculo, para templo y ciudad santa de su habitación; y la divina Señora engolfada en aquel océano de la divinidad se alejaba cada día más del ser terreno y se transformaba en otro celestial, descubriendo nuevos sacramentos que la manifestaba el Altísimo; porque como es objeto infinito y voluntario, aunque se sacie el apetito con lo que recibe, queda más que desear y entender. Ninguna pura criatura llegó ni llegará a donde María Santísima. Penetró en el conocimiento de Dios y de las criaturas y, en estos beneficios, grandes profundidades, sacramentos y secretos, los cuales todas las jerarquías de los ángeles ni hombres juntos no los alcanzarán, a lo menos lo que recibió esta Princesa del cielo para ser Madre del Criador. 28. El día tercero de los nueve que voy declarando, precediendo las mismas preparaciones que dije en el capítulo primero, se le manifestó la divinidad en visión abstractiva como los otros dos días. Muy tarda y desigual es nuestra capacidad para ir entendiendo los aumentos que iban recibiendo estos dones y gracias que acumulaba el Altísimo en la divina María, y a mí me faltan nuevos términos para explicar algo de lo que se me ha manifestado. Me declararé con decir que la sabiduría y poder divino iban proporcionando a la que había de ser Madre del Verbo, para que, en cuanto era posible, llegase a tener una pura criatura la similitud y proporción conveniente con las divinas personas. Y quien mejor entendiere la distancia de estos dos extremos, Dios infinito y criatura humana limitada, podrá alcanzar más de los medios necesarios para juntarlos y proporcionarlos. 29. Iba copiando la divina Señora de los originales de la divinidad nuevos retratos de sus atributos infinitos y virtudes; iba subiendo de punto su hermosura con los retoques, baños y lumines que la daba el pincel de la infinita sabiduría. Y este día tercero se le manifestaron las obras de la creación en el tercero del mundo, como entonces sucedieron (Gen 1,9-13). Conoció cuándo y cómo las aguas, que estaban debajo los cielos, se juntaron al divino imperio en un lugar, despejando la árida, a la que el Señor llamó tierra, y a las congregaciones de las aguas llamó mares. Conoció cómo la tierra germinó la hierba fresca que tuviese su semilla y todo género de plantas y árboles fructíferos también con sus semillas, cada uno en su propia especie. Conoció y penetró la grandeza del mar, su profundidad y divisiones, la correspondencia de los ríos y fuentes que de él se originan y a él corren, las especies de plantas y yerbas, flores, árboles, raíces, frutos y semillas, y que todas y cada una sirven para algún efecto en servicio del hombre. Todo esto lo entendió y penetró nuestra Reina, más clara, distinta y latamente que el mismo Adán y Salomón; y todos los médicos del mundo en esta comparación fueron ignorantes, después de largos estudios y experiencias. María Santísima lo desprendió todo de improviso, como dice la Sabiduría (Sab 7,21 (A.)), y como lo desprendió sin ficción, lo comunicó también sin envidia (Ib. 13) ; y cuanto dijo allí Salomón se verificó en ella con eminencia incomparable. 30. En algunas ocasiones usó nuestra Reina de esta ciencia para ejercitar la caridad con los pobres y necesitados, como se dirá en lo restante de esta Historia (Cf. infra n.668, 867.868.1048; p.III n.159. 423) ; pero la tenía en su libertad, y le era tan fácil usar de ella como lo es para un músico tocar un instrumento de su arte en que es muy sabio; y lo mismo fuera de todas las demás ciencias, si quisiera o fuera necesario su ejercicio para servicio del Altísimo, que de todas pudiera usar como maestra en quien estaban recopiladas mejor que en ninguno de los mortales que ha tenido algún especial arte o ciencia. Tenía también superioridad sobre las virtudes, calidades y operaciones de las piedras, yerbas y plantas; y lo que

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prometió Cristo nuestro Señor a sus apóstoles y primeros fieles, que no les, dañarían los venenos aunque los bebiesen (Mc 16,18 (A.)), este privilegio tenía la Reina con imperio, para que ni el veneno ni, otra cosa alguna, la pudiese dañar ni ofender sin su voluntad. 31. Estos privilegios, y favores, tuvo siempre ocultos la prudentísima Princesa y Señora y no usaba de ellos para sí misma, como queda dicho; por no negarse al padecer que su Hijo Santísimo escogió; y antes de concebirle y ser madre, era gobernada en esto por la divina luz y noticia que tenía de la pasibilidad que el Verbo humanado había de recibir. Y después que siendo Madre suya vio y experimentó esta verdad en su mismo Hijo y Señor, dio más licencia o por decir mejor, mandaba a las criaturas que la afligiesen con sus fuerzas y operaciones, como lo hacían con su mismo Criador. Y porque no siempre quería el Altísimo que su Esposa única y electa fuese molestada de las criaturas, muchas veces las detenía o impedía para que sin estas pasiones tuviese algunos tiempos en que la divina Princesa gozase de las delicias del sumo Rey . 32. Otro singular privilegio en favor de los mortales recibió María Santísima en la visión de la divinidad que tuvo el tercero día; porque en ella le manifestó Dios por especial modo la inclinación del amor divino al remedio de los hombres y a levantarlos de todas sus miserias. Y en el conocimiento de esa infinita misericordia y lo que con ellabenignamente-había de obrar, le dio el Altísimo a María purísima cierto género de participación más alta de sus mismos atributos, para que después, como Madre y abogada de los pecadores intercediese por ellos. Esta influencia en que participó María Santísima; el amor de Dios a los hombres y su inclinación a remediarlos fue tan divina, y poderosa, que si de allí adelante no la hubiera asistido la virtud del Señor para corroborarla no pudiera sufrir el impetuoso afecto de remediar y salvar a todos los pecadores. Con este amor y caridad, si necesario fuera o conveniente, se entregara infinitas veces a las llamadas, al cuchillo, a los exquisitos tormentos y a la muerte y todos los martirios, angustias, tribulaciones, dolores, enfermedades las padeciera y no las rehusara, antes le fueran grande gozo por la salud de los mortales. Y cuanto han padecido todos, desde el principio del mundo hasta ahora y padecerán hasta el fin, todo fuera poco para el amor de esta misericordiosísima Madre. Vean, pues, los mortales y pecadores lo que deben a María Santísima. 33. De este día podemos decir que la divina Señora quedó hecha Madre de piedad y de misericordia, y de misericordia grande, por dos razones: la una, porque desde entonces con especial afecto y deseo quiso comunicar sin envidia los tesoros de la gracia que había conocido y recibido; y así le resultó de este beneficio tan admirable dulzura y benigno corazón, que le quisiera dar a todos y depositarlos en él para que fueran partícipes del amor divino que allí ardía. La segunda razón es, porque este amor a la salud humana que concibió María purísima fue una de las mayores disposiciones que la proporcionaron para concebir al Verbo Eterno en sus virginales entrañas. Y era muy conveniente que toda fuese misericordia, benignidad, piedad y clemencia la que sola había de engendrar y parir al Verbo humanado, que por su misericordia, clemencia y amor quiso humillarse hasta nuestra naturaleza y nacer de ella pasible por los hombres. El parto dicen que sigue, al vientre, porque lleva sus condiciones, como el agua de, los minerales por donde corre; y aunque este parto salió con ventajas: de divinidad; pero también llevó las condiciones de la Madre en, el grado posible, y no fuera proporcionada para concurrir con él Espíritu Santo a esta concepción, en la que sólo faltó varón, si no tuviera correspondencia con el Hijo en las calidades de la humanidad. 34. Salió de esta visión María Santísima, y todo lo restante del día lo ocupó en las oraciones y peticiones que el Señor la ordenaba, creciendo su fervor y quedando más herido el corazón de su Esposo; de suerte que a nuestro entender ya se le tardaba: el día y la hora de verse en los brazos y a los pechos de su querida. Doctrina que me dio la Reina Santísima. 35. “Hija mía carísima, grandes fueron los favores que hizo conmigo el brazo del Altísimo en las visiones de su divinidad que me comunicó estos días antes de concebirle en mis entrañas y aunque no se me manifestaba inmediata y claramente sin velo, pero fue por modo altísimo y con efectos reservados a su sabiduría. Y cuando, renovando el conocimiento con las especies que me habían quedado de lo que había visto, me levantaba en espíritu y conocía quién era Dios para los hombres y quiénes ellos para Su Majestad, aquí se inflamaba mi corazón en amor y se dividía de dolor, porque: conocía juntamente el peso del amor inmenso con los mortales y el ingratísimo olvido de tan incomprensible bondad. En esta consideración muriera muchas veces, si no me confortara y conservara el mismo Dios. Y este sacrificio de su sierva fue gratísimo a su Majestad y le aceptó con más complacencia que todos los holocaustos

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de la antigua ley, porque miró a mi humildad y se agradó mucho de ella. Y cuando en estos actos me ejercitaba, me hacía grandes misericordias para mí y para mi pueblo. 36. “Estos sacramentos, carísima, te manifiesto para que te levantes a imitarme, según tus flacas fuerzas, ayudadas con la gracia, alcanzaren mirando como a dechado y ejemplar las obras que has conocido. Pondera mucho y pesa repetidas veces con la luz y la razón cuánto deben corresponder los mortales a tan inmensa piedad y aquella inclinación que tiene Dios a socorrerles. Y a esta verdad has de contraponer el pesado y duro corazón de los mismos hijos de Adán. Y quiero que tu corazón se resuelva y convierta en afectos de agradecimiento al Señor y en compasión de esta desdicha de los hombres. Y te aseguro, hija mía, que el día de la residencia general, la mayor indignación del justo juez ha de ser por haber olvidado los hombres ingratísimos esta verdad, y ella será tan poderosa, que los argüirá aquel día con tal confusión suya, que por ella se arrojaran en el abismo de las penas cuando no hubiera ministros de justicia divina que lo ejecutaran. 37 Para que te desvíes de tan fea culpa, y prevengas aquel horrendo castigo, renueva en la memoria los beneficios que has recibido de aquel amor y clemencia infinita, y advierte que se ha señalado contigo entre muchas generaciones. Y no entiendas que tantos favores y singulares dones han sido para ti sola, sino también para tus hermanos, pues a todos se extiende la divina misericordia. Y por esto el retorno que debes al Señor ha de ser por ti primero, y después por ellos. Y porque tú eres pobre, presenta la vida y méritos de mi Hijo Santísimo, y con ellos juntamente todo lo que yo padecí con la fuerza del amor, para ser agradecida a Dios y a si mismo por alguna recompensa de la ingratitud de los mortales; y en todo esto te ejercitarás muchas veces, acordándote de lo que yo sentía en los mismos actos y ejercicios.” CAPITULO 4 Regresar al Principio Continúa el Altísimo los beneficios de María Santísima en el día cuarto. 38. Se continuaban los favores del Altísimo en nuestra Reina y Señora con los eminentes sacramentos con que el brazo poderoso la iba disponiendo para la vecina dignidad de Madre suya. Llegó el cuarto día de esta preparación y, en correspondencia de los precedentes, fue a la misma hora elevada a la visión de la divinidad en la forma dicha abstractiva, pero con nuevos efectos y más altas iluminaciones de aquel purísimo espíritu. En el poder divino y su sabiduría no hay límite ni término; solamente se le pone nuestra voluntad con sus obras o con la corta capacidad que tiene como criatura finita. En María Santísima no halló el poder divino impedimento por parte de las obras, antes fueron todas con plenitud de santidad y agrado del Señor, obligándole y como él mismo dice (Cant 4,9 (A.)) hiriendo su corazón de amor. Sólo por ser María pura criatura pudo hallar el brazo del Señor alguna tasa, pero dentro de la esfera de pura criatura obró en ella sin tasa ni limitación y sin medida, comunicándole las aguas de la sabiduría, para que las bebiese purísimas y cristalinas en la fuente de la divinidad. 39. Se le manifestó el Altísimo en esta visión con especialísimo luz y le declaró la nueva ley de gracia que el Salvador del mundo había de fundar, con los sacramentos que contiene y el fin para que los establecería y dejaría en la nueva Iglesia evangélica y los auxilios, dones y favores que prevenía para los hombres, con deseo de que todos fuesen salvos y se lograse en ellos el fruto de la Redención. Y fue tanta la sabiduría que en estas visiones desprendió María Santísima, enseñada por el sumo Maestro, enmendador de los sabios (Sab 7,15 (A.)) que, si por imposible algún hombre o ángel lo pudiera escribir, de sola la ciencia de esta Señora se formaran más libros que cuantos se han escrito en el mundo de todas las artes y ciencias y facultades inventadas. Y no es maravilla, siendo la mayor de todas en pura criatura; porque en el corazón y mente de nuestra Princesa se derramó y explayó el océano de la divinidad que los pecados y poca disposición de las criaturas tenían embarazado y represado en sí mismo. Sólo se le ocultaba siempre, hasta su tiempo, que ella era la escogida para Madre del Unigénito del Padre. 40. Entre la dulzura de esta ciencia divina tuvo este día nuestra Reina un amoroso pero íntimo dolor que la misma ciencia le renovó. Conoció por parte del Altísimo los indecibles tesoros de gracias y beneficios que prevenía para los mortales y aquel peso de la divinidad tan inclinado a que todos le gozasen eternamente, y junto con esto conoció y advirtió el mal estado del mundo y cuán ciegamente se impedían los mortales y privaban de la participación de la misma divinidad. De aquí le resultó un nuevo género de martirio con la fuerza que se dolía de la perdición humana, y el deseo de reparar tan lamentable ruina. Sobre esto hizo altísimas oraciones, peticiones, ofrecimientos, sacrificios,

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humillaciones y heroicos actos de amor de Dios y de los hombres, para que ninguno, si fuera posible, se perdiese de allí adelante y todos conociesen a su Criador y Reparador y le confesasen, adorasen y amasen. Todo esto le pasaba en la misma visión de la divinidad; y porque estas peticiones fueron al modo de otras dichas, no me alargo en referirlas. 41. Luego le manifestó el Señor en la misma ocasión las obras de la creación del cuarto día (Gen 1,14-19), y conoció la divina princesa María cuándo y cómo fueron formados en el firmamento los luminares del cielo para dividir el día de la noche y para que señalasen los tiempos, los días y los años; y para este fin tuvo ser el mayor luminar del cielo, que es el sol, como presidente y señor del día, y junto con él fue formada la luna, que es el menor luminar y alumbra en las tinieblas de la noche; cómo fueron formadas las estrellas en el octavo cielo, para que con su brillante luz alegrasen la noche y en ella y en el día presidieran con sus varias influencias. Conoció la materia de estos orbes luminosos, su forma, sus calidades, su grandeza, sus varios movimientos, con la uniforme desigualdad de los planetas. Conoció el número de las estrellas y todos los influjos que le comunican a la tierra, a sus vivientes y no vivientes, los efectos que en ellos causan, cómo los alteran y mueven. 42 Y no es esto contra lo que dijo el profeta, salmo 146 (Sal 146,4) que conoce Dios el número de las estrellas y las llama por sus nombres; porque no niega David que puede conceder Su Majestad con su poder infinito a la criatura por gracia lo que tiene Su Alteza por naturaleza. Y claro está que, siendo posible comunicar esta ciencia y redundando en mayor excelencia de María Señora nuestra, no le había de negar este beneficio, pues le concedió otros mayores, y la hizo Reina y Señora de las estrellas como de las demás criaturas. Y venía a ser este beneficio como consiguiente al dominio y señorío que la dio sobre las virtudes, influjos y operaciones de todos los orbes celestiales, mandando a todos ellos la obedeciesen como a su Reina y Señora. 43. De este como precepto que puso el Señor a las criaturas celestes y el dominio que dio a María Santísima sobre ellas, quedó Su Alteza con tanta potestad, que si mandara a las estrellas dejar su asiento en el cielo la obedecieran al punto y fueran a donde esta Señora les ordenara. Lo mismo hicieran el sol y los planetas, y todos detuvieron su curso y movimiento, suspendieran sus influjos y dejaran de obrar al imperio de María. Ya dije arriba (Cf. supra n.21) que alguna vez usaba Su Alteza de este imperio; porque como adelante veremos (Cf. infra p. II n.633,706) le sucedió algunas en Egipto, donde los calores son muy destemplados, mandar al sol que no diese su ardor tan vehemente, ni molestase ni fatigase con sus rayos al niño Dios y Señor suyo, y le obedecía el sol en esto, afligiendo y molestándola a ella, porque así lo quería, y respetando al Sol de justicia que tenía en sus brazos. Lo mismo sucedía con otros planetas, y detenía alguna vez al sol, como hablaré en su lugar (La autora no llega a hablar expresamente de este prodigio, como aquí anuncia; pero cf. p.II n.1390, 1478). 44. Otros muchos sacramentos ocultos manifestó el Altísimo a nuestra gran Reina en esta visión, y cuanto he dicho y diré, de todos me deja el corazón, como violento, porque puedo decir poco de lo que entiendo, y conozco y entiendo mucho menos de lo que sucedió a la divina Señora; y muchos de sus misterios están reservados para manifestarlos su Hijo Santísimo el día del juicio universal, porque ahora no somos capaces de todos. Salió María Santísima de esta visión más inflamada y transformada en aquel objeto infinito y en sus atributos y perfecciones que había conocido, y con el progreso de los favores divinos los hacía ella en las virtudes y multiplicaba los ruegos, las ansias, fervores y los, méritos con que aceleraba la Encarnación del Verbo divino y nuestra salud. Doctrina que me dio la divina Reina. 45. “Carísima hija mía, quiero que hagas mucha ponderación y aprecio de lo que has entendido que yo hice y padecí cuando el Altísimo me dio conocimiento tan alto de su bondad, inclinada con infinito peso a enriquecer a los mortales, y la mala correspondencia y tenebrosa ingratitud de parte de ellos. Cuando de aquella liberalísima dignación descendí a conocer y penetrar la necia dureza de los pecadores, era traspasado mi corazón con una flecha de mortal amargura que me duró toda la vida. Y te quiero manifestar otro misterio: que muchas veces el Altísimo, para sanar la contrición y quebranto de mi corazón en este dolor, solía responderme y me decía: ‘Recibe tú, Esposa mía, lo que el mundo ignorante y ciego desprecia como indigno de recibirlo y conocerlo.’ Y en esta respuesta y promesa soltaba el Altísimo el corriente de sus tesoros, que letificaban mi alma más que la capacidad humana puede alcanzar ni toda lengua explicar. 46. “Quiero, pues, ahora que tú, amiga mía, seas mi compañera en este dolor, tan poco advertido de los vivientes, que yo padecí por ellos. Y para que me imites en él y en los efectos que te causará tan justa pena, debes negarte y olvidarte

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de ti misma en todo y coronar tu corazón de espinas y dolores contra lo que hacen los mortales. Llora tú lo que ellos se ríen y deleitan (Sab. 2,6-9 (A.)) en su eterna damnación, que éste es el oficio más legítimo de las que son con verdad esposas de mi Hijo Santísimo, y sólo se les permite que se deleiten en las lágrimas que derraman por sus pecados y por los del mundo ignorante. Prepara tu corazón con esta disposición para que te haga el Señor participante de sus tesoros, y esto no tanto porque tú quedes rica, cuanto porque Su Majestad cumpla su liberal amor de comunicártelos y justificar las almas. Imítame en todo lo que yo te enseño, pues conoces ser ésta mi voluntad para contigo.” CAPITULO 5 Regresar al Principio Manifiesta el Altísimo a María Santísima nuevos misterios y sacramentos con las obras del quinto día de la creación, y pide Su Alteza de nuevo la Encarnación del Verbo. 47. Llegó el quinto día de la novena que la Beatísima Trinidad celebraba en el templo de María Santísima, para tomar en ella el Verbo Eterno nuestra forma de hombre, y, corriendo más el velo de los ocultos secretos de la infinita sabiduría, este día le descubrió otros de nuevo, elevándola a la visión abstractiva de la divinidad, como en los días antecedentes que queda declarado: pero siempre las disposiciones e iluminaciones se renovaban con mayores rayos de luz y de carismas que de los tesoros de la infinidad se derivaban en su alma santísima y en sus potencias, con que la divina Señora se iba allegando y asimilando más al ser de Dios y transformándose más y más en él, para llegar a ser digna Madre del mismo Dios. 48. En esta visión habló el Altísimo a la divina Reina para manifestarla otros secretos, y mostrándosele con increíble caricia la dijo: “Esposa mía y paloma mía, en lo escondido de mi pecho has conocido la inmensa liberalidad a que me inclina el amor que tengo al linaje humano y los tesoros ocultos que tengo prevenidos para su felicidad; y puede tanto este amor conmigo, que quiero darles a mi Unigénito para su enseñanza y remedio. También has conocido algo de su mala correspondencia y torpísima ingratitud y el desprecio que hacen los hombres de mi clemencia y amor. Pero aunque te he manifestado parte de su malicia, quiero, amiga mía, que de nuevo conozcas en mi ser el pequeño número de los que me han de conocer y amar como escogidos y cuán dilatado y grande es el de los ingratos y réprobos. Estos pecados sin número y las abominaciones de tantos hombres inmundos y tenebrosos, que con mi ciencia infinita tengo previstos, detienen mi liberal misericordia y han echado candados fuertes por donde han de salir los tesoros de mi divinidad y hacen indigno al mundo para recibirlos.” 49. Conoció la princesa María en estas palabras del Altísimo grandes sacramentos del número de los predestinados y de los réprobos y también la resistencia y óbice que causaban todos los pecados de los hombres juntos en la mente divina para que viniese al mundo el Verbo eterno humanado; y admirada la prudentísima Señora con la vista de la infinita bondad y equidad del Criador y de la inmensa iniquidad y malicia de los hombres, inflamada toda en la llama del divino amor, habló a Su Majestad y le dijo: 50. “Señor mío y Dios infinito, de sabiduría y santidad incomprensible, ¿qué misterio es éste, bien mío, que me habéis manifestado? No tienen medida ni término las maldades de los hombres, pues sola vuestra sabiduría las comprende, pero todas ellas, y otras muchas y mayores, ¿pueden por ventura extinguir vuestra bondad y amor o competir con él? No, Señor y Dueño mío, no ha de ser así; la malicia de los mortales no ha de detener vuestra misericordia. Yo soy la más inútil de todo el linaje humano, pero de su parte os pongo la demanda de vuestra fidelidad. Verdad infalible es que faltará el cielo y la tierra primero que la verdad de vuestras palabras (Mt 24,35); Y también es verdad que la tenéis dada al mundo muchas veces por boca de vuestros profetas santos y por la vuestra a ellos mismos que les daréis su redentor y vuestra salvación. Pues ¿cómo, Dios mío, se dejarán de cumplir esas promesas acreditadas con vuestra infinita sabiduría para no ser engañado y con vuestra bondad para no engañar al hombre? Para hacerles esta promesa y ofrecerles su eterna felicidad en vuestro Verbo humanado, de parte de los mortales no hubo merecimientos, ni os pudo obligar alguna criatura; y si este bien se pudiera merecer, no quedara tan engrandecida vuestra infinita y liberal clemencia; de solo vos mismo os disteis por obligado, que para hacerse Dios hombre sólo en Dios puede haber razón que le obligue; en solo vos está la razón y motivo de habernos criado, y de habernos de reparar después de caídos. No busquéis, Dios mío y Rey altísimo, para la Encarnación más méritos ni más razón que vuestra misericordia y la exaltación de vuestra gloria.”

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51. “Verdad es, Esposa mía - respondió el Altísimo - que por mi bondad inmensa me obligué a prometer a los hombres me vestiría de su naturaleza y habitaría con ellos, y que nadie pudo merecer conmigo esta promesa; pero desmerece la ejecución el ingratísimo proceder de los mortales, tan odioso en mi equidad y presencia, pues cuando yo sólo pretendo el interés de su felicidad eterna en retorno de mi amor, conozco y hallo su dureza y que con ella han de malograr y despreciar los tesoros de mi gracia y gloria, y su correspondencia ha de ser dando espinas en lugar de fruto, grandes ofensas por los beneficios y torpe ingratitud por mis largas y liberales misericordias, y el fin de todos estos males será para ellos la privación de mi vista en tormentos eternos. Atiende, amiga mía, a estas verdades escritas en el secreto de mi sabiduría y pondera estos grandes sacramentos; que para ti patente está mi corazón, donde conoces la razón de mi justicia.” 52. No es posible manifestar los ocultos misterios que conoció María Santísima en el Señor, porque vio en él todas las criaturas presentes, pasadas y futuras, con el orden que habían de tener todas las almas, las obras buenas y malas que habían de hacer, el fin que todas habían de tener; y si no fuera confortada con la virtud divina, no pudiera conservar la vida entre los efectos y afectos que causaban en ella esta ciencia y vista de tan recónditos sacramentos y misterios. Pero como en estos nuevos milagros y beneficios disponía Su Majestad tan altos fines, no era escaso sino liberalísimo con su amada y escogida para Madre suya. Y como esta ciencia la desprendía nuestra Reina a los pechos del mismo Dios, con ella se derivaba el fuego de la misma caridad eterna, que la enardecía en amor del mismo Dios y de los prójimos; y continuando sus peticiones, dijo: 53. “Señor y Dios eterno, invisible e inmortal, confieso vuestra justicia, engrandezco vuestras obras, adoro vuestro ser infinito, y reverencio vuestros juicios. Mi corazón se resuelve todo en afectos amorosos, conociendo vuestra bondad sin límite para los hombres y su pesada ingratitud y grosería para vos. Para todos queréis, Dios mío, la vida eterna, pero serán pocos los que agradezcan este inestimable beneficio y muchos los que le perderán por su malicia. Si por esta parte, bien mío, os desobligáis, perdidos somos los mortales, pero si con vuestra ciencia divina tenéis previstas las culpas y malicia de los hombres que tanto os desobligan, con la misma ciencia estáis mirando a vuestro Unigénito humanado y sus obras de infinito valor y aprecio en vuestra aceptación, y éstas sobreabundan a los pecados y sin comparación los exceden. De este hombre y Dios se debe obligar vuestra equidad y por él mismo dárnosle luego a él mismo; y para pedirle otra vez en nombre del linaje humano, yo me visto del mismo espíritu del Verbo hecho hombre en vuestra mente y pido su ejecución y la vida eterna por su mano para todos los mortales.” 54. Se le representó al Eterno Padre en esta petición de María purísima a nuestro modo de hablar cómo su Unigénito había de bajar al virginal vientre de esta gran Reina, y le rindieron sus amorosos y humildes ruegos. Y aunque siempre se le mostraba indeciso, era industria de su regalado amor para oír más la voz de su querida y que sus labios dulces destilaran miel suavísima y sus emisiones fuesen del paraíso (Cant 4,11.13 (A.)). Y para más alargar esta regalada contienda, la respondió el Señor: “Esposa mía dulcísima y mi paloma electa, mucho es lo que me pides y muy poco lo que los hombres me obligan, pues ¿cómo a los indignos se ha de conceder tan raro beneficio? Déjame, amiga mía, que los trate conforme su mala correspondencia.” Respondía nuestra poderosa y piadosa Abogada: “No, Dueño mío, no os dejaré con mi porfía; si mucho es lo que pido, a vos lo pido, que sois rico en misericordias, poderoso en las obras, verdadero en las palabras. Mi padre David dijo de vos y del Verbo Eterno (Sal 109,4): ‘Juró el Señor y no le pesará de haber jurado; tú eres sacerdote según el orden de Melquisedec.’ Venga, pues, este sacerdote que juntamente ha de ser sacrificio por nuestro rescate, venga, pues no os puede pesar de la promesa, porque no prometéis con ignorancia; dulce amor mío, vestida estoy de la virtud de este Hombre Dios, no cesará mi porfía si no me dais la bendición como a mi padre Jacob.” (Gen 32,26). 55. Le fue preguntado a nuestra Reina y Señora en esta lucha divina, como a Jacob, cuál era su nombre. Dijo: “Hija soy de Adán, fabricada por vuestras manos de la materia humilde del polvo.” Y el Altísimo la respondió: “De hoy más será tu nombre la escogida para Madre del Unigénito.” Pero estas últimas palabras las entendieron los cortesanos del cielo, y a ella se le ocultaron hasta su tiempo, percibiendo sola la razón de escogida. Y habiendo perseverado esta contienda amorosa el tiempo que disponía la sabiduría divina y que convenía para enardecer el fervoroso corazón de la escogida, toda la Santísima Trinidad dio su real palabra a María purísima nuestra Reina que luego enviaría al mundo el Verbo Eterno hecho hombre. Con este fiat, alegre y llena de incomparable júbilo, pidió la bendición y se la dio el Altísimo. Salió esta mujer fuerte victoriosa más que Jacob de luchar con Dios, porque ella quedó rica, fuerte y llena de despojos y el herido y enflaquecido - a nuestro modo de entender - fue el mismo Dios, quedando ya rendido del amor de esta Señora para vestirse en su sagrado tálamo de la flaqueza humana de nuestra carne pasible, en que disimulase y

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encubriese la fortaleza de su divinidad para vencer siendo vencido y darnos la vida con su muerte. Vean y conozcan los mortales cómo María Santísima es la causa de su salvación después de su benditísimo Hijo. 56. Luego en esta misma visión se le manifestaron a nuestra gran Reina las obras del quinto día (Gen 1,20-23) de la creación del mundo en la misma forma que sucedieron; y conoció cómo con la fuerza de la divina palabra fueron engendrados y producidos de las aguas de debajo del firmamento, los imperfectos animales reptiles que andan sobre la tierra, volátiles que corren por el aire y los natátiles que discurren y habitan en las aguas; y de todas estas criaturas conoció el principio, materia, forma y figura en su género, todas las especies de estos animales silvestres, sus condiciones, calidades, utilidades y armonía; las aves del cielo que así llamamos el aire con la variedad y forma de cada especie, su adorno, sus plumas, su ligereza; los innumerables peces del mar y de los ríos, la diferencia de ballenas, su compostura, calidades, cavernas, alimento que les administra el mar, los fines para que sirven, la forma y utilidad que cada una tiene en el mundo. Y Su Majestad mandó singularmente a todo este ejército de criaturas que reconociesen y obedeciesen a María Santísima, dándola potestad para que a todas las mandase y de ellas se sirviese; como sucedió en muchas ocasiones, de que diré algunas en sus lugares (Cf. infra n.185,431,636; p.III n.372). Y con esto salió de la visión de este día, y le ocupó en los ejercicios y peticiones que la mandó el Señor. Doctrina que me dio la divina Señora. 57. “Hija mía, el más copioso conocimiento de las obras maravillosas que hizo conmigo el brazo del Altísimo, para levantarme con las visiones de la divinidad abstractivas a la dignidad de Madre, está reservado para que los predestinados lo conozcan en la celestial Jerusalén. Allí lo entenderán y verán en el mismo Señor con especial gozo y admiración, como la tuvieron los ángeles cuando el Altísimo se lo manifestaba, por lo que le magnificaban y alababan. Y porque en este beneficio se ha mostrado Su Majestad contigo, entre todas las generaciones, tan liberal y amoroso, dándote la noticia y luz que de estos sacramentos tan ocultos recibes, quiero, amiga mía, que sobre todas las criaturas te señales en alabar y engrandecer su santo nombre por lo que la potencia de su brazo obró conmigo. 58. “Y luego debes atender con todo tu cuidado a imitarme en las obras que yo hacía con estos grandes y admirables favores. Pide y clama por la salud eterna de tus hermanos y para que el nombre de mi Hijo sea engrandecido y conocido de todo el mundo. Y para estas peticiones has de llegar con una constante determinación, fundada en fe viva y en segura confianza, sin perder de vista tu miseria, con profunda humildad y abatimiento. Con esta prevención has de pelear con el mismo amor divino por el bien de tu pueblo, advirtiendo que sus victorias más gloriosas es dejarse vencer de los humildes que con rectitud le aman; levántate a ti sobre ti y dale gracias por tus especiales beneficios y por los del linaje humano y convertida a este divino amor merecerás recibir otros de nuevo para ti y tus hermanos; y pide al Señor su bendición siempre que te hallares en su divina presencia.” CAPITULO 6 Regresar al Principio Manifiesta el Altísimo a María Señora nuestra otros misterios con las obras del día sexto de la creación. 59. Perseveraba el Altísimo en disponer de próximo a nuestra divina Princesa para recibir el Verbo Eterno en su virginal vientre, y ella continuaba sin intervalo sus fervientes afectos y oraciones para que viniese al mundo; y llegando la noche del día sexto de los que voy declarando, con la misma voz y fuerza que arriba dije (Cf. supra n.6), fue llamada y llevada en espíritu y, precediendo más intensos grados de iluminaciones, se le manifestó la divinidad con visión abstractiva con el orden que otras veces, pero siempre con efectos más divinos y conocimiento de los atributos del Altísimo más profundo. Gastaba nueve horas en esta oración y salía de ella a la hora de tercia. Y aunque cesaba entonces aquella levantada visión del ser de Dios, no por eso se despedía María Santísima de su vista y oración, antes quedaba en otra, que si respecto de la que dejaba era inferior, pero absolutamente era altísima y mayor que la suprema de todos los santos y justos. Y todos estos favores y dones eran más deificados en los días últimos y próximos a la Encarnación, sin que para esto la impidiesen las ocupaciones activas de su estado, porque allí no se querellaba Marta que María la dejaba sola en sus ministerios (Lc 10,40). 60. Habiendo conocido la divinidad en aquella visión, se le manifestaron luego las obras del día sexto de la Creación del mundo (Gen 1,24-31), como si se hallara presente. Conoció en el mismo Señor cómo a su divina palabra produjo la

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tierra el ánima viviente en su género, según lo dice Moisés; entendiendo por este nombre los animales terrestres que por más perfectos que los peces y aves en las operaciones y vida animal se llaman por la parte principal ánima viviente. Conoció y penetró todos estos géneros y especies de animales que fueron criados en este sexto día; y cómo se llamaban unos jumentos, por lo que sirven y ayudan a los hombres, otros bestias, como más fieros y silvestres, otros reptiles, porque se levantan de la tierra poco o nada, y de todos conoció y alcanzó las calidades, iras, fuerzas, ministerios, fines y todas sus condiciones distinta y singularmente. Sobre todos estos animales se le dio imperio y dominio y a ellos precepto que la obedeciesen; y pudiera sin recelo hollar y pisar sobre el áspid y basilisco, que todos se rindieran a sus plantas, y muchas veces lo hicieron a su mandato algunos animales, como sucedió en el nacimiento de su Hijo Santísimo, que el buey y la jumentilla se postraron y calentaron con su aliento al niño Dios, porque se lo mandó la divina Madre. 61. En esta plenitud de ciencia conoció y entendió nuestra divina Reina con suma perfección el oculto modo de encaminar Dios todo lo que criaba para servicio y beneficio del género humano, y en la deuda en que por este beneficio quedaba a su Hacedor. Y fue convenientísimo que María Santísima tuviese este género de sabiduría y comprensión, para que con ella diese el retorno de agradecimiento digno de tales beneficios, cuando ni los hombres ni los ángeles no lo dieron, faltando a la debida correspondencia o no llegando a todo lo que debían las criaturas. Todos estos vacíos llenó la Reina de todas ellas y satisfizo por lo que nosotros no podíamos o no quisimos. Y con la correspondencia que ella dio, dejó como satisfecha a la equidad divina, mediando entre ella y las criaturas, y por su inocencia y agradecimiento se hizo más aceptable que todas ellas, y el Altísimo se dio por más obligado de sola María Santísima que de todo el resto de las demás criaturas. Por este modo tan misterioso se iba disponiendo la venida de Dios al mundo, porque se removía el obstáculo con la santidad de la que había de ser su Madre. 62. Después de la creación de todas las criaturas incapaces de razón, conoció en la misma visión cómo para complemento y perfección del mundo dijo la Beatísima Trinidad: “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra” (Gen 1,26); y cómo con la virtud de este divino decreto fue formado el primer hombre de tierra para origen de los demás. Conoció profundamente la armonía del cuerpo humano y el alma y sus potencias, creación e infusión en el cuerpo, la unión que con él tiene para componer el todo; y en la fábrica del cuerpo humano conoció todas las partes singularmente, el número de los huesos, venas, arterias, nervios y ligación con el concurso de los cuatro humores en el temperamento conveniente, la facultad de alimentarse, alterarse, nutrirse y moverse localmente y cómo por la desigualdad o mutación de toda esta armonía se causaban las enfermedades y cómo se reparaban. Todo lo entendió y penetró sin engaño nuestra prudentísima Virgen más que todos los filósofos del mundo y más que los mismos ángeles. 63. Le manifestó a si mismo el Señor el feliz estado de la justicia original en que puso a nuestros primeros padres Adán y Eva, y conoció las condiciones, hermosura y perfección de la inocencia y de la gracia, y lo poco que perseveraron en ella; entendió el modo cómo fueron tentados y vencidos con la astucia de la serpiente y los efectos que hizo el pecado, el furor y el odio de los demonios contra el linaje humano. A la vista de todos estos objetos hizo nuestra Reina grandes y heroicos actos de sumo agrado para el Altísimo: reconoció ser hija de aquellos primeros padres, descendiente de una naturaleza tan ingrata a su Criador y en este conocimiento se humilló en la divina presencia, hiriendo el corazón de Dios y obligándole a que la levantase sobre todo lo criado. Tomó por su cuenta llorar aquella primera culpa con todas las demás que de ella resultaron, como si de todas fuera ella la delincuente. Por esto se pudo ya llamar "feliz culpa" (Pregón pascual de la liturgia del Sábado santo) a aquella que mereció ser llorada con tan preciosas lágrimas en la estimación del Señor, que comenzaron a ser fiadoras y prenda cierta de nuestra redención. 64. Rindió dignas gracias al Criador por la ostentosa obra de la creación del hombre. Consideró atentamente su desobediencia y la seducción y engaño de Eva, y en su mente propuso la perpetua obediencia que aquellos primeros padres negaron a su Dios y Señor; y fue tan acepto en sus ojos este rendimiento, que ordenó Su Majestad se cumpliese y ejecutase este día en presencia de los cortesanos del cielo la verdad figurada en la historia del rey Asuero, de quien fue reprobada la reina Vasti y privada de la dignidad real por su desobediencia, y en su lugar fue levantada por reina la humilde y graciosa Ester (Est 2,1ss). 65. Se correspondían en todo estos misterios con admirable consonancia. Porque el sumo y verdadero Rey, para ostentar la grandeza de su poder y tesoros de su divinidad, hizo el gran convite de la creación y, prevenida la mesa franca de todas las criaturas, llamó al convidado, el linaje humano, en la creación de sus primeros padres. Desobedeció Vasti, nuestra madre Eva, mal rendida al divino precepto, y con aprobación y admirable alabanza de los ángeles mandó

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el verdadero Asuero en este día que fuese levantada a la dignidad de Reina de todo lo criado la humildísima Ester, María Santísima, llena de gracia y hermosura, escogida entre todas las hijas del linaje humano para su Restauradora y Madre de su Criador. 66. Y para la plenitud de este misterio infundió el Altísimo en el corazón de nuestra Reina en esta visión nuevo aborrecimiento con el demonio, como le tuvo Ester con Amán, y así sucedió que le derribó de su privanza, digo, del imperio y mando que tenía en el mundo, y le quebrantó la cabeza de su soberbia, llevándole hasta el patíbulo de la cruz, donde él pretendió destruir y vencer al Hombre Dios, para que allí fuese castigado y vencido; que en todo intervino María Santísima, como diremos en su lugar (Cf. infra n.1364). Y así como la enemiga de este gran dragón comenzó desde el cielo contra la mujer que vio en él vestida del sol, que dijimos era esta divina Señora (Cf. supra p.I n.95), así también duró la contienda hasta que por ella fue privado de su tirano dominio; y como en lugar de Amán soberbio fue honrado el fidelísimo Mardoqueo, así fue puesto el castísimo y fidelísimo José que cuidaba de la salud de nuestra divina Ester y continuamente la pedía rogase por la libertad de su pueblo que éstas eran las continuas pláticas del Santo José y de su esposa purísima y por ella fue levantado a la grandeza de santidad que alcanzó y a tan excelente dignidad, que le dio el supremo Rey el anillo de su sello, para que con él mandase al mismo Dios humanado, que le estaba sujeto, como dice el Evangelio (Lc 2,51 (A.)). Con esto, salió de esta visión nuestra Reina. Doctrina que me dio la divina Señora. 67. “Admirable fue, hija mía, este don de la humildad que me concedió el Altísimo en este suceso que has escrito; y pues no desecha Su Majestad a quien le llama, ni su favor se niega al que se dispone a recibirlo, quiero que tú me imites y seas mi compañera en el ejercicio de esta virtud. Yo no tenía parte en la culpa de Adán, que fui exenta de su inobediencia, mas porque tuve parte de su naturaleza, y por sola ella era hija suya, me humillé hasta aniquilarme en mi estimación. Pues con este ejemplo ¿hasta dónde se debe humillar quien tuvo parte no sólo en la primera culpa, pero después ha cometido otras sin número? Y el motivo y fin de este humilde conocimiento, no ha de ser tanto remover la pena de estas culpas, cuanto restaurar y recompensar la honra que en ellas se le quitó y negó al Creador y Señor de todos. 68. “Si un hermano tuyo ofendiera gravemente a tu padre natural, no fueras tú hija agradecida y leal de tu padre, ni hermana verdadera de tu hermano, si no te dolieras de la ofensa y lloraras como propia la ruina, porque al padre se debe toda reverencia y al hermano debes el amor como a ti misma; pues considera, carísima, y examina con la luz verdadera cuánta diferencia hay de vuestro Padre que está en los cielos al padre natural y que todos sois hijos suyos y unidos con vínculo de estrecha obligación de hermanos y siervos de un Señor verdadero; y como te humillarías y llorarías con grande confusión y vergüenza, si tus hermanos naturales cometieran alguna culpa afrentosa, así quiero que lo hagas por las que cometen los mortales contra Dios, doliéndote con vergüenza como si a ti te las atribuyeras. Esto fue lo que yo hice conociendo la inobediencia de Adán y Eva y los males que de ella se siguieron al linaje humano; y se complació el Altísimo de mi reconocimiento y caridad, porque es muy agradable a sus ojos el que llora los pecados de que se olvida quien los comete. 69. Junto con esto, estarás advertida que por grandes y levantados que sean los favores que recibes del Altísimo, no por esto te descuides del peligro, ni tampoco desprecies el acudir y descender a las obras de obligación y de caridad. Y esto no es dejar a Dios; pues la fe te enseña y la luz te gobierna para que le lleves contigo en toda ocupación y lugar y sólo te dejes a ti misma y a tu gusto por cumplir el de tu Señor y esposo. No te dejes llevar en estos afectos del peso de la inclinación, ni de la buena intención y gusto interior, que muchas veces se encubre con esta capa el mayor peligro; y en estas dudas o ignorancias siempre sirve de contraste y de maestro la obediencia santa, por la que gobernarás tus acciones seguramente sin hacer otra elección, porque están vinculadas grandes victorias y progresos de merecimientos al verdadero rendimiento y sujeción del dictamen propio al ajeno. No has de tener jamás querer o no querer, y con eso cantarás victorias (Prov 21,28) y vencerás los enemigos. CAPITULO 7 Regresar al Principio Celebra el Altísimo con la Princesa del cielo nuevo desposorio para las bodas de la Encarnación y la adorna para ellas.

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70. Grandes son las obras del Altísimo (Sal 110,2 (A.)), porque todas fueron y son hechas con plenitud de ciencia y de bondad, en equidad y mesura (Sab 11,21). Ninguna es manca, inútil ni defectuosa, superflua ni vana; todas son exquisitas y magníficas, como el mismo Señor que con la medida de su voluntad quiso hacerlas y conservarlas, y las quiso como convenían, para ser en ellas conocido y magnificado. Pero todas las obras de Dios ad extra, fuera del misterio de la Encarnación, aunque son grandes, estupendas y admirables, y más admirables que comprensibles, no son más de una pequeña centella (Eclo 42,23 (A.)) despedida del inmenso abismo de la divinidad. Sólo este gran sacramento de hacerse Dios hombre pasible y mortal es la obra grande de todo el poder y sabiduría infinita y la que excede sin medida a las demás obras y maravillas de su brazo poderoso; porque en este misterio, no una centella de la divinidad, pero todo aquel volcán del infinito incendio, que Dios es, bajó y se comunicó a los hombres, juntándose con indisoluble y eterna unión a nuestra terrena y humana naturaleza. 71. Si esta maravilla y sacramento del Rey se ha de medir con su misma grandeza, consiguiente era que la mujer, de cuyo vientre había de tomar forma de hombre, fuese tan perfecta y adornada de todas sus riquezas, que nada le faltase de los dones y gracias posibles y que todas fuesen tan llenas, que ninguna padeciese mengua ni defecto alguno. Pues como esto era puesto en razón y convenía a la grandeza del Omnipotente, así lo cumplió con María Santísima, mejor que el rey Asuero con la graciosa Ester, para levantarla al trono de su grandeza. Previno el Altísimo a nuestra Reina María con tales favores, privilegios y dones nunca imaginados de las criaturas, que cuando salió a vista de los cortesanos de este gran Rey de los siglos inmortal (1 Tim 1,17), conocieron todos y alabaron el poder divino y que, si eligió una mujer para Madre, pudo y supo hacerla digna para hacerse Hijo suyo. 72. Llegó el día séptimo y vecino de este misterio y, a la misma hora que en los pasados he dicho, fue llamada y elevada en espíritu la divina Señora, pero con una diferencia de los días precedentes; porque en éste fue llevada corporalmente por mano de sus santos ángeles al cielo empíreo, quedando en su lugar uno de ellos que la representase en cuerpo aparente. Puesta en aquel supremo cielo, vio la divinidad con abstractiva visión como otros días, pero siempre con nueva y mayor luz y misterios más profundos, que aquel objeto voluntario sabe y puede ocultar y manifestar. Oyó luego una voz que salía del trono real, y decía: “Esposa y paloma electa, ven, graciosa y amada nuestra, que hallaste gracia en nuestros ojos y eres escogida entre millares y de nuevo te queremos admitir por nuestra Esposa única, y para esto queremos darte el adorno y hermosura digna de nuestros deseos.” 73. A esta voz y razones, la humildísima entre los humildes se abatió y aniquiló en la presencia del Altísimo, sobre todo lo que alcanza la humana capacidad, y toda rendida al beneplácito divino, con agradable encogimiento respondió: “Aquí está, Señor, el polvo, aquí este vil gusanillo, aquí está la pobre esclava vuestra, para que se cumpla en ella vuestro mayor agrado. Servíos, bien mío, del instrumento humilde de vuestro querer, gobernadle con vuestra diestra.” Mandó luego el Altísimo a dos serafines, de los más allegados al trono y excelentes en dignidad, que asistiesen a aquella divina mujer, y acompañados de otros se pusieron en forma visible al pie del trono, donde estaba María Santísima más inflamada que todos ellos en el amor divino. 74. Era espectáculo de nueva admiración y júbilo para todos los espíritus angélicos ver en aquel lugar celestial, nunca hollado de otras plantas, una humilde doncella consagrada para Reina suya y más inmediata al mismo Dios entre todas las criaturas, ver en el cielo tan apreciada y valorada aquella mujer (Prov 31,10) que ignoraba el mundo y como no conocida la despreciaba, ver a la naturaleza humana con las arras y principio de ser levantada sobre los coros celestiales y ya interpuesta en ellos. ¡Oh qué santa y dulce emulación pudiera causarles esta peregrina maravilla a los cortesanos antiguos de la superior Jerusalén! ¡Oh qué conceptos formaban en alabanza del Autor! ¡Oh qué afectos de humildad repetían, sujetando sus elevados entendimientos a la voluntad y ordenación divina! Reconocían ser justo y santo que levante a los humildes y que favorezca a la humana humildad y la adelante a la angélica. 75. Estando en esta loable admiración los moradores del cielo, la Beatísima Trinidad a nuestro bajo modo de entender y de hablar confería entre sí misma cuán agradable era en sus ojos la princesa María, cómo había correspondido perfecta y enteramente a los beneficios y dones que se le habían fiado, cuánto con ellos había granjeado la gloria que adecuadamente daba al mismo Señor y cómo no tenía falta ni defecto, ni impedimento para la dignidad de Madre del Verbo para que era destinada. Y junto con esto, determinaron las tres divinas personas que fuese levantada esta criatura al supremo grado de gracia y amistad del mismo Dios, que ninguna otra pura criatura había tenido ni tendrá jamás, y en aquel instante la dieron a ella sola más que tenían todas juntas. Con esta determinación la Beatísima Trinidad se

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complació y agradó de la santidad suprema de María, como ideada y concebida en su mente divina. 76. Y en correspondencia de esta santidad y en su ejecución, y en testimonio de la benevolencia con que el mismo Señor la comunicaba nuevas influencias de su divina naturaleza, ordenó y mandó que fuese María Santísima adornada visiblemente con una vestidura y joyas misteriosas, que señalasen los dones interiores de las gracias y privilegios que le daban como a Reina y Esposa. Y aunque este adorno y desposorio se le concedió otras veces, como queda dicho (Cf. supra p.I n.435), cuando fue presentada al templo, pero en esta ocasión fue con circunstancias de nueva excelencia y admiración, porque servía de más próxima disposición para el milagro de la Encarnación. 77. Vistieron luego los dos serafines por mandado del Señor a María Santísima una tunicela o vestidura larga, que como símbolo de su pureza y gracia era tan hermosa y de tan rara candidez y belleza refulgente, que sólo un rayo de luz de los que sin número despedía, si apareciera al mundo, le diera mayor claridad sólo él que todo el número de las estrellas si fueran soles; porque en su comparación toda la luz que nosotros conocemos pareciera oscuridad. Al mismo tiempo que la vestían los serafines, le dio el Altísimo profunda Inteligencia de la obligación en que la dejaba aquel beneficio de corresponder a Su Majestad con la fidelidad y amor y con un alto y excelente modo de obrar, que en todo conocía, pero siempre se le ocultaba el fin que tenía el Señor de recibir carne en su virginal vientre. Todo lo demás reconocía nuestra gran Señora, y por todo se humillaba con indecible prudencia y pedía el favor divino para corresponder a tal beneficio y favor. 78. Sobre la vestidura la pusieron los mismos serafines una cintura, símbolo del temor santo que se le infundía; era muy rica, como de piedras varias en extremo refulgentes, que la agraciaban y hermoseaban mucho. Y al mismo tiempo la fuente de la luz que tenía presente la divina Princesa la iluminó e ilustró para que conociese y entendiese altísimamente las razones por que debe ser temido Dios de toda criatura. Y con este don de temor del Señor quedó ajustadamente ceñida, como convenía a una criatura pura que tan familiarmente había de tratar y conversar con el mismo Criador, siendo verdadera Madre suya. 79. Conoció luego que la adornaban de hermosísimos y dilatados cabellos recogidos con un rico apretador, y ellos eran más brillantes que el oro subido y refulgente. Y en este adorno entendió se le concedía que todos sus pensamientos toda la vida fuesen altos y divinos, inflamados en subidísima caridad, significada por el oro. Y junto con esto se le infundieron de nuevo hábitos de sabiduría y ciencia clarísima, con que quedasen ceñidos y recogidos varia y hermosamente estos cabellos en una participación inexplicable de los atributos de ciencia y sabiduría del mismo Dios. La concedieron también para sandalias o calzado que todos los pasos y movimientos fuesen hermosísimos (Cant 7,1) y encaminados siempre a los más altos y santos fines de la gloria del Altísimo. Y cogieron este calzado con especial gracia de solicitud y diligencia en el bien obrar para con Dios y con los prójimos, al modo que sucedió cuando con prontitud fue a visitar a Santa Isabel y San Juan (Lc 1,39); con que esta hija del Príncipe (Cant 7,1) salió hermosísima en sus pasos. 80. Las manos las adornaban con manillas, infundiéndola nueva magnanimidad para obras grandes, con participación del atributo de la magnificencia, y así las extendió siempre para cosas fuertes (Prov 31,19). En los dedos la hermosearon con anillos, para que con los nuevos dones del Espíritu divino en las cosas menores o en materias más inferiores obrase superiormente con levantado modo, intención y circunstancias, que hiciesen todas sus obras grandiosas y admirables. Añadieron juntamente a esto un collar o banda que le pusieron lleno de inestimables y brillantes piedras preciosas y pendiente una cifra de tres más excelentes, que en las tres virtudes fe, esperanza y caridad correspondía a las tres divinas personas. Le renovaron con este adorno los hábitos de estas nobilísimas virtudes para el uso que de ellas había menester en los misterios de la Encarnación y Redención. 81. En las orejas le pusieron unas arracadas de oro con gusanillos de plata (Cant 1,10 (A.)), preparando sus oídos con este adorno para la embajada que luego había de oír del santo Arcángel Gabriel, y se le dio especial ciencia para que la oyese con atención y respondiese con discreción, formando razones prudentísimas y agradables a la voluntad divina; y en especial para que del metal sonoro y puro de la plata de su candidez resonase en los oídos del Señor y quedasen en el pecho de la divinidad aquellas deseadas y sagradas palabras: Fiat mihi secundum verbum tuum (Lc 1,38). 82. Sembraron luego la vestidura de unas cifras que servían como de realces o bordaduras de finísimos matices y oro, que algunas decían: “María, Madre de Dios”, y otras, “María, Virgen y Madre;” mas no se le manifestaron ni

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descifraron entonces estas cifras misteriosas a ella sino a los ángeles santos; y los matices eran los hábitos excelentes de todas las virtudes en eminentísimo grado y los actos que a ellas correspondían sobre todo lo que han obrado todas las demás criaturas intelectuales. Y para complemento de toda esta belleza la dieron por agua de rostro muchas iluminaciones y resplandores, que se derivaron en esta divina Señora de la vecindad y participación del infinito ser y perfecciones del mismo Dios; que para recibirle real y verdaderamente en su vientre virginal, convenía haberle recibido por gracia en el sumo grado posible a pura criatura. 83. Con este adorno y hermosura quedó nuestra princesa María tan bella y agradable, que pudo el Rey supremo codiciarla (Sal 44,12 (A.)). Y por lo que en otras partes he dicho de sus virtudes (Cf. supra p.I n.226-235, 482-611), y será forzoso repetir en toda esta divina Historia, no me detengo más en explicar este adorno, que fue con nuevas condiciones y efectos más divinos. Y todo cabe en el poder infinito y en el inmenso campo de la perfección y santidad, donde siempre hay mucho que añadir y entender sobre lo que nosotros alcanzamos a conocer. Y llegando a este mar de María purísima, quedamos siempre muy a las márgenes de su grandeza; y mi entendimiento de lo que ha conocido queda siempre con gran preñez de conceptos que no puede explicar. Doctrina que me dio la Reina Santísima María. 84. “Hija mía, las ocultas oficinas y recámaras del Altísimo son de Rey divino y Señor omnipotente y por esto son sin medida y número las ricas joyas que en ellas tiene para componer el adorno de sus esposas y escogidas. Y como enriqueció mi alma, pudiera hacer lo mismo con otras innumerables y siempre le sobrara infinito. Y aunque a ninguna otra criatura dará tanto su liberal mano como me concedió a mí, no será porque no puede o no quiere, sino porque ninguna se dispondrá para la gracia como yo lo hice; pero con muchas es liberalísimo el Todopoderoso y las enriquece grandemente, porque le impiden menos y se disponen más que otras. 85. “Yo deseo, carísima, que no pongas impedimento al amor del Señor para ti, antes quiero te dispongas para recibir los dones y preseas con que te quiere prevenir, para que seas digna de su tálamo de esposo. Y advierte que todas las almas justas reciben este adorno de su mano, pero cada una en su grado de amistad y gracia de que se hace capaz. Y si tú deseas llegar a los más levantados quilates de esta perfección y estar digna de la presencia de tu Señor y Esposo, procura crecer y ser robusta en el amor; pero éste crece, cuando crece la negación y mortificación. Todo lo terreno has de negar y olvidar y todas tus inclinaciones a ti misma y a lo visible se han de extinguir en ti, y sólo en el amor divino has de crecer y adelantarte. Lávate y purifícate en la sangre de Cristo tu reparador y aplícate este lavatorio muchas veces, repitiendo el amoroso dolor de la contrición de tus culpas. Con esto hallarás gracia en sus ojos y tu hermosura le será de codicia y tu adorno estará lleno de toda perfección y pureza. 86. “Y habiendo tú sido tan favorecida y señalada del Señor en estos beneficios, razón es que sobre muchas generaciones seas agradecida y con incesante alabanza le engrandezcas por lo que contigo se ha dignado. Y si este vicio de la ingratitud es tan feo y reprensible en las criaturas que menos deben, cuando luego como terrenas y groseras olvidan con desprecio los beneficios del Señor, mayor será la culpa de esta villanía en tus obligaciones. Y no te engañes con pretexto de humillarte, porque hay mucha diferencia entre la humildad agradecida y la ingratitud humillada con engaño; y debes advertir que muchas veces hace grandes favores el Señor a los indignos, para manifestar su bondad y grandeza y para que no se alce nadie con ellos, conociendo su propia indignidad, que ha de ser de contrapeso y triaca contra el veneno de la presunción; pero siempre se compadece con esto el agradecimiento, conociendo que todo don perfecto es y viene del Padre de las lumbres (Sant 1,17) y nunca por sí le pudo merecer la criatura, sino que se le da por sola su bondad, con que debe quedar rendida y cautiva del agradecimiento.” CAPITULO 8 Regresar al Principio Pide nuestra gran Reina en la presencia del Señor la ejecución de la Encarnación y Redención humana y concede Su Majestad la petición. 87. Estaba la divina princesa María Santísima tan llena de gracia y hermosura y el corazón de Dios estaba tan herido (Cant 4,9 (A.)) de sus tiernos afectos y deseos, que ya ellos le obligaban a volar del seno del eterno Padre al tálamo de su virginal vientre y a romper aquella larga rémora que le detenía por más de cinco mil años para no venir al mundo. Pero

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como esta nueva maravilla se había de ejecutar con plenitud de sabiduría y equidad, la dispuso el Señor de tal suerte, que la misma Princesa de los cielos fuese Madre digna del Verbo humanado y juntamente medianera eficaz de su venida, mucho más que lo fue Ester del rescate de su pueblo. Ardía en el corazón de María Santísima el fuego que el mismo Dios había encendido en él, y pedía sin cesar su salvación para el linaje humano, pero encogías e la humildísima Señora, sabiendo que por el pecado de Adán estaba promulgada la sentencia de muerte y privación eterna de la cara de Dios para los mortales. 88. Entre el amor y la humildad había una divina lucha en el corazón purísimo de María, y con amorosos y humildes afectos repetía muchas veces: “¡Oh quién fuera poderosa para alcanzar el remedio de mis hermanos! ¡Oh quién sacara del seno del Padre a su Unigénito y le trasladara a nuestra mortalidad! ¡Oh quién le obligara para que a nuestra naturaleza le diera aquel ósculo de su boca que le pidió la Esposa! (Cant 1,1 (A.)) Pero ¿cómo lo podemos solicitar los mismos hijos y descendientes del malhechor que cometió la culpa? ¿Cómo podremos traer a nosotros al mismo que nuestros padres alejaron tanto? ¡Oh amor mío, si yo os viese a los pechos de vuestra madre (Cant 8, l) la naturaleza! ¡Oh lumbre de la lumbre, Dios verdadero de Dios verdadero, si descendieseis inclinando vuestros cielos (Sal 143,5) y dando luz a los que viven de asiento en las tinieblas (Is 9,2)! ¡Si pacificaseis a vuestro Padre, y si al soberbio Amán (Est 14,13), nuestro enemigo el demonio, le derribase vuestro divino brazo, que es vuestro Unigénito! ¿Quién será medianera para que saque del altar celestial, como la tenaza de oro (Is 6,6 (A.)), aquella brasa de la divinidad, como el serafín sacó el fuego que nos dice vuestro profeta, para purificar al mundo?” 89. Esta oración repetía María Santísima en el día octavo de los que voy declarando, y a la hora de media noche, elevada y abstraída en el Señor, oyó que Su Majestad la respondía: “Esposa y paloma mía, ven, escogida mía, que no se entiende contigo la común ley (Est 15,13); exenta eres del pecado y libre estás de sus efectos desde el instante de tu concepción; y cuando te di el ser, desvió de ti la vara de mi justicia y derribé en tu cuello la de mi gran clemencia, para que no se extendiese a ti el general edicto del pecado. Ven a mí, y no desmayes en tu humildad y conocimiento de tu naturaleza; yo levanto al humilde, y lleno de riquezas al que es pobre; de tu parte me tienes y favorable será contigo mi liberal misericordia.” 90. Estas palabras oyó intelectualmente nuestra Reina, y luego conoció que por mano de sus santos ángeles era llevada corporalmente al cielo, como el día precedente, y que en su lugar quedaba uno de los mismos de su guarda. Subió de nuevo a la presencia del Altísimo, tan rica de tesoros de su gracia y dones, tan próspera y tan hermosa, que singularmente en esta ocasión admirados los espíritus soberanos decían unos a otros en alabanza del Altísimo: [¿Quién es ésta, que sube del desierto tan afluente de delicias? (Cant 8,5 (A.)) ¿Quién es ésta que estriba y hace fuerza a su amado (Ib) para llevarle consigo a la habitación terrena? ¿Quién es la que se levanta como aurora, más hermosa que la luna, escogida como el sol? (Cant 6,9) ¿Cómo sube tan refulgente de la tierra llena de tinieblas? ¿Cómo es tan esforzada y valerosa en tan frágil naturaleza? ¿Cómo tan poderosa, que quiere vencer al Omnipotente? Y ¿cómo estando cerrado el cielo a los hijos de Adán, se le franquea la entrada a esta singular mujer de aquella misma descendencia?” 91. Recibió el Altísimo a su electa y única esposa María Santísima en su presencia, y aunque no fue por visión intuitiva de la divinidad sino abstractiva, pero fue con incomparables favores de iluminaciones y purificaciones que el mismo Señor la dio, cuales hasta aquel día había reservado; porque fueron tan divinas estas disposiciones que a nuestro entender el mismo Dios que las obraba se admiró, encareciendo la misma hechura de su brazo poderoso; y como enamorado de ella, la habló y la dijo (Cant 6,12): Revertere, revertere Sunamitis, ut intueamur te; “Esposa mía, perfectísima paloma y amiga mía, agradable a mis ojos, vuélvete y conviértete a nosotros para que te veamos y nos agrademos de tu hermosura; no me pesa de haber criado al hombre, me deleito en su formación, pues tú naciste de él; vean mis espíritus celestiales cuán dignamente he querido y quiero elegirte por mi Esposa y Reina de todas mis criaturas; conozcan cómo me deleito con razón en tu tálamo, a donde mi Unigénito, después de la gloria de mi pecho, será más glorificado. Entiendan todos que si justamente repudié a Eva, la primera reina de la tierra, por su inobediencia, te levanto y te pongo en la suprema dignidad, mostrándome magnífico y poderoso con tu humildad purísima y desprecio. 92. Fue para los ángeles este día de mayor júbilo y gozo accidental que otro alguno había sido desde su creación. Y cuando la Beatísima Trinidad eligió y declaró por Reina y Señora de las criaturas a su Esposa y Madre del Verbo Eterno, la reconocieron y admitieron los ángeles y todos los espíritus celestiales por Superiora y Señora y la cantaron dulces himnos de gloria y alabanza del Autor. En estos ocultos y admirables misterios estaba la divina reina María

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absorta en el abismo de la divinidad y luz de sus infinitas perfecciones; y con esta admiración disponía el Señor que no atendiese a todo lo que sucedía, y así se le ocultó siempre el sacramento de ser elegida por Madre del Unigénito hasta su tiempo. No hizo jamás el Señor tales cosas con nación alguna (Sal 147,20 (A.)), ni con otra criatura se manifestó tan grande y poderoso, como este día con María Santísima. 93. Añadió más el Altísimo, y la dijo con extremada dignación: “Esposa y electa mía, pues hallaste gracia en mis ojos, pídeme sin recelo lo que deseas y te aseguro como Dios fidelísimo y poderoso Rey que no desecharé tus peticiones ni te negaré lo que pidieres.” Se humilló profundamente nuestra gran Princesa, y debajo de la promesa y real palabra del Señor, levantándose con segura confianza, respondió y dijo: “Señor mío y Dios altísimo, si en vuestros ojos hallé gracia (Gen 18,3), aunque soy polvo y ceniza, hablaré en vuestra real presencia y derramaré mi corazón.” (Sal 61,9). La aseguró otra vez Su Majestad y la mandó pidiese todo lo que fuese su voluntad en presencia de todos los cortesanos del cielo, aunque fuese parte de su reino (Est 5,3). “No pido, Señor mío - respondió María purísima - parte de vuestro reino para mí, pero le pido todo entero para todo el linaje humano, que son mis hermanos. Pido, altísimo y poderoso Rey, que por vuestra piedad inmensa nos enviéis a vuestro Unigénito y Redentor nuestro, para que satisfaciendo por todos los pecados del mundo alcance vuestro pueblo la libertad que desea, y quedando satisfecha vuestra justicia se publique la paz (Ez 34,25) en la tierra a los hombres y se les haga franca la entrada de los cielos que por sus culpas están cerrados. Vea ya toda carne vuestra salud (Is 52,10), dense la paz y la justicia aquel estrecho abrazo y el ósculo que pedía David (Sal 84,11), y tengamos los mortales maestro (Is 30,20), guía y reparador, cabeza que viva y converse con nosotros (Bar 3,38); llegue ya, Dios mío, el día de vuestras promesas, cúmplanse vuestras palabras y venga nuestro Mesías por tantos siglos deseado. Esta es mi ansia y a esto se alientan mis ruegos con la dignación de vuestra infinita clemencia.” 94. El altísimo Señor, que para obligarse disponía y movía las peticiones de su amada Esposa, se inclinó benigno a ellas, y la respondió con singular clemencia: “Agradables son tus ruegos a mi voluntad y aceptas son tus peticiones; hágase como tú lo pides; yo quiero, hija y esposa mía, lo que tú deseas; y en fe de esta verdad, te doy mi palabra y te prometo que con gran brevedad bajará mi Unigénito a la tierra y se vestirá y unirá con la naturaleza humana, y tus deseos aceptables tendrán ejecución y cumplimiento.” 95. Con esta certificación de la divina palabra sintió nuestra gran Princesa en su interior nueva luz y seguridad de que se llegaba ya el fin de aquella larga y prolija noche del pecado y de las antiguas leyes y se acercaba la nueva claridad de la Redención humana. Y como le tocaban tan de cerca y tan de lleno los rayos del sol de justicia que se acercaba para nacer de sus entrañas, estaba como hermosísima aurora abrasada y refulgente con los arreboles lo digo así de la divinidad, que la transformaba toda en ella misma, y con afectos de amor y agradecimiento del beneficio de la próxima redención daba incesantes alabanzas al Señor en su nombre y de todos los mortales. Y en esta ocupación gastó aquel día, después que por los mismos ángeles fue restituida a la tierra. Me duelo siempre de mi ignorancia y cortedad en explicar estos arcanos tan levantados, y si los doctos y letrados grandes no podrán hacerlo adecuadamente, ¿cómo llegará a esto una pobre y vil mujer? Supla mi ignorancia la luz de la piedad cristiana y disculpe mi atrevimiento la obediencia. Doctrina que me dio la Reina María Santísima. 96. “Hija mía carísima, ¡y qué lejos están de la sabiduría mundana las obras admirables que conmigo hizo el poder divino en estos sacramentos de la Encarnación del Verbo Eterno en mi vientre! No los puede investigar la carne, ni la sangre, ni los mismos ángeles y serafines más levantados por sí a solas, ni pueden conocer misterios tan escondidos y fuera del orden de la gracia de las demás criaturas. Alaba tú, amiga mía, por ellos al Señor con incesante amor y agradecimiento, y no seas ya tarda en entender la grandeza de su divino amor y lo mucho que hace por sus amigos y carísimos, deseando levantarlos del polvo y enriquecerlos por diversos modos. Si esta verdad penetras, ella te obligará al agradecimiento y te moverá a obrar cosas grandes como fidelísima hija y esposa. 97. “Y para que más te dispongas y alientes, te advierto que el Señor a sus escogidas las dice muchas veces aquellas palabras (Cant 6,12). Revertere, revertere, ut intueamur te; porque recibe tanto agrado de sus obras, que como un padre se regala con su hijo muy agraciado y hermoso que sólo tiene, mirándole muchas veces con caricia, y como un artífice con la obra perfecta de sus manos y un rey con la ciudad rica que ha ganado y un amigo con otro que mucho ama, más sin comparación que todos estos se recrea el Altísimo y se complace con aquellas almas que elige para sus delicias, y al paso que ellas se disponen y adelantan, crecen también los favores y beneplácito del mismo Señor. Si esta ciencia

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alcanzaran los mortales que tienen luz de fe, por solo este agrado del Altísimo debían no sólo no pecar, pero hacer grandes obras hasta morir, por servir y amar a quien tan liberal es en premiar, regalar y favorecer. 98. “Cuando en este día octavo que has escrito me dijo el Señor en el cielo aquellas palabras: Revertere, revertere, que le mirase para que los espíritus celestiales me viesen, fue tanto el agrado que conocí recibía Su Majestad divina, que sólo él excedió a todo cuanto le han agradado y complacerán todas las almas santas en lo supremo de su santidad, y se complació en mí su dignación más que en todos los apóstoles, mártires, confesores y vírgenes, y todo el resto de los santos. Y de este agrado y aceptación del Altísimo redundaron en mi espíritu tantas influencias de gracias y participación de la divinidad, que ni lo puedes conocer ni explicar perfectamente estando en carne mortal. Pero te declaro este secreto misterioso, para que alabes a su autor y trabajes disponiéndote para que, en mi lugar y nombre, mientras te durare el destierro de la patria, extiendas y dilates tu brazo a cosas fuertes (Prov 31,19) y des al Señor el beneplácito que de ti desea, procurándole siempre con granjear sus beneficios y solicitarlos para ti y tus prójimos con perfecta caridad.” CAPITULO 9 Regresar al Principio Renueva el Altísimo los favores y beneficios en María Santísima y dale de nuevo la posesión de Reina de todo lo criado por última disposición para la Encarnación. 99. El último y noveno día de los que más de cerca preparaba el Altísimo su tabernáculo para santificarle (Sal 45,5) con su venida, determinó renovar sus maravillas y multiplicar las señales, recopilando los favores y beneficios que hasta aquel día había comunicado a la princesa María. Pero de tal manera obraba en ella el Altísimo, que, cuando sacaba de sus tesoros infinitos cosas antiguas, siempre añadía muchas nuevas (Mt 13,52 (A.)); y todos estos grados y maravillas caben entre humillarse Dios a ser hombre y levantar una mujer a ser su Madre. Para descender Dios al otro extremo de ser hombre, ni se pudo en sí mudar, ni lo había menester, porque quedándose inmutable en sí mismo, pudo unir a su persona nuestra naturaleza, mas para llegar una mujer de cuerpo terreno a dar su misma sustancia con quien se uniese Dios y fuese hombre, parecía necesario pasar un infinito espacio y venir a ponerse tan distante de las otras criaturas, cuanto llegaba a avecindar con el mismo Dios. 100. Llegó, pues, el día en que María Santísima había de quedar en esta última disposición tan próxima a Dios como ser Madre suya; y aquella noche, a la misma hora del mayor silencio, fue llamada por el mismo Señor, como en las precedentes se dijo. Respondió la humilde y prudente Reina: “Aparejado está mi corazón (Sal 107,2), Señor y Rey altísimo, para que en mí se haga vuestro divino beneplácito.” Luego fue llevada en cuerpo y alma, como los días antecedentes, por mano de sus ángeles al cielo empíreo y puesta en presencia del trono real del Altísimo, y Su Majestad poderosa la levantó y colocó a su lado, señalándole el asiento y lugar que para siempre había de tener en su presencia, y fue el más alto y más inmediato al mismo Dios, fuera del que se reservaba para la humanidad del Verbo; porque excedía sin comparación al de todos los demás bienaventurados y a todos juntos. 101. De aquel lugar vio luego la divinidad con abstractiva visión, como las otras veces antecedentes, y, ocultándole la dignidad de Madre de Dios, le manifestó Su Majestad tan altos y nuevos sacramentos que por su profundidad y por mi ignorancia no puedo declararlos. Vio de nuevo la divinidad, todas las cosas criadas y muchas posibles y futuras; y las corpóreas se le manifestaron, dándoselas Dios a conocer en sí mismas por especies corpóreas y sensibles, como si las tuviera todas presentes a los sentidos exteriores, y como si en la esfera de la potencia visiva las percibiera con los ojos corporales. Conoció junta toda la fábrica del universo, que antes había conocido por sus partes, y las criaturas que en él se contienen, con distinción y como si las tuviera presentes en un lienzo. Vio toda su armonía, orden, conexión y dependencia que tienen entre sí, y todas de la voluntad divina que las cría, gobierna y conserva a cada una en su lugar y en su ser. Vio de nuevo todos los cielos y estrellas, elementos y sus moradores, el purgatorio, limbo, infierno, con todos cuantos vivían en aquellas cavernas. Y como el puesto donde estaba la Reina de las criaturas era eminente a todas y sólo a Dios era inferior, así lo fue también la ciencia que la dieron, porque sola era inferior del mismo Señor y superior a todo lo criado. 102. Estando la divina Señora absorta en la admiración de lo que el Altísimo le manifestaba y dándole por todo el retorno de alabanza y gloria que se debía a tal Señor, la habló Su Majestad, y la dijo: “Electa mía y paloma mía, todas

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las criaturas visibles que conoces, las he criado y las conservo con mi providencia en tanta variedad y hermosura sólo por el amor que tengo a los hombres. Y de todas las almas que hasta ahora he criado, y las que hasta el fin he determinado criar, se ha de elegir y entresacar una congregación de fieles, que sean segregados y lavados en la sangre del Cordero que quitará los pecados del mundo (Ap 7,14). Estos serán el fruto especial de la Redención que ha de obrar y gozarán de sus efectos por medio de la nueva ley de gracia y sacramentos que en ella les dará su Reparador; y después llegarán, los que perseveraren, a la participación de mi eterna gloria y amistad. Por estos escogidos en primer intento he criado tantas y maravillosas obras, y si todos me quisieran servir, adorar y conocer mi santo nombre, cuanto es de mi parte, para todos y para cada uno singularmente criara tantos tesoros y los ordenara a la posesión de cada uno. 103. “Y cuando hubiera criado sola una de las criaturas que son capaces de mi gracia y de mi gloria, a sola ella la hiciera dueña y señora de todo lo criado, pues todo es menos que hacerla participante de mi amistad y felicidad eterna. Tú, Esposa mía, eres mi escogida y hallaste gracia en mi corazón, y así te hago señora de todos estos bienes y te doy la posesión y dominio de todos ellos, para que, si fueres esposa fiel, como te quiero, los distribuyas y dispenses a quien por tu mano o intercesión me los pidiere; que para esto los deposito en las tuyas.” Se le puso la Santísima Trinidad a María nuestra princesa una corona en la cabeza, consagrándola por suprema Reina de todo lo criado, y estaba sembrada y esmaltada con unas cifras que decían: “Madre de Dios;” pero sin entenderlas ella por entonces, porque solos las conocían los divinos espíritus, admirados de la magnificencia del Señor con esta doncella dichosísima y bendita entre las mujeres, a quien ellos reverenciaron y veneraron por su Reina legítima y Señora suya y de todo lo criado. 104. Todos estos portentos obraba la diestra del Altísimo con muy conveniente orden de su infinita sabiduría; porque antes de bajar a tomar carne humana en el virginal vientre de esta Señora, convenía que todos los cortesanos de este gran Rey reconociesen a su Madre por Reina y Señora y por esto la diesen debida reverencia. Y era justo y conveniente al buen orden que primero la hiciera Dios Reina y después Madre del Príncipe de las eternidades, pues quien había de parir al Príncipe de necesidad había de ser Reina y reconocida por sus vasallos; pues en que la conociesen los ángeles no había inconveniente ni necesidad de ocultársela, antes era como deuda del Altísimo a la majestad de su divinidad, que su tabernáculo escogido para morada suya fuese prevenido y calificado con todas excelencias de dignidad y perfección, alteza y magnificencia que se le pudiesen comunicar, sin que se le negase alguna; y así la recibieron y reconocieron los santos ángeles, dándole honor de Reina y Señora. 105. Para poner la última mano en esta prodigiosa obra de María Santísima, extendió el Señor su brazo poderoso y por sí mismo renovó el espíritu y potencias de esta gran Señora, dándole nuevas iluminaciones, hábitos y cualidades, cuya grandeza y condiciones no caben en términos terrenos. Era éste el último retoque y pincel de esta imagen viva del mismo Dios, para formar en ella y de ella misma la forma que había de vestirse el Verbo eterno, que por esencia era imagen del Padre eterno (2 Cor 4,4) y figura de su sustancia (He 1,3 (A.)). Pero quedó todo este templo de María Santísima mejor que el de Salomón, vestido dentro y fuera del oro purísimo (3 Re 6,30) de la divinidad, sin que por alguna parte se pudiese descubrir en ella algún átomo de terrena hija de Adán. Toda quedó deificada con divisas de divinidad, porque habiendo de salir el Verbo divino del seno del Eterno Padre para bajar al de María, la preparó de suerte que hallase en ella la similitud posible entre madre y padre. 106. No me quedan nuevas razones para decir como quisiera los efectos que todos estos favores hicieron en el corazón de nuestra gran Reina y Señora. No llega el juicio humano a concebirlos, ¿cómo llegarán las palabras a explicarlos? Pero lo que mayor admiración me hace de la luz que se me ha dado en estos tan altos misterios es la humildad de esta divina mujer y la porfía entre ella y el poder divino. ¡Raro prodigio y milagro de humildad es ver a esta doncella, María Santísima, levantada a la suprema dignidad y santidad después de Dios y que entonces se humille y aniquile a lo más ínfimo de todas las criaturas, y que a fuerza de esta humildad no entrase en el pensamiento de esta Señora que pudiese ser madre del Mesías! Y no sólo esto, pero ni imaginó de sí cosa grande, ni admirable sobre sí (Sal 130,1). No se levantaron sus ojos ni corazón, antes bien cuanto la ensalzaban más las obras del brazo del Señor, tanto sentía humildemente de sí misma. Justo fue, por cierto, que atendiese a su humildad el todopoderoso Dios y que por ella la llamen todas las generaciones dichosa y bienaventurada (Lc 1,48). Doctrina que me dio la Reina y Señora del cielo. 107. “Hija mía, no es digna esposa del Altísimo la que tiene amor interesado y servil, porque la esposa no ha de amar

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ni temer como la esclava, ni tampoco ha de servir por el jornal del estipendio. Pero aunque su amor ha de ser filial y generoso por el agrado y bondad inmensa de su esposo, con todo eso se ha de obligar mucho para esto de verle tan rico y liberal; y que por el amor que tiene a las almas haya criado tanta variedad de bienes visibles, para que sirvan todos a quien sirve a Su Majestad, y sobre todo por los tesoros ocultos que tiene prevenidos en abundancia de dulzura para los que le temen (Sal 30,20), como hijos de esta verdad. Quiero, que te des por muy obligada a tu Señor y Padre, Esposo y Amigo, conociendo cuán ricas son las almas que por gracia llegan a ser hijas y carísimas suyas; pues, como poderoso padre, tiene prevenidos tantos y tan diversos bienes para sus hijos, y todos para cada uno, si fueren necesarios. No tiene descargo el desamor de los hombres en medio de tantos motivos e incentivos, ni su ingratitud admite disculpa a vista de tantos beneficios y los estando recibiendo sin medida. 108. “Advierte, pues, carísima, que no eres advenediza (Ef 2,19) ni extraña en esta casa del Señor, que es su Iglesia Santa, pero eres doméstica y esposa de Cristo entre los santos, alimentada con sus favores y regalos de esposa. Y porque todos los tesoros y riquezas que son del esposo pertenecen a la legítima esposa, considera de cuántos te hace participante y señora. Goza, pues, de todos como doméstica y cela su honra como hija y esposa tan favorecida y agradece todas estas obras y beneficios, como si para ti sola fueran criados por tu Señor, y ámale y reverénciale por ti y por los demás prójimos, para quienes fue tan liberal. Y en todo esto imita con tus flacas fuerzas lo que has entendido que yo hacía, y advierte, hija, que será muy de mi agrado que engrandezcas y alabes al Todopoderoso, con fervoroso afecto, por lo que su diestra divina me favoreció y enriqueció esta novena, que fue sobre toda ponderación humana.” CAPITULO 10 Regresar al Principio Despacha la beatísima Trinidad al santo arcángel Gabriel que anuncie y evangelice a María Santísima cómo es elegida para Madre de Dios. 109. Determinado estaba por infinitos siglos, pero escondido en el secreto pecho de la sabiduría eterna, el tiempo y hora conveniente en que oportunamente se había de manifestar en la carne el gran sacramento de piedad, justificado en el espíritu, predicado a los hombres, declarado a los ángeles y creído en el mundo (1 Tim 3,16 (A.)). Llegó, pues, la plenitud de este tiempo (Gal 4,4), que hasta entonces, aunque lleno de profecías y promesas, estaba muy vacío, porque le faltaba el lleno de María Santísima, por cuya voluntad y consentimiento habían de tener todos los siglos su complemento, que era el Verbo Eterno humanado, pasible y reparador. Estaba predestinado este misterio antes de los siglos (1 Cor 2.7), para que en ellos se ejecutase por mano de nuestra divina doncella; y estando ella en el mundo, no se debía dilatar la Redención humana y venida del Unigénito del Padre, pues ya no andaría como de prestado en tabernáculos (2 Sam 7,6 (A.)) o ajenas casas, mas viviría de asiento en su templo y casa propia, edificada y enriquecida con sus mismas anticipadas expensas (1 Par 22,5 (A.)), mejor que el templo de Salomón con las de su padre David. 110. En esta plenitud de tiempo prefinido determinó el Altísimo enviar su Hijo unigénito al mundo, y confiriendo a nuestro modo de entender y de hablar los decretos de su eternidad con las profecías y testificaciones hechas a los hombres desde el principio del mundo, y todo esto con el estado y santidad a que había levantado a María Santísima, juzgó convenía todo esto así para la exaltación de su santo nombre y que se manifestase a los santos ángeles la ejecución de esta su eterna voluntad y decreto y por ellos se: comenzase a poner por obra. Habló Su Majestad al santo arcángel Gabriel con aquella voz o palabra que les intima su santa voluntad; y aunque el orden común de ilustrar Dios a sus divinos espíritus es comenzar por los superiores y que aquéllos purifiquen e iluminen a los inferiores por su orden hasta llegar a los últimos, manifestando unos a otros lo que Dios reveló a los primeros, pero en esta ocasión no fue así, porque inmediatamente recibió este santo arcángel del mismo Señor su embajada. 111. A la insinuación de la voluntad divina estuvo presto San Gabriel, como a los pies del trono, y atento al ser inmutable del Altísimo, y Su Majestad por sí le mandó y declaró la legacía que había de hacer a María Santísima y las mismas palabras con que la había de saludar y hablar; de manera que su primer autor fue el mismo Dios, que las formó en su mente divina, y de allí pasaron al santo arcángel, y por él a María purísima. Reveló junto con estas palabras el Señor muchos y ocultos sacramentos de la Encarnación al santo príncipe Gabriel, y la Santísima Trinidad le mandó fuese [y] anunciase a la divina doncella cómo la elegía entre las mujeres para que fuese Madre del Verbo eterno y en su virginal vientre le concibiese por obra del Espíritu Santo, y ella quedando siempre virgen; y todo lo demás que

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el embajador divino había de manifestar y hablar con su gran Reina y Señora. 112. Luego declaró Su Majestad a todo el resto de los ángeles cómo era llegado el tiempo de la Redención humana y que disponía bajar al mundo sin dilación, pues ya tenía prevenida y adornada para Madre suya a María Santísima, como en su presencia lo había hecho, dándole esta suprema dignidad. Oyeron los divinos espíritus la voz de su Criador y, con incomparable gozo y hecho de gracias por el cumplimiento de su eterna y perfecta voluntad, cantaron nuevos cánticos de alabanza, repitiendo siempre en ellos aquel himno de Sión: “Santo, santo, santo eres, Dios y Señor de Sabaot (Is 6,3) Justo y poderoso eres, Señor Dios nuestro, que vives en las alturas y miras a los humildes de la tierra (Sal 112,5-6). Admirables son todas tus obras, Altísimo, encumbrado en tus pensamientos.” 113. Obedeciendo con especial gozo el soberano príncipe Gabriel al divino mandato, descendió del supremo cielo, acompañado de muchos millares de ángeles hermosísimos que le seguían en forma visible. La de este gran príncipe y legado era como de un mancebo elegantísimo y de rara belleza: su rostro tenia refulgente y despedía muchos rayos de resplandor, su semblante grave y majestuoso, sus pasos medidos, las acciones compuestas, sus palabras ponderosas y eficaces y todo él representaba, entre severidad y agrado, mayor deidad que otros ángeles de los que había visto la divina Señora hasta entonces en aquella forma. Llevaba diadema de singular resplandor y sus vestiduras rozagantes descubrían varios colores, pero todos refulgentes y muy brillantes, y en el pecho llevaba como engastada una cruz bellísima que descubría el misterio de la Encarnación a que se encaminaba su embajada, y todas estas circunstancias solicitaron más la atención y afecto de la prudentísima Reina. 114. Todo este celestial ejército con su cabeza y príncipe San Gabriel encaminó su vuelo a Nazaret, ciudad de la provincia de Galilea, y a la morada de María Santísima, que era una casa humilde y su retrete un estrecho aposento desnudo de los adornos que usa el mundo, para desmentir sus vilezas y desnudez de mayores bienes. Era la divina Señora en esta ocasión de edad de catorce años, seis meses y diecisiete días, porque cumplió los años a ocho de septiembre, y los seis meses y diecisiete días corrían desde aquél hasta éste en que se obró el mayor de los misterios que Dios obró en el mundo. 115. La persona de esta divina Reina era dispuesta y de más altura que la común de aquella edad en otras mujeres, pero muy elegante del cuerpo, con suma proporción y perfección: el rostro más largo que redondo, pero gracioso, y no flaco ni grueso, el color claro y tantico moreno; la frente espaciosa con proporción; las cejas en arco perfectísimas; los ojos grandes y graves, con increíble e indecible hermosura y columbino agrado, el color entre negro y verde oscuro; la nariz seguida y perfecta; la boca pequeña y los labios colorados y sin extremo delgados ni gruesos; y toda ella en estos dones de naturaleza era tan proporcionada y hermosa que ninguna otra criatura humana lo fue tanto. El mirarla causaba a un mismo tiempo alegría y reverencia, afición y temor reverencial; atraía el corazón y le detenía en una suave veneración; movía para alabarla y enmudecía su grandeza y muchas gracias y perfecciones; y causaba en todos los que advertían divinos efectos que no se pueden fácilmente explicar; pero llenaba el corazón de celestiales influjos y movimientos divinos que encaminaban a Dios. 116. Su vestidura era humilde, pobre y limpia, de color plateado, oscuro o pardo que tiraba a color de ceniza, compuesto y aliñado sin curiosidad, pero con suma modestia y honestidad. Cuando se acercaba la embajada del cielo, ignorándolo ella, estaba en altísima contemplación sobre los misterios que había renovado el Señor en ella con tan repetidos favores los nueve días antecedentes. Y por haberla asegurado el mismo Señor, como arriba dijimos (Cf. supra n.94), que su Unigénito descendería luego a tomar forma humana, estaba la gran Reina fervorosa y alegre en la fe de esta palabra y, renovando sus humildes y encendidos afectos, decía en su corazón: “¿Es posible que ha llegado el tiempo tan dichoso en que ha de bajar el Verbo del Eterno Padre a nacer y conversar con los hombres (Bar 3,38), que le ha de tener el mundo en posesión, que le han de ver los mortales con ojos de carne, que ha de nacer aquella luz inaccesible, para iluminar a los que están poseídos de tinieblas? ¡Oh quién mereciera verle y conocerle! ¡Oh quién besara la tierra donde pusiera sus divinas plantas!” 117. “Alegraos, cielos, y consuélese la tierra (Sal 95,1l), y todos eternamente le bendigan y alaben, pues ya su felicidad eterna está vecina. ¡Oh hijos de Adán afligidos por la culpa, pero hechuras de mi amado, luego levantaréis la cabeza y sacudiréis el yugo de vuestra antigua cautividad! Ya se acerca vuestra redención, ya viene vuestra salud. ¡Oh padres antiguos y profetas, con todos los justos que esperáis en el seno de Abrahán detenidos en el limbo, luego llegará vuestro consuelo, no tardará vuestro deseado y prometido Redentor! Todos le magnifiquemos y cantemos himnos de

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alabanza. ¡Oh quién fuera sierva de sus siervas! ¡Oh quién fuera esclava de aquella que Isaías (Is 7,14) le señaló por Madre! ¡Oh Emmanuel, Dios y hombre verdadero! ¡Oh llave de David, que has de franquear los cielos! ¡Oh Sabiduría eterna! ¡Oh Legislador de la nueva Iglesia! Ven, ven, Señor, a nosotros y libra de la cautividad a tu pueblo, vea toda carne tu salvación (Cf. las antífonas mayores, llamadas de la Oh, y el oficio litúrgico del Adviento). 118. En estas peticiones y operaciones, y muchas que no alcanza mi lengua a explicar, estaba María Santísima en la hora que llegó el ángel San Gabriel. Estaba purísima en el alma, perfectísima en el cuerpo, nobilísima en los pensamientos, eminentísima en santidad, llena de gracias y toda divinizada y agradable a los ojos de Dios, que pudo ser digna Madre suya y eficaz instrumento para sacarle del seno del Padre y traerle a su virginal vientre. Ella fue el poderoso medio de nuestra redención y se la debemos por muchos títulos, y por esto merece que todas las naciones y generaciones la bendigan y eternamente la alaben (Lc 1,48). Lo que sucedió con la entrada del embajador celestial diré en el capítulo siguiente: 119. Sólo advierto ahora una cosa digna de admiración, que para recibir la anunciación del santo arcángel y para el efecto de tan alto misterio como se había de obrar en esta divina Señora, la dejó Su Majestad en el ser y estado común de las virtudes que dije en la primera parte (Cf. supra p.I n.677-717). Y esto dispuso el Altísimo porque este misterio se había de obrar como sacramento de fe, interviniendo las operaciones de esta virtud con las de la esperanza y caridad, y así la dejó el Señor en ellas para que creyese y esperase en las divinas palabras. Y precediendo estos actos se siguió lo que luego diré con la cortedad de mis términos y limitadas razones; y la grandeza de los sacramentos me hace más pobre de ellas para explicarlos. Doctrina de la Reina y Señora del cielo. 120. “Hija mía, con especial afecto te manifiesto ahora mi voluntad y el deseo que tengo de que te hagas digna del trato íntimo y familiar con Dios, y que para esto te dispongas con gran desvelo y solicitud, llorando tus culpas y olvidando y negando todo lo visible, de suerte que para ti no imagines ya otra cosa fuera de Dios. Para esto te conviene poner en ejecución toda la doctrina que hasta ahora te he enseñado, y en lo que adelante hubieres de escribir te manifestaré. Yo te encaminaré y guiaré para cómo te has de gobernar en esta familiaridad y trato con los favores que de su dignación recibieres, concibiéndole en tu pecho por la fe, por la luz y gracia que te diere. Y si primero no te dispones con esta amonestación, no alcanzarás el cumplimiento de tus deseos, ni yo el fruto de mi doctrina que te doy como tu maestra. 121. “Pues hallaste sin merecerlo el tesoro escondido y la preciosa margarita (Mt 13,44.46) de mi enseñanza y doctrina, desprecia cuanto pudieras poseer, para apropiarte sola esta prenda de inestimable precio; que con ella recibirás todos los bienes juntos y te harás digna de la amistad íntima del Señor y de su habitación eterna en tu corazón. En recambio de esta gran dicha, quiero mueras a todo lo terreno y ofrezcas tu voluntad deshecha en afectos de agradecido amor, y que a imitación mía de tal manera seas humilde, que de tu parte quedes persuadida y reconocida que nada vales, ni puedes, ni mereces, ni eres digna de ser admitida por esclava de las siervas de Cristo. 122. “Advierte qué lejos estaba yo de imaginar la dignidad que el Altísimo me prevenía de Madre suya; y esto era en ocasión que ya me había prometido la brevedad de su venida al mundo y me obligaba a desearla con tantos afectos de amor, que el día antes de este maravilloso sacramento me pareció hubiera muerto, resuelto mi corazón en estas congojas amorosas, si la divina providencia no me confortara. Dilataba mi espíritu con la seguridad de que luego descendería del cielo el Unigénito del eterno Padre, y por otra parte mi humildad me inclinaba a pensar si por vivir yo en el mundo se retardaría su venida. Considera, pues, carísima, el sacramento de mi pecho y qué ejemplar es éste para ti y para todos los mortales. Y porque es dificultoso que recibas y escribas tan alta sabiduría, mírame en el Señor, donde a su divina luz meditarás y entenderás mis acciones perfectísimas; sígueme por su imitación y camina por mis huellas.” CAPITULO 11 Regresar al Principio Oye María Santísima la embajada del santo ángel; se ejecuta el misterio de la Encarnación, concibiendo al Verbo eterno en su vientre.

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123. Confesar quiero en presencia del cielo y de la tierra y sus moradores y del Criador universal de todo y Dios eterno que, llegando a tomar la pluma para escribir el arcano misterio de la Encarnación, desfallecen mis flacas fuerzas, enmudece mi lengua y se hielan mis discursos, se pasman mis potencias y me hallo toda atajada y sumergido el entendimiento, encaminándole a la divina luz que me gobierna y enseña. En ella se conoce todo sin engaño, se en tiende sin rodeos, y veo mi insuficiencia y conozco el vacío de las palabras y la cortedad de los términos, para llenar los conceptos de un sacramento que en epílogo comprende al mismo Dios y a la mayor obra y maravilla de su omnipotencia. Veo en este misterio la divina y admirable armonía de la infinita providencia y sabiduría, con que desde su eternidad lo ordenó y previno y desde la creación del mundo lo ha venido encaminando, para que todas sus obras y criaturas viniesen a ser medio ajustado para el fin altísimo de bajar Dios al mundo hecho hombre. 124. Veo cómo para descender el Verbo eterno del seno de su Padre aguardó y eligió por tiempo y la hora más oportuna el silencio de la media noche (Sab 18,14 (A.)) de la ignorancia de los mortales, cuando toda la posteridad de Adán estaba sepultada y absorta en el sueño del olvido y en la ignorancia de su Dios verdadero, sin haber quien abriese su boca para confesarle y bendecirle, salvo algunos pocos de su pueblo. Todo el resto del mundo estaba con silencio y lleno de tinieblas, habiendo corrido una larga noche de cinco mil y casi doscientos años, sucediendo unos siglos y generaciones a otras, cada cual en el tiempo prefinido y determinado por la eterna sabiduría, para que todos pudiesen conocer a su Criador y topar con él, pues le tenían tan cerca que en sí mismo les daba vida, ser y movimiento (Act 17,27-28 (A.)). Pero como no llegaba el claro día de la luz inaccesible, aunque de los mortales andaban algunos como ciegos, tocando las criaturas, no atinaban con la divinidad, y sin conocerla, se la daban a las cosas sensibles y más viles de la tierra (Rom 1,23). 125. Llegó, pues, el dichoso día en que despreciando el Altísimo los largos siglos de tan pesada ignorancia (Act 17,30), determinó manifestarse a los hombres y dar principio a la Redención del linaje humano, tomando su naturaleza en las entrañas de María Santísima, prevenida para este misterio, como queda dicho (Cf. supra c.I al 9). Y para mejor declarar lo que de él se me manifiesta, es forzoso anticipar algunos sacramentos ocultos que sucedieron al descender el Unigénito del pecho de su eterno Padre. Supongo que entre las divinas personas, como la fe lo enseña, aunque hay distinción personal, no hay desigualdad en la sabiduría, omnipotencia, ni en los demás atributos, como tampoco la puede haber en la sustancia de la divina naturaleza; y como en dignidad y perfección infinita son iguales, así también lo son en las operaciones que llaman ad extra, porque salen fuera del mismo Dios a producir alguna criatura o cosa temporal. Estas operaciones son indivisas entre las tres divinas personas, porque no las hace una sola persona, sino todas tres en cuanto son un mismo Dios y tienen una sabiduría, un entendimiento y una voluntad; y así como sabe el Hijo y quiere y obra lo que sabe y quiere el Padre, así también el Espíritu Santo sabe y quiere y obra lo mismo que el Padre y el Hijo. 126. Con esto indivisión ejecutaron y obraron todas tres personas con una misma acción la obra de la Encarnación, aunque sola la persona del Verbo recibió en sí a la naturaleza de hombre, uniéndola hipostáticamente a sí mismo; y por esto decimos que fue enviado él Hijo por el eterno Padre, de cuyo entendimiento procede, y que le envió su Padre por obra del Espíritu Santo, que intervino en esta misión. Y como la persona del Hijo era la que venía a humanarse al mundo, antes que sin salir del seno del Padre descendiese de los cielos y en aquel divino consistorio, en nombre de la misma humanidad que había de recibir en su persona, hizo una proposición y petición, representando los merecimientos previstos, para que por ellos se le concediese a todo el linaje humano su redención y el perdón de los pecados, por quienes había de satisfacer a la divina justicia. Pidió el fiat de la beatísima voluntad del Padre que: le enviaba, para aceptar el rescate por medio de sus obras y pasión santísima y de los misterios que quería obrar en la nueva Iglesia y ley de gracia. 127. Aceptó el eterno Padre esta petición y méritos previstos del Verbo y le concedió todo lo que propuso y pidió para los mortales, y él mismo le encomendó a sus escogidos y predestinados como herencia o heredad suya; y por esto dijo el mismo Cristo nuestro Señor por San Juan que no perdió ni perecieron los que su Padre le dio, porque los guardó todos, salvo el hijo de perdición (Jn 17,12; 18,9), que fue Judas. Y otra vez dije que de sus ovejas nadie le arrebataría alguna de su mano (Jn 10,28), ni de su Padre. Y lo mismo fuera de todos los nacidos, si como fue suficiente la Redención se ayudaran ellos para que fuera eficaz para todos y en todos; pues a ninguno excluyó su divina misericordia, si todos la admitieran por medio de su Reparador. 128. Todo esto a nuestro entender precedía en el cielo en el trono de la Beatísima Trinidad, antes del fiat de María

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Santísima, que luego diré. Y al tiempo de descender a sus virginales entrañas el Unigénito del Padre, se conmovieron los cielos y todas las criaturas. Y por la unión inseparable de las tres divinas personas, bajaron todas con la del Verbo, que sólo había de encarnar; y con el Señor y Dios de los ejércitos salieron todos los de la celestial milicia, llenos de invencible fortaleza y resplandor. Y aunque no era necesario despejar el camino, porque la divinidad lo llena todo y está en todo lugar y nada le puede estorbar, con todo eso, respetando los cielos materiales a su mismo Criador, le hicieron reverencia y se abrieron y dividieron todos once con los elementos inferiores: las estrellas se innovaron en su luz, la luna y sol con los demás planetas apresuraron el curso al obsequio de su Hacedor, para estar presentes a la mayor de sus obras y maravillas. 129. No conocieron los mortales esta conmoción y novedad de todas las criaturas, así porque sucedió de noche, como porque el mismo Señor quiso que sólo fuese manifiesta a los ángeles, que con nueva admiración le alabaron, conociendo tan ocultos como venerables misterios escondidos a los hombres, que estaban lejos de tales maravillas y beneficios admirables para los mismos espíritus angélicos, a quienes por entonces solos se remitía el dar gloria, alabanza y veneración por ellos a su Hacedor. Sólo en el corazón de algunos justos infundió el Altísimo en aquella hora un nuevo movimiento e influjo de extraordinario júbilo, a cuyo sentimiento atendieron todos y fueron conmovidos a atención, formaron nuevos y grandes conceptos del Señor; y algunos fueron inspirados, sospechando si aquella novedad que sentían era efecto de la venida del Mesías a redimir el mundo, pero todos callaron, porque cada cual imaginaba que sólo él había tenido aquella novedad y pensamiento, disponiéndolo así el poder divino. 130. En las demás criaturas hubo también su renovación y mudanza. Las aves se movieron con cantos y alborozo extraordinario, las plantas y los árboles se mejoraron en sus frutos y fragancia y respectivamente todas las demás criaturas sintieron o recibieron alguna oculta vivificación y mudanza. Pero quien la recibió mayor, fueron los padres y santos que estaban en el limbo, a donde fue enviado el arcángel San Miguel para que les diese tan alegres nuevas y con ellas los consoló y dejó llenos de júbilo y nuevas alabanzas. Sólo para el infierno hubo nuevo pesar y dolor, porque al descender el Verbo eterno de las alturas sintieron los demonios una fuerza impetuosa del poder divino, que les sobrevino como las olas del mar y dio con todos ellos en lo más profundo de aquellas cavernas tenebrosas, sin poderlo resistir ni levantarse. Y. después que lo permitió la voluntad divina, salieron al mundo y discurrieron por él, inquiriendo si había alguna novedad a que atribuir la que en sí mismos habían sentido, pero no pudieron rastrear la causa, aunque hicieron algunas juntas para conferirla; porque el poder divino les ocultó el sacramento de su Encarnación y el modo de concebir María Santísima al Verbo humanado, como adelante veremos (Cf. infra n.326), y sólo en la muerte y en la cruz acabaron de conocer que Cristo era Dios y hombre verdadero, como allí diremos (Cf. infra n.1416). 131. Para ejecutar el Altísimo este misterio entró el santo arcángel Gabriel, en la forma que dije en el capítulo pasado (Cf. supra n.113), en el retrete donde estaba orando María Santísima, acompañado de innumerables ángeles en forma humana visible y respectivamente todos refulgentes con incomparable hermosura. Era jueves a las siete de la tarde al oscurecer la noche. Viole la divina Princesa de los cielos y le miró con suma modestia y templanza, no más de lo que bastaba para reconocerle por ángel del Señor, y conociéndole, con su acostumbrada humildad quiso hacerle reverencia; no lo consintió el santo Príncipe, antes él la hizo profundamente como a su Reina y Señora, en quien adoraba los divinos misterios de su Criador, y junto con eso reconocía que ya desde aquel día se mudaban los antiguos tiempos y costumbre de que los hombres adorasen a los ángeles, como lo hizo Abrahán (Gen 18,2 (A.)), porque levantada la naturaleza humana a la dignidad del mismo Dios en la persona del Verbo, ya quedaban los hombres adoptados por hijos suyos y compañeros o hermanos de los mismos ángeles, como se lo dijo al evangelista San Juan el que no le consintió adoración (Ap 19,10 (A.)). 132. Saludó el santo arcángel a nuestra Reina y suya, y la dijo: “Ave gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus” (Lc 1,28). Se turbó sin alteración la más humilde de las criaturas, oyendo esta nueva salutación del ángel. Y la turbación tuvo en ella dos causas: la una, su profunda humildad con que se reputaba por inferior a todos los mortales, y oyendo, al mismo tiempo que juzgaba de sí tan bajamente, saludarla y llamarla bendita entre todas las mujeres, le causó novedad. La segunda causa fue que, al mismo tiempo cuando oyó la salutación y la confería en su pecho como la iba oyendo, tuvo inteligencia del Señor que la elegía para Madre suya, y esto la turbó mucho más, por el concepto que de sí tenía formado. Y por esta turbación prosiguió el ángel declarándole el orden del Señor, y diciéndola: “No temas, María, porque hallaste gracia con el Señor; advierte que concebirás un hijo en tu vientre y le parirás y le pondrás por nombre Jesús; será grande y será llamado Hijo del Altísimo.” Y lo demás que prosiguió el santo arcángel (Ib. 30-31).

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133. Sola nuestra prudentísima y humilde Reina pudo entre las puras criaturas dar la ponderación y magnificencia debida a tan nuevo y singular sacramento, y como conoció su grandeza, dignamente se admiró y turbó. Pero convirtió su corazón humilde al Señor, que no podía negarle sus peticiones, y en su secreto le pidió nueva luz y asistencia para gobernarse en tan arduo negocio; porque como dije en el capítulo pasado (Cf. supra n.119) la dejó el Altísimo para obrar este misterio en el estado común de la fe, esperanza y caridad, suspendiendo otros géneros de favores y elevaciones interiores que frecuente o continuamente recibía. En esta disposición replicó y dijo a San Gabriel lo que prosigue San Lucas (Lc 1,34): “¿Cómo ha de ser esto de concebir y parir hijo, porque ni conozco varón ni lo puedo conocer?” Al mismo tiempo representaba en su interior al Señor el voto de castidad que había hecho y el desposorio que Su Majestad había celebrado con ella. 134. La respondió el santo príncipe Gabriel: “Señora, sin conocer varón, es fácil al poder divino haceros madre; y el Espíritu Santo vendrá con su presencia y estará de nuevo con vos, y la virtud del Altísimo os hará sombra para que de vos pueda nacer el Santo de los Santos, que se llamará Hijo de Dios. Y advertid que vuestra deuda Elizabet también ha concebido un hijo en su estéril senectud, y éste es el sexto mes de su concepción; porque nada es imposible para con Dios (Ib. 35-37), y el mismo que hace concebir y parir a la que era estéril, puede hacer que vos, Señora, lleguéis a ser su Madre quedando siempre Virgen y más consagrada vuestra gran pureza; y al Hijo que pariereis le dará Dios el trono de su padre David, y su remo será eterno en la casa de Jacob (Ib. 32). No ignoráis, Señora, la profecía de Isaías, que concebirá una virgen y parirá un hijo que se llamará Emmanuel, que es Dios con nosotros (Is 7,14 (A.)). Esta profecía es infalible y se ha de cumplir en vuestra persona. A si mismo sabéis el gran misterio de la zarza que vio Moisés ardiendo sin ofenderla el fuego (Ex 3,2) para significar en esto las dos naturalezas divina y humana, sin que ésta sea consumida de la divina, y que la Madre del Mesías le concebirá y parirá sin que su pureza virginal quede violada. Acordaos también, Señora, de la promesa que hizo nuestro Dios eterno al patriarca Abrahán, que después del cautiverio de su posteridad en Egipto a la cuarta generación (Gen 15,16) volverían a esta tierra; y el misterio de esta promesa era que en esta cuarta generación* por vuestro medio rescataría Dios humanado a todo el linaje de Adán de la opresión del demonio. Y aquella escala que vio Jacob dormido (Gen 28,12), fue una figura expresa del camino real que el Verbo eterno en carne humana abriría, para que los mortales subiesen a los cielos y los ángeles bajasen a la tierra, a donde bajaría el Unigénito del Padre para conversar en ella con los hombres y comunicarles los tesoros de su divinidad con la participación de las virtudes y perfecciones que están en su ser inmutable y eterno.” *(El misterio de esta cuarta generación es que se hallan cuatro generaciones: primera, de Adán sin padre ni madre; segunda, de Eva sin madre; tercera, concepción de padre y madre, que es la común de todos; cuarta, de madre sin padre, que es la de Jesucristo Nuestro Señor. (Nota puesta por la autora al margen.)

135. Con estas razones y otras muchas informó el embajador del cielo a María Santísima, para quitarla la turbación de su embajada con la noticia de las antiguas promesas y profecías de la Escritura y con la fe y conocimiento de ellas y del poder infinito del Altísimo. Pero como la misma Señora excedía a los mismos ángeles en sabiduría, prudencia y toda santidad, detenías e en la respuesta para darla con el acuerdo que la dio; porque fue tal cual convenía al mayor de los misterios y sacramentos del poder divino. Ponderó esta gran Señora que de su respuesta estaba pendiente el desempeño de la Beatísima Trinidad, el cumplimiento de sus promesas y profecías, el más agradable y acepto sacrificio de cuantos se le habían ofrecido, el abrir las puertas del paraíso, la victoria y triunfo del infierno, la redención de todo el linaje humano, la satisfacción y recompensa de la divina justicia, la fundación de la nueva ley de gracia, la gloria de los hombres, el gozo de los ángeles y todo lo que se contiene en haberse de humanar el Unigénito del Padre y tomar forma de siervo (Flp 2,7) en sus virginales entrañas. 136. Grande maravilla por cierto, y digna de nuestra admiración, que todos estos misterios, y los que cada uno encierra, los dejase el Altísimo en mano de una humilde doncella y todo dependiese de su fiat. Pero digna y seguramente lo remitió a la sabiduría y fortaleza de esta mujer fuerte, que pensándolo con tanta magnificencia y altura no le dejó frustrada su confianza que tenía en ella (Prov 31,11). Las obras que se quedan dentro del mismo Dios no necesitan de la cooperación de criaturas, que no pueden tener parte en ellas, ni Dios puede esperarlas para obrar ad intra; pero en las obras ad extra contingentes, entre las cuales la mayor y más excelente fue hacerse hombre, no la quiso ejecutar sin la cooperación de María Santísima y sin que ella diese su libre consentimiento; para que con ella y por ella diese este complemento a todas sus obras, que sacó a luz fuera de sí mismo, para que le debiésemos este beneficio a la Madre de la sabiduría y nuestra Reparadora. 137. Consideró y penetró profundamente esta gran Señora el campo tan espacioso de la dignidad de Madre de Dios para comprarle (Ib. 16ss) con un fiat; se vistió de fortaleza más que humana y gustó y vio cuán buena era la negociación y comercio de la divinidad. Entendió las sendas de sus ocultos beneficios, adornó se de fortaleza y hermosura; y

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habiendo conferido consigo misma y con el paraninfo celestial Gabriel la grandeza de tan altos y divinos sacramentos, estando muy capaz de la embajada que recibía, fue su purísimo espíritu absorto y elevado en admiración, reverencia y sumo intensísimo amor del mismo Dios; y con la fuerza de estos movimientos y afectos soberanos, como con efecto connatural de ellos, fue su castísimo corazón casi prensado y comprimido con una fuerza que le hizo destilar tres gotas de su purísima sangre (Teoría fisiológica defendida por algunos autores de la época) y, puestas en el natural lugar para la concepción del cuerpo de Cristo Señor nuestro, fue formado de ellas por la virtud del divino y Santo Espíritu; de suerte que la materia de que se fabricó la humanidad santísima del Verbo para nuestra redención, la dio y administró el Corazón de María purísima a fuerza de amor, real y verdaderamente. Y al mismo tiempo con la humildad nunca harto encarecida, inclinando un poco la cabeza y juntas las manos, pronunció aquellas palabras que fueron el principio de nuestra reparación: Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum verbum tuum (Lc 1,38). 138. Al pronunciar este fiat tan dulce para los oídos de Dios y tan feliz para nosotros, en un instante se obraron cuatro cosas: la primera, formarse el cuerpo santísimo de Cristo Señor nuestro de aquellas tres gotas de sangre que administró el corazón de María Santísima; la segunda, ser criada el alma santísima del mismo Señor, que también fue criada como las demás; la tercera, unirse el alma y cuerpo y componer su humanidad perfectísima: la cuarta, unirse la divinidad en la persona del Verbo con la humanidad, que con ella unida hipostáticamente hizo en un supuesto la Encarnación, y fue formado Cristo Dios y hombre verdadero, Señor y Redentor nuestro. Sucedió esto viernes a 25 de marzo al romper del alba, o a los crepúsculos de la luz, a la misma hora que fue formado nuestro primer padre Adán, y en el año de la Creación del mundo de cinco mil ciento noventa y nueve, como lo cuenta la Iglesia Romana en el Martirologio, gobernada por el Espíritu Santo. Esta cuenta es la verdadera y cierta, y así se me ha declarado, preguntándolo por orden de la obediencia. Y conforme a esto, el mundo fue criado por el mes de marzo, que corresponde a su principio de la creación; y porque las obras del Altísimo todas son perfectas (Dt 32,4) y acabadas, las plantas y los árboles salieron de la mano de Su Majestad con frutos, y siempre los tuvieran sin perderlos si el pecado no hubiera alterado a toda la naturaleza, como lo diré de intento en otro tratado , si fuere voluntad del Señor, y lo dejo ahora por no pertenecer a éste. (La autora parece referirse a su obra inédita Libro ... que trata de la redondez del mundo y elementos y algo de los cielos; se encuentra en el fondo agredano de la biblioteca de Aránzazu (Guipúzcoa), 39 p. sin n., incompleto. En el mismo archivo se halla un Breve compendio del grado de luz y ciencia infusa que tuvo la Venerable Madre Sor María de Jesús de Agreda de iodo el universo desde el centro de la tierra hasta el ciclo empíreo exclusive, de autor desconocido. Cf. también CASTRO, Manuel de, OFM, Manuscritos franciscanos de la Biblioteca Nacional de Madrid: Archivo Ibero-Americano (1959) 269-328 Y (1961) 133-225; especialmente la página 317, "Sor María de Jesús de Agreda, Mapa de Orbes celestiales")

139. En el mismo instante de tiempo que celebró el Todopoderoso las bodas de la unión hipostática en el tálamo virginal de María Santísima, fue la divina Señora elevada a la visión beatífica y se le manifestó la divinidad intuitiva y claramente y conoció en ella altísimos sacramentos, de que hablaré en el capítulo siguiente. Especialmente se le mostraron patentes los secretos de aquellas cifras que recibió en el adorno que dejo dicho (Cf. supra n.82) la pusieron en el capítulo 7, y también las que traían sus ángeles. El divino Niño iba creciendo naturalmente en el lugar del útero con el alimento, sustancia y sangre de la Madre Santísima, como los demás hombres, aunque más libre y exento de las imperfecciones que los demás hijos de Adán padecen en aquel lugar y estado; porque de algunas accidentales y no pertenecientes a la sustancia de la generación, que son efectos del pecado, estuvo libre la Emperatriz del cielo, y de las superfluidades imperfectas que en las mujeres son naturales y comunes, de que los demás niños se forman, sustentan y crecen; pues para dar la materia que le faltaba de la naturaleza infecta de las descendientes de Eva, sucedía que se la administraba, ejercitando actos heroicos de las virtudes, y en especial de la caridad. Y como las operaciones fervorosas del alma y los afectos amorosos naturalmente alteran los humores y sangre, la encaminaba la divina Providencia al sustento del niño divino, con que era alimentada naturalmente la humanidad de nuestro Redentor y la divinidad recreada con el beneplácito de heroicas virtudes. De manera que María Santísima administró al Espíritu Santo, para la formación del cuerpo, sangre pura, limpia, como concebida sin pecado, y libre de sus pensiones. Y la que en las demás madres, para ir creciendo los hijos, es imperfecta e inmunda, la Reina del cielo daba la más pura, sustancial y delicada, porque a poder de afectos de amor y de las demás virtudes se la comunicaba, y también la sustancia de lo mismo que la divina Reina comía. Y como sabía que el ejercicio de sustentarse ella era para dar alimento al Hijo de Dios y suyo, le tomaba siempre con actos tan heroicos, que admiraba a los espíritus angélicos que en acciones humanas tan comunes pudiese haber realces tan soberanos de merecimiento y de agrado del Señor. 140. Quedó esta divina Señora en la posesión de Madre del mismo Dios con tales privilegios, que cuantos he dicho hasta ahora y diré adelante no son aún lo menos de su excelencia, ni mi lengua lo puede manifestar; porque ni al entendimiento le es posible debidamente concebirlo, ni los más doctos ni sabios hallarán términos adecuados para explicarlos. Los humildes, que entienden el arte del amor divino, lo conocerán por la luz infusa y por el gusto y sabor interior con que se perciben tales sacramentos. No sólo quedó María Santísima hecha cielo, templo y habitación de la

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Santísima Trinidad y transformada, elevada y deificada con la especial y nueva asistencia de la divinidad en su vientre purísimo, pero también aquella humilde casa y pobre oratorio quedó todo divinizado y consagrado por nuevo santuario del Señor. Y los divinos espíritus, que testigos de esta maravilla asistían a contemplarla, con nuevos cánticos de alabanza y con indecible júbilo engrandecían al Omnipotente y en compañía de la felicísima Madre le bendecían en su nombre, y del linaje humano, que ignoraba el mayor de sus beneficios y misericordias. Doctrina de la Reina Santísima María. 141. “Hija mía, admirada te veo, con razón, por haber conocido con nueva luz el misterio de humillarse la divinidad a unirse con la naturaleza humana en el vientre de una pobre doncella como yo lo era. Quiero, pues, carísima, que conviertas la atención a ti misma y ponderes que se humilló Dios viniendo a mis entrañas, no para mí sola, mas también para ti misma como para mí. El Señor es infinito en misericordias y su amor no tiene límite; y de tal manera atiende y asiste a cualquiera de las almas que le reciben y se regala con ella, como si sola aquélla hubiera criado y por ella se hubiera hecho hombre. Por esta razón debes considerarte como sola en el mundo, para agradecer con todas tus fuerzas de afecte, la venida del Señor a él; y después le darás gracias, porque juntamente vino para todos. Y si con viva fe entiendes y confiesas que el mismo Dios, infinito en atributos y eterno en la majestad, que bajó a tomar carne humana en mis entrañas, ese mismo te busca, te llama, te regala, acaricia y se convierte a ti todo (Gal 2,20) como si fueras tú sola criatura suya, pondera bien y considera a qué te obliga tan admirable, dignación y convierte esta admiración en actos vivos de fe y de amor: pues todo lo debes a tal Rey y Señor, que se dignó de venir a ti, cuando no le pudiste buscar ni alcanzar. 142. “Todo cuanto este Señor te puede dar fuera de sí mismo te pareciera mucho, mirándolo con luz y afecto humano, sin atender a lo superior. Y es verdad que de la mano de tan eminente y supremo Rey cualquiera dádiva es digna de estimación. Pero si atiendes al mismo Dios y le conoces con luz divina y sabes que te hizo capaz de su divinidad, entonces verás que si ella no se te comunicara y viniera Dios a ti todo lo criado fuera nada y despreciable para ti, y sólo te gozarás y quietarás con saber que tienes tal Dios, tan amoroso, amable, tan poderoso, suave, rico, y que siendo tal y tan infinito, se digna de humillarse a tu bajeza para levantarte del polvo y enriquecer tu pobreza y hacer contigo oficio de pastor, de padre, de esposo y amigo fidelísimo. 143. “Atiende, pues, hija mía, en tu secreto a los efectos de esta verdad. Pondera bien y confiere el amor dulcísimo de este gran Rey para contigo en su puntualidad, en sus regalos y caricias, en los favores que recibes, en los trabajos que de ti fía, en la lucerna que ha encendido su divina ciencia en tu pecho para conocer altamente la infinita grandeza de su mismo ser, lo admirable de sus obras y misterios más ocultos, la verdad de todo y el no ser de lo visible. Esta ciencia es el primer ser y principio, la base y fundamento de la doctrina que te he dado para que llegues a conocer el decoro y magnificencia con que has de tratar los favores y beneficios de este Señor y Dios, tu verdadero bien, tesoro, luz y guía. Mírale como a Dios infinito, amoroso y terrible. Oye, carísima, mis palabras, mi enseñanza y disciplina, que en ella está la paz y lumbre de los ojos.” CAPITULO 12 Regresar al Principio De las operaciones que hizo el alma santísima de Cristo Señor nuestro en el primer instante de su concepción, y lo que obró entonces su Madre purísima. 114. Para entender mejor las primeras operaciones del alma santísima de Cristo nuestro Señor, suponemos lo que en el capítulo pasado, núm. 138, queda advertido: que todo lo sustancial de este divino misterio como es la formación del cuerpo, creación e infusión del alma y la unión de la individua humanidad con la persona del Verbo, sucedió y se obró en un instante; de manera que no podemos decir que en algún instante de tiempo fue Cristo nuestro bien hombre puro, porque siempre fue hombre y Dios verdadero; pues cuando había de llegar la humanidad a llamarse hombre ya era y se halló Dios, y así no se pudo llamar hombre solo ni en un instante, sino Hombre-Dios y Dios-Hombre. Y como al ser natural, siendo operativo se puede seguir luego la operación y acción de sus potencias, por esto en el mismo instante que se ejecutó la Encarnación fue beatificada el alma santísima de Cristo nuestro Señor con la visión y amor beatífico, topando luego a nuestro modo de entender sus potencias de entendimiento y voluntad con la misma divinidad que su

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ser de naturaleza había topado, uniéndose a ella por su sustancia, y las potencias por sus operaciones perfectísimas, al mismo ser de Dios, para que en el ser y obrar quedase todo deificado. 145. La grande admiración de este sacramento es que tanta gloria, y de más a más toda la grandeza de la divinidad inmensa, estuviesen resumidas en tan pequeño epílogo, como un cuerpecito no mayor que una abeja o una almendra no muy grande, porque no era mayor que esto la cuantidad del cuerpo santísimo de Cristo Señor nuestro, cuando se celebró la Concepción y Unión hipostática; y que asimismo quedase aquella gran pequeñez con suma gloria y pasibilidad, porque juntamente fue su humanidad gloriosa y pasible, fue comprensor y viador. Pero el mismo Dios, que en su poder y sabiduría es infinito, pudo estrechar tanto y encoger su misma divinidad siempre infinita, que sin dejar de serlo la encerrase en la corta esfera de un cuerpo tan pequeño por admirable y con nuevo modo de estar en él. Y con la misma omnipotencia hizo que aquella alma santísima de Cristo nuestro Señor en la parte superior de las más nobles operaciones fuese gloriosa y comprensora, y que toda aquella gloria sin medida quedase como represada en lo supremo de su alma, y suspensos los efectos y dotes que había de comunicar consiguientemente a su cuerpo, para que según esta razón fuese juntamente pasible y viador, sólo para dar lugar a nuestra redención por medio de su cruz, pasión y muerte. 146. Para obrar todas estas operaciones y las demás que había de hacer la santísima humanidad, se le infundieron en el mismo instante de su concepción todos los hábitos que convenían a sus potencias y eran necesarios para las acciones y operaciones, así de comprensor como de pasible y viador; y así tuvo ciencia beata e infusa, tuvo gracia justificante y los dones del Espíritu Santo, que, como dice Isaías (Is 11,2 (A.)), descansaron en Cristo. Tuvo todas las virtudes, excepto la fe y esperanza, que no se compadecían con la visión y posesión beatífica. Y si alguna otra virtud hay que suponga alguna imperfección en el que la tiene, no podía estar en el Santo de los santos, que ni pudo hacer pecado ni se halló engaño en su boca (Is 53,9; 1 Pe 2,22). De la dignidad y excelencia de la ciencia y gracia, virtudes y perfecciones de Cristo nuestro Señor, no es necesario hacer aquí más relación, porque esto enseñan los sagrados doctores y los maestros de teología largamente. Basta para mí saber que todo fue tan perfecto cuanto pudo extenderse el poder divino y a donde no alcanza el juicio humano, porque donde estaba la misma fuente (Sal 35,10), que es la divinidad, había de beber aquella alma santísima de Cristo del torrente sin límite ni tasa, como dice David (Sal 109,7 (A.)). Así tuvo plenitud de todas las virtudes y perfecciones. 147. Deificada y adornada el alma santísima de Cristo nuestro Señor con la divinidad y sus dones, el orden que tuvieron sus operaciones fue éste: la primera, ver y conocer la divinidad intuitivamente como es en sí y como estaba unida a su humanidad santísima; luego, amarla con sumo amor beatífico; tras de esto, reconocer el ser de la humanidad inferior al ser de Dios; y se humilló profundísimamente, y con esta humillación dio gracias al inmutable ser de Dios por haberle criado y por el beneficio de la unión hipostática, con que le levantó al ser de Dios, juntamente siendo hombre. Conoció también cómo su humanidad santísima era pasible y el fin de la Redención, y con este conocimiento se ofreció en sacrificio acepto por Redentor del linaje humano y admitiendo el ser pasible en nombre suyo y de los hombres dio gracias al Eterno Padre. Reconoció la compostura de su humanidad santísima, la materia de que había sido formada y cómo María purísima se la administró a fuerza de caridad y de ejercitar heroicas virtudes. Tomó la posesión de aquel santo tabernáculo y morada, se agradó de él y de su hermosura eminentísima y se complació y adjudicó se por propiedad suya para in aeternum el alma de la más perfecta y pura criatura. Alabó al eterno Padre porque la había criado con tan excelentísimos realces de gracias y dones y porque la había hecho exenta y libre de la común ley del pecado en que todos los descendientes de Adán habían incurrido, siendo hija suya. Oró por la purísima Señora y por San José, pidió la salud eterna para ellos. Todas estas obras y otras que hizo fueron altísimas, como de hombre y Dios verdadero y, fuera de las que tocan a la visión y amor beatífico, con todas y con cualquiera de ellas mereció tanto que con su valor y precio se pudieran redimir infinitos mundos, si fuera posible que los hubiera. 148. Y con solo el acto de obediencia que hizo la santísima humanidad unida al Verbo, de admitir la pasibilidad y que la gloria de su alma no resultase al cuerpo, fuera superabundante nuestra redención. Mas aunque sobreabundaba para nuestro remedio, no saciaba su amor inmenso para los hombres, si con voluntad efectiva no nos amara hasta el fin del amor (Jn 13,1) que era el mismo fin de su vida, entregándola por nosotros con las demostraciones y condiciones de mayor afecto que el entendimiento humano y angélico pudo imaginar. Y si al primer instante que entró en el mundo nos enriqueció tanto, ¡qué tesoros, qué riquezas de merecimientos nos dejaría cuando salió de él, por su pasión y muerte de cruz, después de treinta y tres años de trabajos y operaciones tan divinas! ¡Oh inmenso amor!, ¡oh caridad sin término!, ¡oh misericordia sin medida!, ¡oh piedad liberalísima! y ¡oh ingratitud y olvido torpísimo de los mortales a la

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vista de tan inaudito como importante beneficio! ¿Qué fuera de nosotros sin él? Y ¿qué hiciéramos con este Señor y Redentor nuestro, si él hubiera hecho menos por nosotros, pues no nos obliga y mueve haber hecho todo lo que pudo? Si no le correspondemos como Redentor que nos dio vida y libertad eterna, oigámosle como maestro, sigámosle como capitán, como luz y caudillo que nos enseña el camino de nuestra verdadera felicidad. 149. No trabajó este Señor y Maestro para sí, ni merecía el premio de su alma santísima, ni los aumentos de su gracia, mereciéndolo todo para nosotros; porque él no lo había menester, ni podía recibir aumento de gracia ni de gloria, que de todo estaba lleno, como dijo el evangelista (Jn 1,14 (A.)), porque era Unigénito del Padre, junto con ser hombre. No tuvo en esto símil ni lo puede tener, porque todos los santos y puras criaturas merecieron para sí mismos y trabajaron con fin de su premio; sólo el amor de Cristo fue sin interés todo para nosotros. Y si estudió y aprovechó (Lc 2,52) en la escuela de la experiencia, eso mismo hizo también para enseñarnos y enriquecernos con la experiencia de la obediencia (Heb 5,8) y con los méritos infinitos que alcanzó y con el ejemplo que nos dio (1 Pe 2,21) para que fuésemos doctos y sabios en el arte del amor; que no se aprende perfectamente con solos los afectos y deseos, si no se pone en práctica con obras verdaderas y efectivas. En los misterios de la vida santísima de Cristo nuestro Señor no me alargaré, por mi incapacidad, y me remitiré a los evangelistas, tomando sólo aquello que fuere necesario para esta divina Historia de su Madre y Señora nuestra; porque estando tan juntas y encadenadas las vidas del Hijo y Madre santísimos, no puedo excusarme de tomar algo de los Evangelios y añadir también otras cosas que ellos no dijeron, porque no era necesario para su historia, ni para los primeros tiempos de la Iglesia Católica. 150. A todas las operaciones dichas, que obró Cristo Señor nuestro en el instante de su concepción, se siguió en otro instante la visión beatífica de la divinidad que tuvo su Madre Santísima, como queda dicho en el capítulo pasado, núm. 139; Y en un instante de tiempo puede haber muchos que llaman de naturaleza. En esta visión conoció la divina Señora con claridad y distinción el misterio de la Unión Hipostática de las dos naturalezas divina y humana en la persona del Verbo eterno, y la beatísima Trinidad la confirmó en el título, nombre y derecho de Madre de Dios, como en toda verdad y rigor lo era, siendo madre natural de un hijo que era Dios eterno, con la misma certeza y verdad que era hombre. Y aunque esta gran Señora no cooperó inmediatamente a la unión de la divinidad con la humanidad, no por esto perdía el derecho de Madre verdadera de Dios, pues concurrió administrando la materia y cooperando con sus potencias, en cuanto le tocaba como madre; y más madre que las otras, pues en aquella concepción y generación concurría ella sola sin obra de varón. Y como en las otras generaciones se llaman padre y madre los agentes que concurren con el concurso natural que a cada uno le dio la naturaleza, aunque no concurran inmediatamente a la creación del alma ni infusión de ella en el cuerpo del hijo, así también y con mayor razón María Santísima se debía llamar y se llama Madre de Dios, pues en la generación de Cristo, Dios y hombre verdadero, sola ella concurrió como Madre sin otra causa natural y mediante este concurso y generación nació Cristo hombre y Dios. 151. Conoció a si mismo en esta visión la Virgen Madre todos los misterios futuros de la vida y muerte de su Hijo dulcísimo y de la Redención del linaje humano y nueva ley del Evangelio que con ella se había de fundar, y otros grandiosos y ocultos secretos que a ningún otro santo se le manifestaron. Viéndose la prudentísima Reina en la presencia clara de la divinidad y con la plenitud de ciencia y dones que como a Madre del Verbo se le dieron, se humilló ante el trono de Su Majestad inmensa y toda deshecha en su humildad y amor adoró al Señor en su ser infinito y luego en la unión de la humanidad santísima. Le dio gracias por el beneficio y dignidad de Madre que había recibido y por el que hacía Su Majestad a todo el linaje humano. Le dio alabanzas y gloria por todos los mortales. Se ofreció en sacrificio acepto, para servir, criar y alimentar a su Hijo dulcísimo y para asistirle y cooperar, cuanto de su parte fuese posible, a la obra de la Redención, y la Santísima Trinidad la admitió y señaló por coadjutora para este sacramento. Pidió nueva gracia y luz divina para esto y para gobernarse en la dignidad y ministerio de Madre del Verbo humanado y tratarle con la veneración y magnificencia debida al mismo Dios. Ofreció a su Hijo Santísimo todos los hijos de Adán futuros, con los padres del limbo, y en nombre de todos y de sí misma hizo muchos actos heroicos de virtudes y grandes peticiones, que no me detengo en referirlas por haber dicho otras en diferentes ocasiones (Cf. supra n.ll,50,53,88.93; antes p.I n.233,334,438), de que se puede colegir lo que haría la divina Reina en ésta que excedía tanto a todo lo demás, hasta aquel dichoso y feliz día. 152. En la petición que hizo para gobernarse dignamente como Madre del Unigénito del Padre, fue más instante y afectuosa con el Altísimo, porque a esto le obligaba su humilde corazón y estaba más de próximo la razón de su encogimiento y deseaba ser gobernada en este oficio de madre para todas sus acciones. La respondió el Todopoderoso: Paloma mía, no temas, que yo te asistiré y gobernaré, ordenándote todo lo que hubieres de hacer con mi Hijo

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unigénito. Con esta promesa volvió y salió del éxtasis en que había sucedido todo lo que he dicho, y fue el más admirable que tuvo. Restituida a sus sentidos, lo primero que hizo fue postrarse en tierra y adorar a su Hijo Santísimo, Dios y hombre, concebido en su virginal vientre; porque esta acción no la había hecho con las potencias y sentidos corporales y exteriores, y ninguna de las que pudo hacer en obsequio de su Criador, dejó pasarle ni de ejecutarla la prudentísima Madre. Desde entonces reconoció y sintió nuevos efectos divinos en su alma santísima y en todas sus potencias interiores y exteriores. Y aunque toda su vida había tenido nobilísimo estado en la disposición de su alma y cuerpo santísimo, pero desde este día de la Encarnación del Verbo quedó más espiritualizada y divinizada con nuevos realces de gracia y dones indecibles. 153. Pero nadie piense que todos estos favores y unión con la divinidad y humanidad de su Hijo Santísimo lo recibió la purísima Madre para que viviese siempre en delicias espirituales, gozando y no padeciendo. No fue así, porque a imitación de su dulcísimo Hijo, en el modo posible, vivió esta Señora gozando y padeciendo juntamente, sirviéndole de instrumento penetrante para su corazón la memoria y noticia tan alta que había recibido de los trabajos y muerte de su Hijo Santísimo. Y este dolor se medía con la ciencia y con el amor que tal Madre debía y tenía a tal Hijo y frecuentemente se le renovaba con su presencia y conversación. Y aunque toda la vida de Cristo y de su Madre Santísimos fue un continuado martirio y ejercicio de la cruz, padeciendo incesantes penalidades y trabajos, pero en el candidísimo y amoroso corazón de la divina Señora hubo este linaje especial de padecer: que siempre traía presente la pasión, tormentos, ignominias y muerte de su Hijo. Y con el dolor de treinta y tres años continuados celebró la vigilia tan larga de nuestra redención, estando oculto este sacramento en su pecho solo, sin compañía ni alivio de criaturas. 154. Con este doloroso amor, llena de dulzura amarga, solía muchas veces atender a su Hijo Santísimo, y antes y después de su nacimiento, hablándole en lo íntimo del corazón, le repetía estas razones: Señor y Dueño de mi alma, hijo dulcísimo de mis entrañas, ¿cómo me habéis dado la posesión de madre con la dolorosa pensión de haberos de perder quedando huérfana, sin vuestra deseable compañía? Apenas tenéis cuerpo donde recibir la vida, cuando ya conocéis la sentencia de vuestra dolorosa muerte para rescate de los hombres. La primera de vuestras obras fuera de sobreabundante precio y satisfacción de sus pecados. ¡Oh si con esto se diera por satisfecha la justicia del eterno Padre, y la muerte y las tormentas se ejecutaran en mí! De mi sangre y de mi ser habéis tomado cuerpo, sin el cual no fuera posible padecer vos, que sois Dios impasible e inmortal. Pues si yo administré el instrumento o el sujeto de los dolores, padezca yo también con vos la misma muerte. ¡Oh inhumana culpa, cómo siendo tan cruel y causa de tantos males has merecido llegar a tanta dicha, que fuese su Reparador el mismo que por ser el sumo bien te pudo hacer feliz! ¡Oh dulcísimo Hijo y amor mío, quién te sirviera de resguardo, quién te defendiera de tus enemigos! ¡Oh si fuera voluntad del Padre que yo te guardara y apartara de la muerte y muriera en tu compañía y no te apartaras de la mía! Pero no sucederá ahora lo que al patriarca Abrahán, porque se ejecutará lo determinado. Cúmplase la voluntad del Señor. - Estos suspiros amorosos repetía muchas veces nuestra Reina, como diré adelante (Cf. infra n.513,601,611,685, etc.), aceptándolos el eterno Padre por sacrificio agradable y siendo dulce regalo para el Hijo Santísimo. Doctrina que me dio nuestra Reina y Señora. 155. Hija mía, pues con la fe y luz divina llegaste a conocer la grandeza de la divinidad y su inefable dignación en descender del cielo para ti y para todos los mortales, no recibas estos beneficios para que en ti sean ociosos y sin fruto. Adora el ser de Dios con profunda reverencia y alábale por lo que conoces de su bondad. No recibas la luz y gracia en vano (2 Cor 6,1), y te sirva de ejemplar y estímulo lo que hizo mi Hijo Santísimo, y yo a su imitación, como lo has conocido; pues siendo verdadero Dios, y yo Madre suya, porque en cuanto hombre era criada su humanidad santísima, reconocimos nuestro ser humano y nos humillamos y confesamos la divinidad más que ninguna criatura puede comprender. Esta reverencia y culto has de ofrecer a Dios en todo tiempo y lugar sin diferencia, pero más especialmente cuando recibes al mismo Señor sacramentado. En este admirable sacramento vienen y están en ti por nuevo modo incomprensible la divinidad y humanidad de mi Hijo Santísimo y se manifiesta su magnífica dignación, poco advertida y respetada de los mortales para dar el retorno de tanto amor. 156. Sea, pues, tu reconocimiento con tan profunda humildad, reverencia y culto, cuanto alcanzaren todas tus fuerzas y potencias, pues aunque más se adelanten y extiendan será menos de lo que tú debes y Dios merece. Y para que suplas en lo posible tu insuficiencia, ofrecerás lo que mi Hijo Santísimo y yo hicimos, y juntarás tu espíritu y afecto con el de la Iglesia triunfante y militante, y con él pedirás, ofreciendo para esto tu misma vida, que todas las naciones vengan a conocer, confesar y adorar a su verdadero Dios humanado por todos; y agradece los beneficios que ha hecho y hace a

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todos los que le conocen y le ignoran, a los que le confiesan y niegan. Y sobre todo quiero de ti, carísima, lo que al Señor será muy acepto, y a mí será muy agradable, que te duelas y con dulce afecto te lastimes de la grosería e ignorancia, tardanza y peligro de los hijos de los hombres, de la ingratitud de los fieles hijos de la Iglesia, que han recibido la luz de la fe divina y viven tan olvidados en su interior de estas obras y beneficios de la Encarnación, y aun del mismo Dios, que sólo parece se diferencian de los infieles en algunas ceremonias y obras del culto exterior; pero éstas hacen sin alma y sentimiento del corazón y muchas veces en ellas ofenden y provocan la divina justicia que debían aplacar. 157. Esta ignorancia y torpeza les nace de no se disponer para adquirir y alcanzar la verdadera ciencia del Altísimo, y así merecen que se aparte de ellos la divina luz y los deje en la posesión de sus pesadas tinieblas, con que se hacen más indignos que los mismos infieles y su castigo será mayor sin comparación. Duélete de tanto daño de tus prójimos y pide el remedio con lo íntimo de tu corazón. Y para que te alejes más de tan formidable peligro, no niegues los favores y beneficios que recibes, ni con color de ser humilde los desprecies ni olvides. Acuérdate y confiere en tu corazón cuán lejos tomó la corrida (Sal 18,7) la gracia del Altísimo para llamarte. Considera cómo te ha esperado consolándote, asegurándote en tus dudas, pacificando tus temores, disimulando y perdonando tus faltas, multiplicando favores, caricias y beneficios. Y te aseguro, hija mía, que debes confesar de corazón que no hizo el Altísimo tal con ninguna otra generación, pues tú nada valías ni podías, antes eras pobre y más inútil que otras. Sea tu agradecimiento mayor que de todas las criaturas. CAPITULO 13 Regresar al Principio Declárese el estado en que quedó María Santísima después de la Encarnación del Verbo divino en su virginal vientre. 158. Cuanto voy descubriendo más los divinos efectos y disposición que resultaron en la Reina del cielo después de concebir al Verbo eterno, tantas más dificultades se me ofrecen para continuar esta obra, por hallarme anegada en altos y encumbrados misterios y con razones y términos tan desiguales a lo que de ellos entiendo. Pero siente mi alma tal suavidad y dulzura en este propio defecto, que no me deja arrepentir de todo lo intentado, y la obediencia me anima y aun me compele para vencer lo que en un ánimo débil de mujer fuera muy violento, si me faltara la seguridad y fuerza de este apoyo para explicarme; y más en este capítulo, que se me han propuesto los dotes de gloria que los bienaventurados gozan en el cielo, con cuyo ejemplo manifestaré lo que entiendo del estado que tuvo la divina emperatriz María, después que fue Madre del mismo Dios. 159. Dos cosas considero para mi intento en los bienaventurados: la una de parte suya, la otra de parte del mismo Dios. De esta parte del Señor hay la divinidad clara y manifiesta con todas sus perfecciones y atributos, que se llama objeto beatífico, gloria y felicidad objetiva y último fin donde se termina y descansa toda criatura. De parte de los santos se hallan las operaciones beatíficas de la visión y amor y otras que se siguen a éstas en aquel estado felicísimo que ni ojos vieron, ni oídos oyeron, ni pudo caer en pensamiento de los hombres (Is 64,4; 1 Cor 2,9 (A.)). Entre los dones y efectos de esta gloria que tienen los santos, hay algunos que se llaman dotes, y se los dan, como a la Esposa, para el estado del matrimonio espiritual que han de consumar en el gozo de la eterna felicidad. Y como la esposa temporal adquiere el dominio y señorío de su dote y el usufructo es común a ella y al esposo, así también en la gloria estos dotes se les dan a los santos como propios suyos y el uso es común a Dios, en cuanto se glorifica en sus santos, y a ellos, en cuanto gozan de estos inefables dones, que según los méritos y dignidad de cada uno son más o menos excelentes. Pero no los reciben más de los santos, que son de la naturaleza del Esposo, que es Cristo nuestro bien, que son los hombres y no los ángeles; porque el Verbo humanado no hizo con los ángeles el desposorio (Heb 2,16) que celebró con la humana naturaleza, juntándose con ella en aquel gran sacramento que dijo el Apóstol (Ef 5,32 (A.)) en Cristo y en la Iglesia. Y como el esposo Cristo en cuanto hombre consta, como los demás, de alma y cuerpo, y todo se ha de glorificar en su presencia, por eso los dotes de gloria pertenecen al alma y cuerpo. Tres tocan al alma, que se llaman visión, comprensión y fruición; y cuatro al cuerpo: claridad, impasibilidad, sutilidad y agilidad, y éstos son propiamente efectos de la gloria que tiene el alma. 160. De todos estos dotes tuvo nuestra reina María alguna participación en esta vida, especialmente después de la

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Encarnación del Verbo eterno en su vientre virginal. Y aunque es verdad que a los bienaventurados se les dan los dotes como a compresores, en prendas y arras de la eterna felicidad inamisible y como en firmeza de aquel estado que jamás se ha de mudar, y por esto no se conceden a los viadores, (criaturas que en esta vida caminan hacia la vida eterna futura) pero con todo eso, se le concedieron a María Santísima en algún modo, no como comprensora sino como viadora, (peregrina en la tierra y moradora del cielo) no de asiento pero como a tiempos y de paso y con la diferencia que diremos. Y para que se entienda mejor la conveniencia de este raro beneficio con la soberana Reina, se advierta lo que dijimos en el capítulo 7 y en los demás (Cf. supra n.70-122) hasta el de la Encarnación; que en ellos se declara la disposición y desposorio con que previno el Altísimo a su Madre Santísima para levantarla a esta dignidad. Y el día que en su virginal vientre tomó carne humana el divino Verbo se consumó este matrimonio espiritual en algún modo, en cuanto a esta divina Señora, con la visión beatífica tan excelente y levantada que se le concedió aquel día, como queda dicho (Cf. supra n.39); aunque para todos los demás fieles fue como desposorio (Os 2,19) que se consumará en la patria celestial. 161. Tenía otra condición nuestra gran Reina y Señora para estos privilegios: que estaba exenta de toda culpa actual y original y confirmada en gracia con impecabilidad actual; y con estas condiciones estaba capaz para celebrar este matrimonio en nombre de la Iglesia militante y comprometer todos en ella, para que en el mismo punto que fue Madre del Reparador se estrenasen en ella sus merecimientos previstos, y con aquella gloria y visión transeúnte de la divinidad quedase como por fiadora abonada de que no se les negaría el mismo premio a todos los hijos de Adán, si se disponían a merecerlo con la gracia de su Redentor. Era a si mismo de mucho agrado para el divino Verbo humanado que luego su ardentísimo amor y merecimientos infinitos se lograsen en la que juntamente era su Madre, su primera Esposa y tálamo de la divinidad, y que el premio acompañase al mérito donde no se hallaba impedimento. Y con estos privilegios y favores que hacía Cristo nuestro bien a su Madre Santísima, satisfacía y saciaba en parte el amor que la tenía, y con ella a todos los mortales; porque para el amor divino era plazo largo esperar treinta y tres años para manifestar su divinidad a su misma Madre. Y aunque otras veces le había hecho este beneficio como se dijo en la primera parte (Cf supra p.I n.333, 430) pero en esta ocasión de la Encarnación fue con diferentes condiciones, como en imitación y correspondencia de la gloria que recibió el alma santísima de su Hijo, aunque no de asiento sino de paso, en cuanto se compadecía con el estado común de viadera. 162. Conforme a esto, el día que María Santísima tomó la posesión real de Madre del Verbo eterno, concibiéndole en sus entrañas, en el desposorio que celebró Dios con nuestra naturaleza, nos dio derecho a nuestra redención, y en la consumación de este matrimonio espiritual, beatificando a su Madre Santísima y dándole los dotes de la gloria, se nos prometió lo mismo por premio de nuestros merecimientos, en virtud de los de su Hijo Santísimo nuestro Reparador. Pero de tal manera levantó el Señor a su Madre sobre toda la gloria de los santos en el beneficio que este día le hizo, que todos los ángeles y hombres no pudieron llegar en lo supremo de su visión y amor beatífico al que tuvo esta divina Señora; y lo mismo fue en los dotes que redundan de la gloria del alma al cuerpo, porque todo correspondía a la inocencia, santidad y méritos que tenía, y éstos correspondían a la suprema dignidad entre las criaturas de ser Madre de su Criador. 163. Y llegando a los dotes en particular, el premio del alma es la clara visión beatífica, que corresponde al conocimiento oscuro de la fe de los viadores. Esta visión se le concedió a María Santísima las veces y en los grados que dejo declarado (Cf. supra ib) y diré adelante (Cf infra n.473, 956, 1471,1523; p.III n.62, 494, 603, 616,654.685) . Fuera de esta visión intuitiva tuvo otras muchas abstractivas de la divinidad, como arriba se ha dicho (Cf. supra n.6-101). Y aunque todas eran de paso, pero de ellas le quedaban en su entendimiento tan claras aunque diferentes especies, que con ellas gozaba de una noticia y luz de la divinidad tan alta, que no hallo términos para explicarla; porque en esto fue singular esta Señora entre las criaturas, y en este modo permanecía en ella el efecto de este dote compatible con ser viadora. (peregrina en la tierra y moradora del cielo) Y cuando tal vez se le escondía el Señor, suspendiendo el uso de estas especies para otros altos fines, usaba de sola la fe infusa, que en ella era sobreexcelente y eficacísima. De manera que, por un modo o por otro, jamás perdió de vista aquel objeto divino y sumo bien, ni apartó de él los ojos del alma por un solo instante; pero en los nueve meses que tuvo en su vientre al Verbo humanado, gozó mucho más de la vista y regalos de la divinidad. 164. El segundo dote es comprensión o tensión o aprensión, que es tener conseguido el fin que corresponde a la esperanza y le buscamos por ella para llegar a poseerle inadmisiblemente. Esta posesión y comprensión tuvo María Santísima en los modos que corresponden a las visiones dichas, porque como veía a la divinidad así la poseía. Y cuando quedaba en la fe sola y pura, era en ella la esperanza más firme y segura que lo fue ni será en pura criatura, como también era mayor su fe. Y a más de esto, como la firmeza de la posesión se funda mucho de parte de la criatura

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en la santidad segura y en no poder pecar, por esta parte venía a ser tan privilegiada nuestra divina Señora, que su firmeza y seguridad en poseer a Dios competía en algún modo, siendo ella viadora, con la firmeza y seguridad de los bienaventurados; porque por parte de la inculpable e impecable santidad tenía seguro el no poder perder jamás a Dios, aunque la causa de esta seguridad en ella, viadora, no era la misma que en ellos gloriosos. En los meses de su embarazo tuvo esta posesión de Dios por varios modos de gracias especiales y milagrosas, con que el Altísimo se le manifestaba y unía con su alma purísima. 165. El tercero dote es fruición y corresponde a la caridad que no se acaba (1 Cor 13,8), pero se perfecciona en la gloria; porque la fruición consiste en amar al sumo Bien poseído, y esto hace la caridad en la patria, donde así como le conoce y tiene como él es en sí mismo, así también le ama por sí mismo. Y aunque ahora, cuando somos viadores, le amamos también por sí mismo, pero es grande la diferencia: que ahora le amamos con deseo y le conocemos no como él está en sí, mas como se nos representa en especies ajenas o por enigmas (Ib. 12), Y así no perfecciona nuestro amor, ni con él nos quietamos, ni recibimos la plenitud de gozo, aunque tengamos mucho en amarle. Pero a su vista clara y posesión le veremos como él es en sí mismo y por sí mismo y no por enigmas, y por eso le amaremos como debe ser amado y cuanto podemos amarle respectivamente, y perfeccionará nuestro amor, quietados (Sal 16,15) con su fruición, sin dejarnos qué desear. 166. De este dote tuvo María Santísima más condiciones que de todos en algún modo; porque su amor ardentísimo, dado que en alguna condición fuese inferior al de los bienaventurados, cuando estaba sin visión clara de la divinidad, fue superior en otras muchas excelencias, aun en el estado común que tenía. Nadie tuvo la ciencia divina que esta Señora, y con ella conoció cómo debía ser Dios amado por sí mismo; y esta ciencia se ayudaba de las especies y memoria de la misma divinidad que había visto y gozado en más alto grado que los ángeles. Y como el amor le medía con este conocimiento de Dios, era consiguiente que en él se aventajase a los bienaventurados en todo lo que no era la inmediata posesión y estar en el término para no crecer ni aumentarse. Y si por su profundísima humildad permitía el Señor o condescendía con dar lugar a que obrando como viadora temiese con reverencia y trabajase por no disgustar a su amado, pero este receloso amor era perfectísimo y por el mismo Dios, y en ella causaba incomparable gozo y delectación correspondiente a la condición y excelencia del mismo amor divino que tenía. 167. En cuanto a los dotes del cuerpo que redundan en él de la gloria y dotes del alma, y son parte de la gloria accidental de los bienaventurados, digo que sirven para la perfección de los cuerpos gloriosos en el sentido y en el movimiento, para que en todo lo posible se asimilen a las almas y sin impedimento de su terrena materialidad estén dispuestos para obedecer a la voluntad de los santos, que en aquel estado felicísimo no puede ser imperfecta ni contraria a la voluntad divina. Para los sentidos han menester dos dotes: uno que disponga para recibir las especies sensitivas, y esto perfecciona el dote de la claridad; otro para que el cuerpo no reciba las acciones o pasiones nocivas y corruptibles, y para esto sirve la impasibilidad. Otros ha menester para el movimiento: uno para vencer la resistencia o tardanza de parte de su misma gravedad, y para esto se le concede el dote de agilidad; otro ha menester para vencer la resistencia ajena de los otros cuerpos, y para esto sirve la sutilidad. Y con estos dotes vienen a quedar los cuerpos gloriosos, claros, incorruptibles, ágiles y sutiles. 168. De todos estos privilegios tuvo parte en esta vida nuestra gran Reina y Señora. Porque el dote de la claridad hace capaz al cuerpo glorioso de recibir la luz y despedirla juntamente de sí mismo, quitándole aquella oscuridad opaca e impura y dejándole más transparente que un cristal clarísimo. Y cuando María Santísima gozaba de la visión clara y beatífica participaba su virginal cuerpo de este privilegio sobre todo lo que alcanza el entendimiento humano. Y después de estas visiones le quedaba un linaje de esta claridad y pureza que fuera admiración rara y peregrina, si se pudiera percibir con el sentido. Algo se le manifestaba en su hermosísimo rostro, como diré adelante, en especial en la tercera parte (Cf. infra n.219, 329, 422,560; p.III n.3, 6, 40, 449, 586, etc.), aunque no todos la conocieron ni la vieron de los que la trataban, porque el Señor le ponía cortina y velo, para que no se comunicase siempre ni indiferentemente. Pero en muchos efectos sentía ella misma el privilegio de este dote, que en otros estaba como disimulado, suspenso y oculto, y no reconocía el embarazo de la opacidad terrena que los demás sentimos. 169. Conoció algo de esta claridad Santa Isabel, cuando viendo a María santísima exclamó con admiración y dijo (Lc 1,43). “¿De dónde me vino a mí que venga la Madre de mi Criador adonde yo estoy?” No era capaz el mundo de conocer este sacramento del Rey, ni era tiempo oportuno de manifestarle, pero en algo tenía siempre el rostro más claro y lustroso que otras criaturas, y lo restante tenía una disposición sobre todo orden natural de los demás cuerpos y

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causaba en ella una como complexión delicadísima y espiritualizada, y como un cristal suave animado que para el tacto no tuviera aspereza de carne, sino una suavidad como de seda floja muy blanda y fina; que no hallo otros ejemplos con que darme a entender. Pero no parecerá mucho esto en la Madre del mismo Dios, porque le traía en su vientre y le había visto tantas veces, y muchas cara a cara; pues a Moisés, de la comunicación que tuvo en el monte con Dios, mucho más inferior que la de María Santísima, no podían los hebreos mirarle cara a cara ni sufrir su resplandor cuando bajó del monte (Ex 34,30). Y no hay duda que si con especial providencia no ocultara el Señor y detuviera la claridad que la cara y el cuerpo de su purísima Madre despidiera de sí, ilustrara el mundo más que mil soles juntos y ninguno de los mortales pudiera naturalmente sufrir sus refulgentes resplandores, pues aun estando ocultos y detenidos descubría en su divino rostro lo que bastaba para causar en todos cuantos la miraban el efecto que en San Dionisio Areopagita, cuando la vio (Cf. la nota 3 del cap. 4 del libro I). 170. La impasibilidad causa en el cuerpo glorioso una disposición por la cual ningún agente, fuera del mismo Dios, lo puede alterar ni mudar, por más poderosa que sea su virtud activa. De este privilegio participó nuestra Reina en dos maneras: la una, en cuanto al temperamento del cuerpo y sus humores, porque los tuvo con tal peso y medida, que no podía contraer ni padecer enfermedades, ni otras pensiones humanas que nacen de la desigualdad de los cuatro humores, y por esta parte era casi impasible; la otra fue por el dominio e imperio poderoso que tuvo sobre todas las criaturas, como arriba se dijo (Cf. supra n.18,30,43,56,60), porque ninguna la ofendiera sin su consentimiento y voluntad. Y podemos añadir otra tercera participación de la impasibilidad, que fue la asistencia de la virtud divina correspondiente a su inocencia. Porque si los primeros padres en el paraíso no padecieran muerte violenta si perseveraran en la justicia original, y este privilegio gozaran no por virtud intrínseca o inherente porque si les hiriera una lanza pudieran morir, sino por virtud asistente del Señor que los guardara de no ser heridos, con mayor título se le debía esta protección a la inocencia de la soberana María, y así le gozaba como Señora, y los primeros padres le tuvieron, y tuvieran sus descendientes como siervos y vasallos. 171. No usó de estos privilegios nuestra humilde Reina, porque los renunció para imitar a su Hijo Santísimo y merecer y cooperar a nuestra redención; que por todo este quiso padecer y padeció más que los mártires. Y con razón humana no se puede ponderar cuántos fueron sus trabajos, de los cuales diremos en toda esta divina Historia dejando mucho más, porque no alcanzan las razones y términos comunes a ponderarlo. Pero advierto dos cosas: la una, que el padecer de nuestra Reina no tenía relación a las culpas propias, que en ella no las había, y así padecía sin la amargura y acedía que está embebida en las penas que padecemos con memoria y atención a nuestros propios pecados y en sujetos que los han cometido; la otra es que para padecer María Santísima fue confortada divinamente en correspondencia de su ardentísimo amor, porque no pudiera sufrir naturalmente el padecer tanto como su amor le pedía, y por el mismo amor la concedía el Altísimo. 172. La sutilidad es un privilegio que aparta del cuerpo glorioso la densidad o impedimento que tiene por su materia cuantitiva para penetrarse con otro semejante y estar en un mismo lugar con él; y así el cuerpo sutilizado del bienaventurado queda con condiciones de espíritu, que puede sin dificultad penetrar otro cuerpo de cuantidad y sin dividirle ni apartarle se pone en el mismo lugar, como lo hizo el cuerpo de Cristo Señor nuestro saliendo del sepulcro y entrando a los apóstoles cerradas las puertas (Jn 20,19) y penetrando los cuerpos que cerraban aquellos lugares. Participó este dote María Santísima no sólo mientras gozaba de las visiones beatíficas, pero después le tuvo como a su voluntad para usar de él muchas veces, como sucedió en algunas apariciones que hizo corporalmente en su vida, como adelante diremos (Cf. infra p.III n.193,325,352,399,560,562,568), porque en todas usó de esta sutilidad penetrando otros cuerpos. 173. El último dote de la agilidad sirve al cuerpo glorioso de virtud tan poderosa para moverse de un lugar a otro que sin impedimento de la gravedad terrestre se moverá de un instante a otro a diferentes lugares, al modo de los espíritus, que no tienen cuerpo y se mueven por su misma voluntad. Tuvo María Santísima una admirable y continua participación de esta agilidad, que especialmente le resultó de las visiones divinas; porque no sentía en su cuerpo la gravedad terrena y pesada que los demás, y así caminaba sin la tardanza que los demás y sin molestia pudiera moverse velocísimamente sin sentir quebranto y fatiga como nosotros Y todo esto era consiguiente al estado y condiciones de su cuerpo tan espiritualizado y bien formado. Y en el tiempo de los nueve meses que estuvo preñada, sintió menos el gravamen del cuerpo, aunque, para padecer lo que convenía, daba lugar a las molestias para que obrasen en ella y la fatigasen. Con tan admirable modo y perfección tenía todos estos privilegios y usaba de ellos, que yo me hallo sin palabras para explicar lo que se me ha manifestado, porque es mucho más que cuanto he dicho y puedo decir.

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174. Reina del cielo y Señora mía, después que vuestra dignación me adoptó por hija, quedó vuestra palabra en empeño de ser mi guía y mi maestra. Con esta fe me atrevo a proponeros una duda en que me hallo: ¿Como, Madre y Dueña mía, habiendo llegado vuestra alma santísima a ver y gozar de Dios las veces que Su Majestad altísima lo dispuso, no quedó siempre bienaventurada? y ¿cómo no decimos que siempre lo fuisteis, pues no había en vos culpa alguna ni otro obstáculo para serlo, según la luz que de vuestra excelente dignidad y santidad se me ha dado? Respuesta y doctrina de la misma Reina y Señora nuestra. 175. “Hija mía carísima, tú dudas como quien me ama y preguntes como quien ignora. Advierte, pues, que la perpetuidad y duración es una de las partes de felicidad y bienaventuranza destinada para los santos, porque ha de ser del todo perfecta; y si fuera sólo por algún tiempo, le faltara el complemento y adecuación necesaria para ser suma y perfecta felicidad. Y tampoco es compatible por ley común y ordinaria que la criatura sea gloriosa y esté juntamente sujeta a padecer, aunque no tenga pecado. Y si en esto se dispensó con mi Hijo Santísimo, fue porque siendo hombre y Dios verdadero no debía carecer de la visión beatífica su alma santísima unida a la divinidad hipostáticamente; y siendo juntamente Redentor del linaje humano, no pudiera padecer ni pagar la deuda del pecado, que es la pena, si no fuera pasible en el cuerpo. Pero yo era pura criatura y no siempre había de gozar de la visión debida al que era Dios, ni tampoco me podía llamar siempre bienaventurada, porque sólo de paso lo era. Y con estas condiciones estaba bien dispuesto que padeciese a tiempos y gozase a otros, y que fuese más continuo el padecer y merecer que aquel gozar, porque era viadora y no comprensora. 176. “Y dispuso el Altísimo con justa ley que las condiciones de la vida eterna no se gocen en la mortal (Ex 33,20) y que el venir a la inmortalidad sea pasando por la muerte corporal y precediendo los merecimientos en estado pasible, cual es el de la vida presente de los hombres. Y aunque la muerte en todos los hijos de Adán fue estipendio (Rom 6,23) y castigo del pecado, y por este título yo no tenía parte en la muerte ni en los otros efectos y castigos del pecado, pero el Altísimo ordenó que yo también entrase en la vida y felicidad eterna por medio de la muerte corporal, como lo hizo mi Hijo Santísimo; porque en esto no había inconveniente para mí y había muchas conveniencias en seguir el camino real de todos y granjear grandes frutos de merecimientos y gloria por medio del padecer y morir. Otra conveniencia había en esto para los hombres, que conociesen cómo mi Hijo Santísimo y yo, que era su Madre, éramos de verdadera naturaleza humana como los demás, pues éramos mortales como ellos. Y con este conocimiento venía a ser más eficaz el ejemplo que dejábamos a los hombres para imitar en la carne pasible las obras que nosotros habíamos hecho en ella, y todo redundaba en mayor gloria y exaltación de mi Hijo y Señor, y mía. Y todo esto se evacuara en mucha parte, si fueran continuas en mí las visiones de la divinidad. Pero después que concebí al Verbo eterno, fueron más frecuentes y mayores los beneficios y favores, como de quien ya le tenía por más propio y más vecino. 177. “Con esto respondo a tus dudas. Y por mucho que hayas entendido y trabajado para manifestar los privilegios y efectos que yo gozaba en la vida mortal, no será posible que alcances todo lo que en mí obraba el brazo poderoso del Altísimo. Y mucho menos de lo que entiendes podrás declarar con palabras materiales. Advierte ahora a la doctrina consiguiente a la que te enseñé en los capítulos precedentes. Si yo fui el ejemplar que debes imitar, recibiendo la venida del mismo Dios a las almas y al mundo con la reverencia, culto, humildad y agradecimiento y amor que se le debe, consiguiente será que, si tú lo haces a imitación mía, y lo mismo las demás almas, venga a ti el Altísimo para comunicarte y obrar efectos divinos, como en mí lo hizo, aunque en ti y en las demás sean inferiores y menos eficaces. Porque si la criatura desde el principio que tiene uso de razón comenzase a caminar al Señor como debe, enderezando sus pasos por las sendas derechas de la salud y vida, Su Majestad altísima, que ama a sus hechuras, le saldría al encuentro (Sab 6,15), anticipando sus favores y comunicación; que le parece largo el plazo de aguardar al fin de la peregrinación para manifestarse a sus amigos. 178. Y de aquí nace que, por medio de la fe, esperanza y caridad y por el uso de los sacramentos dignamente recibidos, se les comuniquen a las almas muchos y divinos efectos que su dignación les da, unos por el modo común de la gracia y otros por orden más sobrenatural y milagroso, y cada uno más o menos, conforme a su disposición y a los fines del mismo Señor, que no luego se conocen. Y si las almas no pusieran obstáculo de su parte, fuera tan liberal con ellas el amor divino como lo es con algunas que se disponen, a quienes da mayor luz y noticia de su ser inmutable y con un éxtasis divino y dulcísimo las transforma en sí mismo y las comunica muchos efectos de la bienaventuranza; porque se deja tener y gozar por aquel oculto abrazo que sintió la esposa, cuando dijo: Le tengo y no le dejaré, habiéndolo hallado (Cant 3,4 (A.)). Y de esta presencia y posesión le da el mismo Señor muchas prendas y señales para que

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le posea en amor quieto como los santos, aunque sea por tiempo limitado. Tan liberal como esto es Dios, nuestro Dueño y Señor, en remunerar los afectos de amor y los trabajos que recibe la criatura por obligarle, tenerle y no perderle. 179. “Y con esta violencia suave del amor desfallece y muere la criatura a todo lo terreno, que por esto se llama el amor fuerte como la muerte (Cant 8,6). Y de esta muerte resucita a nueva vida espiritual, donde se hace capaz de recibir nueva participación de la bienaventuranza y de sus dotes, porque goza más frecuente de la sombra y de los dulces frutos del sumo bien que ama (Cant 2,3 (A.)). Y de estos ocultos sacramentos redunda a la parte inferior y animal un género de claridad que la purifica de los efectos de las tinieblas espirituales, la hace fuerte y como impasible para sufrir y padecer todo lo adverso a la naturaleza de la carne y con una sed sutilísima apetece todas las dificultades y violencias que padece el reino de los cielos ( Mt 11,12), queda ágil y sin la gravedad terrena, de suerte que muchas veces siente este privilegio el mismo cuerpo, que de suyo es pesado, y con esto se le facilitan los trabajos que antes le parecían graves. De todos estos efectos, hija mía, tienes ciencia y experiencia, y te los he declarado y representado para que más te dispongas y trabajes y procedas de manera que el Altísimo, como agente divino y poderoso, te halle materia dispuesta y sin resistencia ni óbice para obrar en ti su beneplácito.” CAPITULO 14 Regresar al Principio De la atención y cuidado que María Santísima tenía con su embarazo y algunas cosas que le sucedieron con él. 180. Luego que nuestra Reina y Señora volvió en sus sentidos de aquel éxtasis que tuvo en la Concepción del Verbo Eterno humanado, se postró en tierra y le adoró en su vientre, como queda dicho en el capítulo 12, núm. 152. Esta adoración continuó toda su vida, comenzándola cada día a media noche, y hasta la otra siguiente solía repetir las genuflexiones trescientas veces y más, si tenía oportunidad, y en esto fue más diligente los nueve meses de su divino embarazo. Y para cumplir con plenitud las nuevas obligaciones en que se hallaba, sin faltar a las de su estado, con el nuevo depósito del eterno Padre que tenía en su virginal tálamo, puso toda su atención sobre muchas y fervorosas peticiones para guardar el tesoro del cielo que se le había fiado. Dedicó para esto de nuevo su alma santísima y sus potencias, ejercitando todos los actos de las virtudes en grado tan heroico y supremo, que causaba nueva admiración a los mismos ángeles. Dedicó también y consagró todas las demás acciones corporales para obsequio y servicio del Dios y hombre infante que traía en su virgíneo cuerpo. Si comía, dormía, trabajaba y descansaba, todo lo encaminaba a la nutrición y conservación de su dulcísimo Hijo y en todas estas obras se enardecía en amor divino. 181. El día siguiente a la Encarnación se le manifestaron en forma corpórea los mil ángeles que la asistían y con profunda humildad adoraron en el vientre de la Madre a su Rey humanado, y a ella la reconocieron de nuevo por Reina y Señora y la dieron debido culto y reverencia y la dijeron: “Ahora, Señora, sois la verdadera Arca del Testamento que encerráis al mismo Legislador y la ley y guardáis el maná del cielo, que es nuestro pan verdadero. Recibid, Reina nuestra, la enhorabuena de vuestra dignidad y suma dicha, que por ella engrandecemos al Altísimo, porque justamente os eligió por su Madre y tabernáculo. Nos ofrecemos de nuevo a vuestro obsequio y servicio, para obedeceros como vasallos y siervos del Rey supremo y todopoderoso, de quien sois Madre verdadera. Este ofrecimiento y nueva veneración de los santos ángeles renovó en la Madre de la sabiduría incomparables efectos de humildad, agradecimiento y amor divino. Porque en aquel prudentísimo corazón, donde estaba el peso del santuario para dar a todas las cosas el valor y precio que se debe, hizo gran ponderación el verse reverenciada y reconocida por Señora y Reina de los espíritus angélicos; y aunque era más el verse Madre del mismo Rey y Señor de todo lo criado, pero todos estos beneficios y dignidad se le manifestaban más por las demostraciones y obsequio de los santos ángeles. 182. Cumplían ellos estos ministerios como ejecutores y ministros (Heb 1,14) de la voluntad del Altísimo y, cuando su Reina y Señora nuestra estaba sola, todos la asistían en forma corpórea y la servían en sus acciones y ocupaciones corporales, y si trabajaba de manos la administraban lo que era necesario. Si acaso comía alguna vez en ausencia de San José, la servían de maestresalas en su pobre mesa y humildes manjares. A cualquiera parte la acompañaban y hacían escolta y en el servicio de San José la ayudaban. Y con todos estos favores y socorros no se olvidaba la divina Señora de pedir licencia al Maestro de los maestros para todas las acciones y obras que había de hacer y pedirle su dirección y asistencia. Tan acertados y tan bien gobernados eran todos sus ejercicios con la plenitud que sólo el mismo

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Señor puede comprender y ponderar. 183. A más de esta enseñanza ordinaria en el tiempo que tuvo en su vientre santísimo al Verbo humanado, sentía su presencia divina por diversos modos, todos admirables y dulcísimos. Unas veces se le manifestaba por visión abstractiva, como arriba he dicho (Cf. supra p.I n.229, 237, 312, 383, 389, 734, 742; p.II n.6-8). Otras le conocía y veía en el modo que estaba en su virginal templo, unido hipostáticamente a la naturaleza humana. Otras se le manifestaba la humanidad santísima como si por un viril cristalino la mirara, sirviendo para esto el mismo vientre y cuerpo purísimo; materno, y este género de visión era de especial consuelo y júbilo, para la gran Reina. Otras veces conocía que de la divinidad resultaba en el cuerpo del niño Dios algún influjo de la gloria de su alma santísima, con que le comunicaba algunos efectos de bienaventurado y glorioso, especialmente la claridad y luz que del cuerpo natural del Hijo resultaba en la Madre con un ilapso inefable y divino. Y este favor la transformaba toda en otro ser, inflamando su corazón y causando en toda ella tales efectos, que ninguna capacidad de criaturas los puede explicar. Extiéndase y dilátese el juicio más levantado de los supremos serafines y quedará oprimido de esta gloria (Prov 25,27), porque toda esta divina Reina era un cielo intelectual y animado y en ella sola estaba epilogada la grandeza y gloria que no pueden abarcar ni ceñir los dilatados fines de los mismos cielos (3 Re 8,27). 184. Se alternaban y se sucedían estos beneficios y otros con los ejercicios de la divina Madre, con la variedad y diferencia de operaciones que ejercitaban, unas espirituales, otras manuales y corporales; unas en servir a su esposo, otras en beneficio de los prójimos; y todo esto junto y gobernado por la sabiduría de una doncella hacía armonía admirable y dulcísima para los oídos del Señor y admirable para todos los espíritus angélicos. Y cuando entre esta variedad quedaba la Señora del mundo más en su natural estado, porque así lo disponía el Altísimo, padecía un deliquio causado de la fuerza y violencia de su mismo amor; porque con verdad pudo decir lo que por ella dijo Salomón en nombre de la esposa: Socorredme con flores, porque estoy enferma de amor (Cant 2,5 (A.)); y así sucedía que con la herida penetrante de esta dulcísima flecha llegaba al extremo de la vida, pero luego la confortaba el brazo poderoso del Altísimo por modo sobrenatural. 185. Y tal vez para darla algún aliento sensible, por el mismo imperio del Señor venían a visitarla muchas avecillas, y como si tuvieran discurso la saludaban con sus meneos y la daban concertadísima música a coros y aguardaban su bendición para despedirse de ella. Señaladamente sucedió esto luego que concibió al Verbo divino, como dándole la enhorabuena de su dignidad, después que lo hicieron los santos ángeles. Y este día les habló la Señora de las criaturas, mandando a diversos géneros de aves que con ella estaban, a que reconociesen a su Criador, y en agradecimiento del ser y hermosura que las había dado, y de su conservación, le cantasen y alabasen. Y luego la obedecieron como a Señora y de nuevo hicieron coros y cantaron con muy dulce armonía y humillándose hasta el suelo hicieron reverencia al Criador y a su Madre, que le tenía en su vientre. Solían otras veces traerle flores en los picos y se las ponían en las manos, aguardando que les mandase cantar o callar a su voluntad. También sucedía que con las inclemencias de los tiempos venían algunas avecillas al amparo de su divina Señora, y Su Alteza las admitía y sustentaba con admirable afecto de su inocencia y glorificando al Criador de todo. 186. Y no debe extrañar nuestra tibia ignorancia estas maravillas, pues aunque la materia en que se obraban pudiera estimarse por pequeña, pero las obras del Altísimo todas son grandes y venerables en sus fines, y también eran grandiosas las obras de nuestra prudentísima Reina en cualquiera materia que las hiciese. ¿Y quién hay tan ignorante o temerario que no conozca cuán digna acción de la criatura racional es conocer la participación del ser de Dios y de sus perfecciones en todas las criaturas, buscarle y hallarle, bendecirle y magnificarle en todas ellas, por admirable, poderoso, liberal y santo, como lo hacía la Santísima María, sin haber tiempo ni lugar ni criatura visible que para ella fuese ociosa? ¿Y cómo también no se confundirá nuestro ingratísimo olvido? ¿Cómo no se ablandará nuestra dureza? ¿Cómo no se encenderá nuestro tibio corazón, hallándonos reprendidos y enseñados de las criaturas irracionales, que sólo por aquella participación de su ser recibido de ser Dios le alaban sin ofenderle y los hombres que han participado la imagen y semejanza del mismo Dios, con capacidad de conocerle y gozarle eternamente, le olvidan sin conocerle, si le conocen no le alaban y sin quererle servir le ofenden? Con ningún derecho se han de preferir éstos a los animales brutos, pues vienen a ser peores que ellos (Sal 48,13.21). Doctrina de la Santísima Reina y Señora nuestra. 187. “Hija mía, prevenida estás de mi doctrina hasta ahora, para desear y procurar la ciencia divina, que deseo mucho

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aprendas, para que con ella entiendas y conozcas profundamente el decoro y reverencia con que has de tratar con Dios. Y de nuevo te advierto que entre los mortales esta ciencia es muy dificultosa y de pocos codiciada, con mucho daño suyo, por su ignorancia; porque de ella nace que, cuando llegan a tratar con el Altísimo y de su culto y servicio, no hacen el concepto digno de su grandeza infinita, ni se desnudan de las imágenes tenebrosas y operaciones terrenas, que los hacen torpes y carnales, indignos e improporcionados para el magnífico trato de la divinidad soberana. Y a esta grosería se sigue otro desorden, que si tratan con los prójimos se entregan sin orden, sin medida y sin modo a las acciones sensitivas, perdiendo totalmente la memoria y atención de su Criador, y con el mismo furor de sus pasiones se entregan a todo lo terreno. 188. “Quiero, pues, carísima, que te alejes de este peligro y desprendas la ciencia cuyo objeto es el inmutable ser de Dios y sus infinitos atributos, y de tal manera le has de conocer y unirte con él, que ninguna cosa criada se interponga entre tu espíritu y alma y entre el verdadero y sumo bien. En todo tiempo, lugar, ocupación y operaciones le has de tener a la vista, sin soltarle (Cant 3,4) de aquel íntimo abrazo de tu corazón. Y para esto te advierto y te mando que le trates con magnificencia, con decoro, con reverencia y temor íntimo de tu pecho. Y cualquiera cosa de las que tocan a su divino culto, quiero que la trates con toda atención y aprecio. Y sobre todo, para entrar en su presencia por la oración y deprecaciones, desnúdate de toda imagen sensible y terrena. Y porque la humana fragilidad no puede siempre ser estable en la fuerza del amor, ni sufrir sus movimientos violentos para el ser terreno, admite algún alivio decente y tal que en él halles también al mismo Dios: como alabarle en la hermosura de los cielos y estrellas, en la variedad de las yerbas, en la apacible vista de los campos, en la fuerza de los elementos y más en la naturaleza de los ángeles y en la gloria de los santos. 189. “Pero siempre estarás advertida, sin olvidar jamás este documento, que por ningún suceso ni trabajo busques alivio, ni admitas divertimiento con criaturas humanas; y entre ellas menos con los hombres, porque en tu natural flaco e inclinado a no dar pena, puedes tener peligro de exceder y pasar la raya de lo que es lícito y justo, introduciéndose el gusto sensible más de lo que conviene a las religiosas esposas de mi Hijo Santísimo. En todas las criaturas humanas corre riesgo este descuido, porque si a la naturaleza frágil se le da rienda, ella no atiende a la razón ni a la verdadera luz del espíritu, mas olvidándolo todo sigue a ciegas el ímpetu de la pasión y ésta su deleite. Contra este general peligro se ordenó el encerramiento y retiro de las almas consagradas a mi Hijo y Señor, para cortar de raíz las ocasiones infelices y desgraciadas de aquellas religiosas que de voluntad las buscan y se entregan a ellas. Tus alivios, carísima, y de tus hermanas no han de ser tan llenos de peligro y de mortal veneno, y siempre has de buscar de intento los que hallarás en el secreto de tu pecho y en el retrete de tu Esposo, que es fiel en consolar al triste y asistir al atribulado” (Sal 90,15). CAPITULO 15 Regresar al Principio Conoció María Santísima la voluntad del Señor para visitar a Santa 1sabel; pide licencia a San José, sin manifestarle otra cosa. 190. Por la relación del embajador del cielo San Gabriel conoció María Santísima cómo su deuda Isabel que se tenía por estéril había concebido un hijo y que ya estaba en el sexto mes de su embarazo (Lc 1,36). Y después, en unas de las visiones intelectuales que tuvo, la reveló el Altísimo que el hijo milagroso que pariría Santa Isabel sería grande delante del mismo Señor y sería profeta y precursor (Ib. 15-17) del Verbo humanado que ella traía en su virginal vientre, y otros misterios grandes de la santidad y ministerios de San Juan. En esta misma visión y en otras conoció también la divina Reina el agrado y beneplácito del Señor, en que fuese a visitar a su deuda Isabel, para que ella y su hijo que tenía en el vientre fuesen santificados con la presencia de su Reparador; porque disponía Su Majestad estrenar los efectos de su venida al mundo y sus merecimientos en su mismo Precursor, comunicándole el corriente de su divina gracia, con que fuese como fruto temporáneo y anticipado de la Redención humana. 191. Por este nuevo sacramento que conoció la prudentísima Virgen, hizo gracias al Señor con admirable júbilo de su espíritu, porque se dignaba de hacer aquel favor al alma del que había de ser su profeta y precursor y a su madre Isabel. Y ofreciéndose al cumplimiento del divino beneplácito, habló con Su Majestad y le dijo: “Altísimo Señor, principio y causa de todo bien, eternamente sea glorificado vuestro nombre y de todas las naciones sea conocido y

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alabado. Yo, la menor de las criaturas, os doy humildes gracias por la misericordia que tan liberal queréis mostrar con vuestra sierva Isabel y con el hijo de su vientre. Si es beneplácito de vuestra dignación que me enseñéis de que yo os sirva en esta obra, aquí estoy preparada, Señor mío, para obedecer con prontitud a vuestros divinos mandatos.” La respondió el Altísimo: “Paloma mía y amiga mía, escogida entre las criaturas, de verdad te digo que por tu intercesión y por tu amor atenderé como Padre y Dios liberalísimo a tu prima Isabel y al hijo que de ella ha de nacer, eligiéndole por mi profeta y precursor del Verbo en ti hecho hombre, y los miro como a cosas propias y allegadas a ti. Y así quiero que vaya mi Unigénito y tuyo a visitar a la madre y a rescatar al hijo de la prisión de la primera culpa, para que antes del tiempo común y ordinario de los otros hombres suene la voz de sus palabras y alabanza en mis oídos (Cant 2,14) y santificando su alma les sean revelados los misterios de la Encarnación y Redención. Y para esto quiero, esposa mía, que vayas a visitar a Isabel, porque todas las tres Personas divinas elegimos a su hijo para grandes obras de nuestro beneplácito.” 192. A este mandato del Señor respondió la obedientísima Madre: “Bien sabéis, Dueño y Señor mío, que todo mi corazón y mis deseos se encaminan a vuestro divino beneplácito y quiero con diligencia cumplir lo que mandáis a vuestra humilde sierva. Dadme, bien mío, licencia para que la pida a mi esposo José y que haga esta jornada con su obediencia y gusto. Y para que del vuestro no me aparte, gobernad en ella todas mis acciones y enderezad mis pasos a la mayor gloria de vuestro santo nombre, y recibid para esto el sacrificio de salir en público y dejar mi retirada soledad. Y quisiera yo, Rey y Dios de mi alma, ofrecer más que mis deseos en esto, hallando que padecer por vuestro amor todo lo que fuere de mayor servicio y agrado vuestro, para que no estuviera ocioso el afecto de mi alma.” 193. Salió de esta visión nuestra gran Reina y, llamando a los mil ángeles de su guarda, se le manifestaron en forma corpórea, y les declaró el mandato del Altísimo, pidiéndoles que en aquella jornada la asistiesen muy cuidadosos y solícitos, para enseñarla a cumplir aquella obediencia con el mayor agrado del Señor y la defendiesen y guardasen de los peligros, para que en todo lo que se le ofreciese en aquel viaje ella obrase perfectamente. Se ofrecieron los santos príncipes a obedecerla y servirla con admirable rendimiento. Esto mismo solía hacer en otras ocasiones la Maestra de toda prudencia y humildad, que siendo ella más sabia y más perfecta en el obrar que los mismos ángeles, con todo eso, por el estado de viadora y por la condición de la inferior naturaleza que tenía, para dar a sus obras toda plenitud de perfección, consultaba y llamaba a sus santos ángeles, que siendo inferiores en santidad la guardaban y asistían, y con su dirección disponía las acciones humanas, gobernadas todas por otra parte con el instinto del Espíritu Santo. Y los divinos espíritus la obedecían con la presteza y puntualidad propia a su naturaleza y debida a su misma Reina y Señora. Y con ella hablaban y conferían coloquios dulcísimos y alternaban cánticos de sumo honor y alabanza del Altísimo. Y otras veces trataba de los misterios soberanos del Verbo encarnado, de la unión hipostática, del sacramento de la Redención humana, de los triunfos que alcanzaría, de los frutos y beneficios que de sus obras recibirían los mortales. Y sería alargarme mucho, si hubiera de escribir todo lo que en esta parte se me ha manifestado. 194. Determinó luego la humilde esposa pedir licencia a San José para poner por obra lo que la mandaba el Altísimo y sin manifestarle este mandato, siendo en todo prudentísima, un día le dijo estas palabras: “Señor y esposo mío, por la divina luz he conocido cómo la dignación del Altísimo ha favorecido a Isabel mi prima, mujer de Zacarías, dándole el fruto que pedía en un hijo que ha concebido, y espero en su bondad inmensa que siendo mi prima estéril, habiéndole concedido este singular beneficio, será para mucho agrado y gloria del Señor. Yo juzgo que en tal ocasión como ésta me corre obligación decente de ir a visitarla y tratar con ella algunas cosas convenientes a su consuelo y su bien espiritual. Si esta obra, señor, es de vuestro gusto, la haré con vuestra licencia, estando sujeta en todo a vuestra disposición y voluntad. Considerad vos lo mejor y mandadme lo que debo hacer.” 195. Fue para el Señor muy agradable esta discreción y silencio de María Santísima, llena de tan humilde rendimiento como digna de su capacidad para que se depositasen en su pecho los grandes sacramentos del Rey (Tob 12,7). Y por esto y por la confianza en su fidelidad con que obraba esta gran Señora, dispuso Su Majestad el corazón purísimo del Santo José, dándole su luz divina para lo que debía hacer conforme a la voluntad del mismo Señor. Este es premio del humilde que pide consejo, hallarle seguro y con acierto, y también es consiguiente al santo y discreto celo dame prudente cuando se le piden. Con esta dirección respondió el santo esposo a nuestra Reina: “Ya sabéis, Señora y esposa mía, que mis deseos todos están dedicados para serviros con toda mi atención y diligencia, porque de vuestra gran virtud confío, como debo, no se inclinará vuestra rectísima voluntad a cosa alguna que no sea de mayor agrado y gloria del Altísimo, como creo lo será esta jornada. Y porque no extrañen que vais en ella sin la compañía de vuestro esposo, yo iré con mucho gusto para cuidar de vuestro servicio en el camino. Determinad el día para que vayamos

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juntos.” 196. Agradeció María Santísima a su prudente esposo José el cuidadoso afecto y que tan atentamente cooperase a la voluntad divina en lo que sabía era de su servicio y gloria; y determinaron entrambos partir luego a casa de Isabel (Lc 1,39), previniendo sin dilación la recámara para el viaje, que toda se vino a resumir en alguna fruta, pan y pocos pececillos que le trajo el Santo José y en una humilde bestezuela que buscó prestada, para llevar en ella toda la recámara y a su Esposa y Reina de todo lo criado. Con esta prevención partieron de Nazaret para Judea, y la jornada proseguiré en el capítulo siguiente. Pero al salir de su pobre casa la gran Señora del mundo hincó las rodillas a los pies de su esposo San José y le pidió su bendición para dar principio a la jornada en el nombre del Señor. Se encogió el santo viendo la humildad tan rara de su esposa, que ya con tantas experiencias tenía muy conocida, y deteníase en bendecirla, pero la mansedumbre y dulce instancia de María Santísima le venció y el santo la bendijo en nombre del Altísimo. Y a los primeros pasos levantó la divina Señora los ojos al cielo y el corazón a Dios, enderezándolos a cumplir el divino beneplácito, llevando en su vientre al Unigénito del Padre y suyo para santificar a Juan en el de su madre Isabel. Doctrina que me dio la divina Reina y Señora. 197. “Hija mía carísima, muchas veces te fío y manifiesto el amor de mi pecho, porque deseo grandemente que se encienda en el tuyo y te aproveches de la doctrina que te doy. Dichosa es el alma a quien manifiesta el Altísimo su voluntad santa y perfecta, pero más feliz y bienaventurada es quien conociéndola pone en ejecución lo que ha conocido. Por muchos medios enseña Dios a los mortales el camino y sendas de la vida eterna: por los Evangelios y Santas Escrituras, por los sacramentos y leyes de la Santa Iglesia, por otros libros y ejemplos de los santos, y especialmente por medio de la doctrina y obediencia de sus ministros, de quienes dijo Su Majestad: Quien a vosotros oye, a mí me oye (Lc 10,16); que el obedecerlos a ellos es obedecer al mismo Señor. Cuando por alguno de estos caminos llegares a conocer la divina voluntad, quiero de ti que con ligerísimo vuelo, sirviéndote de alas la humildad y la obediencia, o como un rayo prestísimo, así seas pronta en ejercitarla y en cumplir el divino beneplácito. 198. “Fuera de estos modos de enseñanza, tiene otros el Altísimo para encaminar las almas, intimándoles su voluntad perfecta sobrenaturalmente, por donde les revela muchos sacramentos. Este orden tiene sus grados y muy diferentes, y no todos son ordinarios ni comunes a las almas, porque dispensa el Altísimo su luz con medida y peso: unas veces habla el corazón y sentidos interiores con imperio, otras corrigiendo, otras amonestando y enseñando, otras veces mueve al corazón para que él lo pida y otras le propone claramente lo que el mismo Señor desea, para que se mueva el alma a ejecutarlo, y otras suele proponer en sí mismo, como en un claro espejo, grandes misterios que vea y conozca el entendimiento y ame la voluntad. Pero siempre este gran Dios y sumo bien es dulcísimo en mandar, poderoso en dar fuerzas para obedecer, justo en sus órdenes y presto en disponer las cosas para ser obedecido y eficaz en vencer los impedimentos, para que se cumpla su santísima voluntad. 199. “En recibir esta luz divina te quiero, hija mía, muy atenta, y en ejecutarla muy presta y diligente; y para oír al Señor y percibir esta voz tan delicada y espiritualizada es necesario que las potencias del alma estén purgadas de la grosería terrena y que toda la criatura viva según el espíritu, porque el hombre animal no percibe las cosas levantadas y divinas (1 Cor 2,14). Atiende, pues, a tu secreto (Is 24,16) y olvida todo lo de fuera; oye, hija mía, e inclina tu oído (Sal 44,11) despedida de todo lo visible. Y para que seas diligente, ama; que el amor es fuego y no sabe dilatar sus efectos donde halla dispuesta la materia, y tu corazón siempre le quiero dispuesto y preparado. Y cuando el Altísimo te mandare o enseñare alguna cosa en beneficio de las almas, y más para su salud eterna, ofrécete con rendimiento, porque son el precio más estimable de la sangre del Cordero (1 Pe 1,18-19) y del amor divino. No te impidas para esto con tu misma bajeza ni encogimiento, pero vence el temor que te acobarda, que si tú vales poco y eres inútil para todo, el Altísimo es rico, poderoso, grande, y por sí mismo hizo todas las cosas (Is 44,24), y no carecerá de premio tu prontitud y efecto, aunque sólo quiero que te mueva el beneplácito de tu Señor.” CAPITULO 16 Regresar al Principio La jornada de María Santísima a visitar a Santa Isabel y la entrada en casa de Zacarías.

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200. Levantándose en aquellos días, dice el texto sagrado (Lc 1,39 (A.)) María Santísima caminó con mucha diligencia a las montañas y ciudad de Judá. Este levantarse nuestra divina Reina y Señora no fue sólo disponerse exteriormente y partir de Nazaret a su jornada, porque también significa el movimiento de su espíritu y voluntad con que por el divino impulso y mandato se levantó interiormente de aquel humilde retiro y lugar que con su mismo concepto y estimación tenía. De allí se levantó como de los pies del Altísimo, cuya voluntad y beneplácito esperaba para cumplirle, como la más humilde sierva que dijo David (Sal 122,2) tiene puestos los ojos en las manos de su señora, aguardando que la mande. Y levantándose con la voz del Señor encaminó su afecto dulcísimo a cumplir su voluntad santísima, en apresurar sin dilación la santificación del Precursor del Verbo humanado, que estaba en el vientre de Isabel como encarcelado con las prisiones del primer pecado. Este era el término y el fin de esta feliz jornada; para él se levantó la Princesa de los cielos y caminó con la presteza y diligencia que dice el evangelista San Lucas. 201. Dejando, pues, la casa de sus padres y olvidando su pueblo (Sal 44,11), tomaron el camino los castísimos esposos María y José y le enderezaron a casa de Zacarías en las montañas de Judea, que distaba veintisiete leguas de Nazaret, (Legua: Unidad antigua de longitud que expresa la distancia que una persona o un caballo pueden andar en una hora. Legua castellana: 4,19 km or 5000 varas castellanas) y gran parte de él era áspero y fragoso para tan delicada y tierna doncella. Toda la comodidad para tan desigual trabajo era un humilde jumentillo, en que comenzó y prosiguió el viaje; y aunque iba destinado sólo para su alivio y servicio, pero la más humilde y modesta de las criaturas se apeaba de él muchas veces y rogaba a su esposo José partiesen el trabajo y comodidad y que fuese el santo con algún alivio, sirviéndose de la bestezuela para esto. Nunca lo admitió el prudente esposo y, por condescender en algo con los ruegos de la divina Señora, consentía que algunos ratos fuese con él a pie, mientras le parecía lo podía sufrir su delicadeza, sin fatigarse demasiado, y luego con gran decoro y reverencia la pedía no rehusase el admitir aquel pequeño alivio, y la Reina celestial obedecía, prosiguiendo a caballo lo restante. 202. Con estas humildes competencias continuaban sus jornadas María Santísima y José, y en ellas distribuían el tiempo sin dejar ocioso sólo un punto. Caminaban en soledad, sin compañía de criaturas humanas, pero los asistían en todo los mil ángeles que guardaban el lecho de Salomón (Cant 3,7), María Santísima, que aunque iban en forma visible sirviendo a su gran Reina y a su Hijo Santísimo en su vientre, sola ella los veía; y atendiendo a los ángeles y a José su esposo, caminaba la Madre de la gracia, llenando los campos y los montes de fragancia suavísima con su presencia y con los divinos loores en que sin intervalo alguno se ocupaba. Unas veces hablaba con sus ángeles y alternativamente hacían cánticos divinos, con motivos diferentes de los misterios de la divinidad y de las obras de la Creación y Encarnación, con que de nuevo se enardecía en divinos afectos el cándido corazón de la purísima Señora. Y a todo esto ayudaba San José su esposo con el templado silencio que guardaba, recogiendo su espíritu en sí mismo con alta contemplación y dando lugar para que, a su entender, hiciera lo mismo su devota esposa. 203. Otras veces hablaban los dos y conferían muchas cosas de la salud de sus almas y de las misericordias del Señor, de la venida del Mesías y de las profecías que de él estaban anunciadas a los antiguos padres, y otros misterios y sacramentos del Altísimo. Sucedió en este viaje una cosa admirable para el santo esposo José: amaba tiernamente a su esposa con el amor santo y castísimo, ordenado (Cant 2,4) con especial gracia y dispensación del mismo amor divino; y a más de este privilegio era el santo, por otro no pequeño, de condición nobilísima, cortés, agradable y apacible; y todo esto obraba en él una solicitud prudentísima y amorosa a que le movía desde el principio la misma santidad y grandeza, que conocía en su divina esposa, como objeto próximo de aquellos dones del cielo. Con esto iba el santo cuidando de María Santísima y preguntándole muchas veces si se fatigaba y cansaba y en qué la podía aliviar y servir. Pero como ya la Reina del cielo llevaba en su tálamo virginal el divino fuego del Verbo humanado, sentía el Santo José ignorando la causa nuevos efectos en su alma por las palabras y conversación de su amada esposa, con que se reconocía más inflamado en el amor divino y con altísimo conocimiento de estos misterios que hablaban, con una llama interior y nueva luz que le espiritualizaba y le renovaba todo. Y cuanto más proseguían el camino y las pláticas celestiales, tanto más crecían estos favores, de que conocía ser instrumento las palabras de su esposa que penetraban su corazón e inflamaban la voluntad al divino amor. 204. Era tan grande esta novedad, que no pudo dejar de atender mucho a ella el discreto esposo José; y aunque conoció le venía todo por medio de María Santísima, y con la admiración se consolara con saber la causa e inquirirla sin curiosidad, con todo esto por su gran modestia no se atrevió a preguntarle cosa alguna, disponiéndolo así el Señor, porque no era tiempo de que conociese entonces el sacramento del Rey, que en el vientre virginal estaba escondido. Miraba la divina Princesa a su esposo, conociendo todo cuanto pasaba en el secreto de su pecho, y discurriendo con su prudencia se le representó que naturalmente era forzoso venir a manifestarse su embarazo sin podérselo ocultar a su

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carísimo y castísimo esposo. No sabía entonces la gran Señora el modo con que Dios gobernaría este sacramento; pero aunque no había recibido orden ni mandato suyo para que le ocultase, su divina prudencia y discreción la enseñaron cuán bueno era esconderle como sacramento grande y el mayor de todos los misterios; y así le tuvo oculto y secreto sin hablar palabra de él con su esposo, ni en esta ocasión, ni antes en la anunciación del ángel, ni después en los cuidados que adelante diremos (Cf. infra n.375-394), cuando llegó el caso de conocer el Santo José el embarazo. 205. ¡Oh discreción admirable y prudencia más que humana! Se dejó toda la gran Reina en la divina providencia, esperando lo que disponía, pero sintió algún cuidado y pena, previniendo la que su esposo santo podía recibir, y considerando que no podía anticipadamente sacarle de ella o divertirla. Y le crecía más este cuidado, atendiendo al que tenía el santo en servirla y en cuidar de ella con tanto amor y solicitud, a que se debía igual correspondencia en todo lo que prudentemente fuera posible. Por esto hizo especial oración al Señor, representándole su cuidadoso afecto y deseos del acierto, y el que San José había menester en la ocasión que esperaba, pidiendo para todo la asistencia y dirección divina. Y con esta suspensión ejercitó Su Alteza grandes y heroicos actos de fe, esperanza, caridad, prudencia, humildad, paciencia y fortaleza, dando plenitud de santidad a todo lo que se ofrecía; porque en cada cosa obraba lo más perfecto. 206. Esta jornada fue la primera peregrinación que hizo el Verbo humanado en el mundo, cuatro días después de haber entrado en él; que no pudo sufrir mayor dilación ni tardanza su ardentísimo amor en comenzar a encender el fuego que venía a derramar en él (Lc 12,49), dando principio a la justificación de los mortales en su divino precursor. Y esta presteza comunicó a su Madre Santísima, para que con festinación se levantase y fuese a visitar a Isabel. Y la divinísima Señora sirvió en esta ocasión de carroza al verdadero Salomón, pero más rica, más adornada y ligera que la del primero, a que la comparó el mismo Salomón (Cant 3,9-10) en sus Cantares; y así fue más gloriosa esta jornada y con mayor júbilo y magnificencia del Unigénito del Padre, porque caminaba con descanso en el tálamo virginal de su Madre y gozando de sus delicias amorosas, con que le adoraba, le bendecía, le miraba, le hab1aha, le oía y respondía, y sola ella, que entonces era el archivo real de este tesoro y la secretaria de tan magnífico sacramento, le veneraba y agradecía por sí y por todo el linaje humano, mucho más que los hombres y los ángeles juntos. 207. En el discurso del camino, que les duró cuatro días, ejercitaron los peregrinos María Santísima y José, no sólo las virtudes que miran a Dios como objeto y otras interiores, pero muchos actos de caridad con los prójimos; porque no podía estar ociosa en presencia de los necesitados de socorro. No hallaban en todas las posadas igual acogida, porque algunos como rústicos los despedían dejados en su natural inadvertencia, otros los admitían con amor movidos de la divina gracia. Pero a ninguno negaba la Madre de la misericordia la que podía ejercitar con él, y para esto iba cuidadosa si decentemente podía visitar o topar pobres, enfermos y afligidos, y a todos los socorría y consolaba, o sanaba de sus dolencias. No me detengo en referir todos los casos que en esto sucedieron. Sólo digo la buena dicha de una pobre doncella enferma que topó nuestra gran Reina en un lugar por donde pasaba el día primero del viaje. Viola Su Majestad y la movió a ternura y compasión la enfermedad, que era gravísima; y usando de la potestad de Señora de las criaturas, mandó a la fiebre que dejase a aquella mujer y a los humores que se compusiesen y ordenasen, reducidos a su natural estado y temperamento. Y con este mandato y la dulcísima presencia de María purísima, quedó al punto la enferma libre y sana de su dolencia en el cuerpo y mejorada en el espíritu; y después fue creciendo hasta llegar a ser perfecta y santa, porque le quedó estampada en el pecho la memoria y las especies imaginarias de la autora de su bien, y en el corazón le quedó un íntimo amor, aunque no vio más a la divina Señora, ni se divulgó el milagro. 208. Prosiguiendo sus jornadas llegaron María Santísima y José su esposo el cuarto día a la ciudad de Judá, que era donde vivían Isabel y Zacarías. Y éste era el nombre propio y particular de aquel lugar, donde a la sazón vivían los padres de San Juan, y así lo especificó el evangelista San Lucas llamándola Judá (Lc 1,39); aunque los expositores del Evangelio comúnmente han creído que este nombre no era propio de la ciudad donde vivían Isabel y Zacarías, sino común de aquella provincia que se llama Judá o Judea, como también por esto se llamaban montañas de Judea aquellos montes que de la parte austral de Jerusalén corren hada el mediodía. Pero lo que a mí se me ha manifestado es que la ciudad se llamaba Judá y que el evangelista la nombró por su propio nombre, aunque los doctores y expositores han entendido por el nombre de Judá la provincia a donde pertenecía. Y la razón de esto ha resultado de que aquella ciudad que se llamaba Judá se arruinó por años después de la muerte de Cristo Señor nuestro, y como los expositores no alcanzaron la memoria de tal ciudad, entendieron que San Lucas por nombre Judá había dicho la provincia y no el lugar, y de aquí ha resultado la variedad de opiniones sobre cuál era la ciudad donde sucedió la visitación de María Santísima a Santa Isabel.

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209. Y porque la obediencia me ha ordenado que declare más exactamente este punto por la novedad que puede causar y habiendo hecho lo que sobre esto se me ha mandado, digo que la casa de Zacarías e Isabel, donde sucedió la visitación, fue en el mismo puesto donde ahora son venerados estos misterios divinos por los fieles y peregrinos que acuden o viven en los Santos Lugares de Palestina. Y aunque la ciudad de Judá, donde estaba la casa de Zacarías, fue derruida, no permitió el Señor que se olvidase y borrase la memoria de tan venerables lugares donde tantos misterios se habían obrado, quedando consagrados con las plantas de María Santísima, de Cristo Señor nuestro y del Bautista y sus santos padres. Y así tuvieron luz divina los antiguos fieles que edificaron aquellas iglesias y repararon los Lugares Santos para conocer con ella y con alguna tradición la verdad de todo y renovar la memoria de tan admirables sacramentos, y que gozásemos del beneficio de venerar los y adorarlos los fieles que ahora vivimos, protestando y confesando la fe Católica en los lugares sagrados de nuestra redención. 210. Para mayor noticia de esto se advierta que el demonio, después que en la muerte de Cristo Señor nuestro conoció que era Dios y Redentor de los hombres, pretendió con increíble furor borrar la memoria, como dice Jeremías (Jer 11,19 (A.)), de la tierra de los vivientes, y lo mismo de su Madre Santísima. Y así, procuró una vez que se ocultase y soterrase la santísima cruz, otra que fuese cautiva en Persia, y con este intento procuró que fuesen arruinados y extinguidos muchos de los Lugares Santos. De aquí resultó que los ángeles santos trasladasen tantas veces la venerable y santa Casa de Loreto; porque el mismo dragón que perseguía a esta divina Señora (Ap 12,13), tenía ya reducidos los ánimos de los moradores de la tierra para que extinguiesen y arruinasen aquel sagrado oratorio que había sido la oficina donde se obró el altísimo misterio de la Encarnación. Y por esta misma astucia del enemigo se arruinó la antigua ciudad de Judá, ya por negligencia de los moradores que se fueron acabando, ya por desgracias e infortunos sucesos; aunque no dio lugar el Señor para que pereciese y se arruinase del todo la casa de Zacarías, por los sacramentos que allí se habían celebrado. 211. Distaba esta ciudad, como he dicho, veintisiete leguas de Nazaret, y de Jerusalén dos leguas poco más o menos, hacia la parte donde tiene su principio el torrente Sorec en las montañas de Judea. Y después del nacimiento de San Juan y despedidos María Santísima y José para volverse a Nazaret, tuvo Santa Isabel una revelación divina que amenazaba de próximo una gran ruina y calamidad para los niños de Belén y su comarca. Y aunque esta revelación fue con esta generalidad, sin más claridad ni especificación, movió a la madre de San Juan para que con Zacarías su marido se retirase a Hebrón, que estaba ocho leguas poco más o menos de Jerusalén, y así lo hicieron; porque eran ricos y nobles, y no sólo en Judá y en Hebrón pero en otros lugares tenían casas y hacienda. Y cuando María Santísima y José, huyendo de Herodes, se fueron peregrinando a Egipto (Mt 2,14), algunos meses después de la natividad del Verbo y más de la del Bautista, entonces Santa Isabel y Zacarías estaban en Hebrón; y Zacarías murió cuatro meses después que nació Cristo Señor nuestro, que serían diez después del nacimiento de su hijo San Juan. Esto me parece suficiente ahora para declarar esta duda, y que la casa de la visitación ni fue en Jerusalén, ni en Belén, ni en Hebrón, sino en la ciudad que se llamaba Judá. Y así lo he entendido con la luz del Señor que los demás misterios de esta divina Historia, y después de nuevo me lo declaró el santo ángel en virtud de la nueva obediencia que tuve para preguntárselo otra vez (Nota de la autora al margen de este número: “Algunos mapas de Palestina señalan esta ciudad de Judá en este lugar, que dice en los orígenes del río Sodec; y con lo que dice en esta declaración se responde derechamente a Juliano y Porfirio, herejes, que redarguyeron al evangelista San Lucas de mal historiador, pues fue tan exacto declarando el nombre de la ciudad de la casa de Zacarías. Véanse los expositores y especialmente la Historia de la Tierra Santa del Padre Cuaresmio, libro VI, cap.2 y en los siguientes”, Cf. QUARESMIUS, F. Historica, theologica et moralis Terrae Sanctae elucidatio, Antverpiae 1639).

212. A esta ciudad de Judá y casa de Zacarías llegaron María Santísima y José. Y para prevenirla se adelantó algunos pasos el santo esposo, y llamando saludó a los moradores, diciendo: “El Señor sea con vosotros, y llene vuestras almas de su divina gracia.” Estaba ya prevenida Santa Isabel, porque el mismo Señor la había revelado que María de Nazaret su deuda partía a visitarla; aunque sólo había conocido por esta visión cómo la divina Señora era muy agradable en los ojos del Altísimo, pero el misterio de ser Madre de Dios no se le había revelado hasta que las dos se saludaron a solas. Pero salió luego Isabel con algunos de su familia a recibir a María Santísima, la cual previno en la salutación, como más humilde y menor en años, a su prima, y la dijo: “El Señor sea con vos, prima y carísima mía.” – “El mismo Señor, - respondió Isabel,- os premie el haber venido a darme este consuelo.” Con esta salutación subieron a la casa de Zacarías, y retirándose las dos primas a solas, sucedió lo que diré en el capítulo siguiente. Doctrina que me dio nuestra Reina y Señora. 213. “Hija mía, cuando la criatura hace digno aprecio de las buenas obras y de la obediencia del Señor que se las manda para gloria suya, de aquí le nace gran facilidad en obrarlas, grande y suavísima dulzura en emprenderlas y una

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presteza diligente en continuarlas y proseguirlas; y estos efectos dan testimonio de la verdad y utilidad que hay en ellas. Mas no puede el alma sentir este efecto y experiencia, si no está muy rendida al Señor, mirando y levantando los ojos a su divino beneplácito para oírlo con alegría y ejecutarlo con presteza, olvidándose de su propia inclinación y comodidad, como el siervo fiel, que sólo quiere hacer la voluntad de su señor y no la suya. Este es el modo de obedecer fructuoso que deben todas las criaturas a Dios, y mucho más las religiosas que así lo prometieron. Y para que tú, carísima, le consigas perfectamente, advierte con qué aprecio habla David en muchas partes de los preceptos del Señor, de sus palabras y de su justificación y efectos que causaron en el profeta, y ahora en las almas; pues confiesa que a los niños hacen sabios (Sal 18,8), que alegran el corazón humano (Ib. 9), que iluminan los ojos de las almas, que para sus pies eran luz clarísima (Sal 118,105) que son más dulces que la miel y más deseables y estimables que el oro y que las piedras más preciosas (Sal 18,1l). Esta prontitud y rendimiento a la divina voluntad y su ley hizo a David conforme al corazón de Dios (1 Sam 13,14; Act 13,22), porque tales quiere Su Majestad a sus siervos y amigos.” 214. “Atiende, pues, hija mía, con todo aprecio a las obras de virtud y perfección que conoces son del beneplácito de tu Señor, y ninguna desprecies, ni resistas, ni la dejes de emprender por más violencia que sientas en tu inclinación y flaqueza. Fía del Señor y aplícate a la ejecución, que luego vencerá su poder todas las dificultades, y luego conocerás con feliz experiencia cuán ligera es la carga y suave el yugo del Señor (Mt 11 30) y que no fue engaño el decirlo Su Majestad, como lo quieren suponer los tibios y negligentes, que con su torpeza y desconfianza tácitamente rechazan esta verdad. Quiero también que para imitarme en esta perfección adviertas el beneficio que me hizo la dignación divina, dándome una piedad y afecto suavísimo con las criaturas, como hechuras y participantes de la bondad y ser divino. Con este afecto deseaba consolar, aliviar y animar a todas las almas, y con una natural compasión les procuraba todo bien espiritual y corporal, y a ninguno por grande pecador que fuese le deseaba mal ninguno, antes a éstos me inclinaba con grande fuerza de mi compasivo corazón para solicitarles su salud eterna. Y de aquí me resultó el cuidado de la pena que mi esposo José había de recibir con mi embarazo, porque a él le debía más que a todos. Esta suave compasión la tenía también muy particular con los afligidos y enfermos, y a todos procuraba granjearles algún alivio. Y en esta condición quiero de ti que usando de ella prudentemente me imites como lo conoces.” CAPITULO 17 Regresar al Principio La salutación que hizo la Reina del cielo a Santa Isabel y la santificación de Juan. 215. Cumplido el sexto mes del embarazo de Santa Isabel, estaba en la caverna de su vientre el Precursor futuro de Cristo nuestro bien, cuando llegó la madre Santísima María a la casa de Zacarías, La condición del cuerpo del niño Juan era en el orden natural muy perfecta, y más que otras, por el milagro que intervino en su concepción de madre estéril y porque se ordenaba para depositar en él la santidad mayor entre los nacidos (Mt 11,11), que Dios le tenía prevenida. Pero entonces su alma estaba poseída de las tinieblas del pecado que había contraído en Adán, como los demás hijos de este primero y común padre del linaje humano. Y como por ley común y general no pueden los mortales recibir la luz de la gracia antes de salir a esta luz material del sol, por esto, después del primer pecado que se contrae con la naturaleza, viene a servir el vientre materno como de cárcel o calabozo de todos los que fuimos reos en nuestro padre y cabeza Adán. A su gran profeta y precursor determinó Cristo Señor nuestro adelantar en este gran beneficio, anticipándole la luz de la gracia y justificación a los seis meses que Santa Isabel le había concebido, para que su santidad fuese privilegiada como lo había de ser el oficio de precursor y bautista. 216. Después de la primera salutación que hizo María Santísima a su prima Santa Isabel, se retiraron las dos a solas, como dije en el fin del capítulo pasado (Cf. supra n.212). Y luego la Madre de la gracia saludó (Lc 1,40) de nuevo a su deuda, y la dijo: “Dios te salve, prima y carísima mía, y su divina luz te comunique gracia y vida.” Con esta voz de María Santísima quedó Santa Isabel llena del Espíritu Santo (Ib. 41) y tan iluminado su interior, que en un instante conoció altísimos misterios y sacramentos. Estos efectos y los que sintió al mismo tiempo el niño Juan en el vientre de su madre resultaron de la presencia del Verbo humanado en el tálamo de María, donde sirviéndose de su voz como de instrumento comenzó a usar de la potestad que le dio el Padre eterno para salvar y justificar las almas como su Reparador. Y como la ejecutaba como hombre, estando en el mismo vientre virginal aquel cuerpecito de ocho días concebido ¡cosa maravillosa! se puso en forma y postura humilde de orar y pedir al Padre, y oró y pidió la justificación de su Precursor futuro y la alcanzó de la Santísima Trinidad.

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217. Fue San Juan en el vientre materno el tercero por quien en particular hizo oración nuestro Redentor, estando también en el de María Santísima; porque ella fue la primera por quien dio gracias y pidió y oró al Padre, y por esposo suyo entró San José en el segundo lugar en las peticiones que hizo el Verbo humanado, como dijimos en el capítulo 12 (Cf. supra n.147); Y el tercero entró el precursor Juan entre las peticiones particulares por personas determinadas y nombradas por el mismo Señor; tanta fue la felicidad y privilegios de San Juan. Presentó Cristo Señor nuestro al eterno Padre los méritos y pasión y muerte que venía a padecer por los hombres, y en virtud de esto pidió la santificación de aquella alma, y nombró y señaló al niño que había de nacer santo para precursor suyo y que diese testimonio de su venida al mundo y preparase los corazones de su pueblo, para que le conociesen y recibiesen, y que para tan alto ministerio se le concediesen a aquella persona elegida todas las gracias, dones y favores convenientes y proporcionados; y todo lo concedió el Padre, como lo pidió su Unigénito humanado. 218. Esto precedió a la salutación y voz de María Santísima y al pronunciar la divina Señora las palabras referidas, miró al niño en el vientre de Santa Isabel y le dio uso de razón perfectísima, ilustrándole con especiales auxilios de la divina luz, para que se preparase, conociendo el bien que le hacían. Y con esta disposición fue santificado del pecado original y constituido hijo adoptivo del Señor y lleno del Espíritu Santo con abundantísima gracia y plenitud de dones y virtudes, y sus potencias quedaron santificadas con la gracia, sujetas y subordinadas a la razón; con que se cumplió lo que había dicho el ángel San Gabriel a Zacarías (Lc 1,15 (A.)), que su hijo sería lleno del Espíritu Santo y desde el vientre de su madre. Al mismo tiempo el dichoso niño desde su lugar vio al Verbo encarnado, sirviéndole como de vidriera las paredes de la caverna uteral y de cristales purísimos el tálamo de las virgíneas entrañas de María Santísima, y adoró puesto de rodillas a su Redentor y Criador. Y éste fue el movimiento y júbilo que su madre Santa Isabel reconoció y sintió en su infante y en su vientre. Otros muchos actos hizo el niño Juan en este beneficio, ejercitando todas las virtudes de fe, esperanza, caridad, culto, agradecimiento, humildad, devoción y las demás que allí podría obrar. Y desde aquel instante comenzó a merecer y crecer en santidad, sin perderla jamás ni dejar de obrar con todo el vigor de la gracia. 219. Conoció Santa Isabel al mismo tiempo el misterio de la Encarnación, la santificación de su hijo propio y el fin y sacramentos de esta nueva maravilla; conoció también la pureza virginal y dignidad de María Santísima. Y en aquella ocasión, estando la divina Reina toda absorta en la visión de estos misterios y de la divinidad que los obraba en su Hijo Santísimo, quedó toda divinizada y llena de luz y claridad de los dotes que participaba; y Santa Isabel la vio con esta majestad, y como por viril purísimo vio al Verbo humanado en el tálamo virginal, como en una litera de encendido y animado cristal. De todos estos admirables efectos fue instrumento eficaz la voz de María Santísima, tan fuerte y poderosa como dulce en los oídos del Altísimo; y toda esta virtud era como participada de la que tuvo aquella poderosa palabra: Fiat mihi secundum verbum tuum (Lc 1,38), con que trajo al eterno Verbo del pecho del Padre a su mente y a su vientre. 220. Admirada Santa Isabel con lo que sentía y conocía en tan divinos sacramentos, fue toda conmovida con espiritual júbilo del Espíritu Santo y, mirando a la Reina del mundo y a lo que en ella veía, con alta voz prorrumpió en aquellas palabras que refiere San Lucas (Ib. 42-45): “Bendita eres tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre; ¿y de dónde a mí esto que venga la Madre de mi Señor adonde yo estoy? Pues luego que llegó a mis oídos la voz de tu salutación, se exultó y alegró el infante en mi vientre. Bienaventurada eres tú que creíste, porque en ti se cumplirán perfectamente todas las cosas que el Señor te dijo.” En estas palabras proféticas recopiló Santa Isabel grandes excelencias de María Santísima, conociendo con la divina luz lo que había hecho el poder divino en ella y lo que de presente hacía y después en lo futuro había de suceder. Y todo lo conoció y entendió el niño Juan en su vientre, que percibía las palabras de su madre, y ella era ilustrada por la ocasión de su santificación; y engrandeció ella a María Santísima por entrambos como al instrumento de su felicidad a quien él no podía por su boca bendecir ni alabar desde el vientre. 221. A las palabras de Santa Isabel, con que engrandeció a nuestra gran Reina, respondió la Maestra de la sabiduría y humildad, remitiéndolas todas a su Autor mismo y con dulcísima y suavísima voz entonó el cántico de la Magnificat que refiere San Lucas, y dijo (Ib. 46-55): “Magnifica mi alma al Señor, y mi espíritu se alegró en Dios que es mi salvación; porque atendió a la humildad de su sierva, y por eso todas las generaciones me dirán bienaventurada. Porque el Poderoso hizo conmigo grandes cosas, y su santo nombre. Y su misericordia se extenderá de generación en generaciones para los que le temen. En su brazo manifestó su potencia; destruyó a los soberbios con el espíritu de su corazón. Derribó a los poderosos de su silla y levantó a los humildes. A los que tenían hambre llenó de bienes, y dejó

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vacíos a los que estaban ricos. Recibió a su siervo Israel, y se acordó de su misericordia, como lo dijo a nuestros padres Abrahán y su generación por todos los siglos.” 222. Como Santa Isabel fue la primera que oyó este dulce cántico de la boca de María Santísima, así también fue la primera que le entendió y con su infusa inteligencia le comentó. Entendió en él grandes misterios de los que encerró su autora en tan pocas razones. Magnificó el espíritu de María Santísima al Señor por la excelencia de su ser infinito; refirió y dio a él toda la gloria y alabanza, como a principio y fin de todas sus obras, conociendo y confesando que sólo en Dios se debe gloriar y alegrar toda criatura, pues él solo es todo su bien y su salud. Confesó a si mismo la equidad y magnificencia del Altísimo en atender a los humildes y poner en ellos su divino amor y espíritu con abundancia, y cuán digna cosa es que los mortales vean, conozcan y ponderen que por esta humildad alcanzó ella que todas las naciones la llamasen bienaventurada; y con ella merecerán también esta misma dicha todos los humildes, cada uno en su grado. Manifestó también en sola una palabra todas las misericordias, beneficios y favores que hizo con ella el Todopoderoso y su santo y admirable nombre, llamándolas grandes cosas, porque ninguna fue pequeña en capacidad y disposición tan inmensa como la de esta gran Reina y Señora. 223. Y como las misericordias del Altísimo redundaron de la plenitud de María Santísima para todo el linaje humano y ella fue la puerta del cielo por donde todas salieron y salen y por donde todos hemos de entrar a la participación de la divinidad, por esto confesó que la misericordia del Señor con ella se extendería por todas las generaciones para comunicarse a los que le temen. Y así como las misericordias infinitas levantan a los humildes y buscan a los que temen, también el poderoso brazo de su justicia disipa y destruye a los soberbios con la mente de su corazón y los derriba de su silla para colocar en ella a los pobres y humildes. Esta justicia del Señor se estrenó con admiración y gloria en la cabeza de los soberbios Lucifer y en sus secuaces, cuando los disipó y derribó el brazo poderoso del Altísimo porque ellos mismos se precipitaron de aquel lugar y asiento levantado de la naturaleza y de la gracia, que tenían en la primera voluntad de la mente divina y de su amor, con que quiere que sean todos salvos (1 Tim 2,4); y su precipitación fue su desvanecimiento con que intentaron subir (Is 14,13) adonde ni podían ni debían, y con esta arrogancia toparon contra los justos e investigables juicios del Señor, que disiparon y derribaron el soberbio ángel y todos los de su séquito (Ap 12,9), y en su lugar fueron colocados los humildes por medio de María Santísima, madre y archivo de las antiguas misericordias. 224. Por esta misma razón dice y confiesa también esta divina Señora que enriqueció Dios a los pobres, llenándolos de la abundancia de sus tesoros de gracia y gloria, y a los ricos de propia estimación, presunción y arrogancia, y a los que llenan su corazón de los falsos bienes que tiene el mundo por riquezas y felicidad, a éstos los despidió y despide el Altísimo de sí mismo, vacíos de la verdad, que no puede caber en corazones tan ocupados y llenos de mentira y falacia. Recibió a su siervo y a su niño Israel, acordándose de su misericordia, para enseñarle dónde está la prudencia (Bar 3,14), dónde está la verdad, dónde está el entendimiento, dónde la vida larga y su alimento, dónde está la lumbre de los ojos y la paz. A éste enseñó el camino de la prudencia y las ocultas sendas de la sabiduría y disciplina, que se escondió de los príncipes de las gentes y no la conocieron los poderosos que predominan sobre las bestias de la tierra y se entretienen y juegan con las aves del cielo y amontonan los tesoros de plata y oro; ni la alcanzaron los hijos de Agar y los habitadores de Teman, que son los sabios y prudentes soberbios de este mundo. Pero entrégasela el Altísimo a los que son hijos de luz y de Abrahán por la fe (Gal 3,7), por la esperanza y obediencia, porque así se lo prometió a él y a su posteridad y generación espiritual, por el bendito y dichoso fruto del vientre virginal de la Santísima María. 225. Entendió Santa Isabel estos escondidos misterios, oyendo a la Reina de las criaturas; y no sólo eso, que yo puedo manifestar, entendió la dichosa matrona, pero muchos y mayores sacramentos que no alcanza mi entendimiento; ni tampoco me quiero alargar en todo lo que se me ha declarado, porque me dilataría demasiado en este discurso. Pero en las dulces pláticas y conferencias divinas que tuvieron estas dos señoras y mujeres santas y prudentes, María purísima y su prima Isabel, me acordaron los dos serafines que vio Isaías (Is 6,2-3 (A.)) sobre el trono del Altísimo, alternando aquel cántico divino y siempre nuevo: “Santo, Santo, Santo, etc.”, cubriendo con dos alas su cabeza, con dos los pies y volando con otras dos. Claro está que el encendido amor de estas divinas Señoras excedía a todos los serafines, y sola María Santísima amaba más que todos ellos. En este divino incendio se abrasaban, extendiendo las alas de los pechos para manifestárselos una a otra y para volar a la más levantada inteligencia de los misterios del Altísimo. Con otras dos alas de rara sabiduría cubrían su cabeza, porque entrambos propusieron y concertaron el secreto del sacramento del Rey y guardarle para sí solas toda la vida, y porque también cautivaron y sujetaron su discurso, creyendo con rendimiento, sin altivez ni curiosidad. Cubrieron asimismo los pies del Señor y suyos con alas de serafines, estando

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humilladas y aniquiladas en su baja estimación a la vista de tanta Majestad. Y si María Santísima encerraba en su virginal vientre al mismo Dios de la majestad, con razón y toda verdad diremos que cubría el trono donde el Señor tenía su asiento. 226. Cuando fue hora que saliesen las dos Señoras de su retiro, Santa Isabel ofreció a la Reina del cielo su persona por esclava y a toda su familia y casa para su servicio, y que para su quietud y recogimiento admitiese un aposento de que ella misma usaba para la oración, por más retirado y acomodado para esta ocupación. La divina Princesa con rendido agradecimiento admitió el aposento y le señaló para su recogimiento y para dormir; y nadie entró en él fuera de las dos primas. Y en lo demás se ofreció a servir y asistir a Santa Isabel como sierva, pues para esto dijo había venido a visitarla y consolarla. ¡Oh qué amistad tan dulce, tan verdadera e inseparable, unida con el mayor vínculo del amor divino! Admirable veo al Señor en manifestar este gran sacramento de su Encarnación a tres mujeres primero que a otro ninguno del linaje humano; porque la primera fue Santa Ana, como queda dicho en su lugar (Cf. supra p.I n.184), la segunda fue su Hija y Madre del Verbo, María Santísima, la tercera fue Santa Isabel y su Hijo con ella, pero en el vientre de su madre, que no se reputa por otra persona a que fue manifiesto; que lo necio de Dios es más sabio que los hombres, como dijo San Pablo (1 Cor 1,25 (A.)). 227. Salieron María Santísima e Isabel de su retiro entrada ya la noche, habiendo estado grande rato en él, y la Reina vio a Zacarías que estaba con su mudez y le pidió su bendición como a sacerdote del Señor, y el santo se la dio. Pero aunque le vio con piedad y ternura de que estaba mudo, como sabía el sacramento que había encerrado en aquel trabajo, no se movió a remediarle por entonces, pero hizo oración por él. Santa Isabel, que ya conocía la buena dicha del castísimo esposo José, aunque entonces la ignoraba él, le acarició y regaló con grande reverencia y estimación. Y después de tres días que había estado en casa de Zacarías, pidió licencia a su divina esposa María para volverse a Nazaret, dejándola en compañía de Santa Isabel para que la asistiese en su embarazo. Se despidió el santo esposo con acuerdo que volvería por la Reina cuando le diese aviso; y Santa Isabel le ofreció algunos dones que llevase a su casa, de todo recibió muy poco, y esto por la instancia que le hizo, porque era el varón de Dios no sólo amador de la pobreza, pero de corazón magnánimo y generoso. Con esto caminó la vuelta de Nazaret con la bestezuela que había traído. Y en su casa le sirvió en ausencia de su esposa una mujer vecina y deuda, que solía acudir a las cosas que se le ofrecían traer de fuera cuando estaba en su casa María Santísima Señora nuestra. Doctrina que me dio la misma Reina y Señora nuestra. 228. “Hija mía, para que en tu corazón más se encienda la llama del deseo con que te veo siempre de conseguir la gracia y amistad de Dios, deseo yo mucho que conozcas la dignidad y excelencia y felicidad grande de un alma, cuando llega a recibir esta hermosura; pero es tan admirable y de tanto valor, que no la podrás comprender aunque yo te la manifieste, y mucho menos es posible que lo expliques con tus palabras. Atiende al Señor y mírale con su divina luz que recibes, y en ella conocerás cómo es más gloriosa obra para el Señor justificar sola un alma, que haber criado todos los orbes del cielo y de la tierra con el complemento y perfección natural que tienen. Y si por estas maravillas que perciben las criaturas en mucha parte por los sentidos corporales conocen a Dios por grande y poderoso (Rom 1,20), ¿qué dirían y qué juzgarían, si viesen con los ojos del alma lo que vale y monta la hermosura de la gracia en tantas criaturas capaces de recibirla? 229. “No hay términos ni palabras con que adecuar lo que en sí es aquella participación del Señor y perfecciones de Dios que contiene la gracia santificante: poco es llamarla más pura y blanca que la nieve, más refulgente que el sol, más preciosa que el oro y que las piedras, más apacible, más amable y agradable que todos los deleitables regalos y caricias y más hermosa que todo cuanto puede imaginar el deseo de las criaturas. Atiende asimismo a la fealdad del pecado, para que por su contrario vengas en mayor conocimiento de la gracia, porque ni las tinieblas, ni la corrupción, ni lo más horrible, espantable y feo, llega a compararse con ella y con su mal olor. Mucho conocieron de esto los mártires y los santos que; por conseguir esta hermosura y no caer en aquella infeliz ruina, no temieron el fuego, ni las fieras, las navajas, tormentos, cárceles, ignominias, penas, dolores, ni la misma muerte, ni el prolongado y perpetuo padecer (Heb 11,36-37); que todo esto es menos, pesa menos y vale más poco y no se debe estimar por conseguir un solo grado de gracia; y éste y muchos puede tener un alma, aunque sea la más desechada del mundo. Y todo esto ignoran los hombres, que sólo estiman y codician la fugitiva y aparente hermosura de las criaturas, y lo que no la tiene es para ellos vil y contenible.

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230. Por esto conocerás algo del beneficio que hizo el Verbo humanado a su precursor Juan en el vientre de su madre; y él lo conoció, y con este conocimiento saltó en él de alegría y júbilo. Conocerás asimismo cuánto debes tú hacer y padecer para conseguir esta felicidad y no perder ni manchar tan estimable hermosura con culpa alguna, por leve que sea, ni retardarla con ninguna imperfección. Y quiero que, a imitación de lo que yo hice con Isabel mi prima, no admitas ni introduzcas amistad con humana criatura y sólo trates con quien puedes y debes hablar de las obras del Altísimo y sus misterios y que te pueda enseñar el camino verdadero de su divino beneplácito. Y aunque tengas grandes ocupaciones y cuidados, no dejes ni olvides los ejercicios espirituales y el orden de vida perfecta, porque éste no sólo se ha de conservar y guardar en la comodidad, pero también en la mayor contradicción, dificultad y ocupaciones, porque la naturaleza imperfecta con poca ocasión se relaja.” CAPITULO 18 De Nuevo al principio Ordena María Santísima sus ejercicios en casa de Zacarías, y algunos sucesos con Santa Isabel. 231. Santificado ya el precursor Juan y renovada su madre Santa Isabel con mayores dones y beneficios, que fue todo el principal intento de la visitación de María Santísima, determinó la gran Reina disponer las ocupaciones que había de tener en casa de Zacarías, porque no en todo podían ser uniformes a las que tenía en la suya. Para encaminar su deseo con la dirección del Espíritu divino se recogió y postró en presencia del Altísimo y le pidió, como solía, la gobernase y ordenase lo que debía hacer el tiempo que estuviese en casa de sus siervos Isabel y Zacarías, para que en todo fuese agradable y cumpliese enteramente el mayor beneplácito de su altísima Majestad. Oyó su petición el Señor y la respondió, diciéndola: “Esposa y paloma mía, yo gobernaré todas tus acciones y encaminaré tus pasos a mi mayor servicio y agrado y te señalaré el día que quiero que vuelvas a tu casa; y mientras estuvieres en la de mi sierva Isabel, tratarás y conversarás con ella, y en lo demás continúa tus ejercicios y peticiones, en especial por la salud de los hombres y para que no use con ellos de mi justicia por las incesantes ofensas que contra mi bondad multiplican. Y en esta petición me ofrecerás por ellos el Cordero sin mancilla (1 Pe 1,19) que tienes en tu vientre, que quita los pecados del mundo (Jn 1,29). Estas serán ahora tus ocupaciones.” 232. Con este magisterio y nuevo mandato del Altísimo, ordenó la Princesa de los cielos todas las ocupaciones que había de tener en casa de su prima Isabel. Se levantaba a media noche, continuando siempre este ejercicio, y en él vacaba a la incesante contemplación de los misterios divinos, dando a la vigilia y al sueño lo que perfectísimamente y con proporción correspondía al estado natural del cuerpo. En cada uno de estos tiempos y en todos recibía nuevos favores, ilustraciones, elevaciones y regalos del Altísimo. Tuvo en aquellos tres meses muchas visiones de la divinidad por el modo abstractivo, que era el más frecuente, y más lo era la visión de la humanidad santísima del Verbo con la unión hipostática, porque su virginal tálamo, donde le traía, era su perpetuo altar y oratorio. Le miraba con los aumentos que cada día iba recibiendo aquel sagrado cuerpo, y en esta vista, y los sacramentos que cada día se le manifestaban en el campo interminable de la divinidad y poder divino, crecía también el espíritu de esta gran Señora; y muchas veces con el incendio del amor y sus ardientes afectos llegara a desfallecer y morir, si no fuera confortada por la virtud del Señor. Acudía entre estos disimulados oficios a todos los que se ofrecían del servicio y consuelo de su prima Santa Isabel, aunque sin darles un momento más de lo que la caridad pedía. Volvía luego a su retiro y soledad, donde con mayor libertad se derramaba el espíritu en la presencia del Señor. 233. Tampoco estaba ociosa por ocuparse en el interior, que al mismo tiempo trabajaba en algunas obras de manos muchos ratos. y fue tan feliz en todo el precursor Juan, que esta gran Reina con las suyas le hizo y labró los fajos y mantillas en que se envolvió y crió, porque le solicitó esta buena dicha la devoción y atención de su madre Santa Isabel, que con la humildad de sierva que la tenía se lo suplicó a la divina Señora, y ella con increíble amor y obediencia lo hizo por ejercitarse en esta virtud y obedecer a quien quería servir como la más inferior de sus criadas; que siempre en humildad y obediencia vencía María Santísima a todos. Y aunque Santa Isabel procuraba anticiparse en muchas cosas a servirla, pero ella con su rara prudencia y sabiduría incomparable se anticipaba y lo prevenía todo para ganar siempre el triunfo de la virtud. 234. Tenían sobre esto las dos primas grandes y dulces competencias de sumo agrado para el Altísimo y admiración de los ángeles; porque Santa Isabel era muy solícita y cuidadosa en servir a nuestra Señora y gran Reina y en que lo

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hiciesen todos los de su familia; pero la que era maestra de las virtudes, María Santísima, más atenta y oficiosa prevenía y divertía los cuidados de su prima, y la decía: “Amiga y prima mía, yo tengo mi consuelo en ser mandada y obedecer toda mi vida; no es bien que vuestro amor me prive del que yo recibo en esto, siendo la menor; la misma razón pide que sirva no sólo a vos como a mi madre, pero a todos los de vuestra casa; tratadme como a vuestra sierva mientras estuviere en vuestra compañía.” Respondió Santa Isabel: “Señora y amada mía, antes me toca a mí obedeceros y a vos mandarme y gobernarme en todas las cosas; y esto os pido yo con más justicia, porque si vos, Señora, queréis ejercitar la humildad, yo debo el culto y reverencia a mi Dios y Señor que tenéis en vuestro virginal vientre, y conozco vuestra dignidad digna de toda honra y reverencia.” Replicaba la prudentísima Virgen: “Mi Hijo y mi Señor no me eligió por Madre para que en esta vida me diesen tal veneración como a Señora, porque su reino no es de este mundo (Jn 18,36), ni viene a él a ser servido, más a servir (Mt 20,28) y padecer y enseñar a obedecer y humillarse los mortales, condenando su soberbia y fausto. Pues si esto me enseña Su Majestad altísima, y se llama oprobio de los hombres (Sal 21,7), ¿cómo yo, que soy su esclava, y no merezco la compañía de las criaturas, consentiré que me sirvan las que son formadas a su imagen y semejanza?” (Gen 1,27) 235. Instaba siempre Santa Isabel, y decía: “Señora y amparo mío, eso será para quien ignora el sacramento que en vos se encierra, pero yo, que sin merecerlo recibí del Señor esta noticia, seré muy reprensible en su presencia, si no le doy en vos la veneración que debo como a Dios y a vos como a su Madre; que a entrambos es justo sirva como esclava a sus señores.” Respondió a esto María Santísima: “Amiga y hermana mía, esa reverencia que debéis y deseáis dar, se debe al Señor que tengo en mis entrañas, que es verdadero y sumo bien y nuestro Salvador, pero a mí que soy pura criatura y entre ellas un pobre gusanillo, miradme como lo que soy por mí, aunque adoréis al Criador queme eligió por pobre para su morada, y con la misma luz de la verdad daréis a Dios lo que se debe y a mí lo que me toca, que es servir y ser inferior a todos; y esto os pido yo por mi consuelo y por el mismo Señor que traigo en mis entrañas.” 236. En estas felicísimas y dichosas emulaciones gastaban algunos ratos María Santísima y su deuda Santa Isabel. Pero la sabiduría divina de nuestra Reina la hacía tan estudiosa e ingeniosa en materias de humildad y obediencia, que siempre quedaba victoriosa, hallando medios y caminos con que obedecer y ser mandada; y así lo hizo con Santa Isabel todo el tiempo que estuvieron juntas, pero de tal suerte que entrambos respectivamente trataban con magnificencia el sacramento del Señor que en su pecho estaba oculto y depositado en María Santísima, como Madre y Señora de las virtudes y de la gracia, y su prima Isabel como matrona prudentísima y llena de la divina luz del Espíritu Santo. Y con ella dispuso cómo proceder con la Madre del mismo Dios, dándole gusto y obedeciéndola en lo que podía y juntamente reverenciando su dignidad, y en ella a su Criador. Propuso en su corazón que si alguna cosa ordenase a la Madre de Dios, sería por obedecerla y satisfacer a su voluntad; y cuando lo hacía pedía licencia y perdón al Señor, y junto con esto no la ordenaba cosa alguna con imperio sino rogándola; y sólo en lo que era para algún alivio de la Reina, como para que durmiese y comiese, la hacía mayor fuerza; y también la pidió hiciese alguna labor de manos para ella, y las hizo; pero nunca Santa Isabel usó de ellas, porque las guardó con veneración. 237. Por estos modos conseguía María Santísima la práctica de la doctrina que venía a enseñar el Verbo humanado, humillándose el que era forma del Padre eterno (Flp 2,6), figura de su sustancia (Heb 1,3) y Dios verdadero de Dios verdadero, para tomar la forma y ministerio de siervo. Madre era esta Señora del mismo Dios, Reina de todo lo criado, superior en excelencia y dignidad a todas las criaturas y siempre fue sierva humilde de la menor de ellas y jamás admitió obsequio ni servicio suyo como porque se le debiese, ni jamás se engrió ni dejó de hacer humildísimo juicio. ¿Qué dirá aquí ahora nuestra execrable presunción y soberbia, pues muchos llenos de abominables culpas somos tan insensatos, que con aborrecible demencia juzgamos se nos debe el obsequio y veneración de todo el mundo? y si nos le niegan, perdemos tan aprisa el poco seso que las pasiones nos han dejado. Toda esta divina Historia es una estampa de humildad y una sentencia contra nuestra soberbia. Y porque a mí no me toca de oficio enseñar ni corregir, pero ser enseñada y gobernada, ruego y pido a todos los fieles, hijos de la luz, que pongamos este ejemplar delante de los ojos, para humillarnos en su presencia. 238. No fuera dificultoso para el Señor retraer a su Madre Santísima de tantos extremos de humildad y de muchas acciones con que la ejercitaba, y pudiera engrandecerla con las criaturas, ordenando que fuera aclamada, honrada y respetada de todas con las demostraciones que sabe hacerlo el mundo con aquellos que quiere honrar y celebrar, como lo hizo Asuero con Mardoqueo (Est 6,10 (A.)). Y por ventura, si esto lo hubiera de gobernar el juicio de los hombres, ordenara que una mujer más santa que todos los órdenes del cielo y que en su vientre tenía al Criador de los mismos ángeles y cielos estuviera siempre guardada, retirada y adorada de todos; y les pareciera cosa indigna que se ocupara en

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cosas humildes y serviles y que dejara de mandarlo todo y admitir toda reverencia y autoridad. Hasta aquí llega la humana sabiduría, si puede llamarse sabiduría la que tan poco alcanza. Pero no cabe este engaño en la ciencia verdadera de los santos, participada de la sabiduría infinita del Criador, que pone el nombre y precio justo a las honras y no trueca las suertes de las criaturas. Mucho le quitara y poco le diera el Altísimo a su querida Madre en esta vida, si la privara y retrajera de las obras de profundísima humildad y la levantara en el aplauso exterior de los hombres; y mucho le faltara al mundo, si no tuviera esta doctrina y escuela en que aprender y este ejemplo con que humillar y confundir su soberbia. 239. Fue Santa Isabel muy favorecida del Señor desde el día que le tuvo por huésped en su casa, en el vientre de su Madre Virgen. Y con las continuas pláticas y trato familiar de esta divina Reina, como sabía y conocía los misterios de la Encarnación, fue creciendo la gran matrona en todo género de santidad, como quien la bebía en su fuente. Algunas veces merecía ver a María Santísima en oración arrebatada y levantada del suelo y toda llena de divinos resplandores y hermosura, que no podía verle el rostro ni pudiera sufrir su presencia si no la confortara la virtud divina. En estas ocasiones y en otras, cuando a excusa de María Santísima podía mirarla, se postraba y se ponía de rodillas delante y en presencia suya y adoraba al Verbo encarnado en el templo del virginal vientre de la beatísima Madre. Todos los misterios que conoció por la divina luz y por el trato de la gran Reina los guardó Santa Isabel en su pecho, como depositaria fidelísima y secretaria muy prudente de lo que se le había fiado. Sólo con su hijo Juan y con Zacarías, en lo que vivió después del nacimiento del hijo, pudo Santa Isabel conferir algo de los sacramentos que todos conocieron; pero en todo fue mujer fuerte, sabia y muy santa. Doctrina que me dio la Reina Santísima María. 240. “Hija mía, los beneficios del Altísimo y la noticia de sus divinos misterios en las almas atentas engendran un linaje de inclinación y aprecio de la humildad que con fuerza eficaz y suave las lleva, como la ligereza al fuego y la gravedad a la piedra, a su lugar legítimo y natural. Esto hace la verdadera luz, que coloca y pone a la criatura en el conocimiento claro de sí misma y a las obras de la gracia las reduce a su origen, de donde viene todo perfecto don (Sant 1,17), y así constituye en su centro a cada uno. Y éste es el orden rectísimo de la buena razón, que turba y casi violenta la falsa presunción de los mortales; por esto la soberbia, y el corazón donde vive, no sabe apetecer el desprecio ni consentirle, ni sufre superior y aun de los iguales se ofende y todo lo violenta por ser solo y sobre todos. Pero el corazón humilde con los beneficios mayores se aniquila más y de ellos le nace una codicia y un afán ardiente en su quietud, para abatirse y buscar el último lugar, y se halla violentado cuando no le tiene inferior a todos y cuando le falta la humillación. 241. “En mí conocerás, carísima, la práctica verdadera de esta doctrina; pues ninguno de los favores y beneficios que obró la divina diestra conmigo fue pequeño, pero nunca mi corazón se elevó (Sal 130,1) ni anduvo sobre sí con presunción, ni supo codiciar más que el abatimiento y último lugar de todas las criaturas. Esta imitación quiero de ti con especial deseo y que tu solicitud sea ser menos entre todos y ser mandada, abatida y reputada por inútil; y en la presencia del Señor y de los hombres te has de juzgar por menos que el mismo polvo de la tierra. No puedes negar que ninguna generación ha sido más beneficiada que lo eres tú y ninguna lo ha merecido menos; pues ¿cómo recompensarás esta gran deuda si no te humillas a todos, y más que todos los hijos de Adán, y si no engendras conceptos altos y afectos amorosos de la humildad? Bueno es obedecer a tus prelados y maestros y así lo debes hacer siempre, pero yo quiero de ti que te adelantes más y obedezcas al más pequeño en todo lo que no fuere culpable, como obedecieras al mayor superior; y en esto es mi voluntad que seas muy estudiosa, como yo lo era. 242. “Sólo con tus súbditas advertirás a dispensar este rendimiento con más cuidado, para que conociendo tu deseo de obedecer, no quieran que alguna vez lo hagas en lo que no conviene. Pero sin que pierdan ellas su rendimiento, puedes tú granjear mucho dándoles ejemplo con tenerle siempre en lo justo, sin derogar a la autoridad de prelada. Cualquier disgusto o injuria, si alguna se hiciere sola a ti, admítela con gran aprecio, sin mover tus labios para defenderte ni querellarte, y las que fueren contra Dios repréndelas, sin mezclar tu causa con la de Su Majestad, porque para defenderte jamás has de hallar causa y para la honra de Dios siempre; pero ni para la una ni para la otra no has de moverte con ira ni enojo desordenado. También quiero que tengas gran prudencia en disimular y ocultar los favores del Señor, porque el sacramento del Rey no se ha de manifestar (Tob 12,7) livianamente, ni los hombres carnales son capaces (1 Cor 2,14) ni dignos de los misterios del Espíritu Santo. En todo me imita y sigue, pues deseas ser mi hija carísima, que con obedecerme lo conseguirás y obligarás al Todopoderoso para que te fortalezca y enderece tus pasos a lo que quiere

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obrar en ti; no le resistas, sino dispón y prepara tu corazón suave y presto para obedecer a su luz y gracia; no esté en ti vacía (2 Cor 6,1), sino obra diligente y vayan llenas de perfección tus acciones.” CAPITULO 19 Regresar al Principio Algunas conferencias que tenía María Santísima con sus santos ángeles en casa de Santa Isabel y otras con ella misma. 243. La plenitud de la sabiduría y gracia de María Santísima con su inmensa capacidad no podían dejar vacío ningún tiempo, ni lugar, ni ocasión a que no diese el lleno de la mayor perfección, obrando en todo tiempo y sazón lo que pedía y podía, sin faltar a lo más santo y excelente de la virtud. Y como en todas partes era peregrina en la tierra y moradora del cielo, y ella misma era el cielo intelectual y más glorioso, y el templo vivo de la habitación del mismo Dios, siempre traía consigo el oratorio y el sagrario, y no hacía diferencia en esto de su casa propia a la de Isabel su prima, ni otra ninguna no le impedía lugar ni tiempo ni ocupación. A todo era superior y sin embarazo vacaba incesantemente a la vista y fuerza del amor; y entre todo esto a tiempos oportunos confería con las criaturas y trataba con ellas lo que pedía la ocasión y lo que la prudentísima Señora podía y convenía dar a cada cosa. Y porque su conversación más continua en estos tres meses que estuvo en casa de Zacarías era con Santa Isabel y con los santos ángeles de su guarda, diré en este capítulo algo de lo que confería con ellos y otras cosas que con la misma Santa le sucedieron. 244. En hallándose libre y sola nuestra divina Princesa, pasaba muchos ratos abstraída y elevada en las contemplaciones y visiones divinas que tenía, y unas veces en ellas y otras fuera de ellas solía conferir con sus santos ángeles los misterios y sacramentos de su amoroso pecho. Un día, luego que estuvo en casa de Zacarías, les habló y dijo: “Espíritus celestiales, custodios y compañeros míos, embajadores del Altísimo y luceros de su divinidad, venid y alentad mi corazón preso y herido de su divino amor, que le aflige su misma limitación, porque no puede corresponder con obras a la debida deuda que reconoce y adonde se extienden sus deseos. Venid, príncipes soberanos, y alabad conmigo el admirable nombre del Señor y engrandezcámosle por sus santísimos pensamientos y obras. Ayudad a este pobre gusanillo para que bendiga a su Hacedor, que se dignó piadoso de mirar esta pequeñez. Hablemos de las maravillas de mi Esposo, tratemos de la hermosura de mi Señor, de mi Hijo amantísimo, desahóguese este corazón, hallando a quién manifestar sus íntimos suspiros con vosotros, amigos y compañeros míos, que conocéis mi secreto y mi tesoro que depositó el Altísimo en la estrechez de este vaso frágil y limitado. Grandes son estos sacramentos divinos y admirables son estos misterios y, aunque con afectos dulces los contemplo, pero su grandeza soberana me aniquila, su profundidad me anega, la misma eficacia de mi amor me desfallece y me renueva. Nunca mi abrasado corazón se satisface, no alcanza entero reposo, porque mi deseo se adelanta a mis obras y mi obligación a mis deseos, y me querello de mí misma, porque no obro lo que deseo, ni deseo todo lo que debo, y siempre me hallo vencida y limitada en el retorno. Serafines soberanos, oíd mis ansias amorosas; enferma estoy de amor (Cant 2,5), abridme vuestros pechos, donde reverbera la hermosura de mi Dueño, para que los resplandores de su luz, las señas de su belleza entretengan la vida que desfallece por su amor.” 245. “Madre de nuestro Criador y Señora nuestra - respondieron los santos ángeles, - vos tenéis en posesión verdadera al Todopoderoso y sumo bien, y pues le tenéis con tan estrecho lazo y sois su verdadera Esposa y Madre, gozadle y tenedle eternamente. Esposa y Madre sois del Dios de amor, y si en vos está la causa única y la fuente de la vida, nadie vivirá con ella como vos, Reina y Señora nuestra. Mas no queráis en vuestro amor tan encendido hallar descanso, pues la condición y estado de viadora (peregrina en la tierra y moradora del cielo) no permite ahora que vuestros afectos lleguen a su término, ni se retarden en adquirir nuevos aumentos de mayores méritos y corona. A todas las naciones exceden sin comparación vuestras obligaciones, pero siempre han de crecer y ser mayores, y nunca vuestro amor tan encendido se adecuará con el objeto, porque es eterno y en perfecciones infinito y sin medida, y siempre de su grandeza quedaréis dichosamente vencida; pues nadie le puede comprender, sino él a sí mismo se comprende y se ama cuanto debe ser amado. Y siempre vos, Señora, hallaréis en él que desear más y más que amar, y esto pertenece a su grandeza y nuestra gloria.” 246. Con estos coloquios y conferencias se encendía más el fuego del divino amor en el corazón de María Santísima,

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porque en ella se cumplió legítimamente el mandato del Señor: que en su tabernáculo y altar ardiese continuamente el fuego del holocausto y que le fomentase el antiguo sacerdote para que fuese perpetuo (Lev 6,12-13). Esta verdad se ejecutó en María Santísima, donde estaban juntos el tabernáculo, el altar y el sumo y nuevo sacerdote Cristo nuestro Señor, que conservaba este divino incendio y le acrecentaba cada día administrando nueva materia de favores, beneficios e influjos de su divinidad; y la muy excelsa Señora asimismo administraba sus continuas obras, sobre cuyo incomparable valor caían los nuevos dones del Señor, que acrecentaban su santidad y gracia. Y después que esta Señora entró en el mundo, se encendió el fuego de su amor divino, para no extinguirse en aquel altar por toda la eternidad del mismo Dios. Tan perpetuo fue y continuo, y será, el fuego de este vivo santuario. 247. Otras veces hablaba y conversaba con los santos ángeles, manifestándosele en forma humana, como en diversas partes he dicho (Cf. supra p.I n.329, 421, 761; p.II n.181, 202, etc.); y la más repetida conversación era de los misterios del Verbo humanado, y en esto era tan profunda, hablando de las Escrituras y profetas, que causaba admiración a los mismos ángeles. En una ocasión confiriendo con ellos estos sacramentos venerables, les dijo: “Señores míos y siervos del Altísimo y sus amigos, lastimado está mi corazón y penetrado con flechas dolorosas, considerando lo que de mi Hijo Santísimo dicen las Escrituras Santas, y lo que escribieron Isaías (Is 53,2ss (A.)) y Jeremías (Jer 11,19 (A.)) de los acerbísimos dolores y tormentos que le esperan, y Salomón dice (Sab 2,20 (A.)) que le condenarán a torpísimo género de muerte, y siempre hablan los profetas con grande ponderación y exageración de su pasión y muerte y todo ha de venir a ejecutarse en él. ¡Oh si fuera la voluntad de Su Alteza que yo viviera entonces para entregarme a la muerte por el autor de mi vida! Se aflige mi espíritu, confiriendo en mi pecho estas verdades infalibles, y que de mis entrañas ha de salir mi bien y mi Señor a padecer. ¡Oh quién le guardara y le defendiera de sus enemigos! Decidme, príncipes soberanos, ¿con qué obras o por qué medios obligaré al eterno Padre para que se convierta contra mí el rigor de su justicia y quede libre el inocente que no puede tener culpa? Bien conozco que para satisfacer a Dios infinito, ofendido de los hombres, se piden obras de Dios humanado, pero con la primera que hizo mi Hijo Santísimo ha merecido más que pudo perder y ofender el linaje humano. Pues si esto es suficiente, decidme: ¿será posible que yo muera por excusar su muerte y sus tormentos? No se desgraciará por mis deseos humildes, no le disgustarán mis angustias. Pero ¿qué digo y a dónde me lleva la pena y el afecto? Pues en todo quiero que se cumpla la voluntad divina a que estoy rendida.” 248. Estos y otros semejantes coloquios tenía María Santísima con sus ángeles, especialmente en el tiempo de su embarazo; y los divinos espíritus la respondían a todos sus cuidados con grande reverencia y la confortaban y consolaban renovándole la memoria de los mismos sacramentos que ella conocía y proponiéndole las razones y conveniencias de que muriese Cristo nuestro Señor para rescate del linaje humano, para vencer al demonio y privarle de su tiranía y para la gloria del eterno Padre y exaltación del santísimo y altísimo Señor, Hijo suyo. Fueron tantos y tan altos los misterios de esta gran Reina con sus ángeles, que ni lengua humana los puede referir, ni nuestra capacidad en esta vida puede percibir tantas cosas. En el Señor veremos las que ahora no alcanzamos cuando le gocemos. Y por lo poco que he dicho puede nuestra piedad venir a la consideración de otras cosas mayores. 249. Era también Santa Isabel muy capaz e ilustrada en las divinas Escrituras, y lo fue mucho más desde la hora de la visitación, y así confería con ella nuestra Reina los misterios divinos que conocía y entendía la santa matrona, y fue más informada y enseñada por la doctrina de María Santísima, por cuya intercesión recibió grandes beneficios y dones del cielo. Se admiraba muchas veces de ver y oír la profunda sabiduría de la Madre de Dios y de nuevo la volvía a bendecir, y le decía: “Bendita seáis, Señora mía y Madre de mi Señor, entre todas las mujeres (Lc 1,42), y todas las naciones engrandezcan vuestra dignidad y la conozcan. Dichosísima sois por el tesoro riquísimo que portáis en vuestro virginal vientre; yo os doy humildes y afectuosas enhorabuenas del gozo que tendréis en vuestro espíritu, cuando el sol de justicia esté en vuestros brazos y le alimentéis a vuestros virgíneos pechos. Acordaos entonces, Señora mía, de vuestra sierva y ofrecedme a vuestro Hijo Santísimo y mi Dios verdadero en la carne humana, para que reciba mi corazón en sacrificio. ¡Oh quién mereciera serviros desde ahora y asistiros! Pero si desmerezco conseguir esta dicha, tenga yo la de que llevéis mi corazón en vuestro pecho, pues no sin causa temo se me ha de dividir cuando me aparte de vos.” Otros dulcísimos afectos de amor tiernísimo tenía Santa Isabel en compañía y presencia de María Santísima; y la prudentísima Señora la consolaba, renovaba y vivificaba con sus divinas y eficaces razones. Y entre estas acciones tan excelentes y soberanas interponía otras muchas de humildad y abatimiento, sirviendo no sólo a su prima Santa Isabel, pero a las criadas de su casa. Y cuando alcanzaba ocasión barría la casa de su deuda, y siempre el oratorio donde estaba de ordinario, y con las criadas lavaba los platos, y otras cosas obraba de profunda humildad. Y no se extrañe que particularice estas acciones tan pequeñas, porque la grandeza de nuestra gran Reina las engrandece para nuestra enseñanza y que a su vista se desvanezca nuestra soberbia y se abata nuestra villantez. Cuando Santa Isabel

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sabía los oficios humildes que ejercitaba la Madre de piedad, lo sentía y la impedía, y por esto la divina Señora se ocultaba cuanto le era posible de su prima. 250. ¡Oh Reina y Señora de los cielos y de la tierra, amparo y abogada nuestra!, aunque sois maestra de toda santidad y perfección, con admiración de vuestra humildad me atrevo, Madre mía, a preguntaros: ¿cómo sabiendo que en vuestro virginal vientre estaba el Unigénito del Padre humanado y que como Madre suya os queríais gobernar en todo, se humillaba vuestra grandeza a tan bajas acciones como barrer el suelo y las demás obras, pues, a nuestro entender, por la reverencia de vuestro Hijo Santísimo las podíais excusar sin faltar a vuestro deseo? El mío, Señora, es entender cómo se gobernaba en esto Vuestra Majestad. Respuesta y doctrina de la Reina del cielo. 251. “Hija mía, para responder a tu duda, a más de lo que dejas escrito en el capítulo precedente, debes advertir que ninguna ocupación o acto exterior en materia de virtud, por más humilde que sea, puede impedir, si se ordena bien, para dar el culto, reverencia y alabanza al Criador de todas las cosas; porque estas virtudes no se excluyen unas a otras; antes son todas compatibles en la criatura, y más en mí, que siempre tuve presente al sumo bien sin perderle de vista por un medio o por otro. Y así le adoraba y respetaba en todas las acciones, refiriéndolas siempre a su mayor gloria; y el mismo Señor, que hizo y ordenó todas las cosas, ninguna desprecia, ni tampoco le ofenden ni le tocan las cosas ínfimas. Y el alma que le ama de veras no extraña cosa alguna de estas humildes en su divina presencia, porque todas le buscan y le hallan como principio y fin de toda criatura. Y porque no puede vivir la que es terrena sin estas acciones humildes, y otras que son inseparables de la condición frágil y de la conservación de la naturaleza, es necesario entender bien esta doctrina para gobernarse en ellas; porque si acudiendo a estas acciones y pensiones no atendiese a su Criador, haría muchos y largos intervalos en las virtudes y méritos y en el uso de las interiores, y todo es mengua y defecto reprensible y poco advertido de las criaturas terrenas. 252. “Por esta doctrina debes regular tus acciones terrenas, cualquiera que sean, para que no pierdas el tiempo, que jamás se recompensa; y sea comiendo (1 Cor 10,31), trabajando, descansando, durmiendo y velando, en cualquiera tiempo, lugar y ocupación, en todas adora, reverencia y mira a tu Señor grande y poderoso, que todo lo llena y lo conserva. Y quiero que entiendas ahora, que a mí lo que más me movía y excitaba para hacer todos los actos de humildad, era la consideración de que mi Hijo Santísimo venía humilde para enseñar con doctrina y con ejemplo esta virtud en el mundo y desterrar la vanidad y soberbia de los hombres y arrancar esta semilla que sembró Lucifer entre los mortales con el primer pecado. Y me dio Su Majestad tan alto conocimiento de lo que se agrada de esta virtud, que por hacer sólo un acto de los que has referido, como barrer el suelo o besar los pies a un pobre, padeciera los mayores tormentos del mundo. Y no hallarás tú palabras con que ponderar este afecto que yo tuve, ni tampoco la excelencia y nobleza de la humildad. En el Señor lo conocerás y entenderás lo que no puedes manifestar con razones. 253. Pero escribe esta doctrina en tu corazón y guárdala por arancel de tu vida, y ejercitándote siempre en todo lo que desprecia la vanidad humana, despréciala tú a ella como execrable y odiosa en los ojos del Altísimo. Y con este proceder humilde sean siempre tus pensamientos nobilísimos y tu conversación en los cielos (Flp 3,20) y con los espíritus angélicos; trata y conversa con ellos, que te darán nueva luz de la divinidad y misterios de Cristo mi Hijo Santísimo. Con las criaturas sean tus conversaciones tales que de ellas quedes siempre más fervorosa, y tú a ellas las despiertes y muevas a la humildad y amor divino. Toma el último lugar en tu interior entre todas las criaturas, y cuando llegue la ocasión y tiempo de ejercitar los actos de humildad, te hallarás pronta para ellos; y serás señora de tus pasiones, si primero en tu concepto te has conocido por la menor y más débil e inútil de las criaturas.” CAPITULO 20 Regresar al Principio Algunos beneficios singulares que hizo Maria Santísima en casa de Zacarías a particulares personas. 254. Conocida condición del amor es ser oficioso y activo como el fuego, si halla materia en que obrar; y esto más tiene este fuego espiritual, que si no la tiene la busca. Este Maestro ha enseñado tantas invenciones y artes de las virtudes a los amadores de Cristo, que no los deja estar ociosos. Y como no es ciego ni insano, conoce bien la condición de su nobilísimo objeto y sólo sabe tener celos de que no le amen todos, y así le procura comunicar sin

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emulación y envidia. Y si en el limitado amor que en comparación de María Santísima todos tienen a Dios, aunque sean más fervorosos y santos (Sentido de la frase: por más fervorosos y santos que sean), fue tan admirable y poderoso el celo de las almas, como sabemos de lo que por ellas hicieron, ¿qué sería lo que esta gran Reina obró en beneficio de los prójimos, pues ella era la Madre del amor divino (Eclo 24,24) y traía consigo al mismo fuego vivo y verdadero que se venía a encender en el mundo? (Lc 12,49) En toda esta divina Historia conocerán los mortales cuánto deben a esta Señora; y aunque sería imposible referir los casos particulares y beneficios que hizo a muchas almas, con todo eso, para que por algunos se conozcan otros, diré en este capítulo algo de lo que sucedió en esta materia, estando la Reina en casa de su prima Santa Isabel. 255. Servía en aquella casa una criada de inclinaciones siniestras, inquieta, de condición iracunda y acostumbrada a jurar y maldecir. Con estos vicios y otros desórdenes que hacía, guardando el aire a sus dueños, estaba tan rendida al demonio, que fácilmente la movía este tirano a cualquiera miseria y desacierto, y por espacio de catorce años la asistían y acompañaban muchos demonios, sin dejarla un punto, para asegurar la presa de su alma; sólo cuando esta mujer estaba en presencia de la señora del cielo María Santísima se retiraban los enemigos, porque como otras veces he dicho (Cf. supra p.I n.285,691.695,697) la virtud de nuestra Reina los atormentaba, y más en esta ocasión que tenía en su virginal relicario al Señor poderoso y Dios de las virtudes. Y como desviándose aquellos crueles exactores no sentía la criada los malos efectos de su compañía y, por otra parte, la dulce vista y trato de la Reina iba obrando en ella nuevos beneficios, comenzó la mujer a inclinarse y aficionarse mucho a su Reparadora y procuraba asistirla con mucho afecto y ofrecérsele a su servicio y granjear todo el tiempo que podía para ir a donde estaba Su Alteza, y la miraba con reverencia; porque entre sus torcidas inclinaciones tenía una buena, que era un linaje de natural piedad y compasión de los necesitados y humildes y se inclinaba a ellos y a hacerles bien. 256. La divina Princesa, que conocía y veía todas las inclinaciones de aquella mujer, el estado de su conciencia, el peligro de su alma y la malicia de los demonios contra ella, convirtió los ojos de su misericordia y la miró con piadoso afecto de madre. Y aunque aquella asistencia y dominio de los demonios conoció Su Majestad que era justa pena de los pecados de aquella mujer, con todo eso, hizo oración por ella y le alcanzó el perdón, el remedio y la salvación. Luego mandó a los demonios, con el poder que tenía, dejasen aquella criatura libre y no volviesen más a turbarla y molestarla. Y como no podían resistir al imperio de nuestra gran Reina, se rindieron y atemorizados huyeron ignorando la causa de aquel poder de María Santísima; pero conferían entre sí mismos con indignada admiración y decían: “¿Quién es esta mujer que sobre nosotros tiene tan extraordinario imperio? ¿De dónde le viene tan exquisito poder, que obra todo lo que quiere?” Concibieron por esto los enemigos nueva indignación y saña contra la que les quebrantaba la cabeza (Gen 3,15). Pero aquella feliz pecadora quedó libre de sus uñas, y María Santísima la amonestó, corrigió y enseñó el camino de la salud y la trocó en otra mujer blanda de corazón y sin condición. Y en esta renovación perseveró toda la vida, reconociendo que todo le había venido por mano de nuestra Reina, aunque no supo ni penetró el misterio de su dignidad, pero fue humilde, agradecida y acabó su vida santamente. 257. No era de mejor condición que esta criada otra mujer vecina de casa de Zacarías, que por serlo solía entrar en ella y acudir a la conversación de los de la familia de Santa Isabel. Vivía licenciosamente en la guarda de la honestidad, y como entendió la llegada de nuestra gran Reina a aquella ciudad, su compostura y recato, dijo con liviandad y curiosidad: “¿Quién es esta forastera que nos ha venido por huésped y vecina, tan a lo santo y retirado?” Y con el deseo vano y curioso de inquirir novedades, que tales personas suelen tener, procuró ver a la divina Señora y reconocer el traje y la cara que tenía. Impertinente y ocioso era este fin, mas no lo fue en el efecto; porque habiéndolo conseguido quedó esta mujer tan herida en el corazón, que con la presencia y vista de María Santísima se trocó en otra y transformó en nuevo ser. Mudó sus inclinaciones, y sin conocer la virtud de aquel eficaz instrumento, la sintió, produciendo sus ojos arroyos de lágrimas copiosísimos con íntimo dolor de sus pecados. Y sólo con haber puesto la vista con atención curiosa en la Madre de la pureza virginal, sacó esta feliz mujer en recambio la virtud de la castidad, quedando libre de los hábitos e inclinaciones sensuales. Se retiró entonces con este dolor a llorar su mala vida, y después solicitó el ver y hablar a la Madre de la gracia, y Su Alteza se lo concedió para confirmarla en ella, como quien sabía y conocía el suceso y que tenía el origen de la gracia en su divino vientre, que hace santos y justifica; en cuya virtud obraba la Abogada de los pecadores. Admitió a ésta con maternal afecto de piedad, la amonestó y catequizó en la virtud, y con esto la dejó mejorada y esforzada para la perseverancia. 258. Por este modo hizo nuestra gran Señora muchas obras y conversiones admirables de gran número de almas, aunque siempre con silencio y raro secreto. Toda la familia de Santa Isabel y Zacarías quedó santificada de su trato y

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conversación. A los que eran justos los mejoró y acrecentó en nuevos dones y favores, a los que no lo eran los justificó su intercesión e ilustró y a todos los rindió su reverencial amor con tanta fuerza, que cada uno a porfía la obedecía y reconocía por Madre, por amparo y consuelo en todas las necesidades. Y estos efectos obraba su vista y con pocas palabras, aunque nunca negaba las necesarias para tales obras. Como a todos penetraba el secreto del corazón y conocía el estado de la conciencia, aplicaba a cada uno su más oportuna medicina. Algunas veces, aunque no era esto siempre, le manifestaba el Señor si los que veía eran de los escogidos o réprobos, del número de los predestinados o condenados. Pero uno y otro hacía en su corazón admirables efectos de virtud perfectísima; porque a los justos y predestinados que conocía les echaba muchas bendiciones y esto mismo hace ahora desde el cielo y el Señor le daba la enhorabuena, y ella pedía los conservase en su gracia y amistad; y por esto hacía incomparables diligencias y peticiones. Cuando veía alguno en pecado, clamaba con afecto íntimo por su justificación y de ordinario la conseguía; y si era réprobo lloraba con amargura y se humillaba en la presencia del Altísimo por la pérdida de aquella imagen y obra de la divinidad; y porque otras no se condenasen hacía profundas oraciones, ofrecimientos y humillaciones y toda era una llama del divino amor que jamás descansaba ni sosegaba en obrar cosas grandes. Doctrina que me dio la divina Reina y Señora. 259. “Hija mía carísima, en dos puntos como dos polos se ha de mover toda la armonía de tus potencias y cuidados; y éstos han de ser: estar tú en amistad y gracia del Altísimo y procurar la misma para otras almas. En esto se resuelva toda tu vida y ocupaciones. Y por conseguir tan altos fines, si necesario fuere, no quiero que perdones trabajo ni diligencia alguna, pidiéndolo al Señor y ofreciéndote a padecer hasta la muerte y padeciendo con ejecución todo lo que se ofreciere y tus fuerzas alcanzaren. Y aunque para solicitar el bien de las almas no has de hacer demostraciones extraordinarias con las criaturas, porque a tu sexo no son convenientes, pero has de buscar y aplicar prudentemente todos los medios ocultos y más eficaces que conocieres. Si eres hija mía y esposa de mi Hijo Santísimo, considera que la hacienda de nuestra casa son las criaturas racionales, a quien como prendas ricas compró con el precio de su vida, de su muerte y de su misma sangre; porque se le perdieron por su inobediencia, habiéndolas él mismo criado y encaminado para sí mismo. 260. “Pues cuando el Señor te enviare o encaminare alguna alma necesitada y te diere a conocer su estado, trabaja con fidelidad por su remedio, llora y clama con afecto íntimo y fervoroso por alcanzar de Dios el reparo de tanto daño y peligro y no regatees medio alguno divino y humano, en la forma que a ti te toca, para conseguir la salud y vida del alma que se te entregare. Y con la prudencia y medida que te tengo advertida, no te encojas en amonestar y rogar lo que entendieres le conviene, y con todo secreto trabaja por beneficiarla. Y asimismo quiero que, cuando fuere necesario, mandes a los demonios con todo imperio en nombre del omnipotente Dios y mío que se alejen y desvíen de las almas que conocieres oprimidas por ellos; y pasando esto en secreto, bien puedes desencogerte y dilatarte para ejecutarlo. Y considera que te ha puesto el Señor y te pondrá en ocasiones que puedas obrar esta doctrina. No la olvides ni malogres, que obligada te tiene Su Majestad, como a hija, para que cuides de la hacienda y casa de tu padre, y no debes sosegar mientras no lo haces con toda diligencia. No temas, que todo lo podrás en el que te conforta (Flp 4,13), y su poder divino corroborará tu brazo para grandes obras.” CAPITULO 21 Regresar al Principio Pide Santa Isabel a la Reina del cielo la asista a su parto y tiene luz del nacimiento de Juan. 261. Corrían ya más de dos meses después de la venida de la Princesa del cielo a casa de Santa Isabel, y la discreta matrona prevenía ya su mismo dolor con la partida y ausencia de la gran Señora del mundo. Temía, con razón, perder la posesión de tanta dicha y conocía que no podía caer debajo de merecimientos humanos, y como humilde y santa ponderaba más en su corazón sus propias culpas, recelándose si por ellas se le ausentaría aquella hermosa luna con el sol de justicia que encerraba en su tálamo virginal. Lloraba algunas veces a solas con suspiros porque no hallaba medios para detener el sol, que tan claro día de gracia y luz le había causado. Suplicaba al Señor con muchas lágrimas pusiera en el corazón de su prima y señora María Santísima no la dejase sola; a lo menos, que no la privase tan presto de su amable compañía. La servía con gran veneración, asistencia y cuidado. Meditaba qué haría para obligarla; y no era maravilla que tan grande santa y tan advertida y prudente mujer solicitase lo que pudieran codiciar los mismos

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ángeles, pues a más de la luz divina que con grande plenitud había recibido del Espíritu Santo, para conocer la suprema santidad y dignidad de la Virgen Madre, ella por sí misma, con su dulcísima y divina conversación y con los efectos que Santa Isabel sentía de su trato, la había robado el corazón; de suerte que sin especial favor no pudiera vivir, apartándose de ella, después que la conoció y trató. 262. Para consolarse en esta pena, determinó Santa Isabel manifestársela a la divina Señora, que no estaba ignorante en ella, y con gran rendimiento y veneración la dijo: “Prima y Señora mía, por el respeto y atención con que os debo servir, no me he atrevido hasta ahora a manifestaros mi deseo y una pena que tiene poseído mi corazón; dándome licencia para que yo busque el alivio con manifestaros mis cuidados, los referiré, pues sólo vivo con la esperanza de lo que deseo. El Señor por su divina dignación me hizo singular misericordia de traeros a donde yo tuviese la dicha, que no pude merecer, de trataros y conocer los misterios que en vos, Señora mía, tiene encerrados la divina providencia. Yo indigna, por este beneficio le alabo eternamente. Vos sois el templo vivo de la gloria del Altísimo, el Arca del Testamento que guardáis el maná con que viven los mismos ángeles; vosotros sois las tablas de la ley verdadera, escrita con el mismo ser de Dios. Considero mi bajeza y cuán rica me hizo Su Majestad en un instante, hallándome, sin merecerlo, con el tesoro de los cielos en mi casa y con la que eligió por Madre suya entre las mujeres; temo ya con razón que desobligada ofenderos a Vos y el fruto de vuestro vientre con mis pecados, desamparéis esta pobre esclava, dejándome desierta y sola de tan grande bien que ahora gozo. Posible es para el Señor, si fuese también voluntad vuestra, que yo alcanzase la felicidad de serviros y no apartarme de vos en lo que me resta de vida; y si el ir a vuestra casa tiene más dificultad, más fácil será quedaros en la mía y llamar a vuestro santo esposo José, para que los dos viváis en ella como dueños y señores, a quienes serviré como sierva y con el afecto que mueve mi deseo. Y aunque no merezco lo que pido, os suplico no despreciéis mi humilde petición, pues el Altísimo excedió con sus favores a mis merecimientos y deseos.” 263. Oyó María Santísima con dulcísimo agrado la proposición y súplica de su prima Santa Isabel, y la respondió diciendo: “Carísima amiga de mi alma, vuestros afectos santos y piadosos serán aceptos al Altísimo y vuestros deseos agradables a sus ojos. Yo los agradezco de corazón, pero en todos nuestros cuidados y propósitos es debido que acudamos a la voluntad divina y a ella subordinemos con todo rendimiento la nuestra. Y aunque ésta es obligación de todos los nacidos, bien sabéis, amiga mía, que yo le debo más que todos, pues con el poder de su brazo me levantó del polvo y con piedad inmensa miró a mi bajeza (Lc 1,48.51). Todas mis palabras y movimientos se han de gobernar por la voluntad de mi Señor e Hijo, no he de tener querer ni no querer, más de su divina disposición. Presentaremos a Su Majestad vuestros deseos, y aquello que ordenare de su mayor beneplácito eso ejecutaremos. A mi esposo José debo también obedecer, y sin su orden y disposición no puedo yo, carísima, elegir mis ocupaciones, ni lugar y casa para vivir, y es razón estemos a la obediencia (Ef 5,12) de los que son nuestras cabezas y superiores.” 264. A estas razones tan eficaces de la Princesa del cielo sujetó Santa Isabel su dictamen y deseos, y con humilde rendimiento dijo: “Señora mía, yo quiero obedecer a vuestra voluntad y reverencio vuestra doctrina. Sólo os represento de nuevo el amor íntimo de mi corazón rendido a vuestro servicio; y si lo que de mis deseos he propuesto no puedo conseguirlo, ni es conforme a la divina voluntad, a lo menos, si posible fuese, deseo, Reina mía, que no me desamparéis antes que salga a luz el hijo que tengo en mis entrañas, para que así como en ellas ha conocido y adorado a su Redentor en las vuestras, goce de su divina presencia y luz antes que de ninguna otra criatura, y reciba vuestra bendición, que dé principio a los pasos de su vida (Prov 16,9), a la vista del que se los ha de encaminar rectamente. Y usted, que sois la Madre de la gracia, le presentéis a su Criador y le alcancéis de su bondad inmensa la perseverancia de la que por medio de vuestra voz dulcísima recibió, cuando yo sin merecerlo la sentí en mis oídos. Permitidme, pues, amparo mío, que yo vea a mi hijo en vuestros brazos, donde se ha de reclinar el mismo Dios que crió y formó el cielo y tierra y por su mandato permanecen. No se estreche ni coarte por mis culpas la grandeza de vuestra maternal piedad, ni a mí me neguéis este consuelo y a mi hijo tan gran dicha, que como madre se la solicito y la deseo sin merecerla.” 265. No quiso María Santísima negar esta última petición a su santa prima y ofreció pedir al Señor el cumplimiento de su deseo; y a ella le encargó lo hiciese, para saber su santísima voluntad. Con este acuerdo las dos madres de los mejores dos hijos que han nacido en el mundo se retiraron al oratorio de la divina Princesa y puestas en oración presentaron al Altísimo sus peticiones. María purísima tuvo un éxtasis, donde conoció con nueva luz divina el misterio, vida y méritos del precursor San Juan y lo que había de obrar, preparando con su predicación los caminos de los corazones humanos para recibir a su Redentor y Maestro; y de estos grandes sacramentos sola a Santa Isabel manifestó

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aquello que convenía entendiese. Conoció también la gran santidad de la misma Santa su prima, y que su muerte sería breve, y antes la de Zacarías. Y con el amor que tenía nuestra piadosa Madre a su deuda, la presentó al Señor y le pidió la asistiese en su muerte, y también presentó sus deseos en lo que había pedido del parto de su hijo. En lo demás de quedarse Su Alteza en casa de Zacarías, nada pidió la prudentísima Virgen, porque con la divina ciencia que tenía conoció luego no era conveniente, ni voluntad del Altísimo, que viviese siempre en casa de su prima, como ella lo deseaba. 266. La respondió Su Majestad a estas peticiones: “Esposa y paloma mía, mi beneplácito es que asistas y consueles a mi sierva Isabel, acudiéndola en su parto, que ya está muy vecino, porque sólo le faltan ocho días; y después que se haya circuncidado el hijo que pariere, te volverás a tu casa con José tu esposo. Y me presentarás a mi siervo Juan después que haya nacido, que para mí será aceptable sacrificio; y persevera, amiga mía, en pedirme la salud eterna para las almas.” Al mismo tiempo acompañaba Santa Isabel con sus peticiones a las de la Reina del cielo y tierra, y suplicaba al Señor mandase a su Santísima Madre y Esposa que no la desamparase en su parto; y le fue revelado cómo ya estaba muy cerca, y otras cosas de gran alivio y consuelo en sus cuidados. 267. Volvió María Santísima de su rapto y acabada la oración confirieron las dos madres cómo ya se acercaba el parto de Santa Isabel, según el aviso del Señor que entrambos habían tenido; y con el ardiente deseo de su buena dicha le preguntó luego la santa matrona a nuestra Reina: “Señora mía, decidme, os suplico, si mereceré el bien que os he pedido de teneros conmigo al suceso de mi parto, ya tan inmediato.” Respondió Su Majestad: “Amiga y prima mía, el Altísimo ha oído y admitido nuestras peticiones y se ha dignado mandarme que cumpla vuestro deseo y os sirva en esta ocasión, como lo haré, aguardando no sólo a vuestro parto, pero también a que vuestro infante quede circuncidado según la ley; que todo se ejecutará en quince días.” Con esta determinación de María Santísima se renovó el júbilo de su santa prima Isabel, y reconociendo este gran beneficio, dio por él humildes gracias al Señor y también a la Reina Santísima. Y habiéndose recreado y vivificado con sus avisos y advertencias, trató la santa matrona de prevenirse para el parto y para la partida de su soberana prima. Doctrina que me dio la divina Reina y Señora María Santísima. 268. “Hija mía, cuando el deseo de la criatura nace de afecto pío y devoto, encaminado con intención recta a santos fines, no se desagrada el Altísimo de que se le proponga, como sea con rendimiento a su mayor agrado y con resignación, para ejecutar lo que su divina Providencia dispusiere de todo. Y cuando las almas se ponen en presencia del Señor con esta conformidad e igualdad de ánimo, como piadoso padre las mira y siempre las concede lo que es justo y las niega y desvía lo que no lo es, o no les conviene para su salud verdadera. De celo piadoso y bueno nació el deseo que mi prima Isabel tenía, de acompañarme toda su vida y no alejarse de mí, pero no era esto conveniente, conforme a la determinación del Altísimo que tenía de todas mis operaciones, peregrinaciones y sucesos que me esperaban. Y aunque se le negó esta petición, no desagradó al Señor en ella, pero se le concedió lo que no impedía a los decretos de su santa voluntad y sabiduría infinita, y resultaba en beneficio suyo y de su hijo Juan. Y por el amor que a mí me tuvieron hijo y madre y por mi intercesión, los enriqueció el Todopoderoso de grandes bienes y favores. Siempre es medio eficacísimo con Su Majestad pedirle con buena voluntad e intención por medio de mi intercesión y devoción. 269. “Todas tus peticiones y ruegos quiero que los ofrezcas en nombre de mi Hijo Santísimo y en el mío y confía sin recelo que serán admitidos, si con rectísima intención del agrado de Dios los encaminares. Mírame con afecto amoroso como a Madre, amparo y refugio tuyo y entrégate a mi devoción y amor; y advierte, carísima, que el deseo que tengo de tu mayor bien me obliga a enseñarte el medio más poderoso y eficaz por donde con la divina gracia llegues a conseguir grandes tesoros y beneficios de la liberalísima mano del Señor. No te indispongas para ellos, ni los retardes por tu remisión temerosa. Y si deseas granjearme para que te ame como a hija muy querida, desvélate en imitar lo que de mí te manifiesto y enseño; y en esto emplea tus fuerzas y cuidado, dando por bien empleado cuanto trabajares por conseguir el efecto de mi enseñanza y doctrina.” CAPITULO 22 Regresar al Principio La natividad del precursor de Cristo y lo que hizo en su nacimiento la soberana Señora María Santísima.

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270. Llegó la hora de nacer al mundo el lucero (Jn 5,35) que prevenía al claro sol de justicia y anunciaba el deseado día de la ley de gracia. Era tiempo oportuno de que saliese a luz el gran profeta del Altísimo, y más que profeta, Juan, que preparando los corazones de los hombres señalase con su dedo al Cordero que había de remediar y santificar el mundo (Lc 1,76.8, 26.1, 17; Jn 1,29). Y primero que saliese del materno vientre, manifestó el Señor al bendito niño que se llegaba la hora de su nacimiento para comenzar la carrera de todos los mortales en la común luz de todos. Tenía el infante uso perfecto de razón, elevado con la divina luz y ciencia infusa que de la presencia del Verbo humanado había recibido, y con ella conoció y atendió que llegaba a tomar puerto en una tierra maldita (Gen 3,17) y llena de peligrosas espinas y a poner los pies en un mundo lleno de lazos y sembrado de maldades, donde muchos padecían naufragio y perecían. 271. Entre este conocimiento y el orden divino y natural de nacer, estaba el grande niño como suspenso y dudoso; porque de una parte las causas naturales habían conseguido su término en formar y alimentar el cuerpo hasta su perfección, con que naturalmente era compelido con fuerza para nacer, y él lo conocía y sentía que le despedía y arrojaba la posada materna; se juntaba a la eficacia de la naturaleza la voluntad expresa del Señor que se lo mandaba, y por otra parte conocía y ponderaba el riesgo de la peligrosa carrera de la vida mortal; y entre el temor y la obediencia se detenía con el miedo y se movía con prontitud. Quisiera resistir y quería obedecer, y decía consigo mismo: “¿A dónde voy, si entro en el conflicto del peligro de perder a Dios? ¿Cómo me entregaré a la conversación de los mortales, donde tantos se deslumbran, pierden el seso y camino de la vida? En tinieblas estoy en el vientre de mi madre, pero a otras paso de mayor peligro. Oprimido estaba desde que recibí la luz de la razón, pero más me aflige el ensanche y libertad de los mortales. Pero vamos, Señor, con vuestra voluntad al mundo, que siempre el ejecutarla es lo mejor, y si en vuestro servicio, oh Rey altísimo, se puede emplear mi vida y mis potencias, esto sólo me facilitará salir a luz y admitir la carrera. Dadme, Señor, vuestra bendición para pasar al mundo.” 272. Mereció con esta petición el precursor de Cristo que Su Majestad al punto del nacer le diese de nuevo su bendición y gracia. Y así lo conoció el dichoso niño, porque tuvo presente a Dios en su mente y que le enviaba a obrar cosas grandes en su servicio y le prometía su gracia para ejecutarlas. Y antes de referir el parto felicísima de Santa Isabel, para ajustar el tiempo en que sucedió con el texto de los sagrados evangelistas, advierto que el embarazo de esta admirable concepción duró nueve meses menos nueve días; porque, en virtud del milagro con que se le dio fecundidad a la madre estéril, se perfeccionó el concepto en este tiempo y llegó al estado de nacer; y cuando San Gabriel dijo a María Santísima que su prima Isabel estaba preñada en el sexto mes (Lc 1,36), hace de entender que no era cumplido, porque faltaba de ocho a nueve días. Dije también arriba (Cf. supra n.206), capítulo 16, que al cuarto día después de la Encarnación del Verbo partió la divina Señora a visitar a Santa Isabel; y porque no fue luego inmediatamente, dijo San Lucas que salió María Santísima en aquellos días y fue con diligencia a la montaña (Lc 1,39), y en el camino gastaron otros cuatro días, como queda dicho en el mismo lugar, núm. 207. 273. Advierto a si mismo que, cuando el mismo evangelista dice que María Santísima estuvo casi tres meses (Ib. 56) en casa de Santa Isabel, sólo faltaron de dos a tres días para cumplirse, porque en todo fue puntual el texto del Evangelio. Y conforme a esta cuenta es forzoso que María Santísima, Señora nuestra, se hallase no sólo en el parto de Santa Isabel y nacimiento de San Juan, pero también en la circuncisión y determinación de su misterioso nombre, como luego diré (Cf. infra n.290). Porque contando ocho días después que encarnó el Verbo, llegó nuestra Señora con San José a casa de Zacarías a dos de abril, conforme nuestra cuenta de los meses solares, y llegó aquel día por la tarde; añadiendo ahora otros tres meses menos dos días, que se comienzan de tres de abril, se cumple este término a primero de julio inclusive, que es el día octavo de la natividad de San Juan y el de su circuncisión; y a otro día de mañana partió María Santísima para volverse a Nazaret. Y aunque el evangelista San Lucas cuenta y dice la vuelta de nuestra Reina a su casa primero que el parto de Santa Isabel, no fue antes sino después; y el texto sagrado anticipó la narración de la jornada de la divina Reina, por acabar todo lo que a ella tocaba y proseguir la historia del nacimiento del precursor, sin interrumpir otra vez el hilo de su discurso; y así se me ha dado a entender para escribirlo. 274. Acercándose, pues, la hora del deseado parto, sintió la madre Santa Isabel que se movía en su vientre el niño, como si se pusiera en pie; y todo era efecto de la misma naturaleza y de la obediencia del infante. Y con algunos dolores moderados que sobrevinieron a la madre, dio aviso a la princesa María, pero no la llamó para que asistiese presente al parto, porque la digna reverencia debida a la excelencia de María y al fruto que tenía en su virginal vientre la detuvo prudentemente para no pedir lo que no parecía decencia. Tampoco fue la gran Señora en persona a donde estaba su prima, pero le envió las mantillas y fajos que tenía prevenidos para envolver al dichoso infante. Nació luego

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muy perfecto y crecido, testificando en la limpieza de su cuerpo la que traía en su alma, porque no tuvo tantas impuridades como otros niños. Le envolvieron en las mantillas, que antes eran grandes reliquias dignas de veneración. Y dentro de algún conveniente espacio, estando ya Santa Isabel compuesta y aliñada, salió María Santísima de su oratorio, mandándoselo el Señor, y fue a visitar al niño y a la madre y darle la enhorabuena. 275. Recibió la Reina en sus brazos al recién nacido a petición de su madre y le ofreció como oblación nueva al eterno Padre, y Su Majestad la recibió con aprobación y agrado y como primicias de las obras del Verbo humanado y ejecución de sus divinos decretos. El felicísimo niño, que lleno del Espíritu Santo conoció a su legítima Reina y Señora, la hizo reverencia no sólo interior, sino exterior, con una disimulada inclinación de la cabeza, y de nuevo adoró al Verbo divino hecho hombre en el tálamo de su Madre purísima, donde se le manifestó entonces con especialísima luz. Y como también conocía el beneficio que entre los mortales había recibido, hizo el reconocido infante grandes actos de agradecimiento, amor, humildad y veneración a Dios hombre y a su Madre Virgen. Y ofreciéndole la divina Señora al Padre eterno, hizo por ésta esta oración: “Altísimo Señor y Padre nuestro, santo y poderoso, recibid en vuestro servicio las estrenas y temporáneo fruto de vuestro Hijo Santísimo y mi Señor. Este es el santificado y rescatado por vuestro Unigénito del poder y efectos del pecado y de vuestros antiguos enemigos. Recibid este sacrificio matutino e infundid en él con vuestra santa bendición vuestro divino Espíritu, para que sea fiel dispensador del misterio a que le destináis en honra vuestra y de vuestro Unigénito.” Fue en todo eficaz esta oración de nuestra Reina y Señora, y conoció cómo el Altísimo enriquecía al niño señalado y escogido para su precursor, y él también sintió en su espíritu el efecto de tan admirables beneficios. 276. Mientras la gran Reina y Señora del universo tuvo en sus brazos al infante Juan, estuvo disimuladamente en un éxtasis dulcísimo por algún breve espacio, y en él hizo la oración y ofrecimiento por el niño, teniéndole reclinado en su pecho, donde en breve espacio había de reclinar al Unigénito del Padre y suyo. Esta fue singularísima prerrogativa y excelencia del gran precursor, no alcanzada de otro alguno de los santos. Y no es mucho que el ángel le predicase por grande en la presencia del Señor (Lc 1,15), pues antes de nacer le visitó y santificó, y en naciendo fue levantado y puesto en el trono de la gracia y estrenó los brazos en que se había de reclinar el mismo Dios humanado, y dio motivo a su madre dulcísima para que desease recibir en ellos a su mismo Hijo y Señor y que esta memoria le causase regalados afectos con su precursor, niño recién nacido. Conoció Santa Isabel estos divinos sacramentos, porque se los manifestaba el Señor, mirando a su milagroso hijo en los brazos de la que era más Madre que ella misma; pues a Santa Isabel le debía la naturaleza y a María purísima el ser de tan excelente gracia. Todo esto hacía una suavísima consonancia en el pecho de las dos felicísimas y dichosas madres, y del niño, que también tenía luz de tan venerables misterios; y con las demostraciones párvulas de sus tiernos miembros declaraba el júbilo de su espíritu y se inclinaba a la divina Señora y solicitaba sus caricias y no apartarse de ella. Le regalaba la dulcísima Señora, pero con tanta majestad y templanza, que jamás le besó, como suele permitir tal edad, porque sus castísimos labios los guardó y reservó intactos para su Hijo Santísimo. Ni tampoco miró con atención a la cara del niño, porque toda la puso en la santidad de su alma, y apenas le conociera por las especies de sus ojos. Tal era la prudencia y modestia de la gran Reina del cielo. 277. Luego se divulgó el nacimiento de Juan, como dice San Lucas (Ib. 58), y toda la parentela y vecindad vinieron a dar la enhorabuena a Zacarías y a Santa Isabel, porque su casa era rica, noble y estimada por toda la comarca, y la santidad de los dos tenía granjeados los corazones de cuantos los conocían, Y por estas razones, y haberlos visto tantos años sin sucesión de hijos, y haber llegado Santa Isabel a edad madura y estéril, causó en todos mayor novedad y admiración y suma alegría, conociendo que aquél era más hijo de milagro que de naturaleza. El santo sacerdote Zacarías estaba siempre mudo para manifestar su júbilo, porque no era llegada la hora en que tan misteriosamente se había de soltar su lengua. Pero con otras demostraciones daba señales del gozo interior que tenía y al Altísimo ofrecía afectuosas alabanzas y repetidas gracias por el beneficio tan raro que ya reconocía después de su incredulidad, de que diré en el capítulo siguiente. Doctrina que me dio la Reina y Señora del cielo. 278. “Hija mía carísima, no te admires de que mi siervo Juan temiese y dificultase salir al mundo, porque no saben amarle tanto los hijos ignorantes del siglo, cuanto saben los sabios aborrecerle y temer sus peligros con ciencia divina y luz de lo alto. Esta tenía en eminente grado el que nacía para precursor de mi Hijo Santísimo, y por esta parte, conociendo el detrimento, era consiguiente el temor de lo que conocía, Pero le sirvió para entrar en el mundo

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felizmente, porque el que más le conoce y aborrece, navega más seguro en sus encumbradas olas y profundo golfo. Con tanto enojo, contradicción y aborrecimiento de lo terreno comenzó el dichoso niño su carrera, que jamás dio treguas a esta enemistad. No ajustó las paces, ni admitió las venenosas lisonjas de la carne, ni dio sus sentidos a la vanidad, ni se abrieron sus ojos para verla, y en esta demanda de aborrecer al mundo y todo lo que hay en él, dio la vida por la justicia. No puede ser pacífico y confederado con Babilonia el ciudadano de la verdadera Jerusalén, ni es compatible solicitar la gracia del Altísimo, estar en ella y juntamente en amistad de sus declarados enemigos; porque nadie pudo ni puede servir a dos señores encontrados, ni estar juntas la luz y las tinieblas, Cristo y Belial. 279. “Guárdate, carísima, más que del fuego de los que viven poseídos de las tinieblas y son amadores del mundo, porque la sabiduría de los hijos del siglo es carnal y diabólica y sus caminos tenebrosos llevan a la muerte. Y cuando fuere necesario encaminar alguno a la vida verdadera, aunque para esto debes ofrecer la tuya natural, siempre has de reservar la paz de tu interior. Tres lugares te señalo para que en ellos vivas y de donde nunca salgas con la atención, y si alguna vez te mandare el Señor acudir a las necesidades de las criaturas, quiero que sea sin perder este refugio; como el que vive en un castillo rodeado de enemigos, que para negociar lo forzoso sale a la puerta y de allí dispone lo que conviene con tanta circunspección, que más atiende al camino por donde volverse a retirar y esconder que a los negocios de fuera, y siempre está cuidadoso y sobresaltado del peligro. Esto mismo debes atender tú, si quieres vivir segura, porque no dudes te rodean enemigos crueles y venenosos más que áspides y basiliscos. 280. “Los lugares de tu habitación han de ser la divinidad del Altísimo, la humanidad de mi Hijo Santísimo y el secreto de tu interior. En la divinidad has de vivir como la perla encerrada en su concha y el pez en el mar, en cuyos espacios interminables dilatarás tus afectos y deseos. La humanidad santísima será el muro que te defienda, y su pecho patente el tálamo donde te reclines y descanses debajo de la sombra de sus alas (Sal 16,8). Tu interior te dará pacífica alegría con el testimonio de la conciencia, y ella te facilitará, si la conservas pura, el trato amigable y dulce de tu Esposo. Para que a todo esto te ayudes con el retiro corporal y sensible, gusto y quiero que le guardes en tu tribuna o celda y que sólo salgas de ella cuando la fuerza de la obediencia o el ejercicio de la caridad te compelieren. Y te manifiesto un secreto, y es que hay demonios destinados por Lucifer, con expreso orden suyo, para que aguarden a los religiosos y religiosas cuando salen fuera de su recogimiento, para embestirles luego y darles batería con tentaciones que los derriben. Y éstos no entran fácilmente en las celdas, porque allí no hay tanta ocasión de hablar, ver y de usar mal de los sentidos, en que de ordinario hacen ellos presa y se ceban como lobos carniceros. Y por esto los atormenta el retiro y el recato que en él guardan los religiosos y le aborrecen, porque desconfían de vencerlos mientras no los cogen entre el peligro de la conversación humana. 281. “Y generalmente es cierta que los demonios no tienen poder sobre las almas, cuando por alguna culpa venial o mortal respectivamente no se le sujetan y no les dan entrada; porque el pecado mortal les da un derecho como expreso sobre quien le comete para atraerlo a otros, y el venial, así como enflaquece las fuerzas del alma, se le aumentan al enemigo para tentar, y con las imperfecciones se retarda el mérito y progreso de la virtud a lo más perfecto, y también esto anima al adversario. Y cuando conoce que el alma sufre su propia tibieza, o se pone livianamente al peligro con una ociosa liviandad y olvido de su daño, entonces la astuta serpiente la acecha y sigue para tocarla con su mortal veneno, y como a una simple avecilla la lleva inadvertida, hasta que caiga en algún lazo de muchos que siembra para este fin. 282. “Admírate, pues, hija mía, de lo que sobre esto conoces con la divina luz y llora con íntimo dolor la ruina de tantas almas absortas en este peligroso sueño. Ellas viven oscurecidas con sus pasiones y depravadas inclinaciones, olvidadas del peligro, insensibles en el daño, inadvertidas en las ocasiones; y en vez de prevenirlas y temerlas, las buscan con ignorancia ciega, siguen con ímpetu furioso sus torcidas inclinaciones a lo deleitable, no ponen freno a las pasiones y deseos, ni advierten dónde ponen los pies, se arrojan a cualquiera peligro y precipicio. Los enemigos son innumerables, su astucia diabólica e insaciable, su vigilancia sin treguas, su ira incansable, su diligencia sin descuido; pues ¿qué mucho si de semejantes extremos o, por mejor decir, de tan disímiles y desiguales, se siguen tan irreparables daños en los vivientes, y que siendo infinito el número de los necios (Ecl 1,15), sean sin número el de los réprobos, y el demonio se ensoberbezca con tantos triunfos como le dan los mortales con su propia y formidable perdición? Te guarde Dios eterno de tanta desdicha, y llora y duélete de la de tus hermanos y pide siempre el remedio en cuanto fuere posible. CAPITULO 23

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Regresar al Principio Las advertencias y doctrina que dio María Santísima a Santa 1sabel por petición suya; circuncidan y le ponen nombre a su hijo y profetiza Zacarías. 283. Era inexcusable la vuelta de María Santísima para Nazaret, habiendo ya nacido el precursor de Cristo; y aunque Santa Isabel como prudente y sabia se conformaba en esto con la divina disposición, y con ella moderaba en parte su dolor, con todo eso deseaba recompensar en algo su soledad con la enseñanza y doctrina de la Madre de la sabiduría. Con este intento la habló, y la dijo: “Señora mía y Madre de mi Criador, yo conozco que ya disponéis vuestra partida y mi soledad, en que me ha de faltar vuestra amable compañía, amparo y protección. Os suplico, prima mía, que en ausencia vuestra merezca yo quedar con alguna instrucción que me ayude a gobernar todas mis acciones para mayor agrado del Altísimo. En vuestro virginal tálamo tenéis al Maestro que enmienda a los sabios (Sab 7,15) y a la misma fuente de la luz y por él venís a participarla para todos; comunicad a vuestra sierva alguno de los rayos que reverberan en vuestro purísimo espíritu, para que el mío sea ilustrado y encaminado por las sendas rectas de la justicia (Sal 22,3), hasta llegar a ver el Dios de los dioses en Sión.” (Sal 83,8). 284. Estas razones de Santa Isabel movieron en María Santísima alguna ternura y compasión, y con ella respondió, dándole a su prima celestiales documentos para gobernarse en lo que le restaba de vida y que sería breve; pero que el Altísimo cuidaría del niño, y también la misma Reina se lo pediría a Su Majestad. Y aunque no es posible referir todo lo que la divina Señora advirtió y aconsejó a Santa Isabel en estas dulcísimas pláticas para despedirse, diré algo, como se me ha manifestado, o como alcanzan mis cortos términos, de lo que entiendo. Dijo María Santísima: “Prima y amiga mía, el Señor os eligió para sus obras y sacramentos altísimos, de que se dignó comunicaros tanta luz y que yo os manifestase mi corazón. En él os llevo escrita para presentaros ante su grandeza, y no me olvidaré de vuestra piedad humilde que habéis mostrado con la más inútil de las criaturas; pero de mi Hijo Santísimo y mi Señor espero recibiréis copiosa remuneración. 285. “Levantad siempre vuestro espíritu y mente a las alturas y con la luz de la gracia que tenéis no perdáis de vista al inmutable ser de Dios eterno e infinito y la dignación de su bondad inmensa con que se movió a criar, hacer de nada las criaturas, para levantarlas a su gloria y enriquecerlas con sus dones. Esta deuda común de toda criatura la hizo más propia para nosotras la misericordia del Altísimo, cuando nos adelantó en esta noticia y luz, para que nos dilatemos hasta recompensar con nuevo agradecimiento la ciega ingratitud de los mortales, que con ella están más lejos de conocer y magnificar a su Criador. Y éste ha de ser nuestro oficio, desembarazando el corazón, porque libre y suelto camine a su dichoso fin. Para esto, amiga mía, os encargo mucho le alejéis y desviéis de todo lo terreno, aunque sea de las cosas propias, para que desasida de los impedimentos de la tierra os levantéis a los divinos llamamientos y esperando la venida del Señor, y que cuando llegue respondáis con alegría y sin violencia dolorosa, que el alma siente cuando es tiempo de dividirse del cuerpo y de todo lo demás que ama con demasía. Ahora que es el tiempo de padecer y de adquirir la corona, procuremos merecerla y caminar con velocidad para llegar a la íntima unión de nuestro verdadero y sumo bien. 286. “A Zacarías, vuestro marido y cabeza, el tiempo que tuviere de vida, procurad con especial rendimiento obedecerle, amarle y servirle. A vuestro milagroso hijo ofrecedle siempre a su Criador, y en Su Majestad y para él, podéis amarle como madre, porque será gran profeta, y con el celo de Elías (Lc 1,17) que le dará el Altísimo defenderá su ley y su honor, procurando la exaltación de su santo nombre. Y mi Hijo Santísimo, que le ha elegido por su precursor y embajador de su venida y doctrina, le favorecerá como a su privado y llenará de dones de su diestra y le hará grande y admirable en las generaciones y generaciones y manifestará al mundo su grandeza y santidad. 287. “En toda vuestra casa y familia procurad con ardiente celo que sea temido, venerado y reverenciado el santo nombre de nuestro Dios y Señor de Abrahán, Isaac y Jacob. Y sobre este cuidado le tendréis grande de favorecer a los necesitados y pobres cuanto fuere posible; enriquecedlos con los bienes temporales que con abundante mano os concedió el Altísimo, para que con la misma liberalidad los dispenséis con los menesterosos, pues son más suyos que vuestros cuando todos somos hijos de un Padre que está en los cielos, cuyo es todo lo criado; y no es razón que siendo el padre rico, quiera un hijo ser y estar sobrado para que su hermano viva pobre y desvalido, y en eso seréis muy aceptable al Dios de las misericordias inmortal. Continuad lo que hacéis y ejecutad lo que tenéis pensado, pues Zacarías lo remite a vuestra disposición; con este permiso podéis ser liberal. Con todos los trabajos que el Señor os

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diere confirmaréis vuestra esperanza y con las criaturas seréis benigna, mansa, humilde, apacible y muy paciente, con interior júbilo del alma, aunque sean algunas instrumento de vuestro ejercicio y corona. Por los altísimos misterios que el Señor os ha manifestado, bendecidle eternamente y pedidle la salvación de las almas con incesante amor y celo; y por mí rogaréis a su grandeza me gobierne y encamine para que yo dispense dignamente y con su agrado el sacramento que de tan humilde y pobre sierva ha fiado su bondad inmensa. Enviad por mi esposo que me acompañe, y en el ínterin disponed la circuncisión de vuestro niño y ponedle por nombre Juan; porque éste le ha dado el Altísimo y es decreto de su inmutable voluntad. 288. Este razonamiento, con otras palabras de vida eterna que habló María Santísima, hicieron en el corazón de Santa Isabel efectos tan divinos, que quedó la santa matrona por un rato absorta y enmudecida con la fuerza del espíritu que la iluminaba, enseñaba y la levantaba en pensamientos y afectos de tan celestial doctrina; porque el Altísimo, mediante las palabras de su Madre purísima como instrumento vivo, vivificaba y renovaba el corazón de su sierva. Y después de moderadas algo sus lágrimas, habló y dijo: “Señora mía y Reina de todo lo criado, entre mi dolor y mi consuelo estoy enmudecida. Oíd las palabras de lo íntimo de mi corazón, que allí se forman las que no puedo manifestar. Mis afectos os dirán lo que mi lengua no puede pronunciar. Al Todopoderoso remito el retorno de lo que me favorecéis, que es el remunerador de lo que los pobres recibimos. Sólo os pido que, pues en todo sois mi amparo y causa de mi bien, me alcancéis gracia y fuerzas para ejecutar vuestra doctrina y tolerar la ausencia de vuestra dulce compañía, que es grande mi dolor.” 289. Trataron luego de la circuncisión del niño de Isabel, porque ya se llegaba el tiempo determinado por la ley. Y conforme a la costumbre de los judíos, en especial de los nobles, se juntaron en casa de Zacarías muchos deudos de su linaje y otros conocidos y llegaron a conferir qué nombre se le daría al infante; porque a más de que en esto solían hacer grandes reparos y consultas y era costumbre en ellos ventilar el nombre que se había de poner a los hijos, en esta ocasión la razón era extraordinaria, por la calidad de Zacarías y Santa Isabel y porque todos ponderaban mucho la maravilla de haber concebido y parido siendo vieja y estéril y en ello suponían algún misterio grande. Estaba mudo Zacarías, y así fue necesario que su mujer Santa Isabel presidiese en aquella junta; y sobre el concepto y veneración que de ella todos hacían, estaba tan renovada y realzada en santidad, después de la visita y conocimiento de la Reina del cielo y de sus misterios y larga conversación, que todos los deudos y vecinos y otros muchos conocieron esta mudanza; porque hasta en el rostro manifestaba un linaje de resplandor que la hacía venerable y admirable, y se conoció en ella la reverberación de los rayos de la divinidad, en cuya vecindad vivía. 290. Se halló presente a esta junta la divina Señora María Santísima, porque Santa Isabel se lo pidió con mucha instancia, y la venció para esto, interponiendo un género de mandato muy reverencial y humilde. Obedeció la gran Señora, pero alcanzando primero del Altísimo que no la diese a conocer ni manifestase cosa alguna de sus ocultos beneficios por donde fuese aplaudida y celebrada. Consiguió su deseo la humildísima entre los humildes. Y como los del mundo dejan humillar a los que con ostentación no se manifiestan y señalan, no hubo quien reparase en ella con atención particular, más que sola Santa Isabel, que la miraba con interior y exterior veneración y reconocía que por su dirección se gobernaba el acierto de aquella determinación. Sucedió luego lo que se refiere en el Evangelio de San Lucas (Ib 59-63), que unos llamaban al niño Zacarías como a su padre, pero la prudente madre, asistida de la Maestra Santísima, dijo: “Mi hijo se ha de llamar Juan.” Replicaron los deudos que nadie de su linaje había tenido tal nombre; porque siempre se ha hecho grande estimación de los nombres de los más ilustres antecesores para imitarlos en algo. Santa Isabel hizo nueva instancia que el niño se llamase Juan. 291. Aunque estaba mudo Zacarías, desearon los parientes saber por señas lo que sentía sobre esto, y pidiendo con ellas la pluma escribió: Joannes est nomen ejus (Ib. 63). Al mismo tiempo que lo escribía, usando María Santísima de la potestad que tenía de Reina, concedida por Dios sobre las cosas naturales criadas, mandó a la mudez de Zacarías que le dejase libre y a su lengua que se desatase y bendijese al Señor, que era ya tiempo. Ya este divino imperio se halló libre y comenzó a hablar con admiración y temor de todos los presentes, como el Evangelio dice (Ib. 64-65). Y aunque es verdad que el santo arcángel Gabriel, como parece del mismo Evangelio, le dijo a Zacarías que por su incredulidad quedaría mudo hasta que se cumpliese lo que le anunciaba, pero esto no es contrario de lo que aquí digo; porque el Señor, cuando revela algún decreto de su divina voluntad, aunque sea eficaz y absoluto, no siempre declara los medios por donde lo ha de ejecutar como los tiene previstos en su ciencia infinita; y así el Angel declaró a Zacarías la pena de su incredulidad en la mudez, mas no le dijo que se la quitaría por intercesión de María Santísima, aunque así lo tenía previsto y determinado.

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292. Pues así como la voz de María Señora nuestra fue instrumento para santificar al niño Juan y a su madre Isabel, también su imperio oculto y su oración fueron instrumentos del beneficio de Zacarías en soltarse su lengua, y que fuese también lleno de Espíritu Santo y del don de la profecía con que habló, y dijo (Ib. 68-79): “ Bendito es el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y hecho la Redención de su pueblo. Y levantó para nosotros la fuerza de la salvación en la casa de su siervo David. Así como lo tenía dicho por la boca de sus santos, que fueron sus profetas de los pasados siglos. La salvación desde nuestros enemigos, y de mano de todos aquellos que nos aborrecieron. Para usar de su misericordia con nuestros padres, y hacer memoria de su santo Testamento. El juramento, que juró a nuestro padre Abrahán, que se nos daría a nosotros; Para que sin temor, quedando libres de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos, En santidad y justicia en su presencia todos los días de nuestra vida. Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo; porque irás delante de su cara para preparar sus caminos, Para dar ciencia y noticia de salvación a su pueblo en la remisión de sus pecados; Por las entrañas de la misericordia de nuestro Dios, en las cuales nos visitó naciendo de las alturas, Para dar luz a los que de asiento viven en tinieblas y sombra de la muerte; y enderezar nuestros pies en el camino de la paz.” 293. En este divino cántico recopiló Zacarías los altísimos misterios que los antiguos profetas habían dicho por más extenso de la divinidad, humanidad y redención de Cristo, que todos profetizaron; y en pocas palabras encerró muchos y grandes sacramentos y los entendió con la copiosa gracia que iluminó su espíritu y le levantó con ardentísimo fervor en presencia de todos los que habían concurrido a este acto de la circuncisión de su hijo; porque todos vieron el milagro de desatársele la lengua y profetizar tan divinos misterios; cuya inteligencia, como la tuvo el santo sacerdote, no fácilmente puedo yo explicar. 294. Bendito sea el Señor Dios de Israel, dice, conociendo que pudo el Altísimo con solo su querer o su palabra hacer la Redención de su pueblo y darle la salvación eterna; pero no se valió de solo su poder, sino también de su inmensa bondad y misericordia, bajando el mismo Hijo del eterno Padre a visitar su pueblo y hacer oficio de Hermano en la naturaleza humana, de Maestro en la doctrina y ejemplo y de Redentor en la vida, pasión y muerte de cruz. Conoció entonces Zacarías la unión de las dos naturalezas en la persona del Verbo y con claridad sobrenatural vio este gran misterio ejecutado en el tálamo virginal de María Santísima. Entendió asimismo la exaltación de la humanidad del Verbo con el triunfo que había de alcanzar Cristo Dios y hombre, dando salvación eterna al linaje humano, conforme a las promesas divinas hechas a David, su padre y ascendiente. Y que esta misma promesa estaba hecha al mundo por las profecías de los santos y profetas, desde su principio y primero ser; porque desde la creación y primera formación comenzó Dios a encaminar la naturaleza y la gracia para su venida al mundo, encaminando desde Adán todas sus obras para este dichoso fin. 295. Entendió cómo el Altísimo ordenó que por estos medios alcanzásemos la salvación de la gracia y vida eterna, que nuestros enemigos perdieron por su soberbia y pertinaz inobediencia, por lo cual fueron derribados al profundo; y las sillas que les tocaran, si fueran obedientes, quedaron destinadas para los que lo fuesen entre los mortales. Y desde entonces se convirtió contra ellos la enemistad y odio de la antigua serpiente concebida contra el mismo Dios, en cuya mente divina estábamos entonces encerrados y decretados por su eterna y santa voluntad; y que habiendo caído de su amistad y gracia nuestros primeros padres Adán y Eva, los levantó y puso en lugar y estado de esperanza y no los dejó ni castigó como a los rebeldes ángeles, antes para asegurar a sus descendientes de la misericordia que con ellos tenía, envió y destinó los vaticinios y figuras en que dispuso el Antiguo Testamento que había de ratificar y cumplir en el Nuevo con la venida del Reparador y Redentor. Y para que tuviese mayor firmeza esta esperanza, se lo prometió a nuestro padre Abrahán con la fuerza de su juramento que hizo de hacerle padre de su pueblo y de la fe. Y para que asegurados de tan admirable y poderoso beneficio, como prometernos y darnos a su mismo Hijo hecho hombre, con la libertad de hijos de adopción en que por él éramos reengendrados, sirviésemos al mismo Dios sin temor de nuestros enemigos, que ya por nuestro Redentor estaban rendidos y vencidos. 296. Y para que entendiésemos lo que nos había granjeado con su venida el Verbo eterno para servir con libertad al Altísimo, dice que fue la justicia y santidad con que renovó al mundo y fundó su nueva ley de gracia por todos los días del siglo presente y por los de cada uno de los hijos de la Iglesia, en donde han de vivir en santidad y justicia, si como todos pueden, todos lo hicieran. Y porque conoció Zacarías en su hijo Juan el principio de la ejecución de tantos sacramentos como le mostraba la divina luz, convirtiéndose a él le dio la enhorabuena y le intimó y profetizó su dignidad, santidad y ministerio, diciendo: “Y tú, niño, te llamarás profeta del Altísimo, porque irás delante de su cara, que es su divinidad, aparejando sus caminos con la luz que darás a su pueblo de la venida de su Reparador, para que

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con su predicación tengan los judíos noticia y ciencia de su salvación eterna, que es Cristo nuestro Señor su prometido Mesías; y le reciban disponiéndose con el bautismo de la penitencia y remisión de los pecados y conozcan que viene a perdonar a los suyos y los de todo el mundo; pues a todo esto le movieron las entrañas de su misericordia, por la cual, y no por nuestros merecimientos, se dignó de visitarnos, naciendo y descendiendo de lo alto del seno de su eterno Padre para dar luz a los que, ignorando la verdad por tan largos siglos, han estado y están como asentados en las tinieblas y sombra de la eterna muerte, y enderezando sus pasos y los nuestros en el camino de la verdadera paz que aguardamos.” 297. Todos estos misterios con mayor plenitud y profundidad entendió Zacarías por divina revelación, y los comprendió en su profecía. Y algunos de los que presentes le oyeron, fueron también ilustrados con los rayos de la luz del Altísimo, para conocer cómo era ya llegado el tiempo del Mesías y cumplimiento de las profecías antiguas. Y con la noticia y vista de tan nuevas maravillas y prodigios, admirados decían (Ib. 66): “ ¿Quién será este niño con quien la mano del Señor se manifiesta tan poderosa y admirable?” El infante fue circuncidado y le pusieron Juan por nombre, en que su padre y madre milagrosamente concurrieron, y cumplieron en todo con la ley; y en las montañas de Judea se divulgaron estas maravillas. 298. Reina y Señora de todo lo criado, admirada de estas maravillosas obras que por vuestra intervención hizo el brazo poderoso en vuestros siervos Isabel, Juan y Zacarías, considero el diferente modo que tuvo en ellas la divina Providencia y vuestra rara discreción. Porque al hijo y a la madre sirvió de instrumento vuestra dulcísima palabra, para ser santificados con plenitud del Espíritu Santo, y esta obra fue oculta y en secreto; y para que hablase Zacarías y fuese a si mismo ilustrado, sólo intervino vuestra oración e imperio oculto, y este beneficio fue manifiesto a los circunstantes, que conocieron la gracia del Señor en el santo sacerdote. Ignoro la razón de estos prodigios, y presento a vuestra dignación todas mis ignorancias, para que como maestra mía me gobernéis. Respuesta y doctrina de la Reina y Señora del mundo. 299. “Hija mía, por dos razones fueron ocultos los efectos divinos que mi Hijo Santísimo obró por mí en San Juan y en su madre Isabel, y no los de Zacarías. La una, porque Isabel mi sierva exclamó y habló con claridad en alabanza del Verbo humanado en mis entrañas y mía, y convenía que entonces no se manifestase tan expresamente el misterio ni mi dignidad, porque la venida del Mesías se había de manifestar por otros medios más convenientes. La otra razón fue, porque no todos los corazones estaban dispuestos como el de Isabel para recibir tan preciosa y nueva semilla, ni percibieran sacramentos tan altos con la veneración debida. Y fuera de esto, para manifestar entonces lo que convenía, era más a propósito el sacerdote Zacarías por su dignidad, de quien se pudiera recibir el principio de la luz con más aceptación que de Santa Isabel en presencia de su marido; y lo que dijo ella se reservó para su tiempo. Y aunque las palabras del Señor ellas se llevan consigo la fuerza, con todo eso era más suave y acomodado modo aquel medio del sacerdote para los ignorantes y poco ejercitados en los misterios divinos. 300. “Convenía asimismo acreditar y honrar la dignidad del sacerdote, de quien hace tanta estimación el Altísimo, que si en ellos halla la disposición debida siempre los engrandece y comunica su espíritu, para que el mundo los tenga en veneración como a sus escogidos y ungidos; y en ellos tienen menos peligros las maravillas del Señor, por mucho que se manifiesten; y si correspondieran a su dignidad, habían de ser sus obras de serafines y sus semblantes de ángeles entre las demás criaturas, su rostro había de resplandecer como el de Moisés cuando salió de la presencia y trato del Señor (Ex 34,29) y por lo menos deben de comunicar con los demás hombres de manera que se hagan respetar y venerar después del mismo Dios. Y quiero, carísima, que entiendas está hoy el Altísimo muy indignado con el mundo, entre otras ofensas por las que recibe sobre esto, así de los sacerdotes como de los legos. Con los sacerdotes, porque olvidados de su altísima dignidad, la ultrajan con hacerse viles y contentibles y manuales, y escandalosos muchos, dando mal ejemplo al mundo, que ocasionan con el desprecio de su santificación. Y con los legos, porque son temerarios y atrevidos contra los cristos del Señor, a los cuales, aunque sean imperfectos y no de loable conversación, con todo eso los deben honrar y reverenciar en lugar de Cristo mi Hijo Santísimo en la tierra. 301. “Por esta veneración del sacerdote procedí yo también diferentemente que con Santa Isabel. Porque si bien el Altísimo ordenó que fuese yo el conducto o instrumento para comunicarles su divino Espíritu, pero a Isabel de tal suerte la saludé que con la voz de mi salutación mostré alguna superioridad, para mandar al pecado original que su hijo tenía, y desde entonces se le había de perdonar por medio de mis palabras, dejando llenos de Espíritu Santo a hijo y

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madre. Y como yo no había contraído el pecado original, sino que fui libre y exenta de él, tuve imperio y dominio en aquella ocasión, mandándole como Señora que había triunfado de él por la preservación del Altísimo, y no como esclava, como lo quedan todos los hijos de Adán que en él pecaron. Pues para librar a mi siervo Juan de esta servidumbre y prisiones del pecado, quiso el Señor que imperase como quien jamás había estado sujeta a él. A Zacarías no le saludé por este modo de dominio, mas rogué por él, guardándole la reverencia y decoro que pedía su dignidad y mi recato. Y aun el mandar a su lengua que se desatase, aunque fue mental y ocultamente, no lo hiciera yo por el respeto del sacerdote, si no me lo mandara el Altísimo, dándome también a conocer que la persona del sacerdote no estaba bien dispuesta con la imperfección y defecto de la mudez; porque con todas sus potencias ha de estar expedito y dispuesto para el servicio y alabanza del Señor. Y porque en esta materia de respetar a los sacerdotes te diré más en otra ocasión, baste ahora esto para responderte a la duda que tenías. 302. “La doctrina que ahora te doy sea, que con todas las personas que tratares, superiores o inferiores, de todas procures ser enseñada en el camino de la virtud y vida eterna. Y en esto imitarás lo que hizo conmigo mi sierva Isabel, pidiendo a todos, con el modo y prudencia que debes, te adiestren y encaminen; que por esta humildad dispone tal vez el Señor la buena dirección y acierto y envía su luz divina; y lo hará contigo, si procedes con sencilla discreción y celo de la virtud. Procura también arrojar de ti o no admitir ningún linaje o asomo de lisonjas de criaturas y las conversaciones donde las puedes oír, porque esta fascinación oscurece la luz y pervierte el sentido inadvertido. Y el Señor es tan celoso con las almas que mucho ama, que al punto se retira si ellas admiten alabanzas humanas y se pagan de sus lisonjas, porque con esta liviandad se hacen indignas de sus favores. Y no es posible concurrir juntos en un alma la adulación del mundo y los regalos del Altísimo, los cuales son verdaderos, santos, puros, estables, que humillan, limpian, pacifican e ilustran el corazón: y por el contrario las caricias, lisonjas de las criaturas son vanas, inconstantes, falaces, impuras y mentirosas, como salidas de la boca de aquellos que ninguno deja de mentir; y todo lo que es mentira es obra del enemigo. 303. “Tu Esposo, hija mía carísima, no quiere que tus orejas se apliquen a oír ni admitir fabulaciones falsas y terrenas, ni que las adulaciones del mundo las inficionen ni manchen, y así quiero que para todos estos engaños venenosos las tengas cerradas y defendidas con fuerte custodia para que no los percibas. Y si tu Dueño y Señor se deleita de hablarte al corazón palabras de vida eterna, razón será que para oír sus caricias y atender a su amor te hagas insensible, sorda y muerta a todo lo terreno, y que todo sea tormento y muerte para ti. Mira que le debes grande fineza y que todo el infierno junto, valiéndose de la blandura de tu natural, quiere pervertírtele, para que le tengas suave para las criaturas e ingrato a Dios eterno. Vela y cuida de resistirle fuerte en la fe (1 Pe 5,9) de tu amado Dueño y Esposo.” CAPITULO 24 Regresar al Principio Se despide María Santísima de casa de Zacarías para volverse a la suya propia en Nazaret. 304. Para volver María Santísima a su casa de Nazaret, vino de ella su felicísimo esposo José, llamado por orden de Santa Isabel y llegando a casa de Zacarías, donde le aguardaban, fue recibido y respetado con incomparable devoción y reverencia de Isabel y Zacarías; después que también el santo sacerdote conocía que el gran patriarca era depositario de los sacramentos y tesoros del cielo, que aun no le eran manifiestos. Le recibió su divina esposa con humilde y prudente júbilo y arrodillándose en su presencia le pidió la bendición, como solía, y que la perdonase lo que había faltado a servirle en aquellos casi tres meses que había estado asistiendo a Isabel su prima. Y aunque en esto ni había hecho culpa ni imperfección, antes había cumplido la voluntad divina con grande agrado y beneplácito del mismo Señor y conformidad de su esposo, con todo eso, con aquella cortés y caricias a humildad quiso la prudentísima Señora recompensar a su esposo lo que con su ausencia le había faltado de consuelo. El Santo José le respondió, que con haberla visto quedaba aliviado de la pena de su ausencia y lo que su presencia le hubiera dado de consuelo. Y habiendo descansado algún día, determinaron el de su partida. 305. Se despidió luego la princesa María del sacerdote Zacarías, que como estaba ya ilustrado con la ciencia del Señor y conocía la dignidad de su Madre Virgen, la habló con suma reverencia como a sagrario vivo de la divinidad y humanidad del Verbo eterno. “Señora mía - la dijo - alabad eternamente y bendecid a vuestro Hacedor que se dignó por su misericordia infinita de elegiros entre todas las criaturas para Madre suya, depositaria única de todos sus

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grandes bienes y sacramentos; y acordaos de mí, vuestro siervo, para pedir a nuestro Dios y Señor me envíe en paz de este destierro a la seguridad del verdadero bien que esperamos; y que por usted merezca ser digno de llegar a ver su divino rostro, que es la gloria de los santos. Y acordaos también, Señora, de mi casa y familia, en especial de mi hijo Juan, y rogad al Altísimo por vuestro pueblo.” 306. La gran Señora se puso de rodillas delante del sacerdote y le pidió con profunda humildad la bendijese. Se retiraba de hacerlo Zacarías, y antes la suplicaba le diese ella su bendición a él. Pero nadie podía vencer en humildad a la que era maestra y madre de esta virtud y de toda la santidad, y así obligó al sacerdote a que le echase su bendición y él se la dio movido con la divina luz. Y tomando las palabras de las Escrituras sagradas la dijo: “La diestra del todopoderoso y verdadero Dios te asista siempre y te libre de todo mal (Sal 120,7); tengas la gracia de su eficaz protección y te llene del rocío del cielo y de la grosura de la tierra, y te dé abundancia de pan y vino; te sirvan los pueblos y te adoren los tribus, porque eres tabernáculo de Dios; serás Señora de tus hermanos y los hijos de tu madre se arrodillarán en tu presencia. El que te magnificare y bendijere será engrandecido y bendito, y el que no te bendijere y alabare será maldito (Gen 27,28-29). Conozcan en ti a Dios todas las naciones y sea por ti engrandecido el nombre del Dios altísimo de Jacob.” (Jdt 13,31). 307. En retorno de esta profética bendición, María Santísima besó la mano del sacerdote Zacarías y le pidió la perdonase lo que pudiera haber causado y deservido en su casa. El santo viejo se enterneció mucho en esta despedida y con las razones de la más pura y amable de las criaturas, y guardó siempre en su pecho el secreto de los misterios que en presencia de María Santísima le habían sido revelados. Sola una vez que se halló en una junta o congregación de los sacerdotes que solían juntarse en el templo, dándole la enhorabuena de su hijo y de haberse acabado el trabajo de su mudez en su nacimiento, movido con la fuerza de su espíritu y respondiendo a lo que se trataba, dijo: “Creo con firmeza infalible que nos ha visitado el Altísimo, enviándonos ya al mundo el Mesías prometido que ha de redimir su pueblo.” Pero no declaró más lo que sabía del misterio. Pero de oírle estas razones el santo sacerdote Simeón, que estaba presente, concibió un gran afecto del espíritu, y con este impulso dijo: “No permitáis, Señor Dios de Israel, que vuestro siervo salga de este valle de miserias, antes que vea vuestra salvación y Reparador de su pueblo.” Y a estas razones aludieron las que dijo después en el templo (Lc 2,28-32), cuando recibió en sus palmas al niño Dios presentado, como adelante (Cf. infra n.599) diremos. Y desde esta ocasión se fue más encendiendo su afectuoso deseo de ver al Verbo divino encarnado. 308. Dejando a Zacarías lleno de lágrimas y ternura, fue María Señora nuestra a despedirse de su prima Santa Isabel, que como mujer de corazón más blando, como deuda y como quien había gozado tantos días de la dulce conversación de la Madre de la gracia y que por su intervención había recibido tantas de la mano del Señor, no era mucho desfalleciera con el dolor, ausentándose la causa de tantos bienes recibidos y la presencia y esperanza de recibir otros muchos. Se le dividía el corazón a la santa matrona llegando a despedirse la Señora del cielo y tierra, que amaba más que a su misma vida; y con pocas razones, porque no las podía formal, pero con copiosas lágrimas y sollozos, le descubría lo íntimo de su pecho. La serenísima Reina, como invicta y superior a todos los movimientos de las pasiones naturales, estuvo con severidad agradable dueña de sí misma, y hablando a Santa Isabel, la dijo: “Amiga y prima mía, no queráis afligiros tanto por mi partida, pues la caridad del Altísimo, en quien con verdad os amo, no conoce división ni distancia de tiempo ni lugar. En Su Majestad os miro y en él os tendré presente, y usted también siempre me hallaréis en él mismo. Breve es el tiempo que nos apartamos corporalmente, pues todos los días de la vida humana son tan breves (Job 14,5), y alcanzando con la divina gracia victoria de nuestros enemigos, muy presto nos veremos y gozaremos eternamente en la celestial Jerusalén, donde no hay dolor, ni llanto (Ap 21,4), ni división. En el ínterin, carísima mía, todo el bien hallaréis en el Señor y también me tendréis y veréis a mí en él; quede en vuestro corazón y os consuele.” No alargó más la plática nuestra prudentísima Reina, por atajar el llanto de Isabel, y puesta de rodillas la pidió la bendición y perdón de lo que la podía haber molestado con su compañía. Hizo instancia hasta que se la dio, y la misma hizo Santa Isabel para que la divina Señora la volviese el retorno con otra bendición, y por no negarla este consuelo, se la dio María Santísima. 309. Llegó la Reina también a ver al niño Juan y recibiéndole en sus brazos le echó muchas bendiciones eficaces y misteriosas. El milagroso infante por dispensación divina habló a la Virgen Madre, aunque en voz baja y de párvulo. “Madre sois del mismo Dios la dijo y Reina de todo lo criado, depositaria del tesoro inestimable del cielo, amparo y protectora de mí, vuestro siervo; dadme vuestra bendición y no me falte vuestra intercesión y vuestra gracia.” Besó tres veces la mano de la Reina el niño y adoró en su virginal vientre al Verbo humanado y le pidió su bendición y gracia, y

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con suma reverencia se ofreció a su servicio. El niño Dios se mostró agradable y con benevolencia a su precursor; y todo esto lo conoció y miraba la felicísima madre María Santísima. Y en todo procedía y obraba con plenitud de ciencia divina, dando a cada uno de estos grandes misterios la veneración y aprecio que pedía; porque trataba magníficamente a la sabiduría de Dios (2 Mac 2,9) y sus obras. 310. Quedó toda la casa de Zacarías santificada de la presencia de María Santísima y del Verbo humanado en sus entrañas, edificada de su ejemplo, enseñada de su conversación y doctrina, aficionada a su dulcísimo trato y modestia. Y llevándose los corazones de aquella dichosa familia, los dejó a todos en ella llenos de dones celestiales que les mereció y alcanzó de su Hijo Santísimo. Su santo esposo José quedó en gran veneración con Zacarías, Isabel y Juan, que conocieron su dignidad, antes que a él mismo se le manifestase. Y despidiéndose el dichoso Patriarca de todos, alegre con su tesoro, aunque no del todo conocido, partió para Nazaret; y lo que sucedió en el viaje diré en el capítulo siguiente. Pero antes de comenzarle María Santísima pidió la bendición de rodillas a su esposo, como en tales ocasiones lo hacía, y habiéndosela dado, principiaron la jornada.” Doctrina de la Reina María Santísima. 311. “Hija mía, aquella dichosa alma a quien Dios elige para su trato regalado y alta perfección, siempre debe tener el corazón preparado (Eclo 2,20) y no turbado, para todo lo que Su Majestad quisiere disponer y hacer en ella, sin resistencia; y de su parte debe ejecutarlo todo con prontitud. Yo lo hice así, cuando el Altísimo me mandó salir de mi casa y dejar mi amable retiro para venir a la de mi sierva Isabel, y lo mismo cuando me ordenó la dejase. Todo lo ejecuté con pronta alegría; y aunque de Isabel y su familia recibí tantos beneficios, y con el amor y benevolencia que has conocido, pero no obstante esto, en sabiendo la voluntad del Señor, aunque me hallé obligada, pospuse todo afecto propio, sin admitir más de lo que era compatible de caridad y compasión con la presteza de la obediencia que debía al divino mandato. 312. “Hija mía carísima, ¡cómo procurarías esta verdadera y perfecta resignación, si del todo conocieras su valor y cuán agradable es a los ojos del Señor y útil y provechosa para el alma! Trabaja, pues, por conseguirla con mi imitación, a que tantas veces te convido y te persuado. El mayor impedimento para llegar a este grado de perfección es admitir afectos o inclinaciones particulares a cosas terrenas, porque éstas hacen indigna al alma de que el Señor la elija para sus delicias y la manifieste su voluntad. Y si la conocen las almas, las detiene el amor vil que han puesto en otras cosas, y con este asimiento no están capaces de la prontitud y alegría con que deben obedecer al gusto de su Señor. Reconoce, hija, este peligro y no admitas en tu corazón afecto alguno particular, porque te deseo muy perfecta y docta en este arte del amor divino y que tu obediencia sea de ángel y tu amor de serafín. Tal quiero que seas en todas tus acciones, pues a esto te obliga mi amor, y te lo enseña la ciencia y luz que recibes. 313. “No te quiero decir que no has de ser sensible, que esto no es posible a la criatura naturalmente, pero cuando te sucediere alguna cosa adversa, o te faltare lo que te pareciere útil o necesario y apetecible, entonces con alegre igualdad te deja toda en el Señor y le hagas sacrificio de alabanza, porque se hace su voluntad santa en lo que a ti te tocaba. Y con atender sólo al beneplácito de su divina disposición y que todo lo demás es momentáneo, te hallarás pronta y fácil en la victoria de ti misma y lograrás todas las ocasiones de humillarte al poder de la mano del Señor. También te advierto que me imites en el respeto y veneración de los sacerdotes y que para hablarles y despedirte les pidas siempre la bendición; y esto mismo harás con el Altísimo para cualquiera obra que comenzares. A los superiores te muestra siempre con rendimiento y sumisión. A las mujeres que vinieren a pedirte consejo, amonéstalas si fueren casadas que sean obedientes a sus maridos, sujetas y pacíficas en sus casas y familias, recogidas en ellas y cuidadosas en cumplir con sus obligaciones. Pero que no se ahoguen ni entreguen totalmente a los cuidados con pretexto de necesidad, pues más se les ha de suplir por la bondad y liberalidad del Altísimo, que por su demasiada negociación. En los sucesos que a mí me tocaron en mi estado, hallarás para esto la doctrina y ejemplar verdadero, y toda mi vida lo será para que las almas compongan la perfección que deben en todos sus estados; por esto no te doy advertencias para cada uno.” CAPITULO 25 Regresar al Principio La jornada de María Santísima de casa de Zacarías a Nazaret.

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314. Para dar la vuelta de la ciudad de Judá a la de Nazaret, salió María Santísima, vivo tabernáculo de Dios vivo, caminando por las montañas de Judea en compañía de su fidelísimo esposo José. Y aunque los evangelistas no dicen la festinación y diligencia con que hizo esta jornada, como lo dijo San Lucas de la primera (Lc 1,39), por el misterio especial que aquella prisa encerraba, también este viaje y vuelta a Nazaret caminó la Princesa del cielo con gran presteza para los sucesos que la esperaban en casa. Y todas las peregrinaciones de esta divina Señora fueron una mística demostración de sus progresos espirituales e interiores; porque ella era el verdadero tabernáculo del Señor que nunca descansaba de asiento (1 Par 17,5) en la peregrinación de la vida mortal, antes procediendo y pasando cada día de un estado muy alto de sabiduría y gracia a otro más levantado y superior, siempre caminaba y siempre era única y peregrina en este camino de la tierra prometida, y siempre llevaba consigo misma el propiciatorio verdadero, donde sin intermisión, con aumentos de sus dones y favores propios, solicitaba y adquiría nuestra salvación para nosotros. 315. Tardaron en esta jornada nuestra gran Reina y San José otros cuatro días, como en la venida, que dije en el capítulo 16 (Cf, supra n.207). Y en el modo de caminar y en sus divinas pláticas y conversaciones que tenían en todo el viaje, sucedió lo mismo que allá dije, y no es necesario repetirlo ahora. En las contiendas ordinarias de humildad que tenían, siempre vencía nuestra Reina, salvo cuando interponía su santo esposo la obediencia de sus mandatos; que el rendirse obediente era la mayor humildad. Pero como iba ya preñada de tres meses, caminaba más atenta y cuidadosa, no porque le fuese grave ni pesado su embarazo, que antes le era de alivio suavísimo, mas la prudente y atenta Madre cuidaba mucho de su tesoro, porque le miraba con los aumentos y progresos naturales que cada día iba recibiendo el cuerpo santísimo de su Hijo en su virginal vientre. Y no obstante la facilidad y ligereza del embarazo, algunas veces la fatigaba el trabajo del camino y el calor, porque para no padecer, no se valía de los privilegios de Reina y Señora de las criaturas, antes daba lugar a las molestias y cansancio, para ser en todo maestra de perfección y estampa única de su Hijo Santísimo. 316. Como su divino embarazo era en la parte de la naturaleza tan perfecto y su persona elegantísima y delicada y todo sin defecto alguno, naturalmente le crecía el vientre y reconocía la discretísima esposa que sería imposible ocultarle muchos días a su castísimo y fidelísimo esposo. Con esta consideración le miraba ya con mayor ternura y compasión, por el sobresalto que de cerca le amenazaba, de que deseara excusarle, si conociera la voluntad divina. Pero el Señor no le respondió a estos cuidados, porque disponía el suceso por los medios más oportunos para gloria suya, merecimiento de San José y de su Madre Virgen. Con todo esto en su secreto la gran Señora pedía a Su Majestad que previniese el corazón del santo esposo con la paciencia y sabiduría que había menester y le asistiese con su gracia, para que en la ocasión que esperaba obrase con beneplácito y agrado de la voluntad divina; porque siempre juzgaba había de recibir gran dolor, viéndola preñada. 317. Prosiguiendo el camino hizo en él la Señora del mundo algunas obras admirables, aunque siempre con modo oculto y secreto. Sucedió que llegaron a un lugar no lejos de Jerusalén, y en la misma posada concurrió aquella noche alguna gente de otro lugar pequeño que pasaban a la ciudad santa y llevaban una mujer moza y enferma a buscarle algún remedio, como en lugar más populoso y grande, y aunque la conocían por muy enferma, ignoraban sus dolencias y la causa de ellas. Había sido aquella mujer muy virtuosa; y conociendo el común enemigo su natural y virtudes adelantadas, se convirtió contra ella, como lo hace siempre contra los amigos de Dios y enemigos suyos. Persiguiéndola, la hizo caer en algunas culpas, y para llevarla de un abismo en otro, la tentó con falsas ilusiones de desconfianza y desordenado dolor de su propia deshonra, y turbándole el juicio halló lugar este dragón de entrarse en la afligida mujer y poseerla con otros muchos demonios. Ya dije en la primera parte (Cf. supra p.I n.132), que concibió grande ira el infernal dragón contra todas las mujeres virtuosas después que vio en el cielo aquella mujer vestida del sol (Ap 12,1), de cuya generación son las demás que la siguen, como del capítulo 12 del Apocalipsis se colige; y por este enojo estaba muy soberbio y ufano con la posesión de aquel cuerpo y alma de la afligida mujer y la trataba como tirano enemigo. 318. Vio nuestra divina Princesa en su posada a aquella mujer enferma y conoció su dolencia que todos ignoraban; y movida de su maternal misericordia, oró y pidió a su Hijo Santísimo la diese salud de cuerpo y alma. Y conociendo la voluntad divina que se inclinaba a clemencia, y usando de la potestad de Reina, mandó a los demonios saliesen al punto de aquella mujer y la dejasen libre sin volver más a molestarla; que se fuesen a los profundos, como su legítima y propia habitación. Este mandato de nuestra gran Reina y Señora no fue vocal, sino mental o imaginario, de manera que lo pudieran percibir los inmundos espíritus; pero fue tan eficaz y poderoso, que sin dilación salieron Lucifer y sus

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compañeros de aquel cuerpo y fueron lanzados en las tinieblas del infierno. Quedó la dichosa mujer libre y suspensa de tan inopinado suceso, pero inclinóse con un movimiento del corazón a la purísima y santísima Señora, la miró con especial veneración y afecto, y con esta vista recibió otros dos beneficios: el uno, que se le movió el interior con íntimo dolor de sus pecados; el otro, que se le quitaban o deshacían los malos efectos y reliquias que le habían dejado en el cuerpo aquellos injustos poseedores que algún tiempo había sentido y padecido. Reconoció que aquella divina forastera, encontrada por su gran dicha en el camino, tenía parte en el bien que sentía y que había recibido del cielo. Habló con ella, y respondiéndola nuestra Reina al corazón, la exhortó y amonestó a la perseverancia, y también se la mereció para adelante. Los deudos que con ella iban conocieron también el milagro, pero lo atribuyeron a la promesa que iban cumpliendo de llevarla al templo de Jerusalén, ofreciendo en él alguna limosna. Y así lo hicieron alabando a Dios, pero ignorando el instrumento de aquel beneficio. 319. Fue grande y furiosa la turbación que recibió Lucifer, viéndose arrojado con solo el imperio de María Santísima y desposeído de esta mujer, y con rabiosa indignación se admiraba y decía: “¿Quién es esta mujercilla que con tanta fuerza nos manda y nos oprime? ¿Qué novedad es ésta y cómo la sufre mi soberbia? Conviene que todos reparemos en esto y tratemos de aniquilarla.” Y porque en el capítulo siguiente diré más en este punto, lo dejo ahora. Pero llegando nuestros caminantes divinos a otra posada, que era dueño de ella un hombre de mala condición y costumbres; y para comenzar a ser dichoso, ordenó Dios que recibiese con ánimo piadoso y benévolo a María Santísima y a José su esposo; les hizo más cortesía y servicios de los que solía hacer a otros huéspedes; y porque el retorno fuese también más aventajado, la gran Reina, que conoció el estado de la conciencia estragado de su hospedero, oró por él y le dejó el fruto de esta oración en pago del hospedaje, dejándole justificada el alma, mejorada la vida y también la hacienda; que por un pequeño beneficio que hizo a sus huéspedes soberanos, se le acrecentó Dios de allí adelante. Otras muchas maravillas hizo la Madre de la gracia en este viaje, porque sus emisiones eran divinas (Cant 4,13) y todo lo santificaba si hallaba disposición en las almas. Dieron fin a su jornada llegando a Nazaret, donde la Princesa del cielo aliñó y limpió su casa con asistencia y ayuda de sus santos ángeles, que en estos tan humildes ministerios siempre la acompañaban como émulos de su humildad y celosos de su veneración y culto. El Santo José se ocupaba en su ordinario trabajo para sustentar a la Reina, y ella no frustraba la esperanza del corazón del santo (Prov 31,11). Se ceñía de nueva fortaleza para los misterios que aguardaba y extendía su mano a cosas fuertes (Ib. 17.19), y en su secreto gozaba de la continua vista del tesoro de su vientre, y con ella de incomparables favores, delicias y regalos. Granjeaba grandiosos merecimientos e incomparable agrado de Dios. Doctrina que me dio la Reina del cielo. 320. “Hija mía, las almas fieles que conocen a Dios por la luz de la fe y son hijas de la Iglesia, para usar de esta virtud y de las que con ella se les infunden, no debían de hacer diferencia de tiempos, ni lugares ni ocupaciones; porque Dios está presente en todas las cosas y las llena de su ser infinito, y en cualquiera lugar y ocasión se halla la fe para adorarle y reconocerle en espíritu y verdad (Jn 4,23). Y así como a la creación, por donde recibe el alma el ser primero, se sigue la conservación, y a la vida la respiración, en que nunca admite intervalo, como tampoco en la nutrición y aumento, hasta llegar al término, a este modo la criatura racional, después de ser regenerada por la fe y la gracia, debía no interrumpir jamás el aumento de esta vida espiritual, obrando siempre obras de vida con la fe, esperanza y amor en todo tiempo y lugar. Y por el olvido y descuido que los hombres tienen en esto, y más los hijos de la Iglesia, vienen a tener la vida de la fe como si no la tuviesen, porque la dejan morir, perdiendo la caridad. Y son éstos los que recibieron en vano (Sal 23,4) esta nueva alma, como lo dice David, porque no usan de ella más que si no la hubieran recibido. 321. “Tu vida espiritual quiero yo, carísima, que no tenga más vacíos ni intervalos que la natural. Siempre has de obrar con la vida de la gracia y dones del Altísimo, orando, amando, alabando, creyendo, esperando y adorando a este Señor en espíritu y verdad, sin diferencia de tiempos, de ocupaciones ni de lugar. En todo está presente y de todas las criaturas racionales quiere ser amado y servido. Por lo que te encargo que, cuando llegaren a ti las almas con este olvido o con otras culpas y fatigadas del demonio, pide por ellas con viva fe y confianza; que si el Señor no obrare siempre al modo que lo deseas, y ellas piden, lo hará ocultamente, y tú conseguirás el haberle dado gusto, trabajando como fiel hija y esposa. Y si en todo procedes como quiere de ti, te aseguro que para el beneficio de las almas te concederá muchos privilegios de esposa. Atiende en esto a lo que yo hacía cuando miraba a las almas en desgracia del Señor y el cuidado y celo con que trabajaba por todas, y señaladamente por algunas. Y a imitación mía, y para obligarme cuando el Altísimo te manifestare el estado de algunas almas, o ellas te lo declararen, trabaja y pide por todas y amonéstalas con prudencia, humildad y recato; que el Todopoderoso no quiere obres tú con ruido, ni que los

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efectos de tu trabajo se manifiesten, sino que sean ocultos, que en esto se mide a tu natural encogimiento y deseo y quiere en ti lo más seguro. Y aunque por todas las almas has de pedir, más eficazmente por aquellas que conocieres ser más conforme a la voluntad divina.” CAPITULO 26 Regresar al Principio Hacen los demonios un conciliábulo en el infierno contra María Santísima. 322. En el instante que se ejecutó el inefable misterio de la Encarnación, dije arriba en su lugar, capítulo 11, núm. 140, que Lucifer y todo el infierno sintieron la virtud del brazo poderoso del Altísimo, que los derribó a lo más profundo de las cavernas infernales. Estuvieron allí oprimidos algunos días, hasta que el luismo Señor con su admirable providencia dio permiso para que saliesen de aquella opresión, cuya causa ignoraban. Se levantó, pues, el dragón grande y salió al mundo para rodear la tierra, reconociendo en toda ella si había alguna novedad a que atribuir la que él y sus ministros habían sentido en sí mismos. Esta diligencia no la quiso fiar el soberbio príncipe de las tinieblas de solos sus compañeros, pero salió él mismo con ellos y, discurriendo por todo el orbe, con suma astucia y malignidad anduvo inquiriendo y acechando por varios modos para investigar lo que deseaba. Gastó en esta diligencia tres meses y al fin de ellos volvió al infierno tan ignorante de la verdad como de él había salido; porque no eran tan divinos misterios para que él los entendiese por entonces, siendo tan tenebrosa su malignidad, que ni había de gozar de sus admirables efectos, ni por ellos había de glorificar ni bendecir a su Hacedor como nosotros, para quienes fue la Redención. 323. Se hallaba más confuso y congojoso el enemigo de Dios, sin saber a qué atribuir su nueva desdicha, y para consultar el caso convocó a todas las cuadrillas infernales, sin reservar demonio alguno. Y puesto en lugar eminente en aquel conciliábulo, le hizo este razonamiento: “Bien sabéis, súbditos míos, la solicitud grande que he puesto, después que Dios nos arrojó de su casa y destruyó de nuestra potestad, en vengarme, procurando yo destruir la suya. y aunque no le puedo tocar a él, pero en los hombres a quien ama no he perdido tiempo ni ocasión para traerlos a mi dominio, y con mis fuerzas he poblado mi reino y tengo tantas gentes y naciones que me siguen y obedecen, y cada día voy ganando innumerables almas y apartándolas del conocimiento y obediencia de Dios, para que no lleguen a gozar lo que nosotros perdimos, antes los he de traer a estas penas sempiternas que padecemos, pues han seguido mi doctrina y mis pisadas, y en ellas vengaré la ira que tengo concebida contra su Creador. Pero todo lo referido me parece poco, y siempre me tiene sobresaltado esta novedad que hemos sentido, porque no nos ha sucedido cosa como ésta después que nos arrojaron del cielo, ni tan gran fuerza nos ha oprimido y arruinado; y reconozco que vuestras fuerzas y las mías se han quebrantado mucho. Este efecto tan nuevo y extraordinario sin duda tiene nuevas causas, y en nuestra flaqueza siento gran temor que nuestro imperio se ha arruinado. 324. Este negocio pide nuestra advertencia, y mi furor está constante y la ira de mi venganza no está satisfecha. Yo he salido y rodeado todo el orbe, reconociendo a todos sus moradores con gran cuidado, y no he topado cosa notable. A las mujeres virtuosas y perfectas del género de aquella nuestra enemiga que conocimos en el cielo, a todas he observado y perseguido por encontrarla entre ellas, mas no hallo indicios de que haya nacido; porque ninguna hallo con las condiciones que me parece ha de tener la que ha de ser Madre del Mesías. Una doncella, que yo temía por sus grandes virtudes y la perseguí en el templo, ya está casada, y así no puede ser ella la que buscamos, porque Isaías dijo (Is 7,14) que había de ser virgen. Con todo eso la temo y aborrezco, porque será posible que siendo tan virtuosa nazca de ella la Madre del Mesías o algún gran profeta, y hasta ahora no la he podido sujetar en cosa alguna, y de su vida alcanzo menos que de las otras. Siempre me ha resistido invencible, y fácilmente se me borra de la memoria, y cuando me acuerdo, no puedo acercarme tanto a ella. Y no acabo de conocer si esta dificultad y olvido son misteriosos, o nacen de mi mismo desprecio que hago de una mujercilla. Pero yo volveré sobre mí, porque en dos ocasiones estos días me ha mandado y no hemos podido resistir a su imperio y magnanimidad, con que nos ha desterrado de nuestra posesión que teníamos en aquellas personas de donde nos arrojó. Esto es muy digno de reparo, y sólo por lo que se ha mostrado en estas ocasiones merece mi indignación. Determino perseguirla y rendirla y que vosotros me ayudéis en esta empresa con todas vuestras fuerzas y malicia; que quien se señalare en esta victoria, recibirá grandes premios de mi gran poder. 325. Toda la infernal canalla, que atentos oyeron a Lucifer, alabaron y aprobaron sus intentos, y le dijeron no tuviese

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cuidado que por aquella mujer se desharían ni menguarían sus triunfos, pues tan pujante estaba su poder y debajo de él tenía casi todo el mundo. y luego fueron arbitrando los medios que tomarían para perseguir a María Santísima, por mujer señalada y singular en santidad y virtudes, y no por Madre del Verbo humanado, que entonces, como he dicho (Cf. supra n.130), ignoraban los demonios el sacramento escondido. De este acuerdo se le siguió luego a la divina Princesa una larga contienda con Lucifer y sus ministros de maldad, para que muchas veces le quebrantase la cabeza a este dragón infernal. Y aunque ésta fue gran batalla contra él, y muy señalada en la vida de esta gran Señora, pero después tuvo otra mayor, cuando quedó en el mundo, después de la subida de su Hijo Santísimo a los cielos. Y de ésta hablaré en la tercera parte (Cf. infra p.III n.451-527) de la divina Historia, para donde me han remitido; porque fue muy misteriosa, como ya era conocida de Lucifer por Madre de Dios, y de ella habló San Juan en el capítulo 12 del Apocalipsis, como diré en su lugar. (Cf. infra p.III n.505-532). 326. En la dispensación de los misterios incomparables de la Encarnación, fue admirable la providencia del Altísimo, y ahora lo es en el gobierno de la Iglesia Católica. Y no hay duda que a esta fuerte y suave providencia convenía ocultar a los demonios muchas cosas que no es bien las alcancen, así porque son indignos de conocer los sagrados misterios, por lo que arriba dije (Cf. supra n.318), como también porque en estos enemigos se ha de manifestar más el poder divino, para que estén debajo de él oprimidos. Y a más de esto, porque con la ignorancia de las obras que Dios les oculta, corre más suavemente el orden de la Iglesia y la ejecución de todos los sacramentos que Dios ha obrado en ella, y la ira desmedida del demonio se enfrena mejor en lo que Su Majestad no le quiere dar permiso. Y aunque siempre le puede y pudiera oprimir y detener, pero todo lo dispensa el Altísimo con el modo más conveniente a su bondad infinita. Por esto ocultó el Señor de estos enemigos la dignidad de María Santísima y el modo milagroso de su embarazo, su integridad virginal antes y después del parto; y con haberla dado esposo se disimulaba más esto. Tampoco conocieron la divinidad de Cristo nuestro Señor con infalible y firme juicio hasta la hora de su muerte, y desde entonces entendieron muchos misterios de la Redención en que se habían alucinado y deslumbrado; porque si entonces le hubieran conocido, antes hubieran procurado estorbar su muerte, como lo dijo el apóstol (1 Cor 2,8 (A.)), que incitar a los judíos para que se la dieran más cruel, como adelante declararemos en su lugar (Cf. infra n.1228,1251,1259,1273), y pretendieran impedir la Redención, y manifestar al mundo que era Cristo verdadero Dios. Y por esto, cuando le conoció y confesó San Pedro (Mt 16,16 (A.)), le mandó a él y a los demás apóstoles que a nadie lo dijesen; y aunque por los milagros que hacía el Salvador, y por los demonios que expelía de los cuerpos, como refiere San Lucas (Lc 4,33-35, 8,30-37 (A.)), venían en sospechas de que era el Mesías y le llamaban Hijo de Dios altísimo, no consentía Su Majestad que dijesen esto; ni tampoco lo afirmaban con certeza que tuviesen, porque luego se les desvanecían las sospechas con ver a Cristo nuestro Señor pobre, despreciado y fatigado, porque nunca penetraron el misterio de la humildad del Salvador; su soberbia desvanecida se le deslumbraba. 327. Pues como Lucifer no conocía la dignidad de Madre de Dios en María Santísima, cuando la previno esta persecución, aunque fue terrible como se verá (Cf. infra n.335-374), con todo eso fue más cruel otra que después padeció sabiendo quién era (Cf. infra p.III n.452ss). Y si en esta ocasión de que voy hablando entendiera que ella era la que había visto en el cielo vestida del sol y que le había de quebrantar la cabeza, se enfureciera y deshiciera en su rabia, convirtiéndose en rayos de ira. Y si considerándola solamente mujer santa y perfecta se indignaron todos tanto, cierto es que si conocieran su excelencia, hubieran turbado toda la naturaleza, cuanto ellos pudieran para perseguirla y acabar con ella. Pero como el dragón y sus aliados ignoraban, por una parte, el oculto misterio de la divina Señora y, por otra, sentían en ella tan poderosa virtud y la santidad tan extremada, con esta confusión andaban atentando y conjeturando y se preguntaban unos a otros quién sería aquella mujer, contra quien tan flacas reconocían sus fuerzas, y si por ventura era la que entre las criaturas había de tener el preeminente lugar. 328. Otros respondían que no era posible ser aquella mujer Madre del Mesías que aguardaban los fieles porque, a más de tener marido, ella y él eran muy pobres y humildes y poco celebrados en el mundo, y no se manifestaban con milagros y prodigios, ni se dejaban estimar ni temer de los hombres. Y como Lucifer y sus ministros son tan soberbios, no se persuadían que con la grandeza y dignidad de Madre de Dios eran compatibles tan extremado desprecio de sí misma y tan rara humildad; y todo lo que a él le había descontentado tanto, viéndose con menor excelencia, juzgaba que el que era poderoso no lo eligiera para sí. Al fin le engañó su misma arrogancia y desvanecida soberbia, que son los vicios más tenebrosos para cegar el entendimiento, y precipitar la voluntad. Por esto dijo Salomón (Sab 2,21 (A.)) que su propia malicia los había cegado, para que no conocieran que el Verbo Eterno había de elegir tales medios para destruir la arrogancia y altivez de este dragón, cuyos pensamientos distaban de los juicios del altísimo Señor más que el cielo dista de la tierra (Is 55,9); porque juzgaba que Dios bajaría al mundo contra él con grande aparato y ostentación ruidosa,

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humillando con potencia a los soberbios, a los príncipes y monarcas que el mismo demonio tenía desvanecidos; como se vio en tantos que precedieron a la venida de Cristo nuestro Señor, tan llenos de soberbia y presunción, que parecían haber perdido el seso y el conocimiento de ser mortales y terrenos. Todo esto lo medía Lucifer por su propia cabeza, y le parecía que Dios había de proceder en esta venida como procede él con su furor y condición contra las obras de nuestro Señor. 329. Pero Su Majestad, que es sabiduría infinita, lo hizo todo al contrario de lo que juzgó Lucifer, porque vino a vencerle, no con sola su omnipotencia, pero con la humildad, mansedumbre, obediencia y pobreza, que son las armas de su milicia (2 Cor 10,4), y no con ostentación, fausto y vanidad mundana, que se alimenta con las riquezas de la tierra. Vino disimulado y oculto en el aparato, eligió Madre pobre, y todo lo que el mundo aprecia vino a desestimar y a enseñar la ciencia de la vida con doctrina y con ejemplo; con que se halló el demonio engañado y vencido con los medios que más le oprimen y atormentan. 330. Ignorando todos estos misterios, anduvo Lucifer algunos días acechando y reconociendo la condición natural de María Santísima, su complexión, compostura, sus inclinaciones y el sosiego de sus acciones, tan iguales y medidas, que era lo que a este enemigo no se le encubría. Y conociendo que todo esto era tan perfecto y la condición tan dulce y que todo junto era un muro invencible, volvió a consultar a los demonios, proponiéndoles la dificultad que sentía en aquella mujer para tentarla y que era empresa de gran cuidado. Fabricaron todos grandes y diversas máquinas de tentaciones con que acometerla, ayudándose unos a otros en esta demanda. Y de cómo lo ejecutaron hablaré en los capítulos siguientes, y del triunfo glorioso que alcanzó la soberana Princesa de todos estos enemigos y de sus dañados y malignos consejos fraguados con iniquidad. Doctrina de la Reina del cielo María Santísima. 331. “Hija mía, te deseo muy advertida y atenta para que no seas poseída de la ignorancia y tinieblas con que comúnmente están oscurecidos los mortales, olvidando su salvación eterna, sin considerar su peligro, por la incesante persecución de los demonios para perderlos. Así duermen, descansan y se olvidan los hombres, como si no tuviesen enemigos fuertes y vigilantes. Este formidable descuido se origina de dos causas: la una, que los hombres están tan entregados a lo terreno, animal (1 Cor 2,14) y sensible, que no saben sentir otras heridas más de las que tocan al sentido animal; todo lo demás interior no les ofende en su estimación. La otra razón es porque los príncipes de las tinieblas son invisibles y ocultos al sentido (Ef. 6,12), y como los hombres carnales no los tocan, ni los ven, ni sienten, se olvidan de temerlos; siendo así que por eso mismo debían de estar más atentos y cuidadosos, porque los enemigos invisibles son más astutos y diestros en ofender a traición, y por eso el peligro es tanto más cierto cuanto es menos manifiesto, y las heridas tanto más mortales cuanto menos sensibles, imperceptibles y menos sentidas. 332. “Oye, hija, las verdades más importantes para la vida verdadera y eterna. Atiende a mis consejos, ejecuta mi doctrina y recibe mis amonestaciones, porque si te dejas con descuido, enmudeceré contigo. Advierte, pues, lo que hasta ahora no has penetrado de la condición de estos enemigos: porque te hago saber que ningún entendimiento, ni lengua de hombres, ni de los ángeles, pueden manifestar la ira (Ap 12,12) y furiosa saña que Lucifer y sus demonios tienen concebida contra los mortales, porque son imagen del mismo Dios y capaces de gozarle eternamente. Sólo el mismo Señor comprende la iniquidad y maldad de aquel pecho soberbio y revelado contra su santo nombre y adoración. Y si con su poderoso brazo no tuviera oprimidos a estos enemigos, en un momento destruyeran el mundo, y más que leones hambrientos, dragones y fieras despedazaran a todos los hombres y rasgaran sus carnes. Pero el Padre piadosísimo, padre de las misericordias, defiende y enfrena esta ira y guarda entre sus brazos a sus hijuelos para que no caigan en el furor de estos lobos infernales. 333. “Considera, pues, ahora, con la ponderación que pudieres, si hay dolor tan lamentable como ver tantos hombres oscurecidos y olvidados de tal peligro, y que unos por liviandad, por ligeras causas, por un deleite breve y momentáneo, otros por negligencia y otros por sus apetitos desordenados, se arrojen todos voluntariamente, desde el refugio donde los pone el Altísimo, a las furiosas manos de tan impíos y crueles enemigos; y esto no para que una hora, un día, un mes o un año ejecuten en ellos su furor, sino para que lo hagan eternamente con tormentos indecibles e imponderables. Admírate, hija mía, y teme de ver tan horrenda y formidable estulticia de los mortales impenitentes, y que los fieles, que esto conocen por fe, hayan perdido el seso y los tenga el demonio tan dementados y ciegos en medio de la luz que les administra la fe verdadera y católica que profesan, que ni ven ni conocen el peligro, ni saben

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apartarse de él. 334. “Y para que tú más le temas y te guardes, advierte que este dragón te reconoce y acecha desde la hora que fuiste creada y saliste al mundo, y noche y día te rodea sin descansar, para aguardar lance en que hacer presa en ti, y observa tus naturales inclinaciones, y aun los beneficios del Señor, para hacerte guerra con tus propias armas. Hace consulta con otros demonios sobre tu ruina y les promete premios a los que más la solicitaren; y para esto pesan tus acciones con grande desvelo y miden tus pasos y todos trabajan en arrojarte lazos y peligros para cada obra y acción que intentas. Todas estas verdades quiero veas en el Señor, donde conocerás a dónde llegan, y mídelas después con la experiencia que tienes, que careándolo entenderás si es razón que duermas entre tantos peligros. y aunque a todos los nacidos les importa este desvelo, a ti más que a otro ninguno por especiales razones, que aunque no todas te las manifiesto ahora, no por eso dudes de que te conviene vivir vigilantísima y atenta; y basta que conozcas tu natural blando y frágil, de que se aprovecharán contra ti tus enemigos.” CAPITULO 27 Regresar al Principio Previene el Señor a María Santísima para entrar en la batalla con Lucifer y comienza el dragón a perseguirla. 335. El Verbo eterno, que humanado en el vientre de María Virgen la tenía ya por Madre y conocía los consejos de Lucifer, no sólo con la sabiduría increada en cuanto Dios, pero también con la ciencia criada en cuanto hombre, estaba atento a la defensa de su tabernáculo, más estimable que todo el resto de las otras criaturas. Y para vestir de nueva fortaleza a la invencible Señora contra la osadía loca de aquel alevoso dragón y sus cuadrillas, se movió la humanidad santísima y estuvo como en pie en el tabernáculo virginal, como en forma de quien se opone y ocurre a la batalla, indignado contra los príncipes de las tinieblas. En esta postura hizo oración al Padre eterno, pidiéndole renovase sus favores y gracias con su misma Madre, para que fortalecida de nuevo quebrantase la cabeza de la serpiente antigua, para que humillado y oprimido por una mujer quedasen frustrados sus intentos y debilitadas sus fuerzas, y la Reina de las alturas saliese victoriosa y triunfando del infierno, con gloria y alabanza del mismo ser de Dios y de la Madre y Virgen. 336. Como lo pidió Cristo Señor nuestro, así lo concedió y decretó la Beatísima Trinidad. Y luego por un modo inefable se le manifestó a la Virgen Madre su Hijo Santísimo que tenía en su vientre, y en esta visión se le comunicó una abundantísima plenitud de bienes, gracias y dones indecibles, y con nueva sabiduría conoció altísimos misterios y muy ocultos, que yo no puedo declarar. Especialmente entendió que Lucifer tenía fabricadas grandes máquinas y soberbios pensamientos contra la gloria del mismo Señor, y que la arrogancia de este enemigo se extendía a beberse las aguas puras del Jordán (Job 40,18). Y dándole el Altísimo estas noticias, la dijo Su Majestad: “Esposa y paloma mía, el sediento furor del dragón infernal es tan insaciable contra mi santo nombre y contra los que le adoran, que sin excepción de nadie a todos pretende derribar y borrar mi nombre de la tierra de los vivientes con osadía y presunción formidable. Yo quiero, amada mía, que tú vuelvas por mi causa y defiendas mi honor santo, peleando en mi nombre con este cruel enemigo; que yo estaré contigo en la batalla, pues estoy en tu virginal vientre. y antes de salir al mundo, quiero que con mi virtud divina los destruyas y confundas, porque están persuadidos que se acerca la Redención de los hombres y desean, primero que llegue, destruir a todos y ganar las almas del mundo sin reservar alguna. De tu fidelidad y amor fío esta victoria. Tú pelearás en mi nombre y yo en ti con este dragón y serpiente antigua.” 337. Este aviso del Señor, y la noticia de tan ocultos sacramentos, hicieron en el corazón de la divina Madre tales efectos, que no hallo palabras con que manifestar lo que conozco. Y sabiendo que era voluntad de su Hijo Santísimo que la celosísima Reina defendiera la honra del Altísimo, se inflamó tanto en su divino amor y se vistió de fortaleza tan invencible, que si cada uno de los demonios fuera un infierno entero con el furor y malicia de todos, fueran unas flacas hormigas y muy débiles para oponerse a la virtud incomparable de nuestra capitana; a todos los aniquilara y venciera con la menor de sus virtudes y celo de la gloria y honra del Señor. Ordenó este divino protector y amparador nuestro dar a su Madre Santísima este glorioso triunfo del infierno, para que no se levantase más la soberbia arrogante de sus enemigos, cuando se apresuraban tanto a perder el mundo antes que llegase su remedio, y para que los mortales nos hallásemos obligados no sólo a tan inestimable amor de su Hijo Santísimo, pero también a nuestra divina reparadora y defensora, que saliendo a la batalla le detuvo, le venció, le oprimió, para que no estuviese más incapaz y

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como imposibilitado el linaje humano de recibir a su Redentor. 338. ¡Oh hijos de los hombres de corazón tardo y pesado! ¿Cómo no atendemos a tan admirables beneficios? ¿Quién es el hombre (Sal 8,5) que así le estimas y favoreces, Rey altísimo? ¿A tu misma Madre Reina y Señora nuestra ofreces a la batalla y al trabajo por nuestra defensa? ¿Quién oyó jamás ejemplo semejante? ¿Quién pudo hallar tal fuerza e ingenio de amor? ¿Dónde tenemos el juicio? ¿Quién nos ha privado del buen uso de la razón? ¿Qué dureza es la nuestra? ¿Quién tan fea ingratitud nos ha introducido? ¿Cómo no se confunden los hombres que tanto aman la honra y se desvelan en ella, cometiendo tal vileza y tan infame ingratitud, como olvidarse de esta obligación? El agradecerla y pagarla con la misma vida, fuera nobleza y honra verdadera de los mortales hijos de Adán. 339. A este conflicto y batalla contra Lucifer se ofreció la obediente Madre, por la honra de su Hijo Santísimo y su Dios y nuestro. Respondió a lo que la mandaba, y dijo: “Altísimo Señor y bien mío, de cuya bondad infinita he recibido el ser y gracia y la luz que confieso; vuestra soy toda, y vos, Señor, sois por vuestra dignación Hijo mío; haced de vuestra sierva lo que fuere de mayor gloria y agrado vuestro; que si vos, Señor, estáis en mí y yo en vos, ¿quién será poderoso contra la virtud de vuestra voluntad? Yo seré instrumento de vuestro brazo invencible; dadme vuestra fortaleza, y venid conmigo, y vamos contra el infierno y a la batalla con el dragón y todos sus aliados.” Mientras la divina Reina hacía esta oración, salió Lucifer de sus conciliábulos tan arrogante y soberbio contra ella, que a todas las demás almas, de cuya perdición está sediento, las reputaba por cosa de muy poco aprecio. Y si este furor infernal se pudiera conocer como él era, entendiéramos bien lo que dijo de él Dios al santo Job (Job 41,18), que estimaba y reputaba el acero como pajuelas y el bronce como madero carcomido. Tal como ésta era la ira de este dragón contra María Santísima; y no es menor ahora, respectivamente, contra las almas, que a la más santa, invicta y fuerte la desestima su arrogancia como una hojarasca seca. ¿Qué hará de los pecadores, que como cañas vacías y podridas no le resisten? Sola la fe viva y la humildad del corazón son armas dobles con que le vencen y rinden gloriosamente. 340. Para dar principio a la batalla, traía consigo Lucifer las siete legiones con sus principales cabezas, que señaló en su caída del cielo (Ap. 12,3), para que tentasen a los hombres en los siete pecados capitales. Y a cada uno de estos siete escuadrones encargó la demanda contra la Princesa inculpable, para que en ella y contra ella estrenasen sus mayores bríos. Estaba la invencible Señora en oración y, permitiéndolo entonces el Señor, entró la primera legión para tentarla de soberbia, que era el especial ministerio de estos enemigos. Y para disponer las pasiones o inclinaciones naturales, alterando los humores del cuerpo que es el modo común de tentar a otras almas procuraron acercarse a la divina Señora, juzgando que era como las demás criaturas de pasiones desordenadas por la culpa; pero no pudieron acercarse a ella tanto como deseaban, porque sentían una invencible virtud y fragancia de su santidad, que los atormentaba más que el mismo fuego que parecían. Y con ser esto así, y que el semblante sólo de María Santísima les penetraba con sumo dolor, con todo era tan furiosa y desmedida la rabia que concebían, que posponían este tormento, porfiando y forcejando para llegarse más, deseando ofenderla y alterarla. 341. Era grande el número de los demonios, y María Santísima una sola y pura mujer, pero sola ella era tan formidable y terrible (Cant 6,3 (A.)) contra ellos como muchos ejércitos bien ordenados. Se le presentaban cuanto podían estos enemigos con iniquísimas fabulaciones (Sal 118,85), pero la soberana Princesa, enseñándonos a vencer, no se movió, ni alteró, ni mudó el semblante ni el color; no hizo caso de ellos, ni los atendía más que si fueran debilísimas hormigas; los despreció con invicto y magnánimo corazón; porque esta guerra, como se hace con las virtudes, no ha de ser con extremos, estrépito ni ruido, sino con serenidad, con sosiego, paz interior y modestia exterior. Tampoco pudieron alterarla las pasiones ni apetitos, porque esto no caía debajo de la jurisdicción del demonio en nuestra Reina, que estaba toda subordinada a la razón, y ésta a Dios, y no había tocado en la armonía de sus potencias el golpe de la primera culpa ni las había desconcertado, como en los demás hijos de Adán. Y por esto las flechas de estos enemigos eran, como dijo David (Sal 63,8 (A.)), de párvulos y sus máquinas eran como tiros sin munición, y sólo contra sí mismos eran fuertes, porque les redundaba su flaqueza en vivo tormento. Y aunque ellos ignoraban la inocencia y justicia original de María Santísima, y por eso no alcanzaban tampoco que no la podían ofender las comunes tentaciones, pero en la grandeza de su semblante y constancia conjeturaban su mismo desprecio y que la ofendían muy poco. Y no sólo era poco, pero nada; porque, como dijo el evangelista en el Apocalipsis (Ap 12,16), y en la primera parte advertí (Cf. supra p. I n.129-130), la tierra ayudó a la mujer vestida del sol, cuando el dragón arrojó contra ella las impetuosas aguas de tentaciones; porque el cuerpo terreno de esta Señora no estaba viciado en sus potencias y pasiones, como los demás que tocó la culpa.

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342. Tomaron estos demonios figuras corpóreas, terribles y espantosas, y añadiendo crueles aullidos y tremendas voces y bramidos, fingían grandes ruidos, amenazas y movimientos de la tierra y de la casa, que amenazaba ruina, y otros desatinos semejantes, para turbar, espantar o mover a la Princesa del mundo: que sólo con esto, o retraerla de la oración, se tuvieran por victoriosos. Pero el invencible y dilatado corazón de María Santísima no se turbó, ni alteró, ni hizo mudanza alguna. Y se ha de advertir aquí que para entrar en esta batalla dejó el Señor a su Madre Santísima en el estado común de la fe y virtudes que ella tenía y suspendió el influjo de otros favores y regalos que continuamente solía recibir fuera de estas ocasiones. Ordenó el Altísimo esto, porque el triunfo de su Madre fuese más glorioso y excelente, a más de otras razones que tiene Dios en este modo de proceder con las almas; que sus juicios, en cómo se avienen con ellas, son inescrutables (Rom 11,33) y ocultos. Algunas veces solía pronunciar la gran Señora, y decir: “¿Quién como Dios que vive en las alturas y mira a los humildes en el cielo y en la tierra?” (Sal 112,5-6) Y con estas palabras arruinaba aquellas bisarmas que se le ponían delante. 343. Mudaron estos lobos hambrientos su piel y tomaron la de oveja, dejando las figuras espantosas y transformándose en ángeles de luz muy resplandecientes, hermosos. Y llegándose a la divina Señora, la dijeron: “Venciste, venciste, fuerte eres, y venimos a asistirte y premiar tu invencible valor.” Y con estas lisonjas fabulosas la rodearon, ofreciéndola su favor, pero la prudentísima Señora recogió todos sus sentidos y, levantándose sobre sí por medio de las virtudes infusas, adoró al Señor en espíritu y en verdad y, despreciando los lazos de aquellas lenguas inicuas y fabulosas mentiras (Eclo 51,3 (A.)), habló a su Hijo Santísimo y le dijo: “Señor y mi Dueño, fortaleza mía, luz verdadera de la luz, sólo en vuestro amparo está toda mi confianza y la exaltación de vuestro santo nombre. A todos los que lo contradicen, anatematizo, aborrezco y detesto.” Perseveraban los obradores de la maldad en proponer insanias falsas a la Maestra de la ciencia y en ofrecer alabanzas fingidas sobre las estrellas a la que se humillaba más que las ínfimas criaturas; y la dijeron que la querían señalar entre las mujeres y hacerla un exquisito favor, que era elegirla en nombre del Señor por Madre del Mesías y que fuese su santidad sobre los patriarcas y profetas. 344. El autor de esta maraña fue el mismo Lucifer, cuya malicia se descubre en ella para que otras almas la conozcan; pero para la Reina del cielo era ridícula, ofrecerle lo que ella era, y ellos eran los engañados y alucinados no sólo en ofrecer lo que ni sabían ni podían dar, sino en ignorar los sacramentos del Rey del cielo que se encerraban en la dichosísima mujer que ellos perseguían. Con todo esto fue grande la iniquidad del dragón, porque sabía él que no podía cumplir lo que prometía, pero quiso rastrear si acaso nuestra divina Señora lo esa, o si daba algún indicio de saberlo. No ignoró la prudencia de María Santísima esta duplicidad de Lucifer, y despreciándola estuvo con admirable severidad y entereza. Y lo que hizo entre las adulaciones falsas fue continuar la oración y adorar al Señor postrándose en la tierra y confesándole se humillaba a sí misma y se reputaba por la más despreciable de las criaturas y que el mismo polvo que pisaba; y con esta oración y humildad degolló la soberbia presuntuosa de Lucifer todo el tiempo que le duró esta tentación. Y en lo demás que en ella sucedió, la sagacidad de los demonios, su crueldad y fabulaciones mentirosas que intentaron, no me ha parecido referirlo todo, ni alargarme a lo que se me ha manifestado, porque basta lo dicho para nuestra enseñanza y no todo se puede fiar de la ignorancia de las criaturas terrenas y frágiles. 345. Desmayados y vencidos estos enemigos de la primera legión, llegaron los de la segunda, para tentar de avaricia a la más pobre del mundo. La ofrecieron grandes riquezas, plata, oro y joyas muy preciosas: y porque no pareciesen promesas en el aire, le pusieron delante muchas cosas de todo esto, aunque aparentes, pareciéndoles que el sentido tiene gran fuerza para incitar a la voluntad a lo presente deleitable. Añadieron a este engaño otros muchos de razones dolosas, y la dijeron que Dios la enviaba todo aquello para que lo distribuyese a los pobres. Y como nada de esto admitiese, mudaron el ingenio y la dijeron que era injusta cosa estar ella tan pobre, pues era tan santa, y que más razón había para que fuese Señora de aquellas riquezas que otros pecadores y malos; que lo contrario fuera injusticia y desorden de la providencia del Señor, tener pobres a los justos y ricos, y prósperos a los malos y enemigos. 346. En vano se arroja la red dice el Sabio (Prov 1,17 (A.)) ante los ojos de las ligeras aves. En todas las tentaciones contra nuestra soberana Princesa era esto verdad; pero en esta de la avaricia era más desatinada la malicia de la serpiente, pues tendía la red en cosas tan terrenas y viles contra la fénix de la pobreza, que tan lejos de la tierra había levantado su vuelo sobre los mismos serafines. Nunca la prudentísima Señora, aunque estaba llena de sabiduría divina, se puso a razones con estos enemigos; como tampoco debe nadie hacerlo, pues ellos pugnan con la verdad manifiesta y no se darán por convencidos de ella aunque la conozcan. Y por esto se valió María Santísima de algunas palabras de la Escritura, pronunciándolas con severa humildad, y dijo aquella del salmo 118 (Sal 118, 111): Haereditate acquisivi testimonia tua in aeternum. “Yo elegí por heredad y riquezas guardar los testimonios y ley de ti, Señor mío.” Y añadió

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otras, alabando y bendiciendo al Altísimo con acción de gracias, porque a ella la había criado y conservado, sustentándola sin merecerlo. Y con este modo tan lleno de sabiduría venció y confundió la segunda tentación, quedando atormentados y confusos los obreros de la maldad. 347. Llegó la tercera legión con el inmundo príncipe que tienen en la flaqueza de la carne; y en ésta forcejaron más, porque hallaron más imposibilidad para ejecutar cosa alguna de las que deseaban; y así consiguieron menos, si menos puede haber en unas que en otras. Intentaron introducirle algunas sugestiones y representaciones feas y fabricar otras monstruosidades indecibles. Pero todo se quedó en el aire, porque la purísima Virgen, cuando reconoció la condición de este vicio, se recogió toda al interior y dejó suspendido todo el uso de sus sentidos sin operación ninguna, y así no pudo tocar en ellos sugestión de cosa alguna, ni entrar especie a su pensamiento, porque nada llegó a sus potencias. Y con la voluntad fervorosa renovó muchas veces el voto de castidad en la presencia interior del Señor, y mereció más en esta ocasión que todas las vírgenes que han sido y serán en el mundo. Y el Todopoderoso le dio en esta materia tal virtud, que no despide el fuego encerrado en el bronce la munición que está delante con tal fuerza y presteza, como eran arrojados los enemigos cuando intentaban tocar a la pureza de María Santísima con alguna tentación. 348. La cuarta legión y tentación fue contra la mansedumbre y paciencia, procurando mover la ira de la mansísima paloma. Y esta tentación fue más molesta, porque los enemigos trasegaron toda la casa. Rompieron y destrozaron todo cuanto había en ella, en ocasiones y con tal modo que más pudieran irritar a la mansísima Señora; y todo este daño repararon luego sus santos ángeles. Vencidos en esto los demonios, tomaron figuras de algunas mujeres conocidas de la serenísima Princesa y fueron a ella con mayor indignación y furor que si lo fueran verdaderas, y la dijeron exorbitantes contumelias, atreviéndose a amenazarla y quitarle de su casa algunas cosas de las más necesarias. Pero todas estas maquinaciones eran frívolas para quien los conocía como María Santísima, que no hicieron ademán, ni acción alguna que no la penetrase, aunque se abstraía totalmente de ellas, sin moverse ni alterarse, sino con majestad de Reina lo despreciaba todo. Temieron los malignos espíritus que eran conocidos, y por eso despreciados, y tomaron otro instrumento de una mujer verdadera, de condición acomodada para su intento. A ésta la movieron contra la Princesa del cielo con una arte diabólica, porque tomó un demonio la forma de otra su amiga y la dijo que María la de José la había deshonrado en su ausencia, hablando de ella muchos desaciertos que fingió el demonio nuestro enemigo. 349. Esta engañada mujer, que por otra parte tenía muy ligera la ira, se fue toda muy enfurecida a nuestra mansísima cordera María Santísima y la dijo en su rostro execrables injurias y insultos. Pero dejándola poco a poco derramar el enojo concebido, la habló Su Alteza con palabras tan humildes y dulces, que la trocó toda y le puso blando el corazón. Y cuando estuvo más en sí, la consoló y sosegó, amonestándola se guardase del demonio, y dándola alguna limosna, porque era pobre, la despidió en paz; con que se desvaneció este enredo, como otros muchos de esta condición que fabricó el padre de la mentira Lucifer, no sólo para irritar a la mansísima Señora, sino también para de camino desacreditarla. Pero el Altísimo previno la defensa de la honra de su Madre Santísima por medio de su misma perfección, humildad y prudencia, de tal suerte que jamás pudo el demonio desacreditarla en cosa alguna; porque ella obraba y procedía con todos tan mansa y sabiamente, que la multitud de máquinas que fraguaba el dragón se destruían sin tener efecto. La igualdad y mansedumbre, que en este género de tentaciones tuvo la soberana Señora, fue de admiración para los ángeles, y aun los mismos demonios se admiraban, aunque diferentemente, de ver tal modo de obrar en una criatura humana y mujer, porque jamás habían conocido otra semejante. 350. Entró la quinta legión con la tentación de gula; y aunque la antigua serpiente no le dijo a nuestra Reina que hiciera de las piedras pan, como después a su Hijo Santísimo (Mt 4,3), porque no le había visto hacer milagros tan grandes por habérsele ocultado, pero la tentó como a la primera mujer con golosina; y la pusieron delante grandes regalos que con la apariencia convidasen y despertasen el apetito, y procuraron alterarla los humores naturales, para que sintiese alguna hambre bastarda; y con otras sugestiones se cansaron en incitarla, para que atendiese a lo que la ofrecían. Pero todas estas diligencias fueron vanas y sin efecto alguno, porque de todos estos objetos tan materiales y terrenos estaba el corazón alto de nuestra Princesa y Señora tan lejos como el cielo de la tierra. Y tampoco empleó sus sentidos en atender a la golosina, que ni la percibió casi; porque en todo iba deshaciendo lo que había hecho nuestra madre Eva, que, incauta y sin atención al peligro, puso la vista en la hermosura del árbol de la ciencia y en su dulce fruto y luego alargó la mano y comió, dando principio a nuestro daño. No lo hizo así María Santísima, que cerró y abstrajo sus sentidos, aunque no tenía el peligro que Eva; pero ella quedó vencida para nuestra perdición, y la gran Reina victoriosa para nuestro rescate y remedio.

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351. Muy desmayada llegó la sexta tentación de la envidia, viendo el despecho de los antecedentes enemigos; porque si bien ellos no conocían toda la perfección con que obraba la Madre de la santidad, pero sentían su invencible fuerza, y la conocían tan inmóvil, que se desahuciaban de poderla reducir a ninguno de sus depravados intentos. Con todo eso, el implacable odio del dragón y su nunca reconocida soberbia no se rendían, antes añadieron nuevos ingenios para provocar a la amantísima del Señor y de los prójimos a que envidiase en otros lo que ella misma poseía, y lo que aborrecía como inútil y peligroso. La hicieron una relación muy larga de muchos bienes de gracias naturales que otras tenían, y la decían que a ella no se las había dado Dios. Y por si los dones sobrenaturales le fueran más eficaz motivo de la emulación, la referían grandes favores y beneficios que la diestra del Todopoderoso había comunicado a otros y a ella no. Pero estas mentirosas fabulaciones ¿cómo podían embarazar a la misma que era Madre de todas las gracias y dones del cielo? Y porque en todas las criaturas que la podían representar habían recibido los beneficios del Señor, eran todos menos que ser Madre del Autor de la gracia; y por la que le había Su Majestad comunicado, y el fuego de caridad que ardía en su pecho, deseaba con vivas ansias que la diestra del Altísimo los enriqueciese y los favoreciese liberalmente. Pues ¿cómo había de hallar lugar la envidia donde abundaba la caridad? Pero no desistían los crueles enemigos. Representaron luego a la divina Reina la felicidad aparente de otros que con riquezas y bienes de fortuna se juzgaban por dichosos en esta vida y triunfaban en el mundo, y movieron a diversas personas para que fuesen a María Santísima, y le dijesen al mismo tiempo el consuelo que tenían en hallarse ricas y bien afortunadas; como si esta engañosa felicidad de los mortales no estuviera reprobada tantas veces en las divinas Escrituras, y era ciencia y doctrina que la Reina del cielo y su Hijo Santísimo venían a enseñar con ejemplo al mundo. 352. A estas personas que llegaban a nuestra divina Maestra, las encaminaba a usar bien de los dones y riquezas temporales y dar gracias por ellos a su Hacedor, y ella misma lo hacía, supliendo el defecto de la ingratitud ordinaria de los hombres. Y aunque la humildísima Señora se juzgaba por no digna del menor de los beneficios del Altísimo, pero en hecho de verdad su dignidad y santidad eminentísima protestaban en ella lo que en su nombre dijeron los profetas: “Conmigo están las riquezas y la gloria, los tesoros y la justicia. Mi fruto es mejor que la plata, oro y que las piedras muy preciosas” (Prov 8,18-19 (A.)). “En mí está toda la gracia del camino y de la verdad, y toda la esperanza de la vida y de la virtud” (Eclo 24,25 (A.)). Y con esta excelencia y superioridad vencía a sus enemigos, dejándolos como atónitos y confusos de ver que donde estrenaban todas sus fuerzas y astucia conseguían menos y se hallaban más arruinados. 353. Perseveró con todo esto su porfía hasta llegar con la séptima tentación de pereza; pretendiendo introducirla en María Santísima con despertarle algunos achaques corporales y lasitud o cansancio y tristeza, que es un arte poco conocida, con que este pecado de la pereza hace grandes suertes en muchas almas y las impide su aprovechamiento en la virtud. Añadieron a esto más sugestiones, de que estando cansada dilatase algunos ejercicios para cuando estuviese más bien dispuesta; que no es menor astucia cuando nos engaña a los demás, y no la percibimos ni conocemos lo que es menester. Sobre toda esta malicia procuraron impedir a la Santísima Señora en algunos ejercicios por medio de criaturas humanas, solicitando quien la fuese a estorbar en tiempos intempestivos, para retardarla en alguna de sus acciones y ocupaciones santas, que a sus horas y tiempos tenía destinadas. Pero todas estas maquinaciones conocía la prudentísima y diligentísima Princesa, y las desvanecía con su sabiduría y solicitud, sin que jamás el enemigo consiguiese el impedirla en cosa alguna para que en todo no obrase con plenitud de perfección. Quedaron estos enemigos como desesperados y debilitados, y Lucifer furioso contra ellos y contra sí mismo. Pero renovando su rabiosa soberbia, determinaron acometer juntos, como diré en el capítulo siguiente. Doctrina que me dio la Reina María Santísima. 354. “Hija mía, aunque has resumido en breve compendio la prolija batalla de mis tentaciones, quiero que de lo escrito, y de lo demás que en Dios has conocido, saques las reglas y doctrina de resistir y vencer al infierno. Y para esto el mejor modo de pelear es despreciar al demonio, considerándole enemigo del altísimo Dios, sin temor santo y sin esperanza de algún bien, desahuciado del remedio en su desdicha pertinaz y sin arrepentimiento de su maldad, y con esta verdad infalible te debes mostrar contra él superior, magnánima e inmutable, tratándole como a despreciador de la honra y culto de su Dios. Y sabiendo que defiendes tan justa causa, no te debes acobardar, antes con todo esfuerzo y valentía le has de resistir y contradecir en todo cuanto intentare, como si estuvieses al lado del mismo Señor por cuyo nombre peleas; pues no hay duda que Su Majestad asiste a quien legítimamente pelea. Tú estás en lugar y estado de esperanza y ordenada para gloria eterna, si trabajas con fidelidad por tu Dios y Señor. 355. “Considera, pues, que los demonios aborrecen con implacable odio lo que tú amas y deseas, que son la honra de

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Dios y tu felicidad eterna, y te quieren privar a ti de lo que ellos no pueden restaurar. Y al demonio le tiene Dios reprobado, y a ti ofrece su gracia, virtud y fortaleza para vencer a su enemigo y tuyo y conseguir tu dichoso fin del eterno descanso, si trabajares fielmente y observares los mandamientos del Señor. Y aunque la arrogancia del dragón es grande (Is 16,6), pero su flaqueza es mayor, y no supone más que un átomo debilísimo en presencia de la virtud divina. Pero como su astucia ingeniosa y su malicia excede tanto a los mortales, no le conviene al alma llegar a razones ni pláticas con él, ahora sea visible o invisiblemente, porque de su entendimiento tenebroso, como de un horno de fuego, salen tinieblas y confusión que oscurecen el juicio de los mortales; y si les escuchan, le llenan de fabulaciones y tinieblas, para que ni se conozca la verdad y hermosura de la virtud, ni la fealdad de sus engañosos venenosos, y con esto no saben apartar las almas lo precioso de lo vil (Jer 15,19), la vida de la muerte, ni la verdad de la mentira, y así caen en manos de este impío y cruel dragón. 356. “Sea para ti regla inviolable, que en las tentaciones no atiendas a lo que te proponen, ni escuches ni discurras sobre ello. y si pudieres sacudirte y alejarte de manera que no lo percibas, ni conozcas su mala condición, esto será lo más seguro; mirándolas de lejos, porque siempre envía el demonio delante alguna prevención para introducir su engaño, en especial a las almas que teme él le resistirán la entrada, si no la facilita primero. Y así suele comenzar por tristeza, caimiento de corazón, o con algún movimiento y fuerza que divierta y distraiga al alma de la atención y afecto del Señor, y luego llega con el veneno en vaso de oro, para que no cause tanto horror. Al punto que reconozcas en ti alguno de estos indicios, pues ya tienes experiencia, obediencia y doctrina, quiero que con alas de paloma levantes el vuelo y te alejes hasta llegar al refugio del Altísimo (Sal 54,7-8), llamándole en tu favor y presentándole los méritos de mi Hijo Santísimo. Y también debes recurrir a mi protección como a tu Madre y Maestra y a la de tus ángeles devotos y a todos los demás del Señor. Cierra también tus sentidos con presteza y júzgate muerta a ellos, o como alma de la otra vida a donde no llega la jurisdicción de la serpiente y exactor tirano. Ocúpate más entonces en el ejercicio de los actos virtuosos contrarios a los vicios que te propone, y en especial en la fe y esperanza y en el amor, que echan fuera la cobardía y temor (1 Jn 4,18) con que se enflaquece la voluntad para resistir. 357. “Las razones para vencer a Lucifer has de buscar sólo en Dios, y no se las des a este enemigo, porque no te llene de fascinaciones confusas. Juzga por cosa indigna, a más de ser peligrosa, ponerte con él a razones, ni atender al enemigo de quien amas y tuyo. Muéstrate superior y magnánima contra él y ofrécete a la guarda de todas las virtudes para siempre, y contenta con este tesoro te retira en él; que la mayor destreza de los hijos de Dios en esta batalla es huir muy lejos, porque el demonio es soberbio y siente que le desprecien y desea que le oigan, confiado en su arrogancia y embustes. Y de aquí le nace la porfía para que le admitan en alguna cosa, porque el mentiroso no puede fiar en la fuerza de la verdad, pues no la dice, y así pone la confianza en ser molesto y en vestir el engaño con apariencia de bien y de verdad. Y mientras este ministro de maldad no se halla despreciado, nunca piensa que le han conocido, y como importuna mosca vuelve a la parte que reconoce más próxima a la corrupción. 358. “Y no menos advertida has de ser cuando tu enemigo se valiere contra ti de otras criaturas, como lo hará por uno de dos caminos: moviéndolas a demasiado amor, o al contrario a aborrecimiento. Donde conocieres desordenado afecto en los que te trataren, guarda el mismo documento que en huir del demonio, pero con esta diferencia: que a él le aborrezcas y a las demás criaturas las consideres hechuras del Señor y no les niegues lo que en Su Majestad y por él les debes. Pero en retirarte, míralo s a todos como a enemigos; pues para lo que Dios quiere de ti, y en el estado que estás, será demonio el que a las demás personas quiera inducir a que te aparten del mismo Señor y de lo que le debes. Si, por el otro extremo, te persiguieren con aborrecimiento, corresponde con amor y mansedumbre, rogando por los que te aborrecen y persiguen (Mt 5,44), y esto sea con afecto íntimo del corazón. Y si necesario fuere quebrantar la ira de alguno con palabras blandas, o deshacer algún engaño en satisfacción de la verdad, lo harás, no por tu disculpa, sino por sosegar a tus hermanos y por su bien y paz interior y exterior; y con esto te vencerás de una vez a ti misma y a los que te aborrecieren. Para fundar todo esto es necesario cortar los vicios capitales por las raíces, arrancarlas del todo, muriendo a los movimientos del apetito en que se arrijan estos siete vicios capitales con que tienta el demonio; que todos los siembra en las pasiones y apetitos desordenados e inmortificados.” CAPITULO 28 Regresar al Principio Persevera Lucifer con sus siete legiones en tentar a María Santísima; queda vencido y quebrantada la cabeza de

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este dragón. 359. Si pudiera el príncipe de las tinieblas retroceder en su maldad, con las victorias que la Reina del cielo había alcanzado, quedara deshecha y humillada aquella exorbitante soberbia, pero como se levanta siempre contra Dios (Sal 73,23) y nunca se sacia de su malicia, quedó vencido, mas no de voluntad rendido. Se ardía en las llamas de su inextinto furor hallándose vencido, y tan vencido, de una humilde y tierna mujer, cuando él y sus ministros infernales habían rendido a tantos hombres fuertes y mujeres magnánimas. Llegó a conocer este enemigo que María Santísima estaba preñada, ordenándolo así Dios, aunque sólo conocieron era niño verdadero, porque la divinidad y otros misterios siempre les eran ocultos; con que se persuadieron no era el Mesías prometido, pues era niño como los demás hombres. Y este engaño les disuadió también que María Santísima no era Madre del Verbo, de quien ellos temían les había de quebrantar la cabeza (Gen 3,15) el Hijo y Madre santísimos. Con todo eso juzgaron que de mujer tan fuerte y victoriosa nacería algún varón insigne en santidad, y previniendo esto el dragón grande, concibió contra el fruto de María Santísima aquel furor que San Juan dijo en el capítulo 12 del Apocalipsis que otras veces he referido (Cf. supra p.I n.105) esperando a que pariese para devorarle. 360. Sintió Lucifer una oculta virtud que le oprimía, mirando hacia aquel niño encerrado en el vientre de su Madre Santísima, y aunque sólo conoció que en su presencia se hallaba flaco de fuerzas y como atado, esto le enfurecía para intentar cuantos medios pudiese en destrucción de aquel Hijo, para él tan sospechoso, y de la Madre, que reconocía tan superior en la batalla. Se le manifestó a la divina Señora por varios modos, y tomando figuras espantosas visibles, como un fierísimo toro y como dragón formidable y en otras formas, quería llegarse a ella y no podía, acometía y se hallaba impedido, sin saber de quién ni cómo. Forcejaba como una fiera atada y daba espantosos bramidos, que si Dios no los ocultara atemorizaran al mundo y muchos murieran de espanto; arrojaba por la boca fuego y humo de azufre con espumajos venenosos; y todo esto veía y oía la divina princesa María, sin inmutarse ni moverse más que si fuera un mosquito. Hizo otras alteraciones en los vientos, en la tierra y en la casa, trasegándolo y alterándolo todo, pero tampoco perdió por esto María Santísima la serenidad y sosiego interior y exterior; que siempre estuvo invicta y superior a todo. 361. Hallándose Lucifer tan vencido, abrió su inmundísima boca y movió su lengua mentirosa e impura y soltó la represa de su malignidad, proponiendo y pronunciando en presencia de la divina Emperatriz todas cuantas herejías y sectas infernales había fraguado con ayuda de sus depravados ministros. Porque después que fueron todos arrojados del cielo y conocieron que el Verbo divino había de tomar carne humana, para ser cabeza de un pueblo a quien regalaría con favores y doctrina celestial, determinó el dragón fabricar errores, sectas y herejías contra todas las verdades que iba conociendo en orden a la noticia, amor y culto del Altísimo. Y en esto se ocuparon los demonios muchos años que pasaron hasta la venida de Cristo nuestro Señor al mundo; y todo este veneno tenía represado Lucifer en su pecho, como serpiente antigua. Le derramó todo contra la Madre de la verdad y pureza y, deseando inficionarla, dijo todos los errores que contra Dios y su verdad había fraguado hasta aquel día. 362. No conviene referirlas aquí menos que las tentaciones del capítulo antecedente porque no sólo es peligroso para los flacos, pero los muy fuertes deben temer este aliento pestífero de Lucifer; y todo lo arrojó y derramó en esta ocasión. Y por lo que he conocido, creo sin duda no quedó error, idolatría ni herejía de cuantas se han conocido hasta hoy en el mundo, que no se le representase este dragón a la soberana María; para que de ella pudiese cantar la Iglesia Santa, gratificándole sus victorias con toda verdad, que degolló y ahogó todas las herejías ella sola en el mundo universo (Gaude, Maria Virgo: cunctas haereses sola interemisti in universo mundo (Ant. del Oficio litúrgico de María en el Breviario)). Así lo hizo nuestra victoriosa Sunamitis (Cant 7,1 (A.)), donde nada se hallaba que no fuesen coros de virtudes ordenadas en forma de escuadrones para oprimir, degollar y confundir los ejércitos infernales. A todas sus falsedades y a cada una de ellas singularmente, las fue contradiciendo, detestando, anatematizando con una invicta fe y confesión altísima, protestando las verdades contrarias y magnificando por ellas al Señor como verdadero, justo y santo, y formando cánticos de alabanza en que se encerraban las virtudes y doctrina verdadera, santa, pura y loable. Pidió con fervorosa oración al Señor que humillase la altiva soberbia de los demonios en esto y les enfrenase para que no derramasen tanta y tan venenosa doctrina en el mundo, y que no prevaleciese la que había derramado y la que adelante intentaría sembrar entre los hombres. 363. Por esta gran victoria de nuestra divina Reina, y por la oración que hizo, entendí que el Altísimo con justicia impidió al demonio para que no sembrase tanta cizaña de errores en el mundo como deseaba y los pecados de los

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hombres merecían. Y aunque por ellos han sido tantas las herejías y sectas, como hasta hoy se han visto, pero fueran muchas más si María Santísima no hubiera quebrantado la cabeza al dragón con tan insignes victorias, oración y peticiones. Y lo que nos puede consolar entre el dolor y amargura de ver tan afligida a la Santa Iglesia de tantos enemigos infieles, es un gran misterio que aquí se me ha dado a entender: que en este triunfo de María Santísima, y otro que tuvo después de la Ascensión de su Hijo Santísimo a los cielos, de que hablaré en la tercera parte (Cf. infra p.III n.528), le concedió Su Majestad a nuestra Reina en premio de estas batallas que por su intercesión y virtudes se habían de consumir y extinguir las herejías y sectas falsas que hay contra la Santa Iglesia en el mundo. El tiempo destinado y señalado para este beneficio no le he conocido; pero aunque esta promesa del Señor tenga alguna condición tácita u oculta, estoy cierta que, si los príncipes católicos y sus vasallos obligaran a esta gran Reina del cielo y de la tierra y la invocaran como a su única patrona y protectora y aplicaran todas sus grandezas y riquezas, su poder y mando a la exaltación de la fe y nombre de Dios y de María purísima ésta será por ventura la condición de la promesa fueran como instrumentos suyos en destruir y debelar los infieles, desterrando las sectas y errores que tan perdido tienen al mundo, y contra ellos alcanzaran insignes y grandes victorias. 364. Antes que naciera Cristo Redentor nuestro, le pareció al demonio, como insinué en el capítulo pasado (Cf. supra n.336), que se retardaba su venida por los pecados del mundo; y para impedirla del todo pretendió aumentar este óbice y multiplicar más errores y culpas entre los mortales; y esta iniquísima soberbia confundió el Señor por mano de su Madre Santísima con tan grandiosos triunfos como alcanzó. Después que nació Dios y hombre por nosotros y murió, pretendió el mismo dragón impedir y malograr el fruto de su sangre y el efecto de nuestra redención, y para esto comenzó a fraguar y sembrar los errores, que después de los apóstoles han afligido y afligen a la Santa Iglesia. La victoria contra esta maldad infernal también la tiene remitida Cristo nuestro Señor a su Madre Santísima, porque sola ella lo mereció y pudo merecerlo. Y por ella se extinguió la idolatría con la predicación del Evangelio; por ella se consumieron otras sectas antiguas, como la de Arrio, Nestorio, Pelagio y otros; y también ha ayudado el trabajo y solicitud de los reyes, príncipes y padres y doctores de la Iglesia Santa. Pues ¿cómo se puede dudar que, si ahora con ardiente celo hicieran los mismos príncipes católicos, eclesiásticos y legos la diligencia que les toca, ayudando digámoslo así a esta divina Señora, dejara ella de asistirlos y hacerlos felicísimos en esta vida y en la otra y degollara todas las herejías en el mundo? Para este fin ha enriquecido tanto el Señor a su Iglesia y a los reinos y monarquías católicas, porque si no fuera para esto, mejor estuvieran siendo pobres; pero no era conveniente hacerlo todo por milagros, sino con los medios naturales de que se podían valer con las riquezas. Pero si cumplen con esta obligación o no cumplen, no es para mí el juzgarlo; sólo me toca decir lo que el Señor me ha dado a conocer: de que son injustos poseedores de los títulos honrosos y potestad suprema que les da la Iglesia, si no la ayudan y defienden y solicitan con sus riquezas que no se malogre la sangre de Cristo nuestro Señor, pues en esto se diferencian los príncipes cristianos de los infieles. 365. Volviendo a mi discurso digo que el Altísimo con la previsión de su infinita ciencia conoció la iniquidad del infernal dragón, y que ejecutando su indignación contra la Iglesia con la semilla de sus errores que tenía fabricados, turbaría muchos fieles y arrastraría con su extremidad las estrellas (Ap. 12,4) de este cielo militante, que eran los justos; con que la divina justicia sería más provocada y el fruto de la Redención casi impedido. Determinó Su Majestad con inmensa piedad ocurrir a este daño que amenazaba al mundo. Y para disponerlo todo con mayor equidad y gloria de su santo nombre, ordenó que María Santísima le obligase, porque sola ella era digna de los privilegios, dones y prerrogativas con que había de vencer al infierno, y sola esta eminentísima Señora era capaz para empresa tan ardua y de rendir al corazón del mismo Dios con su santidad, pureza, méritos y oraciones. Y porque redundaba en mayor exaltación de la virtud divina, que por todas las eternidades fuese manifiesto que había vencido a Lucifer y su séquito por medio de una pura criatura y mujer, como él había derribado al linaje humano por medio de otra, y para todo esto no había otra más idónea que su misma Madre a quien se lo debiese la Iglesia y todo el mundo; por estas razones y otras que conoceremos en Dios, le dio Su Majestad el cuchillo de su potencia en la mano a nuestra victoriosa capitana, para que degollase al dragón infernal; y que esta potestad no se le revocase jamás, antes con ella defendiese y amparase desde los cielos a la Iglesia militante, según los trabajos y necesidades que en los tiempos futuros se le ofreciesen. 366. Perseverando, pues, Lucifer en su infeliz contienda, como he dicho, en forma visible con sus cuadrillas infernales, la serenísima María jamás convirtió a ellos la vista, ni los atendió, aunque los oía, porque así convenía. Y porque el oído no se impide ni cierra como los ojos, procuraba no llegasen a la imaginativa ni al interior especies de lo que decían. Tampoco habló con ellos más palabra de mandarles algunas veces que enmudeciesen en sus blasfemias. Y

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(Video) PARTE I LIBRO I CAP 1 AUDIOLIBRO MÍSTICA CIUDAD DE DIOS

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este mandato era tan eficaz, que les compelía a pegar las bocas con la tierra; y en el ínterin hacía la divina Señora grandes cánticos de alabanza y gloria del Altísimo. Y con hablar sólo con Su Majestad y protestar las divinas verdades, eran tan oprimidos y atormentados, que se mordían unos a otros como lobos carniceros o como perros rabiosos; porque cualquiera acción de la Emperatriz María era para ellos una encendida flecha, cualquiera de sus palabras un rayo que los abrasaba con mayor tormento que el mismo infierno. Y no es esto encarecimiento, pues el dragón y sus secuaces pretendieron huir y apartarse de la presencia de María Santísima que los confundía y atormentaba, pero el Señor con una fuerza oculta los detenía para engrandecer el glorioso triunfo de su Madre y Esposa y confundir más y aniquilar la soberbia de Lucifer. Y para esto ordenó y permitió Su Majestad que los mismos demonios se humillasen a pedir a la divina Señora los mandase ir y los arrojase de su presencia a donde ella quisiese. Y así los envió imperiosamente al infierno, donde estuvieron algún espacio de tiempo. Y la gran vencedora quedó toda absorta en las divinas alabanzas y acción de gracias. 367. Cuando el Señor dio permiso para que Lucifer se levantase, volvió a la batalla, tomando por instrumentos unos vecinos de la casa de San José; y sembrando entre ellos y sus mujeres una diabólica cizaña de discordias sobre intereses temporales, tomó el demonio forma humana de una persona amiga de todos, y les dijo que no se inquietasen entre sí mismos, porque de toda aquella diferencia tenía la culpa María la de José. La mujer que representaba el demonio era de crédito y autoridad, y con eso les persuadió mejor. Y aunque el Señor no permitió que en cosa grave se violase el crédito de su Madre Santísima, con todo eso dio permiso, para su gloria y mayor corona, que todas estas personas engañadas la ejercitasen en esta ocasión. Fueron de mancomún juntas a casa de San José y en presencia del santo esposo llamaron a María Santísima y la dijeron palabras ásperas, porque las inquietaba en sus casas y no las dejaba vivir en paz. Este suceso fue para la inocentísima Señora de algún dolor, por la pena de San José, que ya en aquella ocasión había comenzado a reparar en el crecimiento de su virginal vientre, y ella le miraba su corazón y los pensamientos que comenzaban a darle algún cuidado. Con todo esto, como sabia y prudente procuró vencer y redimir al trabajo con humildad, paciencia y viva fe. No se disculpó ni volvió por su inocente proceder, antes se humilló y con sumisión pidió a aquellas engañadas vecinas, que si en algo las había ofendido la perdonasen y se aquietasen; y con palabras llenas de dulzura y ciencia las ilustró y pacificó con hacerles entender que ellos no tenían culpa unos contra otros. Y satisfechos de esto y edificados de la humildad con que los había respondido, se volvieron a sus casas en paz, y el demonio huyó, porque no pudo sufrir tanta santidad y sabiduría del cielo. 368. San José quedó algo triste y pensativo y dio lugar al discurso, como diré en los capítulos de adelante (Cf. infra n.375394). Pero el demonio, aunque ignoraba el principal motivo de la pena de San José, se quiso valer de la ocasión que ninguna pierde para inquietarle. Mas conjeturando si la causa era algún disgusto que tuviese con su esposa o por hallarse pobre y con tan corta hacienda, a entrambos cosas tiró el demonio, aunque desatinó en ellas, porque envió algunas sugestiones de despecho a San José para que se desconsolase con su pobreza y la recibiese con impaciencia o tristeza; y asimismo le representó que María su esposa se ocupaba mucho tiempo en sus recogimientos y oraciones y no trabajaba, que para tan pobres era mucho ocio y descuido. Pero San José, como recto y magnánimo de corazón y de alta perfección, despreció fácilmente estas sugestiones y las arrojó de sí; y aunque no tuviera otra causa más que el cuidado que le daba ocultamente el embarazo de su esposa, con éste ahogara todos los demás. Y dejándole el Señor en el principio de estos recelos, le alivió de la tentación del demonio por intercesión de María Santísima, que estaba atenta a todo lo que pasaba en el corazón de su fidelísimo esposo y pidió a su Hijo Santísimo se diese por servido y satisfecho de la pena que le daba verla preñada y le aliviase las demás. 369. Ordenó el Altísimo que la Princesa del cielo tuviese esta prolija batalla de Lucifer, y le dio permiso para que él, junto con todas sus legiones, acabasen de estrenar todas sus fuerzas y malicia, para que en todo y por todo quedasen hollados, quebrantados y vencidos, y la divina Señora consiguiese el mayor triunfo del infierno, que jamás pura criatura pudo alcanzar. Llegaron juntos estos escuadrones de maldad con su caudillo infernal y se presentaron ante la divina Reina; y con invencible furor renovaron todas las máquinas de tentaciones juntas, de que antes se habían valido por partes, y añadieron lo poco que pudieron, que no me ha parecido referirlas; porque todas casi quedan dichas arriba en los dos capítulos. Estuvo tan inmóvil, superior y serena, como si fueran los coros supremos de los ángeles los que oían estas fabulaciones del enemigo; y ninguna impresión peregrina tocó ni alteró este cielo de María Santísima, aunque los espantos, los terrores, las amenazas, las lisonjas, fabulaciones y falsedades fueron como de toda la malicia junta del dragón que derramó su corriente (Ap 12,15) contra esta mujer invicta y fuerte, María Santísima. 370. Estando en este conflicto, ejercitando actos heroicos de todas las virtudes contra sus enemigos, tuvo conocimiento

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de que el Altísimo ordenaba y quería que humillase y quebrantase la soberbia del dragón, usando del poder y potestad de Madre de Dios y de la autoridad de tan grande dignidad. Y levantándose con ferventísimo e invencible valor, se volvió a los demonios, y dijo: “¿Quién como Dios, que vive en las alturas” (Sal 112,5)? Y repitiendo estas razones, añadió luego: “Príncipe de las tinieblas, autor del pecado y de la muerte, en nombre del Altísimo te mando que enmudezcas, y con tus ministros te arrojo al profundo de las cavernas infernales, para donde estáis deputados, de donde no salgáis hasta que el Mesías prometido os quebrante y sujete o lo permita.” Estaba la Emperadora divina llena de luz y resplandor del cielo, y el dragón soberbio pretendió resistirse algo a este imperio y convirtió a él la fuerza del poder que tenía, y le humilló más y con mayor pena; que por esto le alcanzó sobre todos los demonios. Cayeron al profundo juntos y quedaron apegados a lo ínfimo del infierno, al modo que arriba dije (Cf. supra n.130) en el misterio de la Encarnación, y diré adelante (Cf. infra n.999, 1421) en la tentación y muerte de Cristo nuestro Señor. Y cuando volvió este dragón a la otra batalla, que tengo citada para la tercera parte (Cf. supra n.327 e infra p.III n.452ss), con la misma Reina del cielo, le venció tan admirablemente, que por ella y su Hijo Santísimo he conocido fue quebrantada la cabeza de Lucifer, quedó inepto y desvalido y quebrantadas sus fuerzas, de manera que, si las criaturas humanas no se las dan con su malicia, le pueden muy bien vencer y resistir con la divina gracia. 371. Luego se le manifestó el Señor a su Madre Santísima y en premio de tan gloriosa victoria la comunicó nuevos dones y favores; y los mil ángeles de su guarda con otros innumerables se le manifestaron corporalmente y le hicieron nuevos cánticos de alabanza del Altísimo y suya, y con celestial armonía de dulces voces sensibles le cantaron lo que de Judit, que fue figura de este triunfo y le aplica la Iglesia Santa (En el Breviario en la festividad de la Inmaculada): “Toda eres hermosa, toda eres hermosa, María Señora nuestra, y no hay en ti mácula de culpa; tú eres la gloria de Jerusalén la celestial, tú la alegría de Israel, tú la honra del pueblo del Señor, tú la que magnificas su santo nombre, y abogada de los pecadores, que los defiendes de su enemigo soberbio. OH María! llena eres de gracia y de todas las perfecciones.” Quedó la divina Señora llena de júbilo alabando al Autor de todo bien y refiriéndole los que recibía. Y volvió al cuidado de su esposo, como diré en los capítulos siguientes. Doctrina que me dio la misma Reina y Señora nuestra. 372. “Hija mía, el recato que debe tener el alma para no ponerse en razones con los enemigos invisibles, no le impide para que con autoridad imperiosa los mande en el nombre del Altísimo que enmudezcan y se desvíen y confundan. Así quiero yo que tú lo hagas en las ocasiones oportunas que te persiguieren, porque no hay armas tan poderosas contra la malicia del dragón, como mostrarse la criatura humana imperiosa y superior, en fe de que es hija de su Padre verdadero que está en los cielos, y de quien recibe aquella virtud y confianza contra él. La causa de esto es, porque todo el cuidado de Lucifer es, después que cayó del cielo, ponerle en desviar a las almas de su Criador y sembrar cizaña y división entre el Padre celestial y los hijos adoptados y entre la esposa y el Esposo de las almas. Y cuando conoce que alguna está unida con su Criador y como vivo miembro de su cabeza Cristo, cobra esfuerzo y autoridad en la voluntad para perseguirla con furor rabioso, y envidioso emplea su malicia y fabulaciones en destruirla; pero como ve que no lo puede conseguir, y que es refugio y protección (Sal 17,3) verdadera e inexpugnable la del Altísimo para las almas, desfallece en sus empeños y se reconoce oprimido con incomparable tormento. Y si la esposa regalada con magisterio y autoridad le desprecia y arroja, no hay gusano ni hormiga más débil que este gigante soberbio. 373. “Con la verdad de esta doctrina te debes animar y fortalecer, cuando el Todopoderoso ordenare que te halle la tribulación y te cerquen los dolores de la muerte (Ib. 5) en las tentaciones grandes como yo las padecí, porque ésta es la mejor ocasión para que el Esposo haga experiencia de la fidelidad de la verdadera esposa. Y si lo es, no se ha de contentar el amor con solos afectos sin dar otro fruto, porque sólo el deseo que nada cuesta al alma no es prueba suficiente de su amor, ni de la estimación que hace del bien que dice aprecia y ama. La fortaleza y constancia en el padecer con dilatado y magnánimo corazón en las tribulaciones, éstos son los testigos del verdadero amor. Y si tú deseas tanto hacer alguna demostración y satisfacer a tu Esposo, la mayor será que, cuando más afligida y sin recurso humano te hallares, entonces te muestres más invencible y confiada en tu Dios y Señor, y esperes, si fuere necesario, contra la esperanza (ROM 4,18), pues no duerme ni dormita el que se llama amparo de Israel (Sal 120,4), y cuando sea tiempo mandará al mar y a los vientos y hará tranquilidad (MT 8,26). 374. “Pero debes, hija mía, estar muy advertida en los principios de las tentaciones, donde hay grande peligro si el alma se comienza luego a conturbar con ellas, soltando a las pasiones de la concupiscible o irascible, con que se oscurece y ofusca la luz de la razón. Porque si el demonio reconoce esta alteración y que levanta tan grande polvareda

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y tempestad en las potencias, como su crueldad es tan implacable e insaciable, cobra mayor aliento y añade fuego a fuego, enfureciéndose más, juzgando y pareciéndole que no tiene el alma quien la defienda y libre de sus manos; y aumentándose más el rigor de la tentación, crece también el peligro de no resistir a lo más fuerte de ella quien se comenzó a rendir en el principio. Todo esto te advierto para que temas el riesgo de los primeros descuidos. Nunca le tengas en cosa que tanto importa, antes bien has de perseverar en la igualdad de tus acciones en cualquiera tentación que tengas, continuando en tu interior el dulce y devoto trato del Señor, y con los prójimos la suavidad y caridad y blandura prudente que con ellos debes tener, anteponiéndote con oración y templanza de tus pasiones al desorden que el enemigo quiere poner en ellas.”

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MISTICA CIUDAD DE DIOS VIDA DE LA VIRGEN MARIA María de Jesús Agreda

LIBRO IV CAPITULO 1 Conoce el Santo José el embarazo de su esposa María Virgen y entra en grande cuidado sabiendo que en él no tenía parte. CAPITULO 2 Se aumentan los recelos a San José, determina dejar a su esposa y hace oración sobre ello. CAPITULO 3 Habla el ángel del Señor a San José en sueños y le declara el misterio de la Encarnación, y los efectos de esta embajada. CAPITULO 4 Pide San José perdón a María Santísima su esposa, y la divina Señora le consuela con gran prudencia. CAPITULO 5 Determina San José servir en todo con reverencia a María Santísima, y lo que Su Alteza hizo, y otras cosas del modo de proceder de entrambos. CAPITULO 6 Algunas conferencias y pláticas de María Santísima y José en cosas divinas, y otros sucesos admirables. CAPITULO 7 Previene María Santísima las mantillas y fajos para el niño Dios con ardentísimo deseo de verle ya nacido de su vientre. CAPITULO 8 Se publica el edicto del emperador César Augusto de empadronar todo el imperio, y lo que hizo San José cuando lo supo. CAPITULO 9 La jornada que Maria Santísima hizo de Nazaret a Belén en compañía del santo esposo José, y los ángeles que la asistían. CAPITULO 10 Nace Cristo nuestro bien de María Virgen en Belén dé Judea. CAPITULO 11 Cómo los santos ángeles evangelizaron en diversas partes el nacimiento de nuestro Salvador, y los pastores vinieron a adorarle. CAPITULO 12 Lo que se le ocultó al demonio del misterio del nacimiento del Verbo humanado y otras cosas hasta la Circuncisión. CAPITULO 13 Conoció María Santísima la voluntad del Señor para que su Hijo unigénito se circuncidase, y trátalo con San José;

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viene del cielo el nombre santísimo de Jesús. CAPITULO 14 Circuncidan al niño Dios y le ponen por nombre Jesús. CAPITULO 15 Persevera María Santísima con el niño Dios en el portal del nacimiento hasta la venida de los Reyes. CAPITULO 16 Vienen los tres Reyes magos del oriente y adoran al Verbo humanado en Belén. CAPITULO 17 Vuelven los Reyes magos por segunda vez a ver y adorar al infante Jesús, le ofrecen sus dones y despedidos toman otro camino para sus tierras. CAPITULO 18 Distribuyen María Santísima y José los dones de los Reyes magos y se detienen en Belén hasta la presentación del infante Jesús en el templo. CAPITULO 19 Parten María Santísima y José con el infante Jesús de Belén a Jerusalén, para presentarle en el templo y cumplir la ley. CAPITULO 20 De la presentación del infante Jesús en el templo y lo que sucedió en ella. CAPITULO 21 Previene el Señor a María Santísima para la fuga a Egipto, habla el ángel a San José y otras advertencias en todo esto. CAPITULO 22 Comienzan la jornada a Egipto Jesús, María y José, acompañados de los espíritus angélicos, y llegan a la ciudad de Gaza. CAPITULO 23 Prosiguen las jornadas Jesús, María y José de la ciudad de Gaza hasta Heliópolis de Egipto. CAPITULO 24 Llegan á Egipto los peregrinos Jesús, María y José con algún rodeo hasta la ciudad de Heliópolis y suceden grandes maravillas. CAPITULO 25 Toman asiento en la ciudad de Heliópolis Jesús, María y José por voluntad divina; ordenan allí su vida el tiempo de su destierro. CAPITULO 26 De las maravillas que en Heliópolis de Egipto obraron el infante Jesús y su Madre Santísima y San José. CAPITULO 27 Determina Herodes la muerte de los inocentes, conócelo María Santísima y esconden a San Juan de la muerte. CAPITULO 28 Habla el infante Jesús a San José cumplido un año y trata la Madre Santísima de ponerle en pie y calzarle y comienza a celebrar los días de la Encarnación y nacimiento.

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CAPITULO 29 Viste la Madre Santísima al infante Jesús la túnica inconsútil y le calza, y las acciones y ejercicios que el mismo Señor hacía. CAPITULO 30 Vuelven de Egipto a Nazaret Jesús, María y José por la voluntad del Altísimo.

LIBRO IV Regresar al Principio CONTIENE LOS RECELOS DE SAN JOSÉ, CONOCIENDO EL EMBARAZO DE MARÍA SANTÍSIMA; EL NACIMIENTO DE CRISTO NUESTRO SEÑOR; SU CIRCUNCISIÓN; LA ADORACIÓN DE LOS REYES Y PRESENTACIÓN DEL INFANTE JESÚS EN EL TEMPLO; LA FUGA A EGIPTO, MUERTE DE LOS INOCENTES Y LA VUELTA A NAZARET. CAPITULO 1 Conoce el Santo José el embarazo de su esposa María Virgen y entra en grande cuidado sabiendo que en él no tenía parte. 375. Del divino embarazo de la Princesa del cielo corría ya el quinto mes cuando el castísimo José, esposo suyo, había comenzado a tener algún reparo en la disposición y crecimiento de su vientre virginal; porque en la perfección natural y elegancia de la divina esposa, como arriba dije (Cf. Sutra n.115), se podía ocultar menos y descubrirse más cualquiera señal y desigualdad que tuviera. Un día, saliendo María Santísima de su oratorio, la miró con este cuidado San José y conoció con mayor certeza la novedad (MT 1,18), sin que pudiese el discurso desmentir a los ojos en lo que les era notorio. Quedó el varón de Dios herido el corazón con una flecha de dolor que le penetró hasta lo más íntimo, sin hallar resistencia a las fuerzas de sus causas que a un mismo tiempo se juntaron en su alma. La primera el amor castísimo, pero muy intenso y verdadero, que tenía a su fidelísima esposa, donde desde el principio estaba su corazón más que en depósito, y con el agradable trato y santidad sin semejante de la gran Señora se había confirmado más este vínculo del alma de San José en obsequio suyo. Y como ella era tan perfecta y cabal en la modestia y humilde severidad, entre el respeto cuidadoso de servirla, tenía el Santo José un deseo, como natural a su amor, de la correspondencia del de su esposa. Y esto ordenó así el Señor para que con el cuidado de esta recíproca satisfacción le tuviese mayor el santo en servir y estimar a la divina Señora. 376. Cumplía con esta obligación San José como fidelísimo esposo y despensero del sacramento que aún le estaba oculto; y cuanto era más atento a servir y venerar a su esposa y su amor era purísimo y castísimo, santo y justo, tanto era mayor el deseo de que ella le correspondiese; auhjnque jamás se lo manifestó ni le habló en esto, así por la reverencia a que le obligaba la majestad humilde de su esposa, como porque no le había sido molesto aquel cuidado a vista de su trato y comunicación, conversación y pureza más que de ángel. Pero cuando se halló en este aprieto, testificándole la vista la novedad que no podía negarle, quedó su alma dividida con el sobresalto. Aunque satisfecho que en su esposa había aquel nuevo accidente, no dio al discurso más de lo que no pudo negar a los ojos, porque como era varón santo y recto (MT 1,19), aunque conoció el efecto, suspendió el juicio de la causa; porque si se persuadiera a que su esposa tenía culpa, sin duda el santo muriera de dolor naturalmente. 377. Se juntó a esta causa la certeza de que no tenía parte en el embarazo que conocía por sus ojos, y que la deshonra era por esto inevitable, cuando se llegase a saber. Y este cuidado era de tanto peso para San José, cuanto él era de corazón más generoso y honrado y con su gran prudencia sabía ponderar el trabajo de la deshonra propia y de su esposa, si llegaban a padecerla. Y la tercera causa, que daba mayor torcedor al santo esposo, era el riesgo de entregar a su esposa para que conforme a la ley fuese apedreada (Lev 20,10; DDT 22,23-24) que era el castigo de las adúlteras si fuese convencida de este crimen. Entre estas consideraciones, como entre puntas de acero, se halló el corazón de San José herido de una pena o de muchas juntas, sin hallar de improviso otro sagrado con que aliviarse más de la asentada satisfacción que tenía de su esposa. Pero como todas las señales testificaban la impensada novedad y no se le ofrecía al santo varón alguna salida contra ellas, ni tampoco se atrevía a comunicar su dolorosa aflicción con persona alguna, se

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hallaba rodeado de los dolores de la muerte (Sal 17,5) y sentía con experiencia que la emulación es dura como el infierno (Kant 8,6).

378. Quería discurrir a solas, y el dolor le suspendía las potencias. Si el pensamiento quería seguir al sentido en las sospechas, todas se desvanecían como el hielo a la fuerza del sol y como el humo en el viento, acordándose de la experimentada santidad de su recatada y advertida esposa. Si quería suspender el afecto de su castísimo amor, no podía, porque siempre la hallaba digno objeto de ser amado, y la verdad, aunque oculta, tenía más fuerzas para atraer que el engaño aparente de la infidelidad para desviarle. No se podía romper aquel vínculo asegurado con fiadores tan abonados de verdad, de razón y de justicia. Para declararse con su divina esposa, no hallaba conveniencia, ni tampoco se lo permitía aquella igualdad severa y divinamente humilde que en ella conocía. Y aunque veía la mudanza en el vientre, no correspondía el proceder tan puro y santo a tal descuido como se pudiera presumir, porque aquella culpa no se compadecía con tanta pureza, igualdad, santidad, discreción, y con todas las gracias juntas en que era manifiesto el aumento cada día en María Santísima. 379. Apeló de sus penas el santo esposo José para el tribunal del Señor, por medio de la oración, y puesto en su presencia, dijo: “Altísimo Dios y Señor eterno, no son ocultos a vuestra divina presencia mis deseos y gemidos. Combatido me hallo de las violentas olas que por mis sentidos han llegado a herir mi corazón. Yo le entregué seguro a la esposa que recibí de vuestra mano. De su grande santidad he confiado (Prov. 31,11), y los testigos de la novedad que en ella veo me ponen en cuestión de dolor y temor de frustrarse mis esperanzas. Nadie que hasta hoy la ha conocido, pudo poner duda en su recato y excelentes virtudes, pero tampoco puedo negar que está preñada. Juzgar que ha sido infiel y que os ha ofendido, será temeridad a la vista de tan peregrina pureza y santidad; negar lo que la vista me asegura, es imposible; mas no lo será morir a fuerza de esta pena, si aquí no hay encerrado algún misterio que yo no alcanzo. La razón la disculpa, el sentido la condena. Ella me oculta la causa del embarazo, yo le veo; ¿qué he de hacer? Conferimos al principio los votos de castidad que entrambos prometimos para vuestra gloria, y si fuera posible que hubiera violado vuestra fe y la mía, yo defendiera vuestra honra y por vuestro amor depusiera la mía. Pero ¿cómo tal pureza y santidad en todo lo demás se puede conservar, si hubiera cometido tan grave crimen? ¿Y cómo siendo santa y tan prudente me cela este suceso? Suspendo el juicio y me detengo, ignorando la causa de lo que veo. Derramo en vuestra presencia (Sal 141,3) mi afligido espíritu, OH Dios de Abrahán, de Isaac y Jacob. Recibid mis lágrimas en acepto sacrificio, y si mis culpas merecieron vuestra indignación, obligaos, Señor, de vuestra propia clemencia y benignidad y no despreciéis tan vivas penas. No juzgo que María os ha ofendido, pero tampoco, siendo yo su esposo, puedo presumir misterio alguno de que no puedo ser digno. Gobernad mi entendimiento y corazón con vuestra luz divina, para que yo conozca y ejecute lo más acepto a vuestro beneplácito.” 380. Perseveró en esta oración San José con muchos más afectos y peticiones; porque si bien se le representó que había algún misterio que él ignoraba en el embarazo de María Santísima, pero no se aseguraba en esto, porque no tenía más razones de las que por mayor se le ofrecían y para dar salida al juicio de que tenía culpa en el embarazo, respetando la santidad de la divina Señora; y así no llegó al pensamiento del santo que podía ser Madre del Mesías. Suspendía las sospechas algunas veces, y otras se las aumentaban y arrastraban las evidencias, y así fluctuando padecía impetuosas olas por una y otra parte; y de mareado y rendido solía quedarse en una penosa calma, sin determinarse a creer cosa alguna con que vencer la duda y aquietarse el corazón y obrar conforme la certeza que de una parte u otra tuviera para gobernarse. Por esto fue tan grande el tormento de San José, que pudo ser evidente prueba de su incomparable prudencia y santidad, y merecer con este trabajo que le hiciera Dios idóneo para el singular beneficio que le prevenía. 381. Todo lo que pasaba por el corazón de San José en secreto era manifiesto a la Princesa del cielo, que lo estaba mirando con ciencia divina y luz que tenía; y aunque su santísimo corazón estaba lleno de ternura y compasión de lo que padecía su esposo, no le hablaba palabra en ello, pero le servía con sumo rendimiento y cuidado. Y el varón de Dios al descuido la miraba con mayor cuidado que otro hombre jamás ha tenido; y como sirviéndole a la mesa y en otras ocupaciones domésticas la gran Señora, aunque el embarazo no era grave ni penoso, hacía algunas acciones y movimientos con que era forzoso descubrirse más, atendía a todo San José y se certificaba más de la verdad con mayor aflicción de su alma. Y no obstante que era santo y recto, pero después que se desposó con María Santísima, se dejaba respetar y servir de ella, guardando en todo la autoridad de cabeza y varón, aunque lo templaba con rara humildad y prudencia. Pero mientras ignoró el misterio de su esposa juzgó que debía mostrarse siempre superior con la templanza conveniente, a imitación de los padres antiguos y patriarcas, de quienes no debía degenerar, para que las mujeres fuesen obedientes y rendidas a sus maridos. Y tenía razón en este modo de gobernarse, si María Santísima, Señora

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nuestra, fuera como las demás mujeres. Mas aunque era tan diferente, ninguna hubo ni habrá jamás tan obediente, humilde y sujeta a su marido como lo estuvo la Reina eminentísima a su esposo. Le servía con incomparable respeto y puntualidad; y aunque conocía sus cuidados y atención a su embarazo, no por eso se excusó de hacer todas las acciones que le tocaban, ni cuidó de disimular ni excusar la novedad de su divino vientre; porque este rodeo y artificio o duplicidad no se compadecía con la verdad y candidez angélica que tenía, ni con la generosidad y grandeza de su nobilísimo corazón. 382. Bien pudiera la gran Señora alegar en su abono la verdad de su inocencia inculpable y la testificación de su prima Santa Isabel y Zacarías, porque en aquel tiempo era cuando San José, si sospechara culpa en ella, se la podía mejor atribuir; y por este modo, o por otros, aunque no le manifestara el misterio, se podía disculpar y sacar de cuidado a San José. Pero nada hizo la Maestra de la prudencia y humildad, porque no se compadecía con estas virtudes volver por sí y fiar la satisfacción de tan misteriosa verdad de su propio testimonio; todo lo remitió con gran sabiduría a la disposición divina. Y aunque la compasión de su esposo y el amor que le tenía la inclinaban a consolarle y despenarle, no lo hizo disculpándose ni ocultando su preñez, sino sirviéndole con mayores demostraciones y procurando regalarle y preguntándole lo que deseaba y quería que ella hiciese y otras demostraciones de rendimiento y amor. Muchas veces le servía de rodillas, y aunque algo consolaba esto a San José, por otra parte le daba mayores motivos de afligirse, considerando las muchas causas que tenía para amar y estimar a quien no sabía si le había ofendido. Hacía la divina Señora continua oración por él y pedía el Altísimo le mirase y consolase; y remitíase toda a la voluntad de Su Majestad. 383. No podía San José ocultar del todo su amarguísima pena, y así estaba muchas veces pensativo, triste, suspenso; y llevado de este dolor hablaba a su divina esposa con alguna severidad más que antes, porque éste era como efecto inseparable de su afligido corazón y no por indignación ni venganza; que esto nunca llegó a su pensamiento, como se verá adelante (Cf. infra n.388). Pero la prudentísima Señora no mudó su semblante ni hizo demostración alguna de sentimiento, antes por esto cuidaba más del alivio de su esposo. Le servía a la mesa, le daba el asiento, le traía la comida, le administraba la bebida, y después de todo esto, que hacía con incomparable gracia, la mandaba San José que se asentase y cada hora se iba asegurando más en la certeza del embarazo. No hay duda que fue esta ocasión una de las que más ejercitaron no sólo a San José, pero a la Princesa del cielo, y que en ella se manifestó mucho la profundísima humildad y sabiduría de su alma santísima, y dio lugar el Señor a ejercitar y probar todas sus virtudes; porque no sólo no le mandó callar el sacramento de su embarazo, pero no le manifestó su voluntad divina tan expresamente como en otros sucesos. Todo parece lo remitió Dios y lo fió de la ciencia y virtudes divinas de su escogida esposa, dejándola obrar con ellas sin otra especial ilustración o favor. Daba ocasión la divina providencia a María Santísima y a su fidelísimo esposo José, para que respectivamente cada uno ejercitase con heroicos actos las virtudes y dones que les había infundido, y se deleitaba a nuestro entender con la fe, esperanza y amor, con la humildad, paciencia, quietud y serenidad de aquellos cándidos corazones en medio de tan dolorosa aflicción. Y para engrandecer su gloria y dar al mundo este ejemplar de santidad y prudencia y oír los clamores dulces de la Madre Santísima y su castísimo esposo, que le eran gratos y agradables; y que se hacía como sordo a nuestro entender porque los repitiesen, y disimulaba el responderles hasta el tiempo oportuno y conveniente. Doctrina de la Santísima Reina y Señora nuestra. 384. “Hija mía carísima, altísimos son los pensamientos y fines del Señor, y su providencia con las almas es fuerte y suave, y en el gobierno de todas admirable, especialmente de sus amigos y escogidos. Y si los mortales acabasen de conocer el amoroso cuidado con que atiende a dirigirlos y encaminarlos este Padre de las misericordias, descuidarían más de sí mismos y no se entregarían a tan molestos, inútiles y peligrosos cuidados con que viven afanados y solicitando varias dependencias de otras criaturas; porque se dejarían seguros a la sabiduría y amor infinito, que con dulzura y suavidad paternal cuidaría de todos sus pensamientos, palabras y acciones y de todo lo que les conviene. No quiero que tú ignores esta verdad; pero que entiendas del Señor cómo desde su eternidad tiene en su mente divina presentes a todos los predestinados que han de ser en diversos tiempos y edades, y con la invencible fuerza de su infinita sabiduría y bondad va disponiendo y encaminando todos los bienes que les convienen, para que al fin se consiga lo que de ellos tiene el Señor determinado. 385. “Por esto le importa tanto a la criatura racional dejarse encaminar de la mano del Señor, entregándose toda a su disposición divina; porque los hombres mortales ignoran sus caminos y el fin que por ellos han de tener, y no pueden

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por sí mismos hacer elección con su insipiencia, si no es con grande temeridad y peligro de su perdición. Pero si se entregan de todo corazón a la providencia del Altísimo, reconociéndole por Padre y a sí mismos por hijos y hechuras suyas, Su Majestad se constituye por su protector, amparo y gobernador con tanto amor, que quiere conozca el cielo y la tierra cómo es oficio que le toca a él mismo gobernar a los suyos y gobernar a los que de él se fían y se le entregan. Y si fuera Dios capaz de recibir pena o de tener celos como los hombres, los tuviera de que otra criatura se hiciera parte en el cuidado de las almas, y de que ellas acudan a buscar cosa alguna de las que necesitan en otro alguno fuera del mismo Señor, que lo tiene por su cuenta. Y no pueden los mortales ignorar esta verdad, si consideran lo que entre ellos mismos hace un padre por sus hijos, un esposo por su esposa, un amigo con otro y un príncipe con el privado a quien ama y quiere honrar. Todo esto es nada en comparación del amor que Dios tiene a los suyos y lo que quiere y puede hacer por ellos. 386. “Pero aunque por mayor y en general crean esta verdad los hombres, ninguno puede alcanzar cuál es el amor divino y sus efectos particulares con las almas que totalmente se resignan y dejan a su voluntad. Ni lo que tú, hija mía, conoces, lo puedes manifestar, ni conviene, mas no lo pierdas de vista en el Señor. Su Majestad dice (Lc 21,18) que no perecerá un cabello de sus electos, porque todos los tiene numerados. El gobierna sus pasos a la vida y se los desvía de la muerte, atiende a sus obras, corrige sus defectos con amor, se adelanta a sus deseos, se anticipa en sus cuidados, defiéndeles en el peligro, los regala en la quietud, los conforta en la batalla, les asiste en la tribulación; defiéndelos del engaño con su sabiduría, las santifica con su bondad, fortalécelos con su poder; y como infinito, a quien nadie puede resistir ni impedir su voluntad, así ejecuta lo que puede y puede todo lo que quiere y quiere entregarse todo al justo que está en gracia y se fía de sólo él. ¡Quién puede ponderar cuántos y cuáles serán los bienes que derrama en un corazón dispuesto de esta manera para recibirlos! 387. “Si tú, amiga mía, quieres que te alcance esta buena dicha, imítame con verdadero cuidado y conviértelo todo desde hoy a conseguir con eficacia una verdadera resignación en la Providencia divina. Y si te enviare tribulaciones, penas o trabajos, recíbelos y abrázalos con igual corazón y serenidad, con quietud de tu espíritu, paciencia, fe viva y esperanza en la bondad del Altísimo, que siempre te dará lo más seguro y conveniente para tu salvación. No hagas elección de cosa alguna, que Dios sabe y conoce tus caminos; fíate de tu Padre y Esposo celestial, que con amor fidelísimo te patrocina y ampara; atiende a mis obras, pues no se ocultan: y advierte que fuera de los trabajos que tocaron a mi Hijo Santísimo, el mayor que padecí en mi vida fue el de las tribulaciones de mi esposo José y sus penas en la ocasión que vas escribiendo.” CAPITULO 2 Regresar al Principio Se aumentan los recelos a San José, determina dejar a su esposa y hace oración sobre ello. 388. En la tormenta de cuidados que combatían al rectísimo corazón de San José, procuraba tal vez con su prudencia buscar alguna calma y cobrar aliento en su afligido ahogo, discurriendo a solas y procurando reducir a duda el embarazo de su esposa, pero de este engaño le sacaba cada día el aumento del vientre virginal, que con el tiempo se iba manifestando con mayores evidencias; y no hallaba otra causa el Santo glorioso adonde recurrir, y ésta se le frustraba y era poco constante, pues pasaba de la duda que buscaba a la certeza vehemente, cuanto más crecía el embarazo. Y en sus aumentos estaba más agradable y sin sospecha de otros achaques la divina Princesa, que de todas maneras la iba perfeccionando en hermosura, salud, agilidad y belleza; cebos y motivos mayores de la sospecha y lazos de su castísimo amor y pena, sin poder apartar todos esos efectos a un tiempo con varias olas que le atormentaban y de manera le rindieron, que llegó a persuadirse del todo en la evidencia. Y aunque siempre se conformaba su espíritu con la voluntad de Dios, pero la carne enferma sintió lo sumo del dolor del alma, con que llegó a su punto, donde no halló salida alguna en la causa de su tristeza. Sintió quebranto o deliquio en las fuerzas del cuerpo, que aunque no llegó a ser enfermedad determinada, con todo eso se le debilitaron las fuerzas y puso algo demacrado, y se le conocía en el rostro la profunda tristeza y melancolía que le afligía. Y como la padecía tan a solas sin buscar el alivio de comunicarla o desahogar por algún camino el aprieto de su corazón, como lo hacen ordinariamente los otros hombres, con esto venía a ser más grave y menos reparable naturalmente la tribulación que el Santo padecía. 389. No era menos dolor el que a María Santísima penetraba el corazón; pero aunque era grandísimo, era también

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mayor el espacio de su dilatadísimo y generoso ánimo y con él disimulaba sus penas, pero no el cuidado que le daban las de San José su esposo; con que determinó asistirle más y cuidar de su salud y regalo. Pero como en la prudentísima Reina era inviolable ley el obrar todas las acciones en plenitud de sabiduría y perfección, callaba siempre la verdad del misterio que no tenía orden de manifestar, y aunque sola ella era la que pudiera aliviar a su esposo José por este camino, no lo hizo por respetar y guardar el sacramento del Rey celestial. Por sí misma hacía cuanto podía; le hablaba en su salud y le preguntaba qué deseaba hiciese ella para su servicio y alivio del achaque que tanto le desfallecía. Le rogaba tomase algún descanso y regalo, pues era justo acudir a la necesidad y reparar las fuerzas desfallecidas del cuerpo para trabajar después por el Señor. Atendía San José a todo lo que su esposa divina hacía, y ponderando consigo aquella virtud y discreción y sintiendo los efectos santos de su trato y presencia, dijo: “¿Es posible que mujer de tales costumbres y donde tanto se manifiesta la gracia del Señor, me ponga a mí en tal tribulación? ¿Cómo se compadece esta prudencia y santidad con las señales que veo de haber sido infiel a Dios, y a mí, que tan de corazón la amo? Si quiero despedirla o alejarme, pierdo su deseable compañía, todo mi consuelo, mi casa y mi quietud. ¿Qué bien hallaré como ella, si me retiro? ¿Qué consuelo, si me falta éste? Pero todo pesa menos que la deshonra de tan infeliz fortuna y que de mí se entienda he sido cómplice en algún delito. Ocultarse el suceso, no es posible, porque todo lo ha de manifestar el tiempo, aunque yo ahora lo disimule y calle. Hacerme yo autor de este embarazo, será mentira vil contra mi propia conciencia y reputación. Ni lo puedo reconocer por mío, ni atribuirlo a la causa que ignoro. Pues ¿qué haré en tal aprieto? El menor de mis males será ausentarme y dejar mi casa, antes que llegue el parto, en que me hallaré más confuso y afligido, sin saber qué consejo y determinación tomaré, viendo en mi casa hijo que no es mío.” 390. La Princesa del cielo, que con gran dolor miraba la determinación de su esposo San José en dejarla y ausentarse, se convirtió a los santos ángeles y custodios suyos, y les dijo: “Espíritus bienaventurados y ministros del supremo Rey que os levantó a la felicidad de que gozáis y por su dignación me acompañáis como fidelísimos siervos suyos y centinelas mías, yo os pido, amigos míos, que presentéis a su clemencia las aflicciones de mi esposo José. Pedid que le consuele y mire como verdadero Dios y Padre. Y vosotros, que prestamente obedecéis a sus palabras, oíd también mis ruegos; por el que siendo infinito se quiso encarnar en mis entrañas, os lo pido, ruego y suplico, que sin dilación acudáis al aprieto en que se halla el corazón fidelísimo de mi esposo, y aliviándole de sus penas le quitéis del ánimo y pensamiento la determinación que ha tomado de ausentarse.” Obedecieron a su Reina los ángeles que destinó para este fin y luego ocultamente enviaron al corazón de San José muchas inspiraciones santas, persuadiéndole de nuevo que su esposa María era santa y perfectísima, que no se podía creer de ella cosa indigna, que Dios era incomprensible en sus obras y ocultísimo en sus rectos juicios y que siempre era fidelísimo en los que confían en él, que a nadie desprecia ni desampara en la tribulación. 391. Con estas y otras inspiraciones santas se sosegaba un poco el turbado espíritu de San José, aunque no sabía por el orden que le venían; pero como el objeto de su tristeza no se mejoraba, luego volvía a ella sin hallar salida de cosa fija y cierta en que asegurarse, y volvió a renovar los intentos de ausentarse y dejar a su esposa. Conociendo esto la divina Señora, juzgó que ya era necesario prevenir este peligro y pedir al Señor con más instancia el remedio. Se convirtió toda a su Hijo santísimo que tenía en su vientre, y con íntimo afecto y fervor le dijo: ‘Señor y bien de mi alma, si me dais licencia, aunque soy polvo y ceniza, hablaré en vuestra presencia real y manifestaré mis gemidos que a vos no pueden esconderse. Justo es, Dueño mío, que yo no sea remisa en ayudar al esposo que me disteis de vuestra mano. Lo veo en la tribulación que está puesto, por vuestra providencia, y no será piedad dejarle en ella. Si hallo gracia en vuestros ojos (Ex 34,9), os suplico, Señor y Dios eterno, por el amor que os obligó a venir a las entrañas de vuestra esclava para remedio de los hombres, tengáis por bien de consolar a vuestro siervo José y disponerle para que ayude al cumplimiento de vuestras grandes obras. No estará bien vuestra esclava sin esposo que la ampare y patrocine y le sirva de resguardo. No permitáis, Dios y Señor mío, que ejecute su determinación y ausentándose me deje.” 392. Respondió el Altísimo a esta petición: “Paloma y amiga mía, yo acudiré con presteza al consuelo de mi siervo José y, en declarándole yo por medio de mi ángel el sacramento que ignora, le podrás hablar en él con claridad todo lo que contigo he obrado, sin que para adelante guardes en esto más silencio. Yo le llenaré de mi espíritu y le haré capaz de lo que debe hacer en estos misterios. Y él te ayudará en ellos y te asistirá a todo lo que te sucediere.” Con esta promesa del Señor quedó María Santísima confortada y consolada, dando rendidas gracias al mismo Señor que con tan admirable orden disponía todas las cosas en medida y peso (Sab 11,21); porque a más del consuelo que tuvo la gran Señora, quedando sin aquel cuidado, conoció cuán conveniente era para su esposo José haber padecido aquella tribulación en que se probase y dilatase su espíritu para las cosas grandes que se habían de fiar de él.

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393. Al mismo tiempo estaba San José confiriendo sus dudas consigo mismo, habiendo ya pasado dos meses en esta gran tribulación; y vencido de la dificultad, dijo: “Yo no hallo medio más oportuno a mi dolor que ausentarme. Mi esposa confieso que es perfectísima, y nada veo en ella que no la acredite por santa, pero al fin está preñada y no alcanzo este misterio. No quiero ofender su virtud con entregarla a la ejecución de la ley, pero tampoco puedo aguardar el suceso del embarazo. Partiré luego y me dejaré a la providencia del Señor que me gobierne.” Determinó partir aquella noche siguiente, y para la jornada previno un vestido que tenía con alguna ropa que mudarse, y todo lo juntó en un fardelillo. Había cobrado un poco de dinero que de su trabajo le debían y con esta recámara dispuso partir a media noche. Pero por la novedad del caso, y por la costumbre, habiéndose recogido con este intento, hizo oración al Señor, y le dijo: “Altísimo Dios eterno de nuestros padres Abrahán, Isaac y Jacob, verdadero y único amparo de los pobres y afligidos, manifiesto es a vuestra clemencia el dolor y aflicción de que mi corazón está poseído, y también, Señor, conocéis, aunque soy indigno, mi inocencia en la causa de mi pena y la infamia y peligro que me amenaza del estado de mi esposa. No la juzgo por adúltera, porque conozco en ella grandes virtudes y perfección, pero con certeza veo que está preñada. La causa y el modo del suceso yo lo ignoro, mas no le hallo salida en que quietarme. Determino por menor daño el alejarme de ella a donde nadie me conozca y entregado a vuestra providencia acabaré mi vida en un desierto. No me desamparéis, Señor mío y Dios eterno, porque sólo deseo vuestra mayor honra y servicio.” 394. Se postró en tierra San José haciendo voto de llevar al templo de Jerusalén a ofrecer parte de aquel poco dinero que tenía para su viaje; y esto era porque Dios amparase y defendiese a su esposa María de las calumnias de los hombres y la librase de todo mal. Tanta era la rectitud del varón de Dios y el aprecio que hacía de la divina Señora. Después de esta oración se recogió a dormir un poco, para salirse a media noche a excusa de su esposa; y en el sueño le sucedió lo que diré en el capítulo siguiente. La gran Princesa del cielo, segura de la divina palabra, estaba desde su retiro mirando lo que San José hacía y disponía; que el Todopoderoso se lo mostraba. Y conociendo el voto que por ella había hecho y el fardillo y peculio tan pobre que había prevenido, llena de ternura y compasión, hizo nueva oración por él con hecho de gracias, alabando al Señor en sus obras y en el orden con que las dispone sobre todo el pensamiento de los hombres. Dio lugar Su Majestad para que entrambos, María Santísima y San José, llegasen al extremo del aprieto y dolor interior, para que, a más de los méritos que con este dilatado martirio acumulaban, fuese más admirable y estimable el beneficio de la consolación divina. Y aunque la gran Señora estaba constantísima en la fe y esperanza de que el Altísimo acudiría oportunamente el remedio de todo, y por esto callaba y no manifestaba el sacramento del Rey, que no le había mandado declarar, con todo eso la afligió muchísimo la determinación de San José; porque se le representaron los grandes inconvenientes de dejarla sola, sin arrimo y compañía que la amparase y consolase por el orden común y natural, pues no todo se había de buscar por orden milagroso y sobrenatural. Pero todos estos ahogos no fueron bastantes a que faltase a ejercitar virtudes tan excelentes como la de la magnanimidad, tolerando las aflicciones, sospechas y determinaciones de San José; la de la prudencia, mirando que el sacramento era grande y que no era bien por sí determinarse en descubrirle; la del silencio, callando como mujer fuerte, señalándose entre todas, sabiendo detenerse en no decir lo que tantas razones humanas había para hablar; la paciencia, sufriendo; y la humildad, dando lugar a las sospechas de San José. Y otras muchas virtudes ejercitó admirablemente en este trabajo, con que nos enseñó a esperar el remedio del Altísimo en las mayores tribulaciones. Doctrina que me dio la Reina del cielo María Santísima. 395. “Hija mía, la doctrina que te doy, con el ejemplar que has escrito de mi silencio, sea que le tengas por arancel para gobernarte en los favores y sacramentos del Señor, guardándolos en el secreto de tu pecho. Y aunque te parezca conveniente para el consuelo de alguna alma manifestarlos, este juicio no le debes hacer por ti sola, sin primero consultarlo con Dios y después con la obediencia; porque estas materias espirituales no se han de gobernar por afecto humano, donde obran tanto las pasiones o inclinaciones de la criatura, y con ellas hay grande peligro de que juzgue por conveniente lo que es pernicioso y por servicio de Dios lo que es ofensa suya; y el discernir entre los movimientos interiores, conociendo cuáles son divinos que nacen de la gracia, y cuáles humanos, engendrados de afectos desordenados, esto no se alcanza con los ojos de la carne y de la sangre. Y aunque distan mucho estos dos afectos y sus causas, con todo eso, si la criatura no está muy ilustrada y muerta a las pasiones, no puede conocer esta diferencia ni separar lo precioso de lo vil. Y este peligro es mayor cuando concurre o interviene algún motivo temporal y humano, porque entonces el amor propio y natural se suele introducir a dispensar y gobernar las cosas divinas y espirituales con repetidos y peligrosos precipicios. 396. “Sea, pues, documento general, que si no es a quien te gobierna, jamás sin orden mío declares cosa alguna. Y

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pues yo me he constituido por tu maestra, no faltaré a darte orden y consejo en esto y en todo lo demás, para que no te desvíes de la voluntad de mi Hijo Santísimo. Pero advierte que hagas grande aprecio de los favores y beneficios del Altísimo. Trátalos con magnificencia (Eclo 39,20), y prefiere su estimación, agradecimiento y ejecución a todas las cosas inferiores, y más a las que son de tu inclinación. A mí me obligó mucho al silencio el temor reverencial que tuve, juzgando como debía por tan estimable el tesoro que en mí estaba depositado. Y no obstante la obligación natural y el amor que tenía a mi señor y esposo San José y el dolor y compasión de sus aflicciones de que yo deseara sacarle, disimulé y callé, anteponiendo a todo el gusto del Señor y remitiéndole la causa que él reservaba para sí solo. Aprende también con esto a no disculparte jamás, aunque más inocente te halles, en lo que te imputan. Obliga al Señor, fiándolo de su amor. Pon por su cuenta tu crédito; y en el ínterin vence con paciencia, humildad y con obras y palabras blandas a quien te ofendiere. Sobre todo esto, te advierto que jamás de nadie juzgues mal, aunque veas a los ojos indicios que te muevan; que la caridad perfecta y sencilla te enseñará a dar salida prudente a todo y a deshacer las culpas ajenas. Y para esto puso Dios por ejemplo a mi esposo San José, pues nadie tuvo más indicios y ninguno fue más prudente en detener el juicio; porque en ley de caridad discreta y santa, prudencia es y no temeridad remitirse a causas superiores que no se alcanzan, antes que juzgar y culpar a los prójimos en lo que no es manifiesta culpa. No te doy aquí especial doctrina para los del estado del matrimonio, porque la tienen manifiesta en el discurso de mi vida; y de, ésta se pueden aprovechar todos, aunque ahora la enderezo a tu aprovechamiento, que deseo con especial amor. Óyeme, carísima, y ejecuta mis consejos y palabras de vida.” CAPITULO 3 Regresar al Principio Habla el ángel del Señor a San José en sueños y le declara el misterio de la Encarnación, y los efectos de esta embajada. 397. El dolor de los celos es tan vigilante despertador a quien los tiene, que repetidas veces, en lugar de despertarle, le desvela y le quita el reposo y sueño. Nadie padeció esta dolencia como San José, aunque en la verdad ninguno tuvo menos causa para ellos, si entonces la conociera. Era dotado de grande ciencia y luz para penetrar y ver la santidad y condiciones de su divina esposa, que eran inestimables. Y encontrándose en esta noticia las razones que le obligaban a dejar la posesión de tanto bien, era forzoso que añadiendo ciencia de lo que perdía, añadiese el dolor (Ecl. 1,18) de dejarlo. Por esta razón excedió el dolor de San José a todo lo que en esta materia han padecido los hombres, porque ninguno hizo mayor concepto de su pérdida, ni nadie pudo conocerla ni estimarla como él. Pero junto con esto hubo una gran diferencia entre los celos o recelos de este fiel siervo y los demás que suelen padecer este trabajo. Porque los celos añaden al vehemente y ferviente amor un gran cuidado de no perder y conservar lo que se ama, y a este afecto, por natural necesidad, se sigue el dolor de perderlo e imaginar que alguno se le puede quitar; y este dolor o dolencia es la que comúnmente llaman celos, y en los sujetos que tienen las pasiones desordenadas, por falta de prudencia y de otras virtudes, suele causar la pena y dolor efectos desiguales de ira, furor, envidia contra la misma persona amada, o contra el consorte que impide el retorno del amor, ahora sea malo bien ordenado; y se levantan las tempestades de imaginaciones y sospechas adelantadas, que las mismas pasiones engendran, de que se originan las veleidades de querer y aborrecer, de amar y arrepentirse, y la irascible y concupiscible andan en continua lucha, sin haber razón ni prudencia que las sujete e impere, porque este linaje de dolencia oscurece el entendimiento, pervierte la razón y arroja de sí a la prudencia. 398. Pero en San José no hubo estos desórdenes viciosos, ni pudo tenerlos, no sólo por su insigne santidad, sino por la de su esposa, porque en ella no conocía culpa que le indignase, ni hizo concepto el santo que tenía empleado su amor en otro alguno, contra quien o de quien tuviese envidia para repelerle con ira. Y sólo consintieron los celos de San José en la grandeza de su amor una duda o sospecha condicionada de que si su castísima esposa le había correspondido en el amor; porque no hallaba cómo vencer esta duda con la razón determinada como lo eran los indicios del recelo. Y no fue menester más certeza de su cuidado para que el dolor fuese tan vehemente, porque en prenda tan propia como la esposa justo es no admitir consorte, y para que las experiencias obrasen tal dolencia bastaba que el amor vehemente y casto del santo poseyera todo el corazón a vista del menor indicio de infidelidad y de perder el más perfecto, hermoso y agradable objeto de su entendimiento y voluntad. Que cuando el amor tiene tan justos motivos, grandes y eficaces son los lazos y coyundas que le detienen, fortísimas las prisiones, y más, no habiendo contrarios de imperfecciones que las rompan. Que nuestra Reina en lo divino, ni natural, no tenía cosa que moderase y templase el amor de su santo

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esposo, sino que le fomentase por repetidos títulos y causas. 399. Con este dolor, que ya llegó a tristeza, se quedó un poco dormido San José después de la oración que arriba dije, seguro que se despertaría a su tiempo para salir de su casa a media noche, sin que a su parecer fuese sentido de su esposa. Estaba la divina Señora aguardando el remedio y solicitando con sus humildes peticiones el reparo, porque conocía que, llegando la tribulación de su turbado esposo a tal punto y a lo sumo del dolor, se acercaba el tiempo de la misericordia y del alivio de tan afligido corazón. Envió el Altísimo al santo arcángel Gabriel para que, estando San José durmiendo, le manifestase por divina revelación el misterio del embarazo de su esposa María. Y el ángel, cumpliendo esta legacía, fue a San José, y le habló en sueños, como dice San Mateo (Mt 1,20-23), y le declaró todo el misterio de la Encarnación y Redención en las palabras que el evangelista refiere. Alguna admiración puede hacer - y a mí me la ha motivado - por qué el Santo Arcángel habló a San José en sueños y no en vela, pues el misterio era tan alto y no fácil de entender, y más en la disposición del santo tan turbada y afligida, y a otros se les manifestó el mismo sacramento, no durmiendo, sino estando despiertos. 400. En estas obras del Señor la última razón es de su divina voluntad en todo justa, santa y perfecta; pero de lo que he conocido diré algunas cosas, como pudiere, para nuestra enseñanza. La primera razón es porque San José era tan prudente y lleno de divina luz y tenía tan alto concepto de María Santísima Señora nuestra, que no fue necesario persuadirle por medios más fuertes, para que se asegurase de su dignidad y de los misterios de la Encarnación; porque en los corazones dispuestos se logran bien las inspiraciones divinas. La segunda razón fue porque su turbación había comenzado por los sentidos, viendo el embarazo de su esposa, y fue justo que, si ellos dieron motivo al engaño o sospecha, fuesen como mortificados y privados de la visión angélica y de que por ellos entrase el desengaño de la verdad. La tercera razón es como consiguiente a ésta, porque San José, aunque no cometió culpa, padeció aquella turbación con que los sentidos quedaron como entorpecidos y poco idóneos para la vista y comunicación sensible del santo ángel; y así era conveniente que le hablase y diese la embajada en ocasión que los sentidos, escandalizados de antes, estuviesen entonces impedidos con la suspensión de sus operaciones; y después el santo varón, estando en ellos, se purificó y dispuso con muchos actos, como diré, para recibir el influjo del Espíritu Santo; que para todo impedía la turbación. 401. De estas razones se entenderá por qué Dios hablaba en sueños a los padres antiguos, más que ahora con los fieles hijos de la ley evangélica, donde es menos ordinario este modo de revelaciones en sueños y más frecuente hablar los ángeles con mayor manifestación y comunicación. La razón de esto es porque, según la divina disposición, el mayor impedimento y óbice que indispone para que las almas no tengan muy familiar trato y comunicación con Dios y sus ángeles, son los pecados, aunque sean leves, y aun las imperfecciones de nuestras operaciones. Y después que el Verbo divino se humanó y trató con los hombres, se purificaron los sentidos y se purifican cada día nuestras potencias, quedando santificadas con el buen uso de los sacramentos sensibles, con que en algún modo se espiritualizan y elevan, se desentorpecen y habilitan en sus operaciones para la participación de las influencias divinas. Y este beneficio debemos más que los antiguos a la sangre de Cristo nuestro Señor, en cuya virtud somos santificados por los sacramentos, recibiendo en ellos efectos divinos de gracias especiales y en algunos el carácter espiritual que nos señala y dispone para más altos fines. Pero cuando el Señor hablaba o habla ahora alguna vez en sueños, excluye a las operaciones de los sentidos, como ineptas o indispuestas para entrar en las bodas espirituales de su comunicación e influjos espirituales. 402. Se colige también de esta doctrina, que para recibir el alma los favores ocultos del Señor no sólo se requiere que esté sin culpa y que tenga merecimientos y gracia, sino que tenga también quietud y tranquilidad de paz; porque si está turbada la república de las potencias, como en el Santo José, no está dispuesta para efectos tan divinos y delicados como los que recibe el alma con la vista del Señor y sus caricias. Y esto es tan ordinario, que por mucho que esté mereciendo la criatura con la tribulación y padeciendo aflicciones, cual estaba el esposo de la Reina, con todo eso, impide aquella alteración, porque en el padecer hay trabajo y conflicto con las tinieblas y el gozar es descansar en paz en la posesión de la luz, y no es compatible con ella estar a la vista de las tinieblas aunque sea para desterrarlas. Pero en medio del conflicto y pelea de las tentaciones, que es como en sueños o de noche, se suele sentir y percibir la voz del Señor por medio de los ángeles, como sucedió a nuestro Santo José, que oyó y entendió todo lo que decía (Ib) San Gabriel, que no temiese estar con su esposa María, porque era obra del Espíritu Santo lo que tenía en su vientre, y pariría un hijo, a quien llamaría Jesús, y sería Salvador de su pueblo, y en todo este misterio se cumpliría la profecía de Isaías, que dijo (Is 7,14) cómo concebiría una Virgen y pariría un hijo que se llamaría Emmanuel, que significa Dios con

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nosotros. No vio San José al ángel con especies imaginarias, sólo oyó la voz interior y en ella entendió el misterio. De las palabras que le dijo se colige que ya San José en su determinación había dejado a María Santísima, pues le mandó que sin temor la recibiese. 403. Despertó San José capaz del misterio revelado y que su esposa era Madre verdadera del mismo Dios. Y entre el mismo gozo de su dicha y no pensada suerte y el nuevo dolor de lo que había hecho, se postró en tierra y con otra humilde turbación, temeroso y alegre, hizo actos heroicos de humildad y reconocimiento. Dio gracias al Señor por el misterio que le había revelado y por haberle hecho Su Majestad esposo de la que escogió por Madre, no mereciendo ser esclavo suyo. Con este conocimiento y acciones de las virtudes, quedó sereno el espíritu de San José y dispuesto para recibir nuevos efectos del Espíritu Santo. Y con la duda y turbación pasada se asentaron en él los fundamentos muy profundos de la humildad, que había de tener a quien se fiaba la dispensación de los más altos consejos del Señor; y la memoria de este suceso fue un magisterio que le duró toda la vida. Hecha esta oración a Dios, comenzó el santo varón a reprenderse a sí mismo a solas, diciendo: “Oh esposa mía divina y mansísima paloma, escogida por el Muy Alto para morada y Madre suya, ¿cómo este indigno esclavo tuvo osadía para poner en duda tu fidelidad? ¿Cómo el polvo y ceniza dio lugar a que le sirviese la que es Reina del cielo y tierra y Señora de todo lo criado? ¿Cómo no he besado el suelo que tocaron tus plantas? ¿Cómo no he puesto todo el cuidado en servirte de rodillas? ¿Cómo levantaré mis ojos a tu presencia y me atreveré a estar en tu compañía y desplegar mis labios para hablarte? Señor y Dios eterno, dadme gracia y fuerzas para pedirla me perdone, y poned en su corazón que use de misericordia y no desprecie a este reconocido siervo, como lo merezco. ¡Ay de mí, que como estaba llena de luz y gracia, y en sí encierra el autor de la luz, le serían patentes todos mis pensamientos y, habiéndolos tenido de dejarla con efecto, atrevimiento será parecer delante sus ojos! Conozco mi grosero proceder y pesado engaño, pues a vista de tanta santidad admití indignos pensamientos y dudas de la fidelísima correspondencia que yo merecía. Y si en castigo mío permitiera vuestra justicia que yo ejecutara mi errada determinación, ¿cuál fuera ahora mi desdicha? Eternamente agradeceré, altísimo Señor, tan incomparable beneficio. Dadme, Rey poderosísimo, con qué volver alguna digna retribución. Iré a mi señora y esposa, confiado en la dulzura de su clemencia, y postrado a sus pies le pediré perdón, para que por ella, usted, mi Dios y Señor eterno, me miréis como Padre y perdonéis mi desacierto.” 404. Con esta mudanza salió el santo esposo de su pobre aposento, hallándose despierto tan diferente, como dichoso, de cual se había recogido al sueño. Y como la Reina del cielo estaba siempre retirada, no quiso despertarla de la dulzura de su contemplación, hasta que ella quisiese (Cant 2,7). En el ínterin deslió el varón de Dios el fardelillo que había prevenido, derramando abundantes lágrimas con afectos muy contrarios de los que antes había sentido y llorado. Y comenzando a reverenciar a su divina esposa, previno la casa, limpió el suelo que habían de hollar las sagradas plantas y preparó otras hacenduelas que solía remitir a la divina Señora cuando no conocía su dignidad, y determinó mudar de intento y estilo en el proceder con ella, aplicándose a sí mismo el oficio de siervo y a ella de señora. Y sobre esto desde aquel día tuvieron entre los dos admirables contiendas sobre quién había de servir y mostrarse más humilde. Todo lo que pasaba por San José estaba mirando la Reina de los cielos, sin escondérsele pensamiento ni movimiento alguno. Y cuando fue hora, llegó el santo al aposento de Su Alteza, que le aguardaba con la mansedumbre, gusto y agrado que diré en el capítulo siguiente. Doctrina que me dio la divina Señora María Santísima. 405. “Hija mía, en lo que has entendido sobre este capítulo, tienes un dulce motivo de alabar al Señor, conociendo el orden admirable de su sabiduría en afligir y consolar (1 Sam 2,6) a sus siervos y escogidos; en lo uno y otro sapientísimo y piadosísimo para sacarlos de todo con mayores aumentos de merecimiento y gloria. Sobre esta advertencia quiero que tú recibas otra muy importante para tu gobierno y para el estrecho trato que quiere el Altísimo contigo. Esto es, que procures con toda atención conservarte siempre en tranquilidad y paz interior, sin admitir turbación que te la quite ni impida por ningún suceso de esta vida mortal, sirviéndote de ejemplo y doctrina lo que sucedió a mi esposo San José en la ocasión que has escrito. No quiere el Altísimo que con la tribulación se turbe la criatura, sino que merezca, no que desfallezca, sino que haga experiencias de lo que puede con la gracia. Y aunque los vientos fuertes de las tentaciones suelen arrojar al puerto de la mayor paz y conocimiento de Dios y de la misma turbación puede la criatura sacar su conocimiento y humillación, pero si no se reduce a la tranquilidad y sosiego interior, no está dispuesta para que la visite el Señor, la llame y levante a sus caricias; porque no viene Su Majestad en torbellino (3 Re 19,12), ni los rayos de aquel supremo sol de justicia se perciben, mientras no hay sereno en las almas.”

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406. Y si la falta de este sosiego impide tanto para el trato íntimo del Altísimo, claro está que las culpas son mayor óbice para alcanzar este beneficio grande. En esta doctrina te quiero muy atenta y que no pienses tienes derecho para usar de tus potencias contra ella. Y pues tantas veces has ofendido al Señor, clama a su misericordia, llora y lávate ampliamente (Sal 50,4), y advierte que tienes obligación, pena de ser condenada por infiel, de guardar tu alma y conservarla para eterna morada del Todopoderoso, pura, limpia y serena, para que su Dueño la posea y dignamente habite en ella. El orden de tus potencias y sentidos ha de ser una armonía de instrumentos de música suavísima y delicada, y cuanto más lo son, tanto mayor es el peligro de destemplarse, y el cuidado ha de ser mayor, por esta razón, de guardarlos y conservarlos intactos de todo lo terreno; porque sólo el aire infecto de los objetos mundanos basta para destemplar, turbar e inficionar las potencias tan consagradas a Dios. Trabaja, pues, y vive cuidadosa contigo misma y ten imperio sobre tus potencias y sus operaciones. Y si alguna vez te destemplares, turbares o desconcertares en este orden, procura atender a la divina luz, recibiéndola sin inmutación ni recelos y obrando con ella lo más perfecto y puro. Y para esto te doy por ejemplo a mi santo esposo José, que sin tardanza ni sospecha dio crédito al santo ángel y luego con pronta obediencia ejercitó lo que le fue mandado; con que mereció ser levantado a grandes premios y dignidad. Y si tanto se humilló, sin haber pecado en lo que hizo, sólo por haberse turbado con tantos fundamentos, aunque aparentes, considera tú, que eres un pobre gusanillo, cuánto debes reconocerte y pegarte con el polvo, llorando tus negligencias y culpas, hasta que el Altísimo te mire como Padre y como Esposo.” CAPITULO 4 Regresar al Principio Pide San José perdón a María Santísima su esposa, y la divina Señora le consuela con gran prudencia. 407. Aguardaba el reconocido esposo José que María Santísima y esposa suya saliera del recogimiento, y cuando fue hora abrió la puerta del pobre aposento donde habitaba la Madre del Rey celestial y luego el santo esposo se arrojó a sus pies y con profunda humildad y veneración la dijo: “Señora y esposa mía, Madre verdadera del eterno Verbo, aquí está vuestro siervo postrado a los pies de vuestra clemencia. Por el mismo Dios y Señor vuestro, que tenéis en vuestro virginal vientre, os pido perdonéis mi atrevimiento. Seguro estoy, Señora, que ninguno de mis pensamientos es oculto a vuestra sabiduría y luz divina. Grande fue mi osadía en intentar dejaros y no ha sido menor la grosería con que hasta ahora os he tratado como a mi inferior, sin haberos servido como a Madre de mi Señor y Dios. Pero también sabéis que lo hice todo con ignorancia, porque no sabía el sacramento del Rey celestial y la grandeza de vuestra dignidad, aunque veneraba en vos otros dones del Altísimo. No atendáis, Señora mía, a las ignorancias de una vil criatura, que ya reconocida ofrece el corazón y la vida a vuestro obsequio y servicio. No me levantaré de vuestros pies, sin saber que estoy en vuestra gracia y perdonado de mi desorden, alcanzada vuestra benevolencia y bendición.” 408. Oyendo María Santísima las humildes razones de San José su esposo, sintió diversos efectos; porque con gran ternura se alegró en el Señor, de verle capaz de los misterios de la Encarnación, que los confesaba y veneraba con tan alta fe y humildad. Pero la afligió un poco la determinación, que vio en el mismo esposo, de tratarla para adelante con el respeto y rendimiento que ofrecía, porque con esta novedad se le representó a la humilde Señora que se le iba de las manos la ocasión de obedecer y humillarse como sierva de su esposo. Y como el que de repente se halla sin alguna joya o tesoro que grandemente estimaba, así María Santísima se contristó con aprehender que San José no la trataría como a inferior y sujeta en todo, por haberla conocido Madre del Señor. Levantó de sus pies al santo esposo y ella se puso a los suyos, y aunque procuró impedirla, no pudo, porque en humildad era invencible, y respondiendo a San José, dijo: “Yo, señor y esposo mío, soy la que debo pediros me perdonéis, y vos quien ha de remitir las penas y amarguras que de mí habéis recibido, y así os lo suplico puesta a vuestros pies, y que olvidéis vuestros cuidados, pues el Altísimo admitió vuestros deseos y las aflicciones que en ellos padecisteis.” 409. Le pareció a la divina Señora consolar a su esposo, y para esto y no para disculparse, añadió y le dijo: “Del oculto sacramento que en mí tiene encerrado el brazo del Altísimo, no pudo mi deseo daros noticia alguna por sola mi inclinación, porque como esclava de Su Alteza era justo aguardar su voluntad perfecta y santa. No callé porque no os estimo como a mi señor y esposo; siempre soy y seré fiel sierva vuestra, correspondo a vuestros deseos y afectos santos. Pero lo que con lo íntimo de mi corazón os pido por el Señor que tengo en mis entrañas, es que en vuestra conversación y trato no mudéis el orden y estilo que hasta ahora. No me hizo el Señor Madre suya para ser servida y ser señora en esta vida, sino para ser de todos sierva y de vos esclava, obedeciendo a vuestra voluntad. Este es, señor,

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mi oficio, y sin él viviré afligida y sin consuelo. Justo es que me le deis, pues así lo ordenó el Altísimo, dándome vuestro amparo y solicitud, para que yo a vuestra sombra esté segura y con vuestra ayuda pueda criar al fruto de mi vientre, a mi Dios y Señor.” Con estas razones y otras llenas de suavidad eficacísima consoló y sosegó María Santísima a San José y le levantó del suelo para conferir todo lo que era necesario. Y para esto, como la divina Señora no sólo estaba llena de Espíritu Santo, pero tenía consigo, como Madre, al Verbo divino de quien procede con el Padre, obró con especial modo en la ilustración de San José, y recibió el santo Gran plenitud de las divinas influencias. Y renovado todo en fervor y espíritu dijo: 410. “Bendita sois, Señora, entre todas las mujeres, dichosa y bienaventurada en todas las naciones y generaciones. Sea engrandecido con alabanza eterna el Criador de cielo y tierra, porque de lo supremo de su real trono os miró y eligió para su habitación y en vos sola nos cumplió las antiguas promesas que hizo a nuestros padres y profetas. Todas las generaciones le bendigan, porque con ninguna se magnificó tanto como lo hizo con vuestra humildad, y a mí, el más vil de los vivientes, por su divina dignación me eligió por vuestro siervo.” En estas bendiciones y palabras que habló San José estuvo ilustrado del Espíritu divino, al modo que Santa Isabel cuando respondió a la salutación de nuestra Reina y Señora, aunque la luz y ciencia que recibió el santísimo esposo fue admirable, como para su dignidad y ministerio convenía. Y la divina Señora, oyendo las palabras del bendito Santo, respondió también con el cántico de Magnificat, que repitiéndolo como lo había dicho a Santa Isabel, añadió otros nuevos, y en ellos fue toda inflamada y elevada en un éxtasis altísimo y levantada de la tierra en un globo de refulgente luz que la rodeaba, y toda quedó transformada como con dotes de gloria. 411. Con la vista de tan divino objeto quedó San José admirado y lleno de incomparable júbilo, porque nunca había visto a su benditísima esposa con semejante gloria y eminente excelencia. Y entonces la conoció con gran claridad y plenitud, porque se le manifestó juntamente la integridad y pureza de la Princesa del cielo y el misterio de su dignidad, y vio y conoció en su virginal tálamo a la humanidad santísima del niño Dios y la unión de las dos naturalezas en la persona del Verbo; y con profunda humildad y reverencia le adoró y reconoció por su verdadero Redentor y con heroicos actos de amor se ofreció a Su Majestad. Y el Señor le miró con benignidad y clemencia, cual a ninguna otra criatura, porque le aceptó y dio título de padre putativo, y para corresponder a tan nuevo renombre le dio tanta plenitud de ciencia y dones celestiales como la piedad cristiana puede y debe presumir. Y no me detengo en decir lo mucho que de las excelencias de San José se me ha declarado, porque sería menester me alarga más de lo que pide el intento de esta Historia. 412. Pero si fue argumento de la grandeza del ánimo del glorioso San José y claro indicio de su insigne santidad, no morir o desfallecer con los celos de su amada esposa, de mayor admiración es que no le oprimiese el inopinado gozo que recibió con lo que le sucedió en este desengaño. En lo primero se descubrió su santidad; pero en lo segundo recibió tales aumentos y dones del Señor, que si no le dilatara Dios el corazón ni los pudiera recibir, ni resistir el júbilo de su espíritu, En todo fue renovado y elevado, para tratar dignamente con la que era Madre del mismo Dios y esposa propia suya y para dispensar juntamente con ella lo que era necesario al misterio de la Encarnación y crianza del Verbo humanado, como adelante diré y para que en todo quedase más capaz y reconociese las obligaciones de servir a su divina esposa, se le dio también noticia que todos los dones y beneficios recibidos de la mano del Altísimo le habían venido por ella y para ella y los de antes de ser su esposo, por haberlo elegido el Señor para esta dignidad, y los que entonces le daban, por haberlos ella granjeado y merecido. Y conoció la incomparable prudencia con que la gran Señora había procedido con el mismo santo, no sólo en servirle con tan inviolable obediencia y profunda humildad, pero consolándole en su tribulación, solicitándole la gracia y asistencia del Espíritu Santo, disimulando con suma discreción, y después pacificándole, quietándole y disponiéndole para que estuviese apto y capaz de recibir las influencias del divino Espíritu. Y así como la Princesa del cielo había sido el instrumento de la santificación del Bautista y de su madre Santa Isabel, lo fue también para la plenitud de gracia que recibió San José con mayor abundancia. Y todo lo conoció y entendió el dichosísimo esposo y correspondió a todo como siervo fidelísimo y agradecido. 413. De estos grandes sacramentos y otros muchos que sucedieron a nuestra Reina y a su esposo San José, no hicieron memoria los sagrados evangelistas, no sólo porque ellos los guardaron en su pecho, sin que la humilde Señora ni San José a nadie los manifestasen, pero también porque no fue necesario introducir estas maravillas en la vida de Cristo nuestro Señor que escribieron, para que con su fe se defendiese la nueva Iglesia y ley de gracia; antes pudiera ser poco conveniente para la gentilidad en su primera conversión. Y la admirable Providencia con sus ocultos juicios, secretos

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inescrutables, reservó estas cosas para sacar de sus tesoros las que son nuevas y son antiguas (Mt 13,52), en el tiempo más oportuno previsto con su divina sabiduría, cuando, fundada ya la Iglesia y asentada la Fe Católica, se hallasen los fieles necesitados de la intercesión, amparo y protección de su gran Reina y Señora. Y conociendo con nueva luz cuán amorosa madre y poderosa abogada tienen en los cielos con su Hijo Santísimo, a quien el Padre tiene dada la potestad de juzgar (Jn 5,22), acudiesen a ella por el remedio como a único refugio y sagrado de los pecadores. Si han llegado estos afligidos tiempos a la Iglesia, díganlo sus lágrimas y tribulaciones, pues nunca fueron mayores que cuando sus mismos hijos, criados a sus pechos, ésos la afligen, la destruyen y disipan los tesoros de la sangre de su Esposo, y esto con mayor crueldad que los más conjurados enemigos. Pues cuando clama la necesidad, cuando da voces la sangre de los hijos derramada y mucho mayores las de la sangre de nuestro pontífice Cristo conculcada y poluta con varios pretextos de justicia, ¿qué hacen los más fieles, los más católicos y constantes hijos de esta afligida Madre? ¿Cómo callan tanto? ¿Cómo no claman a María Santísima? ¿Cómo no la invocan y no la obligan? ¿Qué mucho que el remedio tarde, si nos detenemos en buscarle y en conocer a esta Señora por Madre verdadera del mismo Dios? Confieso se encierran magníficos misterios en esta ciudad de Dios (Sal 86,3) y con fe viva y confesión los predicamos. Son tantos, que su mayor noticia queda reservada para después de la general Resurrección y los santos los conocerán en el Altísimo. Pero en el ínterin atiendan los corazones píos y fieles a la dignación de esta su amantísima Reina y Señora en desplegar algunos de tantos y tan ocultos sacramentos por un vilísimo instrumento, que en su debilidad y encogimiento sólo pudiera alentarle el mandato y beneplácito de la Madre de piedad intimado repetidas veces. Doctrina de la divina Reina y Señora nuestra. 414. “Hija mía, con el deseo que te manifiesto de que compongas tu vida por el espejo de la mía, y mis obras sean la norma inviolable de las tuyas, te declaro en esta Historia no sólo los sacramentos y misterios que escribes, pero otros muchos que no puedes declarar ni manifestar; porque todos han de quedar grabados en las tablas de tu corazón, y por eso renuevo en ti la memoria de la lección donde debes aprender la ciencia de la vida eterna, cumpliendo con el magisterio de maestra. Sé pronta en obedecer y ejecutar como obediente y solícita discípula, y te sirva ahora por ejemplo el humilde cuidado y desvelo de mi esposo San José, su sumisión y el aprecio que hizo de la divina luz y enseñanza, y cómo, por hallarle el corazón preparado y con buena disposición para cumplir con presteza la voluntad divina, le trocó y reformó todo con tanta plenitud de gracia, como le convenía para el ministerio a que el Altísimo le destinaba. Sea, pues, el conocimiento de tus culpas para humillarte con rendimiento, y no para que con pretexto de que eres indigna impidas el Señor en lo que de ti se quisiere servir. 415. “Pero en esta ocasión te quiero manifestar una justa queja y grave indignación del Altísimo con los mortales, para que la entiendas mejor con la divina luz a vista de la humildad y mansedumbre que yo tuve con mi esposo José. Esta queja del Señor y mía es por la inhumana perversidad que tienen los hombres en tratarse los unos a los otros sin caridad y humildad; en que concurren tres pecados que desobligan mucho al Altísimo y a mí para usar de misericordia con ellos. El primero es que, conociendo los hombres cómo todos son hijos de un Padre que está en los cielos, hechuras de su mano, formados de una misma naturaleza, alimentados graciosamente, vivificados con su providencia y criados a una mesa de los divinos misterios y sacramentos, en especial con su mismo cuerpo y sangre; que todo esto lo olviden y pospongan, atravesándose un liviano y terreno interés, y como hombres sin razón se turban, se indignan y llenan de discordias, de rencillas, de traiciones y murmuraciones y tal vez de impías e inhumanas venganzas y mortales odios de unos con otros. Lo segundo es que, cuando por la humana fragilidad y poca mortificación, turbados por la tentación del demonio, caigan en alguna culpa de éstas, no procuren luego arrojarla y reconciliarse entre sí mismos, como hermanos que están a la vista del justo juez, y le nieguen de padre misericordioso, solicitándole juez severo y rígido de sus pecados, pues ninguno más que los del odio y venganza irritan su justicia. Lo tercero, que mucho le indigna, es que tal vez cuando alguno quiere reconciliarse con su hermano, no lo admita el que se juzga por ofendido y pide más satisfacción de la que él mismo sabe que satisface al Señor, y aun de la que se quiere valer con Su Majestad; pues todos quieren que contritos y humillados los reciba, admita y perdone el mismo Dios, que fue más ofendido, y ellos, que son polvo y ceniza, piden la venganza de su hermano y no se dan por satisfechos con aquello que se contenta el supremo Señor para perdonarlos. 416. “De todos los pecados que cometen los hijos de la Iglesia, ninguno es más aborrecible que éstos en los ojos del Altísimo; y así lo conocerás en el mismo Dios y en la fuerza que puso en su divina ley, mandando perdonar al hermano, aunque peque contra él setecientas veces (Mt 18,22 (A,)); y aunque cada día sean muchas, como diga que le pesa de ello, manda el Señor que el hermano ofendido le perdone otras tantas veces sin número (Lc 17,3-4 (A.)). Y contra el que

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no lo hiciere pone tan formidables penas, porque escandaliza a los demás, como se colige de decir el mismo Dios aquella amenaza: ¡Ay del que escandalizare, y por quien el escándalo viene y sucede! Mejor le fuera caer en el profundo del mar con una pesada muela de molino al cuello (Lc 17,1-2; Mt 18,6); que fue significar el peligro del remedio de estos pecados y su dificultad, como la tiene el que cayere en el mar con una rueda de molino al cuello, y también señala el castigo que tendrá en el profundo de las penas eternas; y por esto será sano consejo a los fieles que antes quieran sacarse los ojos (Lc 17,1-2; Mt 18,6) y cortarse las manos, pues así mandó mi Hijo Santísimo, que escandalizar a los pequeños con estos pecados. 417. “Oh hija mía carísima, ¡cuánto debes llorar con lágrimas de sangre la fealdad y los daños de este pecado! El que contrista al Espíritu Santo (Ef 4,30), el que da soberbios triunfos al demonio, el que hace monstruos de las criaturas racionales y les borra la imagen de su Padre celestial. ¡Qué cosa más fea, más impropia y monstruosa que ver a un hombre de tierra, que sólo tiene corrupción y gusanos, levantarse contra otro como él con tanta soberbia y arrogancia! No hallarás palabras con que ponderar esta maldad, para persuadir a los mortales que la teman y se guarden de la ira del Señor. Pero tú, carísima, guarda tu corazón de este contagio y estampa y graba en él doctrina tan útil y provechosa para ejecutarla. Y nunca juzgues que en ofender a los prójimos y escandalizarlos hay culpa pequeña, porque todas pesan mucho eh la presencia de Dios. Enmudece y pon custodia (Sal 140,3) fuerte a todas tus potencias y sentidos para la observancia rigurosa de la caridad con las hechuras del Altísimo. Dame a mí este agrado, que te quiero perfectísima en tan excelente virtud y te la impongo como precepto riguroso mío, y que jamás pienses, hables ni obres cosa alguna en ofensa de tus prójimos, ni por algún título consientas que tus súbditas lo hagan, si pudieres, ni otro alguno en tu presencia. Y pondera, carísima, lo que te pido, porque ésta es la ciencia más divina y menos entendida de los mortales. Te sirva de único y eficaz remedio para tus pasiones, y de ejemplo que te compela, mi humildad, mansedumbre, efecto del amor sencillo con que amaba no sólo a mi esposo, mas a todos los hijos de mi Señor y Padre celestial, que los estimé y miré como redimidos y comprados con tan alto precio. Con verdad y fidelidad, fineza y caridad, advierte a tus religiosas de que, aunque se ofende gravemente la divina Majestad de todos los que no cumplen este mandamiento que mi Hijo llamó suyo y nuevo (Jn 13,34.15,12), sin comparación es mayor la indignación contra los religiosos, que habiendo de ser ellos los hijos perfectos de su Padre y Maestro de esta virtud, hay muchos que la destruyen como los mundanos, y son éstos más odiosos que ellos.” CAPITULO 5 Regresar al Principio Determina San José servir en todo con reverencia a María Santísima, y lo que Su Alteza hizo, y otras cosas del modo de proceder de entrambos. 418. Quedó el fidelísimo esposo José con tan alto y digno concepto de su esposa María Santísima, después que le fue revelada su dignidad y el sacramento de la Encarnación, que le mudó en nuevo hombre, aunque siempre había sido muy santo y perfecto; con que determinó proceder con la divina Señora con nuevo estilo y reverencia, como diré adelante. Era esto conforme a la sabiduría del santo y debido a la excelencia de su esposa, pues él era siervo y ella Señora del cielo y tierra, y así lo conoció San José con divina luz. Y para satisfacer a su afecto y obligación, honrando y venerando a la que conocía por Madre del mismo Dios, cuando a solas la hablaba o pasaba por delante de ella la hincaba la rodilla con grande reverencia, y no quería consentir que ella le sirviese, ni administrase, ni se ocupase en otros ministerios humildes, como eran limpiar la casa y los platos y otras cosas semejantes, porque todas quería hacerlas el felicísimo esposo, por no derogar a la dignidad de la Reina. 419. Pero la divina Señora, que entre los humildes fue humildísima y nadie la podía vencer en humildad, dispuso las cosas de manera que siempre quedase en sus manos la palma de todas las virtudes. Pidió a San José que no la diese aquella reverencia de hincar la rodilla en su presencia, porque aunque aquella veneración se le debía al Señor que traía en su vientre, pero que mientras estaba en él y no se manifestaba no se podía distinguir en aquella acción la persona de Cristo de la suya. Y por esta persuasión el santo se ajustó al gusto de la Reina del cielo y sólo cuando ella no lo percibía daba aquel culto al Señor que tenía en sus entrañas, y a ella como a Madre suya respectivamente, según a cada uno se le debía. Sobre ejercitar las demás acciones y obras serviles, tuvieron humildes contiendas, porque San José no se podía vencer en consentir que la gran Reina y Señora las hiciese, y por esto procuraba anticiparse. Lo mismo hacía la divina esposa, ganándole por la mano en cuanto podía. Pero como en el tiempo que ella estaba

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recogida tenía lugar San José de prevenir muchas de estas obras serviles, le frustraba sus anhelos continuados de ser sierva y que como a tal le perteneciese obrar lo poco y mucho doméstico de su casa. Herida de estos afectos acudió la divina Señora a Dios con humildes querellas y le pidió que con efecto obligase a su esposo para que no la impidiese el ejercitar como deseaba la humildad. Y como esta virtud es tan poderosa en el tribunal divino y tiene franca entrada (Eclo 35,21), no hay súplica pequeña acompañada con ella, porque todas las hace grandes e inclina al ser inmutable de Dios a la clemencia. Oyó esta petición y dispuso que el santo ángel custodio del bendito esposo le hablase interiormente, y le dijese lo siguiente: “No frustres los deseos humildes de la que es superior a todas las criaturas del cielo y tierra. En lo exterior da lugar a que te sirva y en lo interior guárdale suma reverencia, y en todo tiempo y lugar da culto al Verbo humanado, cuya voluntad es, con su divina Madre, venir a servir y no a ser servidos (Mt 20,28), para enseñar al mundo la ciencia de la vida y la excelencia de la humildad. En algunas cosas de trabajo puedes aliviarla, y siempre en ella reverencia al Señor de todo lo criado.” 420. Con esta instrucción y mandato del Altísimo, dio lugar San José a los ejercicios humildes de la divina Princesa, y entrambos tuvieron ocasión de ofrecer a Dios sacrificio acepto de su voluntad: María Santísima, logrando siempre su profundísima humildad y obediencia a su esposo en todos los actos de estas virtudes, que con heroica perfección obraba sin omitir alguno que pudiese hacer; y San José, obedeciendo al Altísimo con prudente y santa confusión, que le ocasionaba verse administrado y servido de la que reconocía por Señora suya y de todo lo criado y Madre del mismo Dios y Criador. Y con este motivo recompensaba el prudente santo la humildad que no podía ejercitar en otros actos que remitía a su esposa, porque esto le humillaba más y le obligaba a abatirse en su estimación con mayor temor reverencial, y con él miraba a María Santísima, y en ella al Señor que portaba en su virginal tálamo, donde le adoraba, dándole magnificencia y gloria. Y algunas veces en premio de su santidad y reverencia, o para mayor motivo de todo, se le manifestaba el niño Dios humanado por admirable modo, y le miraba en el vientre de su Madre purísima como por un viril cristalino. Y la soberana Reina trataba y confería más familiarmente con el glorioso Santo José los misterios de la Encarnación, porque no se recelaba tanto de estas divinas pláticas después que el dichosísimo santo fue ilustrado e informado de los magníficos sacramentos de la unión hipostática de las dos naturalezas divina y humana en el virgíneo tálamo de su esposa. 421. Las conversaciones y pláticas celestiales que tenían María Santísima y el bienaventurado San José, ninguna lengua humana es capaz de manifestarlas. Diré algo en los capítulos siguientes, como supiere. Pero ¿quién podrá declarar los efectos que hacía en el felicísimo y devoto corazón de este santo, verse no sólo esposo de la que era Madre verdadera de su Criador, pero hallarse también servido de ella, como si fuera una humilde esclava, y considerándola en grado de santidad y dignidad sobre todos los supremos serafines y sola a Dios inferior? Y si la divina diestra enriqueció con bendiciones la casa y la persona de Obededón por haber hospedado algunos meses la figurativa arca del Antiguo Testamento (2 Sam 6,11 (A.)), ¿qué bendiciones daría a San José, de quien había hecho confianza del arca verdadera y del mismo Legislador que se encerraba en ella? Incomparable fue la dicha y fidelidad de este santo. Y no sólo porque en su casa tenía el Arca del Nuevo Testamento viva y verdadera, el altar, sacrificio y templo, que todo se le entregó, mas porque le tuvo dignamente como fiel siervo y prudente fue constituido por el mismo Señor sobre su familia, para que a todo acudiese en oportuno tiempo (Mt 24,45), como dispensador fidelísimo. Todas las naciones y generaciones le conozcan y bendigan, le prediquen sus alabanzas, pues no hizo el Altísimo con ninguna otra (Sal 147,20) lo que con San José. Yo, indigna y pobre gusanillo, en la luz de tan venerables sacramentos engrandezco y magnifico a este Señor Dios, confesándole por santo, justo, misericordioso, sabio y admirable en la disposición de todas sus grandes obras. 422. La humilde pero dichosa casa de José estaba distribuida en tres aposentos, en que casi toda ella se resolvía, para la ordinaria habitación de los dos esposos; porque no tuvieron criado ni criada alguna. En un aposento dormía San José, en otro trabajaba y tenía los instrumentos de su oficio de carpintero, en el tercero asistía de ordinario y dormía la Reina de los cielos, y en él tenía para esto una tarima hecha por mano de San José; y este orden guardaron desde el principio que se desposaron y vinieron a su casa. Antes de saber el santo esposo la dignidad de su soberana esposa y Señora, iba muy raras veces a verla, porque mientras no salía de su retiro, acudía él a sus labores, si no era en algún negocio que era muy necesario consultarla. Pero después que fue informado de la causa de su felicidad, estaba el santo varón más cuidadoso y, por renovar su consuelo, acudía muy de ordinario al retrete de la soberana Señora, para visitarla y saber qué le mandaba. Pero llegaba siempre con extremada humildad y reverencial temor, y antes de hablarla reconocía con silencio la ocupación que tenía la divina Reina; y muchas veces la veía en éxtasis elevada de la

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tierra y llena de refulgentísima luz, otras acompañada de sus santos ángeles en divinos coloquios con ellos, otras la hallaba postrada en tierra en forma de cruz y hablando con el Señor. De todos estos favores fue participante el felicísimo esposo José. Pero cuando la gran Señora estaba en esta disposición y ocupaciones, no se atrevía más que a mirarla con profunda reverencia, y merecía tal vez oír suavísima armonía de la música celestial que los ángeles daban a su Reina y una fragancia admirable que le confortaba, y todo lo llenaba de júbilo y alegría espiritual. 423. Vivían solos en su casa los dos santos esposos, porque no tenían criado alguno, como he dicho (Cf. supra n.422), no sólo por su profunda humildad, mas también fue conveniente, porque no hubiese testigos de tantas visibles maravillas como sucedían entre ellos, de que no debían participar los de fuera. Tampoco la Princesa del cielo salía de su casa, si no es con urgentísima causa del servicio de Dios y beneficio de los prójimos; porque si otra cosa era necesaria, acudía a traerla aquella dichosa mujer su vecina, que dije (Cf. supra n.227) sirvió a San José mientras María Santísima estuvo en casa de Zacarías; y de estos servicios recibió tan buen retorno, que no sólo ella fue santa y perfecta, pero toda su casa y familia fue bien afortunada con el amparo de la Reina y Señora del mundo, que cuidó mucho de esta mujer, y por estar vecina la acudió a curar en algunas enfermedades, y al fin a ella y a todos sus familiares los llenó de bendiciones del cielo. 424. Nunca San José vio dormir a la divina esposa, ni supo con experiencia si dormía, aunque se lo suplicaba el santo para que tomase algún alivio, y más en el tiempo de su sagrado embarazo. El descanso de la Princesa era la tarima que dije arriba (Cf. supra n.422), hecha por mano del mismo San José, y en ella tenía dos mantas entre las cuales se recogía para tomar algún breve y santo sueño. Su vestido interior era una túnica o camisa de tela como algodón, más suave que el paño común y ordinario. Y esta túnica jamás se la mudó después que salió del templo, ni se envejeció, ni manchó, ni la vio persona alguna, ni San José supo si la traía, porque sólo vio el vestido exterior que a todos los demás era manifiesto. Este vestido era de color de ceniza, como he dicho (Cf. supra p.I n. 401), y sólo éste y las tocas mudaba alguna vez la gran Señora del cielo, no porque estuviese nada manchado, antes porque siendo visible a todos excusase la advertencia de verle siempre en un estado. Porque ninguna cosa de las que llevaba en su purísimo y virginal cuerpo, se manchó ni ensució, porque ni sudaba, ni tenía las pensiones que en esto padecen los cuerpos sujetos a pecado de los hijos de Adán, antes era en todo purísima, y las labores de sus manos eran con sumo aliño y limpieza, y con el mismo administraba la ropa y lo demás necesario a San José. La comida era poquísima y limitada, pero cada día, y con el mismo santo, y nunca comió carne, aunque él la comiese y ella la aderezase. Su sustento era fruta, pescado, y lo ordinario pan y yerbas cocidas, pero de todo tomaba en medida y peso, sólo aquello que pedía precisamente el alimento de la naturaleza y el calor natural, sin que sobrase cosa alguna que pasase a exceso y corrupción dañosa; y lo mismo era de la bebida, aunque de los actos fervorosos le redundaba algún ardor preternatural. Este orden de la comida, en la cantidad siempre le guardó respectivamente, aunque en la calidad, con los varios sucesos de su vida santísima, se mudó y varió, como diré adelante (Cf. infra n.l038, 1109, etc.). 425. En todo fue María purísima de consumada perfección, sin que le faltase gracia alguna y todas con el lleno de consumada perfección en lo natural y sobrenatural. Sólo a mis palabras les falta para explicarlo, porque jamás me satisfacen, viendo cuán atrás quedan de lo que conozco; cuánto más de lo que en sí mismo contiene tan soberano objeto. Siempre me recelo de mi insuficiencia y me quejo de mis limitados términos y coartadas razones. Temo de que soy más atrevida de lo que debo, prosiguiendo lo que tanto excede a mis fuerzas, pero las de la obediencia me llevan no sé con qué fuerza suave, que compele mi encogimiento y violenta el retiro, que me motiva mirar a buena luz la grandeza de la obra y la pequeñez de mi discurso. Por la obediencia obro, y por ella me salen al encuentro tantos bienes; ella saldrá a disculparme. Doctrina de la Reina del cielo María Santísima. 426. “Hija mía, en la escuela de la humildad te quiero estudiosa y diligente, como te enseñará todo el proceso de mi vida; y éste ha de ser el primero y el último de tus cuidados, si quieres prevenirte para los dulces abrazos del Señor y asegurar sus favores y gozar de los tesoros de la luz ocultos a los soberbios (Mt 11,25), porque sin el fiador abonado de la humildad, a ninguna criatura se le pueden fiar tales riquezas. Todas tus competencias quiero que sean por humillarte más y más en tu reputación y estimación, y en las acciones exteriores sintiendo lo que obras, para que obres lo que sintieres de ti. Doctrina y confusión ha de ser para ti y para todas las almas, que tienen al Señor por Padre y Esposo, ver que pueda más la presunción y soberbia con los hijos de la sabiduría mundana, que no la humildad y conocimiento verdadero con los hijos de la luz. Advierte en el desvelo, en el estudio y solicitud infatigable de los

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hombres altivos y arrogantes. Mira sus competencias por valer en el mundo, sus pretensiones nunca satisfechas, aunque vanas, cómo obran conforme a lo que engañosamente de sí mismos presumen, cómo presumen lo que no son y con no serlo o por no serlo lo obran, para granjear los bienes que aunque terrenos no los merecen. Pues será confusión y afrenta para los escogidos, que pueda más con los hijos de perdición el engaño que en ellos la verdad, y que sean tan contados en el mundo los que quieren competir en el servicio de Dios y su Criador con los que sirven a la vanidad, que sean todos los llamados y pocos los escogidos (Mt 20,16). 427. “Procura, pues, hija mía, ganar esta ciencia, y en ella la palma a los hijos de las tinieblas; y en contraposición de su soberbia atiende a lo que yo hice para vencerla en el mundo con estudio de la humildad. En esto te queremos el Señor y yo muy sabia y capaz. Nunca pierdas ocasión de hacer las obras humildes, ni consientas que nadie te las estorbe, y si te faltaren ocasiones de humillarte o no las tuvieres tan frecuentes, búscalas y pídelas a Dios que te las dé, porque gusta Su Majestad de ver esta solicitud y competencia en lo que tanto desea. Y sólo por este beneplácito debías ser muy oficiosa y solícita, como hija de su casa, doméstica y esposa suya; que también para esto te enseñará la ambición humana a no ser negligente. Atiende lo que se afana una mujer en su casa y familia por acrecentar y adelantar su hacienda: no pierden ocasión en que lograrla, nada les parece mucho y si alguna cosa, por menuda que sea, se les pierde, el corazón se les va tras ella (Lc 15,8). Todo esto enseña la codicia humana y no es razón que sea más estéril la sabiduría del cielo, por negligencia de quien la recibe. Y así quiero no se halle en ti descuido ni olvido en lo que tanto te importa, ni pierdas ocasión en que puedas humillarte y trabajar por la gloria de tu Señor; pero que las procures y solicites y todas como fidelísima hija y esposa las logres, para que halles gracia en los ojos del Señor y en los míos, como lo deseas.” CAPITULO 6 Regresar al Principio Algunas conferencias y pláticas de María Santísima y José en cosas divinas, y otros sucesos admirables. 428. Antes que San José tuviera noticia del misterio de la Encarnación, solía la Princesa del cielo leerle en algunos ratos oportunos las divinas Escrituras, en especial los Salmos y otros profetas, y como sapientísima Maestra se las explicaba, y el santo esposo, que también era capaz de esta sabiduría, le preguntaba muchas cosas, admirándose y consolándose con las respuestas divinas que su esposa le daba; con que alternativamente bendecían y alababan al Señor. Pero después que el santo bendito fue ilustrado con la noticia de este gran sacramento, hablaba con él nuestra Reina como con quien era elegido para coadjutor de las obras admirables de nuestra reparación, y con mayor claridad y despliego conferían todas las profecías y divinos oráculos de la concepción del Verbo por Madre Virgen, de su nacimiento, educación y vida santísima. Y todo lo explicaba Su Alteza previniendo y confiriendo lo que debían hacer cuando llegase el día tan deseado en que el niño naciese al mundo y ella le tuviese en sus brazos y alimentase con su virginal leche y el santo esposo participase de esta suma felicidad entre todos los mortales. Sólo de la muerte y pasión, y de lo que sobre esto escribieron Isaías y Jeremías, hablaba menos, porque no le pareció a la prudentísima Reina afligir a su esposo, que era de corazón blando y sencillo, con anticipar esta memoria, ni informarle más de lo que él podía saber por las conferencias que entre los antiguos pasaban sobre la venida del Mesías, y cómo había de ser. Y también quiso aguardar la prudentísima Virgen que el Señor lo manifestase a su siervo, o ella conociese su divina voluntad. 429. Pero con estas dulces pláticas y conferencias era todo inflamado el fidelísimo y dichoso esposo, y con lágrimas de júbilo decía a su divina esposa: “¿Es posible, Señora mía, que en vuestros brazos castísimos he de ver a mi Dios y Reparador? ¿Que le adoraré en ellos, le oiré y tocaré, y mis ojos verán su divino rostro, y será el sudor del mío tan bien afortunado que se ha de emplear en su servicio y sustento, que vivirá con nosotros y comeremos a su mesa, le hablaremos y conversaremos? ¿De dónde a mí tan grande dicha que nadie la pudo merecer? ¡OH, cómo me duele ser tan pobre! ¡Quién tuviera ricos palacios para recibirle y muchos tesoros que ofrecerle!” Le respondía la soberana Reina: “Señor y esposo mío, razón es que vuestro afecto cuidadoso se extienda a todo lo posible en obsequio de su Criador, pero no quiere este gran Dios y Señor nuestro venir al mundo por medio de las riquezas y majestad temporal y ostentosa, porque de ninguna de estas cosas necesita, ni por ellas bajara de los cielos a la tierra. Sólo viene a remediar al mundo y encaminara los hombres por las sendas rectas de la vida eterna, y esto ha de ser por medio de la humildad y pobreza, y en ella quiere nacer, vivir y morir, para desterrar de los corazones mortales la pesada codicia y arrogancia

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que les impide su felicidad. Por esto escogió nuestra pobre y humilde casa, y no nos quiere ricos de los bienes aparentes, falaces y transitorios, que son vanidad de vanidades y aflicción de espíritu (CLH 1,1.15), oprimen, oscurecen el entendimiento para conocer y penetrar la luz.” 430. Otras veces la pedía el santo a la purísima Señora que le enseñase la condición y ser de las virtudes, en especial del amor de Dios, para saber cómo había de proceder con el Altísimo humanado y para no ser reprobado por siervo inútil e incapaz de servirle. Con estas peticiones condescendía la Reina y Maestra de las virtudes y se las declaraba a su esposo y el modo de obrar en ellas con toda plenitud de perfección. Pero en todos estos documentos procedía con tan rara discreción y humildad, que no pareciese maestra, aunque lo era, ni de su mismo esposo, antes lo disponía en orden de conferencias, o hablando con el Señor, y otras veces preguntando ella a San José e informándole con las mismas preguntas; y en todo dejaba siempre en salvo su profundísima humildad, sin que se hallara ni un ademán en contrario en la prudentísima Señora. Estas pláticas algunas veces, y otras la lección de las Escrituras Santas, mezclaban con el trabajo corporal, cuando era forzoso acudir a él. Y aunque pudiera aliviar a San José la compasión de la amabilísima Señora, que con rara discreción se la mostraba de verle trabajado y cansado, pero a este alivio añadía la doctrina celestial, con cuya atención el santo dichoso trabajaba más con las virtudes que con las manos. Y la mansísima paloma, con prudencia de Virgen sapientísima, le asistía con este divino alimento, declarándole el fruto dichosísimo de los trabajos. Y como en su estimación se juzgaba indigna de que su esposo la sustentase con ellos, con esta consideración estaba siempre humillada, como deudora de aquel sudor de San José y recibiéndolo como una gran limosna y liberal favor. Todas estas razones la obligaban, como si fuera la criatura más inútil de la tierra. Y aunque no podía ayudar al santo esposo en el trabajo de su oficio, porque no era para las fuerzas de mujeres, y mucho menos para la modestia y compostura de la divina Reina, pero con todo eso, en lo que se ajustaba con ella le servía como una humilde criada, ni era posible que su discreta humildad y agradecimiento que a San José tenía sufriese menor correspondencia de su pecho nobilísimo. 431. Entre otras cosas visibles milagrosas que fueron manifiestas a San José con las pláticas de María Santísima, sucedió un día por estos tiempos de su embarazo que vinieron muchas aves de diferente género a festejar a la Reina y Señora de las criaturas, y rodeándola como quien le hacía un coro, le cantaron con admirable armonía, como solían otras veces: y siempre eran cánticos milagrosos, como el venir a visitar a la divina Señora. Nunca San José había visto hasta aquel día esta maravilla, y lleno de admiración y júbilo dijo a su soberana esposa: “¿Es posible, Señora mía, que han de cumplir las avecillas simples y las criaturas sin razón con sus obligaciones mejor que yo? Razón será que si ellas os reconocen, sirven y reverencian en lo que pueden, me deis lugar a mí para que yo cumpla con lo que debo de justicia” Le respondió la prudentísima Virgen: “Señor mío, en lo que hacen estas avecillas del cielo nos ofrece su Autor un eficaz motivo para que nosotros, que le conocemos, hagamos digno empleo de todas nuestras fuerzas y potencias en su alabanza, como ellas le vienen a reconocer en mi vientre; pero yo soy criatura, y por eso no se me debe a mí la veneración, ni es razón yo la admita, pero debe procurar que todos alaben al Muy Alto, porque miró a su sierva (Lc 1,48) y me enriqueció con los tesoros de su divinidad.” 432. Sucedía también no pocas veces que la divina Señora y su esposo San José se hallaban pobres y destituidos del socorro necesario para la vida, porque con los pobres eran liberalísimos de lo que tenían, y nunca eran solícitos (Mt 6,25), como los hijos de este siglo, en prevenir la comida y el vestido con las diligencias anticipadas de la desconfiada codicia; y el Señor disponía para que la fe y la paciencia de su Madre Santísima y de San José no estuviesen ociosas, y porque estas necesidades eran para la divina Señora de incomparable consuelo, no sólo por el amor de la pobreza, sino también por su prodigiosa humildad, con que se juzgaba por indigna del sustento necesario para vivir y le parecía justísimo que sola a ella le faltase como a quien no lo merecía. Y con esta confesión bendecía al Señor en su pobreza, y sólo para su esposo San José, que le reputaba por digno, como santo y justo, pedía al Altísimo le diese en la necesidad el socorro que de su mano esperaba. No se olvidaba el Todopoderoso de sus pobres hasta el fin (Sal 73,19), porque dando lugar al merecimiento y ejercicio, daba también el alimento en el tiempo más oportuno (Sal 144,15). Y esto disponía su providencia divina por varios modos. Algunas veces movía el corazón de sus vecinos y conocidos de María Santísima y el glorioso San José, para que los acudiesen con alguna dádiva graciosa o debida. Otras, y más de ordinario, los socorría Santa Isabel desde su casa; porque después que estuvo en ella la Reina del cielo quedó la devotísima matrona con este cuidado de acudirles a tiempos con algunos beneficios y dones, a que la correspondía siempre la humilde Princesa con alguna obra o labor de sus manos. Y en ocasiones oportunas se valía también, para mayor gloria del Altísimo, de la potestad que como Señora de las criaturas tenía sobre ellas, y mandaba a las aves del aire que le trajesen peces del mar o frutas del campo, y lo ejecutaban al punto, y tal vez le traían algún pan en los

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picos, de donde el Señor lo disponía. Y muchas veces era testigo de todo esto el santo y dichoso esposo. 433. Por ministerio de los santos ángeles eran socorridos también en algunas ocasiones por admirable modo. Y para referir uno de los muchos milagros que con ellos sucedieron a María Santísima y José, se ha de suponer que la grandeza del ánimo y la fe y liberalidad del santo eran tan grandes, que nunca pudo entrar en su afecto, ni ademán de codicia, ni solicitud alguna. Y aunque trabajaba de sus manos, y también la divina esposa, jamás pedían precio por la obra, ni decían: esto vale o me habéis de dar; porque hacían las obras no por interés, sino por obediencia o caridad de quien las pedía y dejaban en su mano que les diese algún retorno, recibiéndolo no tanto por precio y paga como por limosna graciosa. Esta era la santidad y perfección que desprendía San José en la escuela del cielo que tenía en su casa. Y por esta orden tal vez, porque no les recompensaban su trabajo, venían a estar necesitados y faltarles la comida a su tiempo, hasta que el Señor la proveía. Un día sucedió que pasada la hora ordinaria se hallaron sin tener cosa alguna que comer; y para dar gracias al Señor por este trabajo y esperar que abriese su poderosa mano (Ib. 16), se estuvieron en oración hasta muy tarde, y en el ínterin los santos ángeles les previnieron la comida y les pusieron la mesa, y en ella algunas frutas y pan blanquísimo y peces, y sobre todo un género de guisado o conserva de admirable suavidad y virtud. Y luego fueron algunos de los ángeles a llamar a su Reina, y otros a San José su esposo. Salieron de sus retiros, y reconociendo el beneficio del cielo, con lágrimas y fervor dieron gracias al Muy Alto, y comieron; y después hicieron grandiosos cánticos de alabanza. 434. Otros muchos sucesos semejantes a éstos les pasaban muy de ordinario a María Santísima y a su esposo; que como estaban solos, sin testigos de quien ocultar estas maravillas, no las recateaba el Señor con ellos, que eran los despenseros de la mayor de las maravillas de su brazo poderoso. Sólo advierto que cuando digo cómo hacía la divina Señora cánticos de alabanza o por sí sola o junto con San José y los ángeles, siempre se entienda eran cánticos nuevos; como el que hizo Ana, la madre de Samuel (1 Sarn 2,1ss), y el de Moisés (Dt 32,1ss.; Ex 15,lss), Ezequías (Is 38,10ss) y otros profetas, cuando recibían algún beneficio grande de la mano del Señor. Y si hubieran quedado escritos los que hizo y compuso la Reina del cielo, se pudiera hacer un grande volumen y de incomparable admiración para el mundo. Doctrina que me dio la misma Reina y Señora nuestra. 435. “Hija mía muy amada, quiero que muchas veces sea renovada en ti la ciencia del Señor y que tenga ciencia de voz (Sab 1,7) en ti, para que conozcas y conozcan los mortales el peligroso engaño y perverso juicio que hacen, como amadores de la mentira (Sal 4,3), en las cosas temporales y visibles. ¿Quién hay de los hombres que no esté comprendido en la fascinación de la desmedida codicia (Sab 4,12)? Todos comúnmente ponen su confianza en el oro y en los bienes temporales, y para acrecentarlos emplean todo el cuidado en las fuerzas humanas; con que en este afán ocupan la vida y tiempo que les fue dado para merecer la felicidad y descanso eterno. Y de tal manera se entregan a este penoso laberinto y desvelo, como si no conocieran a Dios ni su providencia, porque no se acuerdan de pedirle lo que desean, ni tampoco lo apetecen de manera que lo pidan y lo esperen de su mano. Y así lo pierden todo, porque lo fían de la solicitud de la mentira y del engaño, en que libran el efecto de sus deseos terrenos. Esta ciega codicia es raíz de todos los males (1 Tim 6,10), porque en castigo suyo, indignado el Señor de tanta perversidad, deja a los mortales que se entreguen a tan fea y servil esclavitud y se endurezcan las voluntades. Y luego por mayor castigo aparta el Altísimo de ellos su vista, como de objetos aborrecibles, y les niega su paternal protección, que es la última desdicha en la vida humana. 436. “Y aunque es verdad que de los ojos del Señor nadie se puede esconder (Sal 138,7ss), pero cuando los prevaricadores y enemigos de su ley le desobligan, de tal manera aleja de ellos su amorosa vista y atención de su providencia, que vienen a quedar en manos de su propio deseo (Sal 80,13) y no consiguen ni alcanzan los efectos del paternal cuidado que tiene el Señor de aquellos que ponen toda su confianza en él. Los que la ponen en su propia solicitud y en el oro que tocan y sienten, cogen el efecto de aquello que esperaban. Pero lo que dista el ser divino y su poder infinito de la vileza y limitación de los mortales, tanto distan los efectos de la humana codicia de los de la providencia del Altísimo, que se constituye por amparo y protección de los humildes que fían en él; porque a éstos mira Su Majestad con amor y caricia, se regala con ellos, los pone en su pecho y atiende a todos sus deseos y cuidados. Pobres éramos mi santo esposo José y yo, y padecimos a tiempos grandes necesidades, pero ninguna fue poderosa para que en nuestro corazón entrase el contagio de la avaricia ni codicia. Sólo cuidábamos de la gloria del Altísimo, dejándonos a su fidelísimo y amoroso cuidado; y de esto se obligó tanto, como has entendido y escrito, pues por tan diversos modos remediaba nuestra pobreza, hasta mandar a los espíritus angélicos que le asisten nos proveyesen y preparasen la comida.

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437. “No quiero decir en esto que los mortales se dejen con ociosidad y negligencia, antes es justo que trabajen todos, y en no hacerlo hay también su vicio muy reprensible. Pero ni el ocio ni el cuidado han de ser desordenados, ni la criatura ha de poner su confianza en su propia solicitud, ni ésta ha de ahogar ni impedir el amor divino, ni ha de querer más de lo que basta para pasar la vida con templanza, ni se ha de persuadir que para conseguirlo le faltará la providencia de su Criador, ni cuando le pareciere a la criatura que tarde se ha de afligir ni desconfiar. Ni tampoco el que tiene abundancia ha de esperar en ella (Eclo 31,8), ni entregarse al ocio para olvidarse que es hombre sujeto a la pena del trabajar. Y así la abundancia como la pobreza se han de atribuir a Dios, para usar de ellas santa y ordenadamente en gloria del Criador y gobernador de todo. Si los hombres se gobernasen con esta ciencia, a nadie faltaría la asistencia del Señor, como de Padre verdadero, y no fuera de escándalo al pobre la necesidad, ni al rico la prosperidad. De ti, hija mía, quiero la ejecución de esta doctrina; y aunque en ti la doy a todos, especialmente la has de enseñar a tus súbditas, para que no se turben ni desconfíen por las necesidades que padecieren, ni sean desordenadamente solícitas de la comida y vestido (Mt 6,25), sino que confíen del Muy Alto y se dejen a su providencia; porque si ellas le corresponden en el amor, yo las aseguro que jamás les faltará lo que hubieren menester. También las amonesta a que siempre sean sus conversaciones (1 Pe 1,15) y pláticas en cosas divinas y santas y en alabanza y gloria del Señor, según la doctrina de sus maestros y Escrituras y santos libros, para que su conversación sea en los cielos (Flp 3,20) con el Altísimo, y conmigo que soy su madre y prelada, y con los espíritus angélicos, para que sean como ellos en el amor.” CAPITULO 7 Regresar al Principio Previene María Santísima las mantillas y fajos para el niño Dios con ardentísimo deseo de verle ya nacido de su vientre. 438. Estaba ya muy adelante el divino embarazo de la Madre del eterno Verbo María Santísima, y para obrar en todo con plenitud de celestial prudencia, aunque sabía que era preciso prevenir mantillas y lo demás necesario para el deseado parto, nada quiso disponer sin la voluntad y orden del Señor y de su santo esposo, para cumplir en todo con las condiciones de sierva obediente y fidelísima. Aunque en aquello que era oficio sólo de madre, y madre sola de su Hijo Santísimo, en quien ninguna criatura tenía parte, podía obrar por sí sola, no lo hizo, sino que habló a su santo esposo José, y le dijo: “Señor mío, ya es tiempo de prevenir las cosas necesarias para el nacimiento de mi Hijo Santísimo. Y aunque Su Majestad infinita quiere ser tratado como los hijos de los hombres, humillándose a padecer sus penalidades, pero de nuestra parte es razón que en su servicio y obsequio, en el cuidado de su niñez y asistencia mostremos que le reconocemos por nuestro Dios y verdadero Rey y Señor. Si me dais licencia, comenzaré a disponer los fajos y mantillas para recibirle y criarle. Yo tengo una tela hilada de mi mano que servirá ahora para los primeros paños de lino, y vos, señor, buscaréis otra de lana que sea suave, blanda y de color humilde para las mantillas; que para más adelante yo le haré una túnica inconsútil y tejida, que será a propósito. Y para que acertemos en todo, hagamos especial oración, pidiendo a Su Alteza nos gobierne, encamine y nos manifieste su voluntad divina, de manera que procedamos con su mayor agrado.” 439. “Esposa y Señora mía - respondió San José, - si con la misma sangre del corazón fuera posible servir a mi Señor y Dios y hacer lo que mandáis, yo me tuviera por satisfecho y por dichoso de derramarla con atrocísimos tormentos, y en falta de esto quisiera tener grandes riquezas y brocados con que serviros en esta ocasión. Disponed lo que fuere conveniente, que en todo quiero obedeceros como vuestro siervo.” Hicieron oración, y a cada uno singularmente respondió el Altísimo con una misma voz, renovando la ciencia y noticia que antes había tenido la soberana Señora muchas veces; porque de nuevo dijo Su Majestad a ella y a su esposo José: “Yo he venido del cielo a la tierra, para levantar la humildad y humillar la soberbia, para honrar la pobreza y despreciar las riquezas, a deshacer la vanidad y fundar la verdad y a hacer aprecio digno de los trabajos. Y por esto es mi voluntad, que en la humanidad que he recibido me tratéis en lo exterior como si fuera hijo de entrambos, y en el interior me reconoceréis por Hijo de mi eterno Padre y verdadero Dios, con la veneración y amor que como a hombre y Dios se me debe.” 440. Confirmados María Santísima y José con esta voz divina en la sabiduría con que habían de proceder en la crianza del niño Dios, confirieron el más alto y perfecto estilo de reverenciarle como a su verdadero Dios infinito que se ha visto en puras criaturas y tratarle juntamente en los ojos del mundo como si fuera hijo de entrambos, pues así lo

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pensarían los hombres y lo quería el mismo Señor. Y este acuerdo y mandato cumplieron con tanta plenitud, que fue admiración del cielo; y adelante diré más en esto (Cf. infra n.506,508,536,545,etc). Determinaron a si mismo, que en la esfera y estado de su pobreza era razón hacer en obsequio del niño Dios cuanto fuese posible, sin exceder ni faltar para que el sacramento del Rey estuviese oculto con el velo de la humilde pobreza y el encendido amor que tenían no quedase frustrado en lo que podían ejecutarle. Luego San José, en recambio de algunas obras de sus manos, buscó dos telas de lana, como la divina esposa había dicho: una blanca y otra de color más morado que pardo, entrambos las mayores que pudo hallar, y de ellas cortó la divina Reina las primeras mantillas para su Hijo Santísimo; y de la tela que ella había hilado y tejido cortó las camisillas y sabanillas en que empañarle. Era esta tela muy delicada, como de tales manos, y la comenzó desde el día en que entró en su casa con San José, con intento de llevarla a ofrecer al templo. Y aunque este deseo se conmutó tan mejorado, con todo eso, de la que sobró, hechas las alhajitas del niño Dios, cumplió la ofrenda en el templo santo de Jerusalén. Todos estos aliños y ropa necesaria para el divino parto los hizo la gran Señora por sus manos y los cosió y aderezó estando siempre de rodillas y con lágrimas de incomparable devoción. Previno San José flores y yerbas, las que pudo hallar, y otras cosas aromáticas de que la diligente Madre hizo agua olorosa más que de ángeles, y rociando los fajos consagrados para la hostia y sacrificio (Ef. 5,2) que esperaba, los dobló y aliñó y puso en una caja, en que después los llevó consigo a Belén, como diré adelante (Cf. infra n.452). 441. Todas estas obras de la princesa del cielo María Santísima se han de entender y pesar no desnudas y sin alma, como yo las refiero, sino vestidas de hermosura, llenas de santidad y magnificencia (Sal 95,6) y en mayor colmo y plenitud de perfección que el humano juicio puede investigar. Porque todas las obras de la sabiduría divina las trataba magníficamente (2 Mac 2,9 (A.)) y como Madre de la misma sabiduría y Reina de las virtudes, ofrecía el sacrificio de la nueva dedicación y templo de Dios vivo en la humanidad santísima de su Hijo, que había de nacer al mundo. Conocía la soberana Señora más que todo el resto de las criaturas la incomprensible alteza del misterio de humanarse Dios y bajar al mundo, y no incrédula, sino admirada, con encendido amor y veneración repetía muchas veces lo que Salomón fabricando el templo (2 Par 6,18 (A.)): ¿Cómo será posible que habite Dios con los hombres en la tierra? Si todo el cielo y los cielos de los cielos son estrechos para recibiros, ¿cuánto lo será esta habitación de la humanidad que se ha fabricado en mis entrañas? Pero si aquel templo, que sirvió tan solamente para oír Dios las oraciones que se ofrecían en él, se fabricó y dedicó con tan espléndido aparato de oro, plata, tesoros y sacrificios (3 Re 6,1ss), ¿qué haría la Madre del verdadero Salomón en la fábrica y dedicación del templo vivo donde habitaba corporalmente la plenitud y verdadera divinidad (Col 2,9) del mismo Dios eterno e incomparable? Todo lo que en sombras contenían aquellos sacrificios y tesoros sin número que para el templo figurativo se ofrecían, lo cumplió María Santísima, no con prevenciones de oro y plata ni brocados, que en este tiempo no buscaba Dios estas ofrendas, pero con las virtudes heroicas y con las riquezas de la gracia y dones del Altísimo, con que hacía cánticos de alabanza. Ofrecía holocaustos de su ardentísimo corazón, discurría por todas las Escrituras sagradas, y los himnos, salmos y cánticos los aplicaban y reducía a este misterio, añadiendo mucho más. Las figuras antiguas las obraba verdadera y místicamente con ejercicio de las virtudes y actos interiores y exteriores. Convidaba y llamaba a todas las criaturas para que alabasen y diesen honor, alabanza y gloria a su Criador y le esperasen para ser santificadas con su venida al mundo. Y en muchas de estas obras la acompañaba su felicísimo y dichoso esposo José. 442. Los altísimos merecimientos que acumulaba la Princesa del cielo con estos actos y ejercicios, y el agrado y complacencia que en ellos recibía el Señor, no basta lengua ni entendimiento humano criado para manifestarlo. Y si el menor grado de gracia que recibe cualquiera criatura con un acto de virtud que ejercite, vale más que todo el universo y natural, ¿qué aumentos de gracia alcanzaría la que no sólo excedió a los antiguos sacrificios, ofrendas y holocaustos y a todos los merecimientos humanos, pero a los de los supremos serafines, excediéndoles mucho? Y llegaban a tal extremo los afectos amorosos de la divina Señora, esperando a su Hijo y Dios verdadero, para recibirle en sus brazos, criarle a sus pechos, alimentarle de su mano, tratarle y servirle, adorándole hecho hombre de su misma carne y sangre, que en este incendio dulcísimo de amor se hubiera exhalado y resuelto, si con milagrosa asistencia del mismo Dios no fuera preservada de la muerte y confortada y corroborada su vida. Y muchas veces la perdiera, si muchas no la conservara su Hijo Santísimo, porque de ordinario le miraba en su virginal vientre, y con claridad divina veía su humanidad unida a la divinidad y todos los actos interiores de aquella santísima alma y el modo y postura del cuerpo y las oraciones que hacía por ella, por San José y por todo el linaje humano, y singularmente por los predestinados. Todos estos y otros misterios conocía, y en la imitación y alabanza se inflamaba toda, como quien tenía encerrado en su pecho el fuego abrasador que ilumina y no consume (Ex 3,2).

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443. Entre tantos incendios de la divina llama decía algunas veces hablando con su Hijo Santísimo: “Amor mío dulcísimo, Criador del universo, ¿cuándo gozarán mis ojos de la luz de vuestro divino rostro? ¿Cuándo se consagrarán mis brazos en el altar de la hostia que aguarda vuestro eterno Padre? ¿Cuándo besando como sierva, donde hollaren vuestras plantas, llegaré como madre al ósculo deseado de mi alma (Cant 1,1), para que participe con vuestro divino aliento de vuestro mismo Espíritu? ¿Cuándo la luz inaccesible, que sois vos, Dios verdadero de Dios verdadero y lumbre de la lumbre (Credo niceno-constantinopolitano), se manifestará a los mortales, después de tantos siglos que os han tenido oculto a nuestra vista? ¿Cuándo los hijos de Adán, cautivos por sus culpas, conocerán su Redentor, verán su salvación, hallarán entre sí mismos a su Maestro, su Hermano y Padre verdadero? ¡Oh vida mía, luz de mi alma, virtud mía, querido mío, por quien vivo muriendo! Hijo de mis entrañas, ¿cómo hará oficio de madre la que no lo sabe hacer de esclava ni merece tal título? ¿Cómo os trataré yo dignamente, que soy un gusanillo vil y pobre? ¿Cómo os serviré y administraré, siendo vos la misma santidad y bondad infinita, yo polvo y ceniza? ¿Cómo osaré hablar en vuestra presencia ni estar ante vuestro divino acatamiento? Vos, dueña de todo mi ser, que me escogisteis, siendo pequeña, entre las demás hijas de Adán, gobernad mis acciones, encaminad mis deseos, inflamad mis afectos, para que en todo acierte a daros gusto y agrado. ¿Y qué haré yo, bien mío, si de mis entrañas salís al mundo a padecer afrentas y morir por el linaje humano, si no muero con vos y os acompaño al sacrificio, siendo mi ser y mi vida? Quite la mía la causa y motivo que ha de quitar la vuestra, pues tan unidas están. Menos bastará que vuestra muerte, para redimir el mundo y millares de mundos; muera yo por vos y padezca vuestras ignominias, y vos con vuestro amor y luz santificad al mundo y alumbrad las tinieblas de los mortales. Y si no es posible revocar el decreto del eterno Padre, para que sea la Redención copiosa (Sal 129,7) y quede satisfecha vuestra excesiva caridad, recibid mis afectos, y tenga yo parte en todos los trabajos de vuestra vida, pues sois mi Hijo y Señor. 444. La variedad de estos y otros efectos dulcísimos hacían hermosísima a la Reina de los cielos en los ojos del Príncipe (Est 2,9) de las eternidades que tenía en el tálamo de su virginal vientre. Y todos se solían mover conforme las acciones de aquella humanidad santísima deificada, porque las miraba la digna Madre para imitarlas. Y tal vez el niño Dios en aquella sagrada caverna se ponía de rodillas para orar al Padre, tras en forma de cruz, como ensayándose para ella. Y desde allí, como desde el supremo trono de los cielos lo hace ahora, miraba y conocía con la ciencia de su alma santísima todo lo que ahora conoce, sin que se le escondiese criatura alguna presente, pasada, ni futura, con todos sus pensamientos y movimientos, y a todos atendía como Maestro y Redentor. Y como todos estos misterios eran manifiestos a su divina Madre y para corresponder a esta ciencia estaba llena de gracias y dones celestiales, obraba en todo con tan alta plenitud y santidad, que no hay palabras para que la humana capacidad pueda explicarlo. Pero si nuestro juicio no está pervertido y nuestro corazón no es de piedra, insensible y duro, no será posible que a la vista y al toque de tan eficaces como admirables obras no se halle herido de dolor amoroso y rendido agradecimiento. Doctrina que me dio la Reina Santísima María. 445. “De este capítulo quiero, hija mía, quedes advertida de la decencia con que se han de tratar todas las cosas consagradas y dedicadas al divino culto; y a si mismo quede reprendida la irreverencia con que los mismos ministros del Señor le ofenden en este descuido. Y no deben despreciar ni olvidar el enojo que tiene Su Majestad contra ellos, por la grosera descortesía e ingratitud con que tratan los ornamentos y cosas sagradas que de ordinario tienen entre las manos sin atención ni respeto alguno. Y mucho mayor es la indignación del Altísimo con los que tienen frutos y estipendios de su sangre preciosísima y los gastan y consumen en vanidades y torpezas o cosas profanas y menos decentes. Buscan para sus regalos y comodidades lo más precioso y estimable, y para el culto y honra del Altísimo aplican lo más grosero, despreciado y vil. Y cuando esto sucede, en especial en los lienzos que tocan al cuerpo y sangre de mi Hijo Santísimo, como son los corporales y purificadores, quiero que entiendas cómo los santos ángeles, que asisten al eminente y altísimo sacrificio de la misa, están como corridos y desvían la vista de semejantes ministros y se admiran de que tenga el Todopoderoso tan largo sufrimiento con ellos y que disimule su osadía y desacato. Y aunque no todos le cometen en esto, pero son muchos; y patos los que se señalan en demostración y cuidado del culto divino y tratan en lo exterior las cosas sagradas con más respeto; pero éstos son los menos, y aun entre ellos no todos lo hacen con intención recta y por la reverencia debida, sino por vanidad y otros fines terrenos; de manera que vienen a ser muy raros los que puramente y con ánimo sencillo adoran al Criador en espíritu y verdad (Jn 4,24). 446. “Considera, carísima, qué podremos sentir los que estamos a la vista del ser incomprensible del Altísimo y conocemos que su bondad inmensa crió a los hombres para que le adorasen y diesen reverencia y culto, y para eso les dejó esta ley en la misma naturaleza y les entregó todo el resto de las criaturas graciosamente; y luego miramos la

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ingratitud con que ellos corresponden a su Criador inmenso, pues las mismas cosas que reciben de su liberal mano se las regatean para honrarle, y para esto eligen lo más vil y desechado (Mal 1,8), Y para sus vanidades lo más precioso y estimable. Esta culpa es poco advertida y conocida, y así quiero que tú no sólo la llores con verdadero dolor, pero que la recompenses en lo que fuere posible, mientras fueres prelada. Da lo mejor al Señor y advierte a tus religiosas que con sencillo y devoto corazón se ocupen en el aliño y limpieza de las cosas sagradas; y no sólo en las de su convento, pero trabajando por hacer lo mismo para las iglesias pobres que tienen falta de corporales y otras alhajas de ornamentos. Y tengan segura confianza que les pagará el Señor este santo celo de su sagrado culto y remediará su pobreza y acudirá como Padre a las necesidades del convento, que nunca por esto vendrá a mayor pobreza. Este es el oficio más propio y legítimo de las esposas de Cristo y en él debían ejercitarse el tiempo que les sobra después del coro y otras obligaciones de la obediencia. Y si todas las religiosas tomaran de intento estas ocupaciones tan honestas, loables y agradables a Dios, nada les faltara para la vida, y en la tierra formaran un estado angélico y celestial. Y porque no quieren atender a este obsequio del Señor, se convierten muchas, dejadas de su mano, a tan peligrosas liviandades y distracciones, que por abominables a mis ojos no quiero que las escribas ni las pienses, salvo para llorarlas con lo íntimo del corazón y pedir a Dios el remedio de los pecados que tanto le irritan, ofenden y desagradan. 447. “Mas porque mi voluntad con especiales razones se inclina a mirar amorosamente a las monjas de tu convento, quiero que en mi nombre y de mi parte las amonestes y compelas con amorosa fuerza, para que siempre vivan retiradas y muertas al mundo, con inviolable olvido de todo lo que hay en él, y que entre sí mismas sea su trato en el cielo (Flp 3,20) y en cosas divinas, y que sobre toda estimación conserven la paz y caridad intacta que tantas veces les amonestas. Y si en esto me obedecieren, yo les ofrezco mi protección eterna y me constituyo por su Madre, amparo y defensa, como lo soy tuya, y les ofrezco asimismo mi continua y eficaz intercesión con mi Hijo Santísimo si no me desobligaren. Y para todo esto las persuadirás siempre a mi especial devoción y amor y que le escriban en su corazón; que con esta fidelidad de su parte alcanzarán todo lo que tú deseas, y más que yo haré con ellas. Y para que con alegría se ocupen prontas en las cosas del culto divino y tomen por su cuenta todo lo que a esto pertenece, acuérdales lo que yo hacía para servicio de mi Hijo Santísimo y del templo. Y quiero que entiendas que los santos ángeles se admiraban del celo, cuidado, atención y limpieza con que trataba todas las cosas que habían de servir a mi Hijo y Señor. Y esta solicitud amorosa y reverente previno en mí todo lo que era necesario para su crianza, sin que jamás me faltase, como algunos han pensado, con qué cubrirle y servirle, como entenderás en toda esta Historia, porque no cabía en mi prudencia y amor ser negligente o inadvertida en esto.” CAPITULO 8 Regresar al Principio Se publica el edicto del emperador César Augusto de empadronar todo el imperio, y lo que hizo San José cuando lo supo. 448. Determinado estaba por la voluntad inmutable del Altísimo que el Unigénito del Padre naciera en la ciudad de Belén; y en virtud de este divino decreto lo profetizaron mucho antes de cumplirse los santos y profetas antiguos, porque la determinación de la voluntad del Señor absoluta siempre es infalible, y faltarán los cielos y la tierra antes que deje de cumplirse (Mt 24,35), pues nadie puede resistir a ella (Est 13,9). La ejecución de este decreto inmutable dispuso el Señor por medio de un edicto que publicó el emperador César Augusto en el imperio romano, para que como refiere San Lucas (Lc 2,1 (A.)) se escribiese o numerase todo el orbe. Se extendía entonces el imperio romano a la mayor parte de lo que se conocía del orbe, y por eso se llamaban señores de todo el mundo, no haciendo cuenta de lo demás. Y esta descripción era para confesarse todos por vasallos del emperador y tributarle cierto censo, como a señor natural en lo temporal; y para este reconocimiento acudía cada uno a escribirse en el registro común de su propia ciudad (Ib. 3). Llegó este edicto a Nazaret, y a noticia de San José, y volviendo a su casa, porque lo había oído fuera de ella, afligido y contristado, refirió a su divina esposa lo que pasaba con la novedad del edicto. La prudentísima Virgen respondió: “No os ponga en ese cuidado, señor mío y esposo, el edicto del emperador terreno, que todos nuestros sucesos están por cuenta del Señor y Rey del cielo y tierra, y su providencia nos asistirá y gobernará en cualquiera caso. Dejémonos en su confianza, que no seremos defraudados.” 449. Estaba María Santísima capaz de todos los misterios de su Hijo Santísimo y sabía ya las profecías y el cumplimiento de ellas y que el Unigénito del Padre y suyo había de nacer en Belén como peregrino y pobre. Pero nada

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de todo esto manifestó a San José, porque sin orden del Señor no declaraba su secreto. Y lo que no se le mandaba decir, todo lo callaba con admirable prudencia, no obstante el deseo de consolar a su fidelísimo y santo esposo José, porque se quería dejar a su gobierno y obediencia y no proceder como prudente y sabia consigo misma (Prov 3,7 (A.)) contra el consejo del Sabio. Trataron luego de lo que debían hacer, porque ya se acercaba el parto de la divina Señora, estando su embarazo tan adelante, y San José la dijo: “Reina del cielo y tierra y Señora mía, si no tenéis orden del Altísimo para otra cosa, paréceme forzoso que yo vaya a cumplir con este edicto del emperador. Y aunque bastaría ir solo porque a las cabezas de las familias les compete esta legacía, no me atreveré a dejaros sin asistir a vuestro servicio, ni yo tampoco viviré sin vuestra presencia, ni tendré un punto de sosiego estando ausente; no es posible que mi corazón se aquiete sin veros. Y para que vayáis conmigo a nuestra ciudad de Belén, donde nos toca esta profesión de la obediencia del emperador, veo que vuestro divino parto está muy cerca, y así por esto como por mi gran pobreza temo poneros en tan evidente riesgo. Si os sucediese el parto en el camino con descomodidad y no poderla reparar, sería para mí de incomparable desconsuelo. Este cuidado me aflige. Os suplico, Señora mía, lo presentéis delante el Altísimo y le pidáis oiga mis deseos de no apartarme de vuestra compañía. 450. Obedeció la humilde esposa a lo que ordenaba San José, y, aunque no ignoraba la voluntad divina, tampoco quiso omitir esta acción de pura obediencia, como súbdita sumisísima. Presentó el Señor la voluntad y deseos de su fidelísimo esposo, y la respondió Su Majestad: “Amiga y paloma mía, obedece a mi siervo José en lo que te ha propuesto y desea. Acompáñale en la jornada. Yo seré contigo y te asistiré con mi paternal amor y protección en los trabajos y tribulaciones que por mí padecerás y, aunque serán muy grandes, mi brazo poderoso te sacará gloriosa de todas. Tus pasos serán hermosos en mis ojos (Cant 7,1), no temas y camina, porque ésta es mi voluntad. Luego mandó el Señor, a vista de la divina Madre, a los ángeles santos de su guarda, con nueva intimación y precepto que la sirviesen en aquella jornada con especial asistencia y advertido cuidado, según los magníficos y misteriosos sucesos que se le ofrecerían en toda ella. Y sobre los mil ángeles que de ordinario la guardaban, mandó el mismo Señor a otros nueve mil más que asistiesen a su Reina y Señora, y la sirviesen de suerte que la acompañasen todos diez mil juntos, desde el día que comenzase la jornada. Así lo cumplieron todos, como fidelísimos siervos y ministros del Señor, y la sirvieron, como adelante diré (Cf. infra n.456-461,470,589,619,622,631,634,etc.). Y la gran Reina fue renovada y preparada con nueva luz divina, en que conoció nuevos misterios de los trabajos que se le ofrecerían nacido el niño Dios, con la persecución de Herodes y otros cuidados y tribulaciones que sobrevendrían. Y para todo ofreció su invicto corazón preparado (Sal 107,2) y no turbado, y dio gracias al Señor por todo lo que en ella obraba y disponía. 451. Volvió la gran Reina del cielo con la respuesta a San José y le declaró la voluntad del Altísimo de que le obedeciese y acompañase en su jornada a Belén. Con que el santo esposo quedó lleno de nuevo júbilo y consuelo, y reconociendo este gran favor de la mano del Señor, le dio gracias con profundos actos de humildad y reverencia, y hablando a su divina esposa, la dijo: “Señora mía, y causa de mi alegría, de mi felicidad y dicha, sólo me resta dolerme en este viaje de los trabajos que en él habéis de padecer, por no tener caudal para vencerlos y llevaros con la comodidad que yo quisiera preveniros para la peregrinación. Pero deudos y conocidos y amigos hallaremos en Belén de nuestra familia, que yo espero nos recibirán con caridad, y allí descansaréis de la molestia del camino, si lo dispone el Altísimo, como yo vuestro siervo lo deseo.” Era verdad que el santo esposo José lo prevenía así con su afecto, mas el Señor tenía dispuesto lo que él entonces ignoraba; y porque se le frustraron sus deseos sintió después mayor amargura y dolor, como se verá. No declaró María Santísima a José lo que en el Señor tenía previsto del misterio de su divino parto, aunque sabía no sucedería lo que él pensaba, pero antes bien animándole, le dijo: “Esposo y señor mío, yo voy con mucho gusto en vuestra compañía y haremos la jornada como pobres en el nombre del Altísimo, pues no desprecia Su Alteza la misma pobreza, que viene a buscar con tanto amor. Y supuesto será su protección y amparo con nosotros en la necesidad y en el trabajo, pongamos en ella nuestra confianza. Y vos, señor mío, poned por su cuenta todos vuestros cuidados.” 452. Determinaron luego el día de su partida, y el santo esposo con diligencia salió por Nazaret a buscar alguna bestezuela en que llevar a la Señora del mundo: y no fácilmente pudo hallarla, por la mucha gente que salía a diferentes ciudades a cumplir con el mismo edicto del emperador. Pero después de muchas diligencias y penoso cuidado halló San José un jumentillo humilde, que si pudiéramos llamarle dichoso, lo había sido entre todos los animales irracionales, pues no sólo llevó a la Reina de todo lo criado, y en ella al Rey y Señor de los reyes y señores, pero después se halló en el nacimiento del niño (Is 1,3) y dio a su Criador el obsequio que los hombres le negaron, como adelante se dirá (Cf. infra n .485). Previnieron lo necesario para el viaje, que fue jornada de cinco días; y era la recámara de los divinos caminantes con el mismo aparato que llevaron en la primera peregrinación que hicieron a casa de Zacarías,

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como arriba se dijo, libro III, capítulo 15, número 196, porque sólo llevaban pan y fruta y algunos peces, que era el ordinario manjar y regalo de que usaban. Y como la prudentísima Virgen tenía luz de que tardaría mucho tiempo en volver a su casa, no sólo llevó consigo las mantillas y fajos prevenidos para su divino parto, pero dispuso las cosas con disimulación, de manera que todas estuviesen al intento de los fines del Señor y sucesos que esperaba; y dejaron encargada su casa a quien cuidase de ella mientras volvían. 453. Llegó el día y hora de partir para Belén, y como el fidelísimo y dichoso José trataba ya con nueva y suma reverencia a su soberana esposa, andaba como vigilante y cuidadoso siervo inquiriendo y procurando en qué darla gusto y servirla, y la pidió con grande afecto le advirtiese de todo lo que deseaba y que él ignorase para su agrado, descanso y alivio, y dar beneplácito al Señor que llevaba en su virginal vientre. Agradeció la humilde Reina estos afectos santos de su esposo, y remitiéndolos a la gloria y obsequio de su Hijo Santísimo, le consoló y animó para el trabajo del camino, con asegurarle de nuevo el agrado que tenía Su Majestad de todos sus cuidados, y que recibiesen con igualdad y alegría del corazón las penalidades que como pobres se les seguirían en la jornada. Y para darle principio se hincó de rodillas la Emperatriz de las alturas y pidió a San José le diese su bendición. Y aunque el varón de Dios se encogió mucho y dificultó el hacerlo por la dignidad de su esposa, pero ella venció en humildad y le obligó a que se la diese. Lo hizo San José con gran temor y reverencia, y luego con abundantes lágrimas se postró en tierra y la pidió le ofreciese de nuevo a su Hijo Santísimo y le alcanzase perdón y su divina gracia. Con esta preparación partieron de Nazaret a Belén, en medio del invierno, que hacía el viaje más penoso y desacomodado. Pero la Madre de la vida, que la llevaba en su vientre, sólo atendía a sus divinos efectos y recíprocos coloquios, mirándole siempre en su tálamo virginal, imitándole en sus obras y dándole mayor agrado y gloria que todo el resto de las criaturas juntas. Doctrina que me dio la Reina Santísima María. 454. “Hija mía, todo el discurso de mi vida y en cada uno de los capítulos y misterios que vas escribiendo conocerás la divina y admirable providencia del Altísimo y su paternal amor para conmigo, su humilde sierva. Y aunque la capacidad humana no puede dignamente penetrar y ponderar estas obras admirables y de tan alta sabiduría, pero debe venerarlas con todas sus fuerzas y disponerse para mi imitación y para la participación de los favores que el Señor me hizo. Porque no han de imaginar los mortales que sólo en mí y para mí se quiso mostrar Dios santo, poderoso y bueno infinitamente; y es cierto que si alguna y todas las almas se entregasen del todo a la disposición y gobierno de este Señor, conocieran luego con experiencia aquella misma fidelidad, puntualidad y suavísima eficacia con que disponía Su Majestad conmigo todas las cosas que tocaban a su gloria y servicio y también gustaran aquellos dulcísimos efectos y movimientos divinos que yo sentía con el rendimiento que tenía a su santísima voluntad, y no menos recibieran respectivamente la abundancia de sus dones, que como en un piélago infinito están casi represados en su divinidad. Y de la manera que si al peso de las aguas del mar se les diese algún conducto por donde según su inclinación hallasen despedida, correrían con invencible ímpetu, así procederían la gracia y beneficios del Señor sobre las criaturas racionales si ellas diesen lugar y no impidiesen su corriente. Esta ciencia ignoran los mortales, porque no se detienen a pensar y considerar las obras del Altísimo. 455. “De ti quiero que la estudies y escribas en tu pecho, y que a si mismo aprendas de mis obras el secreto que debes guardar de tu interior y lo que en él tienes, y la pronta obediencia y rendimiento a todos, anteponiendo siempre el parecer ajeno a tu dictamen propio. Pero esto ha de ser de manera que para obedecer a tus superiores y padre espiritual has de cerrar los ojos, aunque conozcas que en alguna cosa que te mandan ha de suceder lo contrario, como sabía yo que no sería lo que mi santo esposo José esperaba sucedería en la jornada de Belén. Y si esto te mandase otro inferior o igual, calla y disimula y ejecuta todo lo que no fuere culpa o imperfección. Oye a todos con silencio y advertencia para que aprendas. En hablar serás muy tarda y detenida, que esto es ser prudente y advertida. También te acuerdo de nuevo, que para todo lo que hicieres pidas al Señor te dé su bendición, para que no te apartes de su divino beneplácito. Y si tuvieres oportunidad, pide también licencia y bendición a tu padre espiritual y maestro, porque no te falte el gran merecimiento y perfección de estas obras, y me des a mí el agrado que de ti deseo.” CAPITULO 9 Regresar al Principio La jornada que Maria Santísima hizo de Nazaret a Belén en compañía del santo esposo José, y los ángeles que la

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asistían. 456. Partieron de Nazaret para Belén María purísima y el glorioso San José, a los ojos del mundo tan solos como pobres y humildes peregrinos, sin que nadie de los mortales los reputase ni estimase más de lo que con él tienen granjeado la humildad y pobreza. Pero, ¡oh admirables sacramentos del Altísimo, ocultos a los soberbios e inescrutables para la prudencia carnal! No caminaban solos, pobres ni despreciados, sino prósperos, abundantes y magníficos: eran el objeto más digno del eterno Padre y de su amor inmenso y lo más estimable de sus ojos, llevaban consigo el tesoro del cielo y de la misma divinidad, los veneraban toda la corte de los ciudadanos celestiales y reconocían las criaturas insensibles la viva y verdadera Arca del Testamento, mejor que las aguas del Jordán a su figura y sombra cuando corteses se dividieron para hacerle franco el paso a ella y a los que la seguían (Jos 3,16 (A.)). Los acompañaron los diez mil ángeles que arriba dije, núm. 450; fueron señalados por el mismo Dios para que sirviesen a Su Majestad y a su Santísima Madre en toda esta jornada; y estos escuadrones celestiales iban en forma humana visible para la divina Señora, más refulgentes cada uno que otros tantos soles, haciéndola escolta, y ella iba en medio de todos más guarnecida y defendida que el lecho de Salomón con los sesenta valentísimos de Israel (Cant 3,7 (A.)) que ceñidas las espadas le rodeaban. Fuera de estos diez mil ángeles asistían otros muchos que bajaban y subían a los cielos, enviados del Padre eterno a su Unigénito humanado y a su Madre Santísima, y de ellos volvían con las legacías que eran enviados y despachados. 457. Con este real aparato oculto a los mortales caminaban María Santísima y José, seguros de que a sus pies no les ofendería la piedra (Sal 90,12 (A.)) de la tribulación, porque mandó a sus ángeles el Señor que los llevasen en las manos de su defensa y custodia. Y este mandato cumplían los ministros fidelísimos, sirviendo como vasallos a su gran Reina, con admiración de alabanza y gozo, viendo recopilados en una pura criatura tantos sacramentos juntos, tales perfecciones, grandezas y tesoros de la divinidad, y todo con la dignidad y decencia que aun a su misma capacidad angélica excedía. Hacían nuevos cánticos al Señor, contemplándole sumo Rey de gloria descansando en su reclinatorio de oro (Cant 3,10 (A.)), y a la divina Madre, ya como carroza incorruptible y viva, ya como espiga fértil de la tierra prometida (Lev 23,10) que encerraba el grano vivo, ya como nave rica del mercader (Prov 31,14 (A.)), que le llevaba a que naciera en la "casa del pan" (Belén), para que muriendo en la tierra (Jn 12,24 (A.)) fuese multiplicado en el cielo. Les duró cinco días la jornada; que por el embarazo de la Madre Virgen, ordenó su Esposo llevarla muy despacio. Y nunca la soberana Reina conoció noche en este viaje; porque, algunos días que caminaban parte de ella, despedían los ángeles tan grande resplandor como todas las iluminarias del cielo juntas cuando al mediodía tienen su mayor fuerza en la más clara serenidad. Y de este beneficio y de la vista de los ángeles gozaba San José en aquellas horas de las noches; y entonces se formaba un coro celestial de todos juntos, en que la gran Señora y su esposo alternaban con los soberanos espíritus admirables cánticos e himnos de alabanza, con que los campos se convertían en nuevos cielos. Y de la vista y resplandor de sus ministros y vasallos gozó la Reina en todo el viaje, y de dulcísimos coloquios interiores que tenía con ellos. 458. Con estos admirables favores y regalos mezclaba el Señor algunas penalidades y molestias que se ofrecían a su divina Madre en el viaje. Porque el concurso de la gente en las posadas, por los muchos que caminaban con la ocasión del imperial edicto, era muy penoso e incómodo para el recato y modestia de la purísima Madre y Virgen y para su esposo, porque como pobres y encogidos eran menos admitidos que otros y les alcanzaba más descomodidad que a los muy ricos; que el mundo, gobernado por lo sensible, de ordinario distribuye sus favores al revés y con acepción de personas. Oían nuestros santos peregrinos repetidas palabras ásperas en las posadas a donde llegaban fatigados, y en algunas los despedían como a gente inútil y despreciable, y muchas veces admitían a la Señora de cielo y tierra en un rincón de un portal, y otras aun no le alcanzaba; y se retiraban ella y su esposo a otros lugares más humildes y menos decentes en la estimación del mundo; pero en cualquiera lugar, por contentible que fuese, estaba la corte de los ciudadanos del cielo con su Rey supremo y Reina soberana, y luego todos la rodeaban y encerraban como un impenetrable muro, con que el tálamo de Salomón estaba seguro y defendido de los temores nocturnos (Cant 3,8 (A.)). Y su fidelísimo esposo José, viendo a la Señora de los cielos tan guarnecida de sus ejércitos divinos, descansaba y dormía, porque ella también cuidaba de esto, para que se aliviase algo del trabajo del camino. Y ella se quedaba en coloquios celestiales con los diez mil ángeles que la asistían. 459. Aunque Salomón en los Cantares comprendió grandes misterios de la Reina del cielo por diversas metáforas y similitudes, pero en el capítulo 3 habló más expresamente de lo que sucedió a la divina Madre en el embarazo de su Hijo Santísimo y en esta jornada que hizo para su sagrado parto; porque entonces fue cuando se cumplió a la letra todo

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lo que allí se dice del lecho de Salomón, de su carroza y reclinatorio de oro, de la guarda que le puso de los fortísimos de Israel que gozan de la visión divina y todo lo demás que contiene aquella profecía, cuya inteligencia basta haberla apuntado en lo que se ha dicho para convertir toda mi admiración al sacramento de la sabiduría infinita en estas obras tan venerables para la criatura. ¿Quién habrá de los mortales tan duro que no se ablande su corazón, o tan soberbio que no se confunda, o tan inadvertido que no se admire de ver una maravilla compuesta de tan varios y contrarios extremos? ¡Dios infinito y verdaderamente oculto y escondido en el tálamo virginal de una doncella tierna llena de hermosura y gracia, inocente, pura, suave, dulce, amable a los ojos de Dios y de los hombres, sobre todo cuanto el mismo Señor ha criado y criará jamás! ¡Esta gran Señora, con el tesoro de la divinidad, despreciada, afligida, desestimada y arrojada de la ciega ignorancia y soberbia mundana! Y por otra parte, en los lugares más contentibles, ¡amada y estimada de la beatísima Trinidad, regalada de sus caricias, servida de sus ángeles, reverenciada, defendida y amparada de su grande y vigilante custodia! ¡Oh hijos de los hombres, tardos y duros de corazón (Sal 4,3), qué engañosos son vuestros pesos y juicio, como dice David (Sal 61,10), que estimáis a los ricos, despreciáis a los pobres, levantáis a los soberbios y abatís a los humildes, arrojáis a los justos y aplaudís a los vanos! Ciego es vuestro dictamen, y errada vuestra elección, con que os halláis frustrados en vuestros mismos deseos. Ambiciosos que buscáis riquezas y tesoros y os halláis pobres y abrazados con el aire, si recibierais al Arca verdadera de Dios, recibierais y consiguierais muchas bendiciones de la diestra divina, como Obededón (2 Sam 6,1l), pero porque la despreciasteis, os sucedió a muchos lo que a Oza (Ib. 7), que quedasteis castigados. 460. Conocía y miraba la divina Señora entre todo esto la variedad de almas que había en todos los que iban y venían y penetraba sus pensamientos más ocultos y el estado que cada una tenía, en gracia o en pecado, y los grados que en estos diferentes extremos tenían; y de muchas almas conocía si eran predestinadas o réprobas, si habían de perseverar o caer o levantarse; y toda esta variedad le daba motivos de ejercitar heroicos actos de virtudes con unos y por otros; porque para muchos alcanzaba la perseverancia, para otros eficaz auxilio con que se levantasen del pecado a la gracia, por otros lloraba y clamaba al Señor con íntimos afectos, y por los réprobos, aunque no pidiese tan eficazmente, sentía intensísimo dolor de su final perdición. Y fatigada muchas veces con estas penas, más sin comparación que con el trabajo del camino, sentía algún desfallecimiento en el cuerpo, y los santos ángeles, llenos de refulgente luz y hermosura, la reclinaban en sus brazos, para que en ellos descansase y recibiese algún alivio. A los enfermos, afligidos y necesitados consolaba por el camino, sólo con orar por ellos y pedir a su Hijo Santísimo el remedio de sus trabajos y necesidades; porque en esta jornada, por la multitud y concurso de la gente, se retiraba a solas sin hablar, atendiendo mucho a su divino embarazo, que ya se manifestaba a todos. Este era el retorno que la Madre de misericordia daba a los mortales por el mal hospedaje que de ellos recibía. 461. Y para mayor confusión de la ingratitud humana, sucedió alguna vez que, como era invierno, llegaban a las posadas con grandes fríos de las nieves y lluvias que no quiso el Señor les faltase esta penalidad [y] era necesario retirarse a los mismos lugares viles donde estaban los animales, porque no les daban otro mejor los hombres; y la cortesía y humanidad que les faltaba a ellos, tenían las bestias, retirándose y respetando a su Hacedor y a su Madre, que le tenía en su virginal vientre. Bien pudiera la Señora de las criaturas mandar a los vientos, a la escarcha y a la nieve que no la ofendieran, pero no lo hacía por no privarse de la imitación de Cristo su Hijo Santísimo en padecer, aun antes que él saliese de su virgíneo vientre, y así la fatigaron algo estas inclemencias en el camino. Pero el cuidadoso y fiel esposo San José atendía mucho a abrigarla, y más lo hacían los espíritus angélicos, en especial el príncipe San Miguel, que siempre asistió al lado diestro de su Reina, sin desampararla un punto en este viaje, y repetidas veces la servía, llevándola del brazo cuando se hallaba algo cansada. Y cuando era voluntad del Señor la defendía de los temporales inclementes y hacía otros muchos oficios en obsequio de la divina Señora y del bendito fruto de su vientre, Jesús. 462. Con la variedad alternada de estas maravillas llegaron nuestros peregrinos, María Santísima y José, a la ciudad de Belén el quinto día de su jornada a las cuatro de la tarde, sábado, que en aquel tiempo del solsticio hiemal ya a la hora dicha se despide el sol y se acerca la noche. Entraron en la ciudad buscando alguna casa de posada, y discurriendo muchas calles, no sólo por posadas y mesones, pero por las casas de los conocidos y de su familia más cercanos, de ninguno fueron admitidos y de muchos despedidos con desgracia y con desprecios. Seguía la honestísima Reina a su esposo, llamando él de casa en casa y de puerta en puerta, entre el tumulto de la mucha gente. Y aunque no ignoraba que los corazones y las casas de los hombres estarían cerrados para ellos, con todo eso por obedecer a San José quiso padecer aquel trabajo y honestísimo pudor o vergüenza que para su recato, y en el estado y edad que se hallaba, fue de mayor pena que faltarles la posada. Discurriendo por la ciudad llegaron a la casa donde estaba el registro y padrón

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público, y por no volver a ella se escribieron, y pagaron el fisco y la moneda del tributo real, con que salieron ya de este cuidado. Prosiguieron su diligencia y fueron a otras posadas, y habiéndola buscado en más de cincuenta casas, de todas fueron arrojados y despedidos; admirándose los espíritus soberanos de los altísimos misterios del Señor, de la paciencia y mansedumbre de su Madre Virgen y de la insensible dureza de los hombres. Con esta admiración bendecían al Altísimo en sus obras y ocultos sacramentos, porque desde aquel día quiso acreditar y levantar a tanta gloria la humildad y pobreza despreciada de los mortales. 463. Eran las nueve de la noche cuando el fidelísimo José lleno de amargura e íntimo dolor se volvió a su esposa prudentísima, y la dijo: “Señora mía dulcísima, mi corazón desfallece de dolor en esta ocasión viendo que no puedo acomodaros, no sólo como vos lo merecéis y mi afecto lo deseaba, pero ningún abrigo ni descanso, que raras veces o nunca se le niega al más pobre y despreciado del mundo. Misterio sin duda tiene esta permisión del cielo, que no se muevan los corazones de los hombres a recibirnos en sus casas. Me acuerdo, Señora, que fuera de los muros de la ciudad está una cueva que suele servir de albergue a los pastores y a su ganado. Lleguémonos allá, que si por dicha está desocupada, allí tendréis del cielo algún amparo cuando nos falta de la tierra.” Le respondió la prudentísima Virgen: “Esposo y señor mío, no se aflija vuestro piadosísimo corazón, porque no se ejecutan los deseos ardentísimos que produce el afecto que tenéis al Señor. Y pues le tengo en mis entrañas, por él mismo os suplico que le demos gracias por lo que así dispone. El lugar que me decís será muy a propósito para mi deseo. Conviértanse vuestras lágrimas en gozo con el amor y posesión de la pobreza, que es el tesoro rico e inestimable de mi Hijo Santísimo. Este viene a buscar desde los cielos, preparémosele con júbilo del alma, que no tiene la mía otro consuelo, y vea yo que me le dais en esto. Vamos contentos a donde el Señor nos guía.” Encaminaron para allá los santos ángeles a los divinos esposos, sirviéndoles de lucidísimas antorchas, y llegando al portal o cueva, la hallaron desocupada y sola. Y llenos de celestial consuelo, por este beneficio alabaron al Señor, y sucedió lo que diré en el capítulo siguiente. Doctrina que me dio la Reina del cielo María Santísima. 464. “Hija mía carísima, si eres de corazón blando y dócil para el Señor, poderosos serán los misterios divinos que has escrito y entendido para mover en ti afectos dulces y amorosos con el Autor de tantas y tales maravillas, en cuya presencia quiero de ti que desde hoy hagas nuevo y grande aprecio de verte desechada y desestimada del mundo. Y dime, amiga, si en recambio de este olvido y menosprecio admitido con voluntad alegre, pone Dios en ti los ojos y la fuerza de su amor suavísimo, ¿por qué no comprarás tan barato lo que vale no menos que infinito precio? ¿Qué te darán los hombres cuando más te celebren y te estimen? ¿Y qué dejarás si los desprecias? ¿No es todo mentira y vanidad? ¿No es una sombra fugitiva y momentánea que se les desvanece entre las manos a los que trabajan por cogerla? Pues cuando todo lo tuvieras en las tuyas, ¿qué hicieras en despreciarlo de balde? Considera bien cuánto menos harás en arrojarlo por granjear el amor del mismo Dios, el mío y de sus ángeles; niégalo todo, carísima, y de corazón; y si no te despreciare el mundo tanto como debes desearlo, despréciale tú a él y queda libre, expedita y sola, para que te acompañe el todo y sumo bien y recibas con plenitud los felicísimos efectos de su amor y con libertad le correspondas. 465. “Es tan fiel amante mi Hijo Santísimo de las almas, que me puso a mí por maestra y ejemplar vivo para enseñarlas el amor de la humildad y el eficaz desprecio de la vanidad y soberbia. Y también fue orden suya que para su grandeza y para mí, su sierva y Madre, faltase abrigo y acogida entre los hombres, dando motivo con este desamparo para que después las almas enamoradas y afectuosas se le ofrezcan, y obligarse con tan fina voluntad a venir y estar en ellas; como también buscó la soledad y la pobreza, no porque para sí tuviese necesidad de estos medios para obrar las virtudes en grado perfectísimo, sino para enseñar a los mortales que éste era el camino más breve y seguro para lo levantado del amor divino y unión con el mismo Dios. 466. “Bien sabes, carísima, que incesantemente eres enseñada y amonestada con la luz de lo alto, para que olvidada de lo terreno y visible te ciñas de fortaleza (Prov 31,17) y te levantes a imitarme, copiando en ti, según tus fuerzas, los actos y virtudes que de mi vida te manifiesto. Y éste es el primer intento de la ciencia que recibes para escribirla, porque tengas en mí este arancel y de él te valgas para componer tu vida y obras al modo que yo imitaba las de mi Hijo dulcísimo. Y el temor que te ha causado este mandato, imaginándole superior a tus fuerzas, le has de moderar y cobrar ánimo con lo que dice mi Hijo Santísimo por el evangelista San Mateo (Mt 5,48 (A.)): Sed perfectos, como lo es vuestro Padre celestial. Esta voluntad del Altísimo que propone a su Iglesia Santa no es imposible a sus hijos, y si ellos de su parte se disponen, a ninguno le negará esta gracia, para conseguir la semejanza con el Padre celestial, porque esto les

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mereció mi Hijo Santísimo; pero el pesado olvido y desprecio que hacen los hombres de su redención impide que se consiga en ellos eficazmente su fruto. 467. ‘De ti, hija mía, quiero especialmente esta perfección y te convido para ella por medio de la suave ley del amor a que encamino mi doctrina. Considera y pesa con la divina luz en qué obligación te pongo, y trabaja para corresponder a ella con prudencia de hija fiel y solícita, sin que te embarace dificultad o trabajo alguno, ni omitir virtud ni acción de perfección por ardua que sea. Ni te has de contentar con solicitar tu amistad con Dios y la salvación propia, pero si quieres ser perfecta a mi imitación y cumplir con lo que enseña el Evangelio, has de procurar la salvación de otras almas y la exaltación del santo nombre de mi Hijo y ser instrumento en su mano poderosa para cosas fuertes y de su mayor agrado y gloria.” CAPITULO 10 Regresar al Principio Nace Cristo nuestro bien de María Virgen en Belén dé Judea. 468. El palacio que tenía prevenido el supremo Rey de los reyes y Señor de los señores para hospedar en el mundo a su eterno Hijo humanado para los hombres, era la más pobre y humilde choza o cueva, a donde María Santísima y José se retiraron despedidos de los hospicios y piedad natural de los mismos hombres, como queda dicho en el capítulo pasado. Era este lugar tan despreciado y contentible, que con estar la ciudad de Belén tan llena de forasteros que faltaban posadas en que habitar, con todo eso nadie se dignó de ocuparle ni bajar a él, porque era cierto no les competía ni les venía bien sino a los maestros de la humildad y pobreza, Cristo nuestro bien y su purísima Madre. Y por este medio les reservó para ellos la sabiduría del eterno Padre, consagrándole con los adornos de desnudez, soledad y pobreza por el primer templo de la luz y casa del verdadero sol de justicia (Mal 4,2), que para los rectos de corazón había de nacer de la candidísima aurora María, en medio de las tinieblas de la noche símbolo de las del pecado que ocupaban todo el mundo. 469. Entraron María Santísima y José en este prevenido hospicio, y con el resplandor que despedían los diez mil ángeles que los acompañaban pudieron fácilmente reconocerle pobre y solo, como lo deseaban, con gran consuelo y lágrimas de alegría. Luego los dos santos peregrinos hincados de rodillas alabaron al Señor y le dieron gracias por aquel beneficio, que no ignoraban era dispuesto por los ocultos juicios de la eterna Sabiduría. De este gran sacramento estuvo más capaz la divina princesa María, porque en santificando con sus plantas aquella felicísima cuevecita, sintió una plenitud de júbilo interior que la elevó y vivificó toda, y pidió al Señor pagase con liberal mano a todos los vecinos de la ciudad que, despidiéndola de sus casas, la habían ocasionado tanto bien como en aquella humildísima choza la esperaba. Era toda de unos peñascos naturales y toscos, sin género de curiosidad ni artificio y tal que los hombres la juzgaron por conveniente para solo albergue de animales, pero el eterno Padre la tenía destinada para abrigo y habitación de su mismo Hijo. 470. Los espíritus angélicos, que como milicia celestial guardaban a su Reina y Señora, se ordenaron en forma de escuadrones, como quien hacía cuerpo de guardia en el palacio real. Y en la forma corpórea y humana que tenían, se le manifestaban también al santo esposo José, que en aquella ocasión era conveniente gozase de este favor, así por aliviar su pena, viendo tan adornado y hermoso aquel pobre hospicio con las riquezas del cielo, como para aliviar y animar su corazón y levantarle más para los sucesos que prevenía el Señor aquella noche y en tan despreciado lugar. La gran Reina y Emperatriz del cielo, que ya estaba informada del misterio que se había de celebrar, determinó limpiar con sus manos aquella cueva que luego había de servir de trono real y propiciatorio sagrado, porque ni a ella le faltase ejercicio de humildad, ni a su Hijo unigénito aquel culto y reverencia que era el que en tal ocasión podía prevenirle por adorno de su templo. 471. El santo esposo José, atento a la majestad de su divina esposa, que ella parece olvidaba en presencia de la humildad, la suplicó no le quitase a él aquel oficio que entonces le tocaba y, adelantándose, comenzó a limpiar el suelo y rincones de la cueva, aunque no por eso dejó de hacerlo juntamente con él la humilde Señora. Y porque estando los santos ángeles en forma humana.visible -parece que, a nuestro entender, se hallaran corridos a vista de tan devota porfía y de la humildad de su Reina-, luego con emulación santa ayudaron a este ejercicio o, por mejor decir, en brevísimo espacio limpiaron y despejaron toda aquella caverna, dejándola aliñada y llena de fragancia. San José

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encendió fuego con el aderezo que para ello traía, y porque el frío era grande, se llegaron a él para recibir algún alivio, y del pobre sustento que llevaban comieron o cenaron con incomparable alegría de sus almas; aunque la Reina del cielo y tierra con la vecina hora de su divino parto estaba tan absorta y abstraída en el misterio, que nada comiera si no mediara la obediencia de su esposo. 472. Dieron gracias al Señor, como acostumbraban, después de haber comido; y deteniéndose un breve espacio en esto y en conferir los misterios del Verbo humanado, la prudentísima Virgen reconocía se le llegaba el parto felicísimo. Rogó a su esposo José se recogiese a descansar y dormir un poco, porque ya la noche corría muy adelante. Obedeció el varón divino a su esposa y la pidió que también ella hiciese lo mismo, y para esto aliñó y previno con las ropas que traían un pesebre algo ancho, que estaba en el suelo de la cueva para servicio de los animales que en ella recogían. Y dejando a María Santísima acomodada en este tálamo, se retiró el Santo José a un rincón del portal, donde se puso en oración. Fue luego visitado del Espíritu divino y sintió una fuerza suavísima y extraordinaria con que fue arrebatado y elevado en un éxtasis altísimo, donde se le mostró todo lo que sucedió aquella noche en la cueva dichosa; porque no volvió a sus sentidos hasta que le llamó la divina esposa. Y este fue el sueño que allí recibió José, más alto y más feliz que el de Adán en el paraíso (Gen 2,21 (A.)). 473. En el lugar que estaba la Reina de las criaturas fue al mismo tiempo movida de un fuerte llamamiento del Altísimo con eficaz y dulce transformación que la levantó sobre todo lo criado y sintió nuevos efectos del poder divino, porque fue este éxtasis de los más raros y admirables de su vida santísima. Luego fue levantándose más con nuevos lúmines y cualidades que la dio el Altísimo, de los que en otras ocasiones he declarado, para llegar a la visión clara de la divinidad. Con estas disposiciones se le corrió la cortina y vio intuitivamente al mismo Dios con tanta gloria y plenitud de ciencia, que todo entendimiento angélico y humano ni lo puede explicar, ni adecuadamente entender. Renovóse en ella la noticia de los misterios de la divinidad y humanidad santísima de su Hijo, que en otras visiones se le había dado, y de nuevo se le manifestaron otros secretos encerrados en aquel archivo inexhausto del divino pecho. Y yo no tengo bastantes, capaces y adecuados términos ni palabras para manifestar lo que de estos sacramentos he conocido con la luz divina; que su abundancia y fecundidad me hace pobre de razones. 474. Le declaró el Altísimo a su Madre Virgen cómo era tiempo de salir al mundo de su virginal tálamo, y el modo cómo esto había de ser cumplido y ejecutado. Y conoció la prudentísima Señora en esta visión las razones y fines altísimos de tan admirables obras y sacramentos, así de parte del mismo Señor, como de lo que tocaba a las criaturas, para quien se ordenaban inmediatamente. Se postró ante el trono real de la divinidad y, dándole gloria y magnificencia, gracias y alabanzas por sí y las que todas las criaturas le debían por tan inefable misericordia y dignación de su inmenso amor, pidió a Su Majestad nueva luz y gracia para obrar dignamente en el servicio, obsequio, educación del Verbo humanado, que había de recibir en sus brazos y alimentar con su virginal leche. Esta petición hizo la divina Madre con humildad profundísima, como quien entendía la alteza de tan nuevo sacramento, cual era el criar y tratar como madre a Dios hecho hombre, y porque se juzgaba indigna de tal oficio, para cuyo cumplimiento los supremos serafines eran insuficientes. Prudente y humildemente lo pensaba y pesaba la Madre de la sabiduría (Eclo 24,24), y porque se humilló hasta el polvo y se deshizo toda en presencia del Altísimo, la levantó Su Majestad y de nuevo la dio título de Madre suya, y la mandó que como Madre legítima y verdadera ejercitase este oficio y ministerio: que le tratase como a Hijo del eterno Padre y juntamente Hijo de sus entrañas. Y todo se le pudo fiar a tal Madre, en que encierro todo lo que no puedo explicar con más palabras. 475. lorlEstuvo María Santísima en este rapto y visión beatífica más de una hora inmediata a su divino parto; y al mismo tiempo que salía de ella y volvía en sus sentidos, reconoció y vio que el cuerpo del niño Dios se movía en su virginal vientre, soltándose y despidiéndose de aquel natural lugar donde había estado nueve meses, y se encaminaba a salir de aquel sagrado tálamo. Este movimiento del niño no sólo no causó en la Virgen Madre dolor y pena, como sucede a las demás hijas de Adán y Eva en sus partos, pero antes la renovó toda en júbilo y alegría incomparable, causando en su alma y cuerpo virgíneo efectos tan divinos y levantados, que sobrepujan y exceden a todo pensamiento criado. Quedó en el cuerpo tan espiritualizada, tan hermosa y refulgente, que no parecía criatura humana y terrena: el rostro despedía rayos de luz como un sol entre color encarnado bellísimo, el semblante gravísimo con admirable majestad y el afecto inflamado y fervoroso. Estaba puesta de rodillas en el pesebre, los ojos levantados al cielo, las manos juntas y llegadas al pecho, el espíritu elevado en la divinidad y toda ella deificada. Y con esta disposición, en el término de aquel divino rapto, dio al mundo la eminentísima Señora al Unigénito del Padre y suyo (Lc 2,7) y nuestro Salvador Jesús, Dios y hombre verdadero, a la hora de media noche, día de domingo, y el año de la Creación del

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mundo, que la Iglesia Romana enseña, de cinco mil ciento noventa y nueve; que esta cuenta se me ha declarado es la cierta y verdadera. 476. Otras circunstancias y condiciones de este divinísimo parto, aunque todos los fieles las suponen por milagrosas, pero como no tuvieron otros testigos más que a la misma Reina del cielo y sus cortesanos, no se pueden saber todas en particular, salvo las que el mismo Señor ha manifestado a su Santa Iglesia en común, o a particulares almas por diversos modos. Y porque en esto creo hay alguna variedad, y la materia es altísima y en todo venerable, habiendo yo declarado a mis prelados que me gobiernan lo que conocí de estos misterios para escribirlos, me ordenó la obediencia que de nuevo los consultase con la divina luz y preguntase a la Emperatriz del cielo mi madre y maestra, y a los santos ángeles que me asisten y sueltan las dificultades que se me ofrecen, algunas particularidades que convenían a la mayor declaración del parto sacratísimo de María, Madre de Jesús, Redentor nuestro. Y habiendo cumplido con este mandato, volví a entender lo mismo, y me fue declarado que sucedió en la forma siguiente: 477. En el término de la visión beatífica y rapto de la Madre siempre Virgen, que dejo declarado (Cf. supra n.473), nació de ella el sol de justicia, Hijo del eterno Padre y suyo, limpio, hermosísimo, refulgente y puro, dejándola en su virginal entereza y pureza más divinizada y consagrada; porque no dividió, sino que penetró el virginal claustro, como los rayos del sol, que sin herir la vidriera cristalina, la penetra y deja más hermosa y refulgente. Y antes de explicar el modo milagroso como esto se ejecutó, digo que nació el niño Dios solo y puro, sin aquella túnica que llaman secundina en la que nacen comúnmente enredados los otros niños y están envueltos en ella en los vientres de sus madres. Y no me detengo en declarar la causa de donde pudo nacer y originarse el error que se ha introducido de lo contrario. Basta saber y suponer que en la generación del Verbo humanado y en su nacimiento, el brazo poderoso del Altísimo tomó y eligió de la naturaleza todo aquello que pertenecía a la verdad y sustancia de la generación humana, para que el Verbo hecho hombre verdadero, verdaderamente se llamase concebido, engendrado y nacido como hijo de la sustancia de su Madre siempre Virgen. Pero en las demás condiciones que no son de esencia, sino accidentales a la generación y natividad, no sólo se han de apartar de Cristo Señor nuestro y de su Madre Santísima las que tienen relación y dependencia de la culpa original o actual, pero otras muchas que no derogan a la sustancia de la generación o nacimiento y en los mismos términos de la naturaleza contienen alguna impuridad o superfluidad no necesaria para que la Reina del cielo se llame Madre verdadera y Cristo Señor nuestro hijo suyo y que nació de ella. Porque ni estos efectos del pecado o naturaleza eran necesarios para la verdad de la humanidad santísima, ni tampoco para el oficio de Redentor o Maestro; y lo que no fue necesario para estos tres fines, y por otra parte redundaba en mayor excelencia de Cristo y de su Madre santísimos, ¿no se ha de negar a entrambos? Ni los milagros que para ello fueron necesarios se han de recatear con el Autor de la naturaleza y gracia y con la que fue su digna Madre, prevenida, adornada y siempre favorecida y hermoseada; que la divina diestra en todos tiempos la estuvo enriqueciendo de gracias y dones y se extendió con su poder a todo lo que en pura criatura fue posible. 478. Conforme a esta verdad, no derogaba a la razón de madre verdadera que fuese virgen en concebir y parir por obra del Espíritu Santo, quedando siempre virgen. Y aunque sin culpa suya pudiera perder este privilegio la naturaleza, pero le faltara a la divina Madre tan rara y singular excelencia; y porque no estuviese y careciese de ella, se la concedió el poder de su Hijo Santísimo. También pudiera nacer el niño Dios con aquella túnica o piel que los demás, pero esto no era necesario para nacer como hijo de su legítima Madre, y por esto no la sacó consigo del vientre virginal y materno, como tampoco pagó a la naturaleza este parto otras pensiones y tributos de menos pureza que contribuyen los demás por el orden común de nacer. El Verbo humanado no era justo que pasase por las leyes comunes de los hijos de Adán, antes era como consiguiente al milagroso modo de nacer, que fuese privilegiado y libre de todo lo que pudiera ser materia de corrupción o menos limpieza; y aquella túnica secundina no se había de corromper fuera del virginal vientre, por haber estado tan contigua o continua con su cuerpo santísimo y ser parte de la sangre y sustancia materna; ni tampoco era conveniente guardarla y conservarla, ni que la tocasen a ella las condiciones y privilegios que se le comunican al divino cuerpo, para salir penetrando el de su Madre Santísima, como diré luego. Y el milagro con que se había de disponer de esta piel sagrada, si saliera del vientre, se pudo obrar mejor quedándose en él, sin salir fuera. 479. Nació, pues, el niño Dios del tálamo virginal solo y sin otra cosa material o corporal que le acompañase, pero salió glorioso y transfigurado; porque la divinidad y sabiduría infinita dispuso y ordenó que la gloria del alma santísima redundase y se comunicase al cuerpo del niño Dios al tiempo del nacer, participando los dotes de gloria, como sucedió después en el Tabor (Mt 17,2 (A.)) en presencia de los tres apóstoles. Y no fue necesaria esta maravilla para penetrar el claustro virginal y dejarle ileso en su virginal integridad, porque sin estos dotes pudiera Dios hacer otros

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milagros: que naciera el niño dejando virgen a la Madre, como lo dicen los doctores santos (S. TOMÁS, Summa, III, q.28 a.2 ad 2. que no conocieron otro misterio en esta natividad. Pero la voluntad divina fue que la beatísima Madre viese a su Hijo hombre-Dios la primera vez glorioso en el cuerpo para dos fines: el uno, que con la vista de aquel objeto divino la prudentísima Madre concibiese la reverencia altísima con que había de tratar a su Hijo, Dios y hombre verdadero; y aunque antes había sido informada de esto, con todo eso ordenó el Señor que por este medio como experimental se la infundiese nueva gracia, correspondiente a la experiencia que tomaba de la divina excelencia de su dulcísimo Hijo y de su majestad y grandeza; el segundo fin de esta maravilla fue como premio de la fidelidad y santidad de la divina Madre, para que sus ojos purísimos y castísimos, que a todo lo terreno se habían cerrado por el amor de su Hijo Santísimo, le viesen luego en naciendo con tanta gloria y recibiesen aquel gozo y premio de su lealtad y fineza.

(Nota de la autora.))

480. El sagrado evangelista San Lucas dice (Lc 2,7) que la Madre Virgen, habiendo parido a su Hijo primogénito, le envolvió en paños y le reclinó en un pesebre. Y no declara quién le llevó a sus manos desde su virginal vientre, porque esto no pertenecía a su intento. Pero fueron ministros de esta acción los dos príncipes soberanos San Miguel y San Gabriel, que como asistían en forma humana corpórea al misterio, al punto que el Verbo humanado, penetrándose con su virtud por el tálamo virginal, salió a luz, en debida distancia le recibieron en sus manos con incomparable reverencia, y al modo que el sacerdote propone al pueblo la sagrada hostia para que la adore, así estos dos celestiales ministros presentaron a los ojos de la divina Madre a su Hijo glorioso y refulgente. Todo esto sucedió en breve espacio. Y al punto que los santos Ángeles presentaron al niño Dios a su Madre, recíprocamente se miraron Hijo y Madre santísimos, hiriendo ella el corazón del dulce niño y quedando juntamente llevada y transformada en él. Y desde las manos de los dos santos príncipes habló el Príncipe celestial a su feliz Madre, y la dijo: “Madre, asimílate a mí, que por el ser humano que me has dado quiero desde hoy darte otro nuevo ser de gracia más levantado, que siendo de pura criatura se asimile al mío, que soy Dios y hombre por imitación perfecta.” Respondió la prudentísima Madre: “Trae me post te, in odorem unguentorum tuorum curremos” (Cant 1,3 (A.)). “ Llévame, Señor, tras de ti y correremos en el olor de tus ungüentos.” Aquí se cumplieron muchos de los ocultos misterios de los Cantares; y entre el niño Dios y su Madre Virgen pasaron otros de los divinos coloquios que allí se refieren, como: “Mi amado para mí y yo para él (Cant 2,16), y se convierte para mí (Cant 7,10). Atiende qué hermosa eres, amiga mía, y tus ojos son de paloma. Atiende qué hermoso eres, dilecto mío” (Cant 1,14-15); y otros muchos sacramentos que para referirlos sería necesario dilatar más de lo que es necesario este capítulo. 481. Con las palabras que oyó María Santísima de la boca de su Hijo dilectísimo juntamente la fueron patentes los actos interiores de su alma santísima unida a la divinidad, para que imitándolos se asimilase a él. Y este beneficio fue el mayor que recibió la fidelísima y dichosa Madre de su Hijo, hombre y Dios verdadero no sólo porque desde aquella hora fue continuo por toda su vida, pero porque fue el ejemplar vivo de donde ella copió la suya, con toda la similitud posible entre la que era pura criatura y Cristo hombre y Dios verdadero. Al mismo tiempo conoció y sintió la divina Señora la presencia de la Santísima Trinidad, y oyó la voz del Padre eterno que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien recibo grande agrado y complacencia” (Mt 17,5). Y la prudentísima Madre, divinizada toda entre tan encumbrados sacramentos, respondió y dijo: “Eterno Padre y Dios altísimo, Señor y Criador del universo, dadme de nuevo vuestra licencia y bendición para que con ella reciba en mis brazos al deseado de las gentes (Ag 2,8), y enseñadme a cumplir en el ministerio de madre indigna y de esclava fiel vuestra divina voluntad.” Oyó luego una voz que le decía: “Recibe a tu unigénito Hijo, imítale, críale y advierte que me lo has de sacrificar cuando yo te le pida. Aliméntale como madre y reverénciale como a tu verdadero Dios.” Respondió la divina Madre: “Aquí está la hechura de vuestras divinas manos, adornadme de vuestra gracia para que vuestro Hijo y mi Dios me admita por su esclava; y dándome la suficiencia de vuestro gran poder, yo acierte en su servicio, y no sea atrevimiento que la humilde criatura tenga en sus manos y alimente con su leche a su mismo Señor y Criador.” 482. Acabados estos coloquios tan llenos de divinos misterios, el niño Dios suspendió el milagro o volvió a continuar el que suspendía los dotes y gloria de su cuerpo santísimo, quedando represada sólo en el alma, y se mostró sin ellos en su ser natural y pasible. Y en este estado le vio también su Madre purísima, y con profunda humildad y reverencia, adorándole en la postura que ella estaba de rodillas, le recibió de manos de los santos ángeles que le tenían. Y cuando le vio en las suyas, le habló y le dijo: “Dulcísimo amor mío, lumbre de mis ojos y ser de mi alma, venid en hora buena al mundo, sol de justicia (Mal 4,2), para desterrar las tinieblas del pecado y de la muerte. Dios verdadero de Dios verdadero, redimid a vuestros siervos, y vea toda carne a quien le trae la salud (Is 52,10). Recibid para vuestro obsequio a vuestra esclava y suplid mi insuficiencia para serviros. Hacedme, Hijo mío, tal como queréis que sea con vos.” Luego

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se convirtió la prudentísima Madre a ofrecer su Unigénito al eterno Padre, y dijo: “Altísimo Criador de todo el universo, aquí está el altar y el sacrificio aceptable a vuestros ojos. Desde esta hora, Señor mío, mirad al linaje humano con misericordia, y cuando merezcamos vuestra indignación, tiempo es de que se aplaque con vuestro Hijo y mío. Descanse ya la justicia, y magnifíquese vuestra misericordia, pues para esto se ha vestido el Verbo divino la similitud de la carne del pecado (Rom 8,3) y se ha hecho hermano de los mortales y pecadores. Por este título los reconozco por hijos y pido con lo íntimo de mi corazón por ellos. Usted, Señor poderoso, me habéis hecho Madre de vuestro Unigénito sin merecerlo, porque esta dignidad es sobre todos merecimientos de criaturas, pero debo a los hombres en parte la ocasión que han dado a mi incomparable dicha, pues por ellos soy Madre del Verbo humanado pasible y Redentor de todos. No les negaré mi amor, mi cuidado y desvelo para su remedio. Recibid, eterno Dios, mis deseos y peticiones para lo que es de vuestro mismo agrado y voluntad.” 483. Se convirtió también la Madre de misericordia a todos los mortales, y hablando con ellos dijo: “Consuélense los afligidos, alégrense los desconsolados, levántense los caídos, pacifíquense los turbados, resuciten los muertos, letifíquense los justos, alégrense los santos, reciban nuevo júbilo los espíritus celestiales, alíviense los profetas y patriarcas del limbo y todas las generaciones alaben y magnifiquen al Señor que renovó sus maravillas. Venid, venid, pobres; llegad, párvulos, sin temor, que en mis manos tengo hecho cordero manso al que se llama león; al poderoso, flaco; al invencible, rendido. Venid por la vida, llegad por la salvación, acercaos por el descanso eterno, que para todos le tengo y se os dará de balde y le comunicaré sin envidia. No queráis ser tardos y pesados de corazón, oh hijos de los hombres. Y usted, dulce bien de mi alma, dadme licencia para que reciba de vos aquel deseado ósculo de todas las criaturas.” Con esto la felicísima Madre aplicó sus divinos y castísimos labios a las caricias tiernas y amorosas del niño Dios, que las esperaba como Hijo suyo verdadero. 484. Y sin dejarle de sus brazos, sirvió de altar y de sagrario donde los diez mil ángeles en forma humana adoraron a su Criador hecho hombre. Y como la Beatísima Trinidad asistía con especial modo al nacimiento del Verbo encarnado, quedó el cielo como desierto de sus moradores, porque toda aquella corte invisible se trasladó a la feliz cueva de Belén y adoró también a su Criador en hábito nuevo y peregrino. Y en su alabanza entonaron los santos ángeles aquel nuevo cántico: “Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus borue voluntatis” - “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14). Y con dulcísima y sonora armonía le repitieron, admirados de las nuevas maravillas que veían puestas en ejecución y de la indecible prudencia, gracia, humildad y hermosura de una doncella tierna de quince años, depositaria y ministra digna de tales y tantos sacramentos. 485. Ya era hora que la prudentísima y advertida Señora llamase a su fidelísimo esposo San José, que, como arriba dije (Cf. supra n.472), estaba en divino éxtasis, donde conoció por revelación todos los misterios del sagrado parto que en aquella noche se celebraron. Pero convenía también que con los sentidos corporales viese y tratase, adorase y reverenciase al Verbo humanado, antes que otro alguno de los mortales, pues él solo era entre todos escogido para despensero fiel de tan alto sacramento. Volvió del éxtasis mediante la voluntad de su divina Esposa, y restituido en sus sentidos, lo primero que vio fue el niño Dios en los brazos de su virgen Madre, arrimado a su sagrado rostro y pecho. Allí le adoró con profundísima humildad y lágrimas. Le besó los pies con nuevo júbilo y admiración, que le arrebatara y disolviera la vida, si no le conservara la virtud divina, y los sentidos perdiera, si no fuera necesario usar de ellos en aquella ocasión. Luego que el Santo José adoró al niño, la prudentísima Madre pidió licencia a su mismo Hijo para asentarse, que hasta entonces había estado de rodillas, y administrándole San José los fajos y pañales que traían, le envolvió en ellos con incomparable reverencia, devoción y aliño, y así empañado y fajado, con sabiduría divina le reclinó la misma Madre en el pesebre, como el evangelista San Lucas dice (Lc 2,7), aplicando algunas pajas y heno a una piedra, para acomodarle en el primer lecho que tuvo Dios hombre en la tierra fuera de los brazos de su Madre. Vino luego, por voluntad divina, de aquellos campos un buey con suma presteza, y entrando en la cueva se juntó al jumentillo que la misma Reina había llevado; y ella les mandó adorasen con la reverencia que podían y reconociesen a su Criador. Obedecieron los humildes animales al mandato de su Señora y se postraron ante el niño y con su aliento le calentaron y sirvieron con el obsequio que le negaron los hombres. Así estuvo Dios hecho hombre envuelto en paños, reclinado en el pesebre entre dos animales, y se cumplió milagrosamente la profecía: que conoció el buey a su dueño y el jumento al pesebre de su señor, y no lo conoció Israel, ni su pueblo tuvo inteligencia (Is 1,3). Doctrina de la Reina María Santísima. 486. “Hija mía, si los mortales tuvieran desocupado el corazón y sano juicio para considerar dignamente este gran

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sacramento de piedad que el Altísimo obró por ellos, poderosa fuera su memoria para reducirlos al camino de la vida y rendirlos al amor de su Criador y Reparador. Porque siendo los hombres capaces de razón, si de ella usaran con la dignidad y libertad que deben, ¿quién fuera tan insensible y duro que no se enterneciera y moviera a la vista de su Dios humanado y humillado a nacer pobre, despreciado, desconocido, en un pesebre entre animales brutos, sólo con el abrigo de una madre pobre y desechada de la estulticia y arrogancia del mundo? En presencia de tan alta sabiduría y misterio, ¿quién se atreverá a amar la vanidad y soberbia, que aborrece y condena el Criador de cielo y tierra con su ejemplo? Ni tampoco podrá aborrecer la humildad, pobreza y desnudez, que el mismo Señor amó y eligió para sí, enseñando el medio verdadero de la vida eterna. Pocos son los que se detienen a considerar esta verdad y ejemplo, y con tan fea ingratitud son pocos los que consiguen el fruto de tan grandes sacramentos. 487. ‘Pero si la dignación de mi Hijo Santísimo se ha mostrado tan liberal contigo en la ciencia y luz tan clara que te ha dado de estos admirables beneficios del linaje humano, considera bien, carísima, tu obligación y pondera cuánto y cómo debes obrar con la luz que recibes. Y para que correspondas a esta deuda, te advierto y exhorto de nuevo que olvides todo lo terreno y lo pierdas de vista y no quieras ni admitas otra cosa del mundo más de lo que te puede alejar y ocultar de él y de sus moradores, para que desnudo el corazón de todo afecto terreno, te dispongas para celebrar en él los misterios de la pobreza, humildad y amor de tu Dios humanado. Aprende de mi ejemplo la reverencia, temor y respeto con que le has de tratar, como yo lo hacía cuando le tenía en mis brazos; y ejecutarás esta doctrina cuando tú le recibas en tu pecho en el venerable sacramento de la Eucaristía, donde está el mismo Dios y hombre verdadero que nació de mis entrañas. Y en este sacramento le recibes y tienes realmente tan cerca, que está dentro de ti misma con la verdad que yo le trataba y tenía, aunque por otro modo. 488. “En esta reverencia y temor santo quiero que seas extremada, y que también adviertas y entiendas, que con la obra de entrar Dios sacramentado en tu pecho te dice lo mismo que a mí me dijo en aquellas razones: Que me asimilase a él, como lo has entendido y escrito. El bajar del cielo a la tierra, nacer en pobreza y humildad, vivir y morir en ella con tan raro ejemplo y enseñanza del desprecio del mundo y de sus engaños, y la ciencia que de estas obras te ha dado, señalándose contigo en alta y encumbrada inteligencia y penetración, todo esto ha de ser para ti una voz viva que debes oír con íntima atención de tu alma y escribirla en tu corazón, para que con discreción hagas propios los beneficios comunes y entiendas que de ti quiere mi Hijo Santísimo y mi Señor los agradezcas y recibas, como si por ti (Gal 2,20) sola hubiera bajado del cielo a redimirte y obrar todas las maravillas y doctrina que dejó en su Iglesia Santa.” CAPITULO 11 Regresar al Principio Cómo los santos ángeles evangelizaron en diversas partes el nacimiento de nuestro Salvador, y los pastores vinieron a adorarle. 489. Habiendo celebrado los cortesanos del cielo en el portal de Belén el nacimiento de su Dios humanado y nuestro Reparador, fueron luego despachados algunos de ellos por el mismo Señor a diversas partes, para que evangelizasen las dichosas nuevas a los que según la divina voluntad estaban dispuestos para oírlas. El santo príncipe Miguel fue a los santos padres del limbo y les anunció cómo el Unigénito del Padre eterno hecho hombre había ya nacido y quedaba en el mundo y en un pesebre entre animales, humilde y manso cual ellos le habían profetizado. Y especialmente habló a los santos Joaquín y Ana de parte de la dichosa Madre, porque ella misma se lo ordenó, y les dio la enhorabuena de que ya tenía en sus brazos al deseado de las gentes y prenunciado de todos los profetas y patriarcas. Fue el día de mayor consuelo y alegría que en su largo destierro había tenido toda aquella gran congregación de justos y santos. Y reconociendo todos al nuevo Hombre y Dios verdadero por autor de la salvación eterna, hicieron nuevos cánticos en su alabanza y le adoraron y dieron culto. San Joaquín y Ana, por medio del paraninfo del cielo San Miguel, pidieron a María su hija santísima que en su nombre reverenciase al niño Dios, fruto bendito de su virginal vientre, y así lo hizo luego la gran Reina del mundo, oyendo con extremado júbilo todo lo que el santo Príncipe le refirió de los padres del limbo. 490. Otro ángel de los que guardaban y asistían a la divina Madre fue enviado a Santa Isabel y su hijo Juan, y habiéndoles anunciado la nueva natividad del Redentor, la prudente matrona con su hijo, aunque era tan niño y tierno, se postraron en tierra y adoraron a su Dios humanado en espíritu y verdad (Jn 4,23). Y el niño que estaba consagrado para

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su precursor fue renovado interiormente con nuevo espíritu más inflamado que el de Elías, causando estos misterios en los mismos ángeles nueva admiración y alabanza. Pidieron también San Juan y su madre a nuestra Reina, por medio de los ángeles, que en nombre de los dos adorase a su Hijo Santísimo y los ofreciese de nuevo a su servicio; y todo lo cumplió luego la Reina celestial. 491. Con este aviso despachó luego Santa Isabel un propio a Belén y con él envió un regalo a la feliz Madre del niño Dios, que fue algún dinero, lienzo y otras cosas para abrigo del recién nacido y de su pobre Madre y esposo. Fue el propio con solo orden que visitase a su prima y a José y que atendiese a la comodidad y necesidad que tuviesen, y de esto y su salud trajese nuevas ciertas. No tuvo este hombre más noticia del sacramento que sólo lo exterior que vio y reconoció, pero admirado y tocado de una fuerza divina volvió renovado interiormente y con júbilo admirable contó a Santa Isabel la pobreza y agrado de su deuda y del niño y José, y los efectos que de verlo todo había sentido; y en el corazón dispuesto de la piadosa matrona fueron admirables los que obró tan sincera relación. Y si no interviniera la voluntad divina para el secreto y recato de tan alto sacramento, no se pudiera contener para dejar de visitar a la Madre Virgen y al niño Dios recién nacido. De las cosas que les envió tomó alguna parte la Reina, para suplir en algo la pobreza en que se hallaba, y lo demás distribuyó con los pobres; que de éstos no quiso le faltase compañía los días que estuvo en el portal o cueva del nacimiento. 492. Fueron también otros ángeles a dar las mismas nuevas a Zacarías, a Simeón y Ana la profetisa, y a otros algunos justos y santos, de quienes se pudo fiar el nuevo misterio de nuestra redención; porque hallándolos el Señor dignamente prevenidos para recibirle con alabanza y fruto, parecía como deuda a su virtud no ocultarle el beneficio que se concedía al linaje humano. Y aunque no todos los justos de la tierra conocieron entonces este sacramento, pero en todos hubo algunos efectos divinos en la hora que nació el Salvador del mundo, porque todos los que estaban en gracia sintieron interior júbilo, nuevo y sobrenatural, ignorando la causa en particular. Y no sólo hubo mutaciones en los ángeles y en los justos, sino en otras criaturas insensibles, porque todas las influencias de los planetas se renovaron y mejoraron. El sol apresuró mucho su curso, las estrellas dieron mayor resplandor, y para los Reyes magos se formó aquella noche la milagrosa estrella (Mt 2,2) que los encaminó a Belén; muchos árboles dieron flor y otros frutos, algunos templos de ídolos se arruinaron y otros ídolos cayeron y salieron de ellos demonios. Y de todos estos milagros, y otros que fueron manifiestos al mundo aquel día, daban diferentes causas los hombres desatinando en la verdad. Sólo entre los justos hubo muchos que con impulso divino sospecharon o creyeron que Dios había venido al mundo, aunque con certeza nadie lo supo, fuera de aquellos a quienes Él mismo lo reveló. Entre ellos fueron los tres Reyes magos, a quienes enviaron otros ángeles de los custodios de la Reina, que a cada uno singularmente, donde estaban en las partes del oriente, les revelaran intelectualmente por habla interior cómo el Redentor del linaje humano había nacido en pobreza y humildad. Y con esta revelación se les infundieron nuevos deseos de buscarle y adorarle, y luego vieron la señalada estrella que los encaminó a Belén, como diré adelante (Cf. infra p.II n.552ss). 493. Entre todos fueron muy dichosos los pastores (Lc 2,8) de aquella región, que desvelados guardaban sus rebaños a la misma hora del nacimiento. Y no sólo porque velaban con aquel honesto cuidado y trabajo que padecían por Dios, mas también porque eran pobres, humildes y despreciados del mundo, justos y sencillos de corazón, eran de los que en el pueblo de Israel esperaban con fervor y deseaban la venida del Mesías, y de ella hablaban y conferían repetidas veces. Tenían mayor semejanza con el autor de la vida, tanto cuanto eran más disímiles del fausto, vanidad y ostentación mundana y lejos de su diabólica astucia. Representaban con estas nobles condiciones el oficio que venía a ejercer el Pastor bueno, a reconocer sus ovejas y ser de ellas reconocido (Jn 10,14). Por estar en tan conveniente disposición, merecieron ser citados y convidados como primicias de los santos por el mismo Señor, para que entre los mortales fuesen ellos los primeros a quien se manifestase y comunicase el Verbo eterno humanado, y de quien se diese por alabado, servido y adorado. Para esto fue enviado el mismo arcángel San Gabriel y, hallándolos en su vigilia, se les apareció en forma humana visible con gran resplandor de candidísima luz. 494. Se hallaron los pastores repentinamente rodeados y bañados de celestial resplandor, y con la vista del ángel, como poco ejercitados en tales revelaciones, temieron con gran pavor. Y el santo príncipe los animó, y les dijo: “Hombres sinceros, no queráis temer, que os evangelizo un grande gozo, y es que para vosotros ha nacido hoy el Salvador Cristo Señor nuestro en la ciudad de David. Y os doy por señal de esta verdad, que hallaréis al infante envuelto en paños y puesto en un pesebre.” A estas palabras del santo arcángel sobrevino de improviso gran multitud de celestial milicia, que con dulces voces y armonía alabaron al Muy Alto, y dijeron: “Gloria en las alturas a Dios y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,9ss). Y repitiendo este divino cántico tan nuevo en el mundo, desaparecieron los santos

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ángeles; sucediendo todo esto en la cuarta vigilia de la noche. Con esta visión angélica quedaron los humildes y dichosos pastores llenos de luz divina, encendidos y fervorosos, con deseo uniforme de lograr su felicidad y llegar a reconocer con sus ojos el misterio altísimo que ya habían percibido por el oído. 495. Las señas que les dio el santo ángel no parecían muy a propósito ni proporcionadas con los ojos de la carne para la grandeza del recién nacido; porque estar en un pesebre envuelto en humildes y pobres paños, no fueran indicios eficaces para conocer la majestad de rey, si no la penetraran con divina luz, de que fueron ilustrados y enseñados. Y porque estaban desnudos de la arrogancia y sabiduría mundana, fueron brevemente instruidos en la divina. Y confiriendo entre sí mismos lo que cada uno sentía de la nueva embajada, se determinaron de ir a toda prisa a Belén y ver la maravilla que habían oído de parte del Señor. Partieron luego sin dilación, y entrando en la cueva o portal hallaron, como dice el evangelista San Lucas (Ib. (A.)), a María, a José y al infante reclinado en el pesebre. Y viendo todo esto conocieron la verdad de lo que habían oído del niño. A esta experiencia y visión se siguió una ilustración interior que recibieron con la vista del Verbo humanado; porque cuando los pastores pusieron en él los ojos, el mismo niño divino también los miró, despidiendo de su rostro grande resplandor, con cuyos rayos y refulgencia hirió el corazón sencillo de cada uno de aquellos pobres y felices hombres, y con eficacia divina los trocó y renovó en nuevo ser de gracia y santidad, dejándolos elevados y llenos de ciencia divina de los misterios altísimos de la Encarnación y Redención del linaje humano. 496. Se postraron todos en tierra y adoraron al Verbo humanado, y no ya como hombres rústicos e ignorantes, sino como sabios y prudentes le alabaron, confesaron y engrandecieron por verdadero Dios y hombre, Reparador y Redentor del linaje humano. La divina Señora y Madre del infante Dios estaba atenta a todo lo que decían, hacían y obraban los pastores, exterior e interior, porque penetraba lo íntimo de sus corazones. Y con altísima sabiduría y prudencia confería y guardaba todas estas cosas en su pecho (Ib. 19), careándolas con los misterios que en él tenía y con las Santas Escrituras y profecías. Y como ella era entonces el órgano del Espíritu Santo y la lengua del infante, habló a los pastores y los instruyó, amonestó y exhortó a la perseverancia en el amor divino y servicio del Altísimo. Ellos también la preguntaron a su modo y respondieron muchas cosas de los misterios que habían conocido; y estuvieron en el portal desde el punto de amanecer hasta después del mediodía, que habiéndoles dado de comer nuestra gran Reina, los despidió llenos de gracias y consolación celestial. 497. En los días que estuvieron en el portal María Santísima, el niño y José, volvieron algunas veces a visitarlos estos santos pastores y les trajeron algunos regalos de lo que su pobreza alcanzaba. Y lo que el evangelista San Lucas dice (Ib. 18 (A.)), que se admiraban los que oyeron hablar a los pastores de lo que habían visto, no sucedió hasta después que la Reina con el niño y José se fue y se alejó de Belén; porque lo dispuso así la divina sabiduría y que no lo pudiesen publicar antes los pastores. Y no todos los que los oyeron les dieron crédito, juzgándolos algunos por gente rústica e ignorante, pero ellos fueron santos y llenos de ciencia divina hasta la muerte. Entre los que les dieron crédito fue Herodes, aunque no por fe ni piedad santa, sino por el temor mundano y pésimo de perder el reino. Y entre los niños que quitó la vida, fueron algunos hijos de estos santos hombres, que también merecieron esta grande dicha, y sus padres los ofrecieron con alegría al martirio, que ellos deseaban, y a padecer por el Señor que conocían. Doctrina de la Reina del cielo María Santísima. 498. “Hija mía, tan reprensible es como ordinario y común entre los mortales el olvido y poca advertencia en las obras de su Reparador, siendo así que todas fueron misteriosas, llenas de amor, de misericordia y enseñanza para ellos. Tú fuiste llamada y escogida para que con la ciencia y luz que recibes no incurras en esta peligrosa torpeza y grosería; y así quiero que en los misterios que has escrito ahora atiendas y ponderes el ardentísimo amor de mi Hijo Santísimo en comunicarse a los hombres luego que nació en el mundo, para que sin dilación participasen el fruto y alegría de su venida. No conocen esta obligación los hombres, porque son pocos los que penetran las que tienen a tan singulares beneficios, como también fue poco el número de los que en naciendo vieron al Verbo humanado y le agradecieron su venida. Pero ignoran la causa de su desdicha y ceguera, que ni fue ni es de parte del Señor ni de su amor, sino de los pecados y mala disposición de los mismos hombres; porque si no lo impidiera o desmereciera su mal estado, a todos o a muchos se les hubiera dado la misma luz que se les dio a los justos, a los pastores y a los Reyes. Y de haber sido tan pocos, entenderás cuán infeliz estado tenía el mundo cuando el Verbo humanado nació en él; y el desdichado que ahora tiene, cuando están con más evidencia y tan pocas memorias para el retorno debido.

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499. “Pondera ahora la indisposición de los mortales en el siglo presente, donde estando la luz del Evangelio tan declarada y confirmada con las obras y maravillas que Dios ha obrado en su Iglesia, con todo eso son tan pocos los perfectos y que se quieran disponer para la mayor participación de los efectos y fruto de la Redención. Y aunque por ser tan dilatado el número de los necios (Ecl 1,15) y tan desmesurados los vicios, piensan algunos que son muchos los perfectos, porque no los ven tan atrevidos contra Dios. No son tantos como se piensa, y muchos menos de los que debían ser, cuando está Dios tan ofendido de los infieles y tan deseoso de comunicar los tesoros de su gracia a la Iglesia Santa por los merecimientos de su Unigénito hecho hombre. Advierte, pues, carísima, a qué te obliga la noticia tan clara que recibes de estas verdades. Vive atenta, cuidadosa y desvelada para corresponder a quien te obliga tanto, sin que pierdas tiempo, ni lugar, ni ocasión en obrar lo más santo y perfecto que conoces; pues no cumplirás con menos. Mira que te amonesto, compelo y mando que no recibas en vano (2 Cor 6,1) favor tan singular, no tengas ociosa la gracia y la luz, sino obra con plenitud de perfección y agradecimiento.” CAPITULO 12 Regresar al Principio Lo que se le ocultó al demonio del misterio del nacimiento del Verbo humanado y otras cosas hasta la Circuncisión. 500. Para todos los mortales fue dichosa y felicísima la venida del Verbo eterno humanado al mundo, cuanto era de parte del mismo Señor, porque vino para dar vida y luz a todos los que estábamos en las tinieblas y sombras de la muerte (Lc 1,79 (A.)). Y si los réprobos e incrédulos tropezaron y ofenden en esta piedra angular (Rom 9,33), buscando su ruina donde podían y debían hallar la Resurrección a la eterna vida, esto no fue culpa de la piedra, mas antes de quien la hizo piedra de escándalo, ofendiendo en ella. Sólo para el infierno fue terrible la Natividad del niño Dios, que era el fuerte y el invencible que venía a despojar de su tirano imperio a aquel fuerte armado (Lc 11,21 (A.)) de la mentira, que guardaba su castillo con pacífica pero injusta posesión de largo tiempo. Para derribar a este príncipe del mundo y de las tinieblas fue justo que se le ocultase el sacramento de esta venida del Verbo, pues no sólo era indigno por su malicia para conocer los misterios de la sabiduría infinita, pero convenía que la divina providencia diese lugar para que la propia malicia de este enemigo le cegase y oscureciese; pues con ella había introducido en el mundo el engaño y ceguera de la culpa, derribando a todo el linaje de Adán en su caída. 501. Por esta disposición divina se le ocultaron a Lucifer y sus ministros muchas cosas que naturalmente pudieran conocer en la natividad del Verbo y en el discurso de su vida santísima, como en esta Historia es forzoso repetir algunas veces (Cf. supra n.326; infra n.928, 937, 995, etc.). Porque si conociera con certeza que Cristo era Dios verdadero, es evidente que no le procurara la muerte, antes se la impidiera (1 Cor 2,8 (A.)), de que diré más en su lugar (Cf. infra n.1205,1251,1324). En el misterio de la natividad sólo conoció que María Santísima había parido un hijo en pobreza y en el portal desamparado y que no halló posada ni abrigo, y después la circuncisión del niño y otras cosas que supuesta su soberbia más podían deslumbrarle la verdad que declarársela. Pero no conoció el modo del nacimiento, ni que la feliz Madre quedó Virgen, ni que lo estaba antes, ni conoció las embajadas de los ángeles a los justos, ni a los pastores, ni sus pláticas, ni la adoración que dieron al niño Dios, ni después vio la estrella, ni supo la causa de la venida de los Reyes, y aunque los vieron hacer la jornada juzgaron era por otros fines temporales. Tampoco penetraron la causa de la mudanza que hubo en los elementos, astros y planetas, aunque vieron sus mutaciones y efectos, pero se les ocultó el fin y la plática que los Magos tuvieron con Herodes, y su entrada en el portal y la adoración y dones que ofrecieron. Y aunque conocieron el furor de Herodes, a que ayudaron contra los niños, pero no entendieron su depravado intento por entonces, y así fomentaron su crueldad. Y aunque Lucifer conjeturó si buscaba al Mesías, le pareció disparate y hacía irrisión de Herodes, porque en su soberbio juicio era desatino pensar que el Verbo, cuando venía a señorearse del mundo, fuese con modo oculto y humilde, sino con ostentoso poder y majestad, de que estaba tan lejos el niño Dios, nacido de madre pobre y despreciada de los hombres. 502. Con este engaño Lucifer, habiendo reconocido algunas novedades de las que sucedieron en la natividad, juntó a sus ministros en el infierno, y les dijo: “No hallo causa para temer por las cosas que en el mundo hemos reconocido, porque la mujer a quien tanto hemos perseguido, aunque ha parido un hijo, pero esto ha sido en suma pobreza, y tan desconocido que no halló una posada donde recogerse; y todo esto bien conocemos cuán lejos está del poder que Dios tiene y de su grandeza. Y si ha de venir contra nosotros, como no se nos ha mostrado y entendido no son fuerzas las

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que tiene para resistir a nuestra potencia, no hay que temer que éste sea el Mesías, y más viendo que tratan de circuncidarlo como a los demás hombres; que esto no viene a propósito con haber de ser salvador del mundo, pues él necesita del remedio de la culpa. Todas estas señales son contra los intentos de venir Dios al mundo, y me parece podemos estar seguros por ahora de que no ha venido.” Aprobaron los ministros de maldad este juicio de su dañada cabeza y quedaron satisfechos de no haber nacido el Mesías, porque todos eran cómplices en la malicia que los oscurecía y persuadía. (Sab 2,21). No cabía en la vanidad y soberbia implacable de Lucifer que se humillase la Majestad y Grandeza; y como él apetecía el aplauso y ostentación, reverencia y magnificencia, y si pudiera conseguir y alcanzar que todas las criaturas le adoraran las obligara a ello, por esto no cabía en su juicio que, siendo poderoso Dios para hacerlo, consintiese lo contrario y se sujetase a la humildad, que él tanto aborrecía. 503. Oh hijos de la vanidad, ¡qué ejemplares son éstos para nuestro desengaño! Mucho nos debe atraer y compeler la humildad de Cristo nuestro bien y maestro, pero si ésta no nos mueve, deténganos y atemorícenos la soberbia de Lucifer. ¡Oh vicio y pecado formidable sobre toda ponderación humana; pues a un ángel lleno de ciencia de tal manera le oscureciste, que de la bondad infinita del mismo Dios aun no pudo hacer otro juicio más del que hizo de sí mismo y de su propia malicia! Pues ¿qué discurrirá el hombre, que por sí es ignorante, si se le junta la soberbia y la culpa? ¡Oh infeliz y necio Lucifer! ¿Cómo desatinaste en una cosa tan llena de razón y hermosura? ¿Qué hay más amable que la humildad y mansedumbre junta con la majestad y el poder? ¿Por qué ignoras, vil criatura, que el no saberse humillar es flaqueza de juicio y nace de corazón abatido? El que es magnánimo y verdaderamente grande no se paga de la vanidad, ni sabe apetecer lo que es tan vil, ni le puede satisfacer lo falaz y aparente. Manifiesta cosa es que para la verdad eres tenebroso y ciego y guía oscurísima de los ciegos (Mt 15,14), pues no alcanzaste a conocer que la grandeza y bondad del amor divino se manifestaba y engrandecía con humildad y obediencia hasta la muerte de cruz (Flp 2,8). 504. Todos los engaños y demencia de Lucifer y sus ministros miraba la Madre de la sabiduría y Señora nuestra, y con digna ponderación de tan altos misterios confesaba y bendecía al Señor, porque los ocultaba de los soberbios y arrogantes y los revelaba a los humildes y pobres (Mt 11,25), comenzando a vencer la tiranía del demonio. Hacía la piadosa Madre fervientes oraciones y peticiones por todos los mortales, que por sus propias culpas eran indignos de conocer luego la luz que para su remedio había nacido en el mundo, y todo lo presentaba a su Hijo dulcísimo con incomparable amor y compasión de los pecadores. Y en estas obras gastaba la mayor parte del tiempo que se detuvo en el portal del nacimiento. Pero como aquel puesto era desacomodado y tan expuesto a las inclemencias del tiempo, estaba la gran Señora más cuidadosa del abrigo de su tierno y dulce infante, y como prudentísima trajo prevenido un mantillo con que abrigarle, a más de los fajos ordinarios, y cubriéndole con él le tenía continuamente en el sagrado tabernáculo de sus brazos, si no es cuando se le daba a su esposo San José, que para hacerle más dichoso quiso también le ayudase en esto y sirviese a Dios humanado en el ministerio de padre. 505. La primera vez que el santo esposo recibió al niño Dios en los brazos, le dijo María Santísima: “Esposo y amparo mío, recibid en vuestros brazos al Criador del cielo y tierra y gozad su amable compañía y dulzura, para que mi Señor y Dios tenga en vuestro obsequio sus regalos y delicias (Prov 8,31). Tomad el tesoro del eterno Padre y participad del beneficio del linaje humano.” Y hablando interiormente con el niño Dios, le dijo: “Amor dulcísimo de mi alma y lumbre de mis ojos, descansad en los brazos de vuestro siervo y amigo José mi esposo; tened con él vuestros regalos y por ellos disimulad mis groserías. Siento mucho estar sin vos un solo instante, pero a quien es digno quiero sin envidia comunicar el bien (Sab 7,13) que con verdad recibo.” El fidelísimo esposo, reconociendo su nueva dicha, se humilló hasta la tierra y respondió: Señora y Reina del mundo, esposa mía, ¿cómo yo, indigno, me atreveré a tener en mis brazos al mismo Dios, en cuya presencia tiemblan las columnas del cielo (Job 26,11)? ¿Cómo este vil gusanillo tendrá ánimo para admitir tan peregrino favor? Polvo y ceniza soy, pero vos, Señora, suplid mi poquedad y pedid a Su Alteza me mire con clemencia y me disponga con su gracia. 506. Entre el deseo de recibir al niño Dios y el temor reverencial que detenía al santo esposo, hizo actos heroicos de amor, de fe, de humildad y profunda reverencia, y con ella y un temblor prudentísimo, puesto de rodillas, le recibió de las manos de su Madre Santísima, derramando dulcísimas y copiosas lágrimas de júbilo y alegría tan nueva para el dichoso santo, como lo era el beneficio. El niño Dios le miró con semblante caricioso y al mismo tiempo le renovó todo en el interior con tan divinos efectos, que no es posible reducirlos a palabras. Hizo el santo esposo nuevos cánticos de alabanza, hallándose enriquecido con tan magníficos beneficios y favores. Y después que por algún tiempo había gozado su espíritu de los efectos dulcísimos que recibió de tener en sus manos al mismo Señor que en la suya encierra los cielos y la tierra, se le volvió a la feliz y dichosa Madre, estando entrambos María y José arrodillados para

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darle y recibirle. Y con esta reverencia le tomaba siempre y le dejaba de sus brazos la prudentísima Señora, y lo mismo hacía su esposo cuando le tocaba esta dichosa suerte. Y antes de llegar a Su Majestad, hacían tres genuflexiones, besando la tierra con actos heroicos de humildad, culto y reverencia que ejercitaban la gran Reina y el bienaventurado San José, cuando le daban y recibían de uno a otro. 507. Cuando la divina Madre juzgó que ya era tiempo de darle el pecho, con humilde reverencia pidió licencia a su mismo Hijo, porque si bien le debía alimentar como a Hijo y hombre verdadero, le miraba juntamente como a verdadero Dios y Señor y conocía la distancia del ser divino infinito al de pura criatura, como ella era. Y como esta ciencia en la prudentísima Virgen era indefectible, sin mengua ni intervalo, ni una pequeña inadvertencia no tuvo. Siempre atendía a todo y comprendía y obraba con plenitud lo más alto y perfecto, y así cuidaba de alimentar, servir y guardar a su niño Dios, no con conturbada solicitud, sino con incesante atención, reverencia y prudencia, causando nueva admiración a los mismos ángeles, cuya ciencia no llegaba a comprender las heroicas obras de una doncella tierna y niña. Y como siempre la asistían corporalmente desde que estuvo en el portal del nacimiento, la servían y administraban en todas las cosas que eran necesarias para el obsequio del niño Dios y de la misma Madre. Y todos juntos estos misterios son tan dulces y admirables y tan dignos de nuestra atención y memoria, que no podemos negar cuán reprensible es nuestra grosería en olvidarlos y cuán enemigos somos de nosotros mismos privándonos de su memoria y los divinos efectos que con ella sienten los hijos fieles y agradecidos. 508. Con la inteligencia que se me ha dado de la veneración con que María Santísima y el glorioso San José trataban al niño Dios humanado y la reverencia de los coros angélicos, pudiera alargar mucho este discurso; pero aunque no lo hago, quiero confesar me hallo en medio de esta luz muy turbada y reprendida, conociendo la poca veneración con que audazmente he tratado con Dios hasta ahora, y las muchas culpas que en esto he cometido se me han hecho patentes. Para asistir en estas obras a la Reina, todos los ángeles santos que la acompañaban estuvieron en forma humana visible, desde el nacimiento hasta que con el niño fue a Egipto, como adelante diré (Cf. infra n.619ss). Y el cuidado de la humilde y amorosa Madre con su niño Dios era tan incesante, que sólo para tomar algún sustento le dejaba de sus brazos en los de San José algunas veces y otras en los de los santos príncipes Miguel y Gabriel; porque estos dos arcángeles le pidieron que mientras comían o trabajaba San José, se le diese a ellos. Y así lo dejaba en manos de los ángeles, cumpliéndose admirablemente lo que dijo David (Sal 90,12 (A.)): “En sus manos te llevarán, etc.” No dormía la diligentísima Madre por guardar a su Hijo Santísimo, hasta que Su Majestad le dijo que durmiese y descansase. Y para esto, en premio de su cuidado, le dio un linaje de sueño más nuevo y milagroso del que hasta entonces había tenido, cuando juntamente dormía y su corazón velaba, continuando o no interrumpiendo las inteligencias y contemplación divina. Pero desde este día añadió el Señor otro milagro a éste, y fue que dormía la gran Señora lo que era necesario y tenía fuerza en los brazos para sustentar y tener al niño como si velara, y le miraba con el entendimiento, como si le viera con los ojos del cuerpo, conociendo intelectualmente todo lo que hacía ella y el niño exteriormente. Y con esta maravilla se ejecutó lo que dijo en los Cantares (Cant 5,2 (A.)): “Yo duermo y mi corazón vela.” 509. Los cánticos de alabanza y gloria del Señor que hacía nuestra Reina celestial al niño, alternando con los santos ángeles y también con su esposo José, no puedo explicarlos con mis cortas razones y limitados términos; y de solo esto había mucho que escribir porque eran muy continuos, pero su noticia está reservada para especial gozo de los escogidos. Entre los mortales fue dichosísimo y privilegiado en esto el fidelísimo José, que muchas veces los participaba y entendía. Y a más de este favor gozaba de otro para su alma de singular aprecio y consuelo, que la prudentísima esposa le daba; porque muchas veces hablando con él del niño le nombrada nuestro Hijo, no porque fuese hijo natural de José el que sólo era hijo del eterno Padre y de sola su Madre Virgen, pero porque en el juicio de los hombres era reputado por hijo de José. Y este favor y privilegio del santo era de incomparable gozo y estimación para él, y por esto se le renovaba la divina Señora su esposa. Doctrina que me dio la Reina y Señora del cielo. 510. “Hija mía, te veo con devota emulación de la dicha de mis obras, de las de mi esposo y de mis ángeles en la compañía de mi Hijo Santísimo, porque le teníamos a la vista como tú lo desearas, si fuera posible. Y quiero consolarte y encaminar tu afecto en lo que debes y puedes obrar según tu condición, para conseguir en el grado posible la felicidad que en nosotros ponderas y te lleva el corazón. Advierte, pues, carísima, lo que bastamente has podido conocer de los diferentes caminos por donde lleva Dios en su Iglesia a las almas a quienes ama y busca con paternal afecto. Esta ciencia has podido alcanzar con la experiencia de tantos llamamientos y luz particular como has recibido,

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hallando siempre al Señor a las puertas de tu corazón, llamando (Ap. 3,20) y esperando tanto tiempo, solicitándote con repetidos favores y doctrina altísima, para enseñarte y asegurarte de que su dignación te ha dispuesto y señalado para el estrecho vínculo de amor y trato suyo, y para que tú con atentísima solicitud procures la pureza grande que para esta vocación se requiere. 511. “Tampoco ignoras, pues te lo enseña la fe, que Dios está en todo lugar por presencia, esencia y potencia de su divinidad, y que le son patentes todos tus pensamientos, tus deseos y gemidos, sin que ninguno se le oculte. Y si con esta verdad trabajas como fiel sierva para conservar la gracia que recibes por medio de los sacramentos santos y por otros conductos de la divina disposición, estará contigo el Señor por otro modo de especial asistencia, y con ella te amará y regalará como a esposa dilecta suya. Pues si todo esto conoces y lo entiendes, dime ahora, ¿qué te queda que desear y envidiar, cuando tienes el lleno de tus ansias y suspiros? Lo que te resta y yo de ti quiero, es que con esa emulación santa trabajes por imitar la conversación y condición de los ángeles, la pureza de mi esposo, y copiar en ti la forma de mi vida, en cuanto fuere posible, para que seas digna morada del Altísimo. En ejecutar esta doctrina has de poner todo el esfuerzo y deseo o emulación con que quisieras haberte hallado, donde vieras y adoraras a mi Hijo Santísimo en su nacimiento y niñez; porque si me imitas, segura puedes estar que me tendrás por tu maestra y amparo, y al Señor en tu alma con segura posesión. Y con esta certeza le puedes hablar, regalándote con él y abrazándole, como quien le tiene consigo, pues para comunicar estas delicias con las almas puras y limpias tomó carne humana y se hizo niño. Pero siempre le mira como a grande y como Dios, aunque niño, para que las caricias sean con reverencia y el amor con el santo temor; pues lo uno se le debe, y a lo otro se digna por su inmensa bondad y magnífica misericordia. 512. En este trato del Señor has de ser continua y sin intervalos de tibieza que le cause hastío, porque tu ocupación legítima y de asiento ha de ser el amor y alabanza de su ser infinito. Todo lo demás quiero que tomes muy de paso, de manera que apenas te hallen las cosas visibles y terrenas para detenerte un punto en ellas. En este vuelo te has de juzgar, y que no tienes otra cosa a que atender de veras, fuera del sumo y verdadero bien que buscas. A mí sola has de imitar, sólo para Dios has de vivir; todo lo demás ni ha de ser para ti, ni tú para ello. Pero los dones y bienes que recibes, quiero los dispenses y comuniques para beneficio de tus prójimos, con el orden de la caridad perfecta, que por eso no se evacua (1 Cor 13,8), antes se aumenta más. En esto has de guardar el modo que te conviene, según tu condición y estado, como otras veces te he mostrado y enseñado.” CAPITULO 13 Regresar al Principio Conoció María Santísima la voluntad del Señor para que su Hijo unigénito se circuncidase, y trátalo con San José; viene del cielo el nombre santísimo de Jesús. 513. Luego que la prudentísima Virgen se halló Madre con la Encarnación del Verbo Divino en sus entrañas, comenzó a conferir consigo misma los trabajos y penalidades que su Hijo dulcísimo venía a padecer. Y como la noticia que tenía de las Escrituras era tan profunda, comprendía en ellas todos los misterios que contenían, y con esta ciencia iba previniendo y pesando con incomparable compasión lo que había de padecer por la Redención humana. Este dolor previsto y prevenido con tanta ciencia, fue un prolongado martirio de la mansísima Madre del Cordero que había de ser sacrificado. Pero en cuanto al misterio de la circuncisión, que había de ser tras del nacimiento, no tenía la divina Señora orden expreso ni conocimiento de la voluntad del eterno Padre. Con esta suspensión solicitaba la compasión, los afectos y dulce voz de la tierna y amorosa Madre. Consideraba ella con su prudencia que su Hijo Santísimo venía a honrar su ley, acreditándola con guardarla y confirmándola con la ejecución y cumplimiento, y que a más de esto venía a padecer por los hombres y que su ardentísimo amor no rehusaba el dolor de la circuncisión, y que por otros fines podría ser conveniente admitirla. 514. Por otra parte, el maternal amor y compasión la inclinaban a excusar a su dulcísimo niño de padecer esta penalidad, si fuera posible; y también porque la circuncisión era sacramento para limpiar del pecado original, de que el infante Dios estaba tan libre, sin haberle contraído en Adán. Con esta indiferencia entre el amor de su Hijo Santísimo y la obediencia del eterno Padre, hizo la prudentísima Señora muchos actos heroicos de virtudes, de incomparable agrado para Su Majestad. Y aunque pudiera salir de esta duda, preguntando al Señor luego lo que había de hacer, pero

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como era igualmente prudente y humilde se detenía. Ni tampoco lo preguntó a sus ángeles, porque con admirable sabiduría aguardaba el tiempo y sazón oportuno y conveniente de la divina providencia en todas las cosas y jamás se adelantaba con ahogo ni curiosidad a inquirir ni saber las cosas por orden sobrenatural extraordinario, y mucho menos cuando esto había de ser para aliviarse de alguna pena. Y cuando ocurría negocio grave y dudoso, en que se podía atravesar ofensa del Señor, o algún urgente suceso para el bien de las criaturas en que era necesario saber la divina voluntad, pedía primero licencia para suplicarle la declarase su agrado y beneplácito. 515. Y no es esto contrario a lo que en otra parte dejo escrito en el primer tomo, lib. II, cap. 10, que María Santísima nada hacía sin pedir al Señor licencia y consultarlo con Su Majestad, porque esta conferencia y conocimiento del beneplácito divino no era inquiriendo con deseo de extraordinaria revelación, que en esto, como queda dicho, era detenida y prudentísima, y en casos raros las pedía; pero sin nueva revelación consultaba la luz habitual y sobrenatural del Espíritu Santo, que la gobernaba y encaminaba en todas sus acciones, y levantando allí la vista interior, conocía en ella la mayor perfección y santidad en obrar las cosas y en las acciones comunes. Y aunque es verdad que la Reina del cielo tenía diferentes razones y como especial derecho para pedir al Señor el conocimiento de su voluntad por cualquier modo, pero como era la gran Señora ejemplar y norma de santidad y discreción, no se valía de este orden y gobierno, salvo en los casos que convenía, y en lo demás se regía cumpliendo a la letra lo que dijo David (Sal 122,2 (A.)): “Como los ojos de la esclava en las manos de su señora, así están mis ojos en las del Señor, hasta que su misericordia sea con nosotros.” Pero esta luz ordinaria en la Señora del mundo era mayor que en todos los mortales juntos, y en ella pedía el fiat que conocía de la voluntad divina. 516. El misterio de la circuncisión era particular y único y pedía especial ilustración del Señor, y ésta esperaba la prudente Madre oportunamente; y en el ínterin, hablando con la ley que la ordenaba, decía entre sí misma: “¡Oh ley común, justa y santa eres, pero muy dura para mi corazón, si le has de herir en quien es su vida y dueño verdadero! ¡Que seas rigurosa para limpiar de culpa a quien la tiene, justo es; pero que ejecutes tu fuerza en el inocente que no pudo tener delito, exceso de rigor parece, si no te acredita su amor! ¡Oh si fuera gusto de mi amado excusar esta pena! Pero ¿cómo la rehusará quien viene a buscarlas y a abrazarse con la cruz, a cumplir y perfeccionar la ley (Mt 5,17)? ¡Oh cruel instrumento, si ejecutaras el golpe en mi propia vida y no en el dueño que me la dio! Oh Hijo mío, dulce amor y lumbre de mi alma, ¿posible es que tan presto derramaréis la sangre que vale más que el cielo y tierra? Mi amorosa pena me inclina a excusar la vuestra y eximiros de la ley común que como a tu autor no os comprende, mas el deseo de cumplir con ella me obliga a entregaros a su rigor, si usted, dulce vida mía, no conmutáis la pena en que yo la padezca. El ser humano que tenéis de Adán, yo, Señor mío, os le he dado, pero sin mácula de culpa, y para esto dispensó conmigo vuestra omnipotencia en la común ley de contraerla. Por la parte que sois Hijo del eterno Padre y figura de su sustancia (Heb 1,3) por la generación eterna, distáis infinito del pecado. Pues ¿cómo, Dueño mío, queréis sujetaros a la ley de su remedio? Pero ya veo, Hijo mío, que sois Maestro y Redentor de los hombres y que habéis de confirmar con ejemplo la doctrina y no perderéis punto en esto. ¡Oh Padre eterno, si es posible, pierda el cuchillo ahora su rigor y la carne su sensibilidad, ejecútese el dolor en este vil gusano, cumpla con la ley vuestro unigénito Hijo y sienta yo sola su dolorosa pena! ¡Oh cruel, oh inhumana culpa que tan presto das lo acedo a quien no te pudo cometer! ¡Oh hijos de Adán, aborreced y temed al pecado, que para su remedio ha menester derramar sangre y penas del mismo Dios y Señor!” 517. Este dolor mezclaba la piadosa Madre con el gozo de ver nacido y en sus brazos al Unigénito del Padre, y así lo pasó los días que hubo hasta la circuncisión, acompañándola en él su castísimo esposo José, porque sólo con él habló del misterio, aunque fueron pocas palabras por la compasión y lágrimas de entrambos. Y antes que se cumplieran los ocho días del nacimiento, la prudentísima Reina puesta en la presencia del Señor habló con Su Majestad sobre su duda, y le dijo: “Altísimo Rey, padre de mi Señor, aquí está vuestra esclava con el verdadero sacrificio y hostia en las manos. Mi gemido y su causa no están ocultos a vuestra sabiduría (Sal 37,10). Conozca yo, Señor, vuestro divino beneplácito en lo que debo hacer con vuestro Hijo y mío para cumplir con la ley. Y si con padecer yo los dolores de su rigor y mucho más, puedo rescatar a mi dulcísimo niño y Dios verdadero, aparejado está mi corazón (Sal 56,8), y también para no excusarlos, si por vuestra voluntad ha de ser circuncidado.” 518. La respondió el Altísimo, diciendo: “Hija y paloma mía, no se aflija tu corazón por entregar a tu Hijo al cuchillo y al dolor de la circuncisión, pues yo le envié al mundo para darle ejemplo y para que dé fin a la ley de Moisés cumpliéndola enteramente. Si el hábito de la humanidad, que tú le has dado como madre natural, ha de ser roto con la herida de su carne y juntamente de tu alma, también padece en la honra, siendo Hijo natural mío por eterna

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generación, imagen de mi sustancia, igual conmigo en naturaleza, majestad y gloria, pues le entrego a la ley y sacramento que quita el pecado, sin manifestar a los hombres que no puede tenerle. Ya sabes, hija mía, que para éste y otros mayores trabajos me has de entregar a tu Unigénito y mío. Déjale, pues, que derrame su sangre y me dé primicias de la salud eterna de los hombres.” 519. Con esta determinación del eterno Padre se conformó la divina Señora, como cooperadora de nuestro remedio, con tanta plenitud de toda santidad que no cabe en razones humanas. Ofrecióle luego con rendida obediencia y con ardentísimo amor a su Hijo unigénito, y dijo: “Señor y Dios altísimo, la víctima y hostia de vuestro aceptable sacrificio ofrezco con todo mi corazón, aunque lleno de compasión y de dolor de que los hombres hayan ofendido a vuestra bondad inmensa, de manera que sea necesaria satisfacción de persona que sea Dios. Eternamente os alabo, porque con infinito amor miráis a la criatura, no perdonando a vuestro mismo Hijo (Rom 8,32) por su remedio. Yo, que por vuestra dignación soy Madre suya, debo sobre todos los mortales y demás criaturas estar rendida a vuestro beneplácito, y así os entrego al mansísimo Cordero que ha de quitar los pecados del mundo por su inocencia. Pero si posible es que se temple el rigor de este cuchillo en mi dulce niño, acrecentándose en mi pecho, poderoso es vuestro brazo para conmutarlo.” 520. Salió de esta oración María Santísima, y sin manifestar a San José lo que en ella había entendido, con rara prudencia y razones dulcísimas le previno para disponer la circuncisión (Lc 2,21) del niño Dios. Le dijo, como consultándole y pidiéndole su parecer, que llegándose ya al tiempo señalado por la ley (Gen 17,12) para la circuncisión del divino infante, parecía forzoso cumplir con ella, pues no tenían orden para hacer lo contrario; y que los dos estaban más obligados al Altísimo que todas las criaturas juntas y debían ser más puntuales en cumplir sus preceptos y más rendidos a padecer por su amor, en retorno de tan incomparable deuda y en el cuidado de servir a su Hijo Santísimo, estando en todo pendientes de su divino beneplácito. A estas razones la respondió el santísimo esposo con suma veneración y grande sabiduría, y dijo que en todo se conformaba con la divina voluntad manifestada con la ley común, pues no sabía otra cosa del Señor; y que el Verbo humanado, aunque en cuanto Dios no estaba sujeto a la ley, pero que vestido de la humanidad, siendo en todo perfectísimo Maestro y Redentor, gustaría de conformarse con los demás hombres en su cumplimiento. Y preguntó a su divina esposa cómo se había de ejecutar la circuncisión. 521. Respondió María Santísima que, cumpliendo la ley en sustancia, en el modo le parecía que fuese como en los demás niños que se circuncidaban, pero que ella no debía dejarle ni entregarle a otra persona alguna, que le llevaría y tendría en sus brazos. Y porque la complexión y delicadeza natural del niño será causa para sentir más el dolor que los demás circuncidados, es razón prevenir la medicina que a la herida se suele aplicar a otros niños. Y a más de esto pidió a San José buscase luego un pornito de cristal o vidrio en que recibir la sagrada reliquia de la circuncisión del niño Dios, para guardarla consigo. Y en el ínterin la advertida Madre previno paños en que cayese la sangre que se había de comenzar a verter en precio de nuestro rescate, para que ni una gota no se perdiese ni cayese entonces en la tierra. Preparado todo esto, dispuso la divina Señora que San José avisase y pidiese al sacerdote que viniese a la cueva, porque el niño no saliese de allí, y por su mano se hiciese la circuncisión, como ministro más decente y digno de tan oculto y grande misterio. 522. Luego trataron María Santísima y San José del nombre que al niño Dios habían de dar en la circuncisión, y el santo esposo dijo: “Señora mía, cuando el Angel del Altísimo me declaró este gran sacramento, me ordenó también que a vuestro sagrado Hijo le llamásemos JESÚS.” Respondió la Virgen Madre: “El mismo nombre me declaró a mí cuando tomó carne en mi vientre; y sabiendo el nombre de la boca del Altísimo por sus ministros los ángeles, justo es que con humilde reverencia veneremos los ocultos juicios e inescrutables de su sabiduría infinita en este santo nombre, y que mi Hijo y Señor se llame JESÚS. Y así se lo manifestaremos al sacerdote, para que escriba este divino nombre en el registro de los demás niños circuncisos.” 523. Estando la gran Señora del cielo y San José en esta conferencia, descendieron de las alturas innumerables ángeles en forma humana con vestiduras blancas y refulgentes, descubriendo unos resaltos de encarnado, todos de admirable hermosura. Traían palmas en las manos y coronas en las cabezas, que cada una despedía de sí mayor claridad que muchos soles, y en comparación de la belleza de estos santos príncipes, todo lo visible y hermoso de la naturaleza parece fealdad. Pero lo que más sobresalía en su hermosura, era una divisa o venera en el pecho, como grabada o embutida en él, debajo un viril en que cada uno tenía escrito el nombre dulcísimo de JESÚS. Y la luz y refulgencia que despedía cada uno de los nombres excedía a la de todos los ángeles juntos, con que venía a ser la variedad en

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tanta multitud tan rara y peregrina, que ni con palabras se puede explicar, ni con nuestra imaginación percibir. Se partieron estos santos ángeles en dos coros en la cueva, mirando todos a su Rey y Señor en los virginales brazos de la felicísima Madre. Venían como por cabezas de este ejército los dos grandes príncipes San Miguel y San Gabriel, con mayor resplandor que los otros ángeles, y a más de todos ellos traían los dos en las manos el nombre santísimo de JESÚS, escrito con mayores letras en unas como tarjetas de incomparable resplandor y hermosura. 524. Se presentaron los dos prín[cipes singularmente a su Reina, y la dijeron: Señora, éste es el nombre de vuestro Hijo, que está escrito en la mente de Dios desde ab aeterno, y toda la Beatísima Trinidad se le ha dado a vuestro Unigénito y Señor nuestro, con potestad de salvar al linaje humano; y le asienta en la silla y trono de David, reinará en él, castigará a sus enemigos y triunfando de ellos los humillará hasta ponerlos por peana de sus pies, y juzgando con equidad, levantará a sus amigos para colocarlos en la gloria de su diestra. Pero todo esto ha de ser a costa de trabajos y de sangre, y ahora la derramará con este nombre, porque es de Salvador y Redentor, y serán las primicias de lo que ha de padecer por la obediencia del Eterno Padre. Todos los ministros y espíritus del Altísimo que aquí venimos, somos enviados y destinados por la divina Trinidad para servir al Unigénito del Padre y vuestro y asistir presentes a todos los misterios y sacramentos de la ley de gracia y acompañarle y ministrarle hasta que suba triunfante a la celestial Jerusalén, abriendo las puertas al linaje humano, y después le gozaremos con especial gloria accidental sobre los demás bienaventurados, a quienes no fue dada esta felicísima comisión. Todo esto oyó y vio el dichosísimo esposo San José con la Reina del cielo; pero la inteligencia no fue igual, porque la Madre de la sabiduría entendió y penetró altísimos misterios de la Redención, y aunque San José conoció muchos respectivamente, no como su divina esposa; pero entrambos fueron llenos de júbilo y admiración, y con nuevos cánticos glorificaron al Señor. Y lo que les pasó en varios y admirables sucesos, no es posible reducirlo a razones, que no se hallarán, ni términos adecuados para manifestar mi concepto. Doctrina que me dio María Santísima Señora nuestra. 525. “Hija mía, quiero renovar en ti la doctrina y luz que has recibido para tratar con suma reverencia a tu Señor y esposo, porque la humildad y temor reverencial han de crecer en las almas, al paso que reciben más particulares y extraordinarios favores. Por no tener esta ciencia muchas almas, unas se hacen indignas o incapaces de grandes beneficios; otras, que los reciben, llegan a incurrir en una peligrosa y torpe grosería que ofende mucho al Señor, porque de la suavidad dulce y amorosa, con que su dignación divina muchas veces las regala y acaricia, suelen tomar un linaje de osadía o presuntuosa parvulez para tratar a la Majestad infinita sin la reverencia que deben y con vana curiosidad investigar y preguntar por caminos sobrenaturales lo que es sobre su entendimiento y no les conviene saber. Este atrevimiento nace de juzgar y obrar con ignorancia terrena el trato familiar con el Altísimo, pareciéndoles que ha de ser al modo del que suele tener una criatura humana con otra igual suya. 526. “Pero en este juicio se engaña mucho el alma, midiendo la reverencia y respeto que se le debe a la Majestad infinita con la familiaridad y trato igual que hace el amor humano entre los mortales. En las criaturas racionales la naturaleza es igual, aunque las condiciones y accidentes sean diversos, y con el amor y amistad familiar se puede olvidar la diferencia que las haces desiguales y gobernarse el trato amigable por los movimientos humanos. Pero el amor divino nunca debe olvidar la excelencia inestimable del objeto infinito, pues así como él mira a la Bondad inmensa, y por eso no tiene modo que le limite, así la reverencia mira a la majestad del ser divino; y como en Dios son inseparables la bondad y la majestad, también en la criatura no se han de apartar la reverencia del amor, y siempre ha de preceder la luz de la fe divina, que al amante le manifiesta la esencia del objeto que ama, y ella ha de despertar y fomentar el temor reverencial y dar peso y medida a los afectos desiguales que el amor ciego e inadvertido suele engendrar, cuando obra sin acordarse de la excelencia y desigualdad del amado. 527. Cuando la criatura es de corazón grande y está ejercitada y habituada en la ciencia del temor santo y reverencial, no tiene este peligro de olvidarse de la reverencia debida al Altísimo con la frecuencia de los favores, aunque sean grandes; porque no se entrega inadvertida a los gustos espirituales, ni por ellos pierde la prudente atención a la suprema Majestad, antes la respeta y reverencia más, cuanto más la ama y la conoce; y con estas almas trata el Señor como un amigo con otro. Sea, pues, regla inviolable para ti, hija mía, que cuando gozares de los más estrechos abrazos y regalos del Altísimo, tanto más atenta estés a respetar la grandeza de su ser infinito e inmutable, a magnificarle y amarle juntamente. Y con esta ciencia conocerás mejor y ponderarás el beneficio que recibes y no incurrirás en el peligro y audacia de los que livianamente quieren en cualquiera suceso párvulo o grande inquirir y preguntar el secreto

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del Señor, y que su prudentísima providencia se incline y atienda a la vana curiosidad que los mueve con alguna pasión y desorden, que nace, no del celo y amor santo, sino de afectos humanos y reprensibles. 528. “Atiende en esto al peso con que yo obraba y me detenía en mis dudas, pues en hallar gracia en los ojos del Señor, ninguna criatura con inmensa distancia se puede igualar conmigo. Y con ser esto así, y tener en mis brazos al mismo Dios, y ser su Madre verdadera, nunca me atreví a pedirle me declarase cosa alguna por extraordinario modo, ni por saberla y aliviarme de alguna pena, ni por otro fin humano; que todo esto fuera flaqueza natural, curiosidad vana o vicio reprensible, y no puede caber nada de esto en mí. Pero cuando la necesidad me obligaba para gloria del Señor, o la ocasión era inexcusable, pedía licencia a Su Majestad para proponerle mi deseo; y aunque le hallaba siempre muy propicio y con caricia me respondía, preguntándome que qué quería de su misericordia, con todo esto me aniquilaba y humillaba hasta el polvo y sólo pedía me enseñase lo más acepto y agradable a sus ojos. 529. “Escribe, hija mía, en tu corazón este documento y advierte que jamás con deseo desordenado y curioso quieras inquirir ni saber cosa alguna sobre la razón humana. Porque a más de que el Señor no responde a tal insipiencia, por lo que le desagrada, está el demonio muy atento a este vicio en las personas que tratan de vida espiritual; y como de ordinario es él el autor de estos afectos de viciosa curiosidad y los mueve con su astucia, con ella misma suele responder a ellos, transfigurado en ángel de luz (2 Cor 11,14), con que engaña a los imperfectos e incautos. Y cuando estas preguntas sólo fuesen movidas de la naturaleza e inclinación, tampoco se ha de seguir ni atender, porque en negocio tan alto como el trato con el Señor no se ha de seguir el dictamen ni la razón por sus apetitos y pasiones; que la naturaleza infecta y depravada por el pecado está muy desordenada y tiene movimientos sin concierto y desmedidos, que no es justo escucharlos y gobernarse por ellos. Tampoco por aliviarse la criatura de penas y trabajos, ha de recurrir a las divinas revelaciones, porque la esposa de Cristo y el verdadero siervo suyo no han de usar de sus favores para huir de la cruz, sino para buscarla y llevarla con el Señor, y dejarse en la que le diere a su divina disposición. Todo esto quiero yo de ti con el encogimiento del temor, declinando a este extremo por apartarte del contrario. Desde hoy quiero que mejores el motivo y obres por amor en todo, como más perfecto en sus fines. Este no tiene tasa ni modo; y así quiero ames con exceso y temas con moderación lo que baste para no quebrantar la ley del Altísimo y ordenar todas tus operaciones interiores y obras exteriores con rectitud. En esto sé cuidadosa y oficiosa, aunque te cueste mucho trabajo y penalidad; pues yo la padecí en circuncidar a mi Hijo Santísimo, y lo hice porque en las leyes santas se nos declaraba e intimaba la voluntad del Señor, a quien en todo y por todo debemos obedecer. CAPITULO 14 Regresar al Principio Circuncidan al niño Dios y le ponen por nombre Jesús. 530. En la ciudad de Belén había su particular sinagoga, como en otras de Israel, donde se juntaba el pueblo a orar, que por esto se llamaba también casa de oración, y juntamente a oír la ley de Moisés, la cual leía y declaraba un sacerdote en el púlpito con alta voz para que el pueblo entendiese sus preceptos. Pero en esta sinagoga no se ofrecían los sacrificios, porque estaba reservado para el templo de Jerusalén, si el Señor no disponía otra cosa; por no haber dejado esto con libertad del pueblo, como consta del Deuteronomio (Dt 12,5-6 (A.)), para huir del peligro de la idolatría. Pero el sacerdote, que era maestro o ministro de la ley, solía serlo también de la circuncisión, no por precepto que obligase, porque cualquiera podía circuncidar aunque no fuera sacerdote, sino por especial devoción de las madres, que muchas se movían pensando que los niños no peligrarían tanto si eran circuncisos por mano de sacerdote. Nuestra gran Reina, no por este temor, sino por la dignidad del niño, quiso que el ministro de su circuncisión fuese el sacerdote que estaba en Belén, y para este fin le llamó el esposo dichoso San José. 531. Vino el sacerdote al portal o cueva del nacimiento, donde le esperaba el Verbo humanado y su Madre Virgen que le tenía en sus brazos, y con el sacerdote vinieron otros dos ministros que solían ayudar en el ministerio de la circuncisión. El horror del lugar humilde admiró y desazonó un poco al sacerdote, pero la prudentísima Reina le habló y recibió con tal modestia y agrado, que eficazmente le compelió a mudarse el rigor en devoción y admiración de la compostura y majestad honestísima de la Madre, que sin conocer la causa le movió a reverencia y respeto de tan rara criatura. Y cuando puso los ojos el sacerdote en el semblante de la Madre y del niño que tenía en sus brazos, sintió en el corazón un nuevo movimiento que le inclinó a gran devoción y ternura, admirado de lo que veía entre tanta pobreza

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y en tan humilde y despreciado lugar. Y cuando llegó al contacto de la carne deificada del infante Dios, fue renovado todo con una oculta virtud que le santificó y perfeccionó y, dándole nuevo ser de gracia, le llevó hasta ser santo y muy agradable al Altísimo Señor. 532. Para hacer la circuncisión con la reverencia exterior que en aquel lugar era posible, encendió San José dos velas de cera; y el sacerdote dijo a la Virgen Madre que se apartase un poco y entregase el niño a los ministros, porque la vista del sacrificio no la afligiese. Este mandato causó alguna duda en la gran Señora; que su humildad y rendimiento la inclinaba a obedecer al sacerdote, y por otra parte la llevaba el amor y reverencia de su Unigénito. Y para no faltar a estas dos virtudes, pidió licencia al sacerdote con humilde sumisión, y le dijo tuviese gusto, si era posible, que ella asistiese al sacramento de la circuncisión, por lo que le veneraba; y que también se hallaba con ánimo de tener en sus brazos a su Hijo, pues allí había poca disposición para dejarle y alejarse; y sólo le suplicaba que con la piedad posible se hiciese la circuncisión, por la delicadeza del niño. El sacerdote ofreció hacerlo y permitió que la misma Madre tuviese al niño en sus manos para el ministerio; y ella fue el altar sagrado en que se comenzaron a cumplir las verdades figuradas de los antiguos sacrificios, ofreciendo este nuevo y matutino en sus brazos, para que en todas las condiciones fuese acepto al eterno Padre. 533. Desenvolvió la divina Madre a su Hijo Santísimo de los paños en que estaba y sacó del pecho una toalla o lienzo que tenía prevenido al calor natural, por el rigor del frío que entonces hacía; y con este lienzo tomó en sus manos al niño, de manera que la reliquia y sangre de la circuncisión se recibiesen en él. Y el sacerdote hizo su oficio y circuncidó al niño Dios y hombre verdadero, que al mismo tiempo con inmensa caridad ofreció al eterno Padre tres cosas de tanto precio, que cada una era suficiente para la redención de mil mundos. La primera fue admitir forma de pecador (Flp 2,7), siendo inocente e Hijo de Dios vivo, porque recibía el sacramento que se aplicaba para limpiar del pecado original y se sujetaba a la ley que no debía. La segunda fue el dolor, que le sintió como verdadero y perfecto hombre. La tercera fue el amor ardentísimo con que comenzaba a derramar su sangre en precio del linaje humano; y dio gracias al Padre porque le había dado forma humana en que padecer para su gloria y exaltación. 534. Esta oración y sacrificio de Jesús nuestro bien aceptó el Padre y comenzó a nuestro entender a darse por satisfecho y pagado de la deuda del linaje humano. Y el Verbo encarnado ofreció estas primicias de su sangre en prendas de que toda la daría para consumar la Redención y extinguir la obligación en que estaban los hijos de Adán. Todas las acciones y operaciones interiores del Unigénito miraba su Santísima Madre y entendía con profunda sabiduría el misterio de este sacramento y acompañaba a su Hijo y Señor en lo que iba obrando respectivamente como a ella le tocaba. Lloró también el niño Dios como hombre verdadero. Y aunque el dolor de la herida fue gravísimo, así por su sensible complexión como por la crueldad del cuchillo de pedernal, no fueron tanta causa de sus lágrimas el natural dolor y sentimiento, como la sobrenatural ciencia con que miraba la dureza de los mortales, más invencible y fuerte que la piedra, para resistir a su dulcísimo amor y a la llama que venía a encender en el mundo (Lc 12,49) y en los corazones de los profesores de la fe. Lloró también la tierna y amorosa Madre, como candidísima oveja que levanta el balido con su inocente cordero. Y con recíproco amor y compasión, él se retrajo para la Madre, y ella dulcemente le arrimó con caricia a su virginal pecho; y recogió la sagrada reliquia y sangre derramada y la entregó entonces a San José, para cuidar ella del niño Dios y envolverle en sus paños. El sacerdote extrañó algo las lágrimas de la Madre, y aunque ignoraba el misterio, le pareció que la belleza del niño podía con razón causar tanto dolor, amargura y amor en la que le había parido. 535. En todas estas obras fue la Reina del cielo tan prudente, prevenida y magnánima, que admiró a los coros de los ángeles y dio sumo agrado al Criador. En todas resplandeció la divina sabiduría que la encaminaba, dando a cada una el lleno de perfección, como si sola aquella hiciera. Estuvo invicta para tener al niño en la circuncisión, cuidadosa para recoger la reliquia, compasiva para lastimarse y llorar con él, sintiendo su dolor; amorosa para acariciarle, diligente para abrigarle, fervorosa para imitarle en sus obras y siempre religiosa para tratarle con suma reverencia, sin que faltase o interrumpiese en estos actos, ni uno estorbase la atención y perfección del otro. Admirable espectáculo en una doncella de quince años, y que a los ángeles fue como un género de enseñanza y admiración muy nueva. Entre todo esto preguntó el sacerdote qué nombre daban sus padres al niño circuncidado, y la gran Señora, atenta siempre al respeto de su esposo, le dijo lo declarase. El Santo José con la veneración digna se convirtió a ella, dándole a entender que saliese de su boca tan dulce nombre. Y con divina disposición a un mismo tiempo pronunciaron los dos, María y José: “Jesús es su nombre.” Respondió el sacerdote: Muy conformes están los padres y es grande el nombre que le ponen al niño; y luego le escribió en el memorial o nómina de los demás del pueblo. Al escribirle sintió el sacerdote

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grande conmoción interior, que le obligó a derramar muchas lágrimas, y admirado de lo que sentía e ignoraba, dijo: “Tengo por cierto que este niño ha de ser un gran profeta del Señor. Tened gran cuidado de su crianza, y decidme en qué puedo yo acudir a vuestras necesidades.” Respondieron María Santísima y José al sacerdote con humilde agradecimiento, y con alguna ofrenda que le hicieron de las velas y otras cosas, le despidieron. 536. Quedaron solos María Santísima y José con Jesús, y de nuevo celebraron los dos el misterio de la circuncisión del niño, confiriéndole con dulces lágrimas y cánticos que hicieron al nombre dulcísimo de JESÚS, cuya noticia, como de otras maravillas he dicho, se reserva para gloria accidental de los santos. La prudentísima Madre curó al niño Dios de la herida del cuchillo con las medicinas que a otros solían aplicarse, y el tiempo que le duró el dolor y la cura no le dejó un punto de sus brazos de día ni de noche. No cabe en la ponderación y capacidad humana explicar el cuidadoso amor de la divina Madre, porque el natural afecto fue el mayor que otra alguna pudo tener a sus hijos y el sobrenatural excedía a todos los santos y los ángeles juntos. La reverencia y culto no tiene comparación con otra cosa criada. Estas eran las delicias del Verbo humanado que deseaba y tenía con los hijos de los hombres (Prov 8,31). Y entre los dolores que sentía por las acciones que arriba he dicho, tenía su amoroso corazón este regalo con la eminente santidad de su Madre Virgen. Y aunque de sola ella se agradaba sobre todos los mortales y descansaba en su amor, con todo eso la humille Reina le procuraba aliviar por todos los medios que le eran posibles. Para esto pidió a los santos ángeles, que allí asistían, hiciesen música a su Dios humanado, niño y dolorido. Obedecieron a su Reina y Señora los ministros del Altísimo y en voces materiales le cantaron con celestial armonía los mismos cánticos que ella había impuesto por sí y con su esposo, en loor del nuevo y dulce nombre de JESÚS. 537. Con esta música tan dulce, que en su comparación toda la de los hombres fuera confusión ofensiva, entretenía la divina Señora a su Hijo dulcísimo, y mucho más con la que ella misma le daba con la armonía de sus heroicas virtudes que en su alma santísima hacían coros de ejércitos, como se lo dijo el mismo Señor y Esposo en los Cantares (Cant 7,1 (A.)), Duro es el corazón humano y más que tardo y pesado en conocer y agradecer tan venerables sacramentos, ordenados para su eterna salud con inmenso amor de su Criador y Reparador. ¡Oh dulce bien mío y vida de mi alma, qué mal retorno te damos por las finezas de tu amor eterno! ¡Oh caridad sin término ni medida, pues no te puedes extinguir con las muchas aguas (Cant 8,7 (A.)) de nuestras ingratitudes tan desleales y groseras! No pudo la bondad y santidad por esencia descender más por nuestro amor, ni hacer mayor fineza que tomar forma de pecador, recibiendo en sí la inocencia el remedio de la culpa que no podía tocarle. Si desprecian los hombres este ejemplo, si olvidan este beneficio, ¿cómo se atreven a decir que tienen juicio? ¿Cómo presumen y se glorían de sabios, de prudentes y entendidos? Prudencia fuera, si no te mueven, hombre ingrato, tales obras de Dios, afligirte y llorar tan lamentable estulticia y dureza de ánimo, pues no deshace el hielo de tu corazón el fuego del amor divino. Doctrina de la Reina Santísima María Señora nuestra. 538. “Hija mía, quiero que con atención consideres el beneficio y favor que recibes dándote a conocer el cuidado, solicitud y devoción caricias a con que yo servía a mi Hijo Santísimo y dulcísimo en los misterios que has escrito. No te da el Altísimo esta luz tan especial para que sólo te detengas en el regalo de conocerla y que con ella recibes, sino para que me imites en todo como fiel sierva, y como eres señalada en la noticia de los misterios de mi Hijo, lo seas también en el agradecimiento de sus obras. Considera, pues, carísima, cuán mal pagado es el amor de mi Hijo y Señor de los mortales y aun poco agradecido de los justos y olvidado. Toma por tu cuenta, en cuanto alcanzaren tus flacas fuerzas, recompensarle este agravio y ofensa, amándole, agradeciéndole y sirviéndole por ti y por todos los demás que no lo hacen. Para esto has de ser ángel en la prontitud, ferviente en el celo, puntual en las ocasiones y de todo punto has de morir a lo terreno, soltando y quebrantando las prisiones de las inclinaciones humanas, para levantar el vuelo a donde el Señor te llama. 539. “No ignoras, hija mía, la eficacia dulce que tiene la memoria viva de las obras que hizo mi Hijo Santísimo por los hombres; y aunque puedes ayudarte tanto con esta luz para ser agradecida, con todo eso, para que más temas incurrir en el peligro del olvido, te advierto que los bienaventurados en el cielo, conociendo a la luz divina estos misterios, se admiran de sí mismos por lo poco que atendieron a ellos siendo viadores. Y si pudieran ser capaces de pena, se lastimaran sumamente por la tardanza o descuido en que incurrieron en el aprecio de las obras de la Redención e imitación de Cristo. Y todos los ángeles y santos, con una ponderación oculta a los mortales, se admiran de la crueldad que ha poseído sus corazones contra sí mismos y contra su Criador y Salvador; pues de ninguno tienen compasión, ni de lo que el Señor padeció, ni tampoco de los que a ellos les espera que padecer. Y cuando con amargura irremediable

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conozcan los réprobos su formidable olvido (Sab 5,4ss) y que no atendieron a las obras de Cristo su Redentor, esta confusión y despecho será intolerable pena y sola ella será castigo sobre toda ponderación, viendo la copiosa Redención (Sal 129,7) que despreciaron. Oye, hija mía, e inclina tu oreja (Sal 44,11) a mis consejos y doctrina de vida eterna. Arroja de tus potencias toda imagen y afecto de criatura humana y convierte todo tu corazón y mente a los misterios y beneficios de la Redención. Entrégate toda a ellos, medítalos, piénsalos, pésalos, agradécelos como si tú fueras sola y ellos para ti y por cada uno de los hombres. En ellos hallarás la vida, la verdad y el camino de la eternidad, y sirviéndole no le podrás errar, antes hallarás la lumbre de los ojos y la paz (Bar 3,14).” CAPITULO 15 Regresar al Principio Persevera María Santísima con el niño Dios en el portal del nacimiento hasta la venida de los Reyes. 540. Por la ciencia infusa que nuestra gran Reina tenía de las divinas Escrituras y tan altas y soberanas revelaciones, sabía que los Reyes magos del oriente vendrían a reconocer y adorar a su Hijo Santísimo por verdadero Dios. Y en especial estaba de próximo capaz de este misterio por la noticia que se les envió con el ángel del nacimiento del Verbo humanado, como arriba se dijo en el capítulo 2, número 492; que todo lo conoció la Madre Virgen. San José no tuvo noticia de este sacramento, porque no se le había revelado, ni la prudentísima esposa le había informado de su secreto, porque en todo era sabia y advertida y aguardaba que obrase en estos misterios la divina voluntad con su disposición suave (Sab 8,1) y oportuna. Por esto el santo esposo, celebrada la circuncisión, propuso a la Señora del cielo que le parecía necesario dejar aquel lugar desamparado y pobre, por la incomodidad que en él había para el abrigo del niño Dios y de ella misma, y que ya en Belén se hallaría posada desocupada, donde podrían recogerse mientras llegaba el tiempo de llevar el niño a presentarle en el templo de Jerusalén. Esto propuso el fidelísimo y cuidadoso esposo, solícito de que con su pobreza no le faltase la abundancia ni regalos que deseaba para servir a Hijo y Madre, y en todo se remitía a la voluntad de su divina esposa. 541. Le respondió la humilde Reina sin manifestarle el misterio, y le dijo: “Esposo y Señor mío, yo estoy rendida a vuestra obediencia y a donde fuere vuestra voluntad os seguiré con mucho gusto; disponer lo que mejor os pareciere.” Tenía la divina Señora algún cariño a la cueva por la humildad y pobreza del lugar y por haberla consagrado el Verbo humanado con los misterios de su nacimiento y circuncisión, y con el que esperaba de los Reyes, aunque no sabía el tiempo, ni cuándo llegarían. Piadoso era este afecto y lleno de devoción y veneración, mas con todo eso antepuso la obediencia de su esposo a su particular afecto y se resignó en ella para ser en todo ejemplar y dechado de perfección altísima. Puso esta dejación e igualdad a San José en mayor duda y cuidado, porque deseaba que su esposa determinase lo que debía hacer. Y estando en esta conferencia, respondió el Señor por los dos santos príncipes Miguel y Gabriel, que asistían corporalmente al servicio de su Dios y Señor y a la gran Reina, y dijeron: “La voluntad divina ha ordenado que en este mismo lugar adoren al Verbo divino humanado los tres Reyes de la tierra que vienen en busca del Rey del cielo del oriente. Diez días hace que caminan, porque tuvieron luego aviso del santo nacimiento y al punto se pusieron en camino y llegarán aquí con brevedad, y se cumplirán los vaticinios de los profetas, como muy de lejos lo conocieron y profetizaron. 542. Con este nuevo aviso quedó San José gozoso e informado de la voluntad del Señor, y su esposa María Santísima le dijo: “Señor mío, este lugar escogido por el Altísimo para tan magníficos misterios, aunque es pobre y desacomodado a los ojos del mundo, mas en los de su sabiduría es rico, precioso y estimable y el mejor de la tierra, pues el Señor de los cielos se ha pagado de él, consagrándole con su real presencia. Poderoso es para que en este sitio, que es verdadera tierra de promisión, gocemos de su vista. Y si fuere voluntad suya, nos dará algún alivio y abrigo contra los rigores del tiempo los pocos días que aquí estaremos.” Se consoló San José y se alentó mucho con todas estas razones de la prudentísima Reina, y le respondió que, pues el niño Dios cumpliría con la ley de la presentación al templo, como lo había hecho con la de la circuncisión, hasta que llegase el día se podían estar en aquel lugar sagrado sin volver primero a Nazaret, por estar lejos y el tiempo trabajoso. Y si acaso el rigor los obligase a retirar a la ciudad por huir de él, lo podían hacer, pues de Belén a Jerusalén estaban solas dos leguas. (Legua: Unidad antigua de longitud que expresa la distancia que una persona o un caballo pueden andar en una hora. Legua castellana: 4,19 km or 5000 varas castellanas)

543. En todo se conformó María Santísima con la voluntad de su cuidadoso esposo, inclinándose siempre su deseo a no desamparar aquel sagrado tabernáculo, más santo y venerable que el Sancta Sanctorum del templo, mientras llegaba

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el tiempo de presentar en él a su Unigénito, para quien previno todo el abrigo posible, con que le defendiese de los fríos y rigores del tiempo. Previno también el portal para la llegada de los Reyes, limpiándole de nuevo, lo que permitía su natural desaliño y pobreza humilde del sitio. Pero la mayor diligencia y prevención que hizo para el niño Dios fue tenerle siempre en sus brazos, cuando no era forzoso dejarle. Y sobre todo usó de la potestad de Señora y Reina de todas las criaturas, cuando se enfurecían las inclemencias del invierno, porque mandaba al frío y a los vientos, nieves y heladas, que no ofendiesen a su Criador, sino que con ella sola usasen de sus rigores y ásperas influencias que como elementos enviaban. Decía la divina Señora: “Detened vuestra ira con vuestro mismo Criador, Autor, Dueño y Conservador, que os dio el ser y la virtud y operación. Advertid, criaturas de mi Amado, que vuestro rigor le recibisteis por la culpa y se encamina a castigar (Sab 5,18) la inobediencia del primer Adán y su prosapia. Pero con el segundo, que viene a reparar aquella caída, y no pudo tener en ella parte, habéis de ser corteses, respetando y no ofendiendo a quien debéis obsequio y rendimiento. Yo os lo mando en nombre suyo, y que no le deis ninguna molestia ni desagrado.” 544. Digna era de nuestra admiración e imitación la pronta obediencia de las criaturas irracionales a la voluntad divina, intimada por la Madre del mismo Dios; porque sucedía, cuando ella lo mandaba, que la nieve ni agua no llegaba a ella por más de diez varas de distancia, y los vientos se detenían, y el aire ambiente se templaba y mudaba en un templado calor. A esta maravilla se juntaba otra: que al mismo tiempo que el niño Dios en sus brazos recibía este obsequio de los elementos sintiendo algún abrigo, la Madre Virgen experimentaba y le hería el frío y aspereza de las inclemencias en el punto y grado que le podían causar con su fuerza natural. Y esto sucedía porque en todo la obedecían, y ella no quería excusar para sí misma el trabajo de que reservaba a su tierno niño y Dios magnífico, como Madre amorosa y Señora de las criaturas, sobre quien imperaba. Al santo y dichoso José llegaba el privilegio que al dulce infante y conocía la mudanza de la inclemencia en clemencia, pero no sabía que aquellos efectos fuesen por mandado de su divina esposa y obras de su potencia; porque ella no le manifestaba este privilegio, que no tenía orden del Altísimo para hacerlo. 545. El gobierno y modo que guardaba la gran Reina del cielo en alimentar a su niño Jesús, era dándole su virginal leche tres veces al día, y siempre con tanta reverencia, que le pedía licencia y que la perdonase la indignidad, humillándose y reconociéndose inferior. Y muchos tiempos, cuando le tenía en sus brazos, estaba de rodillas adorándole; y si era necesario asentarse le pedía siempre licencia. Con la misma reverencia se le daba a San José y le recibía, como dije arriba (Cf. supra n.506). Muchas veces le besaba los pies, y cuando había de hacer lo mismo en el rostro le pedía interiormente su benevolencia y consentimiento. Le correspondía a estas caricias de madre su dulcísimo Hijo, no sólo con el semblante agradable que las recibía, sin dejar la majestad, pero con otras acciones que hacía al modo de los otros niños, aunque con diferente serenidad y peso. Lo más ordinario era reclinarse amorosamente en el pecho de la purísima Madre y otras en el hombro, cogiéndole con sus bracitos divinos el cuello. Y en estas caricias era tan atenta y advertida la emperatriz María, que ni con pequeñeces, como otras madres, le solicitaba, ni con temor le retiraba. En todo era prudentísima y perfecta, sin defecto ni exceso reprensible; y el mayor amor del Hijo Santísimo y la manifestación de él la pegaba más con el polvo y la dejaba con profunda reverencia, la cual medía sus afectos y les daba mayores realces de magnificencia. 546. Otro más alto linaje de caricias tenían el niño Dios y la Madre Virgen; porque a más de conocer ella siempre con la luz divina los actos interiores del alma santísima de su Unigénito, como queda dicho (Cf. supra n.481,534), sucedía muchas veces, teniéndole en sus brazos, que con otro nuevo beneficio se le manifestaba la humanidad como un viril cristalino, y por ella o en ella miraba la unión hipostática y el alma del mismo niño Dios y todas las operaciones que obraba, orando al eterno Padre por el linaje humano. Y estas obras y peticiones iba imitando la divina Señora, quedando toda absorta y transformada en su mismo Hijo. Y Su Majestad la miraba con accidental gozo y delicias, como recreándose en la pureza de tal criatura y gozándose de haberla criado, y haberse humanado la divinidad para formar tan viva imagen de ella y de la humanidad que de su virginal sustancia había tomado. En este misterio se me ofreció lo que dijeron a Holofernes sus capitanes, cuando vieron a la hermosa Judit en los campos de Betulia (Jdt 10,18 (A.)): “Quién despreciará el pueblo de los hebreos y no juzgará por muy acertada la guerra contra ellos, teniendo tan agraciadas mujeres?” Misteriosa y verdadera parece esta razón en el Verbo humanado, pues él pudo decir a su eterno Padre y a todo el resto de las criaturas lo mismo con más justa causa: ¿Quién no dará por bien empleado y puesto en razón haber yo venido del cielo a tomar carne humana en la tierra y degollar al demonio, mundo y carne, venciéndolos y aniquilándolos, si entre los hijos de Adán se halla tal mujer como mi Madre? ¡Oh dulce amor mío, virtud de mi virtud y vida de mi alma, Jesús amoroso, mirad que es sola María Santísima la que hay con tal hermosura en la naturaleza

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humana! Pero es única y electa (Cant 6,8) y tan perfecta para vuestro agrado, Dueño y Señor mío, que no sólo equivale pero excede sin término ni límite a todo el resto de vuestro pueblo, y ella sola recompensa la fealdad de todo el linaje de Adán. 547. Sentía la dulce Madre tales efectos entre estas delicias de su unigénito niño Dios verdadero, que la dejaban toda espiritualizada y deificada de nuevo. Y en los vuelos que padecía su espíritu purísimo, muchas veces rompiera las ataduras del cuerpo terreno y le hubiera desamparado su alma con el incendio de su amor, resolviéndose la vida, si milagrosamente no fuera confortada y preservada. Hablaba con su Hijo Santísimo interior y exteriormente palabras tan dignas y ponderosas, que no caben en nuestro grosero lenguaje. Todo lo que yo pueda referir será muy desigual, según lo que se me ha manifestado. Le decía: “¡Oh amor mío, dulce vida de mi alma! ¿Quién sois vos y quién soy yo? ¿Qué queréis hacer de mí, humanándose tanto vuestra magnificencia a favorecer al inútil polvo? ¿Qué hará vuestra esclava por vuestro amor y por la deuda que os reconoce? ¿Qué os retribuiré por lo mucho que me habéis dado (Sal 115,12)? Mi ser, mi vida, potencias y sentidos, mis deseos y ansias, todo es vuestro. Consolad a esta sierva y Madre vuestra para que no desfallezca en el afecto de serviros, a la vista de su insuficiencia, y porque no muere por amaros. ¡Oh qué limitada es la capacidad humana! ¡Qué coartado el poder! ¡Qué limitados los afectos, pues no pueden llegar a satisfacer con equidad a vuestro amor! Pero siempre habéis de vencer en ser magnífico y misericordioso con vuestras criaturas y cantar victorias y triunfos de amor, y nosotras reconocidas debemos rendirnos y darnos por vencidas en vuestro poder. Quedaremos humillados y pegados con el polvo y vuestra grandeza magnificada y ensalzada por todas las eternidades.” Conocía la divina Señora en la ciencia de su Hijo Santísimo algunas veces las almas que en el discurso de la nueva ley de gracia se habían de señalar en el amor divino, las obras que habían de hacer, los martirios que habían de padecer por la imitación del mismo Señor; y con esta ciencia era inflamada en emulación de amor tan fuerte, que era mayor martirio el del deseo de la Reina que todos los que ha habido de obra. Y le sucedía lo que dijo el Esposo en los Cantares (Cant 8,6 (A.)), que la emulación del amor era fuerte como la muerte y dura como el infierno. A estos afectos que tenía la amorosa Madre de morir porque no moría, la respondió el Hijo Santísimo las palabras que allí se refieren (Ib): “Ponme por señal o por sello en tu corazón y en tu brazo,” dándole el efecto y la inteligencia juntamente. Con este divino martirio fue María Santísima mártir antes que todos los mártires. Y entre estos lirios y azucenas (Cant 2,16 (A.)) se apacentaba el cordero mansísimo Jesús, mientras aspiraba el día de la gracia y se inclinaban las sombras de la ley antigua. 548. No comió el niño Dios cosa alguna mientras recibió el pecho virginal de su Madre Santísima, porque sólo con la leche se alimentó, y ésta era tan suave, dulce y sustancial, como engendrada en cuerpo tan puro, perfecto y de complexión acendradísima, y medida con calidades sin desorden ni desigualdad. Ningún otro cuerpo y salud fue semejante a él; y la sagrada leche, aunque se guardara mucho tiempo, se preservara de corrupción por sus mismas calidades, y por especial privilegio, nunca se alterara ni se corrompiera, siendo así que la leche de otras mujeres luego se tuerce e inmuta, como la experiencia lo enseña. 549. El felicísimo esposo José no sólo gozaba de los favores y caricias del niño Dios, como testigo de vista de lo que tenían Hijo y Madre Santísimos, pero también fue digno de recibirlos del mismo Jesús inmediatamente, porque muchas veces se le ponía la divina Esposa en sus brazos, cuando era necesario hacer ella alguna obra en que no le pudiese tener consigo, como aderezar la comida, aliñar los fajos del niño y barrer la casa; en estas ocasiones le tenía San José y siempre sentía efectos divinos en su alma. Y exteriormente el mismo niño Jesús le mostraba agradable semblante y se reclinaba en el pecho del santo y con el peso y majestad de Rey le hacía algunas caricias con demostración de afecto, como suelen los infantes con los demás padres, aunque con San José no era esto tan de ordinario, ni con tanta caricia como con la verdadera Madre y Virgen. Y cuando ella lo dejaba, tenía la reliquia de la circuncisión, la cual traía consigo de ordinario el glorioso San José, para que le sirviese de consuelo. Estaban siempre los dos divinos esposos enriquecidos: ella con el Hijo Santísimo y él con su sagrada sangre y carne deificada. La tenían en un pomito de cristal, como dejo dicho (Cf. supra n.521,534), que buscó San José y le compró con el dinero que les envió Santa Isabel; y en él cerró la gran Señora el prepucio y la sangre que se vertió en la circuncisión, cortándole del lienzo que sirvió en este ministerio. Y para más asegurarlo todo, estando el pomillo guarnecido con plata por la boca, la cerró la poderosa Reina con sólo su imperio; con el cual se juntaron y soldaron los labios del brocal de plata, mejor que si los ajustara el artífice que los hizo. Y en esta forma guardó toda la vida la prudente Madre estas reliquias; y después entregó tan precioso tesoro a los apóstoles, y se le dejó como vinculado en la Santa Iglesia. En el mar inmenso de estos misterios me hallo tan anegada e imposibilitada con la ignorancia de mujer y limitados términos para explicarlos, que remito muchos a la fe y piedad cristiana.

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Doctrina que me dio la Reina Santísima María. 550. “Hija mía, advertida quedas en el capítulo pasado (Cf. supra n.529) para no inquirir por orden sobrenatural cosa alguna del Señor, ni por aliviarte del padecer, ni por natural inclinación y menos por vana curiosidad. Ahora te advierto que tampoco por ninguno de estos motivos has de dar lugar a tus afectos para codiciar ni ejecutar cosa alguna natural o exterior; porque en todas las operaciones de tus potencias y obras de los sentidos has de moderar y rendir tus inclinaciones, sin darles lo que piden, aunque sea con color aparente de virtud o piedad. No tenía yo peligro de exceder en estos afectos, por mi inculpable inocencia, ni tampoco le faltaba piedad al deseo que tenía de asistir al portal donde mi Hijo Santísimo había nacido y recibido la circuncisión; mas con todo eso no quise manifestar mi deseo, aun siendo preguntada de mi esposo, porque antepuse la obediencia a esta piedad y conocí era más seguro para las almas y de mayor agrado al Señor buscar su santa voluntad por consejo y parecer ajeno que por la inclinación propia. En mí fue esto mayor mérito y perfección; pero en ti y en las demás almas, que tenéis peligro de errar por el dictamen propio, ha de ser esta ley más rigurosa para prevenirle y desviarle con discreción y diligencia; porque la criatura ignorante y de corazón tan limitado se arrima fácilmente con sus afectos y párvulas inclinaciones a cosas pequeñas, y tal vez se ocupa toda con lo poco como con lo mucho, y lo que es nada le parece algo, y todo esto la inhabilita y priva de grandes bienes espirituales, de gracia, luz y merecimiento. 551. “Esta doctrina, con toda la que te he de dar, escribirás en tu corazón y procura hacer en él un memorial de todo lo que yo obraba, para que como lo conoces lo entiendas y ejecutes. Y atiende a la reverencia, amor y cuidado, al temor santo y circunspecto con que yo trataba a mi Hijo Santísimo. Y aunque siempre viví con este desvelo, pero después que le concebí en mi vientre, jamás le perdí de vista, ni me retardé en el amor que entonces me comunicó Su Alteza. Y con este ardor de más agradarle, no descansaba mi corazón, hasta que unida y absorta en la participación de aquel sumo bien y último fin, me quietaba a tiempos como en mi centro; pero luego volvía a mi continua solicitud, como quien prosigue su camino, sin detenerse en lo que no le ayudaba y le retarda su deseo. Tan lejos estaba mi corazón de apegarse a cosa alguna de las de la tierra, ni seguir inclinación sensible, que en esto vivía como si no fuera de la común naturaleza terrena. Y si las demás criaturas no están libres de las pasiones, o no las vencen en el grado que pueden, no se querellen de la naturaleza sino de su misma voluntad; que antes la naturaleza flaca se puede quejar de ellas, porque podían con el imperio de la razón regirla y encaminarla y no lo hacen, antes la dejan seguir sus desórdenes y la ayudan con la voluntad libre y con el entendimiento le buscan más objetos, peligros y ocasiones en que se pierda. Por estos precipicios que ofrece la vida humana te advierto, carísima mía, que ninguna cosa visible, aunque sea necesaria y al parecer muy justa, ni la apetezcas ni la busques. Y de todo lo que usas por necesidad, la celda, el vestido y sustento y lo demás, sea por obediencia con beneplácito de los prelados; porque el Señor lo quiere y yo lo apruebo, para que uses de ello en servicio del Todopoderoso. Por tantos registros como los que te he insinuado ha de pasar todo lo que obrares.” CAPITULO 16 Regresar al Principio Vienen los tres Reyes magos del oriente y adoran al Verbo humanado en Belén. 552. Los tres Reyes magos que vinieron en busca del niño Dios recién nacido eran naturales de la Persia, Arabia y Sabbá (Sal 71,10 (A.)), partes orientales de Palestina. Y su venida profetizaron señaladamente David, y antes de él Balaán, cuando por voluntad divina bendijo al pueblo de Israel, habiéndole conducido el rey Balaac de los moabitas para que le maldijese (Num 23-24). Entre estas bendiciones dijo Balaán que vería al rey Cristo, aunque no luego, y que le miraría, aunque no muy cerca (Num 24,17); porque no lo vio por sí sino por los Magos sus descendientes, ni fue luego sino después de muchos siglos. Dijo también que nacería una estrella de Jacob (Ib), porque sería para señalar al que nacía para reinar eternamente en la casa de Jacob (Lc 1,32). 553. Eran estos tres Reyes muy sabios en las ciencias naturales y leídos en las Escrituras del pueblo de Dios, y por su mucha ciencia fueron llamados Magos. Y por las noticias de las Escrituras y conferencias con algunos de los hebreos, llegaron a tener alguna creencia de la venida del Mesías que aquel pueblo esperaba. Eran a más de esto hombres rectos, verdaderos y de gran justicia en el gobierno de sus estados; que como no eran tan dilatados como los reinos de estos tiempos, los gobernaban con facilidad por sí mismos y administraban justicia como reyes sabios y prudentes;

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porque éste es el oficio legítimo del rey, y para eso dice el Espíritu Santo que tiene Dios su corazón en las manos (Prov 21,1), para encaminarle como las divisiones de las aguas a lo que fuere su santa voluntad. Tenían también corazones grandes y magnánimos, sin la avaricia ni codicia, que tanto los oprime y envilece y apoca los ánimos de los príncipes. Y por estar vecinos en los estados estos Magos y no lejos unos de otros, se conocían y comunicaban en las virtudes morales que tenían y en las ciencias que profesaban, y se noticiaban de cosas mayores y superiores que alcanzaban; en todo eran amigos y correspondientes fidelísimos. 554. Ya queda dicho en el capítulo 11, núm. 492, cómo la misma noche que nació el Verbo humanado fueron avisados de su natividad temporal por ministerio de los santos ángeles. Y sucedió en esta forma: que uno de los custodios de nuestra Reina, superior a los que tenían aquellos tres Reyes, fue enviado desde el portal, y como superior ilustró a los tres ángeles de los Reyes, declarándoles la voluntad y legacía del Señor, para que ellos, cada uno a su encomendado, manifestase el misterio de la Encarnación y nacimiento de Cristo nuestro Redentor. Luego los tres ángeles hablaron en sueños, cada cual al Mago que le tocaba, en una misma hora. Y éste es el orden común de las revelaciones angélicas, pasar del Señor a las almas por el de los mismos ángeles. Fue esta ilustración de los Reyes muy copiosa y clara de los misterios de la Encarnación, porque fueron informados cómo era nacido el Rey de los Judíos, Dios y hombre verdadero, que era el Mesías y Redentor que esperaban, el que estaba prometido en sus Escrituras y profecías, y que les sería dada para buscarle aquella estrella que Balaán había profetizado. Entendieron también los tres Reyes, cada uno por sí, cómo se daba este aviso a los otros dos, y que no era beneficio ni maravilla para quedarse ociosa, sino que obrasen a la luz divina lo que ella les enseñaba. Fueron elevados y encendidos en grande amor y deseos de conocer a Dios hecho hombre, adorarle por su Criador y Redentor y servirle con más alta perfección, ayudándoles para fado esto las excelentes virtudes morales que habían adquirido, porque con ellas estaban bien dispuestos para recibir la luz divina. 555. Después de esta revelación del cielo, que tuvieron los tres Reyes magos en sueño, salieron de él y luego se postraron a una misma hora en tierra y pegados con el polvo adoraron en espíritu al ser de Dios inmutable. Engrandecieron su misericordia y bondad infinita, por haber tomado el Verbo divino carne humana de una Virgen para redimir al mundo y dar salud eterna a los hombres. Luego todos tres, gobernados singularmente con un mismo espíritu, determinaron partir sin dilación a Judea en busca del niño Dios, para adorarle. Previnieron los tres dones que llevarle, oro, incienso y mirra en igual cantidad, porque en todo eran guiados con misterio, y sin haberse comunicado fueron uniformes en las disposiciones y determinaciones. Y para partir con presteza a la ligera, prepararon el mismo día lo necesario de camellos, recámara y criados para el viaje. Y sin atender a la novedad que causaría en el pueblo, ni que iban a reino extraño y con poca autoridad ni aparato, sin llevar noticia cierta de lugar ni señas para conocer al niño, determinaron con fervoroso celo y ardiente amor partir luego a buscarle. 556. Al mismo tiempo, el santo ángel que fue desde Belén a los Reyes formó de la materia del aire una estrella refulgentísima, aunque no de tanta magnitud como las del firmamento, porque ésta no subió más alta que pedía el fin de su formación y quedó en la región aérea para encaminar y guiar a los santos Reyes hasta el portal donde estaba el niño Dios. Pero era de claridad nueva y diferente que la del sol y de las otras estrellas, y con su luz hermosísima alumbraba de noche, como antorcha lucidísima, y de día se manifestaba entre el resplandor del sol con extraordinaria actividad. Al salir de su casa cada uno de estos Reyes, aunque de lugares diferentes, vieron la nueva estrella (Mt 2,2), siendo ella una sola; porque fue colocada en tal distancia y altura que a todos tres pudo ser patente a un mismo tiempo. Y encaminándose todos tres hacia donde los convidaba la milagrosa estrella, se juntaron brevemente; y luego se les acercó mucho más, bajando y descendiendo multitud de grados en la región del aire, con que gozaban más inmediatamente de su refulgencia. Y confirieron juntos las revelaciones que habían tenido y los intentos que cada uno llevaba, que eran uno mismo. Y en esta conferencia se encendieron más en la devoción y deseos de adorar al niño Dios recién nacido. Quedaron admirados y magnificando al Todopoderoso en sus obras y encumbrados misterios. 557. Prosiguieron los Magos sus jornadas, encaminados de la estrella, sin perderla de vista hasta que llegaron a Jerusalén; y así por esto como porque aquella gran ciudad era la cabeza y metrópoli de los judíos, sospecharon que ella sería la patria donde había nacido su legítimo y verdadero Rey. Entraron por la ciudad, preguntando públicamente por él, y diciendo (Mt 2,1ss): “¿A dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque en el oriente hemos visto su estrella que manifiesta su nacimiento y venimos a verle y adorarle.” Llegó esta novedad a los oídos de Herodes, que a la sazón, aunque injustamente, reinaba en Judea y vivía en Jerusalén; y sobresaltado el inicuo Rey con oír que había nacido otro más legítimo, se turbó y escandalizó mucho, y con él toda la ciudad se alteró; unos por lisonjearle y otros

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por el temor de la novedad. Y luego, como San Mateo refiere (Ib. (A.)), mandó Herodes hacer junta de los príncipes de los sacerdotes y escribas, y les preguntó dónde había de nacer Cristo, a quien ellos, según sus profecías y escrituras, esperaban. Le respondieron que, según el vaticinio de un profeta, que es Miqueas (Miq 5,2 (A.)), había de nacer en Belén, porque dejó escrito que de ella saldría el Gobernador que había de regir el pueblo de Israel. 558. Informado Herodes del lugar del nacimiento del nuevo Rey de Israel y meditando desde luego dolosamente destruirle, despidió a los sacerdotes y llamó secretamente a los Reyes magos para informarse del tiempo que habían visto la estrella pregonera de su nacimiento. Y como ellos con sinceridad se lo manifestasen, los remitió a Belén, y les dijo, con disimulada malicia: “d y preguntad por el infante, y en hallándole me daréis luego aviso, para que yo también vaya a reconocerle y adorarle.” Partieron los Magos, quedando el hipócrita rey mal seguro y congojado con señales tan infalibles de haber nacido en el mundo el Señor legítimo de los judíos. Y aunque pudiera sosegarle en la posesión de su grandeza el saber que no podía reinar tan presto un niño recién nacido, pero es tan débil y engañosa la prosperidad humana, que sólo un infante la derriba, y un amago, aunque sea de lejos, y sólo imaginarlo impide todo el consuelo y gusto que engañosamente ofrece a quien la tiene. 559. En saliendo los Magos de Jerusalén, hallaron la estrella que a la entrada habían perdido y con su luz llegaron a Belén y al portal del nacimiento, sobre el cual detuvo su curso y se inclinó entrando por la puerta y menguando su forma corporal, hasta ponerse sobre la cabeza del infante Jesús, no paró, y le bañó todo con su luz, y luego se deshizo y resolvió la materia de que se formó primero. Estaba ya nuestra gran Reina prevenida por el Señor de la llegada de los Reyes, y cuando entendió que estaban cerca del portal, dio noticia de ello al santo esposo José, no para que se apartase, sino para que asistiese a su lado, como lo hizo. Y aunque el texto sagrado del Evangelio no lo dice, porque esto no era necesario para el misterio, como tampoco otras cosas que dejaron los evangelistas en silencio, pero es cierto que el Santo José estuvo presente cuando los Reyes adoraron al infante Jesús. Y no era necesario cautelar esto, porque los Magos venían ya ilustrados de que la Madre del recién nacido era Virgen y él Dios verdadero y no hijo de San José. Ni Dios trajera a los Reyes para que le adorasen y, por no estar catequizados, faltasen en cesa tan esencial como juzgarle por hijo de José de madre no virgen; de todo venían ilustrados y sintiendo altísimamente de lo perteneciente a tan magníficos y encumbrados sacramentos. 560. Aguardaba la divina Madre con el infante Dios en sus brazos a los devotos y piadosos Reyes, y estaba con incomparable modestia y hermosura, descubriendo entre la humilde pobreza indicios de majestad más que humana, con algo de resplandor en el rostro. El niño le tenía mucho mayor y derramaba grande refulgencia de luz, con que estaba toda aquella caverna hecha cielo. Entraron en ella los tres Reyes orientales y a la vista primera del Hijo y de la Madre quedaron por gran rato admirados y suspensos. Se postraron en tierra y en esta postura reverenciaron y adoraron al infante, reconociéndole por verdadero Dios y hombre y reparador del linaje humano. Y con el poder divino y vista y presencia del dulcísimo Jesús, fueron de nuevo ilustrados interiormente. Conocieron la multitud de espíritus angélicos que, como siervos y ministros del gran Rey de los reyes y Señor de los señores (Ap 19,16), asistían con temblor y reverencia. Se levantaron en pie y luego dieron la enhorabuena a su Reina y nuestra de ser Madre del Hijo del eterno Padre, y llegaron a darle reverencia, hincadas las rodillas. Le pidieron la mano para besársela, como en sus reinos se acostumbraba con las reinas. La prudentísima Señora retiró la suya y ofreció la del Redentor del mundo, y dijo: “Mi espíritu se alegró en el Señor y mi alma le bendice y alaba; porque entre todas las naciones os llamó y eligió, para que con vuestros ojos lleguéis a ver y conocer lo que muchos reyes y profetas desearon (Lc 10,24) y no lo consiguieron, que es al eterno Verbo encarnado y humanado. Magnifiquemos y alabemos su nombre por los sacramentos y misericordias que usa con su pueblo, besemos la tierra que santifica con su real presencia.” 561. Con estas razones de María Santísima se humillaron de nuevo los tres Reyes, adorando al infante Jesús, y reconocieron el beneficio grande de haberles nacido tan temprano el sol de justicia, para ilustrar sus tinieblas. Hecho esto, hablaron al santo esposo José, engrandeciendo su felicidad de ser esposo de la Madre del mismo Dios, y por ella le dieron la enhorabuena, admirados y compadecidos de tanta pobreza y que en ella se encerrasen los mayores misterios del cielo y tierra. Pasaron en estas cosas tres horas, y los Reyes pidieron licencia a María Santísima para ir a la ciudad a tomar posada, por no haber lugar para detenerse en la cueva y estar en ella. Los seguían alguna gente, pero solos los Magos participaron los efectos de la luz y de la gracia. Los demás, que sólo paraban y atendían lo exterior y miraban el estado pobre y despreciable de la Madre y de su esposo, aunque tuvieron alguna admiración de la novedad no conocieron el misterio. Se despidieron y se fueron los Reyes, y quedaron María y José con el infante solos, dando gloria a Su Majestad con nuevos cánticos de alabanza, porque su nombre comenzaba a ser conocido y adorado de las

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gentes. Lo demás que hicieron los Reyes, diré en el capítulo siguiente. Doctrina que me dio la Reina del cielo. 562. “Hija mía, en los sucesos que contiene este capítulo, había gran fundamento para enseñar a los reyes y príncipes, y a los demás hijos de la Iglesia Santa, en la pronta devoción y humildad de los Magos, para imitarla, y en la dureza inicua de Herodes, para temerla; porque cada uno cogió el fruto de sus obras. Los Reyes, de las muchas virtudes y justicia que guardaban, y Herodes, de su ciega ambición y soberbia, con que injustamente reinaba, y de otros pecados en que le despeñó su inclinación sin rienda ni moderación. Pero basta esto para los que viven en el mundo, y las demás doctrinas que tienen en la Santa Iglesia; para ti debes aplicar la enseñanza de lo que has escrito, advirtiendo que toda la perfección de la vida cristiana se ha de fundar en las verdades católicas y en el conocimiento de ellas constante y firme, como lo enseña la santa fe de la Iglesia. Y para más imprimirlas en tu corazón, te has de aprovechar de todo lo que leyeres y oyeres de las divinas Escrituras y de otros libros devotos y doctrinales de las virtudes. Y a esta fe santa ha de seguir la ejecución de ellas, con abundancia de todas las buenas obras, esperando siempre la visitación y venida (Tit 2,13) del Altísimo. 563. “Con esta disposición estará tu voluntad pronta, como yo la quiero, para que en ti halle la del Todopoderoso la suavidad y rendimiento necesario para no tener resistencia a lo que te manifestare, sino que en conociéndolo lo ejecutes, sin otros respetos de criaturas y te ofrezco que, si lo hicieres como debes, yo seré tu estrella y te guiaré por las sendas del Señor (Prov 4,1l), para que con velocidad camines hasta ver y gozar en Sión (Sal 83,8) de la cara de tu Dios y sumo bien. En esta doctrina, y en lo que sucedió a los devotos Reyes del oriente, se encierra una verdad esencialísima para la salvación de las almas; pero conocida de muy pocas y advertida de menos: esto es, que las inspiraciones y llamamientos que envía Dios a las criaturas regularmente tienen este orden: que las primeras mueven a obrar algunas virtudes, y si a éstas responde el alma, envía el Altísimo otras mayores para obrar más excelentemente, y aprovechándose de unas se dispone para otras y recibe nuevos y mayores auxilios; y por este orden van creciendo los favores del Señor, según la criatura va correspondiendo a ellos. De donde entenderás dos cosas: la una, cuán grave daño es despreciar las obras de cualquiera virtud y no ejecutarlas según las divinas inspiraciones dictan; la segunda, que muchas veces daría Dios grandes auxilios a las almas, si ellas comenzasen a responder con los menores; porque está aparejado y como esperando que le den lugar, para obrar según la equidad de sus juicios y justicia, y porque desprecian este orden y proceder de sus vocaciones, suspende el corriente de su divinidad y no concede lo que él desea y las almas habían de recibir, si no pusieran óbice e impedimento, y por esto van de un abismo en otro (Sal 41,8). 564. Los Magos y Herodes llevaron encontrados caminos; que los unos correspondieron con buenas obras a los primeros auxilios e inspiraciones, y así se dispusieron con muchas virtudes para ser llamados y traídos por la revelación divina al conocimiento de los misterios de la Encarnación, nacimiento del Verbo divino y Redención del linaje humano, y de esta felicidad a la de ser santos y perfectos en el camino del cielo. Por el contrario le sucedió a Herodes, que su dureza y desprecio que hizo de obrar bien con los auxilios del Señor, le trajo a tan desmedida soberbia y ambición, y estos vicios le arrastraron hasta el último precipicio de crueldad, intentando quitar la vida, primero que otro alguno de los hombres, al Redentor del mundo, y fingirse para esto piadoso y devoto con simulada piedad, y reventando su furiosa indignación y por encontrarle, quitó la vida a los niños inocentes para que no se frustrasen sus dañados y perversos intentos.” CAPITULO 17 Regresar al Principio Vuelven los Reyes magos por segunda vez a ver y adorar al infante Jesús, le ofrecen sus dones y despedidos toman otro camino para sus tierras. 565. Del portal del nacimiento, a donde los tres Reyes entraron vía recta desde su camino, se fueron a descansar a la posada dentro de la ciudad de Belén; y retirándose aquella noche a un aposento a solas, estuvieron grande espacio de tiempo, con abundancia de lágrimas y suspiros, confiriendo lo que habían visto y los efectos que a cada uno había causado y lo que habían notado en el niño Dios y en su Madre Santísima. Con esta conferencia se inflamaron más en el amor divino, admirándose de la majestad y resplandor del infante Jesús, de la prudencia, severidad y pudor divino de la Madre, de la santidad del esposo José y de la pobreza de todos tres, de la humildad del lugar donde había querido

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nacer el Señor de tierra y cielo. Sentían los devotos Reyes la llama del divino incendio que abrasaba sus piadosos corazones, y sin poderse contener rompían en razones de gran dulzura y acciones de mucha veneración y amor. Decían: “¿Qué fuego es éste que sentimos? ¿Qué eficacia la de este gran Rey, que nos mueve a tales deseos y afectos? ¿Qué haremos para tratar con los hombres? ¿Cómo pondremos modo y tasa a nuestros gemidos y suspiros? ¿Qué harán los que han conocido tan oculto, nuevo y soberano misterio? ¡Oh grandeza del Omnipotente escondida (Is 45,15) por los hombres y disimulada en tanta pobreza! ¡Oh humildad nunca imaginada de los mortales! ¡Quién os pudiera traer a todos para que ninguno se privara de esta felicidad!” 566. Entre estas divinas conferencias se acordaron los Magos de la estrecha necesidad que tenían Jesús, María y José en su cueva y determinaron enviarles luego algún regalo en que les mostrasen su caricia, y ellos diesen aquel ensanche al afecto que tenían de servirlos, mientras no podían hacer otra cosa. Les remitieron con sus criados muchos de los regalos que para ellos estaban prevenidos y otros que buscaron. Los recibieron María Santísima y José con humilde reconocimiento; y el retorno fue, no gracias secas, como hacen los demás, sino muchas bendiciones eficaces de consuelo espiritual para los tres Reyes. Tuvo con este regalo nuestra gran Reina y Señora con qué hacerles a sus ordinarios convidados, los pobres, opulenta comida; que acostumbrados a sus limosnas y más aficionados a la suavidad de sus palabras, la visitaban y buscaban de ordinario. Los Reyes se recogieron llenos de incomparable júbilo del Señor, y en sueños los avisó el ángel de su jornada. 567. El día siguiente en amaneciendo volvieron a la cueva del nacimiento, para ofrecer al Rey celestial los dones que traían prevenidos. Llegaron y postrados en tierra le adoraron con nueva y profundísima humildad, y abriendo sus tesoros, como dice el Evangelio (Mt 2,11), le ofrecieron oro, incienso y mirra. Hablaron con la divina Madre y la consultaron muchas dudas y negocios de los que tocaban a los misterios de la fe y cosas pertenecientes a sus conciencias y gobierno de sus estados; porque deseaban volver de todo informados y capaces para gobernarse santa y perfectamente en sus obras. La gran Señora los oyó con sumo agrado, y cuando la informaban confería con el infante en su interior todo lo que había de responder y enseñar a aquellos nuevos hijos de su ley santa. Y como maestra e instrumento de la sabiduría divina respondió a todas las dudas que le propusieron tan altamente, santificándolos y enseñándoles de suerte que, admirados y atraídos de la ciencia y suavidad de la Reina, no podían apartarse de ella, y fue necesario que uno de los ángeles del Señor les dijese que era su voluntad y forzoso el volverse a sus patrias. Y no es maravilla que esto les sucediese, porque a las palabras de María Santísima fueron ilustrados del Espíritu Santo y llenos de ciencia infusa en todo lo que preguntaron y en otras muchas materias. 568. Recibió la divina Madre los dones de los Reyes y en su nombre los ofreció al infante Jesús. Y su Majestad con agradable semblante mostró que los admitía y les dio su bendición, de manera que los mismos Reyes lo vieron y conocieron que la daba en retomo de los dones ofrecidos, con abundancia de dones del cielo y más de ciento por uno (Mt 19,29). A la divina Princesa ofrecieron algunas joyas, al uso de su patria, de gran valor, pero esto, que no era de misterio ni pertenecía a él, se lo volvió Su Alteza a los Reyes y sólo reservó los tres dones de oro, incienso y mirra. Y para enviarlos más consolados, les dio algunos paños de los que había envuelto al niño Dios, porque ni tenía ni podía haber otras prendas visibles con que enviarlos enriquecidos de su presencia. Recibieron los tres Reyes estas reliquias con tanta veneración y aprecio, que guarneciéndolas en oro y piedras preciosas las guardaron. Y en testimonio de su grandeza derramaban tan fragancia de sí y daban tan copioso olor, que se percibía casi de una legua de distancia. (Legua: Unidad antigua de longitud que expresa la distancia que una person o un caballo pueden andar en una hora. Legua castellana: 4,19 km or 2,6 varas Castellanas.) Pero con esta calidad y diferencia, que sólo se comunicaba a los que tenían fe de la venida de Dios al mundo, y los demás incrédulos no participaron de este favor, ni sentían la fragancia de las preciosas reliquias, con las cuales hicieron grandes milagros en sus patrias. 569. Ofrecieron también los Reyes a la Madre del dulcísimo Jesús servirla con sus haciendas y posesiones, y que si no gustaba de ellas y quería vivir en aquel lugar del nacimiento de su. Hijo Santísimo, le edificarían allí casa para estar con más comodidad. Estos ofrecimientos agradeció la prudentísima Madre sin admitirlos. Y para despedirse de ella los Reyes, la rogaron con íntimo afecto del corazón que jamás se olvidase de ellos, y así se lo prometió y cumplió; y lo mismo pidieron a San José. Y con la bendición de todos tres se despidieron con tal afecto y ternura, que parecía dejaban allí sus corazones, en lágrimas y suspiros convertidos. Tomaron otro camino diferente, por no volver a Herodes por Jerusalén, que el ángel aquella noche les amonestó en sueños no lo hiciesen. Y al partir de Belén fueron guiados por otro camino, apareciéndoles la misma u otra estrella para este intento, y los llevó hasta el lugar donde se habían juntado y de allí cada uno volvió a su patria.

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570. Lo restante de la vida de estos felicísimos Reyes fue correspondiente a su divina vocación, porque en sus estados vivieron y procedieron como discípulos de la Maestra de la santidad, por cuya doctrina gobernaron sus almas y sus reinos. Y con su ejemplo, vida y noticia que dieron del Salvador del mundo, convirtieron gran número de almas al conocimiento de Dios y camino de la salvación. Y después de esto, llenos de días y merecimientos, acabaron su carrera en santidad y justicia, siendo favorecidos en vida y muerte de la Madre de misericordia. Despedidos los Reyes, quedaron la divina Señora y José en nuevos cánticos de alabanza por las maravillas del Altísimo. Y las conferían con las divinas Escrituras y profecías de los patriarcas, conociendo cómo se iban cumpliendo en el infante Jesús. Pero la prudentísima Madre, que profundamente penetraba estos altísimos sacramentos, lo conservaba todo y lo confería consigo misma en su pecho (Lc 2,19). Los santos ángeles que asistían a estos misterios dieron la enhorabuena a su Reina, de que fuese su Hijo Santísimo conocido, adorado por los hombres y Su Majestad humanado, y le cantaron nuevos cánticos, magnificándole por las misericordias que obraban con los hombres. Doctrina que me dio la Reina del cielo María Santísima. 571. “Hija mía, grandes fueron los dones que ofrecieron los Reyes a mi Hijo Santísimo, pero mayor el afecto de amor con que los daban y el misterio que significaban; por todo esto le fueron muy aceptos y agradables a Su Majestad. Esto quiero yo que tú le ofrezcas, dándole gracias porque te hizo pobre en el estado y profesión; porque te aseguro, amiga, que no hay para el Altísimo otro más precioso don ni ofrenda que la pobreza voluntaria, pues son muy pocos hoy en el mundo los que usan bien de las riquezas temporales y que las ofrezcan a su Dios y Señor con la largueza y afecto que estos santos Reyes. Los pobres del Señor, tanto número como hay, experimentan bien y testifican cuán cruel y avarienta se ha hecho la naturaleza humana, pues con haber tantos necesitados, son tan pocos remediados de los ricos. Esta impiedad tan descortés de los hombres ofende a los ángeles y contrista al Espíritu Santo, viendo a la nobleza de las almas tan envilecida y abatida, sirviendo todos a la torpe codicia del dinero con sus fuerzas y potencias. Y como si se hubieran criado para sí solos las riquezas, así se las apropian y las niegan a los pobres, sus hermanos de su misma carne y naturaleza; y al mismo Dios que las crió no se las dan, siendo el que las conserva y puede darlas y quitarlas a su voluntad. Y lo más lamentable es que, cuando pueden los ricos comprar la vida eterna con la hacienda (Lc 16,9), con ella misma granjean su perdición, por usar de este beneficio del Señor como hombres insensatos y necios. 572. “Este daño es general en los hijos de Adán, y por eso es tan excelente y segura la voluntaria pobreza; pero en ella, partiendo con alegría lo poco con el pobre, se hace ofrenda grande al Señor de todos. Y tú puedes hacerla de lo que te toca para tu sustento, dando una parte al pobre, deseando remediar a todos, si con tu trabajo y sudor fuera posible. Pero tu continua ofrenda ha de ser las obras de amor, que es el oro, y la oración continua, que es el incienso, y la tolerancia igual en los trabajos y verdadera mortificación en todo, que es la mirra. Y lo que obrares por el Señor, ofrécelo con fervoroso afecto y prontitud, sin tibieza ni temor, porque las obras remisas o muertas no son sacrificio aceptable a los ojos de Su Majestad. Para ofrecer incesantemente estos dones de tus propios actos es menester que la fe y la luz divina esté siempre encendida en tu corazón, proponiéndote el objeto a quien has de alabar, magnificar y el estímulo de amor con que siempre estás obligada de la diestra del Altísimo, para que no ceses en este dulce ejercicio, tan propio de las esposas de Su Majestad, pues el título es significación de amor y deuda de continuo afecto.” CAPITULO 18 Regresar al Principio Distribuyen María Santísima y José los dones de los Reyes magos y se detienen en Belén hasta la presentación del infante Jesús en el templo. 573. Despedidos los tres Reyes magos y habiéndose celebrado en el portal el gran misterio de la adoración del infante Jesús, no quedaba otro que esperar en aquel lugar pobre y sagrado sino salir de él. La prudentísima Madre dijo a San José: “Señor mío y esposo, esta ofrenda que los Reyes han dejado a nuestro Dios y niño no ha de estar ociosa, pero ha de servir a Su Majestad, empleándose luego en lo que fuere de su voluntad y obsequio. Yo nada merezco, aunque sea de cosas temporales; disponed de todo como de cosa de mi Hijo y vuestra.” Respondió el fidelísimo esposo con su acostumbrada humildad y cortesía, remitiéndose a la voluntad de la divina Señora, para que por ella se distribuyese. Instó de nuevo Su Majestad, y dijo: “Si por humildad queréis, señor mío, excusaros, hacedlo por la caridad de los pobres, que piden la parte que les toca, pues tienen derecho a las cosas que su Padre celestial crió para su alimento.”

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Confirieron luego entre María purísima y San José cómo se distribuyesen en tres partes: una para llevar al templo de Jerusalén, que fue el incienso y mirra y parte del oro; otra para ofrecer al sacerdote que circuncidó al niño, que se emplease en su servicio y de la sinagoga o lugar de oración que había en Belén; y la tercera para distribuir con los pobres. Y así lo ejecutaron con liberal y fervoroso afecto. 574. Para salir de aquel portal, ordenó el Todopoderoso que una mujer pobre, honrada y piadosa fuese algunas veces a ver a nuestra Reina al mismo portal; porque era la casa donde vivía pegada a los muros de la ciudad, no lejos de aquel lugar sagrado. Esta devota mujer, oyendo la fama de los Reyes e ignorando lo que habían hecho, fue un día después a hablar a María Santísima, y la dijo si sabía lo que pasaba de que unos Magos, que decían eran reyes, habían venido de lejos a buscar al Mesías. La divina Princesa con esta ocasión, y conociendo el buen natural de la mujer, la instruyó y catequizó en la fe común, sin declararle en particular el sacramento escondido del Rey que en sí misma encerraba y en el dulcísimo niño que tenía en sus divinos brazos. La dio también alguna parte del oro destinado para los pobres, con que se remediase. Con estos beneficios quedó mejorada en todo la suerte de la feliz mujer, y ella aficionada a su maestra y bienhechora. Le ofreció su casa, y siendo pobre era más acomodada para hospicio de los artífices o fundadores de la santa pobreza. Le hizo grande instancia la pobre mujer, viendo la descomodidad del portal donde María Santísima y el feliz esposo estaban con el niño. No desechó el ofrecimiento la Reina y con estimación respondió a la mujer que la avisaría de su determinación. Y confiriéndolo luego con San José, se resolvieron en ir a pasar a la casa de la devota mujer y esperar allí el tiempo de la purificación y presentación al templo. Les obligó más a esta determinación el estar cerca del portal del nacimiento, y también que comenzaba a concurrir en él mucha gente, por el rumor que se iba publicando del suceso y venida de los Reyes. 575. Desampararon María Santísima, San José y el niño el sagrado portal, porque ya era forzoso, aunque con gran cariño y ternura, y se fueron a hospedar a la casa de la feliz mujer, que los recibió con suma caridad y les dejó libre lo mejor de la habitación que tenía. Los fueron acompañando todos los ángeles y ministros del Altísimo, en la misma forma humana que siempre los asistían. Y porque la divina Madre y su esposo desde la posada frecuentaban las estaciones de aquel santuario, iban y venían con ellos la multitud de príncipes que los servían. Y a más de esto, para guarda y custodia del portal o cueva cuando el niño y Madre salieron de ella, puso Dios un ángel que le guardase, como el del paraíso (Gen 3,24); y así ha estado y está hoy en la puerta de la cueva del nacimiento con una espada, y nunca más entró en aquel lugar santo ningún animal, y si el santo ángel no impide la entrada de los enemigos infieles, en cuyo poder está aquél y los demás lugares sagrados, es por los juicios del Altísimo, que deja obrar a los hombres por los fines de su sabiduría y justicia; y porque no era necesario este milagro, si los príncipes cristianos tuvieran ferviente celo de la honra y gloria de Cristo para procurar la restauración de aquellos Santos Lugares consagrados con la sangre y plantas del mismo Señor y de su Madre Santísima y con las obras de nuestra redención; y cuando esto no fuera posible, no hay excusa para no procurar a lo menos la decencia de aquellos misteriosos lugares con toda diligencia y fe, que el que la tuviere, grandes montes vencerá (Mt 17,19), porque todo le es posible al creyente (Mc 9,22) y se me ha dado a entender que la devoción piadosa y la veneración de la Tierra Santa es uno de los medios más eficaces y poderosos para establecer y asegurar las monarquías católicas; y quien lo fuere no puede negar que ahorrar a otros gastos excesivos y excusados, para emplearlos en tan piadosa empresa, fuera grata a Dios y a los hombres, pues para honestar estos gastos no es menester buscar razones peregrinas. 576. Retirada María purísima con su Hijo y Dios a la posada que halló cerca del portal, perseveró en ella hasta el tiempo que conforme a la ley se había de presentar purificada al templo con su primogénito. Y para este misterio determinó en su ánimo la santísima entre las criaturas disponerse dignamente con deseos fervorosos de llevar a presentar al eterno Padre en el templo su infante Jesús, e imitándole ella y presentándose con él adornada y hermoseada con grandes obras que hiciesen digna hostia y ofrenda para el Altísimo. Con esta atención hizo la divina Señora aquellos días, hasta la purificación, tales y tan heroicos actos de amor y de todas las virtudes, que ni lengua de hombres ni ángeles lo pueden explicar; ¿cuánto menos podrá una mujer en todo inútil y llena de ignorancia? La piedad y devoción cristiana merecerá sentir estos misterios, y los que para su contemplación y veneración se dispusieren. Y por algunos favores más inteligibles que recibió la Virgen Madre, se podrán colegir y rastrear otros que no caben en palabras. 577. Desde el nacimiento habló el infante Jesús con su dulcísima Madre en voz inteligible, cuando la dijo, luego que nació: “Imítame, Esposa mía y asimílate a mí,” como dije en su lugar, capítulo 10 (Cf. supra n.480). Y aunque siempre la hablaba con perfectísima pronunciación, era a solas, porque el santo esposo José nunca le oyó hablar, hasta que fue el

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niño creciendo y habló después de un año con él. Ni tampoco la divina Señora le declaró este favor a su esposo, porque conocía era sólo para ella. Las palabras del niño Dios eran con la majestad digna de su grandeza y con la eficacia de su poder infinito y como con la más pura y santa, la más sabia y prudente de las criaturas, fuera de sí mismo, y como con verdadera Madre suya. Algunas veces decía: “Paloma mía, querida mía, Madre mía carísima.” Y en estos coloquios y delicias que se contienen en los Cantares de Salomón, y otros más continuos interiores, pasaban Hijo y Madre Santísimos, con que recibía más favores la divina Princesa y oyó palabras tan de dulzura y caricia, que han excedido a las de los Cantares de Salomón, y más que han dicho ni pensado todas las almas justas y santas desde el principio hasta el fin del mundo. Muchas veces repetía el infante Jesús, entre estos amables misterios, aquellas palabras: “Asimílate a mí, Madre y paloma.” Y como eran razones de vida y virtud infinita, y a ellas acompañaba la ciencia divina que tenía María Santísima de todas las operaciones que obraba interiormente el alma de su Hijo unigénito, no hay lengua que pueda explicar, ni pensamiento percibir los efectos de estas obras tan recónditas en el candidísimo e inflamado corazón de la Madre de Hijo que era hombre y Dios. 578. Entre algunas excelencias más raras y beneficios de María purísima, el primero es ser Madre de Dios, que fue el fundamento de todas; el segundo, ser concebida sin pecado; el tercero, gozar en esta vida muchas veces la visión beatífica de paso; el cuarto lugar tiene este favor, de que gozaba continuamente, viendo con claridad el alma santísima de su Hijo y todas sus operaciones para imitarlas. La tenía presente, como un espejo clarísimo y purísimo en que se miraba y remiraba, adornándose con las preciosas joyas de aquella alma santísima copiadas en sí misma. La miraba unida al Verbo divino y cómo se reconocía inferior en la humanidad con profunda humildad. Conocía con vista clarísima los actos de agradecimiento y alabanza que daba, por haberla criado de nada como a todas las demás almas, y por los dones y beneficios que sobre todas había recibido en cuanto criatura, y especialmente por haberla levantado y sublimado a su naturaleza humana a la unión inseparable de la divinidad. Atendía a las peticiones, oraciones y súplicas, que hacía incesantes, que presentaba al eterno Padre por el linaje humano, y cómo en todas las demás obras iba disponiendo y encaminando su redención y enseñanza, como único Reparador y Maestro de vida eterna. 579. Todas estas obras de la santísima humanidad de Cristo nuestro bien iba imitando su Madre purísima. Y en toda esta Historia hay mucho que decir de tan gran misterio, porque siempre tuvo este dechado y ejemplar a la vista, donde formó todas las acciones y operaciones desde la Encarnación y nacimiento de su Hijo, y como abeja oficiosa fue componiendo el panal dulcísimo de las delicias del Verbo humanado. Y Su Majestad, que vino del cielo a ser nuestro Redentor y Maestro, quiso que su Madre Santísima, de quien recibió el ser humano, participase por altísimo y singular modo los frutos de la general redención y que fuese única y señalada discípula, en quien se estampase al vivo su doctrina, formándola tan semejante a sí mismo, cuanto era posible en pura criatura. Por estos beneficios y fines del Verbo humanado se ha de colegir la grandeza de las obras de su Madre Santísima y las delicias que tenía con él en sus brazos, reclinándole en su pecho, que era el tálamo y lecho florido (Cant 1,15 (A.)) de este verdadero Esposo. 580. En los días que la Reina Santísima se detuvo en Belén hasta la purificación, concurrió alguna gente a visitarla y hablarla, aunque casi todos eran de los más pobres: unos por la limosna que de su mano recibían, otros por haber sabido que los Magos habían estado en el portal, y todos hablaban de esta novedad y de la venida del Mesías, porque en aquellos días, no sin dispensación divina, estaba muy público entre los judíos que se llegaba el tiempo en que había de nacer en el mundo, y se hablaba comúnmente de esto. Con ocasión de todas estas pláticas se le ofrecían a la prudentísima Madre repetidas ocasiones de obrar grandiosamente, no sólo en guardar secreto en su pecho y conferir en él todo lo que oía y veía (Lc 2,19), pero también en encaminar muchas almas al conocimiento de Dios, confirmarlas en la fe, instruirlas en las virtudes, alumbrarlas en los misterios del Mesías que esperaban y sacarlas de grandes ignorancias en que estaban, como gente vulgar y poco capaz de las cosas divinas. La decían algunas veces tantas novelas y cuentos de mujeres en estas materias, que oyéndolas el santo y sencillo esposo José se solía sonreír y admirar de las respuestas llenas de sabiduría y eficacia divina con que la gran Señora respondía y enseñaba a todos; cómo los toleraba, sufría y encaminaba a la verdad y conocimiento de la luz, con profunda humildad y severidad apacible, dejando a todos gustosos, consolados y capaces de lo que les convenía; porque les hablaba palabras de vida eterna (Jn 6,69), que les penetraba hasta el corazón, los fervorizaba y alentaba. Doctrina de la Reina del cielo María Santísima Señora nuestra. 581. “Hija mía, a la vista clara de la luz divina conocí yo, sobre todas las criaturas, el bajo precio y estimación que tienen delante el Altísimo los dones y riquezas de la tierra, y por esto me fue trabajoso y enojoso a mi santa libertad

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hallarme cargada con los tesoros de los Reyes ofrecidos a mi Hijo Santísimo; pero como en todas mis obras había de resplandecer la humildad y obediencia, no quise apropiarlos a mí, ni dispensarlos por mi voluntad, sino por la de mi esposo José; y en esta resignación hice concepto como si fuera sierva suya y como si nada de aquellos bienes temporales me tocara, porque es cosa fea, y para vosotras las criaturas flacas muy peligrosa, atribuiros o apropiaros cosa ninguna de bienes terrenos, así de hacienda como de honra, pues todo esto se hace con codicia, ambición y ostentación vana. 582. “He querido, carísima, decirte todo esto para que en todas materias quedes enseñada de no admitir dones ni honras humanas, como si algo te debieran, ni lo apropies a ti misma, y esto menos cuando lo recibes de personas poderosas y calificadas; guarda tu libertad interior y no hagas ostentación de lo que nada vale, ni te puede justificar para con Dios. Si algo te presentaren, nunca digas esto me han dado, ni esto me han traído, sino esto envía el Señor para la comunidad, pidan a Su Majestad por el instrumento de esta misericordia suya; y nombrarle, para que lo hagan en particular y no se frustre el fin del que hace la limosna. Tampoco la recibas por tu mano, que es insinuar codicia, sino las ofícialas dedicadas para ese fin; y si por el oficio de prelada fuere necesario después de estar dentro el convento darlo a quien le pertenece para distribuirlo al común, sea con magisterio de desprecio, manifestando no está allí el afecto, aunque al Altísimo y al que te hizo el bien se le has de agradecer, y conocer no le mereces. Lo que traen a las demás religiosas debes agradecerlo por prelada, y con toda solicitud cuidar luego se aplique al cuerpo de la comunidad, sin tomar para ti cosa alguna; y no mires con curiosidad lo que viene al convento, porque no se deleite el sentido, ni se incline a apetecerlo o gustar le hagan tales beneficios, que el natural frágil y lleno de pasiones incurre en muchos defectos repetidas veces y muy pocas veces se hace consideración de ellos; no se le puede fiar nada a la naturaleza infecta, porque siempre quiere más de lo que tiene y nunca dice basta y cuanto más recibe mayor sed le queda para más. 583. “Pero en lo que te quiero más advertida es en el trato íntimo y frecuente con el Señor, por incesante amor, alabanza y reverencia. En esto quiero, hija mía, que trabajes con todas tus fuerzas y que apliques tus potencias y sentidos sin intervalo, con desvelo y cuidado; porque sin él es forzoso que la parte inferior, que agrava el alma (Sab 9,15), la derribe y atierre, la divierta y precipite, haciéndola perder de vista el sumo bien. Y este trato amoroso del Señor es tan delicado, que sólo de atender y oír al enemigo en sus fabulaciones se pierde; y por esto solicita él con gran desvelo que le atiendan, como quien sabe que el castigo de haberle escuchado será escondérsele al alma el objeto de su amor; y luego la que inadvertidamente ignoró su hermosura (Cant 1,7 (A.)) sale tras de las pisadas de sus descuidos, desposeída de suavidad divina, y cuando, a mal de su grado, experimenta el daño en su dolor, quiere volver a buscarla y no siempre se halla ni se le restituye; y como el demonio que la engañó le ofrece otros deleites tan viles y desiguales de aquellos a que tenía acostumbrado el gusto interior, de aquí le resulta y se origina nueva tristeza, turbación, caimiento, tibieza, hastío y toda se llena de confusión y peligro. 584. De esta verdad tienes tú, carísima, alguna experiencia, por tus descuidos y tardanza en creer los beneficios del Señor. Ya es tiempo que seas prudente en tu sinceridad y constante en conservar el fuego del santuario, sin perder de vista un punto el mismo objeto a que yo siempre estuve atenta con la fuerza de toda mi alma y potencias. Y aunque es grande la distancia de ti, que eres un vil gusanillo, a lo que en mí te propongo que imites y no puedes gozar del bien verdadero tan inmediato como yo le tenía, ni obrar con las condiciones que yo lo hacía, pero, pues yo te enseño y manifiesto lo que obraba imitando a mi Hijo Santísimo, puedes, según tus fuerzas, imitarme a mí, entendiendo que le miras por otro viril; mas porque yo le miraba por el de su humanidad santísima, y tú por el de mi alma y persona. Y si a todos llama y convida el Todopoderoso a esta alta perfección si quieren seguirla, considera tú lo que debes hacer por ella, pues tan larga y poderosa se muestra contigo la diestra del Altísimo para traerte tras de sí (Ib. 3). CAPITULO 19 Regresar al Principio Parten María Santísima y José con el infante Jesús de Belén a Jerusalén, para presentarle en el templo y cumplir la ley. 585. Cumplíanse ya los cuarenta días que conforme a la ley (Lev 12,4 (A.)) se juzgaba por inmunda la mujer que paría hijo y perseveraba en la purificación del parto hasta que después iba al templo. Para cumplir la Madre de la misma pureza

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con esta ley, y de camino con la otra del Éxodo (Ex 13,12 (A.)) en que mandaba Dios le santificasen y ofreciesen todos los primogénitos, determinó pasar a Jerusalén, donde se había de presentar en el templo con el Unigénito del eterno Padre suyo y purificarse conforme las demás mujeres madres. Y en el cumplimiento de estas dos leyes, para la que a ella le tocaba, no tuvo duda ni reparo alguno en obedecer como las demás madres; no porque ignorase su inocencia y pureza propia, que desde la Encarnación del Verbo la sabía, y que no había contraído el común pecado original, y tampoco ignoraba que había concebido por obra del Espíritu Santo y parido sin dolor, quedando siempre virgen y más pura que el sol; pero en cuanto a rendirse a la ley común no dudaba su prudencia, y también lo solicitaba el ardiente afecto de humillarse y pegarse con el polvo, que siempre estaba en su corazón. 586. En la presentación que tocaba a su Hijo Santísimo pudo tener algún reparo, como sucedió en la circuncisión, porque le conocía por Dios verdadero, superior a las leyes que él mismo había puesto; pero de la voluntad del Señor fue informada con luz divina y con los mismos actos del alma santísima del Verbo humanado, porque en ella vio los deseos que tenía de santificarse, ofreciéndose viva hostia (Ef 5,2) al eterno Padre, en agradecimiento de haber formado su cuerpo purísimo y criado su alma santísima, y destinándose para sacrificio aceptable por el linaje humano y salud de los mortales; y aunque estos actos siempre los tuvo la humanidad santísima del Verbo, no sólo como comprensor, conformándose con la voluntad divina, pero también como viador y Redentor, con todo eso, quiso, conforme a la ley, hacer esta ofrenda a su Padre en su santo templo, donde todos le adoraban y magnificaban, como en casa de oración, expiación y sacrificios. 587. Trató la gran Señora con su esposo de la jornada, y habiéndola ordenado para estar en Jerusalén el día determinado por la ley y prevenido lo necesario, se despidieron de la piadosa mujer su hospedera; y dejándola llena de bendiciones del cielo, cuyos frutos cogió copiosamente, aunque ignoraba el misterio de sus divinos huéspedes, fueron luego a visitar el portal o cueva del nacimiento, para ordenar de allí su viaje con la última veneración de aquel humilde sagrario, pero rico de felicidad, no conocido por entonces. Entregó la Madre a San José el niño Jesús para postrarse en tierra y adorar el suelo, testigo de tan venerables misterios, y habiéndolo hecho con incomparable devoción y ternura, habló a su esposo y le dijo: “Señor, dadme la bendición, para hacer con ella esta jornada, como me la dais siempre que salgo de vuestra casa, y también os suplico que me deis licencia para hacerla a pie y descalza, pues he de llevar en mis brazos la hostia que se ha de ofrecer al eterno Padre. Esta obra es misteriosa, y deseo hacerla con las condiciones y magnificencia que pide, en cuanto me fuere posible.” Usaba nuestra Reina, por honestidad, de un calzado que le cubría los pies y le servía casi de medias; era de una hierba de que usaban los pobres, como cáñamo o malvas, curado y tejido grosera y fuertemente, y aunque pobre, limpio y con decente aliño. 588. San José la respondió que se levantase, porque estaba de rodillas, y dijo: “El altísimo Hijo del eterno Padre, que tengo en mis brazos, os dé su bendición; sea también enhorabuena que caminando a pie le llevéis en los vuestros, pero no habéis de ir descalza, porque el tiempo no lo permite, y vuestro deseo será acepto delante del Señor, porque os le ha dado.” De esta autoridad de cabeza en mandar a María Santísima usaba San José, aunque con gran respeto, por no defraudarla del gozo que tenía la gran Reina en humillarse y obedecer; y como el santo esposo la obedecía también y se mortificaba y humillaba en mandarla, venían a ser entrambos obedientes y humildes recíprocamente. El negarla que fuese descalza a Jerusalén, lo hizo San José temiendo no le ofendiesen los fríos para la salud, y el temerlo nacía de que no sabía la admirable complexión y compostura del cuerpo virginal y perfectísimo, ni otros privilegios de que la diestra divina la había dotado. La obediente Reina no replicó más al santo esposo y obedeció a su mandato en no ir descalza; y para recibir de sus manos al infante Jesús se postró en tierra y le dio gracias, adorándole por los beneficios que en aquel sagrado portal había obrado con ella y para todo el linaje humano; y pidió a Su Majestad conservase aquel sagrario con reverencia y entre católicos y que siempre fuese de ellos estimado y venerado, y al santo ángel destinado para guardarle, se le encargó y encomendó de nuevo. Se cubrió con un manto para el camino, y recibiendo en sus brazos al tesoro del cielo y aplicándole a su pecho virginal, le cubrió con grande aliño para defenderle del temporal del invierno. 589. Partieron del portal, pidiendo la bendición entrambos al niño Dios, y Su Majestad se la dio visiblemente; y San José acomodó en el jumentillo la caja de los fajos del divino infante, y con ellos la parte de los dones de los Reyes que reservaron para ofrecer al templo. Con esto se ordenó de Belén a Jerusalén la procesión más solemne que se vio jamás en el templo, porque en compañía del Príncipe de las eternidades, Jesús y de la Reina su madre y José su esposo, partieron de la cueva del nacimiento los diez mil ángeles que habían asistido en estos misterios y los otros que del cielo descendieron con el santo y dulce nombre de Jesús en la circuncisión (Cf. supra n.523). Todos estos cortesanos del cielo

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iban en forma visible humana, tan hermosos y refulgentes, que en comparación de su belleza todo lo precioso y deleitable del mundo era menos que de barro y que la escoria, comparado con el oro finísimo; y al sol, cuando más en su fuerza estaba, le oscurecían, y cuando faltaba en las noches las hacían días clarísimos; de su vista gozaba la divina Reina y su esposo José. Celebraban todos el misterio con nuevos y altísimos cánticos de alabanza al niño Dios que se iba a presentar al templo; y así caminaron dos leguas, que hay de Belén a Jerusalén. 590. En aquella ocasión, que no sería sin dispensación divina, era el tiempo destemplado, de frío y hielos, que no perdonando a su mismo Criador humanado y niño tierno, le afligían hasta que temblando como verdadero hombre lloraba en los brazos de su amorosa Madre, dejando más herido su corazón de compasión y amor que de las inclemencias el cuerpo. Se volvió a los vientos y elementos la poderosa Emperatriz y como Señora de todos los reprendió con divina indignación, porque ofendían a su mismo Hacedor, y con imperio les mandó que moderasen su rigor con el niño Dios, pero no con ella. Obedecieron los elementos al orden de su legítima y verdadera Señora, y el aire frío se convirtió en una blanda y templada marea para el infante, pero con la Madre no corrigió su destemplado rigor; y así le sentía ella y no su dulce niño, como en tres ocasiones he dicho (Cf. supra n.20.21, 543, 544) y repetiré adelante (Cf. infra n.633). Convirtióse también contra el pecado la que no le había contraído, y dijo: “¡Oh culpa desconcertada y en todo inhumana, pues para tu remedio es necesario que el mismo Criador de todo sea afligido de las criaturas que dio ser y las está conservando! Terrible monstruo y horrendo eres, ofensiva a Dios y destruidora de las criaturas, las conviertes en abominación y las privas de la mayor felicidad de amigas de Dios. ¡Oh hijos de los hombres! ¿Hasta cuándo habéis de ser de corazón grave y habéis de amar la vanidad y mentira (Sal 4,3)? No seáis tan ingratos para con el altísimo Dios y crueles con vosotros mismos. Abrid los ojos y mirad vuestro peligro. No despreciéis los preceptos de vuestro Padre celestial ni olvidéis la enseñanza de vuestra Madre (Prov 1,8), que os engendré por la caridad, y tomando el Unigénito del Padre carne humana en mis entrañas, me hizo Madre de toda la naturaleza; como tal os amo y, si me fuera posible y voluntad del Altísimo que yo padeciera todas las penalidades que ha habido desde Adán acá, las admitiera con gusto por vuestra salud.” 591. En el tiempo que continuaba la jornada nuestra divina Señora con el niño Dios, sucedió en Jerusalén que Simeón, sumo sacerdote, fue ilustrado del Espíritu Santo cómo el Verbo humanado venía a presentarse al templo en los brazos de su Madre; la misma revelación tuvo la santa viuda Ana; y de la pobreza y trabajo con que venían, acompañados de José, esposo de la purísima Señora. Y confiriendo luego los dos santos esta revelación e ilustración, llamaron al mayordomo del templo que cuidaba de lo temporal y dándole las señas de los caminantes que venían le mandaron saliese a la puerta del camino de Belén y los recibiese en su casa con toda benevolencia y caridad. Así lo hizo el mayordomo, con que la gran Reina y su esposo recibieron mucho consuelo, por el cuidado que traían de buscar posada que fuese decente para su divino infante. Dejándolos en su casa el dichoso hospedero, volvió a dar cuenta al sumo sacerdote. 592. Aquella tarde, antes de recogerse, trataron María Santísima y José lo que debían hacer; y la prudentísima Señora advirtió que llevase luego la misma tarde al templo los dones de los Reyes, para ofrecerlos en silencio y sin ruido, como se deben hacer las limosnas y ofrendas, y que de camino trajese el santo esposo las tortolillas (Lc 2,24) que habían de ofrecer al otro día en público con el infante Jesús. Lo ejecutó así San José y, como forastero y poco conocido, dio la mirra, incienso y oro al que recibía los dones en el templo, no dejando lugar para que se advirtiese quién había ofrecido tan gran limosna; y aunque pudo con ella comprar el cordero, que ofrecían los más ricos con los primogénitos (Lev 12,6-8), no lo hizo, porque fuera desproporción del traje humilde y pobre de la Madre y niño y del esposo ofrecer dones de ricos en lo público, y no convenía degeneraren acción alguna de su pobreza y humildad aunque fuera con fin piadoso y honesto, porque en todo fue maestra de perfección la Madre de la sabiduría y su Hijo Santísimo de la pobreza, en que nació, vivió v murió. 593. Era Simeón, como dice San Lucas (Lc 2,25ss. (A.)), justo y temeroso y esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo, que estaba en él, le había revelado que no pasaría la muerte sin ver primero al Cristo del Señor, y que movido del Espíritu vino al templo; porque aquella noche, a más de lo que había entendido, fue de nuevo ilustrado con la divina luz, y en ella conoció con mayor claridad todos los misterios de la Encarnación y Redención humana, y que en María Santísima se habían cumplido las profecías de Isaías (Is 7,14.9,1 (A.)) que una Virgen concebiría y pariría un hijo, y de la vara de José nacería una flor que sería Cristo, y todo lo demás de éstas y otras profecías; tuvo luz muy clara de la unión de las dos naturalezas en la persona del Verbo y de los misterios de la pasión y muerte del Redentor. Con la inteligencia de cosas tan altas quedó el Santo Simeón elevado y todo fervorizado, con deseos de ver al Redentor del

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mundo; y como ya tenía noticia que venía a presentarse al Padre, fue llevado Simeón al templo en espíritu el día siguiente, que es en la fuerza de esta divina luz; y sucedió lo que diré en el capítulo siguiente. También la santa mujer Ana tuvo revelación la misma noche de muchos de estos misterios respectivamente, y fue grande el gozo de su espíritu porque, como dije en la primera parte (Cf. supra p.I, n.423) de esta Historia, ella había sido maestra de nuestra Reina cuando estuvo en el templo; y dice el evangelista que no se apartaba de él (Lc 2,37), sirviendo de día y noche con ayunos y oraciones, y que era profetisa, hija de Samuel, del tribu de Aser, y habiendo vivido siete años con su marido era ya de ochenta y cuatro; y habló proféticamente del niño Dios, como se verá (Cf. infra n.600). Doctrina que me dio la Reina del cielo. 594. “Hija mía, una de las miserias que hacen infelices o poco felices a las almas es contentarse con hacer las obras de virtud con negligencia y sin fervor, como si obraran cosa de poca importancia o casual. Por esta ignorancia y vileza de corazón llegan pocas al trato y amistad íntima con el Señor, que sólo se alcanza con el amor ferviente. Y se llama ferviente o fervoroso, porque al modo del agua que con el fuego hierve, así este amor con la violencia suave del divino incendio del Espíritu Santo levanta al alma sobre sí, sobre todo lo criado y sobre sus mismas obras; porque amando se enciende más y del mismo amor le nace un insaciable afecto, con el cual no sólo desprecia y olvida lo terreno, pero ni le satisface ni sacia todo lo bueno; y como el corazón humano, cuando no alcanza lo que mucho ama, si le es posible, se enardece más en el deseo de conseguirlo con nuevos medios, por esto si el alma tiene ferviente caridad, siempre con ella misma halla qué desear y qué hacer por el amado y todo cuanto obra le parece poco; y así busca y pasa de la voluntad buena ala perfecta (Rom 12,2 (A.)) y de ésta a la de mayor beneplácito del Señor, hasta llegar a la perfectísima e íntima unión y transformación en el mismo Dios. 595. “De aquí entenderás, carísima, la razón por que deseaba ir descalza al templo, llevando a mi Hijo Santísimo a presentarle en él y cumplir también con la ley de la purificación; porque a mis obras daba todo el lleno de perfección posible, con la fuerza del amor que siempre me pedía lo más perfecto y agradable al Señor, y me movía a ello esta fervorosa ansia en obrar todas las virtudes en colmo de perfección. Trabaja por imitar con toda diligencia la que en mí conoces, porque te advierto, amiga, que este linaje de amor y de obrar es lo que el Altísimo está deseando y esperando como tras de los canceles, que dijo la esposa (Cant 2,9 (A.)), mirando cómo ella obra todas las cosas, y tan cerca que sólo un cancel media para que goce de su vista; porque rendido y enamorado se va tras las almas que así le aman y sirven en todas sus obras, como también se desvía de las tibias y negligentes, o acude a ellas con una común y general providencia. Aspira tú siempre a lo más perfecto y puro de las virtudes y en ellas estudia e inventa siempre nuevos modos y trazas de amor, de manera que todas tus fuerzas y potencias interiores y exteriores estén siempre ocupadas y oficiosas en lo más alto y excelente para el agrado del Señor; y todos estos afectos comunícalos y sujétalos a la obediencia y consejo de tu maestro y padre espiritual, para hacer lo que mandare, que esto es lo primero y más seguro.” CAPITULO 20 Regresar al Principio De la presentación del infante Jesús en el templo y lo que sucedió en ella. 596. No sólo por virtud de la creación era la humanidad santísima de Cristo propia del eterno Padre, como las demás criaturas, pero por especial modo y derecho le pertenecía también por virtud de la unión hipostática con la persona del Verbo, que era engendrada de su misma sustancia, como Hijo unigénito y verdadero Dios de Dios verdadero; pero con todo eso determinó el Padre que le fuese presentado su Hijo en el templo, así por el misterio como por el cumplimiento de su santa ley, cuyo fin era Cristo nuestro Señor (Rom 10,4), pues por esto fue ordenado que los judíos santificasen y ofreciesen todos sus primogénitos (Ex 13,2), esperando siempre al que lo había de ser del eterno Padre y de su Madre Santísima; y en esto, a nuestro modo de entender, se hubo Su Majestad como sucede entre los hombres, que gustan se les trate y repita alguna cosa de que tienen agrado y complacencia, pues aunque todo lo conocía y sabía el Padre con infinita sabiduría tenía gusto en la ofrenda del Verbo humanado que por tantos títulos era suyo. 597. Esta voluntad del eterno Padre, que era la misma de su Hijo Santísimo en cuanto un Dios, conocía la Madre de la vida y también la de la humanidad de su Unigénito, cuya alma y operaciones miraba conforme en todo con la voluntad del Padre; y con esta ciencia pasó en coloquios divinos la gran Princesa aquella noche que llegaron a Jerusalén antes

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de la presentación, y hablando con el Padre decía: “Señor y Dios altísimo, Padre de mi Señor, festivo día será éste para el cielo y tierra, en que os ofrezco y traigo a vuestro santo templo la hostia viva, que es el tesoro de vuestra misma divinidad; rica es, Señor y Dios mío, esta oblación, y bien podéis por ella franquear vuestras misericordias al linaje humano, perdonando a los pecadores que torcieron los caminos rectos, consolando a los tristes, socorriendo a los necesitados, enriqueciendo a los pobres, favoreciendo a los desvalidos, alumbrando a los ciegos y encaminando a los errados; esto es, Señor mío, lo que yo os pido, ofreciéndoos a vuestro Unigénito y también es Hijo mío por vuestra dignación y clemencia; y si me le habéis dado Dios, yo os le presento Dios y Hombre juntamente, y lo que vale es infinito y menos lo que pido; rica vuelvo a vuestro santo templo de donde salí pobre y mi alma os magnificará eternamente, porque tan liberal y poderosa se mostró conmigo vuestra diestra divina.” 598. Llegada la mañana, para que en los brazos de la purísima alba saliese el sol del cielo a vista del mundo, la divina Señora, prevenidas las tortolillas y dos velas, aliñó al infante Jesús en sus paños, y con el santo esposo José salieron de la posada para el templo. Se ordenó la procesión y en ella iban los santos ángeles que vinieron desde Belén en la misma forma corpórea y hermosísima, como dije arriba (Cf. supra n.589), pero en ésta añadieron los espíritus santísimos muchos cánticos dulcísimos que le decían al niño Dios con armonía de suavísima y concertada música, que sólo María purísima los percibió. Y a más de los diez mil que iban en esta forma, descendieron del cielo otros innumerables y, juntos con los que tenían la venera del santo nombre de JESÚS, acompañaron al Verbo divino humanado a esta presentación; y éstos iban incorpóreamente como ellos son, y la divina Princesa sola los podía ver. Llegando a la puerta del templo, sintió la felicísima Madre nuevos y altísimos efectos interiores de dulcísima devoción y prosiguiendo hasta el lugar que llegaban las demás se inclinó y puesta de rodillas adoró al Señor en espíritu y verdad en su santo templo y se presentó ante su altísima y magnífica Majestad con su Hijo en los brazos. Luego se le manifestó con visión intelectual la Santísima Trinidad y salió una voz del Padre, oyéndola sola María purísima, que decía: “Este es mi amado Hijo, en el cual yo tengo mi agrado” (Mt 17,5). El dichoso entre los varones, San José, sintió al mismo tiempo nueva conmoción de suavidad del Espíritu Santo, que le llenó de gozo y luz divina. 599. El sumo sacerdote Simeón, movido también por el Espíritu Santo; como arriba se dijo, capítulo precedente (Cf. supra n.593), entró luego en el templo y encaminándose al lugar donde estaba la Reina con su infante Jesús en los brazos vio a Hijo y Madre llenos de resplandor y de gloria respectivamente. Era este sacerdote lleno de años y en todo venerable, y también lo era la profetisa Ana, que, como dice el Evangelio (Lc 2,25-38), vino allí a la misma hora y vio a la Madre con el Hijo con admirable y divina luz. Llegaron llenos de júbilo celestial a la Reina del cielo y el sacerdote recibió de sus manos al infante Jesús en sus palmas y levantando los ojos al cielo le ofreció al eterno Padre y pronunció aquel cántico lleno de-misterios: “Ahora, Señor, despedirás a tu siervo, según tu palabra, en paz; porque ya mis ojos vieron al que es tu saludable; al cual pusiste delante la cara de todos los pueblos; lumbre para la revelación de las gentes, y gloria de Israel tu pueblo.” (Ib. 29-32). Y fue como decir: “Ahora, Señor, me soltarás y dejarás ir libre y en paz, suelto de las cadenas de este mortal cuerpo, donde me detenían las esperanzas de tu promesa y el deseo de ver a tu Unigénito hecho carne; ya gozaré de paz segura y verdadera, pues han visto mis ojos a tu saludable, tu Hijo unigénito hecho hombre, unido con nuestra naturaleza, para darle salud eterna, destinada y decretada antes de los siglos en el secreto de tu divina sabiduría y misericordia infinita; ya, Señor, le preparaste y le pusiste delante de todos los mortales, sacándole a luz al mundo para que todos le gocen, si todos le quieren, y tomar de él la salud y la luz que alumbrará a todo hombre en el universo; porque él es la lumbre que se ha de revelar a las gentes y para gloria de tu escogido pueblo de Israel.” 600. Oyeron este cántico de Simeón María Santísima Y José, admirándose de lo que decía y con tanto espíritu; y llámales el evangelista (Ib. 33) padres del niño Dios, según la opinión del pueblo, porque esto sucedió en público. Y Simeón prosiguió diciéndole a la Madre Santísima del infante Jesús, a quien se convirtió con atención: “Advertid, Señora, que este niño está puesto para ruina y para salvación de muchos en Israel y para señal o blanco de grandes contradicciones, y vuestra alma, suya de él, traspasará un cuchillo, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones.” Hasta aquí dijo Simeón. Y como sacerdote dio la bendición a los felices padres del niño. Y luego la profetisa Ana confesó al Verbo humanado y con luz del Espíritu divino habló de sus misterios muchas cosas con los que esperaban la Redención de Israel. Y con los dos santos viejos quedó testificada en público la venida del Mesías a redimir su pueblo. 601. Al mismo tiempo que el sacerdote Simeón pronunciaba las palabras proféticas de la pasión y muerte del Señor, cifradas en el nombre de cuchillo y señal de contradicción, el mismo niño abajó cabeza, y con esta acción y muchos

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actos de obediencia interior aceptó la profecía del sacerdote, como sentencia del eterno Padre declarada por su ministro. Todo esto vio y conoció la amorosa Madre y con la inteligencia de tan dolorosos misterios comenzó a sentir de presente la verdad de la profecía de Simeón, quedando herido desde luego el corazón con el cuchillo que la amenazaba para adelante; porque le fue patente y como en un espejo claro se propusieron a la vista interior todos los misterios que comprendía la profecía: cómo su Hijo Santísimo sería piedra de, escándalo, y ruina a, los incrédulos y vida para los fieles; la caída de la sinagoga y levantamiento de la Iglesia en la gentilidad; el triunfo que ganaría de los demonios y de la muerte, pero que le había de costar mucho y sería con la suya afrentosa y dolorosa de cruz; la contradicción que el infante Jesús en sí mismo y en su Iglesia había de padecer de los condenados en tan grande multitud y número; y también la excelencia de los predestinados. Todo lo conoció María Santísima y entre gozo y dolor de su alma purísima, elevada en actos perfectísimos por los misterios ocultísimos y la profecía de Simeón, ejercitó eminentes operaciones y le quedó en la memoria, sin olvidarlo jamás un solo punto, todo lo que conoció y vio con la luz divina y por las palabras proféticas de Simeón: y con tal vivo dolor miraba a su Hijo Santísimo siempre, renovando la amargura que como Madre, y Madre de Hijo Dios y hombre, sabía sola sentir dignamente lo que los hombres y criaturas humanas y de corazones ingratos no sabemos sentir. El santo esposo José, cuando oyó estas profecías, entendió también muchos de los misterios de la Redención y trabajos del dulcísimo Jesús, pero no se los manifestó el Señor tan copiosa y expresamente como los conoció y penetró su divina esposa, porque había diferentes razones y el santo no lo había de ver todo en su vida. 602. Acabado este acto, la gran Señora besó la mano al sacerdote y le pidió de nuevo la bendición, y lo mismo hizo con Ana, su antigua maestra, porque el ser Madre del mismo Dios y la mayor dignidad que ha habido ni habrá entre todas las mujeres, ángeles y hombres, no la impedían los actos de profunda humildad. Y con esto se volvió a su posada, y con el niño Dios, su esposo y la compañía de los catorce mil ángeles que la asistían, se compuso la procesión y caminaron. Se detuvo por, su devoción, como abajo diré (Cf. infra n.606ss), algunos días en Jerusalén y en ellos habló con el sacerdote algunas veces misterios de la Redención, y profecías que le había dicho; y aunque las palabras de la prudentísima Madre eran pocas, medidas, y graves, como eran tan ponderosas y llenas de sabiduría, dejaron al sacerdote admirado Y con nuevos gozos y efectos altísimos y dulcísimos en su alma; y lo mismo sucedió con la santa profetisa Ana; y entrambos murieron en el Señor en breves días. En la posada fueron hospedados por cuenta del sacerdote; y los días que estuvo nuestra Reina en ella frecuentaba el templo, y en él recibió nuevos favores y consolaciones del dolor que le causaron las profecías del sacerdote; Y para que le fuesen más dulces le habló su Santísimo Hijo una vez, Y la dijo: “Madre carísima y paloma mía, enjugad las lágrimas de vuestros ojos y dilatad vuestro cándido corazón, pues la voluntad de mi Padre es que yo reciba muerte de cruz. Compañera mía quiere que seáis, en mis trabajos y penas, y yo las quiero padecer por las almas que son hechuras de mis manos a mi imagen y semejanza, para llevarlas a mi reino triunfando de mis enemigos y que vivan conmigo eternamente. Esto mismo es lo que vos deseáis conmigo.” Respondió la Madre: “¡Oh dulcísimo amor mío e hijo de mis entrañas! Si el acompañaros fuera no sólo para asistiros con la vista y compasión, sino para morir juntamente con vos, fuera mayor alivio, porque será mayor dolor vivir yo viendoos morir.” En estos ejercicios y afectos amorosos y compasivos pasó algunos días, hasta que tuvo San José el aviso de ir huyendo a Egipto, como diré en el capítulo siguiente. Doctrina que me dio la Reina María Santísima. 603. “Hija mía, el ejemplo y doctrina de lo que has escrito te enseña la constancia y dilatación que has de procurar en tu corazón, estando preparada para admitir lo próspero y adverso, lo dulce y amargo con igual semblante. ¡Oh carísima, qué estrecho y qué apocado es el corazón humano para recibir lo penoso y contrario a sus terrenas inclinaciones! ¡Cómo se indigna con los trabajos! ¡Qué impaciente los recibe! ¡Qué insufrible juzga todo lo que se opone a su gusto! ¡Y cómo olvida que su Maestro y Señor los padeció primero y los acreditó y santificó en sí mismo! Grande confusión y aun atrevimiento es que aborrezcan los fieles el padecer después que mi Hijo Santísimo padeció por ellos, pues antes que muriera abrazaron muchos santos la cruz sólo con la esperanza de que en ella padecería Cristo, aunque no lo vieron. Y si en todos es tan fea esta mala correspondencia, pondera bien, carísima, cuánto lo sería en ti, que tan ansiosa te muestras para alcanzar la amistad y gracia del Altísimo y merecer el título de esposa y de amiga suya, ser toda para él y que Su Majestad sea para ti, y también los anhelos que tienes de ser mi discípula y que yo sea tu maestra, seguirme e imitarme como hija fiel a su madre. Todo esto no se ha de resolver en sólo afectos y decir muchas veces: ‘Señor, Señor,’ y en llegando a la ocasión de gustar el cáliz y la cruz de los trabajos contristarte, afligirte y huir de las penas en que se ha de probar la verdad del corazón afectuoso y enamorado.

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604. “Todo esto sería negar con las obras lo que protestas con las promesas y salir del camino de la vida eterna, porque no puedes seguir a Cristo si no abrazas la cruz y te alegras con ella, ni tampoco me hallarás a mí por otro camino. Si las criaturas te faltan, si la tentación te amenaza, si la tribulación te aflige y los dolores de la muerte te cercaren (Sal 17,5), por ninguna de estas cosas te has de turbar ni te has de mostrar cobarde, pues a mi Hijo Santísimo y a mí nos desagrada tanto que impidas y malogres su poderosa gracia para defenderte; si no, la desluces y la recibes en vano y, a más de esto, darás al demonio gran triunfo, que se gloría mucho de que ha turbado o rendido a la que se tiene por discípula de Cristo mi Señor y mía, y comenzando a desfallecer en lo poco te vendrá a oprimir en lo mucho. Confía, pues, de la protección del Altísimo y que corres por mi cuenta, y con esta fe, cuando te llegare la tribulación, responde animosa: ‘El Señor es mi iluminación y mi salud, ¿a quién temeré? Es mi protector, ¿cómo ando fluctuando (Sal 26,1)? Tengo Madre, Maestra, Reina y Señora, que me amparará y cuidará de mi aflicción.’ 605. “Con esta seguridad procura conservar la paz interior y no me pierdas de vista para imitar mis obras y seguir mis pisadas. Advierte el dolor que traspasó mi corazón con las profecías de Simeón, y en esta pena estuve igual, sin inmutarme, ni alteración alguna, aunque traspasada el alma y corazón de dolor. De todo tomaba motivo para glorificar y reverenciar su admirable sabiduría. Si los trabajos y penas transitorias se admiten con alegre y sereno corazón, espiritualizan a la criatura, la elevan y la dan ciencia divina con que hace digno aprecio del padecer y halla luego el consuelo y el fruto del desengaño y mortificación de las pasiones. Esta es ciencia de la escuela del Redentor escondida de los vivientes en Babilonia y amadores de la vanidad. Quiero también que me imites en respetar a los sacerdotes y ministros del Señor, que ahora tienen mayor excelencia y dignidad que en la ley antigua después que el Verbo divino se unió a la naturaleza humana y se hizo sacerdote eterno según el orden de Melquisedec (Sal 109,4). Oye su doctrina y enseñanza como dimanada de Su Majestad, en cuyo lugar están; advierte la potestad y autoridad que les da en el Evangelio, diciendo: ‘Quien a vosotros oye, a mí oye; quien a vosotros obedece, a mí obedece’ (Lc 10,16). Ejecuta lo más santo, como te lo enseñarán; y tu continua memoria sea en meditar lo que padeció mi Hijo Santísimo, de tal manera que sea tu alma participante de sus dolores y te engendre tal acedia y amargura en los contentos terrenos, que todo lo visible pospongas y olvides por seguir al Autor de la vida eterna.” CAPITULO 21 Regresar al Principio Previene el Señor a María Santísima para la fuga a Egipto, habla el ángel a San José y otras advertencias en todo esto. 606. Cuando María Santísima y el gloriosísimo José volvieron de presentar en el templo a su infante Jesús, determinaron de perseverar en Jerusalén nueve días y en ellos visitar al templo nueve veces, repitiendo cada día la ofrenda de la sagrada hostia de su Hijo Santísimo que tenían en depósito, en hecho de gracias de tan singular beneficio que entre todas las criaturas habían recibido. Veneraba la divina Señora con especial devoción el número de nueve, en memoria de los nueve días que fue prevenida y adornada para la Encarnación del Verbo divino, como queda dicho en el principio de esta segunda parte por los primeros diez capítulos, y también por los nueve meses que le trajo en su virginal vientre; y por esta atención deseaba hacer la novena con su niño Dios, ofreciéndole tantas veces al eterno Padre como oblación aceptable para los altos fines que la gran Señora tenía. Comenzaron la novena y cada día iban al templo antes de la hora de tercia y estaban hasta la tarde en oración, eligiendo el lugar más inferior con el infante Jesús, para que dignamente oyesen aquella merecida honra que dio el dueño del convite en el Evangelio al convidado humilde, cuando le dijo: “Amigo, sube más arriba” (Lc 14,10). Así lo mereció nuestra humildísima Reina y lo ejecutó con ella el eterno Padre, ante cuya presencia derramaba su espíritu (Sal 141,3) y un día de éstos oró y dijo: 607. “Rey altísimo, Señor y Criador universal de todo lo que tiene ser, aquí está en vuestra presencia divina el polvo inútil y ceniza a quien sola vuestra dignación inefable ha levantado a la gracia que ni supe ni pude merecer. Me hallo, Señor mío, obligada y compelida del corriente impetuoso de vuestros beneficios para ser agradecida, pero ¿qué retribución digna podrá ofreceros la que siendo nada recibió el ser y la vida y sobre ella tan incomparables misericordias y favores de vuestra liberalísima diestra? ¿Qué retorno puede volver en obsequio de vuestra inmensa grandeza? ¿Qué reverencia a vuestra majestad? ¿Qué dádiva a vuestra divinidad infinita la que es criatura limitada? Mi alma, mi ser y mis potencias, todo lo recibí y recibo de vuestra mano y muchas veces lo tengo ofrecido y sacrificado a vuestra gloria. Confieso mi deuda, no sólo por lo que me habéis dado, pero más con el amor con que me

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la disteis, y porque entre todas las criaturas me preservó vuestra bondad infinita del contagio de la culpa y me eligió para dar forma de hombre a vuestro Unigénito y con tenerle en mi vientre y a mis pechos, siendo hija de Adán de materia vil y terrena. Conozco, altísimo Señor, esta inefable dignación vuestra y en el agradecimiento desfallece mi corazón y mi vida se resuelve en afectos de vuestro divino amor, pues nada tengo que retribuir por todo lo que vuestro gran poder se ha señalado con vuestra sierva. Pero ya se alienta mi corazón y se alegra en lo que tiene que ofrecer a vuestra grandeza, que es uno mismo con vos en la sustancia, igual en la majestad, perfecciones y atributos, la generación de vuestro entendimiento, la imagen de vuestro mismo ser, la plenitud de vuestro agrado, vuestro Hijo unigénito y dilectísimo; ésta es, eterno Padre y Dios altísimo, la dádiva que os ofrezco, la hostia que os traigo, segura de que la admitiréis, y habiéndole recibido Dios, le vuelvo Dios y hombre. No tengo yo, Señor, ni tendrán las criaturas otra cosa más que dar, ni Vuestra Majestad otro don más precioso que pedirles, y es tan grande que basta para retribución de lo que yo he recibido. En su nombre y en el mío os le ofrezco y presento a vuestra grandeza; y porque siendo Madre de vuestro Unigénito y dándole carne humana le hice hermano de los mortales y él quiso venir a ser su Redentor y Maestro, a mí me toca abogar por ellos y tomar su causa por mi cuenta y clamar por su remedio. Es, pues, Padre de mi Unigénito, Dios de las misericordias, yo os le ofrezco de todo mi corazón y con él y por él pido perdonéis a los pecadores y que derraméis sobre el linaje humano vuestras misericordias antiguas y renovéis nuevas señales y modo de ejecutar vuestras maravillas (Eclo 36,6). Este es el León de Judá (Ap 5,5) hecho ya cordero para quitar los pecados del mundo (Jn 1,29); es el tesoro de vuestra divinidad.” 608. Estas y otras oraciones y peticiones semejantes hizo la Madre de piedad y misericordia en los primeros días de la novena que comenzó en el templo, y a todas le respondió el eterno Padre, aceptándolas con la ofrenda de su Unigénito por sacrificio agradable y enamorándose de nuevo de la pureza de su Hija única y electa y mirando su santidad con beneplácito. Y en retorno de estas peticiones la concedió su invicta Majestad grandes y nuevos privilegios y que todo cuanto pidiese mientras durare el mundo para sus devotos lo alcanzaría, y que los grandes pecadores, como se valiesen de su intercesión, hallarían remedio, que en la nueva Iglesia y ley evangélica de Cristo su Hijo Santísimo fuese con él cooperadora y maestra, en especial después de la Ascensión a los cielos, quedando la Reina por amparo e instrumento del poder divino en ella, como diré en la tercera parte (Cf. infra p.III n.2) de esta Historia. Otros muchos favores y misterios comunicó el Altísimo a la divina Madre en estas peticiones, que ni caben en palabras ni se pueden manifestar con mis cortos y limitados términos. 609. Y prosiguiendo en ellas, como llegase el quinto día después de la presentación y purificación, estando la divina Señora en el templo con su infante Dios en los brazos, se le manifestó la divinidad, aunque no intuitivamente, y fue toda elevada y llena del Espíritu Santo; que si bien ya lo estaba, pero como Dios es infinito en su poder y tesoros, nunca da tanto que no le quede más quedar a las puras criaturas. En esta visión abstractiva quiso el Altísimo preparar de nuevo a su única esposa, previniéndola para los trabajos que la esperaban; y hablándola y confortándola la dijo: “Esposa y paloma mía, tus intentos y deseos son gratos a mis ojos y en ellos me deleito siempre, pero no puedes proseguir los nueve días de tu devoción que has comenzado, porque quiero tengas otro ejercicio de padecer por mi amor y que para criar a tu Hijo y salvarle su vida salgas de tu casa y patria y te ausentes con él y con José tu esposo pasando a Egipto, donde estaréis hasta que yo ordene otra cosa, porque Herodes ha de intentar la muerte del infante; la jornada es larga, trabajosa y de muchas incomodidades, padécelas por mí; yo estoy y estaré contigo siempre.” 610. Cualquiera otra santidad y fe pudiera padecer alguna turbación, como la han tenido grande los incrédulos, viendo que Dios poderoso huye de un hombre mísero y terreno y para salvar la vida humana se aleja y ausenta, como si fuera capaz de este temor o si no fuera hombre y Dios juntamente; pero la prudentísima y obediente Madre no replicó ni dudó, no se turbó ni inmutó con esta impensada novedad, y respondió, diciendo: “Señor y Dueño mío, aquí está vuestra sierva con preparado corazón para morir, si necesario fuere, por vuestro amor; disponed de mí a vuestra voluntad; sólo pido que vuestra bondad inmensa, no mirando mis pocos méritos y desagradecimientos, no permita llegue a ser afligido mi Hijo y Señor y que los trabajos vengan sólo para mí, que debo padecerlos.” La remitió el Señor a San José, para que en todo le siguiese en la jornada, y con esto salió de la visión, habiéndola tenido sin perder los sentidos exteriores, porque tenía en los brazos al infante Jesús, y sólo en la parte superior del alma fue elevada; aunque de allá redundaron otros dones en los sentidos, que los dejaron espiritualizados y como testificando que el alma estaba donde amaba más que donde animaba. 611. Pero el amor incomparable que tenía la gran Reina a su Hijo Santísimo enterneció algo su corazón materno y compasivo, considerando los trabajos que había conocido en la visión para el niño Dios, y derramando muchas

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lágrimas salió del templo para su posada, sin manifestar a su esposo la causa de su dolor; y el santo entendía que sólo era la profecía de Simeón que habían oído, pero como el fidelísimo José la amaba tanto y de su condición era oficioso y solícito, se turbó un poco viendo a su esposa tan llorosa y afligida y que no le manifestaba la causa si la tenía de nuevo. Esta turbación fue una, entre otras razones, para que el ángel santo le hablase en sueños, como en la ocasión del embarazo de la Reina dije arriba (Cf. supra n.400); porque aquella misma noche, estando San José durmiendo, se le apareció en sueños el mismo santo ángel y le dijo, como refiere San Mateo (Mt 2,13 (A.)): “Levántate, y con el niño y su Madre huye a Egipto, y allí estarás hasta que yo te vuelva a dar otro aviso; porque Herodes ha de buscar al niño para quitarle la vida.” Al punto se levantó el santo esposo lleno de cuidado y pena, previniendo la de su amantísima esposa, y llegándose a donde estaba retirada la dijo: “Señora mía, la voluntad del Altísimo quiere que seamos afligidos, porque su ángel santo me ha hablado y declarado que gusta y ordena Su Majestad que con el niño nos vayamos huyendo a Egipto, porque Herodes trata de quitarle la vida. Animaos, Señora, para el trabajo de este suceso y decidme qué puedo yo hacer de vuestro alivio, pues tengo el ser y la vida para servicio de nuestro dulce niño y vuestro.” 612. “Esposo y señor mío” - respondió la Reina – “si de la mano liberalísima del Muy Alto recibimos tantos bienes de gracia, razón es que con alegría recibamos los trabajos temporales (Job 2,10). Con nosotros llevaremos al Criador de cielo y tierra, y si nos ha puesto cerca de sí mismo, ¿qué mano será poderosa para ofendernos, aunque sea del rey Herodes? Y donde llevamos a todo nuestro bien y el sumo bien, el tesoro del cielo, a nuestro dueño, nuestra guía y luz verdadera, no puede ser destierro, pues él es nuestro descanso, parte y patria; todo lo tenemos con su compañía, vamos a cumplir su voluntad.” Llegaron María Santísima y José a donde estaba en una cuna el infante Jesús, que no acaso dormía en aquella ocasión. Le descubrió la divina Madre y no despertó porque aguardó aquellas tiernas y dolorosas palabras de su amada: “Huye, querido mío, y sea como el cervatillo y el cabrito por los montes aromáticos (Cant 8,14 (A.)), venid, querido mío, salgamos fuera, vamos a vivir en las villas” (Cant 7,11 (A.)). “Dulce amor mío - añadió la tierna Madre, - cordero mansísimo, vuestro poder no se limita por el que tienen los reyes de la tierra, pero queréis con altísima sabiduría encubrirle por amor de los mismos hombres. ¿Quién de los mortales puede pensar, bien mío, que os quitará la vida, pues vuestro poder aniquila el suyo? Si vos la dais a todos, ¿por qué os la quitan? Si los buscáis para darles la que es eterna, ¿cómo ellos quieren daros muerte? Pero ¿quién comprenderá los ocultos secretos de vuestra providencia? Es, Señor y lumbre de mi alma, dadme licencia para que os despierte, que si Vos dormís, vuestro corazón vela.” (Cant 5,2). 613. Algunas razones semejantes a éstas dijo también el Santo José, y luego la divina Madre, hincadas las rodillas, despertó y tomó en sus brazos al dulcísimo infante, y él, para enternecerla más y mostrarse verdadero hombre, lloró un poco ¡oh maravillas del Altísimo en cosas tan pequeñas a nuestro flaco juicio!; mas luego se acalló, y pidiéndole la bendición su purísima Madre y San José se la dio el niño, viéndolo entrambos; y cogiendo sus pobres mantillas en la caja que las trajeron, partieron sin dilación a poco más de media noche, llevando el jumentillo en que vino la Reina desde Nazaret, y con toda prisa caminaron hacia Egipto, como diré en el capítulo siguiente. 614. Y para concluir éste se me ha dado a entender la concordia de los dos evangelistas San Mateo y San Lucas sobre este misterio; porque, como escribieron todos con la asistencia y luz del Espíritu Santo, con ella misma conocía cada uno lo que escribían los otros tres y lo que dejaban de decir, y de aquí es que por la divina voluntad escribieron todos cuatro algunas mismas cosas y sucesos de la vida de Cristo Señor nuestro y de la historia evangélica y en otras cosas escribieron unos lo que omitían otros, como consta del Evangelio de San Juan y de los demás. San Mateo escribió la adoración de los Reyes y la fuga a Egipto (Mt 2,1ss) y no la escribió San Lucas, y éste escribió la circuncisión y presentación y purificación (Lc 2,22ss) que omitió San Mateo. Y así como San Mateo, en refiriendo la despedida de los Reyes magos, entra luego contando que el ángel habló a San José para que huyesen a Egipto (Mt 2,13), sin hablar de la presentación, y no por eso se sigue que no presentaron primero al niño Dios, porque es cierto que se hizo después de pasados los Reyes y antes de salir para Egipto, como lo cuenta San Lucas (Lc 2,22ss); así también, aunque el mismo San Lucas tras de la presentación y purificación escribe que se fueron, a Nazaret (Ib. 39); no por eso se sigue, que no fueron primero a Egipto, porque sin duda fueron como lo escribe San Mateo, aunque lo omitió San Lucas que ni antes ni después escribió esta huida, porque ya estaba escrita por San Mateo (Mt 2,14). Y fue inmediatamente después de la presentación, sin que María Santísima y José volviesen primero a Nazaret. Y no habiendo de escribir San Lucas, esta jornada, era forzoso para continuar el hilo de su historia que tras la presentación escribiera la vuelta a Nazaret. Y decir que acabado lo que mandaba la ley se volvieron a Galilea, no fue negar que fueran a Egipto sino continuar la narración dejando de contar la huida de Herodes. Y del misto texto de San Lucas (Lc 2,39) se colige que la ida a Nazaret fue después que volvieron de Egipto, porque dice que el niño crecía y era confortado con sabiduría y se conocía en él la

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gracia; lo cual no podía ser antes de los años cumplidos de la infancia, que era después de la venida de Egipto y cuando en los niños se descubre el principio del uso de la razón. 615. También se me ha dado a entender cuán necio ha sido el escándalo de los infieles o incrédulos que comenzaron a tropezar en esta piedra angular, Cristo nuestro bien, desde su niñez, viéndole huir a Egipto para defenderse de Herodes, como si esto fuera falta de poder y no misterio para otros fines más altos que defender su vida de la crueldad de un hombre pecador. Bastaba para quietar el corazón bien dispuesto lo que el mismo evangelista dice (Mt 2,15 (A.)): “Que se había de cumplir la profecía de Oseas, que dice en nombre del Padre eterno: Desde Egipto llamé a mi Hijo.” (Os 11,1 (A.)). Y los fines que tuvo en enviarle allá y en llamarle, son muy misteriosos y algo diré adelante (Cf. infra n.641). Pero cuando todas las obras del Verbo humanado no fueran tan admirables y llenas de sacramentos, nadie que tenga sano juicio puede redargüir ni ignorar la suave providencia con que Dios gobierna las causas segundas, dejando obrar a la voluntad humana según su libertad; y por esta razón, y no por falta de poder, consiente en el mundo tantas injurias y ofensas de idolatrías, herejías y otros pecados que no son menores que el de Herodes, y consintió el de Judas y de los que de hecho maltrataron y crucificaron a Su Majestad; y claro está que todo esto lo pudo impedir y no lo hizo, no sólo por obrar la Redención, mas porque consiguió este bien para nosotros dejando obrar a los hombres por la libertad de su voluntad, dándoles la gracia y auxilios que convenía a su divina providencia para que con ellos obraron el bien, si los hombres quisieran usar de su libertad para el bien, como lo hacen para el mal. 616. Con esta misma suavidad de su providencia da tiempo y espera a la conversión de los pecadores, como se la dio a Herodes; y si usara de su absoluto poder e hiciera grandes milagros para atajar los efectos de las causas segundas, se confundiera el orden de la naturaleza y en cierto modo fuera contrario como autor de la gracia a sí mismo como autor de la naturaleza; y por esto los milagros han de ser raros y pocas veces, cuando hay causa o fin particular; que para esto los reservó Dios para sus tiempos oportunos, en que se manifiesta su potencia y se conociese ser autor de todo y sin dependencia de las mismas cosas a quien dio el ser y da la conservación. Tampoco debe admirar que consintiese la muerte de los niños inocentes que degolló Herodes (Mt 2,16), porque en esto no convino defenderlos por milagro, pues aquella muerte les granjeó la vida eterna con abundante premio; y ésta sin comparación vale más que la temporal, que se ha de posponer y perder por ella, y si todos los niños vivieran y murieran con la muerte natural por ventura no todos fueran salvos. Las obras del Señor son justificadas y santas en todo, aunque no luego alcancemos nosotros las razones de su equidad, pero en el mismo Señor las conoceremos cuando le veamos cara a cara. Doctrina que me dio la Reina del cielo María Santísima. 617. “Hija mía, entre las cosas que para tu enseñanza debes advertir en este capítulo, sea la primera el humilde agradecimiento de los beneficios que recibes, pues entre las generaciones eres tan señalada y enriquecida con lo que mi Hijo y yo hacemos contigo, sin merecerlo tú. Yo repetía muchas veces el verso de David: ‘¿Qué daré al Señor por todo lo que me ha dado?’ (Sal 115,12) Y con este afecto agradecido me humillaba hasta el polvo, juzgándome por inútil entre las criaturas. Pues si conoces que yo hacía esto, siendo Madre verdadera del mismo Dios, pondera bien cuál es tu obligación, cuando con tanta verdad te debes confesar indigna y desmerecedora de lo que recibes, pobre para agradecerlo y pagarlo. Esta insuficiencia de tu miseria y debilidad has de suplir ofreciendo al eterno Padre la hostia viva de su Unigénito humanado y especialmente cuando le recibes sacramentado y le tienes en tu pecho; que en esto también imitarás a David, que después de la pregunta que decía de qué daría al Señor por lo que le había favorecido, el Señor respondía: “El cáliz de la salud recibiré e invocaré el nombre del Altísimo” (Ib. 13). Has de recibir y obrar la salud de la salvación obrando lo que conduce a ella y dar el retorno con el perfecto proceder, invocar el nombre del Señor y ofrecerle su Unigénito, que es el que obró la virtud y la salud y el que la mereció y puede ser retorno adecuado de lo que recibió el linaje humano y tú singularmente de su poderosa mano. Yo le di forma humana para que conversase con los hombres y fuese de todos como propio suyo, y Su Majestad se puso debajo de las especies de pan y vino para apropiarse más a cada uno en singular y para que como cosa suya le gozase y ofreciese al Padre, supliendo las almas con esta oblación lo que sin ella no pudieran darle y quedando el Altísimo como satisfecho con ella, pues no puede querer otra cosa más aceptable ni pedirla a las criaturas. 618. “Tras de esta oblación, es muy acepta la que hacen las almas abrazando y tolerando con igualdad de ánimo y sufrimiento paciente los trabajos y adversidades de la vida mortal, y de esta doctrina fuimos maestros eminentes mi Hijo Santísimo y yo, y Su Majestad comenzó a enseñarla desde el instante que le concebí en mis entrañas, porque luego principiamos a peregrinar y padecer, y en naciendo al mundo sufrimos la persecución en el destierro a que nos

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obligó Herodes, y duró el padecer hasta morir Su Majestad en la cruz; y yo trabajé hasta el fin de mi vida, como en toda ella lo irás conociendo y escribiendo. Y pues tanto padecimos por las criaturas y para remedio suyo quiero que en esta conformidad nos imites, como esposa suya e hija mía, padeciendo con dilatado corazón y trabajando por aumentarle a tu Señor y Dueño la hacienda tan preciosa a su aceptación de las almas que compró con su vida y sangre. Nunca has de recatear trabajo, dificultad, amargura ni dolores, si por alguno de éstos puedes granjearle a Dios alguna alma o ayudarla a salir de pecado y mejorar su vida; y no te acobarde el ser tan inútil y pobre ni que se logra poco tu deseo y trabajo, que no sabes cómo lo aceptará el Altísimo y se dará por servido, y por lo menos tú debes trabajar oficiosamente y no comer el pan ociosa en su casa” (Prov 31,27). CAPITULO 22 Regresar al Principio Comienzan la jornada a Egipto Jesús, María y José, acompañados de los espíritus angélicos, y llegan a la ciudad de Gaza. 619. Salieron de Jerusalén a su destierro nuestros peregrinos divinos, encubiertos con el silencio y oscuridad de la noche, pero llenos del cuidado que se debía a la prenda del cielo que consigo llevaban a tierra extraña y para ellos no conocida; y si bien la fe y la esperanza los alentaba, porque no podía ser más alta y segura que la de nuestra Reina y de su fidelísimo esposo, mas con todo eso daba el Señor lugar a la pena, porque naturalmente era inexcusable en el amor que tenían al infante Jesús, y porque tampoco en particular no sabían todos los accidentes de tan larga jornada, ni el fin de ella, ni cómo serían recibidos en Egipto siendo extranjeros, ni la comodidad que tendrían para criar al niño y llevarle por todo el camino sin grandes penalidades. Trabajos y cuidados saltearon el corazón de los padres santísimos al partir con tanta prisa desde su posada, pero se moderó mucho este dolor con la asistencia de los cortesanos del cielo, que luego se manifestaron los diez mil arriba dichos (Cf. supra n.589) en forma visible humana, con su acostumbrada hermosura y resplandor con que hicieron de la noche clarísimo día a los divinos caminantes, y saliendo de las puertas de la ciudad se humillaron y adoraron al Verbo humanado en los brazos de su Madre Virgen, y a ella la alentaron ofreciéndose a su servicio y obediencia de nuevo y que la acompañarían y guiarían en el camino por donde fuese la voluntad del Señor. 620. Al corazón afligido cualquiera alivio le parece estimable, pero éste, por ser grande, confortó mucho a nuestra Reina y a su esposo José; y con mucho esfuerzo comenzaron sus jornadas, saliendo de Jerusalén por la puerta y camino que guía a Nazaret (En el autógrafo dice así, Nazaret; pero es sin duda un lapsus y quiere decir Belén, como se desprende de lo que sigue), y la divina Madre se inclinó con algún deseo de llegar al lugar del nacimiento, para adorar aquella sagrada cueva y pesebre que fue el primer hospicio de su Hijo Santísimo en el mundo, pero los santos ángeles la respondieron al pensamiento antes de manifestarle, y la dijeron: “Reina y Señora nuestra, Madre de nuestro Criador, conviene que apresuremos el viaje y sin divertirnos prosigamos el camino, porque con la diversión de los Reyes magos sin volver por Jerusalén y después con las palabras del sacerdote Simeón y Ana se ha movido el pueblo y algunos han comenzado a decir que sois Madre del Mesías; otros, que tenéis noticia de él, y otros, que vuestro Hijo es profeta. Y sobre que los Reyes os visitaron en Belén, hay varios juicios, y de todo está informado Herodes y ha mandado que con gran desvelo os busquen y en esto se pondrá excesiva diligencia, y por esta causa os ha mandado el Altísimo partir de noche y con tanta prisa.” 621. Obedeció la Reina del cielo a la voluntad del Todopoderoso declarada por sus ministros los santos ángeles, y desde el camino hizo reverencia al sagrado lugar del nacimiento de su Unigénito, renovando la memoria de los misterios que en él se habían obrado y de los favores que allí había recibido; y el santo ángel que estaba por guarda de aquel sagrado salió al camino en forma visible y adoró al Verbo humanado en los brazos de su divina Madre, con que recibió ella nuevo consuelo y alegría porque le vio y habló. Inc1inóse también el afecto de la piadosa Señora a tomar el camino de Hebrón, porque se desviaba muy poco del que llevaban y en aquella ocasión estaba en la misma ciudad Santa Isabel, su amiga y deuda, con su hijo San Juan; pero el cuidado de San José, que era de mayor temor, previno también este divertimiento y detención, y dijo a la divina esposa: “Señora mía, yo juzgo que nos importa mucho no detener un punto la jornada, pero adelantarla todo lo posible para retirarnos luego del peligro, y por esto no conviene que vayamos por Hebrón donde más fácilmente nos buscarán que en otra parte.” – “Hágase vuestra voluntad respondió la humilde Reina, - pero con ella pediré a uno de estos espíritus celestiales vaya a dar aviso a Isabel mi prima de la causa de nuestro viaje, para que ponga en cobro a su niño, porque la indignación de Herodes alcanzará

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hasta llegar a ellos.” 622. Sabía la Reina del cielo el intento de Herodes para degollar los niños, aunque no lo manifestó entonces. Pero lo que aquí me admira es la humildad y obediencia de María Santísima, tan raras y advertidas en todo, pues no sólo obedeció a San José en lo que él le ordenaba, sino en lo que le tocaba a ella sola, que era enviar el ángel a Santa Isabel, no quiso ejecutarlo sin voluntad y obediencia de su esposo, aunque pudo ella por sí mentalmente enviarle y ordenarlo. Confieso mi confusión y tardanza, pues en la fuente purísima de las aguas que tengo a la vista, no sacio mi sed, ni me aprovecho de la luz y ejemplar que en ella se me propone, aunque es tan vivo, tan suave, poderoso y dulce para obligar y atraer a todos a negar la propia y dañosa voluntad. Con la de su esposo despachó nuestra gran Maestra uno de los principales ángeles que asistían para que diese noticia a Santa Isabel de lo que pasaba, y como superiora a los ángeles en esta ocasión informó a su legado mentalmente de lo que había de decir a la Santa matrona y al niño Juan. 623. Llegó el santo ángel a la feliz y bendita Isabel y conforme al orden y voluntad de su Reina la informó de todo lo que convenía. La dijo cómo la Madre del mismo Dios iba con él huyendo a Egipto de la indignación de Herodes y del cuidado que ponía en buscarle para quitarle la vida, y que por asegurar a Juan le ocultase y pusiese en cobro y la declaró otros misterios del Verbo humanado, como se lo ordenó la divina Madre. Con esta embajada quedó Santa Isabel llena de admiración y gozo y dijo al santo ángel cómo deseaba salir al camino a adorar al infante Jesús y ver a su dichosa Madre, y preguntó si podría alcanzarlos. El santo ángel la respondió que su Rey y Señor humanado iba con la feliz Madre lejos de Hebrón y no convenía detenerlos; con que se despidió la santa de su esperanza. Y dándole al ángel dulces memorias para Hijo y Madre, quedó muy tierna y llorosa, y el paraninfo volvió a la Reina con la respuesta. Luego Santa Isabel despachó un enviado a toda diligencia y con algunos regalos le envió en alcance de los divinos caminantes y les dio cosas de comer y dineros y con qué hacer mantillas para el niño, previniendo la necesidad, con que iban a tierra no conocida. Los alcanzó el enviado en la ciudad de Gaza que dista de Jerusalén poco menos de veinte horas de camino y está en la ribera del río Besor, camino de Palestina para Egipto, no lejos del mar Mediterráneo. 624. En esta ciudad de Gaza descansaron dos días, por haberse fatigado algo San José y el jumentillo en que iba la Reina, y de allí despidieron al criado de Santa Isabel sin descuidarse el santo esposo de advertirle no dijese a nadie dónde los había topado; pero con mayor cuidado previno Dios este peligro, porque le quitó de la memoria a aquel hombre lo que San José le encargó que callase y sólo la tuvo para volver la respuesta a su ama Santa Isabel. Y del regalo que envió a los caminantes hizo María Santísima convite a los pobres, que no los podía olvidar la que era madre de ellos, y de las telas un mantillo para abrigar al niño Dios y para San José otra capa acomodada para el camino y tiempo. Y previno otras cosas de las que podían llevar en su pobre recámara, porque en cuanto la prudentísima Señora podía hacer con su diligencia y trabajo no quería enseñar milagros para sustentar a su Hijo y a San José, que en esto se gobernaban por el orden natural y común, hasta donde llegaban sus fuerzas. En los dos días que estuvieron en aquella ciudad, para no dejarla sin grandes bienes, hizo María purísima algunas obras maravillosas: libró a dos enfermos de peligro de muerte y dándoles salud; a otra mujer baldada la dejó sana y buena; en las almas de muchos que la vieron y hablaron obró efectos divinos del conocimiento de Dios y mudanza de vida; y todos sintieron grandes motivos de alabar al Criador; pero a nadie manifestaron su patria ni el intento del viaje, porque si con esta noticia se juntara la que daban sus obras admirables fuera posible que las diligencias de Herodes rastrearan su jornada y los siguieran. 625. Para manifestar lo que se me ha dado a conocer de las obras que por el camino hacían el infante Jesús y su Madre Virgen, me faltan las palabras dignas y mucho más la devoción y peso que piden tan admirables y ocultos sacramentos. Siempre servían los brazos de María purísima de lecho regalado al nuevo y verdadero rey Salomón (Cant 3,7). Y mirando ella los secretos de aquella humanidad y alma santísima, sucedía algunas veces que, Hijo y Madre, comenzando él, alternaban dulces coloquios y cánticos de alabanza, engrandeciendo primero el infinito ser de Dios con todos sus atributos y perfecciones. Y para estas obras daba Su Majestad a la Madre reina nueva luz y visiones intelectuales, en que conocía el misterio altísimo de la unidad de la esencia en la trinidad de las personas; las operaciones ad intra de la generación del Verbo y procesión del Espíritu Santo; cómo siempre son y fueron el Verbo engendrado por obra del entendimiento y el Espíritu Santo inspirado por obra de la voluntad, no porque allí hay sucesión de antes y después, porque todo es junto en la eternidad, sino porque nosotros lo conocemos al modo de la duración sucesiva del tiempo. Entendía también la gran Señora cómo las tres personas se comprenden recíprocamente con un mismo entender y cómo conocen a la persona del Verbo unida a la humanidad y los efectos que en ella resultan de la divinidad unida.

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626. Con esta ciencia tan alta descendía de la divinidad a la humanidad, y ordenaba nuevos cánticos en alabanza y agradecimiento de haber criado aquella alma y humanidad santísima, en alma y cuerpo perfectísima; el alma llena de sabiduría, gracia y dones del Espíritu Santo con la plenitud y abundancia posible; el cuerpo purísimo y en sumo grado bien dispuesto y complexionado. Y luego miraba todos los actos tan heroicos y excelentes de sus potencias, y habiéndolos imitado todos respectivamente pasaba a bendecirle y darle gracias por haberla hecho Madre suya, concebida sin pecado, escogida entre millares, engrandecida y enriquecida con todos los favores y dones de su diestra poderosa que caben en pura criatura. En la exaltación y gloria de éstos y otros sacramentos que en ellos se encierran hablaba el niño y respondía la Madre lo que no cabe en lengua de ángeles ni en pensamiento de ninguna criatura. Y a todo esto atendía la divina Señora, sin faltar al cuidado de abrigar al niño, darle leche tres veces al día, de regalarle y acariciarle como madre más amorosa y atenta que todas juntas las otras madres con sus hijos. 627. Otras veces le hablaba y decía: “Dulcísimo amor e Hijo mío, dadme licencia para que os pregunte y manifieste mi deseo, aunque vos, Señor mío, le conocéis, pero para consuelo de oír vuestras palabras en responderme decidme, vida de mi alma y lumbre de mis ojos, si os fatiga el trabajo del camino y os afligen las inclemencias del tiempo y elementos y qué puedo hacer yo en servicio y alivio de vuestras penas.” Respondió el niño Dios: “Los trabajos, Madre mía, y el fatigarme por el amor de mi Padre eterno y de los hombres, a quienes vengo a enseñar y redimir, todos se me hacen fáciles y muy dulces y más en vuestra compañía.” Lloraba el niño algunas veces con serenidad muy grave y de varón perfecto y afligida la amorosa Madre atendía luego a la causa buscándola en su interior que conocía y miraba, y allí entendía que eran lágrimas de amor y compasión por el remedio de los hombres y por sus ingratitudes; y en está pena y llanto también le acompañaba la dulce Madre y solía, como compasiva tórtola, acompañarle en el llanto y como piadosa madre le acariciaba y le besaba con incomparable reverencia. El dichoso José atendía muchas veces a estos misterios tan divinos y de ellos tenía alguna luz con que aliviaba el cansancio del camino. Otras veces hablaba con su esposa, preguntándole cómo iba y si gustaba de alguna cosa para sí o para el niño y se llegaba a él y le adoraba besándole el pie y pidiéndole la bendición y algunas veces le tomaba en sus brazos. Con estos consuelos entretenía dulcemente el gran Patriarca las molestias del camino y su divina esposa le alentaba y animaba, atendiendo a todo con magnánimo corazón, sin embarazarle la atención interior para el cuidado de lo visible, ni esto para la altura de sus encumbrados pensamientos y frecuentes afectos, porque en todo era perfectísima. Doctrina de la divina Madre y Señora. 628. “Hija mía carísima, para la imitación y ciencia que en ti quiero sobre lo que has escrito, te será ejemplar la admiración y afectos que hacía en mi alma la luz divina con que conocía a mi Hijo Santísimo sujetarse de voluntad al furor inhumano de los malos hombres, como sucedió con Herodes en esta ocasión que fuimos huyendo de su ira y después a los malos ministros de los pontífices y magistrados. En todas las obras del Altísimo resplandece su grandeza, su bondad y sabiduría infinita, pero lo que más admiraba mi entendimiento era cuando conocía a un mismo tiempo con luz altísima el ser de Dios en la persona del Verbo unida a la humanidad y que era mi Hijo Santísimo Dios eterno, poderoso, infinito y criador de todo y conservador, y que no sólo de este beneficio pendía la vida y ser de aquel inicuo rey, pero que la humanidad santísima pedía y rogaba al Padre para que al mismo tiempo le diese inspiraciones, auxilios y muchos bienes, y que siéndole tan fácil castigarle no lo hizo, sino que con sus súplicas le alcanzó no lo fuese efectivamente y según su malicia. Y aunque al fin se perdió como prescito y pertinaz, pero tiene menos pena que le dieran si mi Hijo Santísimo no hubiera rogado por él. Todo esto, y lo que aquí se encierra de la incomparable misericordia y mansedumbre de mi Hijo Santísimo, procuré yo imitar, porque como maestro me enseñaba con obras lo que después había de amonestar con ejemplo, palabras y ejecuciones del amor de los enemigos. Y cuando conocía yo que ocultaba y disimulaba su poder infinito y siendo león invencible se dejaba como cordero humilde y mansísimo al furor de los lobos carniceros, mi corazón se deshacía y desfallecían mis fuerzas, deseando amarle e imitarle y seguirle en su amor y caridad, paciencia y mansedumbre. 629. “Este ejemplar te propongo para que siempre le lleves delante y entiendas cómo y hasta dónde debes sufrir, padecer, perdonar y amar a quien te ofendiere, pues ni tú ni las demás criaturas estáis inocentes y sin alguna culpa y muchos con repetidas y graves para merecerlo. Pero si por medio de las persecuciones has de conseguir el grande bien de esta imitación, ¿qué razón habrá para que no las aprecies por grande dicha y ames a quien te ocasiona lo sumo de la perfección y agradezcas este beneficio, no juzgando por enemigo antes por bienhechor tuyo a quien te pone en ocasión de lo que tanto te importa? Con el objeto que se te ha propuesto no tendrás disculpa si en esto faltas, pues te le hace como presente la divina luz y lo que de él conoces y penetras.”

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CAPITULO 23 Regresar al Principio Prosiguen las jornadas Jesús, María y José de la ciudad de Gaza hasta Heliópolis de Egipto. 630. El día tercero después que nuestros peregrinos llegaron a Gaza partieron de aquella ciudad para Egipto y dejando luego los poblados de Palestina se metieron en los desiertos arenosos que se llaman de Bersabé, encaminándose por espacio de sesenta leguas (Aproximadamente 251 km. - Legua castellana = 4,19 km) y más de despoblados para llegar a tomar asiento en la ciudad de Heliópolis, que ahora se llama El Cairo de Egipto. En este desierto peregrinaron algunos días, porque las jornadas eran cortas, así por la descomodidad del camino tan arenoso como por el trabajo que padecieron con la falta de abrigo y de sustento. Y porque fueron muchos los sucesos que en esta soledad tuvieron diré algunos de donde se entenderán otros, porque todos no es necesario referirlos. Y para conocer lo mucho que padecieron María y José y también el infante Jesús en esta peregrinación, se debe suponer que dio lugar el Altísimo para que su Unigénito humanado con su Madre Santísima y San José sintiesen las molestias y penalidades de este destierro. Y aunque la divina Señora las padecía con pacificación, pero se afligió mucho sin perderla, y lo mismo respectivamente su fidelísima esposo, porque entrambos padecieron muchas incomodidades y molestias en sus personas, y mayores en el corazón de la Madre por las de su Hijo y de José, y él por las del niño y de la esposa y que no podía remediarlos con su diligencia y trabajo. 631. Era forzoso en aquel desierto pasar las noches al sereno y sin abrigo en todas las sesenta leguas de despoblado, y esto en tiempo de invierno, porque la jornada sucedió en el mes de febrero, comenzándola seis días después de la purificación, como se infiere de lo que dije en el capítulo pasado (Cf. supra n.909,613) . La primera noche que se hallaron solos en aquellos campos se arrimaron a la falda de un montecilla, que fue sólo el recurso que tuvieron, y la Reina del cielo con su niño en los brazos se sentó en la tierra y allí tomaron algún aliento y cenaron de lo que llevaban desde Gaza; y la Emperatriz del cielo dio el pecho a su infante Jesús y Su Majestad con semblante apacible consoló a la Madre y su esposo; cuya diligencia con su propia capa y unos palos formó un tabernáculo o pabellón para que el Verbo divino y María Santísima se defendiesen algo del sereno, abrigándolos con aquella tienda de campo tan estrecha y humilde; y la misma noche los diez mil ángeles que con admiración asistían a los peregrinos del mundo hicieron cuerpo de guardia a su Rey y Reina, cogiéndolos en medio de una rueda o circuito que formaron en cuerpo visible humano. Conoció la gran Señora que su Hijo Santísimo ofrecía al Padre eterno aquel desamparo y trabajos y los de la misma Madre y San José, y en esta ocasión y los demás actos que aquella alma deificada hacía le acompañó la Reina lo más de la noche, y el niño Dios durmió un poco en sus brazos, pero ella siempre estuvo en vela y coloquios divinos con el Altísimo y con los ángeles; y el Santo José se recostó en la tierra, la cabeza sobre la arquilla de las mantillas y pobre ropa que llevaban. 632. Prosiguieron el día siguiente su camino y luego les faltó en el viaje la prevención de pan y algunas frutas que llevaban, con que la Señora del cielo y tierra y su santo esposo llegaron a padecer grande y extrema necesidad y a sentir el hambre, y aunque la padeció mayor San José, pero entrambos la sintieron con harta aflicción. Un día sucedió, a las primeras jornadas, que pasaron hasta las nueve de la noche sin haber tomado cosa alguna de sustento, aun de aquel pobre y grosero mantenimiento que comían y después del trabajo y molestia del camino cuando necesitaba más la naturaleza de ser refrigerada, y como no se podía suplir esta necesidad con ninguna diligencia humana, la divina Señora convertida al Altísimo dijo: “Dios eterno, grande y poderoso, yo os doy gracias y bendigo por las magníficas obras de vuestro beneplácito y porque sin merecerlo yo por sola vuestra dignación me disteis el ser, vida y con ella me habéis conservado y levantado, siendo polvo e inútil criatura. No he dado por estos beneficios el digno retorno, pues ¿cómo pediré para mí lo que no puedo recompensar? Pero, Señor y Padre mío, mirad a vuestro Unigénito y concededme con qué le alimente la vida natural y también la de mi esposo, para que con ella sirva a Vuestra Majestad y yo a vuestra Palabra hecha carne (Jn 1,14) por la salud humana.” 633. Para que estos clamores de la dulcísima Madre naciesen de mayor tribulación; dio lugar el Altísimo a los elementos para que con sus inclemencias los afligiesen sobre el hambre, cansancio y desamparo, porque se levantó un temporal de agua y vientos muy destemplados que los cegaba y fatigaba mucho. Este trabajo afligió más a la piadosa y amorosa Madre por el cuidado del niño Dios, tan delicado y tierno, que aún no tenía cincuenta días, y aunque le cubrió y abrigó cuanto pudo, pero no bastó para que como verdadero hombre no sintiese la inclemencia y rigor del tiempo,

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manifestándolo con llorar y tiritar de frío, como lo hicieran los demás niños hombres puros. Entonces la cuidadosa Madre, usando del poder de Reina y Señora de las criaturas, mandó con imperio a los elementos que no ofendiesen a su mismo Criador, sino que le sirviesen de abrigo y refrigerio y que con ella ejecutasen el rigor. Sucedió así, como en las ocasiones que arriba dije (Cf. supra n.543, 544,590) del nacimiento y camino de Jerusalén, porque luego se templó el viento y cesó la cellisca sin llegar a donde estaban Hijo y Madre. Y en retorno de este amoroso cuidado, el infante Jesús mandó a sus ángeles que diesen a su amantísima Madre y la sirviesen de cortina, que la abrigasen del rigor de los elementos. Lo hicieron al punto, y formando un globo de resplandor muy denso y hermoso por extremo, encerraron en él a su Dios humanado y a la Madre y esposo, dejándolos más guarnecidos y defendidos que estuvieran con los palacios y paños ricos de los poderosos del mundo; y esto mismo hicieron otras veces en aquel desierto. 634. Pero les faltaba la comida y les afligía la necesidad que con humana industria era irreparable, y dejándolos llegar el Señor a este punto e inclinado a las peticiones justas de su esposa, los proveyó por mano de los mismos ángeles, porque luego les trajeron pan suavísimo y frutas muy hermosas y sazonadas y a más de esto un licor dulcísimo, y los mismos ángeles se lo administraron y sirvieron. Y después todos juntos hacían cánticos de gracias y alabando al Señor que da alimento a toda carne (Sal 135,25 (A.)) en tiempo que sea oportuno, para que los pobres coman y sean saciados (Sal 21,27 (A.)), porque sus ojos y esperanzas están puestos en su real providencia y largueza (Sal 144,15 (A.)). Estos fueron los platos delicados con que regaló el Señor desde su mesa a sus tres Peregrinos y desterrados en el desierto de Bersabé (3 Re 19,3 (A.)), que fue el mismo donde Elías huyendo de Jezabel fue confortado con el subcinericio pan que le dio el ángel del Señor para llegar hasta el monte Horeb. Pero ni este pan, ni el que antes le habían servido milagrosamente los cuervos con carnes que comiese a la mañana y a la tarde en el torrente de Carit, ni el maná que llovió del cielo a los israelitas (Ex 16,13 (A.)), aunque se llamaba pan de ángeles y llovido del cielo; ni las codornices que las trajo el viento áfrico, ni el pabellón de nube (Num 10,34 (A.)) con que eran refrigerados, ninguno de estos alimentos y beneficios se puede comparar con lo que hizo el Señor en este viaje con su Unigénito humanado, con la divina Madre y su esposo. No eran estos favores para alimentar a un profeta y pueblo ingrato y tan mal mirado, mas para dar vida y alimento al mismo Dios hecho hombre y a su verdadera Madre y para conservar la vida natural de donde estaba pendiente la eterna de todo el linaje humano y si este manjar divino era conforme a la excelencia de los convidados, así también el agradecimiento y correspondencia era excesiva y muy según la grandeza del beneficio. Y para que fuese todo más oportuno, siempre consentía el Señor que la necesidad llegase al extremo y que ella misma pidiese el socorro del cielo. 635. Se alegren con este ejemplo los pobres y no desmayen los hambrientos, esperen los desamparados, y nadie se querelle de la divina Providencia por afligido y menesteroso que se halle. ¿Cuándo faltó el Señor a quien espera en él? ¿Cuándo volvió su paternal rostro a los hijos contristados y pobres? Hermanos somos de su Unigénito humanado, hijos y herederos de sus bienes y también hijos de su Madre piadosísima. Pues, ¡oh hijos de Dios y de María Santísima!, ¿cómo desconfiáis de tales Padres en vuestra pobreza? ¿Por qué les negáis a ellos esta gloria y a vosotros el derecho de que os alimenten y socorran? Llegad, llegad con humildad y confianza, que los ojos de vuestros Padres os miran, sus oídos oyen el clamor de vuestra necesidad y las manos de esta Señora están extendidas al pobre y sus palmas abiertas al necesitado (Prov 31,20 (A.)). Y vosotros, ricos de este siglo, ¿por qué o cómo confiáis en solas vuestras inciertas riquezas (1 Tim 6,17 (A.)), con peligro de desfallecer en la fe y granjeando de contado gravísimos cuidados y dolores, como os amenaza el Apóstol? No confesáis ni profesáis en la codicia ser hijos de Dios y de su Madre, antes lo negáis con las obras y os reputáis por ilegítimos o hijos de otros padres, porque el verdadero y legítimo sólo sabe confiar en el cuidado y amor de sus padres verdaderos y les agravia si pone su esperanza en otros, no sólo extraños pero enemigas. Esta verdad me enseña la divina luz y me compele la caridad a decirla. 636. No sólo cuidaba el altísimo Padre de alimentar a nuestros peregrinos, pero también de recrearlos visiblemente para alivio de la molestia del camino y prolija soledad. Y sucedía algunas veces, que llegando la divina Madre a descansar y sentarse en el suelo con su infante Dios, venían de las montañas a ella mucho número de aves, como en otra ocasión dije (Cf. supra n.185), y con suavidad de gorjeos y variedad de sus plumas la entretenían y recreaban y se le ponían en los hombros y en las manos, para regalarse con ella. Y la prudentísima Reina las admitía y convidaba, mandándoles que reconociesen a su Criador y le hiciesen cánticos y reverencia en agradecimiento de que les había criado tan hermosas y vestidas de plumas para gozar del aire y de la tierra y con sus frutos las daba cada día su vida y conservación con el alimento necesario. A todo esto obedecían las aves con movimientos y cánticos dulcísimos, y con otros más dulces y sonoros para el infante Jesús le hablaba la amorosa Madre, alabándole, bendiciéndole y reconociéndole por su Dios y por su Hijo y Autor de todas las maravillas. A estos coloquios tan llenos de suavidad ayudaban también los santos ángeles, alternando con la gran Señora y con aquellas simples avecillas, y todo hacía una

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armonía más espiritual que sensible, de admirable consonancia para la criatura racional. 637. Otras veces la divina Princesa hablaba con el niño y le decía: “Amor mío y lumbre de mi alma, ¿cómo aliviaré yo vuestro trabajo? ¿Cómo excusaré vuestra molestia? Y ¿cómo haré que no sea penoso para vos este camino tan pesado? ¡Oh quién os llevara no en los brazos, sino en mi pecho y de él pudiera hacer blando lecho en que sin molestia fuerais reclinado!” Respondía el dulcísimo Jesús: “Madre mía querida, muy aliviado voy en vuestros brazos, descansado en vuestro pecho, gustoso con vuestros afectos y regalado con vuestras palabras.” Otras veces, Hijo y Madre se hablaban con el interior y se respondían, y estos coloquios eran tan altos y divinos que no caben en nuestras palabras. Al santo esposo José le alcanzaban muchos de estos misterios y consuelos, con que se le hacía fácil el camino y olvidaba sus molestias y sentía la suavidad y dulzura de su deseable compañía, aunque no sabía ni oía que el Niño hablaba sensiblemente con la Madre, porque este favor era para ella sola por entonces, como dije arriba (Cf. supra n.577), y en este modo prosiguieron nuestros desterrados su camino para Egipto. Doctrina de la Reina del cielo María Santísima Señora nuestra. 638. “Hija mía, así como los que conocen al Señor saben esperar en él (Sal 9,11), así los que no esperan en su bondad y amor inmenso no tienen perfecto conocimiento de Su Majestad, y al defecto de la fe y esperanza se sigue el no amarle y luego poner el amor donde está la confianza, muy alto concepto y estimación. Y en este error consiste todo el daño y ruina de los mortales, porque de la bondad infinita que les dio el ser y conservación hacen tan bajo concepto, que por esto no saben poner en Dios toda su confianza, y desfalleciendo en ella falta el amor que le debían y le convierten a las criaturas y confían y aprecian en ellas lo que apetecen, que es el poder, las riquezas, el fausto y la vanidad. Y aunque los fieles pueden ocurrir a este daño con la fe y esperanza infusa, pero todos las dejan muertas y ociosas y sin usar de ellas se abaten a las cosas bajas: y unos esperan en las riquezas, si las tienen; otros las codician, sino las poseen; otros las procuran por camino y medios muy perversos; otros confían en los poderosos y los lisonjean y aplauden; con que vienen a ser muy pocos los que le quedan al Señor que le merezcan su cuidadosa providencia y se fíen de ella y le conozcan por Padre que cuida de sus hijos y los alimenta y conserva, sin desamparar a ninguno en la necesidad. 639. “Este engaño tenebroso ha dado al mundo tantos amadores y le ha llenado de avaricia y concupiscencia contra la voluntad y gusto del Criador y ha hecho desatinar a los hombres en lo mismo que desean o lo menos debían desear; porque todos comúnmente confiesan que desean las riquezas y bienes temporales para remediar su necesidad, y dicen esto porque no debían desear otra cosa, pero en hecho de verdad mienten muchos porque apetecen lo superfluo y no necesario, para que sirva no a la natural necesidad, sino a la soberbia del mundo. Pero si desearan los hombres sólo aquello que con verdad necesitan, fuera desatino poner su confianza en las criaturas y no en Dios, que con infalible providencia acude hasta a los polluelos de los cuervos (Sal 149,9), como si sus claznidos fueran voces que llaman a su Criador. Con esta seguridad no pude yo temer en mi destierro y larga peregrinación, y porque fiaba del Señor acudía su providencia en el tiempo del aprieto. Y tú, hija mía, que conoces esta gran providencia, no te aflijas sin modo en las necesidades, ni faltes a tus obligaciones por buscar medios para socorrerles, ni confíes en diligencias humanas ni en criaturas, pues habiendo hecho lo que te toca, el medio eficaz es fiar del Señor, sin turbarte ni alterarte y esperar con paciencia, aunque se dilate algo el remedio, que siempre llegará en el tiempo más conveniente y oportuno (Sal 144,15) y cuando más se manifieste el paternal amor del Señor; como sucedió conmigo y mi esposo en nuestra necesidad y pobreza. 640. “Los que no sufren con paciencia y no quieren padecer necesidad y los que se convierten a cisternas disipadas (Jer 2,13) confiando en la mentira y en los poderosos, los que no se satisfacen con lo moderado y apetecen con ardiente codicia lo que no han menester para la vida y los que tenazmente guardan lo que tienen para que no les falte, negando a los pobres la limosna que se les debe, todos éstos pueden temer con razón que les faltará aquello que no pueden aguardar de la Providencia divina, si ella fuera tan escasa en dar como ellos en esperar y en dar por su amor al necesitado; pero el Padre verdadero, que está en los cielos, hace que nazca el sol sobre los justos e injustos y da la lluvia sobre los buenos y los malos (Mt 5,45 (A.)) y acude a todos dándoles vida y alimento. Pero así como los beneficios son comunes a buenos y malos, así el dar mayores bienes temporales a unos y negarlos a otros no es regla del amor que Dios les tiene, porque antes quiere pobres a los escogidos y predestinados (Sant 2,5): lo uno, porque adquieran mayores merecimientos y premios; lo otro, porque no se enreden con el amor de los bienes temporales, porque son pocos los que saben usar bien de ellos y poseerlos sin desordenada codicia. Y aunque no teníamos este peligro mi Hijo Santísimo y yo, pero quiso Su Majestad con el ejemplo enseñar a los hombres esta divina ciencia en que les va la vida

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eterna.” CAPITULO 24 Regresar al Principio Llegan á Egipto los peregrinos Jesús, María y José con algún rodeo hasta la ciudad de Heliópolis y suceden grandes maravillas. 641. Ya toqué arriba (Cf. supra n.615) que la fuga del Verbo humanado tuvo otros misterios y más altos fines que retirarse de Herodes y defenderse de su ira, porque esto antes fue medio que tomó el Señor para irse a Egipto y obrar allí las maravillas que hizo, de que hablaron los antiguos profetas, y muy expresamente Isaías (Is 19,1 (A.)), cuando dijo que subiría el Señor sobre una nube ligera y entraría en Egipto y se moverían los simulacros de Egipto delante de su cara y se turbaría el corazón de los egipcios en medio de ellos, y otras cosas, que contiene aquella profecía y sucedieron por los tiempos del nacimiento de Cristo nuestro Señor. Pero dejando lo que no pertenece a mi intento, digo que, prosiguiendo su peregrinación Jesús, María y José en la forma que queda declarado, llegaron con sus jornadas a la tierra y poblados de Egipto. Y para llegar a tomar asiento en Heliópolis fueron guiados por los ángeles, ordenándolo el Señor, con algún rodeo, para entrar primero en otros muchos lugares donde Su Majestad quería obrar algunas maravillas y beneficios de los que había de enriquecer a Egipto. Y así gastaron en estos viajes más de cincuenta días, y desde Belén o Jerusalén anduvieron más de doscientas leguas, aunque por otro camino más derecho no fuera necesario caminar tanto a donde tomaron asiento y domicilio. 642. Eran los egipcios muy dados a la idolatría y supersticiones que de ordinario la acompañan y hasta los pequeños lugares de aquella provincia estaban llenos de ídolos; de muchos había templos y en ellos vivían varios demonios, a donde acudían los infelices moradores a adorarles con sacrificios y ceremonias ordenadas por los mismos demonios y les daban respuestas y oráculos a sus preguntas de que la gente necia y supersticiosa se dejaba llevar ciegamente. Con estos engaños vivían tan dementados y asidos a la adoración del demonio, que era menester el brazo fuerte del Señor que es el Verbo humanado para rescatar aquel pueblo desamparado y sacarle de la opresión en que le tenía Lucifer, más dura y peligrosa que en la que pusieron ellos al pueblo de Dios (Ex 1,6ss. (A.)). Para alcanzar este vencimiento del demonio y alumbrar a los que vivían en la región y sombra de la muerte (Lc 1,79) y que aquel pueblo viese la luz grande que dijo Isaías (Is 9,2 (A.)), determinó el Altísimo que el sol de justicia Cristo, a pocos días de su nacimiento, apareciese en Egipto en los brazos de su felicísima Madre y que fuese girando y rodeando la tierra para ilustrarla toda con la virtud de su divina luz. 643. Llegó, pues, el infante Jesús con su Madre y San José a la tierra poblada de Egipto, y al entrar en los lugares el niño Dios en los brazos de la Madre, levantando los ojos al cielo y puestas sus manos oraba al Padre y pedía por la salud de aquellos moradores cautivos del demonio y luego sobre los que allí estaban en los ídolos usaba de la potestad divina y real y los lanzaba y arrojaba al profundo, y como rayos despedidos de la nube salían y bajaban hasta lo más remoto de las cavernas infernales y tenebrosas. Al mismo punto con grande estrépito caían los ídolos, se hundían los templos y se arruinaban los altares de la idolatría. La causa de prodigiosos efectos era notoria a la divina Señora, que acompañaba a su Hijo Santísimo en sus peticiones como cooperadora en todo de la salud humana. San José también conocía que todas éstas eran obras del Verbo humanado y por ellas, con admiración santa, le bendecía y alababa. Pero los demonios, aunque sentían la fuerza del poder de Dios, no conocían de dónde salía aquella virtud. 644. Se admiraban los pueblos de los gitanos con tan impensada novedad, aunque entre los más sabios había alguna luz o tradición recibida de los antiguos, desde el tiempo que Jeremías (Jer 43,8-13 (A.)) estuvo en Egipto, de que un Rey de los judíos vendría a aquel reino y serían destruidos los templos de los ídolos de Egipto. Pero de esta venida no tenían noticia los del pueblo ni tampoco los sabios del modo cómo había de suceder, y así era común el temor y confusión de todos, porque se turbaron y temieron, conforme a la profecía de Isaías (Is 9,1). Con esta mutación, preguntándose unos a otros, llegaban algunos a nuestra gran Reina y Señora y a San José y con la curiosidad de ver los forasteros hablaban con ellos de la ruina de sus templos y dioses que adoraban. Y tomando ocasión de estas preguntas la Madre de la sabiduría comenzó a desengañar aquellos pueblos, dándoles noticia del verdadero Dios y enseñándoles que sólo él era único y Criador del cielo y de la tierra y el que debía ser sólo adorado y reconocido por Dios, y que los demás eran falsos y mentirosos y que no se distinguían de los maderos o barro o metales de que eran formados, ni tenían ojos ni

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oídos ni poder alguno, y que los mismos artífices los podían deshacer y destruir como los hicieron y también cualquiera otro hombre, porque todos eran más nobles y poderosos, y que las respuestas que daban eran de los demonios que en ellos estaban, mentirosos y engañosos, y no tenían virtud verdadera porque sólo Dios era verdadero. 645. Como la divina Señora era tan suave y dulce en sus palabras y ellas tan vivas y eficaces, su semblante tan apacible y amable y los efectos de sus pláticas eran tan saludables, con esto corría la voz de los forasteros y peregrinos en los lugares donde llegaban y concurría harta gente a verlos y a oírlos. Y como al mismo tiempo obraba la oración y petición del Verbo humanado y les granjeaba grandes auxilios y sucedía la novedad de arruinarse los ídolos, era increíble la conmoción de la gente y la mudanza de los corazones, convirtiéndose al conocimiento del verdadero Dios y haciendo penitencia de los pecados, sin saber de dónde ni por qué medio les venía este bien. Prosiguieron Jesús y María por muchos pueblos de Egipto, obrando estas maravillas y otras muchas, desterrando los demonios no sólo de los ídolos, sino también de muchos cuerpos que tenían poseídos, curando muchos enfermos de grandes y peligrosas enfermedades y alumbrando los corazones de varias gentes y catequizando y enseñando la divina Señora y San José el camino de la verdad y vida eterna. Y con estos beneficios temporales y otros a que tanto se mueve el vulgo ignorante y terreno, eran traídos muchos a oír la enseñanza y doctrina de la vida y salud de sus almas. 646. Llegaron a la ciudad de Hermópolis, que está hacia la Tebaida, y algunos la llaman ciudad de Mercurio. Había en ella muchos ídolos y demonios muy poderosos, y en particular asistía uno en un árbol que estaba a la entrada de la ciudad; que de haberle venerado los vecinos por su grandeza y hermosura, tomó ocasión el demonio para usurpar aquella adoración colocando su silla en aquel árbol. Y cuando llegó el Verbo humanado a su vista, no sólo dejó el demonio aquel asiento derribado al profundo, pero el árbol se inclinó hasta el suelo como agradecido de su suerte, porque aun las criaturas insensibles testificasen cuán tirano dominio es el de este enemigo. Y el milagro de inclinarse los árboles sucedió otras veces en el camino por donde pasaba su Criador, aunque no quedó memoria de todos, pero esta maravilla de Hermópolis perseveró muchos siglos, porque después las hojas y fruto de aquel árbol curaban de varias enfermedades. Y de este milagro escribieron algunos autores (Cf'., por ejemplo, Nicéforo (L.10 c.31), Sozomeno (L.5 c.20), Broccardo (Descriptio Terrae Sanctae, p.II c4), como también de otro de los que sucedieron en las ciudades por donde pasaban con la venida y habitación del Verbo encarnado y de su Madre Santísima en aquella tierra; como de una fuente que está cerca de El Cairo, donde la divina Señora cogió agua y bebió ella y el niño y lavó sus mantillas; que todo esto fue verdad, y hasta ahora ha durado la tradición y veneración de aquellas maravillas, no sólo entre los fieles que visitan los lugares santos, pero entre los mismos infieles que a tiempos reciben algunos beneficios temporales de la mano del Señor, o para justificar con ellos más su causa, o para que se conserve aquella memoria. También la hay de otros lugares donde estuvieron y obraron grandes maravillas, pero no es necesario hacer ahora aquí relación de ellas, porque su principal asistencia mientras estuvieron en Egipto fue en la ciudad de Heliópolis, que no sin misterio se llama Ciudad del Sol y ahora le dicen El Gran Cairo. 647. Escribiendo estas maravillas, pregunté a la gran Reina del cielo con admiración cómo con el niño Dios había peregrinado tantas tierras y lugares no conocidos, pareciéndome que por esta causa se habían aumentado mucho sus trabajos y penalidades. Me respondió Su Majestad: “No te admires de que para granjear tantas almas peregrinásemos mi Hijo Santísimo y yo, pues por una sola, si fuera necesario, rodeáramos todo el mundo si no hubiera otro remedio.” Pero si nos parece mucho lo que hicieron por la salud humana, es porque ignoramos el inmenso amor con que nos amaron y porque tampoco sabemos amar nosotros en retorno de esta deuda. 648. Con la novedad que sintió el infierno, viendo bajar a él tanto número de demonios arrojados con nueva y extraña virtud para ellos, se alteró mucho Lucifer y abrasándose en el fuego de su furor salió al mundo, discurriendo por muchas partes para investigar la causa de tan nuevos sucesos. Pasó por todo Egipto, donde habían caído los templos y altares con sus ídolos, y llegando a Heliópolis, que era mayor ciudad y por eso en ella había sido más notable la destrucción de su imperio, procuró saber y examinar con grande atención qué gente había en ella. Y no halló novedad en que topar, mas de que María Santísima había venido a aquella ciudad y tierra, porque del infante Jesús no hizo consideración juzgándole niño como los demás sin diferencia, porque él no la conocía. Pero como de las virtudes y santidad de la prudente Madre y Virgen había sido vencido tantas veces, entró en nuevos recelos, aunque le parecía poco una mujer para tan grandes obras, pero con todo eso determinó de nuevo perseguirla y valerse para esto de sus ministros de maldad. 649. Volvió luego al infierno y convocando un conciliábulo de los príncipes de tinieblas les dio cuenta de la ruina de

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los ídolos y templos de Egipto; porque los demonios, cuando salieron de ellos, fueron arrojados por el poder divino con tanta presteza, confusión y pena, que no percibieron lo que sucedía a los ídolos y lugares que dejaban, pero Lucifer, informándoles de todo lo que pasaba y que su imperio se iba destruyendo en todo Egipto, les dijo que no hallaba ni comprendía la causa de su ruina, porque sólo había topado en aquella tierra la mujer su enemiga así la llamaba el dragón a María Santísima, de cuya virtud, aunque conocía era muy señalada, no presumía tan grande fuerza como habían experimentado en aquella ocasión, pero con todo eso determinaba hacerle nueva guerra y que todos se previniesen para ella. Respondieron los ministros de Lucifer que estaban prontos para obedecerle y consolándole en su desesperado furor le ofrecieron la victoria, como si fueran sus fuerzas iguales a su arrogancia (Is 16,6). 650. Salieron juntas del infierno muchas legiones y se encaminaron para Egipto, a donde estaba la Reina de los cielos, pareciéndoles que si la vencían, sólo con este triunfo restauraban su pérdida y recuperarían todo lo que en aquel miserable reino les había quitado el poder de Dios, de quien sospechaban era instrumento María Santísima. Y pretendiendo llegarse a tentarla conforme a sus intentos diabólicos, fue cosa maravillosa que no pudieron acercarse a ella por más de dos mil pasos de distancia, porque los detenía ocultamente la virtud divina que reconocían salía de hacia la misma Señora. Y aunque Lucifer y los demás enemigos forcejaban y porfiaban, eran debilitados y detenidos como en fuertes prisiones que los atormentaban, sin poderse alargar a donde estaba la invictísima Reina mirándolo todo con el poder del mismo Dios en sus brazos y perseverando Lucifer en esta contienda, fue repentinamente otra vez lanzado en el profundo con todos sus escuadrones de maldad. Esta opresión y arruinamiento dio gran tormento y cuidado al dragón, y como en estos días, después de la Encarnación, se habían repetido algunas, como queda dicho (Cf , supra n.130,318,370,643), dio en sospechar si el Mesías era venido al mundo. Mas como le estaba oculto el misterio y él le aguardaba muy patente y ruidoso, quedaba siempre confuso y equivocado, lleno de furor y rabia que le atormentaba, y se desvanecía en inquirir la causa de su dolencia y cuanto más la discurría más la ignoraba y menos la conocía. Doctrina de la Reina del cielo María Santísima. 651. “Hija mía, grande es y sobre todo bien estimable el consuelo de las almas fieles y amigas de mi Hijo Santísimo, cuando con fe viva consideran que sirven a un Señor que es Dios de los dioses y Señor de los señores, el que sólo tiene el imperio, la potestad y dominio de todo lo criado; el que reina y triunfa de sus enemigos. En esta verdad se deleita el entendimiento, se recrea la memoria, se goza la voluntad y todas las potencias del alma devota se entregan sin recelo a la suavidad que sienten con tan nobles operaciones; mirando a aquel objeto de bondad, santidad y poder infinito que de nadie tiene necesidad y de cuya voluntad pende todo lo criado. ¡Oh cuántos bienes juntos pierden las criaturas que olvidadas de su felicidad emplean todo el tiempo de la vida y sus potencias en atender a lo visible, amar lo momentáneo y buscar los bienes aparentes y falaces! Con la ciencia y luz que tienes, querría yo, hija mía, que te rescates de este peligro y que tu entendimiento y memoria se ocupen siempre con la verdad del ser de Dios. En este mar interminable te engolfa y anega, repitiendo continuamente: ‘¿Quién como Dios nuestro, que habita en las alturas y mira a los humildes en el cielo y en la tierra (Sal 112,5-6 (A.))? ¿ Quién como el que es todopoderoso y de nadie tiene dependencia, el que humilla a los soberbios y derriba a los que el mundo ciego llama poderosos, el que triunfa del demonio y le oprime hasta el profundo?’ 652. “Y para que mejor puedas dilatar tu corazón en estas verdades y cobrar con ellas mayor superioridad sobre los enemigos del Altísimo y tuyos, quiero que me imites según tu posible, gloriándote en las victorias y triunfos de su brazo poderoso y procurando tener alguna parte en las que quiere alcanzar siempre de este cruel dragón. No es posible que lengua de criatura, aunque sea de los serafines, declare lo que mi alma sentía, cuando miraba en mis brazos a mi Hijo Santísimo que obraba tantas maravillas contra sus enemigos y en beneficio de aquellas almas ciegas y tiranizadas de sus errores y que la exaltación del nombre del Altísimo crecía y se dilataba por su Unigénito humanado. Con este júbilo magnificaba mi alma al Señor y con mi Hijo Santísimo hacía nuevos cánticos de alabanza como Madre suya y Esposa del divino Espíritu. Tú eres hija de la Iglesia Santa y esposa de mi Hijo benditísimo y favorecida de su gracia, justo es que seas diligente y celosa en adquirirle esta gloria y exaltación, trabajando contra sus enemigos y peleando con ellos para que tu Esposo tenga este triunfo.” CAPITULO 25 Regresar al Principio

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Toman asiento en la ciudad de Heliópolis Jesús, María y José por voluntad divina; ordenan allí su vida el tiempo de su destierro. 653. Las memorias que en muchos lugares de Egipto quedaron de algunas maravillas que fue obrando en ellos el Verbo humanado, darían ocasión a los santos y otros autores para que escribiesen unos que estuvieron en una ciudad los desterrados y otros lo afirmasen de otras, pero todos pueden decir verdad y concordarse, hablando de diferentes tiempos en que estuvo en Hermópolis, en Menfis o Babilonia de Egipto y en Mataria, pues no sólo estuvo en estas ciudades, pero también en otras. Lo que yo he entendido es que habiendo discurrido por ellas llegaron a Heliópolis y allí tomaron su asiento, porque los santos ángeles que les guiaban dijeron a la divina Reina y a San José que en aquella ciudad habían de parar; donde, a más de la ruina de los ídolos y sus templos que sucedió con su llegada como en las demás, determinaba allí el Señor hacer otras maravillas para su gloria y rescate de muchas almas y que a los moradores de aquella ciudad según el feliz pronóstico de su nombre, que era Ciudad de Sol les saliese el sol de justicia y gracia que más copiosa les alumbrase. Y con este aviso tomaron allí posada común, y luego salió San José a buscarla, ofreciendo el pago que fuese justo, y el Señor dispuso que hallase una casa humilde y pobre pero capaz para su habitación y retirada un poco de la ciudad, como la deseaba la Reina del cielo. 654. Hallando, pues, este domicilio en Heliópolis, tomaron asiento en él. Y recogiéndose luego la divina Señora con su Hijo Santísimo y con su esposo José a este retiro, se postró en tierra besándola con profunda humildad y afectuoso agradecimiento y dio gracias al Altísimo por haber hallado aquel descanso después de tan molesta y prolija peregrinación, y a la misma tierra y elementos agradeció el beneficio de sustentarla a ella, que por su incomparable humildad se juzgaba siempre por indigna de todo lo que recibía. Adoró al ser inmutable de Dios en aquel puesto, enderezando a su culto y reverencia cuanto en él había de obrar. Interiormente hizo obsequio y sacrificio de sus potencias y sentidos y se ofreció a padecer pronta, alegre y diligente cuantos trabajos fuese servido el Todopoderoso de enviarle en aquel destierro, que su prudencia los prevenía y su afecto los abrazaba. Los apreciaba con la ciencia divina, porque con ella había conocido que en el tribunal divino son bien admitidos y que su Hijo Santísimo los había de tener por herencia y tesoro riquísimo. Y de este alto ejercicio y encumbrada habitación se humanó a limpiar y aliñar la pobre casilla con ayuda de los santos ángeles, buscando prestado hasta el instrumento con que limpiarla. Y aunque se hallaron nuestros divinos forasteros bastantemente acomodados de las pobres paredes de la casa, les faltaba todo lo demás de la comida y homenaje necesario para la vida. Y porque estaban ya en poblado faltó el regalo milagroso con que en la soledad eran socorridos por mano de los ángeles y los remitió el Señor a la mesa ordinaria de los más pobres, que es la limosna mendigada y habiendo llegado a sentir la necesidad y padecer hambre salió San José a pedirlo por amor de Dios, para que con tal ejemplo ni se querellen los pobres de su aflicción, ni se confundan de remediarla por este medio cuando no hallaren otro, pues tan temprano se estrenó el mendigar para sustentar la vida del mismo Señor de todo lo criado, para obligarse de camino a dar ciento por uno (Mt 19,29) de contado. 655. Los tres días primeros después que llegaron a Heliópolis, como tampoco en otros lugares de Egipto, no tuvo la Reina del cielo para sí y su Unigénito más alimentos de los que pidió de limosna su padre putativo José, hasta que con su trabajo comenzó a ganar algún socorro. Y con él hizo una tarima desnuda en que se reclinaba la Madre y una cuna para el Hijo, porque el santo esposo no tenía otra cama más que la tierra pura y la casa sin alhajas, hasta que con su propio sudor pudo adquirir algunas de las inexcusables para vivir todos tres. Y no quiero pasar en silencio lo que se me ha dado a conocer: que en medio de tan extremada pobreza y necesidades no hicieron memoria María y José Santísimos de su casa de Nazaret, ni de sus deudos ni amigos, de los dones de los Reyes que distribuyeron y los podían haber guardado. Nada de esto echaron menos, ni se querellaron de hallarse en tanto aprieto y desamparo, con atención a lo pasado y temor de lo futuro, antes en todo estuvieron con incomparable igualdad, alegría y quietud, dejándose a la divina providencia en su desabrigo y mayor pobreza. ¡Oh poquedad de nuestros infieles corazones!, ¡y qué de afanes tan turbados y penosos suelen padecer en hallándose pobres y con alguna necesidad! Luego nos querellamos que perdimos la ocasión, que pudimos prevenir o granjear este o aquel remedio, que si hiciéramos esto o aquello no nos viéramos en este o aquel aprieto. Todas estas congojas son vanas y estultísimas, por lo que no son de remedio alguno. Y aunque fuera bueno no haber dado causa a nuestros trabajos con las culpas que muchas veces los granjeamos, pero de ordinario sentimos el daño temporal adquirido y no el pecado por donde lo merecimos. Tardos y necios de corazón somos para percibir las cosas espirituales de nuestra justificación y aumentos de la gracia, y sensibles, terrenos y audaces para entregarnos a las terrenas y sus afanes. Reprensión severa es para nuestra grosería y terrenidad la de nuestros extranjeros.

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656. La prudentísima Señora y su esposo se acomodaron con alegría, solos y desamparados de todo lo temporal, en la pobre casilla que hallaron. Y de tres aposentos que tenía, el uno se consagró para templo o sagrario donde estuviese el infante Jesús y con él su purísima Madre, y allí se pusieron la cuna y la tarima desnuda, hasta que después de algunos días, con el trabajo del santo esposo y la piedad de unas devotas mujeres que se aficionaron a la Reina, alcanzaron a tener alguna ropa con que abrigarse todos; otro aposento se destinó para el santo esposo, donde dormía y se recogía a orar; y el tercero servía de oficina y taller para trabajar en su oficio. Viendo la gran Señora la extremada pobreza en que estaban y que el trabajo de San José había de ser mayor para sustentarse en tierra donde no eran conocidos, determinó ayudarle trabajando también ella con sus manos para aliviarle en lo que pudiese. Y como lo determinó lo ejecutó, buscando labores de manos por medio de aquellas mujeres piadosas que comenzaron a tratarla aficionadas de su modestia y suavidad. Y como todo cuanto hacía y tocaba salía de sus manos tan perfecto, corrió luego la voz de su aliño en las labores y nunca le faltó en qué trabajar para alimentar a su Hijo hombre y Dios verdadero. 657. Para granjear todo lo que era necesario de comer, vestir San José, alhajar su casa, aunque pobremente, y pagar los alquileres de ella, le pareció a nuestra Reina que era bien gastar todo el día en el trabajo y velar toda la noche en sus ejercicios espirituales. Y esto determinó no porque tuviese alguna codicia, ni tampoco porque de día faltase un punto a la contemplación, porque siempre estaba en ella y en presencia del niño Dios, como tantas veces se ha dicho y siempre diré. Pero algunas horas que vacaba de día a especiales ejercicios quiso trasladarlos a la noche para trabajar más y no pedir ni esperar que Dios obrase milagro en lo que con su diligencia y añadiendo más trabajo se podía conseguir; porque en tales casos más pidiéramos milagro para comodidad que por necesidad. Pedía la prudentísima Reina al eterno Padre que su misericordia los proveyese de lo necesario para alimentar a su Hijo unigénito, pero juntamente trabajaba. Y como quien no fía de sí misma ni de su diligencia, pedía trabajando lo que por este medio nos concede el Señor a las demás criaturas. 658. Se agradó mucho el niño Dios de esta prudencia de su Madre y de la conformidad que tenía con su estrecha pobreza, y en retorno de esta fidelidad de Madre quiso aliviarla en algo del trabajo que había comenzado. Y un día desde la cuna le habló, y la dijo: “Madre mía, yo quiero disponer el orden de vuestra vida y trabajo corporal.” Se puso luego arrodillada la divina Madre, y respondió: “Amor dulcísimo mío y dueño de todo mi ser, yo os alabo y magnifico porque habéis condescendido con mi deseo y pensamiento que se encaminaba a que vuestra divina voluntad dirigiese mis pasos, enderezase mis obras a vuestro beneplácito y ordenase la ocupación que había de tener en cada hora del día según vuestro agrado. Y pues se ha humanado vuestra deidad y se dignado vuestra grandeza a condescender con mis anhelos, hablad, lumbre de mis ojos, que vuestra sierva oye.” (1Sam 3,10). Dijo el Señor: “Madre mía carísima, desde entrada la noche ésta era la hora que nosotros contamos por las nueve dormiréis y descansaréis algo; y de media noche hasta el amanecer os ocuparéis en los ejercicios de la contemplación conmigo y alabaremos a mi eterno Padre; luego acudiréis a prevenir lo necesario para vuestra comida y de José; después a darme a mí alimento y me tendréis en vuestros brazos hasta la hora de tercia, que me pondréis en los de vuestro esposo para alivio de su trabajo, y os retiraréis a vuestro recogimiento hasta la hora de administrarle la comida y luego volveréis a la labor. Y porque aquí no tenéis las Escrituras sagradas, cuya lección os era de consuelo, leeréis en mi ciencia la doctrina de la vida eterna, para que en todo me sigáis con perfecta imitación. Y orad siempre al eterno Padre por los pecadores.” 659. Con este arancel se gobernó María Santísima todo el tiempo que estuvo en Egipto. Y cada día daba el pecho al niño Dios tres veces, porque cuando le señaló la primera que había de darle, no le mandó que no se le diese otras veces, como desde el nacimiento lo hizo. Cuando la divina Madre hacía labor estaba siempre en presencia del infante Jesús de rodillas y entre los coloquios y conferencias que tenían era muy de ordinario, el Rey desde la cuna y la Reina desde su labor, hacer cánticos misteriosos de alabanza. Y si estuvieran escritos, fueran más que todos los salmos y cánticos que celebra la Iglesia y cuanto hoy hay escrito en ella, pues no hay duda que hablaría el mismo Dios por el instrumento de su humanidad y Madre Santísima con mayor alteza y admiración que por David, Moisés, María, Ana y todos los profetas. Y en estos cánticos siempre la divina Madre quedaba renovada y llena de nuevos afectos a la divinidad y eficaces anhelos a la unión con su ser inmutable, porque sola ella era la fénix que renacía en este incendio y el águila real que podía mirar al sol de la inefable luz de hito en hito y tan de cerca, a donde otra ninguna criatura pudo levantar el vuelo. Cumplía con el fin para cual que el Verbo divino tomó carne en sus virgíneas entrañas, de encaminar y llevar a su eterno Padre a las criaturas racionales. Y como entre todas era la sola que no la impedía el óbice del pecado ni sus efectos las pasiones ni apetitos, sino que estaba libre de todo lo terreno y gravamen de la naturaleza, volaba tras de su amado y se levantaba a encumbrada habitación y no paraba hasta llegar a su centro que era la divinidad. Y como siempre tenía a su vista el camino y luz que era el Verbo humanado y el deseo y afecto

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encaminado al ser inmutable del Altísimo, corría fervorosa a él y estaba más en el fin que en el medio, donde amaba más que donde animaba. 660. Dormía también algunas veces el niño Dios, presente la feliz y dichosa Madre para que también fuese verdad en esto lo que dijo: “Yo duermo y mi corazón vela.” (Cant 5,2) Y como para ella aquel cuerpo santísimo de su Hijo era viril purísimo y claro por donde miraba y penetraba el secreto de su alma deificada y sus operaciones, se miraba y se remiraba en aquel espejo inmaculado y era de especial consuelo a la divina Señora ver tan desvelada la parte superior del alma santísima de su Hijo en obras tan heroicas de viador y juntamente comprensor y al mismo tiempo dormir los sentidos con tanta quietud y rara hermosura del niño, estando todo lo humano unido a la divinidad hipostáticamente. De los afectos dulces y elevaciones inflamadas y obras heroicas que la Reina del cielo hacía en estas ocasiones, no basta para hablar nuestra lengua sin ofender la materia, pero donde faltan palabras obre la fe y el corazón. 661. Cuando era tiempo de dar a San José el alivio de tener al infante Jesús, le decía la divina Madre: “Hijo y Señor mío, mirad a vuestro fiel siervo con amor de hijo y de padre y tened vuestras delicias con la pureza de su alma tan sencilla y acepta a vuestros ojos.” Y al santo le decía: “Esposo mío, recibid en vuestros brazos al Señor que contiene en su puño todos los orbes del cielo y tierra, a quienes dio el ser por sola su bondad inmensa. Y aliviad vuestro cansancio con el que es la gloria de todo lo criado.” Este favor agradecía el santo con profunda humildad y solía preguntar a su esposa divina si se atrevería él a mostrar al niño alguna caricia. Y asegurado de la prudente Madre lo hacía y con este alivio olvidaba la molestia de su trabajo y todos se le hacían fáciles y muy dulces. Siempre que comían María Santísima y San José tenían consigo al infante, y en administrando la comida la divina Reina le recibía en sus brazos y comía con grande aliño teniéndole en ellos, y daba a su alma purísima dulcísimo y mayor alimento que al cuerpo, reverenciándole, adorándole y amándole como a Dios eterno sustentándole en sus brazos como a niño le acariciaba con cariño de madre afectuosa a hijo querido. No es posible ponderar la atención con que se ejercitaba en los dos oficios: de criatura para su Criador, mirándole según la divinidad Hijo del eterno Padre, como Rey de los reyes y Señor de los señores (Ap 19,16), Hacedor y Conservador de todo el universo; y como hombre verdadero en su infancia, para servirle y criarle. En estos dos extremos y motivos de amor era toda enardecida y encendida en actos heroicos de admiración, alabanza y afectuoso amor. En todo lo demás que obraban los dos divinos esposos, sólo puedo decir que eran admiración de los ángeles y que daban el lleno a la santidad y agrado del Señor. Doctrina de la Reina del cielo María Santísima. 662. “Hija mía, siendo verdad como lo es que yo entré en Egipto con mi Hijo santísimo y mi esposo, donde ni conocíamos amigos ni deudos, en tierra de religión extraña, sin abrigo, amparo, ni socorro humano para alimentar a un Hijo que tanto amaba, bien se deja entender la tribulación y trabajos que padecimos, pues el Señor daba lugar a que nos afligieran. Y no puede caer en tu consideración la paciencia y tolerancia con que los llevamos, ni los mismos ángeles son suficientes a ponderar el premio que me dio el Altísimo por el amor y conformidad con que lo llevé todo más que si estuviera en suma prosperidad. Verdad es que me dolía mucho de ver a mi esposo en tanta necesidad y aprieto, pero en esta misma pena bendecía al Señor con alegría de padecerla. En esta nobilísima paciencia y pacífica dilatación quiero, hija mía, que me imites en las ocasiones que te pusiere el Señor y que en ellas sepas dispensar con prudencia del interior y exterior, dando a cada cual lo que debes en la acción y contemplación sin que una a otra se impidan. 663. Cuando les faltare a tus súbditas lo necesario para la vida, trabaja en buscarlo debidamente. Y en dejar tú la quietud propia alguna vez por esta obligación, no es perderla, y más con la advertencia que te he dado muchas veces para que por ninguna ocupación pierdas al Señor de vista, pues con su divina luz y gracia todo se puede hacer si eres cuidadosa sin turbarte. Y cuando por medios humanos se puede granjear debidamente, no se han de esperar milagros ni excusarse de trabajar a cuenta de que Dios lo proveerá y acudirá sobrenaturalmente, porque Su Majestad concurre con los medios suaves, comunes y convenientes y el trabajar el cuerpo es medio oportuno porque sirva con el alma y haga su sacrificio al Señor y adquiera su merecimiento en la forma que puede. Y trabajando la criatura racional, puede alabar a Dios y adorarle en espíritu y verdad (Jn 4,23). Y para que tú lo hagas, ordena todas tus acciones a su actual beneplácito y consúltalas con Su Majestad, pesándolas en el peso del santuario, teniendo atención fija a la divina luz que te infunde el Todopoderoso. CAPITULO 26

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Regresar al Principio De las maravillas que en Heliópolis de Egipto obraron el infante Jesús y su Madre Santísima y San José. 664. Cuando Isaías dijo que entraría el Señor en Egipto sobre una ligera nube (Is 19,1) para las maravillas que en aquel reino quería obrar, en llamar nube a su Madre Santísima o, como otros dicen, a la humanidad que de ella tomó, no hay duda que con esta metáfora quiso significar que por medio de esta nube divina había de fertilizar y fecundar aquella tierra estéril de los corazones de sus habitadores, para que de allí adelante produjese nuevos frutos de santidad y conocimiento de Dios, como sucedió después que entró en ella esta nube celestial. Porque luego se dilató la fe del verdadero Dios en Egipto, se destruyó la idolatría, se abrió camino para la vida eterna, que hasta entonces le había tenido cerrado el demonio, tanto que apenas había en aquella provincia quien conociera la divinidad verdadera cuando llegó a ella el Verbo humanado. Y aunque algunos habían alcanzado esta noticia con la comunicación de los hebreos que había en aquella tierra, pero en este conocimiento mezclaban grandes errores, supersticiones y culto del demonio, como en otro tiempo lo hicieron los babilonios que vinieron a vivir a Samaria. Pero después que alumbró el sol de justicia a Egipto y la fertilizó la nube aliviada de toda culpa, María Santísima, quedó fecunda de santidad y gracia que dio copioso fruto por muchos siglos, como se vio en los santos que después produjo y en los ermitaños, en tanto número que hicieron destilar aquellos montes (Jn 3,18) y labrar dulcísima miel de santidad y perfección cristiana. 665. Para disponer el Señor este beneficio que prevenía a los egipcios, tomó asiento en la ciudad de Heliópolis, como queda dicho y entrando en ella, como era tan poblada y llena de ídolos, templos, altares del demonio y todos se hundieron con grande estruendo y pavor de los vecinos, fue grande el movimiento y turbación que padeció toda la ciudad con esta novedad impensada. Andaban todos como atónitos y fuera de sí, y juntándose la curiosidad de ver a los forasteros recién llegados, fueron muchos hombres y mujeres a hablar a nuestra gran Reina y al glorioso San José. La divina Madre, que sabía el misterio y voluntad del Altísimo, respondió a todos hablándoles muy al corazón, prudente, sabia y dulcemente, dejándolos admirados de su agrado incomparable, ilustrados con la altísima doctrina que les decía y con el desengaño que les daba de los errores en que estaban, y con curar de camino algunos enfermos de los que iban a ella los remediaba y consolaba de todas maneras. Se fueron divulgando de suerte estos milagros, que en breve tiempo vino tan gran concurso de gente a buscar a la forastera divina, que obligó a la prudentísima Señora a pedir a su Hijo Santísimo le ordenase lo que era su voluntad hiciese con aquella gente. El niño Dios la respondió que a todos los informase de la verdad y conocimiento de la divinidad y los enseñase su culto y cómo habían de salir de pecado. 666. Este oficio de predicadora y maestra de los egipcios ejercitó nuestra celestial Princesa como instrumento de su Hijo Santísimo que daba virtud a sus palabras. Y fue tanto el fruto que se hizo en aquellas almas, que fueran menester muchos libros si se hubieran de referir las maravillas que sucedieron y las almas que se convirtieron a la verdad en los siete años que estuvieron en aquella provincia, porque toda quedó santificada y llena de bendiciones de dulzura (Sal 20,4). Siempre que la divina Señora oía y respondía a los que venían a ella, tomaba en sus brazos al infante Jesús, como al que era autor de aquella gracia y de todas las que recibían los pecadores. Hablaba a todos como a cada uno según su capacidad había menester para percibir y entender la doctrina de la vida eterna. Dioles conocimiento y luz, no sólo de la divinidad y que Dios era uno solo e imposible haber muchos dioses, también les enseñó todos los artículos y verdades que tocaban a la divinidad y a la creación del mundo y luego les declaró cómo el mismo Dios lo había de redimir y reparar y les enseñó todos los mandamientos que tocan al decálogo, que son de la misma ley natural, y el modo con que debían dar culto a Dios y adorarle y esperar la Redención del género humano. 667. Los dio a entender cómo había demonios, enemigos del verdadero Dios y de los hombres, y los desengañó de los errores que tenían en esto con sus ídolos y con las respuestas fabulosas que les daban y los feísimos pecados a que los inducían y provocaban por ir a consultarlos y cómo después ocultamente los tentaban con sugestiones y movimientos desordenados. Y aunque la Señora del cielo era tan pura y libre de todo lo imperfecto, con todo eso, por la gloria del Altísimo y remedio de aquellas almas, no se dedignaba de disuadirlas de los pecados impuros y torpísimos en que estaba todo Egipto anegado. Les declaró también cómo el Reparador de tantos males que había de vencer al demonio, conforme a lo que de él estaba escrito era ya venido, aunque no les dijo que le tenía en sus brazos. Y porque mejor se admitiese toda esta doctrina y se aficionasen a la verdad, la confirmaba con grandes milagros, curando todo género de enfermedades y endemoniados que de diversas partes venían. Y algunas veces iba la misma Reina a los hospitales y allí hacía admirables beneficios a los enfermos. Y en todas partes consolaba a los tristes, aliviaba a los afligidos, remediaba a los necesitados y a todos los reducía con suave amor, los amonestaba con severidad apacible y los

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obligaba con ser su bienhechora. 668. En la cura de los enfermos y llagados se halló la divina Señora dudosa entre dos afectos: el uno el de la caridad que la obligaba a curar las llagas con sus manos propias; el otro del recato para no tocar a nadie. Y porque todo lo consiguiese como convenía, la respondió su Hijo Santísimo que a los hombres los curase con sólo palabras y amonestándolos, que así quedarían sanos, y a las mujeres podría curar con sus manos, tocando y limpiando sus llagas. y así lo hizo desde entonces, usando oficios de madre y enfermera, respectivamente, hasta que después, pasados dos años, comenzó también San José a curar enfermos, como diré; pero a las mujeres acudía más la Reina, con tan incomparable caridad que con ser la misma pureza y tan delicada, libre de enfermedades y pensiones de ellas, les curaba sus llagas por ulceradas que fuesen y las aplicaba con las manos los paños y vendas necesarias y así se compadecía como si en cada una de las enfermas padeciera sus trabajos. Y algunas veces sucedía que para curarlas pedía licencia a su Santísimo Hijo para dejarle de sus brazos y le reclinaba en la cuna y acudía a los pobres, donde por otro modo estaba el mismo Señor de los pobres con la caritativa y humilde Señora. Pero en estas obras y curas, es cosa admirable que jamás miraba la modestísima Señora al rostro de nadie hombre ni mujer. Y aunque la llaga estuviera en él, era tan extremado su recato, que por atender no pudiera después conocer a ninguno por la cara, si por otro medio no los conociera a todos con la luz interior. 669. Con los calores destemplados de Egipto y muchos desórdenes de aquella miserable gente, eran graves y ordinarias las enfermedades de aquella tierra. Y algunos años, de los que allí estuvieron el infante Jesús y su Santísima Madre, se encendió peste en Heliópolis y otros lugares. Y con estas causas y la fama de las maravillas que obraban, concurría mucha gente a ellos de toda la tierra y volvían sanos en el cuerpo y las almas. Y para que la gracia del Señor se derramase en ellos con mayor abundancia y la Madre piadosísima tuviese coadjutor en las misericordias que obraba como instrumento vivo de su Unigénito, determinó Su Majestad, a petición de la divina Señora, que San José también acudiese al ministerio de la enseñanza y a curar los enfermos, y para esto le alcanzó nueva luz interior y gracia de sanidad. Y al tercero año que estaba en Egipto, comenzó el santo esposo a ejercitar estos dones del cielo. Y él enseñaba, curaba y catequizaba de ordinario a los hombres y la gran Señora a las mujeres. Con estos beneficios tan continuos y la gracia y eficacia que estaba derramada en los labios de nuestra Reina (Sal 44,3), era increíble el fruto que hacían por la afición que todos sentían, rendidos a su modestia y atraídos de la virtud de su santidad. Le ofrecían muchos dones y haciendas para que se sirviese de ellas, pero jamás admitió cosa alguna para sí ni la reservó, porque siempre se alimentaron del trabajo de sus manos y de San José. Y cuando, tal vez, recibía alguna dádiva de quien Su Alteza conocía que era justo y conveniente, todo lo distribuía en los pobres y necesitados. Y sólo para este fin consentía con la piedad y consuelo de algunos devotos, y aun a éstos muchas veces les daba en retorno alguna cosa de las labores que hacía. De estas maravillosas obras se puede colegir cuáles y cuántas serían las que hicieron en Egipto por espacio de siete años que estuvieron en Heliópolis, porque todas en particular es imposible reducirlas a número y relación. Doctrina que me dio la Reina del cielo María Santísima. 670. “Hija mía, admiración te ha hecho el conocer las obras de misericordia que yo ejercitaba en Egipto, acudiendo a curar los pobres y enfermos de tantas enfermados para darles salud en el cuerpo y en las almas, pero entenderás cuánto se compadecía esto con mi recato y afecto a retirarme, si atiendes al inmenso amor con que mi Hijo Santísimo quiso ir luego en naciendo a remediar aquel reino y estrenar en sus moradores el fuego de caridad que ardía en su pecho para la salud de los mortales. Esta caridad me comunicó a mí y me hizo instrumento de la suya y de su poder, sin el cual no me atreviera por mí misma a tantas obras, porque siempre me inclinaba a no hablar ni comunicar a nadie, pero la voluntad de mi Hijo y Señor era mi gobierno en todo. Y de ti, amiga, quiero yo que a imitación mía trabajes en el bien y salud de tus prójimos, procurando seguirme en esto con la perfección y condiciones que yo obraba. No has de buscar tú las ocasiones, mas el Señor te las enviará, salvo cuando por alguna grande razón fuere necesario que tú te ofrezcas a ella. Pero en todas trabaja, advierte y alumbra a los que pudieres con la luz que tienes, no como quien toma oficio de maestra, sino como quien consuela y se compadece de los trabajos de sus hermanos y quiere aprender la paciencia en ellos, usando de mucha humildad y detención prudente junto con el uso de la caridad. 671. “A tus súbditas amonesta, corrige y gobierna, encaminándolas a la mayor virtud y agrado del Señor, porque después de obrarlo tú con perfección, el mayor será para Su Alteza que animes y enseñes a los demás según tus fuerzas y gracia que has recibido. Y por los que no puedes hablar, pide y clama por su remedio incesantemente, y con esto

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extenderás la caridad a todos. Y porque no puedes servir a los enfermos de fuera, recompénsalo en las de tu casa acudiendo a su servicio, regalo y limpieza por ti misma. Y en esto no te imagines superiora por el oficio de prelada, pues por él eres madre y lo has de mostrar en el cuidado y amor de todas, y en lo demás siempre has de ser menor en tu estimación. Y porque el mundo ordinariamente ocupa a los más pobres y despreciados en servir a los enfermos, porque como ignorante no conoce la alteza de este ministerio, por esto, yo te doy a ti como a pobre y la más inferior el oficio de enfermera para que imitándome le ejecutes.” CAPITULO 27 Regresar al Principio Determina Herodes la muerte de los inocentes, conócelo María Santísima y esconden a San Juan de la muerte. 672. Dejemos ahora en Egipto al infante Jesús con su Madre Santísima y San José santificando aquel reino con su presencia y beneficios que no mereció Judea, y volvamos a saber en qué paró la diabólica astucia e hipocresía de Herodes. Aguardó el inicuo rey la vuelta de los Magos y la relación que le harían de haber hallado y adorado al nuevo Rey de los judíos recién nacido, para quitarle inhumanamente la vida. Se halló burlado, sabiendo que los Magos habían estado en Belén con Maria y José Santísimos y que tomando otro camino estarían ya fuera de los fines de Palestina, que de todo esto fue informado, con otras cosas de las que en el templo habían sucedido; porque engañándose con su misma astucia, aguardó algunos días hasta que ya le pareció que los Reyes orientales tardaban y el cuidado de su ambición le obligó a preguntar por ellos. Consultó de nuevo algunos letrados de la ley y como concordaban lo que decían de Belén conforme a las Escrituras y lo que allí había sucedido, mandó con gran pesquisa buscasen a nuestra Reina con su niño dulcísimo y al glorioso San José. Pero el Señor, que les mandó salir de noche de Jerusalén, consiguientemente ocultó su viaje, para que nadie lo supiese ni hallase rastro alguno de su fuga. Y sin poderlos descubrir los ministros de Herodes ni otro alguno, le respondieron que no parecía tal hombre, mujer, ni niño en toda la tierra. 673. Se encendió con esto la indignación de Herodes (Mt 2,16), sin dejarle sosegar un punto y sin hallar medio ni remedio para atajar el daño que temía con el nuevo Rey. Pero el demonio, que le conoció dispuesto para toda maldad, le arrojó en el pensamiento grandes sugestiones para consolarle, proponiéndole que usase de su real poder y que degollase todos los niños de aquella comarca que no pasasen de dos años, porque entre ellos sería inexcusable topar con el Rey de los judíos que había nacido en aquel tiempo. Se alegró el tirano rey con este pensamiento que jamás cayó en otro bárbaro y le abrazó sin el temor y horror que pudiera causar tan cruenta acción en cualquier hombre racional. Y pensando y discurriendo cómo ejecutarlo a satisfacción y gusto de su ira, hizo juntar algunas tropas de milicia y con los ministros de mayor confianza que las gobernasen les mandó por graves penas que degollasen todos los niños que no tuviesen más de dos años en Belén y su comarca. Y como lo mandó Herodes se fue ejecutando y llenándose toda la tierra de confusión, de llantos y de lágrimas de los padres, madres y deudos de los inocentes condenados a muerte, sin que nadie lo pudiese resistir ni remediar. 674. Salió este impío mandato de Herodes a los seis meses del nacimiento de nuestro Redentor. Y cuando se comenzó a ejecutar, sucedió que nuestra gran Reina estaba un día con su Hijo Santísimo en los brazos y mirando a su alma y operaciones conoció en ella como en un claro espejo todo lo que pasaba en Belén, más claramente que si estuviera presente a los clamores de los niños y de sus padres. Vio también la divina Señora cómo su Hijo Santísimo pedía al Padre eterno por los padres y madres de los inocentes y que a los difuntos los ofrecía como primicias de su muerte y que, por ser sacrificados a cuenta del mismo Redentor, pedía se les diese uso de razón para que voluntariamente ofreciesen sus vidas y admitiesen la muerte en gloria del mismo Señor y les pagase con premios y coronas de mártires lo que padecían. Y todo lo concedió el Padre eterno, y lo conoció nuestra Reina en su Hijo unigénito y le acompañó e imitó en el ofrecimiento y peticiones que hacía, y a los padres y madres de los niños mártires acompañó también en el dolor y compasión por la muerte de sus hijos y ella fue la verdadera y primera Raquel que lloró a los hijos de Belén y suyos (Mt 2,17-18) ; y ninguna otra madre supo llorarlos como ella, porque ninguna supo ser madre como lo era nuestra Reina y Señora. 675. No tenía entonces noticia de lo que Santa Isabel había hecho para reservar a su hijo Juan, conforme al aviso que la misma Reina le había dado por el ángel cuando salieron de Jerusalén para Egipto, como arriba se dijo, (capítulo 22,

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núm. 623). Y aunque no dudaba se cumplirían en él todos los misterios que de su oficio de precursor había conocido por la divina luz, con todo eso, no sabía el cuidado y trabajo en que la crueldad de Herodes había puesto a la santa matrona Isabel y a su hijo, ni por qué medio se habrían defendido de ella. No se atrevió la dulcísima Madre a preguntar a su Hijo Santísimo este suceso, por la reverencia y prudencia con que le trataba en estas revelaciones, y con humildad y paciencia se aniquilaba y encogía. Pero Su Majestad la respondió al piadoso y compasivo deseo y la declaró cómo Zacarías, padre de San Juan, había muerto cuatro meses después de su virginal parto y casi tres después que Sus Majestades habían salido de Jerusalén, y que Santa Isabel, ya viuda, no tenía otra compañía más que la de su hijo y niño Juan y con él pasaba su soledad y desamparo, retirada en lugar apartado; porque, con el aviso que tuvo del ángel y viendo después la crueldad que comenzaba a ejecutar Herodes, se había resuelto a huir al desierto con su niño y habitar entre las fieras por apartarse de la persecución de Herodes, y que esta resolución había tomado Santa Isabel con impulso y aprobación del Altísimo y estaba oculta en una cueva o peñasco donde con trabajo y descomodidad grande se sustentaba a sí y a su niño Juan. 676. Conoció asimismo la divina Señora que Santa Isabel, después de tres años de aquella vida solitaria, moriría en el Señor y Juan quedaría en aquel lugar desierto, comenzando una vida angélica y solitaria, y que no se apartaría de allí hasta que por orden del Altísimo saliese a predicar penitencia como precursor suyo. Todos estos misterios y sacramentos manifestó el infante Jesús a su Madre Santísima, con otros ocultos y profundos beneficios que recibieron Santa Isabel y su hijo en aquel desierto. Y lo conoció todo por el mismo modo que le enseñó la muerte de los niños inocentes. Y con esta noticia quedó la divina Reina llena de gozo y compasión: lo uno, por saber que el niño Juan y su madre estaban en salvo, y lo otro, por los trabajos que en aquella soledad padecían; y luego pidió licencia a su Hijo Santísimo para cuidar desde allí de su prima Isabel y del niño Juan. Y desde entonces con voluntad del mismo Señor los enviaba frecuentemente a visitar con los ángeles que le servía y con ellos mismos le remitía algunas cosas de comida, que era el mayor regalo que tuvieron en aquel yermo el hijo y madre solitarios. Y por este medio de los ángeles tuvo con ellos continua y oculta correspondencia nuestra gran Señora desde Egipto. Y cuando llegó la hora de morir Santa Isabel le envió grande número de sus ángeles, para que la asistiesen y ayudasen junto con su niño Juan, que entonces era de cuatro años, y con los mismos ángeles enterró a su madre difunta en aquel desierto. Y desde entonces cada día envió la Reina a San Juan la comida, hasta que tuvo edad para sustentarse por su industria y trabajo con las yerbas y raíces y miel silvestre (Mc 1,6) con que vivió en tan admirable abstinencia, de que diré algo adelante (Cf. infra n.943).

677. Entre todas estas obras tan admirables, ni la lengua, ni el pensamiento de las criaturas pueden alcanzar los méritos y aumentos de santidad y gracia que acumulaba y congregaba María Santísima, porque de todo usaba con prudencia más que angélica. Y lo que la motivó a admiración, ternura y alabanza del Todopoderoso fue ver, cuando su Hijo Santísimo y la misma Señora pidieron por los niños inocentes al eterno Padre, cuán liberal anduvo su divina providencia con ellos, pues conoció como si estuviera presente el excesivo número que murieron y que a todos, con no tener los mayores más de dos años, otros ocho días, otros a dos meses y otros a seis y así entre todos más o menos, les fue concedido uso de razón y se les infundió altísimo conocimiento del ser de Dios y perfecta caridad, fe y esperanza, con que ejercitaron heroicos actos de fe, culto, reverencia, amor y compasión de sus padres; pidieron por ellos y en remuneración de su sentimiento que les diese el Señor luz y gracia para que procurasen los bienes eternos; admitían el martirio de voluntad, quedándose la naturaleza en la flaqueza de su edad pueril, con que sentían más sensiblemente y se aumentaba su merecimiento; multitud de ángeles los asistían y los llevaban al limbo o seno de Abrahán y con su presencia alegraron a los santos Padres, porque les confirmaron las breves esperanzas de su libertad. Todo esto fue efecto de las peticiones del niño Dios y oraciones de María Santísima. Y conociendo estas maravillas se enardecía en amor, y dijo: “Laudate, pueri, Dominum” (Sal 112,1), y acompañándolos la Emperatriz de las alturas alabó al autor de tan magníficas obras, dignas de su bondad y omnipotencia. Sola María purísima las conocía y trataba con la sabiduría y ponderación que pedían, pero sola ella era la que sin ejemplo, siendo tan allegada al mismo Dios, conoció el grado y punto de la humildad y la tuvo en su perfección, porque, siendo ella la Madre de la pureza, inocencia y santidad, se humilló más que supieron humillarse todas las criaturas profundamente humilladas con sus mismas culpas. Sola María Santísima, entre todas las criaturas, alcanzó este género de humillarse a vista de los más altos beneficios y dones que todas juntas recibieron, porque sola ella penetró dignamente que la criatura no puede dar el retorno proporcionado a los beneficios y menos al amor infinito de donde se originan en Dios; y humillándose la divina Señora con esta ciencia medía con ella su amor, su agradecimiento y humildad y daba la plenitud a todo, en cuanto la criatura pura era capaz de dar digna retribución, sólo con conocer que ninguna de ellas es digna por otro modo.

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678. En el fin de este capítulo quiero advertir que en muchas cosas de las que voy escribiendo me consta hay gran diversidad de opiniones entre los santos Padres y autores, como las hay sobre el tiempo en que Herodes ejecutó su crueldad con los niños inocentes y si fue con los recién nacidos o con los que tenían algunos días y no pasaban de dos años, y otras dudas en cuya declaración no me detengo, porque no es necesario para mi intento y porque yo escribo sólo aquello que se me va enseñando y dictando, o lo que la obediencia algunas veces me ordena que pregunte para tejer mejor esta divina Historia. Y en las cosas que escribo no convenía introducir disputas, porque desde el principio, como entonces dije (Cf. supra p.II n.l0), entendí del Señor que quería escribiese toda esta obra sin opiniones, sino con la verdad que la divina luz me enseñaría. Y el juzgar si lo que escribo tiene conveniencia con la verdad de la Escritura y con la majestad y grandeza del argumento que trato y si tienen las entre sí mismas conveniente consecuencia y conexión, todo esto lo remito a la doctrina de mis maestros y prelados y al juicio de los sabios y piadosos. La variedad de opiniones es casi necesaria entre los que escriben, gobernándose unos por otros autores y siguiendo los postreros a los que mejor les satisfacen de los antiguos; pero lo más de unos y otros, fuera de las historias canónicas, se funda en conjeturas o en autores dudosos, y yo no podía escribir por este orden, porque soy mujer ignorante. Doctrina de la Reina del cielo María Santísima. 679. “Hija mía de lo que dejas escrito en este capítulo quiero que te sirva de doctrina el dolor y el escarmiento con que lo has escrito. El dolor, por conocer que la criatura noble y criada por la mano del Señor a su imagen y semejanza, con tan excelentes y divinas condiciones como conocer a Dios, amarle y ser capaz de verle y gozarle eternamente, se olvide tanto de esta dignidad y se deje envilecer y abatir a brutales y horribles apetitos, como derramar la sangre inocente de quien no podía hacer a nadie injuria, Esta compasión te ha de obligar a llorar la ruina de tantas almas, y más en el siglo que vives, donde la misma ambición que a Herodes ha encendido tan crueles odios y enemistades entre los hijos de la Iglesia, dando causa a la pérdida de infinitas almas y que la sangre de mi Hijo Santísimo, que se derramó en precio y rescate suyo, se malogre y pierda; llora este daño amargamente. 680. “Pero escarmienta en otros y pondera lo que puede una ciega pasión admitida en la concupiscible; porque si de lleno coge el corazón, o le abrasa en fuego de concupiscencia si ejecuta su deseo, o en el de la ira si no le puede conseguir. Teme, hija mía, este peligro, no sólo en lo que hizo la ambición de Herodes, sino también en lo que cada hora entiendes y conoces de otras personas. Y advierte mucho en no aficionarte a alguna cosa, por pequeña que te parezca, que para encender un gran fuego basta comenzar por una pequeñísima centella. Y en esta materia de mortificación de las inclinaciones te repito muchas veces esta doctrina y lo haré más en lo que resta, porque es la mayor dificultad de la virtud morir a todo lo deleitable y sensible, y porque no puedes tú ser instrumento en las manos del Señor, como Su Majestad lo quiere, si no borrases de tus potencias hasta las especies de toda criatura para que no hallen entrada a tu voluntad. Y para ti quiero que sea ley inviolable que todo lo que tiene ser, fuera de Dios y de sus ángeles y santos, sea como si para ti no fuese. Esta ha de ser tu profesión, y para eso te hace el Señor patentes sus secretos y te convida con su trato familiar e íntimo y yo con el mío, para que sin Su Majestad no vivas ni lo quieras.” CAPITULO 28 Regresar al Principio Habla el infante Jesús a San José cumplido un año y trata la Madre Santísima de ponerle en pie y calzarle y comienza a celebrar los días de la Encarnación y nacimiento. 681. En una de las conferencias y pláticas que tenían María Santísima y su esposo José de los misterios del Señor sucedió que un día, cumplido el primer año del infante Jesús, determinó Su Alteza romper el silencio y hablar en voz clara y formada al fidelísimo José, que hacía oficio de padre cuidadoso, como había hablado con la divina Madre desde el nacimiento, según arriba dije, capítulo 18, número 577. Y estando los dos santísimos esposos tratando del ser infinito de Dios y de la bondad que le había obligado a tan excesivo amor como enviar del cielo a su Unigénito para Maestro y Redentor de los hombres, dándole forma humana en que tratase con ellos y padeciese las penalidades de la naturaleza depravada, en esta meditación se admiraba mucho San José de las obras del Señor, encendiéndose en afectos de agradecimiento y alabanza de su amor. En esta ocasión el niño Dios, que estaba en los brazos de su Madre, haciendo de ellos la primera cátedra de maestro, habló a San José en voz inteligible, y le dijo: “Padre mío, yo vine del cielo a la tierra para ser luz del mundo y rescatarle de las tinieblas del pecado, y para buscar y conocer mis ovejas

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como buen pastor y darles pasto y alimento de vida eterna y enseñarles el camino para ella y abrir las puertas que por sus pecados estaban cerradas; quiero que seáis los dos hijos de la luz, pues la tenéis tan cerca.” 682. Estas palabras del infante Jesús, como llenas de vida y de eficacia divina, infundieron en el corazón del patriarca San José nuevo amor, reverencia y alegría. Se puso de rodillas a los pies del niño Dios con humildad profundísima y le dio gracias porque la primera palabra que le había oído pronunciar fue llamarle Padre. Le pidió a Su Majestad con muchas lágrimas que su luz divina le alumbrase y llevase al cumplimiento de su perfecta voluntad y le enseñase a ser agradecido a tan incomparables beneficios como recibía de su larga mano. Los padres que mucho aman a sus hijos reciben gran consuelo y gloria cuando en ellos descubren algún pronóstico de que serán sabios o grandes en las virtudes, y aunque no lo sean, con la natural inclinación que les tienen, suelen celebrar y encarecer mucho las pequeñeces que sus hijos hacen y dicen, porque todo esto puede el afecto tierno con los hijos pequeñuelos. Pero aunque San José no era padre natural del niño Dios, sino putativo, el amor que le tenía excedía sin medida a todo lo que los padres naturales han amado a sus hijos, porque en él fue la gracia y aun la naturaleza más poderosa que en otros y en todos los padres juntos: y por este amor y aprecio que tenía de ser padre putativo del infante Jesús, se ha de medir el júbilo de su alma purísima oyéndose llamar padre del Hijo del mismo Dios y eterno Padre y viéndole tan hermoso y lleno de gracia y que le comenzaba a hablar con tan alta doctrina y sabiduría. 683. Todo aquel año primero del niño Dios le había traído su dulcísima Madre envuelto en los fajos y mantillas que suelen estar los otros niños, porque en esto no quiso señalarse diferente, en testimonio de su verdadera humanidad y también del amor de los mortales por quienes padecía aquella molestia que pudo excusar. Y juzgando la prudentísima Madre que ya era tiempo oportuno de sacarle de los fajos y ponerle en pie, o calzarle, como acá dicen, puesta de rodillas delante del niño Dios que estaba en la cuna, le dijo: “Hijo mío y amor dulcísimo de mi alma y mi Señor, deseo como vuestra esclava ser puntual en daros gusto. Ya, lumbre de mis ojos, habéis estado mucho tiempo oprimido en las ligaduras de las fajas y en esto habéis hecho gran fineza de amor por los hombres, tiempo es ya que mudéis traje. Decidme, Dueño mío, ¿qué haré para poneros en pie?” 684. “Madre mía - respondió el infante Jesús, - por el amor que tengo a las almas que yo crié y vengo a redimir, no me han parecido molestas las ataduras de mi niñez, pues en mi edad perfecta he de ser atado, preso y entregado a mis enemigos y por ellos a la muerte. Y si esta memoria es dulce para mí por el gusto de mi eterno Padre, todo lo demás me será fácil. Mi vestido ha de ser sólo uno en este mundo, porque de él sólo quiero lo que me ha de cubrir, aunque todo lo criado es mío por haberle dado ser, pero lo entrego a los hombres para que más me deban y enseñarles también cómo por mi ejemplo y amor han de negar y despreciar todo lo que es superfluo para la vida natural. Me vestiréis, Madre mía, de una túnica talar, de color humilde y común; ésta sola llevaré y crecerá conmigo. Y ha de ser sobre la que en mi muerte se han de echar suertes, porque aun ésta no ha de quedar a mi disposición, sino de otros, para que vean los hombres que nací y quiero vivir pobre y desnudo de las cosas visibles, que como son terrenas oprimen y oscurecen el corazón humano. En el punto que fui concebido en vuestro virginal vientre, hice este dejamiento y renunciación de lo que encierra y contiene el mundo, aunque todo es mío por la unión de mi naturaleza humana a la persona divina, y no tuve otra acción en esto visible más de para ofrecerlo todo a mi eterno Padre renunciándolo por su amor, admitiendo sólo aquello que la vida natural pedía para darla después por los hombres. Con este ejemplo quiero enseñar y reprender al mundo para que ame la pobreza y no la desprecie, pues cuando yo, que soy señor de todo, lo desvío y renuncio todo, será confusión de los que me conocieren por la fe codiciar lo que yo enseñé a despreciar.” 685. Hicieron en la divina Madre las palabras del niño Dios admirables y diversos efectos; porque la memoria o representación de la muerte y prisiones de su Hijo Santísimo traspasó su corazón candidísimo y compasivo y la doctrina y ejemplo de tan extremada pobreza y desnudez la admiró y provocó de nuevo a su imitación. El amor inmenso a los mortales la inflamó también para agradecerlo al Señor por todos, y en esto hizo actos heroicos de muchas virtudes. Y conociendo que el infante Jesús no quería más vestido ni calzado, dijo a Su Majestad: “Hijo y Señor mío, no tendrá vuestra Madre corazón ni ánimo para en edad tan tierna poneros en el suelo los pies desnudos, admitid, amor mío, algún reparo en ellos que os defienda. Y también conozco que la vestidura áspera que me pedís, sin usar debajo otra de lienzo, ha de lastimar mucho vuestra delicada naturaleza y edad.” El infante Jesús la respondió: “Madre mía, admito para los pies alguna cosa pobre, hasta que llegue el tiempo de mi predicación, porque entonces la he de hacer descalzo; pero el lienzo no le quiero usar, porque es fomento de la carne y de muchos vicios en los hombres, y con mi ejemplo quiero enseñar a muchos que le renunciarán por mi imitación y amor.”

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686. Puso luego la celestial Reina gran diligencia en cumplir la voluntad de su Santísimo Hijo y buscando lana natural y sin teñir la hiló por sus manos muy delgada y de ella tejió una tunicela de una vez y sin costura, al modo de lo que se hace de aguja, y más propiamente parecía a lo que llaman terliz, porque hacía un cordoncillo y no era como el paño liso. La tejió en un telarcillo, como las labores que llaman punto, sacándola toda de una pieza inconsútil misteriosamente. Y tuvo dos cosas milagrosas: la una, que salió toda igual y sin ruga; la otra, que se le mejoró y mudó el color natural a la lana, a petición y voluntad de la divina Señora, en el color entre morado y plateado perfectísimo, quedando en un medio que no se podía determinar a ningún color, porque ni parecía del todo morada, ni plateada, ni parda que llaman frailesco, y de todo tenía. Hizo también unas sandalias como alpargatas de un hilo fuerte, con que calzó al niño Dios, y a más de esto, hizo una media tunicela de lienzo para que le sirviese de paños de honestidad; y en el capítulo siguiente diré lo que sucedió al vestir al infante Jesús. 687. Se cumplió por entonces el año de los misterios de la Encarnación y natividad del Verbo divino respectivamente cada uno después que estaban en Egipto, y celebrando estos días tan festivos para la celestial Reina comenzó esta costumbre desde el primer año y la conservó toda la vida, como se verá en la tercera parte (Cf. infra p.III n.642ss) de los misterios que después fueron sucediendo. El de la Encarnación celebraba comenzando nueve días antes grandes ejercicios, en correspondencia de los nueve que precedieron, disponiéndola con tan admirables y grandes beneficios, como en el principio de esta segunda parte queda dicho (Cf supra n.4). Y el día que correspondía al de la Encarnación y anunciación convidaba a los santos ángeles del cielo con los de su guarda, para que la ayudasen a la celebración de estos magníficos misterios, a reconocer y dar dignas gracias al Altísimo. Y al mismo infante Jesús pedía postrada en tierra en forma de cruz, que por ella alabase al eterno Padre y le agradeciese lo que su divina diestra la favoreció y lo que hizo por el linaje humano dándole a su mismo Unigénito. Lo mismo repetía, cuando se cumplía el año de su virginal parto. Y estos días era la divina Señora muy favorecida y regalada del Altísimo, porque renovaba la continua memoria y reconocimiento de tan altos sacramentos. Y porque había tenido inteligencia de lo que obligaba al eterno Padre y le complacía el sacrificio de dolor que hacía postrada en tierra en cruz, con la memoria de que en ella había de ser clavado su divino Cordero, usaba de este ejercicio en todas las festividades, pidiendo se aplacase la divina justicia y solicitando misericordia para los pecadores. Y enardecida en el fuego de la caridad, se levantaba y daba fin a la celebración de las festividades con cánticos admirables que decía alternativamente con los ángeles santos, los cuales ordenaban capilla de celestial y sonora música con que decían su verso y respondía la Reina más dulcemente para los oídos de Dios que todos los coros de los encumbrados serafines y bienaventurados y con mayor aceptación, porque resonaban los ecos de sus excelentes virtudes hasta llegar al consistorio de la beatísima Trinidad y tribunal del ser de Dios eterno. Doctrina que me dio la Reina y Señora del cielo. 688. “Hija mía, no puede tu capacidad ni de todas las criaturas juntas alcanzar perfectamente cuál fue el espíritu de pobreza de mi Hijo Santísimo y el que me enseñó a mí; pero de lo que yo te he manifestado a ti puedes conocer mucho de la excelencia de esta virtud que tanto amó su Autor y Maestro y de lo que aborreció el vicio de la codicia. No podía el Criador aborrecer las mismas cosas a que dio el ser, pero conoció con su inmensa sabiduría el incomparable daño que los mortales habían de recibir de la avaricia y codicia desordenada de las cosas visibles y que este insano amor había de pervertir la mayor parte de la naturaleza humana, y según la ciencia que tuvo del número de los pecadores y réprobos que perdería el vicio de la avaricia y codicia, así fue el aborrecimiento que les tuvo. 689. “Para ocurrir a este daño y prevenirle algún antídoto y medicina, eligió mi Hijo Santísimo la pobreza y la enseñó con palabra y ejemplo de tan admirable desnudez, y para que, si los mortales no se aprovechasen de este medicamento, tuviese justificada su causa el médico que les previno la salud y el remedio. Esta misma doctrina enseñé y ejercité yo en toda mi vida y con ella plantaron la Iglesia los apóstoles y lo mismo han hecho y enseñado los patriarcas y santos que la han reformado y la sustentan, porque todos han amado la pobreza, como medio único y eficaz de la santidad, y han aborrecido las riquezas, como incentivo de todos los males y raíz de los vicios (1 Tim 6,10). Esta pobreza quiero que ames y la busques con toda diligencia, porque es el ornato de las esposas de mi Hijo dulcísimo, sin el cual te aseguro, carísima, que las desconoce y repudia como desiguales y disímiles monstruosamente, pues no tiene proporción la esposa rica y abundante de superfluas alhajas con el esposo pobrísimo y destituido de todo, ni puede haber amor recíproco con tanta desigualdad. 690. “Y si como hija legítima quieres imitarme perfectamente según tus fuerzas, como lo debes hacer, claro está que

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yo, pobre, no te reconoceré por hija si tú no lo eres, ni amaré en ti lo que aborrecí para mí. También te advierto que no te olvides de los beneficios del Altísimo que tan largamente recibes, y si en esto no eres muy atenta y agradecida, con la misma gravedad y tardanza de la naturaleza vendrás con facilidad a caer en este olvido y grosería. Renueva cada día esta memoria repetidas veces, dando siempre gracias al Señor con afecto amoroso y humilde; y entre todos los beneficios son memorables haberte llamado y aguardado, disimulado y encubierto tus faltas, y sobre esto multiplicado tan repetidos favores. Este recuerdo causará en tu corazón efectos dulces de amor y fuertes para trabajar con diligencia y en el Señor hallarás gracia y nueva remuneración, porque se obliga mucho del corazón fiel y agradecido y por el contrario se ofende grandemente de que sus beneficios y obras no sean estimadas y agradecidas; porque como las hace con plenitud de amor, quiere ser correspondido con el retorno oficioso, leal y afectuoso.” CAPITULO 29 Regresar al Principio Viste la Madre Santísima al infante Jesús la túnica inconsútil y le calza, y las acciones y ejercicios que el mismo Señor hacía. 691. Para vestir al niño Dios la tunicela tejida con los paños y sandalias que la Madre misma había trabajado con sus manos, se puso la prudentísima Señora arrodillada en presencia de su dulcísimo Hijo y le habló de esta manera: “Señor altísimo, Criador de los cielos y de la tierra, yo deseaba vestiros, si fuera posible, según la dignidad de vuestra divina persona; también quisiera yo poder haber hecho el vestido que os traigo de la sangre de mi corazón, pero juzgo será de vuestro agrado por lo que tiene de pobre y humilde. Perdonad, Señor y Dueño mío, las faltas y recibid el afecto de este inútil polvo y ceniza y dadme licencia para que os le vista.” Admitió el infante Jesús el servicio y obsequio de su purísima Madre, y luego ella le vistió y le calzó y le puso en pie. La tunicela le vino a su medida hasta cubrirle el pie sin arrastrarle y las mangas le cubrían hasta la mitad de las manos, y de nada se tomó antes medida. El cuello de la túnica era redondo, sin estar abierto por delante, y algo levantado y ajustado casi a la garganta, y con ser así se le vistió su divina Madre por la cabeza del niño sin abrirle, porque la obedecía el vestido para acomodarle graciosamente a su voluntad. Y jamás se le quitó hasta que los sayones le desnudaron para azotarle y después para crucificarle, porque siempre fue creciendo con el sagrado cuerpo todo lo que era necesario. Lo mismo sucedió de las sandalias y de los paños interiores que le puso la advertida Madre. Y nada se gastó ni envejeció en treinta y dos años: ni la túnica perdió el color y lustre con que la sacó de sus manos la gran Señora y mucho menos se manchó ni ensució, porque siempre estuvo en un mismo ser. Y las vestiduras que depuso el Redentor del mundo (Jn 13,4) para lavar los pies a sus apóstoles, era un manto o capa que llevaba sobre los hombros, y éste le hizo también la misma Virgen después que volvieron a Nazaret, y fue creciendo como la túnica, y del mismo color, algo más oscuro, tejido de aquel modo 692. Quedó en pie el infante y Señor de las eternidades, que desde su nacimiento había estado envuelto en pañales y de ordinario en los brazos de su Madre Santísima. Pareció hermosísimo sobre los hijos de los hombres (Sal 44,3). Y los ángeles se admiraron de la elección que hizo de tan humilde y pobre traje el que viste a los cielos de luz y a los campos de hermosura. Anduvo luego por sus pies perfectamente en presencia de sus padres, porque con los de fuera se disimuló algún tiempo esta maravilla, recibiéndole la Reina en sus brazos cuando concurrían los extraños y de fuera de su casa. Fue incomparable el júbilo de la divina Señora y del santo esposo José viendo a su infante andar en pie y de tan rara hermosura. Recibió el pecho de su Madre purísima hasta cumplir año y medio y le dejó, y en lo restante comió siempre poco en la cantidad y en la calidad. Su comida era al principio unas sopillas en aceite y frutas o pescado, y hasta que fue creciendo le daba la Virgen Madre tres veces de comer, como antes la leche, a la mañana, tarde y a la noche. Jamás el niño Dios lo pidió, pero la amorosa Madre cuidaba con rara advertencia de darle a sus tiempos la comida, hasta que ya crecido comía a las mismas horas que los divinos esposos y no más. Así perseveró hasta la edad perfecta, de que hablaré adelante. Y cuando comía con sus padres, siempre aguardaban que el niño divino diese la bendición al principio y las gracias al fin de la comida. 693. Después que el infante Jesús andaba por sí mismo, comenzó a retirarse y estar solo algunos ratos en el oratorio de su Madre. Y deseando la prudentísima Señora saber la voluntad de su Hijo Santísimo en estar solo o con ella, la respondió el mismo Señor al pensamiento y la dijo: “Madre mía, entrad y estad conmigo siempre, para que me imitéis y copiéis respectivamente mis obras, porque en vos quiero que se ejecute y estampe la alta perfección que he deseado para las almas. Porque ellas no hubieran resistido a mi primera voluntad de que fueran llenas de santidad y dones, los

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recibieran copiosísimos y abundantes, pero habiéndolo impedido el linaje humano, quiero que en vos sola se cumpla todo mi beneplácito y se depositen en vuestra alma los tesoros y bienes de mi diestra, que las demás criaturas han malogrado y perdido. Atended, pues, a mis obras, para imitarme en ellas.” 694. Con este orden se constituyó de nuevo la divina Señora por discípula de su Hijo Santísimo, y desde entonces entre los dos pasaron tantos y tan ocultos misterios, que ni es posible decirlos ni se conocerán hasta el día de la eternidad. Se postraba muchas veces en tierra el niño Dios, otras se ponía en el aire en cruz levantado del suelo y siempre oraba al Padre por la salud de los mortales. Y en todo le seguía y le imitaba su amantísima Madre, porque le eran manifiestas las operaciones interiores del alma santísima de su dulcísimo Hijo como las exteriores del cuerpo. De esta ciencia y conocimiento de María purísima he hablado algunas veces en esta Historia (Cf. supra n.481,534,546) y es fuerza renovar su memoria muchas, porque ésta fue la luz y ejemplar por donde copió su santidad, y fue tan singular beneficio para Su Alteza, que no le pueden comprender ni manifestar todas juntas las criaturas. No siempre tenía la gran Señora visiones de la divinidad, pero siempre la tuvo de la humanidad y alma santísima de su Hijo y de todas sus obras, y por especial modo miraba los efectos que resultaban en ella de las uniones hipostática y beatífica. Aunque en sustancia no siempre veía la gloria ni la unión, pero conocía los actos interiores con que la humanidad reverenciaba magnificaba y amaba a la divinidad a que estaba unida; y este favor fue singular en la Madre Virgen. 695. En estos ejercicios (Cf. infra n.848,912) sucedía muchas veces que el infante Jesús, a vista de su Madre Santísima, lloraba y sudaba sangre que antes del huerto sudó muchas veces y la divina Señora le limpiaba el rostro; y en su interior miraba y conocía la causa de aquella congoja, que siempre era la perdición de los réprobos, ingratos a los beneficios de su Criador y Reparador, y por haberse de malograr en ellos las obras del poder y bondad infinita del Señor. Otras veces le hallaba su Madre felicísima todo refulgente y lleno de resplandor y que los ángeles le cantaban dulces cánticos de alabanza, y conocía también que el eterno Padre se complacía de su Hijo único y dilecto (Mt 17,5). Todas estas maravillas comenzaron desde que el niño Dios estuvo en pie cumplido un año de edad, y de todas fue testigo sola su Madre Santísima, en cuyo corazón se habían de depositar (Lc 2,19) como en la que sola era única y escogida para su Hijo y Criador. Las obras con que acompañaba al infante Jesús, de amor, de alabanza, reverencia y gratitud, las peticiones que hacía por el linaje humano, todo excede a mi capacidad para decir lo que conozco; me remito a la fe y piedad cristiana.” 696. Crecía el infante Jesús con admiración y agrado de todos los que le conocían; y llegando a tocar en los seis años comenzó a salir de su casa algunas veces para ir a los enfermos y hospitales, donde visitaba a los necesitados y misteriosamente los consolaba y confortaba en sus trabajos. Conocíanle muchos en Heliópolis; y con la fuerza de su divinidad y santidad atraía a sí los corazones de todos, y muchas personas le ofrecían algunas dádivas y según las razones y motivos que con su ciencia conocía las recibía, o despedía, y dispensaba entre los pobres. Pero con la admiración que causaban sus razones llenas de sabiduría y su compostura modestísima y grave, iban muchos a dar el parabién y bendiciones a sus padres de que tenían tal Hijo. Y aunque todo esto era ignorando el mundo los misterios y dignidad de Hijo y Madre, con todo eso daba lugar el Señor del mundo, como honrador de su Madre Santísima, para que la venerasen en él y por él en cuanto era posible entonces, sin conocer los hombres la razón particular de darle la mayor reverencia. 697. Muchos niños de Heliópolis se llegaban a nuestro infante Jesús, como es ordinario en la igual edad y similitud exterior. Y como en ellos no había discurso ni malicia grande para inquirir ni juzgar si era más que hombre ni impedir la luz, se la daba el Maestro de la verdad a todos los que convenía y los informaba de la noticia de la divinidad y de las virtudes, los doctrinaba y catequizaba en el camino de la vida eterna más abundantemente que a los mayores. Y como sus palabras eran vivas y eficaces (Heb 4,12), los atraía y movía, imprimiéndolas en sus corazones de manera que cuantos tuvieron esta dicha fueron después grandes varones y santos, porque con el tiempo dieron el fruto de aquella celestial semilla sembrada tan temprano en sus almas. 698. De todas estas obras admirables tenía noticia la divina Madre; y cuando su Hijo Santísimo venía de hacer la voluntad de su eterno Padre, mirando por las ovejas que le encomendó, estando a solas se postraba la Reina de los ángeles en tierra, para darle gracias por los beneficios que hacía a los párvulos e inocentes que no le conocían por su Dios verdadero, y le besaba el pie como a Pontífice sumo de los cielos y de la tierra. Y lo mismo hacía cuando el niño salía fuera, y Su Majestad la levantaba del suelo con agrado y benevolencia de Hijo. Le pedía también la Madre su bendición para todas las obras que hacía, y jamás perdía ocasión en que no ejercitase todos los actos de virtud con el

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afecto y fuerza de la gracia. Nunca la tuvo vacía, sino que obró con toda plenitud, aumentando la que la daban. Buscaba muchos modos y medios para humillarse esta gran Señora, adorando al Verbo humanado con genuflexiones profundísimas, postraciones afectuosas y otras ceremonias llenas de santidad y prudencia. Y esto fue con tal sabiduría, que causaba admiración a los mismos ángeles que la asistían, y unos a otros, alternando divinas alabanzas, se decían: “¿Quién es esta pura criatura tan afluente de delicias (Cant 8,5) para nuestro Criador y su Hijo? ¿Quién es esta tan advertida y sabia en dar honra y reverencia al Altísimo, que en su atención y presteza se nos adelanta a todos con afecto incomparable?” 699. En el trato y conversación de sus padres, después que comenzó a crecer y andar este admirable y hermoso niño, guardaba más severidad que siendo de menos edad y cesaron las caricias más tiernas, aunque siempre habían sido con la medida que arriba se dijo, porque en su semblante mostraba tanta majestad de su oculta deidad, que si no la templara con alguna suavidad y agrado muchas veces causara tan gran temor reverencial que no se atrevieran a hablarle. Pero con su vista sentía la divina Madre y también San José eficaces y divinos efectos, en que se manifestaba la fuerza de la divinidad y su poder y asimismo que era Padre benigno y piadosísimo. Junto con esta grave majestad y magnificencia se mostraba Hijo de la divina Madre, y a San José le trataba como a quien tenía este nombre y oficio; así los obedecía (Lc 2,51) como hijo humildísimo a sus padres. Y todos estos oficios y acciones de severidad y obediencia, majestad y humildad, gravedad divina y apacibilidad humana las dispensaba el Verbo encarnado con sabiduría infinita, dando a cada uno lo que pedía, sin que se confundiesen ni encontrasen la grandeza con la pequeñez. Y la celestial Señora estaba atentísima a todos estos sacramentos y sola ella penetraba alta y dignamente lo que a pura criatura era posible las obras de su Hijo Santísimo y el modo que en ellas tenía su inmensa sabiduría. Y sería intentar un imposible querer con palabras declarar los efectos que todo esto hacía en su purísimo y prudentísimo espíritu y cómo imitaba a su dulcísimo Hijo copiando en sí misma una viva imagen de su inefable santidad. Las almas que se redujeron y salvaron en Heliópolis y en todo Egipto, los enfermos que curaron, las maravillas que obraron en siete años que fueron sus moradores, no se pueden reducir a número; tan dichosa culpa fue la crueldad de Herodes para Egipto; y tanta es la fuerza de la bondad y sabiduría infinita, que los mismos males y pecados ordena a grandes bienes y los saca de ellos, y si en una parte le arrojan y cierran la puerta para sus misericordias, llama en otras y hace que se las abran y le den entrada, porque la propensión que tiene a favorecer al linaje humano y su ardiente caridad no la pueden extinguir las muchas aguas de nuestras culpas e ingratitudes (Cant 8,7). Doctrina que me dio la Reina de los cielos María Santísima. 700. “Hija mía, desde el primer mandato que tuviste de escribir esta Historia de mi vida, has conocido que entre otros fines del Señor, uno es dar a conocer al mundo lo que deben los mortales a su divino amor y al mío, de que viven tan insensibles y olvidados. Verdad es que todo se comprende y manifiesta en haberlos amado hasta morir en cruz por ellos, que fue el último término a que pudieron llegar los efectos de su inmensa caridad, pero a muchos ingratísimos les da hastío la memoria de este beneficio y para ellos y para todos sería nuevo incentivo y estímulo conocer algo de lo que hizo Su Majestad por ellos en treinta y tres años, pues cualquiera de sus obras fue de infinito aprecio y merece agradecimiento eterno. A mí me puso el poder divino por testigo de todo, y te aseguro, carísima, que desde el primer instante que fue concebido en mi vientre no descansó ni cesó de clamar al Padre y pedir por la salvación de los hombres. Y desde allí comenzó a abrazar la cruz, no sólo con el afecto, sino también con efecto en el modo que era posible, usando de la postura de crucificado en su niñez, y estos ejercicios continuó por toda la vida. Y en ellos le imité yo, acompañándole en las obras y peticiones que hacía por los hombres, después del primer acto que hizo de agradecer los beneficios de su humanidad santísima. 701. “Vean ahora los mortales si yo, que fui testigo y cooperadora de su salud, lo seré también en el día del juicio de cuán bien justificada tiene Dios su causa con ellos, y si justísimamente les negaré mi intercesión a los que han despreciado y olvidado neciamente tantos y tan suficientes favores y beneficios, efectos del divino amor de mi Hijo Santísimo y mío. ¿Qué respuesta, qué descargo, qué disculpa tendrán estando tan advertidos, amonestados e ilustrados de la verdad? ¿Cómo los ingratos y pertinaces han de esperar misericordia de un Dios justísimo y rectísimo, que les dio tiempo determinado y oportuno y en él los convidó, llamó, esperó y favoreció con inmensos beneficios, y todos los malograron y perdieron por seguir la vanidad? Teme, hija mía, este mayor de los peligros y ceguedades y renueva en tu memoria las obras de mi Hijo Santísimo y las mías y con todo fervor imitalas y continúa los ejercicios de la cruz con orden de la obediencia, para que tengas en ellos presentes lo que debes imitar y agradecer. Pero advierte que mi Hijo y Señor pudo, sin tanto padecer, redimir al linaje humano y quiso acrecentar sus penas con inmenso amor de las almas.

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La correspondencia debida a tal dignación ha de ser no contentarse la criatura con poco, como lo hacen de ordinario los hombres con infeliz ignorancia; añade tú una virtud y trabajo a otros, para que correspondas a tu obligación y acompañes a mi Señor y a mí en lo que trabajamos en el mundo, y todo ofrécelo por las almas, juntándolo con sus merecimientos en la presencia del Padre eterno. CAPITULO 30 Regresar al Principio Vuelven de Egipto a Nazaret Jesús, María y José por la voluntad del Altísimo. 702. Cumplió los siete años de su edad el infante Jesús estando en Egipto, que era el tiempo de aquel misterioso destierro destinado por la eterna sabiduría, y para que se cumpliesen las profecías era necesario que se volviese a Nazaret. Esta voluntad intimó el eterno Padre a la humanidad de su Hijo Santísimo un día en presencia de su divina Madre, estando juntos en sus ejercicios, y ella la conoció en el espejo de aquella alma deificada y vio cómo aceptaba la obediencia del Padre para ejecutarla. Hizo lo mismo la gran Señora, aunque en Egipto tenía ya más conocidos y devotos que en Nazaret. No manifestaron Hijo y Madre a San José el nuevo orden del cielo, pero aquella noche le habló en sueños el ángel del Señor, como San Mateo dice (Mt 2,19), y le avisó que tomase al niño y a la Madre y se volviese a tierra de Israel, porque ya Herodes y los que con él procuraban la muerte del niño Dios eran muertos. Tanto quiere el Altísimo el buen orden en todas las cosas criadas, que con ser Dios verdadero el niño Jesús y su Madre tan superior en santidad a San José, con todo eso no quiso que la disposición de la jornada a Galilea saliese del Hijo ni de la Madre Santísimos, sino que lo remitió todo a San José, que en aquella familia tan divina tenía oficio de cabeza; para dar forma y ejemplar a todos los mortales de lo que agrada al Señor que todas las cosas se gobiernen por el orden natural y dispuesto por su providencia y que los inferiores y súbditos en el cuerpo místico, aunque sean más excelentes en otras cualidades y virtudes, han de obedecer y rendirse a los que son superiores y prelados en el oficio visible. 703. Fue luego San José a dar cuenta al infante Jesús y a su purísima Madre del mandato del Señor y entrambos le respondieron que se hiciese la voluntad del Padre celestial. Y con esto determinaron su jornada sin dilación y distribuyeron a los pobres las pocas alhajas que tenían en su casa. Y esto se hizo por mano del niño Dios, porque la divina Madre le daba muchas veces lo que había de llevar de limosna a los necesitados, conociendo que el niño, como Dios de misericordias, la quería ejecutar por sus manos. Y cuando le daba su Madre Santísima estas limosnas, se hincaba de rodillas y le decía: [Tomad, Hijo y Señor mío, lo que deseáis, para repartirlo con nuestros amigos los pobres, hermanos vuestros.” En aquella feliz casa, que por la habitación de los siete años quedó santificada y consagrada en templo por el sumo sacerdote Jesús, entraron a vivir unas personas de las más devotas y piadosas que dejaban en Heliópolis; porque su santidad y virtudes les granjearon la dicha que ellos no conocían, aunque por lo que habían visto y experimentado se reputaron por bien afortunados en vivir donde sus devotos forasteros habían habitado tantos años. Y esta piedad y afecto devoto les fue pagada con abundante luz y auxilios para conseguir la felicidad eterna. 704. Partieron de Heliópolis para Palestina con la misma compañía de los ángeles que habían llevado en la otra jornada. La gran Reina iba en un asnillo con el niño Dios en su falda y San José caminaba a pie muy cerca del Hijo y Madre. La despedida de los conocidos y amigos que tenían fue muy dolorosa para todos los que perdían tan grandes bienhechores, y con increíbles lágrimas y sollozos se despedían de ellos, conociendo y confesando que perdían todo su consuelo, su amparo y el remedio de sus necesidades. Y con el amor que les tenían los egipcios a los tres, parecía muy dificultoso que los permitiesen salir de Heliópolis si no lo facilitara el poder divino, porque ocultamente en sus corazones sentían la noche de sus miserias con ausentárseles el sol que en ellas les alumbraba y consolaba. Antes de salir a los despoblados pasaron por algunos lugares de Egipto y en todos fueron derramando gracia y beneficios, porque no eran ya tan ocultas las maravillas hechas hasta entonces que no hubiese gran noticia en toda aquella provincia. Y con esta fama extendida por toda la tierra salían a buscar su remedio los enfermos, afligidos y necesitados y todos le llevaban en alma y cuerpo. Curaron muchos dolientes y expelieron gran multitud de demonios, sin que ellos conociesen quién los arrojaba al profundo, aunque sentían la virtud divina que los compelía y hacía tantos bienes a los hombres. 705. No me detengo en referir los sucesos particulares que tuvieron en esta jornada y salida de Egipto el infante Jesús y

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su beatísima Madre, porque no es necesario, ni sería posible sin detenerme mucho en esta Historia; basta decir que todos los que llegaron a ellos con algún afecto piadoso, más o menos salieron de su presencia ilustrados de la verdad y socorridos de la gracia y heridos del divino amor y sentían una oculta fuerza que los movía y obligaba a seguir el bien y dejando el camino de la muerte buscar el de la eterna vida. Venían al Hijo traídos del Padre (Jn 6,44 (A.)) y volvían al Padre enviados por el Hijo (Jn 14,6 (A.)) con la divina luz que encendía en sus entendimientos para conocer la divinidad del Padre, si bien la ocultaba en sí mismo porque no era tiempo de manifestarla, aunque siempre y en todos tiempos obraba divinos efectos de aquel fuego que venía a derramar y encender en el mundo (Lc 12,49 (A.)). 706. Cumplidos en Egipto los misterios que la divina voluntad tenía determinados y dejando aquel reino lleno de milagros y maravillas, salieron nuestros divinos peregrinos de la tierra poblada y entraron en los desiertos por donde habían venido. Y en ellos padecieron otros nuevos trabajos, semejantes a los que llevaron cuando fueron desde Palestina, porque siempre daba el Señor tiempo y lugar a la necesidad y tribulación para que el remedio fuese oportuno (Sal 144,15) y en estos aprietos se le enviaba él mismo por mano de los ángeles santos, algunas veces por el modo que en la primera jornada (Cf. supra n.634), otras veces mandándoles el mismo infante Jesús que trajesen la comida a su Madre Santísima y a su esposo, que para gozar más de este favor oía el orden que se les daba a los ministros espirituales y cómo obedecían y se ofrecían prontos y veía lo que traían; con que se alentaba y consolaba el santo Patriarca en la pena de no tener el sustento necesario para el Rey y Reina de los cielos. Otras veces usaba el niño Dios de la potestad divina, y de algún pedazo de pan hacía que se multiplicase todo lo necesario. Lo demás de esta jornada fue como tengo dicho en la primera parte, capítulo 22, y por esto no me ha parecido necesario repetirlo. Pero cuando llegaron a los términos de Palestina, el cuidadoso esposo tuvo noticia que Arquelao había sucedido en el reino de Judea por Herodes su padre (Mt 2,22), Y temiendo si con el reino habría heredado la crueldad contra el infante Jesús, torció el camino y sin subir a Jerusalén ni tocar en Judea atravesó por la tierra del tribu de Dan y de Isacar a la inferior Galilea, caminando por la costa del mar Mediterráneo, dejando a la mano derecha a Jerusalén. 707. Pasaron a Nazaret, su patria, porque el Niño se había de llamar Nazareno (Ib. 23), y hallaron su antigua y pobre casa en poder de aquella mujer santa y deuda de San José en tercer grado que, como dije en el tercero libro, capítulo 17, núm. 227, acudió a servirle cuando nuestra Reina estuvo ausente en casa de Santa Isabel, y antes de salir de Judea, cuando partieron para Egipto, la había escrito el santo esposo cuidase de la casa y de lo que dejaban en ella. Todo lo hallaron muy guardado, y a su deuda, que los recibió con gran consuelo por el amor que tenía a nuestra gran Reina, aunque entonces no sabía su dignidad. Entró la divina Señora con su Hijo Santísimo y su esposo José y luego se postró en tierra, adorando al Señor y dándole gracias por haberlos traído a su quietud, libres de la crueldad de Herodes y defendidos de los peligros de su destierro y de tan largas y molestas jornadas, y sobre todo de que venía con su Hijo Santísimo tan crecido y lleno de gracia y virtud (Lc 2,40). 708. Ordenó luego la beatísima Madre su vida y ejercicios con disposición del niño Dios, no porque en el camino se hubiese desordenado en cosa alguna, que siempre la prudentísima Señora continuaba respectivamente las acciones perfectísimas en el camino, a imitación de su Hijo Santísimo, pero estando ya quieta en su casa, tenía disposición para hacer muchas cosas que fuera de ella no era posible, aunque en todas partes la mayor solicitud era cooperar con su Hijo Santísimo en la salud de las almas, que era la obra encomendada del eterno Padre. Para este fin altísimo ordenó nuestra Reina sus ejercicios con el mismo Redentor y en ellos se ocupaban, como en el discurso de esta parte veremos. El santo esposo José dispuso también lo que tocaba a sus ocupaciones y oficio, para granjear con su trabajo el sustento del niño Dios y de la Madre y de sí mismo. Tanta fue la felicidad de este santo Patriarca, que si en los demás hijos de Adán fue castigo y pena condenarlos al trabajo de sus manos y al sudor de su cara (Gen 3,17-19 (A.)) para alimentar con él la vida natural, pero en San José fue bendición, beneficio y consuelo sin igual elegirle para que su trabajo y sudor alimentase al mismo Dios y a su Madre, cuyo es el cielo y tierra y cuanto en ellos se contiene. 709. El agradecer este cuidado y trabajo del Santo José tomó por su cuenta la Reina de los ángeles, y en correspondencia de esto le servía y cuidaba de su pobre comida y regalo con incomparable atención y cuidado, agradecimiento y benevolencia. Le estaba obediente en todo y humillada en su estimación como si fuera sierva y no esposa y, lo que más es, Madre del mismo Criador y Señor de todo. Se reputaba por indigna de cuanto tenía ser y de la misma tierra que la sustentaba, porque juzgaba que de justicia le debían faltar todas las cosas. Y en el conocimiento de haber sido criada de nada, sin poder obligar a Dios para este beneficio ni después, a su parecer, para otro alguno, fundó tanto su rara humildad, que siempre vivía pegada con el polvo y más deshecha que él en su propia estimación. Cualquiera beneficio, por pequeño que fuese, le agradecía con admirable sabiduría al Señor como a primer origen y

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causa de todo bien y a las criaturas como instrumentos de su poder y bondad: a unos porque le hacían beneficios, a otros porque se los negaban, a otros porque la sufrían, a todos se reconocía deudora y los llenaba de bendiciones de dulzura y se ponía a los pies de todos, buscando medios y artificios, arbitrios y trazas para que en ningún tiempo ni ocasión se le pasase sin obrar en todo lo más santo, perfecto y levantado de las virtudes, con admiración de los ángeles, agrado y beneplácito del Altísimo. Doctrina que me dio la misma Reina del cielo. 710. “Hija mía, en las obras que el Altísimo hizo conmigo, mandándome peregrinar de unas partes y reinos a otros, nunca se turbó mi corazón ni se contristó mi espíritu, porque siempre le tuve preparado para ejecutar en todo la voluntad divina. Y aunque Su Majestad me daba a conocer los fines altísimos de sus obras, pero no era esto siempre en los principios, para que más padeciese, porque en el rendimiento de la criatura no se han de buscar más razones de que lo manda el Criador y que él lo dispone todo. Y sólo por estas noticias se reducen las almas, que sólo aprenden a dar gusto al Señor, sin distinguir sucesos prósperos ni adversos y sin atender a los sentimientos de sus propias inclinaciones. En esta sabiduría quiero de ti que te adelantes y a imitación mía y por lo que estás obligada a mi Hijo Santísimo recibas lo próspero y adverso de la vida mortal con una misma cara, igualdad de ánimo y serenidad, sin que lo uno te contriste ni lo otro te levante en vana alegría, y sólo atiendas a que todo lo ordena el Altísimo por su beneplácito. 711. “La vida humana está tejida con esta variedad de sucesos: unos de gusto y otros de pena para los mortales, unos que aborrecen y otros que desean; y como la criatura es de corazón limitado y estrecho, de aquí le nace inclinarse con desigualdad a estos extremos, porque admite con demasiado gusto lo que ama y desea y, por el contrario, se desconsuela y contrista cuando le sucede lo que aborrece y no quería. Y estas transmutaciones y vaivenes hacen peligrar a todas o muchas virtudes, porque el amor desordenado de alguna cosa que no consigue la mueve luego a apetecer otra, buscando en deseos nuevos el alivio de la pena en los que no consiguió, y si los consigue se embriaga y desmanda en el gusto de tener lo que apetecía, y con estas veleidades se arroja a mayores desórdenes de diferentes movimientos y pasiones. Advierte, pues, carísima, este peligro y atájale por la raíz, conservando tu corazón independiente y sólo atento a la divina providencia, sin dejarle inclinar a lo que apetecieres y te diere gusto, ni aborrecer lo que te fuere penoso. Y sólo en la voluntad de tu Señor te alegra y deleita, y no te precipiten tus deseos ni te acobarden tus temores de cualquier suceso, ni tampoco las ocupaciones exteriores te impidan ni te diviertan de tus santos ejercicios, y mucho menos el respeto y atención de criaturas, y en todo atiende a lo que yo hacía; sigue mis pisadas afectuosa y diligente.”

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MISTICA CIUDAD DE DIOS VIDA DE LA VIRGEN MARIA María de Jesús Agreda

LIBRO V CAPITULO 1 Dispone el Señor a María Santísima con alguna severidad y ausencia estando en Nazaret, y de los fines que tuvo en este ejercicio. CAPITULO 2 Se le manifiestan a María Santísima las operaciones del alma de su Hijo nuestro Redentor de nuevo y todo lo que se le había ocultado, y comienza a informarla de la ley de gracia. CAPITULO 3 Subían a Jerusalén todos los años María Santísima y José conforme a la ley y llevaban consigo al infante j esús. CAPITULO 4 A los doce años del infante Jesús sube con sus padres a Jerusalén y se queda oculto de ellos en el templo. CAPITULO 5 Después de tres días hallan María Santísima y José al infante Jesús en el templo disputando con los doctores. CAPITULO 6 Una visión que tuvo María Santísima a los doce años del infante Jesús, para continuar en ella la imagen y doctrina de la ley evangélica. CAPITULO 7 Se declaran más expresamente los fines del Señor en la doctrina que enseñó a María Santísima y los modos con que lo ejecutaba. CAPITULO 8 Se declara el modo como nuestra gran Reina ejecutaba la doctrina del Evangelio que su Hijo Santísimo la enseñaba. CAPITULO 9 Se declara cómo conoció María Santísima los artículos de fe que había de creer la Santa Iglesia y lo que hizo con este favor. CAPITULO 10 Tuvo María Santísima nueva luz de los Diez Mandamientos y lo que obró con este beneficio. CAPITULO 11 La inteligencia que tuvo María Santísima de los siete sacramentos que Cristo Señor nuestro había de instituir y de los cinco preceptos de la Iglesia. CAPITULO 12 Continuaba Cristo Redentor nuestro las oraciones y peticiones por nosotros, le asistía su Madre Santísima y tenía nuevas inteligencias. CAPITULO 13

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Cumple María Santísima treinta y tres años de edad y permanece en aquella disposición su virginal cuerpo, y dispone cómo sustentar con su trabajo a su Hijo Santísimo y a José. CAPITULO 14 Los trabajos y enfermedades que padeció San José en los últimos años de su vida y cómo le servía en ellos la Reina del cielo su esposa. CAPITULO 15 Del tránsito felicísimo de San José y lo que sucedió en él, y le asistieron Jesús nuestro Salvador y María Santísima Señora nuestra. CAPITULO 16 La edad que tenía la Reina del cielo cuando murió San José y algunos privilegios del santo esposo. CAPITULO 17 Las ocupaciones de María Santísima después de la muerte de San José y algunos sucesos con sus ángeles. CAPITULO 18 Se continúan otros misterios y ocupaciones de nuestra gran Reina y Señora con su Hijo Santísimo, cuando vivían solos antes de su predicación. CAPITULO 19 Dispone Cristo Señor nuestro su predicación dando alguna noticia de la venida del Mesías, asistiéndole su Madre Santísima, y comienza a turbarse el infierno. CAPITULO 20 Convoca Lucifer un conciliábulo en el infierno para tratar de impedir las obras de Cristo nuestro Redentor y de su Madre Santísima. CAPITULO 21 Habiendo recibido San Juan grandes favores de María Santísima, tiene orden del Espíritu Santo para salir a predicar y primero le envía a la divina Señora una cruz que tenía. CAPITULO 22 Ofrece María Santísima al eterno Padre a su Hijo unigénito para la Redención humana, concédele en retorno de este sacrificio una visión clara de la divinidad y se despide del mismo Hijo para ir Su Majestad a predicar al desierto. CAPITULO 23 Las ocupaciones que la Madre Virgen tenía en ausencia de su Hijo Santísimo y los coloquios con sus santos ángeles. CAPITULO 24 Llega el Salvador Jesús a la ribera del Jordán, donde le bautizó San Juan y pidió también ser bautizado del mismo Señor. CAPITULO 25 Camina nuestro Redentorr del Bautismo al desierto, donde se ejercita en grandes victorias de las virtudes contra nuestros vicios; tiene noticia su Madre santisima y le imita perfectamente. CAPITULO 26 Permite Cristo nuestro Salvador ser tentado de Lucifer después del ayuno, véncele Su Majestad y tiene noticia de todo su Madre Santísima. CAPITULO 27

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Sale Cristo nuestro Redentor del desierto, vuelve a donde estaba San Juan y se ocupa en Judea en algunas obras hasta la vocación de los primeros discípulos; todo lo conocía e imitaba María Santísima. CAPITULO 28 Comienza Cristo Redentor nuestro a recibir y llamar sus discípulos en presencia del Bautista y da principio a la predicación. Manda el Altísimo a la divina Madre que le siga. CAPITULO 29 Vuelve Cristo nuestro Salvador con los primeros cinco discípulos a Nazaret, bautiza a su Madre Santísima y lo que en todo esto sucedió.

LIBRO V Regresar al Principio CONTIENE LA PERFECCIÓN CON QUE MARÍA SANTÍSIMA COPIABA E IMITABA LAS OPERACIONES DEL ALMA DE SU HIJO AMANTÍSIMO, Y CÓMO LA INFORMABA DE LA LEY DE GRACIA, ARTÍCULOS DE LA FE, SACRAMENTOS Y DIEZ MANDAMIENTOS, Y LA PRONTITUD Y ALTEZA CON QUE LA OBSERVABA; LA MUERTE DE SAN JOSÉ; LA PREDICACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA; EL AYUNO Y BAUTISMO DE NUESTRO REDENTOR; LA VOCACIÓN DE LOS PRIMEROS DISCÍPULOS Y EL BAUTISMO DE LA VIRGEN MARíA SEÑORA NUESTRA. CAPITULO 1 Dispone el Señor a María Santísima con alguna severidad y ausencia estando en Nazaret, y de los fines que tuvo en este ejercicio. 712. Vinieron ya de asiento a Nazaret Jesús, María y José, donde se convirtió en nuevo cielo aquella humilde y pobre morada en que vivían. Y para decir yo los misterios y sacramentos que pasaron entre el niño Dios y su purísima Madre hasta cumplir Su Alteza los doce años de edad y después hasta la predicación, fueran necesarios muchos libros y capítulos y en todos dijera poco, por la grandeza inefable del objeto y por la pequeñez de mujer ignorante cual yo soy. Diré algo con la luz que me ha dado esta gran Señora y dejaré siempre oculto lo más que se podía decir, porque no todo es posible ni conveniente alcanzarlo en esta vida y se reserva para la que esperamos. 713. A pocos días de la vuelta de Egipto a Nazaret, determinó el Señor ejercitar a su Madre Santísima al modo que lo hizo en su niñez, como queda dicho en el segundo libro de la primera parte, capítulo 27, aunque ahora estaba más robusta en el uso del amor y plenitud de sabiduría. Pero como el poder de Dios es infinito y la materia de su divino amor es inmensa y también la capacidad de la Reina era superior a todas las criaturas, ordenó el mismo Señor levantarla a mayor estado de santidad y méritos. Y junto con esto, como verdadero maestro de espíritu, quiso formar una discípula tan sabia y excelente que después fuese maestra consumada y ejemplar vivo de la doctrina de su Maestro, como lo fue María Santísima después de la Ascensión de su Hijo y Señor nuestro a los cielos, de que trataré en la tercera parte (Cf. infra p.III n.106, 183,209). Era también conveniente y necesario para la honra de Cristo nuestro Redentor que la doctrina evangélica con que y en que había de fundar la nueva ley de gracia, tan santa, sin mácula y sin ruga (Ef 5,27), quedase acreditada en su eficacia y virtud, formando alguna pura criatura en quien se hallasen sus efectos adecuada y cabalmente y fuese lo más perfecto en aquel género, por donde se regulasen y midiesen todos los demás inferiores. Y estaba puesto en razón que esta criatura fuese la beatísima María, como Madre y más allegada al Maestro y mismo Señor de la santidad. 714. Determinó el Altísimo que la divina Señora fuese la primera discípula de su escuela y primogénita de la nueva ley de gracia, la estampa adecuada de su idea y la materia dispuesta donde como en cera blanda se imprimiera el sello de su doctrina y santidad, para que Hijo y Madre fuesen las dos tablas verdaderas de la nueva ley que venía a enseñar al mundo. Y para conseguir este altísimo fin, prevenido en la divina sabiduría, le manifestó todos los misterios de la ley evangélica y de su doctrina, y todo lo trató y confirió con ella desde que vinieron de Egipto hasta que salió el Redentor del mundo a predicar, como en el discurso de adelante veremos. En estos ocultos sacramentos se ocuparon el Verbo

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humanado y su Madre Santísima veinte y tres años que estuvieron en Nazaret antes de la predicación. Y como tocaba todo esto a la divina Madre, cuya vida no escribieron los evangelistas, por esto lo dejaron en silencio, salvo lo que sucedió a los doce años cuando el infante Jesús se hizo perdidizo en Jerusalén, como lo refiere San Lucas (Lc 2,41ss (A.)) y adelante diré (Cf. infra n.747). En este tiempo sola María Santísima fue discípula de su Hijo unigénito. Y sobre los inefables dones de santidad y gracia que hasta aquella hora le había comunicado, le infundió nueva luz y la hizo participante de su divina ciencia, depositando en ella y grabando en su corazón toda la ley de gracia y la doctrina que hasta el fin del mundo había de enseñar en su Iglesia evangélica. Y esto fue por tan alto modo, que no se puede explicar con razones ni palabras, pero quedó la gran Señora tan docta y sabia, que bastaba para ilustrar muchos mundos, si los hubiera, con su enseñanza. 715. Y para levantar este edificio en el corazón purísimo de su Madre Santísima sobre todo lo que no era Dios, echó los fundamentos el mismo Señor, probándola en la fortaleza del amor y de todas las virtudes. Para esto se le ausentó el Señor interiormente, retirándosele de aquella vista ordinaria que le causaba continuo júbilo y gozo espiritual correspondiente a este beneficio. No digo que la dejó el Señor, pero que, estando con ella y en ella por inefable gracia y modo, se le ocultó su vista y suspendió los efectos dulcísimos que con ella tenía, ignorando la divina Señora el modo y la causa, porque nada le manifestó Su Majestad. A más de esto, el mismo Hijo y niño Dios, sin darle a entender otra cosa, se le mostró más severo que solía y estaba menos con ella corporalmente, porque se retiraba muchas veces y le hablaba pocas palabras, y aquellas con grande entereza y majestad. Y lo que más podía afligirla fue hallar eclipsado aquel sol que reverberaba en el cristalino espejo de la humanidad santísima, en que solía ver las operaciones de su alma purísima, de manera que ya no las podía ver como solía, para ir copiando aquella imagen viva como antes lo hacía. 716. Esta novedad, sin otro aviso alguno, fue el crisol en que se renovó y subió de quilates el oro purísimo del amor santo de nuestra gran Reina. Porque admirada de lo que sin hallarse prevenida le había sucedido, luego recurrió al humilde concepto que de sí misma tenía, juzgándose indigna de la vista del Señor que se le había escondido, y todo lo atribuyó a que su ingratitud y poca correspondencia no habían dado al Altísimo y Padre de las misericordias el retorno que le debía por los beneficios de su larguísima mano. No sentía la prudentísima Reina que le faltasen los regalos dulcísimos y caricias ordinarias del Señor, pero el recelo de que si le había disgustado o si había faltado en alguna cosa de su servicio y beneplácito, esto la traspasaba el corazón candidísimo con una flecha de dolor. No sabe pensar menos el amor cuando es tan verdadero y noble, porque todo se emplea en el gusto y bien del bien que ama, y cuando le imagina sin este gusto o recela descontento no sabe descansar fuera del agrado y satisfacción del amado. Estas congojas amorosas de la divina Madre eran para su Hijo Santísimo de sumo agrado, porque le enamoraban de nuevo y los afectos tiernos de su única y dilecta le herían el corazón (Cant 4,9), mas con amorosa industria, cuando la dulce Madre le buscaba (Cant 3,1) y quería hablarle, se mostraba siempre severo y disimulado. Y con esta entereza misteriosa el incendio del castísimo corazón de la Madre levantaba la llama, como la fragua y la hoguera con el rocío. 717. Hacía la cándida paloma, heroicos actos de todas las virtudes: se humillaba más que el polvo, reverenciaba a su Hijo Santísimo con profunda adoración, bendecía al Padre y le daba gracias por sus admirables obras y beneficios, conformándose con su divina disposición y beneplácito; buscaba su voluntad santa y perfecta para cumplirla en todo; encendíase en amor, en fe y en esperanza; y en todas las obras y sucesos aquel nardo fragantísimo despedía olor de suavidad para el Rey de los reyes (Cant 1,11), que descansaba en el corazón de María Santísima como en su lecho y tálamo florido (Cant 1,15) y oloroso. Perseveraba en continuas peticiones con lágrimas, con gemidos y con repetidos suspiros de lo íntimo del corazón, derramaba su oración en la presencia del Señor y pronunciaba su tribulación ante el divino acatamiento (Sal 141,3 (A.)). Y muchas veces vocalmente le decía palabras de incomparable dulzura y amoroso dolor. 718. “Criador de todo el universo - decía, - Dios eterno y poderoso, infinito en sabiduría y bondad, incomprensible en el ser y perfecciones, bien sé que mi gemido no se esconde a vuestra sabiduría (Sal 37,10) y conocéis, bien mío, la herida que traspasa mi corazón. Si como inútil sierva he faltado a vuestro servicio y gusto, ¿por qué, vida de mi alma, no me afligís y castigáis con todos los dolores y penas de la vida mortal en que me hallo y que no vea yo la severidad de vuestro rostro que merece quien os ha ofendido? Todos los trabajos fueran menos, pero no sufre mi corazón hallaros indignado, porque solo vos, Señor, sois mi vida, mi bien, mi gloria y mi tesoro. No estima ni reputa mi corazón otra cosa alguna de todo lo que habéis criado, ni sus especies entraron en mi alma, más de para magnificar vuestra grandeza y reconoceros por dueño y Criador de todo. Pues ¿qué haré yo, bien mío y mi Señor, si me falta la lumbre de mis ojos (Sal 37,11), el blanco de mis deseos, el norte de mi peregrinación, la vida que me da ser y todo el ser que me

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alimenta y da la vida? ¿Quién dará fuentes a mis ojos (Jér 9,1) para que lloren el no haberme aprovechado de tantos bienes recibidos, de haber sido tan ingrata en el retorno que debía? Dueño mío, mi luz, mi guía, mi camino y mi maestro, que con vuestras obras sobre perfectísimas y excelentes gobernabais las mías frágiles y tibias, si me ocultáis este ejemplar ¿cómo regularé yo mi vida a vuestro gusto? ¿Quién me llevará segura en este oscuro destierro? ¿Qué haré? ¿A quién me convertiré si vos me despedís de vuestro amparo?” 719. No descansaba con todo esto la cierva herida, pero como sedienta de las fuentes purísimas de la gracia acudía también a sus santos ángeles y con ellos tenía largas conferencias y coloquios, y les decía: “Príncipes soberanos y privados íntimos del supremo Rey, amigos suyos y custodios míos, por vuestra segura felicidad de ver siempre su divino rostro en la luz inaccesible, os pido que me digáis la causa de su enojo, si le tiene. Clamad también por mí en su real presencia, para que por vuestros ruegos me perdone, si por ventura le ofendí. Acordadle, amigos míos, que soy polvo, aunque fabricada por sus manos y sellada con su imagen, que no se olvide de esta pobre hasta el fin (Sal 73,19), pues humilde le confiesa y engrandece. Pedid que dé aliento a mi pavor y vida a quien no la tiene sin amarle. Decidme, ¿cómo y con qué le daré gusto y mereceré la alegría de su rostro?” La respondieron los ángeles: “Reina y Señora nuestra, dilatado es vuestro corazón para que no le venza la tribulación y nadie como vos está capaz de cuán cerca está el Señor del afligido que le llama (Sal 90,15). Atento está sin duda a vuestro afecto y no desprecia vuestros gemidos amorosos. Siempre le hallaréis piadoso Padre y a vuestro Unigénito afectuoso Hijo, mirando vuestras lágrimas.” “¿Será por ventura atrevimiento - replicaba la amantísima Madre - llegarme a su presencia? ¿Será mucha osadía pedirle postrada me perdone si en alguna falta le di disgusto? ¿Qué haré? ¿Qué remedio hallaré en mis recelos? ” “No desagrada a nuestro Rey - respondían los santos príncipes - el corazón humilde, en él pone los ojos de su amor y nunca se disgusta de los clamores de quien ama en lo que amorosamente obra.” 720. Entretenían y consolaban algo los santos ángeles a su Reina y Señora con estos coloquios y respuestas, significándole en ellas, debajo de razones generales, el singular amor y agrado del Altísimo con sus dulcísimas congojas; y no se declaraban más porque el mismo Señor quería tener en ellas sus delicias. Y aunque su Hijo Santísimo en cuanto hombre verdadero, con el natural amor que como a Madre, y Madre sola y sin padre, la debía y le tenía, llegaba a enternecerse muchas veces con la natural compasión de verla tan afligida y llorosa, pero con todo eso guardaba y ocultaba su compasión con la entereza de su semblante y algunas veces que la amantísima Madre le llamaba para que fuese a comer se detenía y otras iba sin mirarla y sin hablarla palabra. Pero aunque en todas estas ocasiones la gran Señora derramaba muchas lágrimas y representaba a su Hijo Santísimo las amorosas congojas de su pecho, todo lo hacía con tan gran medida y peso y acciones tan prudentes y llenas de sabiduría, que si en Dios pudiera caber admiración como es cierto que no puede la tuviera Su Majestad de hallar en una pura criatura tan gran lleno de santidad y perfecciones. Pero el infante Jesús, en cuanto hombre, recibía especial gozo y complacencia de ver tan bien logrados en su Madre Virgen los efectos de su divino amor y gracia, y los santos ángeles le daban nueva gloria y cánticos de alabanza por este admirable e inaudito prodigio de virtudes. 721. Para que el infante Jesús durmiese y descansase, le tenía su amorosa Madre prevenida por manos del patriarca San José una tarima y sobre ella una sola manta, porque desde que salió de la cuna, cuando estaban en Egipto, no quiso admitir otra cama ni más abrigo; y aun en aquella tarima no se echaba, ni se servía siempre de ella, pero algunas veces estando asentado en el áspero lecho se reclinaba en él sobre una almohada pobre y de lana, que la misma Señora había hecho. Y cuando Su Alteza le quiso prevenir mejor cama, respondió el Hijo Santísimo que la suya donde se había de extender sería sólo el tálamo de la cruz, para enseñar al mundo con ejemplo que no se ha de pasar al eterno descanso por los que ama Babilonia y que en la vida mortal el padecer es alivio. Desde entonces le imitó en este modo de reclinarse la divina Señora con nuevo cuidado y atención. Y cuando era ya tarde y tiempo de recogerse, tenía costumbre la celestial Maestra de humildad postrarse delante de su Hijo Santísimo que estaba en la tarima, y allí le pedía cada noche la perdonase no haberse empleado en servirle aquel día con más cuidado, ni ser tan agradecida a sus beneficios como debía, y le daba gracias de nuevo por todo y le confesaba con muchas lágrimas por verdadero Dios y Redentor del mundo, y no se levantaba del suelo hasta que su Hijo unigénito se lo mandaba y la bendecía. Este mismo ejercicio repetía por la mañana, para que el divino Maestro y Preceptor le ordenase lo que todo el día había de obrar en su servicio, y así lo hacía Su Majestad con mucho amor. 722. Pero en esta ocasión de su severidad mudó también el estilo y el semblante; y cuando la candidísima Madre llegaba a reverenciarle y adorarle en su acostumbrado ejercicio, aunque acrecentaba sus lágrimas y gemidos de lo íntimo del corazón, no le respondía palabra más de oírla con severidad y la mandaba que se fuese. Y no hay

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ponderación que llegue a manifestar los efectos que obraba en el corazón purísimo y columbino de la amorosa Madre ver a su Hijo, Dios y hombre verdadero, tan mudado en el semblante, tan grave en el rostro y tan escaso en las palabras, y en todo el exterior tan diferente de lo que solía mostrarse con ella. Examinaba la divina Señora su interior, reconocía el orden de sus obras, las condiciones, las circunstancias de ellas, y daba muchas vueltas con la atención y memoria por aquella oficina celestial de su alma y potencias, y aunque no podía hallar en ella parte alguna de tinieblas, porque todo era luz, santidad, pureza y gracia, con todo eso, como sabía que ante los ojos de Dios ni los cielos ni las estrellas son limpios, como dice Job (Job 15,15.25,5.4,18 (A.)), y hallan qué reprender en los más angélicos espíritus, temía la gran Reina si acaso ignoraba algún defecto que fuese al Señor patente. Y con este recelo padecía deliquios de amor, que, como es fuerte como la muerte (Cant 8,6 (A.)), en esta nobilísima emulación, aunque llena de toda sabiduría, causa dolores de inextinguible pena. Le duró muchos días a nuestra Reina este ejercicio en que su Hijo Santísimo la probó con incomparable gozo y la levantó al estado de Maestra universal de las criaturas, remunerando la lealtad y fineza de su amor con abundante y copiosa gracia sobre la mucha que tenía; y después sucedió lo que diré en el capítulo siguiente. Doctrina de la Reina del cielo María Santísima. 723. “Hija mía, te veo deseosa de ser discípula de mi Hijo Santísimo por lo que has entendido y escrito de cómo yo lo fui. Y para tu consuelo quiero que adviertas y conozcas que el oficio de maestro no lo ejercitó Su Majestad sola una vez ni en el tiempo que en forma humana enseñó su doctrina, como se contiene en los Evangelios y en su Iglesia, pero siempre hace el mismo oficio con las almas y le haré hasta el fin del mundo, amonestando, dictando e inspirándoles lo mejor y más santo para que lo pongan por obra. Y esto hace con todas absolutamente, aunque, según su divina voluntad o la disposición y atención de cada una, reciben mayor o menor enseñanza. Si de esta verdad te hubieras aprovechado siempre, larga experiencia tienes de que el altísimo Señor no se dedigna de ser maestro del pobre, ni de enseñar al despreciado y pecador, si quieren atender a su doctrina interior. Y porque ahora deseas saber la disposición que de tu parte quiere Su Majestad tengas para hacer contigo el oficio de maestro en el grado que tu corazón lo codicia, quiero de parte del mismo Señor decírtelo y asegurarte que, si te hallare materia dispuesta, pondrá en tu alma, como verdadero y sabio Artífice y Maestro, su sabiduría luz y enseñanza con grande plenitud. 724. “En primer lugar, debes tener la cadencia limpia, pura, serena, quieta y un desvelo incesante de no caer en culpa ni imperfección por ningún suceso del mundo. Con esto juntamente te has de alejar y despedir de todo lo terreno, de manera que, como otras veces te he amonestado, no quede en ti especie ni memoria de cosa alguna humana ni visible, sino sólo el corazón sencillo, sereno y claro. Y cuando tuvieras el interior tan despejado y libre de tinieblas y especies terrenas que las causan, entonces atenderás al Señor, inclinando tus oídos como hija carísima que olvida su pueblo de esa Babilonia vana y la casa de su padre Adán, y todos los resabios de la culpa, y te aseguro que te hablará palabras de vida eterna (Jn 6,69). Y luego te conviene que le oigas con reverencia y agradecimiento humilde, que hagas de su doctrina digno aprecio y que la ejecutes con toda puntualidad y diligencia, porque a este gran Señor y Maestro de las almas nada se le puede ocultar, y se desvía y retira con disgusto cuando la criatura es ingrata y negligente en obedecerle y agradecerle tan alto beneficio. Y no han de pensar las almas que estos retiros del Altísimo les suceden siempre como el que tuvo conmigo, porque en mí fue sin culpa y con excesivo amor, pero en las criaturas, donde hay tantos pecados, groserías, ingratitudes y negligencias, suele ser pena y castigo merecido. 725. “Atiende, pues, ahora, hija mía, y advierte tus omisiones y faltas en hacer la estimación digna que debes a la doctrina y luz que con particular enseñanza has recibido del divino Maestro y de mis amonestaciones. Modera ya los temores desordenados y no dudes más si es el Señor quien te habla y enseña, pues la misma doctrina da testimonio de su verdad y te asegura de su autor, porque es santa, pura, perfecta y sin mácula; ella enseña lo mejor y te reprende cualquier defecto, por mínimo que sea, y sobre esto te la aprueban tus maestros y padres espirituales. Quiero también que tengas siempre cuidado, imitándome en lo que has escrito, de venir a mí cada noche y mañana inviolablemente, pues soy tu maestra, y con humildad me digas tus culpas reconociéndolas con dolor y contrición perfecta, para que yo sea intercesora con el Señor y como madre alcance de él que te perdone. Y a más de esto, luego que cometieres alguna culpa o imperfección, la reconoce y llora sin dilación y pide al Señor perdón con deseo de enmendarte. Y si fueras atenta y fiel en esto que te mando, serás discípula del Altísimo y mía, como deseas, porque la pureza del alma y la gracia es la más eminente y adecuada disposición para recibir las influencias de la luz divina y ciencia infusa que comunica el Redentor del mundo a los que son discípulos verdaderos.”

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CAPITULO 2 Regresar al Principio Se le manifiestan a María Santísima las operaciones del alma de su Hijo nuestro Redentor de nuevo y todo lo que se le había ocultado, y comienza a informarla de la ley de gracia. 726. De la naturaleza y condiciones del amor, de sus causas y efectos ha hecho grandes y largos discursos el entendimiento humano; y para explicar yo el amor santo y divino de María Santísima, Señora nuestra, fuera necesario añadir mucho a todo lo que está dicho y escrito en materia del amor, porque, después del que tuvo el alma santísima de Cristo nuestro Señor, ninguno hubo tan noble y excelente en todas las criaturas humanas y angélicas como el que tuvo y tiene la divina Señora, pues mereció llamarse Madre del amor hermoso (Eclo 24,24 (A.)). Uno mismo es en todos el objeto y materia del amor santo, que es Dios por sí mismo y las demás cosas criadas por él, pero el sujeto donde este amor se recibe, las causas por donde se engendra, los efectos que produce, son muy desiguales, y en nuestra gran Reina estuvieron en el supremo grado de pura criatura. En ella fueron sin medida y tasa la pureza del corazón, la fe, la esperanza, el temor santo y filial, la ciencia y sabiduría, los beneficios, la memoria y aprecio de ellos, y todas las demás causas que puede tener el amor santo y divino. No se engendra esta llama ni se enciende al modo del amor insano y ciego que entra por la estulticia de los sentidos y después no se le halla razón ni camino, porque el amor santo y puro entra por el conocimiento nobilísimo, por la fuerza de su bondad infinita y suavidad inexplicable, que como Dios es sabiduría y bondad no sólo quiere ser amado con dulzura, sino también con sabiduría y ciencia de lo que se ama. 727. Alguna semejanza tienen estos amores, en los efectos más que en las causas, porque, si una vez rinden el corazón y se apoderan de él, salen con dificultad; y de aquí nace el dolor que siente el corazón humano cuando halla desvío y sequedad o menos correspondencia en lo que ama, porque esto es lo mismo que obligarle a arrojar de sí el amor, y como él se apodera tanto del corazón y no halla fácil la salida, aunque alguna vez se la proponga la razón, viene a causar dolores de muerte esta dura violencia que padece. Todo esto es locura e insania en el amor ciego y mundano, pero en el amor divino es suma sabiduría, porque, donde no se puede hallar razón para dejar de amar, la mayor prudencia es buscarlas para amar más íntimamente y obligar al Amado; y como la voluntad en este empeño emplea toda su libertad, tanto cuanto más libremente ama al sumo Bien, tanto viene a quedar menos libre para dejarle de amar; y en esta gloriosa porfía, siendo la voluntad la señora y la reina del alma, viene a quedar felizmente esclava de su mismo amor y ni quiere ni casi puede negarse a esta libre servidumbre; y por esta libre violencia, si halla desvío o recelos en el sumo bien que ama, padece dolores y deliquios de muerte como a quien le falta el objeto de la vida, porque sólo vive con amar y saber que es amada. 728. De aquí se entenderá algo de lo mucho que padeció el corazón ardentísimo y purísimo de nuestra Reina con la ausencia del Señor y con ocultársele el objeto de su amor, dejándola padecer tantos días los recelos que tenía de si le había disgustado. Porque siendo ella un compendio casi inmenso de humildad y amor divino y no sabiendo la causa de aquella severidad y desvío de su Amado, vino a padecer un martirio el más dulce y más riguroso que jamás alcanzó el ingenio humano ni angélico. Sola María Santísima, que fue Madre del santo amor y llegó a lo sumo que pudo caber en pura criatura, sola ella supo y pudo padecer este martirio, en que excedió a todas las penas de los mártires y penitencias de los confesores. Y en Su Alteza se ejecutó lo que dijo el Esposo en los Cantares (Cant 8,7): “Si diere el hombre toda la sustancia de su casa por el amor, la despreciará como si fuera nada.” Porque todo lo visible y criado y su misma vida olvidó en esta ocasión y lo reputó por nada, hasta hallar la gracia y el amor de su Hijo Santísimo y su Dios, que temía haber perdido, aunque siempre le poseía. No se puede explicar con palabras su cuidado, solicitud, desvelo y diligencias que hizo para obligar a su Hijo dulcísimo y al Padre eterno. 729. Pasaron treinta días que le duraba este conflicto y eran muchos siglos para quien un solo momento no parece podía vivir sin la satisfacción de su amor y del Amado. Y, a nuestro modo de entender, no podía ya el corazón de nuestro infante Jesús contenerse ni resistir más a la fuerza del amor que tenía a su dulcísima Madre, porque también el mismo Señor padecía una admirable y suave violencia en tenerla tan afligida y suspensa. Sucedió que entró un día la humilde y soberana Reina a la presencia del niño Dios y, arrojándose a sus pies, con lágrimas y suspiros de lo íntimo del alma le habló y le dijo: “Dulcísimo amor y bien mío, ¿qué monta la poquedad de este polvo y ceniza comparada con vuestro inmenso poder? ¿Qué puede toda la miseria de la criatura para vuestra bondad sin fin? En todo excedéis a

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nuestra bajeza, y con el inmenso piélago de vuestra misericordia se anegan nuestras imperfecciones y defectos. Si no he acertado a serviros, como confieso debo, castigad mis negligencias y perdonadlas, pero vea yo, Hijo y Señor mío, la alegría de vuestra cara, que es mi salud, y aquella luz deseada que me daba vida y ser. Aquí está la pobre, pegada con el polvo, y no me levantaré de vuestros pies hasta que vea claro el espejo en que se miraba mi alma.” 730. Estas razones y otras llenas de sabiduría y ardentísimo amor dijo nuestra gran Reina humillada y delante de su Hijo Santísimo, y como Su Majestad deseaba más que la misma Señora restituirla a sus delicias, le respondió con mucho agrado esta palabra: “Madre mía, levantaos.” Y como esta voz era pronunciada del mismo que era Palabra del eterno Padre, tuvo tanta eficacia que con ella instantáneamente quedó la divina Madre toda transformada y elevada en un altísimo éxtasis en que vio a la divinidad abstractivamente. Y en esta visión la recibió el Señor con dulcísimos abrazos y razones de Padre y Esposo, con que pasó de las lágrimas en júbilo, de pena en gozo y de amargura en suavísima dulzura. La manifestó Su Majestad grandes misterios de sus altos fines en la nueva ley evangélica y, para escribirla toda en su candidísimo corazón, la señaló y destinó la Beatísima Trinidad por primogénita y primera discípula del Verbo humanado, para que formase en ella como el padrón y ejemplar por donde se habían de copiar todos los santos apóstoles, mártires, doctores, confesores, vírgenes y los demás justos de la nueva Iglesia y ley de gracia, que el Verbo había de fundar en la Redención humana. 731. A este misterio corresponde todo lo que la divina Señora dijo de sí misma, como la Iglesia Santa se lo aplica, en el capítulo 24 del Eclesiástico debajo del tipo de la sabiduría divina. Y no me detengo en la declaración de este capítulo, porque sabido el sacramento que voy escribiendo se deja entender cómo le conviene a nuestra gran Reina todo cuanto allí dice el Espíritu Santo en su nombre. Baste referir algo de la letra para que todos entiendan parte de tan admirable sacramento. “Yo salí - dice esta Señora (Eclo 24,5-16) - de la boca del Altísimo, primogénita antes que todas las criaturas. Yo hice que naciera en el cielo la lumbre indefectible y como niebla cubrí toda la tierra. Yo habité en las alturas y mi trono en la columna de la nube. Yo sola giré los cielos y penetré el profundo del abismo y anduve en las olas del mar y estuve en toda la tierra; y tuve el primado en todos los pueblos y gentes; y con mi virtud puse las plantas en el corazón de todos los excelsos y humildes; y en todas estas cosas busqué descanso y en la herencia del Señor estaré de asiento. Entonces me mandó el Criador de todo, y me dijo; y el que me crió a mí descansará en mi tabernáculo, y me dijo: Habita en Jacob y hereda a Israel y extiende tus raíces en mis escogidos. Desde ab initio y antes de los siglos fui criada, y hasta el futuro siglo permaneceré y en la habitación santa administré delante de él. Y así fui confirmada en Sión y juntamente descansé en la ciudad santificada y tuve potestad en Jerusalén; y eché raíces en el pueblo honorificado y su herencia es en la parte de mi Dios y en la plenitud de los santos mi detención.” 732. Continúa luego el Eclesiástico otras excelencias de María Santísima y vuelve a decir (Eclo 24,22-31) : “Yo extendí mis ramos como el terebinto y son de honor y de gracia. Yo di fruto de suave olor, como la vid, y mis flores son frutos de honor y honestidad: Yo soy la Madre del amor hermoso y del conocimiento y santa esperanza. En mí está la gracia de todo camino y verdad, en mí toda la esperanza de la vida y de la virtud. Pasad a mí todos los que me deseáis y seréis llenos de mis generaciones, porque mi espíritu es más dulce que la miel y mi herencia sobre la miel y el panal; mi memoria en todas las generaciones de los siglos. Los que me gustaren aún tendrán hambre y los que bebieren tendrán sed. El que me oyere no será confundido, el que en mí obrare no pecará y los que me ilustraren alcanzarán eterna vida.” Hasta aquí basta de la letra del capítulo del Eclesiástico, en que el corazón humano y piadoso sentirá luego tanta preñez de misterios y sacramentos de María Santísima, que su virtud oculta la llevará el corazón a esta Señora y Madre de la gracia y le dará a sentir en sus palabras su inexplicable grandeza y excelencia, en que la constituyó la doctrina y magisterio de su Hijo Santísimo por decreto de la beatísima Trinidad. Esta eminente Princesa fue el arca verdadera del Nuevo Testamento, y del remanente de su sabiduría y gracia, como de un mar inmenso, redundó todo cuanto recibieron y recibirán los demás santos hasta el fin del mundo. 733. Volvió de su éxtasis la divina Madre y de nuevo adoró a su Hijo Santísimo y le pidió la perdonase si en su servicio había cometido alguna negligencia. La respondió Su Majestad, levantándola de donde estaba postrada, y la dijo: “Madre mía, de vuestro corazón y afectos estoy muy agradado y quiero que le dilatéis y preparéis de nuevo para recibir mis testimonios. Yo cumpliré la voluntad de mi Padre y escribiré en vuestro pecho la doctrina evangélica que vengo a enseñar al mundo. Y vos, Madre, la pondréis en ejecución, como yo deseo y quiero.” Respondió la Reina purísima: “Hijo y Señor mío, halle yo gracia en vuestros ojos, y gobernad mis potencias por los caminos rectos de vuestro beneplácito. Y hablad, Dueño mío, que vuestra sierva oye y os seguirá hasta la muerte.” En esta conferencia que tuvieron el niño Dios y su Madre Santísima, se le descubrió y manifestó de nuevo a la gran Señora todo el interior

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del alma santísima de Cristo con sus operaciones; y creció este beneficio desde aquella ocasión, así de parte del sujeto, que era la divina discípula, como de la del objeto, porque recibió más clara y alta luz y en su Hijo Santísimo vio toda la nueva ley evangélica, con todos sus misterios, sacramentos y doctrina, según el divino Arquitecto la tenía ideada en su mente y determinada en su voluntad de reparador y maestro de los hombres. Y a más de este magisterio, que fue para sola María Santísima, añadía otro, porque con palabras la enseñaba y declaraba lo oculto de su sabiduría (Sal 50,8) y lo que no alcanzaron todos los hombres y los ángeles. De esta sabiduría, que aprendió María purísima sin ficción, comunicó sin envidia (Sab 7,13) toda la luz que derramó antes, y más después, de la Ascensión de Cristo nuestro Señor. 734. Bien conozco que pertenecía a esta Historia manifestar aquí los ocultísimos misterios que pasaron entre Cristo Señor nuestro y su Madre en estos años de su puericia y juventud hasta la predicación, porque todas estas cosas se ejecutaron con la divina Madre y en su enseñanza, pero de nuevo confieso lo que dije arriba, números 711, 712 y 713, de mi incapacidad y de todas las criaturas para tan alto argumento. Y también fuera necesario para esta declaración escribir todos los misterios y secretos de la divina Escritura, toda la doctrina cristiana, las virtudes, todas las tradiciones de la Santa Iglesia, la confutación de los errores y sectas falsas, las determinaciones de todos los concilios sagrados y todo lo que sustenta la Iglesia y la conservará hasta el fin del mundo, y luego otros grandes misterios de la vida y gloria de los santos; porque todo esto se escribió en el corazón purísimo de nuestra gran Reina y cuantas obras hizo el Redentor y Maestro para que la Redención y la doctrina de su Iglesia fuese copiosa (Sal 129,7): lo que escribieron los evangelistas y apóstoles, los profetas y padres antiguos, lo que obraron después todos los santos, la luz que tuvieron los doctores, lo que padecieron los mártires y vírgenes, la gracia que recibieron para hacerlo y padecerlo. Todo esto y mucho más que no se puede explicar conoció María Santísima individualmente con grande penetración, comprensión y evidencia, y lo agradeció, y obró en todo, cuanto era posible a pura criatura, para con el eterno Padre como autor de todo y con su Hijo unigénito como cabeza de la Iglesia. De todo hablaré adelante, lo que me fuere posible. 735. Y no por ocuparse en tales obras con la plenitud que pedían, atendiendo a su Hijo y Maestro, faltaba jamás a las que le tocaban en su servicio corporal y cuidado de su vida y la de San José, porque a todo acudía sin mengua ni defecto, dándoles la comida y sirviéndolos, y a su Hijo Santísimo siempre hincadas las rodillas con incomparable reverencia. Cuidaba también de que el infante Jesús asistiese al consuelo de su Padre putativo, como si fuera natural. Y el niño Dios obedecía a su Madre en todo esto y asistía muchos ratos con San José en su trabajo corporal, en que el santo era continuo, para sustentar con el sudor de su cara al Hijo del eterno Padre y a su Madre. Y cuando el infante Dios fue creciendo ayudaba algunas veces a San José en lo que era posible a la edad, y otras veces hacía algunos milagros, sin atención a las fuerzas naturales, para que el santo esposo se alentase y se le facilitase más el trabajo, porque en esta materia eran aquellas maravillas entre los tres a solas. Doctrina que me dio la Reina del cielo. 736. “Hija mía, yo te llamo de nuevo desde este día para mi discípula y compañera en obrar la doctrina celestial que mi Hijo Santísimo enseñó a su Iglesia por medio de los sagrados Evangelios y Escrituras. Y quiero de ti que con nueva diligencia y atención prepares tu corazón, para que como tierra escogida reciba la semilla viva y santa de la palabra del Señor y sea su fruto ciendoblado. Convierte tu corazón atento a mis palabras y, junto con esto, sea tu continua lección los Evangelios, y medita y pesa en tu secreto la doctrina y misterios que en ellos entenderás. Oye la voz de tu Esposo y Maestro, a todos convida y llama a sus palabras de vida eterna. Pero es tan grande el engaño peligroso de la vida mortal, que son muy pocas las almas que quieren oír y entender el camino de la luz. Siguen muchos lo deleitable que les administra el príncipe de las tinieblas, y quien camina con ellas no sabe a dónde endereza su fin. A ti te llama el Altísimo para el camino y sendas de la verdadera luz; síguela por mi imitación y conseguirás mi deseo. Niégate a todo lo terreno y visible, no lo conozcas ni mires, no lo quieras ni atiendas, huye de ser conocida, no tengan en ti parte las criaturas, guarda tu secreto y tu tesoro de la fascinación humana y diabólica. Todo lo conseguirás si como discípula de mi Hijo Santísimo y mía ejecutares la doctrina del Evangelio que te enseñamos con la perfección que debes. Y para que te compela a tan alto fin, ten presente el beneficio de haberte llamado la disposición divina para que seas novicia y profesa de la imitación respectivamente de mi vida, doctrina y virtudes, siguiendo mis pisadas, y de este estado pases al noviciado más levantado y profesión perfecta de la religión Católica, ajustándote a la doctrina evangélica e imitación del Redentor del mundo, corriendo tras el olor de sus ungüentos y por las sendas rectas de su verdad. El primer estado de discípula mía ha de ser disposición para serlo de mi Hijo Santísimo, y los dos para alcanzar el último de la unión con el ser inmutable de Dios; y todos tres son beneficios de incomparable valor que te ponen en empeño de ser más perfecta que los encumbrados serafines, y la diestra divina te los ha concedido para disponerte, prepararte y

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